Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki

LA HUÉRFANA REBELDE.

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”.

Jean Jacques Rousseau

Desde 1985, a través del Studio Ghibli, las mentes creativas del desaparecido Isao Takahata, Toshio Suzuki y Hayao Miyazaki, no solo han creado uno de los estudios de animación más grandes, artísticos y venerados de la historia del cine, con grandísimas obras de arte como Nausicaä del valle del viento, La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro y el viaje de Chihiro, entre muchas otras. El fallecimiento o la edad hacen obligado el relevo en la compañía, y los Miyazaki y Suzuki, dejan la primera línea para ocupar cargos más secundarios como ocurre en Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki (Tokyo, Japón, 1967), hijo de Hayao, reticente en principio en seguir los pasos de su progenitor, finalmente, debuta como director con Cuentos de Terramar (2006), le sigue La colina de las amapolas (2011), y después la serie Ronja, la hija del bandolero (2014).

Goro Miyazaki vuelve al largometraje con Earwig y la bruja, basada en la obra de Diana Wynne Jones, la misma autora  en la que se basaron para El castillo ambulante (2004), y deja la animación 2D para introducir la novedosa 3D/CGI, y nos cuenta las desventuras de Earwig, una niña de 10 años que ha crecido en un orfanato, una niña peculiar, de carácter, que siempre se erige como la “jefa” ante los demás, que la obedecen sin rechistar. Pero un día, una extraña pareja formada por una bruja que se hace llamar Bella Yaga y un tipo reservado de formas duras, la adoptan y se la llevan con ella para que la niña sea la ayudante de la bruja, que vive de hacer brebajes para satisfacer los deseos de los demás. La historia mantiene todos los ingredientes que han hecho de Ghibli un referente no solo en el campo de la animación, sino en el mundo del cine, siendo una compañía muy creativa, logrando componer historias de bellísima y ejemplar factura visual y narrativa, construyendo mundos imaginarios y fantasiosos, siempre con el toque humanista y real, llenos de niñas o jóvenes desafiantes ante el orden establecido, y tratando una riqueza de temas que tienen mucho que ver con la infancia, el aprendizaje, el crecimiento, la llegada a la edad adulta, bien ayudadas por la complejidad de sus emociones y relatos sobre la vida y la muerte.

Earwig y la bruja mantiene una primera mitad rica en lo visual y en lo narrativo, erigiéndose digna heredera del Studio que hay detrás de ella. El desajuste narrativo arranca en su segunda mitad, cuando la niña es adoptaba por el par de sujetos excéntricos. En su nueva casa, exceptuando algún instante imaginativo, la historia se detiene, resulta monótona, y va perdiendo interés, como si los personajes vivieran en sus mundos, ajenos a la historia principal que se va diluyendo. En el apartado de producción encontramos a Toshio Suzuki y en la planificación de la película encontramos la mano de Hayao Miyazaki, que echamos en falta en el engranaje del guión, piedra angular de la compañía Ghibli, que en Earwig y la bruja, en su afán de convencer a todos, acaba olvidando a la mayoría, con una historia que aparentemente resultaba interesante, con esa niña marimandona que empieza una nueva vida en la que estará al otro lado del espejo, y en vez de mandar, ahora, deberá obedecer sin protestar, pero toro el ritmo que daba la primera parte, en la segunda no se acaba encontrando su ritmo, y las aventuras domésticas junto a la bruja, que podrían haber dado de sí, y mucho, resultan sin alma y desafortunadas.

Podíamos decir que la película resulta imaginativa en algunos momentos, se agradece y mucho la innovación de la inclusión del nuevo formato 3D, pero se ha perdido la esencia que hizo grande el estudio japonés, aunque quizás, aquellas películas fabulosas de antaño, ya solo pertenecen a nuestra memoria, y ahora Ghibli, debe volver a sus orígenes, sin olvidar la innovación tecnológica, por supuesto, pero logrando que las historias sigan hablando de temas universales, a través de la cotidianidad de sus personajes, su inagotable imaginación y sus cuentos fantásticos, llenos de humor y sobre todo, adorables y muy sensibles. El reto de los herederos de los maestros no va a resultar para nada sencillo, sino todo lo contrario, Earwig y la bruja ha sido un intento que se ha quedado a medio camino, quizás, los próximos trabajos que vengan recogerán el espíritu de Ghibli y seguirán manteniendo una narrativa que no decae, que nos hace soñar y ver el mundo mejor del que es, sin olvidar la tristeza o la tragedia que lo alimentan, si, pero también, sin dejar de soñar con las pequeñas historias en los lugares más ocultos del mundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Minari, de Lee Isaac Chung

LA TIERRA PROMETIDA.

“Siempre sueña y apunta más alto de lo que sabes que puedes lograr”.

William Faulkner

La palabra coreana “Minari”, se asocia a una planta o hierba de naturaleza muy peculiar y sorprendente, ya que el vegetal muere, para luego, tener una segunda vida en la que renace más fuerte. Una metáfora ideal para definir el devenir y las circunstancias de la familia coreana protagonista de la película. La historia nos sitúa a mediados de los años ochenta, en un pequeño pueblo de Arkansas, en la falda de las montañas de Ozark, cuando una familia coreana con padre y madre a la cabeza, y pre adolescente y niño, con problemas asmáticos, se instalan en una de esas casas con ruedas con la intención de cultivar vegetales coreanos para los comerciantes de la zona. El director Lee Isaac Chung (Denver, EE.UU., 1978), de padres coreanos, construye una película autobiográfica en torno a su infancia, cuando creció en Lincoln (Arkansas), en la que nos habla a partir de un tono lírico y muy cercano, sobre los avatares de esta familia, con un padre obstinado en cumplir un sueño que se antoja difícil porque es la primera vez que trabaja la tierra, tendrá la ayuda de un sesentón muy particular, una especie de outsider del pueblo, pero con gran sabiduría para la tierra, y por otro lado, el granjero tendrá la resistencia de su mujer, que no ve con buenos ojos la compleja empresa que quiere llevar a cabo, y luego, están los niños, que van a descubrir un mundo ajeno, pero la mar de estimulante.

La aparición de la abuela materna, tornará la cotidianidad más dificultosa, a la vez que enseñará a los más pequeños las costumbres y tradiciones coreanas, igual que le ocurrió al director en su niñez. La abuela, que llegará para ayudar a la familia, es una mujer muy independiente, malhablada, pero con un gran corazón. Chung compone una película muy apegada a la tierra, con esa realidad que se muestra fuerte y resistente ante los deseos del cabeza de familia, que deberá luchar a contracorriente y con muchas dificultades, ya sean naturales, económicas y familiares para seguir peleando por su sueño. Aunque, a pesar de esa tremenda realidad con la que continuamente están tropezando, el relato también encuentra su espacio para hablar de emociones, y lo hace desde la honestidad y la sensibilidad, desde lo humano, explicándonos todos los motivos que mueven a cada uno de los personajes, profundizando en esas similitudes y diferencias que hay entre el matrimonio y las diferentes miradas de cada uno de los personajes, nunca quedándose en la superficie de las cosas, sino escarbando con sabiduría para mostrar la complejidad de la condición humana, sin caer en ningún momento en lo burdo ni el sentimentalismo.

Minari es una película dura y sensible, con momentos poéticos y divertidos, en la que seguimos a modo de diario la fuerza y la valentía de un inmigrante que quiere hacerse un hueco en la difícil tierra que hay que trabajar diariamente y dejarse la piel en cada surco, y una infancia creciendo en la tierra y sus circunstancias. Una película que nos retrae inevitablemente a El hombre del sur (1945), de Jean Renoir, donde nos explicaban las dificultades de un hombre por sacar rendimiento a una tierra dura, resistiendo ante las dificultades naturales y económicas, y Días del cielo (1978), de Terrence Malick, en la que profundizaba en los obstáculos cotidianos de un grupo de inmigrantes trabajadores de la tierra. El buen reparto de la película entre los que destacan Steven Yeun (que habíamos visto en Okja, de Bon Joon-ho, entre otras), también coproductor de la cinta, como el padre luchador que persigue su sueño a pesar de todas las dificultades, Yeri Han, que hace el rol de madre, la otra cara, que mira por el bienestar de su familia y se preocupa por los destinos de la economía familiar, Noel Kate Cho, la hija mayor que cuida y ayuda en todo lo que puede, Alan Kim, el niño de la casa, que se sentirá muy cercano a la abuela, Yuh-Jung Youn, la cercana y divertida abuela que pondrá patas arriba el hogar familiar, y finalmente, Will Patton, el amigo y trabajador estadounidense, que ayuda a levantar el cultivo.

Minari está producida bajo el sello A24, la compañía de Brad Pitt, que ha producido a nombres tan ilustres como Egoyan, Sofia Coppola, Villeneuve, Lanthimos o Baumbach, entre muchos otros, ofreciendo un cine muy alejado de los cánones de Hollywood, más personal y humanista, en el que indagan en el trato humano de las historias y la autoría de los creadores, entre los que se encuentran Lee Isaac Chung, con varias películas de ficción y algún que otro documental a sus espaldas, en una película que se erige como una interesante mezcla entre sus dos culturas, la coreana y estadounidense, investigando todo aquello que les une y separa, y la dicotomía de vivir entre dos mundos, dos culturas y sobre todo, dos formas de vivir y hacer las cosas, que con Minari,  su nuevo trabajo hasta la fecha, logra hablar de los grandes temas de la vida y la condición humana, desde lo más íntimo, a través de una familia coreana que debe vencer muchos obstáculos, como la inmigración, las dificultades económicas, los acondicionamientos naturales, y sobre todo, saber llevar a nivel familiar todo aquello que el exterior les pone en contra, con entusiasmo, valentía, y sobre todo, juntos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una niña, de Sébastien Lifshitz

YO SOY UNA NIÑA.

“Cuando crezca, seré una niña”.

Sasha es una niña de 7 años atrapada en el cuerpo de un niño. Sasha padece lo que en medicina se denomina disforia de género. La Dra.  Anne  Bargiacchi  (Psiquiatra infantil  y  especialista  en  disforia  de  género), define la disforia de género de la siguiente manera:  “El  sufrimiento  generado  por  la  discrepancia entre  el  género  asignado  al  nacer  (masculino)  y  el  género  con  que  se  identifica  Sasha (femenino)”.  Desde que debutase en el largometraje con Primer verano (2000), el cine de Sébastien Lifshitz (París, Francia, 1968), ha investigado las cuestiones de identidad y género en su amplio ámbito de personajes, como en su anterior película Adolescentes (2019), donde seguía durante cinco años a dos niñas en su proceso de adultez. Tampoco es la primera vez que profundiza en el universo “trans”, ya que hizo la película Wild Side (2009), en la que a través de la ficción seguía los pasos de Sylvie, una trans prostituta y sus amores. En Les invisibles (2012), daba voz a hombres y mujeres homosexuales maduros, película en la que conoció a una de las primeras trans de Francia, a la que dedicó su siguiente trabajo Bambie (2013). Con Una niña (Petite Fille, en el original), se instala en la familia de Sasha, y a través de la lucha y la resistencia de su madre, Karine, una mujer que luchará incansablemente para que su hija sea reconocida como niña en el colegio, las actividades extraescolares y con sus amigos.

Lifshitz plantea una película ligera y muy transparente en su forma, y compleja en su contenido, filmando la intimidad del hogar de la familia de Sasha, donde allí la niña disfruta de su paraíso particular donde todos sus hermanos y padres la reconocen como niña que se siente, los problemas empiezan en el exterior, donde la siguen tratando como un niño, como demuestra el precioso arranque de la película, en la que Sasha, en la intimidad e su habitación, si puede ser quién siente que es, vistiéndose como una niña, probándose tocados para el cabello y mirándose en el espejo. El director francés explica con una intimidad asombrosa y sobrecogedora, las tremendas dificultades cotidianas, tanto físicas como emocionales, a las que se enfrenta Sasha y su familia, capturando de manera sencilla y humana, toda la complejidad social a la que se enfrentan en su vida, en un mundo todavía con demasiados prejuicios y convenciones sociales que rechazan todo aquello que sea diferente, que rompa con lo establecido, y sobre todo, que plantee una forma de ver las cosas desde puntos de vista no habituales, en los que hay que crear nuevas herramientas para lidiar con problemas de otro cariz humano.

La película es honesta, didáctica y magnífica, y se erige como una hermosísima invitación a entrar en las vidas de Sasha y su familia a través de  una intimidad extraordinaria y devastadora en su contenido, con momentos cotidianos de familiaridad e instantes horribles, cuando Sasha la visten como un niño en sus clases de ballet, o esos emocionantes momentos frente a la psiquiatra donde la niña rompe a llorar incapaz de explicar sus sentimientos enfrentados, cuando es aceptada en su familia y rechaza en el exterior. La capacidad y la inteligencia que desprende la mirada concienciadora y crítica de Lifshitz, en la que en ningún momento se decanta por el panfleto ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, mantiene una actitud humanista y sabe manejar un conflicto complejo que necesita tiempo y comprensión para construirlo. Una de sus muchas virtudes es el posicionamiento  de la cámara a la altura de los ojos de Sasha, para que veamos como la niña, y seamos ella, capturando toda el conflicto interior de alguien que se acepta como es y debe lidiar con una institución como el colegio que se niega a verla como es.

Una niña nos ofrece la grandísima oportunidad, como solo el cine documental es capaz de hacer y construir, de viajar con Sasha y su familia durante el tiempo que dura este arduo proceso de aceptación de la sociedad, con sus idas y venidas, sus diferentes estaciones, sus luchas, su resistencia, como esa madre Karina, una mujer valiente, fuerte y capaz, que hará lo imposible para que la diferencia de su hija sea aceptaba. Hay un instante de esta maravillosa y conmovedora película en que Karina habla de Sasha como su misión en la vida que es la de concienciar a la gente para que sean más empáticos, y sobre todo, habrán sus mentes para los nuevos retos y formas de mirar, entender y sentir la vida a la que deben enfrentarse, y que lo hagan con amor y sin prejuicios. Una niña también nos habla de educación, de respeto, de amor a los otros, de aprender a aceptarse y que los demás nos acepten como seamos y sintamos, sin ningún daño para nuestra persona, quizás la sociedad ha evolucionado muchísimo en otros ámbitos como la ciencia y el pensamiento racional, pero todavía nos queda evolucionar en lo más importante, en el pensamiento emocional, en interpretar como sentimos y cómo sienten los demás, para no herir al resto y sobre todo, seguir avanzando para construir todos juntos una sociedad más justa, más solidaria, más empática, en definitiva, más humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Anton, su amigo y la revolución rusa, de Zaza Urushadze

LA INFANCIA DE ANTON Y JAKOB.

“Mientras puedas mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro, y que, pase lo que pase, volverás a ser feliz”.

Ana Frank

El universo cinematográfico de Zaza Urushadze (Tiflis, Georgia, 1965-2019), estaba condicionado por las continuas guerras en su país y alrededores. Sus historias siempre giraban en torno al conflicto bélico, ya fuese el de la Segunda Guerra Mundial como el reciente con Rusia. Aunque para el cineasta georgiano, la guerra siempre quedaba lejos, fuera del lugar de los hechos, no obstante, su sombra y sus consecuencias se mostraban de forma cruda y salvaje, porque los relatos de Urushadze giraban en torno a la existencia de unas personas sencillas que ven como al guerra irrumpe en sus apacibles vidas y las volvía completamente del revés, porque en sus películas, el asunto que más le interesaba retratar era el humanismo frente al horror de la guerra. En Anton, su amigo y la revolución rusa, adaptó la novela homónima de Dale Eisler, que se inspiró en hechos reales, además de ser uno de los coguionistas junto a Vadym Yermolenko y el propio director, en una cinta que ha convocado productoras de cinco países tan diversos como Ucrania, Georgia, Lituania, EE.UU. y Canadá.

El conflicto nos traslada a un pequeño pueblo de Ucrania en 1919, no muy lejos del Mar Negro, con los ecos todavía tan presentes de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique. Un lugar donde conoceremos a Anton, hijo de inmigrantes alemanes y Jakob, hijo de inmigrantes judíos, dos niños que a pesar de sus diferencias religiosas y culturales, son dos buenos amigos, como demuestra el magnífico arranque de la película cuando observan el cielo e imaginan un mundo menos hostil que el que tienen abajo. La trama se desencadena cuando llegan al pueblo los bolcheviques completamente desatados y dispuestos a eliminar cualquier vestigio alemán en la zona, con una violencia crudísima y sin respuesta posible por parte de los aldeanos. Urushadze que, con la película Mandarinas (2013), conociendo las mieles del éxito, recorriendo decenas de festivales internacionales, incluso fue nominado a los Oscar y Globos de Oro, nos coloca en mitad de la acción, a través de la mirada de los dos niños.

Por un lado, tenemos la relación de amistad profunda y sincera de los dos niños, que son testigos del horror que se está apoderando del pueblo, con el invasor bolchevique, y por el otro lado, vemos las relaciones que se van generando en el pueblo y todo lo que se va cociendo en el mundo de los adultos, con el miedo y la angustia de la incertidumbre por la supervivencia. El director georgiano sabe manejar con soltura y muchísima habilidad el contexto bélico con lo humano, mostrando sensibilidad y humanismo sin caer en lo convencional y el sentimentalismo, con una historia difícil y muy compleja, donde la violencia salvaje siempre la vemos con la distancia prudente, y sobre todo, una película sabia ya que investiga las consecuencias de esa violencia desatada en los que quedan. La historia se cuenta desde la sobriedad y la austeridad, con pocos personajes, encuadres bien compuestos, una luz sombría pero llena de luz cuando aparecen los niños, y esos movimientos de cámara cuando la acción de los personajes lo demanda, y sobre todo, una composición mínima de los diferentes caracteres y actitudes de los personajes, que a medida que avanza el metraje, vamos descubriendo sus verdaderos deseos e intenciones.

Anton, su amigo y la revolución rusa, recoge de forma honesta y sencilla el aroma que desprendían películas como Alemania, año cero (1948), de Roberto Rossellini, Juegos prohibidos (1952), de René Clement, La infancia de Iván (1962), de Andréi Tarkovski, Ven y mira (1985), de Elem Klímov,  Adiós, muchachos (1987), de Louis Malle, o La tumba de las luciérnagas (1988), de Isao Takahata, entre otros, retratos profundos, sinceros y brillantes sobre niños en mitad de la guerra, que como les ocurre a Anton y Jakob, sus vidas no volverán a ser las mismas, y ese tiempo de guerra quedará marcado para siempre en el devenir de sus vidas. Como ocurría en Mandarinas, el reparto de la película destaca enormemente, desde su impresionante caracterización y sus miradas, en una película de poco movimiento, donde prevalece el buenísimo hacer de todos los intérpretes, y sobre todo, la forma en que Urushadze va creando y generando esa tensión que se nos agarra fuertemente y no nos suelta en toda la película, construyendo ese espacio de incertidumbre en el que viven todos los habitantes del pueblo, a la espera de las actuaciones violentas de un enemigo lleno de odio y vengativo, que se enfrentará a un pueblo organizado, resistente y muy valiente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El chico, de Charles Chaplin

LA GRANDEZA DE LOS DESHEREDADOS.

“No tenía idea sobre qué maquillaje ponerme. No me gustaba mi personaje como reportero (en Carlitos periodista). Sin embargo en el camino al guardarropa pensé en usar pantalones bombachudos, grandes zapatos, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones holgados, el saco estrecho, el sombrero pequeño y los zapatos anchos. Estaba indeciso entre parecer joven o mayor, pero recordando que Sennett quería que pareciera una persona de mucha más edad, agregué un pequeño bigote que, pensé, agregaría más edad sin ocultar mi expresión. No tenía ninguna idea del personaje pero tan pronto estuve preparado, el maquillaje y las ropas me hicieron sentir el personaje, comencé a conocerlo y cuando llegué al escenario ya había nacido por completo”.​

Charles Chaplin en su libro de memorias.

Hace un siglo, en febrero de 1921, llegaba a los cines de EE.UU., The Kid (El chico), el primer largometraje de Charles Chaplin (1889-1977), luego vendrán La quimera del oro, Luces de la ciudad, Tiempos modernos y El gran dictador, entre otras, películas que han trascendido al propio arte cinematográfico y se han instalado en nuestras vidas. Chaplin debuta en el cine mudo en 1914 con su personaje mendigo, y quiere llevarlo a un cine diferente, más largo y contando otro tipo de relatos. Será ese mismo año, en 1914, donde nació su  “The Tramp”, de nombre Charlot, su vagabundo más pobre que las ratas, perdido, sin nada que hacer, comer, y sobre todo, un paria con una gran habilidad para meterse en líos, eso sí, un tipo que, a pesar de sus lamentables circunstancias, era un tipo refinado, con clase y de buenísimas maneras, porque lo cortés no quita lo valiente.

La primera vez que el cine vio a Charlot fue en Carreras sofocantes en 1914, de la compañía Keystone, aunque había sido en una película anterior Extraños dilemas de Mabel, donde ideó el atuendo de su célebre personaje, pero esta última película se estrenó después que la otra. Cien años después, nos llega a las pantallas, en una magnífica restauración con la exquisita técnica del 4K, El chico, donde Chaplin nos ofrece una delicadísima y magnífica película sobre la infancia, con esa ya imprescindible frase que abría la película: “Una película con una sonrisa, y quizá, una lágrima”. Una sentencia que sería el leit motiv de su carrera, porque Chaplin siempre buscaba esa idea en su cine, contar una historia apegada a la realidad más dura y desoladora, pero sin olvidar de sonreír, porque la existencia humana ya tiene mucho de drama en su propia idiosincrasia. Ver la nueva copia de El chico es una experiencia asombrosa, porque no solo engrandecen las imágenes filmadas por Chaplin cien años atrás, sino que nos envuelve en ese aura mágica que tiene el cine, esa emoción indescriptible cuando las luces se apagan y empiezan los sueños, y alguna que otra pesadilla.

Chaplin en aquel lejano 1921, quería ir más allá en su cine, y sobre todo, pretendía dar forma a una carrera en la que su vagabundo fuese el centro de atención en historias más dramáticas, ahí nació El chico, donde el genio nacido en Inglaterra, habla a tumba a vierta de su difícil y triste infancia, en la que, entre otras penalidades, sufrió verse separado de su madre, como rememorará en la extraordinaria secuencia cuando separan al vagabundo y al niño, en uno de esos momentos que han traspasado el cine, la pantalla y la historia. La historia que cuenta El chico es muy sencilla, un vagabundo encuentra por casualidad un bebé que cuidará como si fuese suyo, a pesar de las necesidades. Cinco años más tarde, los dos se han convertido en padre e hijo, y como dos granujas se ganan la vida como pueden y les dejan, inventando las triquiñuelas más imaginativas. Pero, todo cambiará cuando el niño enferma, aparece el médico y los servicios sociales quieren arrebatarle el niño ya que no es suyo. Charlot hará lo imposible para no perder al niño y que sigan estando juntos, situación que también desea el pequeño.

La indudable maestría de Chaplin es abrumadora, su composición del encuadre, sus maravillosas elipsis, el excelso tratamiento de los diversos conflictos, la infinita inventiva de mezclar drama y comedia en la misma secuencia, y con un dinamismo brutal, que nunca se agota, que siempre va a más, con un control sobre el tempo cinematográfico que ya era moderno y sigue siéndolo, donde todo va ocurriendo sin decaer en ningún instante, con una maravillosa intuición para mostrar lo oculto, y ocultar aquello que es necesario, en que el espectador se convierte en un agente despierto, inteligente y perspicaz. El crítico André Bazin lo describía a las mil maravillas en su “Introduction à une symbolique de Charlot”: (…) “Queda por señalar que las mejores películas de Chaplin pueden volver a verse una y otra vez sin que disminuya el placer, muy al contrario. Sin duda se debe a que la satisfacción que dejan determinados gags es inagotable por la profundidad que tienen, pero, sobre todo, a que ni la comicidad ni el valor estético son en absoluto deudores de la sorpresa. Ésta se agota una vez, y en su lugar queda un placer mucho más refinado que es la expectativa y el reconocimiento de una perfección”.

Para el personaje del niño, Chaplin optó por Jackie Coogan (1914-1984), un niño que lo enamoró mientras bailaba en un vaudeville. Porque el personaje del niño funciona como un doble del propio Charlot, una relación entre padre e hijo, pero también, una relación entre Charlot adulto y Charlot niño, en una simbiosis perfecta que funciona con elegancia y ritmo, dos almas necesitadas, sí, pero que irradian simpatía, sensibilidad y amor. Es un inmenso placer descubrir por primera vez el cine de Chaplin, y más aún, volver a descubrir y redescubrirlo cada vez que miramos una de sus películas, porque nunca se agotan, porque están llenas de inventos, de sueños, de alguna pesadilla, de humor, de alegría, y sobre todo, de humanismo, porque si Charles Chaplin y su añorado “Charlot”, han pasado a la historia del cine, y se han instalado en nuestra vida, es por sus características humanas, un cine sobre la condición humana, sobre lo que vemos y lo que ocultamos, un cine que se convierte en un reflejo de nuestras vidas, de lo que somos, y de lo que soñamos, esa humanidad que a veces nos olvidamos de ella, y nos empeñamos en ser quiénes no somos, Chaplin, a pesar de las injusticias, desigualdades y guerras, siempre nos habla desde el corazón, desde lo más profundo del alma, para que no olvidemos nuestra humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Urubú, de Alejandro Ibáñez

EL RÍO ESTÁ EXTRAÑO.

“Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”

Karl A. Menninger

Desde el primer momento Alejandro Ibáñez (Madrid, 1980), deja claro el legado de su padre, el gran Chicho Ibáñez Serrador (1935-2019), al que le dedica la película. Y más tarde, en el ejemplar prólogo de la película, cuando muestra unas imágenes de ¿Quién puede matar a un niño? (1976), deja claras las intenciones de la película, rendir un sincero homenaje a su padre y mentor. Hace un año, en el Festival de Sitges, Ibáñez presentaba Historias para no dormir – Reality, un cortometraje de 20 minutos para Save the Children, última producción de Chicho, en el que se denunciaban las penosas situaciones en las que viven cientos de miles de niños en el mundo. El hijo del maestro quería honrar la memoria de su padre, homenajeando una de sus películas para cine más brillante y demoledora, convertida en una cinta de culto, que denunciaba los horrores cometidos por los adultos contra los niños.

Ibáñez nos traslada hasta Manaos, al norte de Brasil, la capital del extenso estado de Amazonas, donde conocemos a Tomás, un fotógrafo y ornitólogo venido a menos que sueña con inmortalizar al urubú albino (Ave rapaz carroñera americana, de plumaje negro brillante, en que el albino es muy difícil de observar), y se lleva consigo a su familia, Eva, su mujer que intenta salvar un matrimonio a la deriva, y Andrea, la hija de ambos, que como cualquier niño de su edad en la actualidad, está obsesionada con lo virtual. Después del empujón del profesor Díaz, se embarcan con el capitán Nauta (segundo apellido del director, en un personaje que se reserva para él), y viajan río abajo, quizás los momentos más intensos y brillantes de la película son los del viaje por el río, donde la cámara se posa y se evidencia la ruptura entre el padre y el resto de la familia, y notamos la angustia y la opresión que lentamente se va apoderando de los personajes a medida que se van adentrando en un universo hostil, solitario y abrasador, que contrasta con la belleza natural y exótica de la zona. O ese momento inquietante en que el río amazonas y el río negro se juntan sin mezclarse.

El director madrileño firma el guión, escrito junto a Carlos Bianchi y Alejandra Heredia, en el que compone su película de manera profunda y atmosférica en este primer tramo, donde encontramos las imágenes más poderosas y sugestivas, donde destaca el trabajo de los cinematógrafos Daniel Úbeda y Diego Barrero, que ya estuvieron en Historias para no dormirReality. Cuando se adentran en el corazón de la jungla, en plena selva amazónica, la película pierde algo de fuerza, cuando quiere parecerse más a su homenajeada, perdiendo un poco el fantástico equilibrio entre homenaje y relato que venía dando. Aunque, su paisaje y el suspense, sobre todo, cuando los personajes empiezan a deambular por la zona, mantiene el interés de la cinta. Ibáñez logra una película honesta, que no quiere ser más que su antecedesora, sino ensalzar sus instantes más tensos y terroríficos que le sobran, reinterpretando algunas secuencias, que todos recordamos, y sumergiéndonos en esa madeja de laberinto infernal del que no hay escapatoria.

El trío protagonista no desluce e absoluto, brillando más en la travesía por el río, y componiendo con raza y energía en los instantes de la selva, con Carlos Urrutia, que interpretó un par de obras teatrales producidas por Chicho, hace del padre moribundo emocionalmente y alejado de su familia, Eva que hace la actriz Clarice Alves, certificando el fin de su matrimonio e intentando salvarse con su hija de la locura de venir a la selva por un maldito pájaro, Jullie D’Arrigo interpreta a Andrea, que descubrirá en la espesura de la selva su verdadero destino, y finalmente José Carabias como el profesor Díaz, un rol breve, pero muy interesante. Chicho Ibáñez Serrador decía: “Solo hay algo que da más miedo que una película de terror, la realidad”, y con esa premisa realizó ¿Quién puede matar a un niño?, en 1976, una película de terror-denuncia, dando voz a unos niños que, cansados de las miserias y horrores de los adultos se revelaban contra ellos. Cuarenta y cuatro años las cosas han cambiado muy poco, todavía existen barbaridades contra los niños, y son los tristes protagonistas de hambrunas, conflictos armados, abusos y abandonos. La tarea del cine es esa, denunciar y promover conciencias, el resto lo tenemos que hacer entre todos, dejarnos de absurdos triunfos personales, egoísmos y demás aspectos oscuros de la condición humana, y empezar a trabajar por un mundo más humano, respetuoso, justo y tolerable. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pilar Palomero

Entrevista a Pilar Palomero, directora de la película “Las niñas”, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pilar Palomero, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El pájaro pintado, de Václav Marhoul

EL NIÑO QUE NO PODÍA HABLAR.

“Cuando el niño destroza su juguete, parece que anda buscándole el alma”

Víctor Hugo

La secuencia que abre la película resulta desgarradora y sin alma, advirtiéndonos, tanto la atmósfera como el contexto, en el que se desarrollará la película. En un bosque de abedules, robustos y altísimos, en una mañana nublada y fría, vemos corriendo a un niño que lleva en sus brazos a un hurón, parece estar huyendo de algo o alguien. De repente, es derrumbado de un golpe por unos niños que le salen al paso, le quitan el animal y después de rociar al bicho, le prenden fuego, mientras el niño mira atónito y triste la lamentable escena. Luego, cuando llega a casa, que comparte con su abuela, se queda callado, y recibe la reprimenda de la anciana, desconocemos si no puede hablar o prefiere mantenerse en silencio. Un silencio que lo acompañará durante todo el metraje. Estamos a finales de la Segunda Guerra Mundial, en algún lugar de Europa del Este, sumida en el caos y la violencia de la contienda bélica, en esa Europa devastada por la guerra y sometida a múltiples supersticiones y analfabetismo, en este contexto, durísimo, desgarrador y desolador, conoceremos la existencia de un niño del que desconocemos su nombre y la razón de su silencio.

El director Václav Marhoul (Praga, República Checa, 1960) dedicado a la producción durante muchos años, es el responsable del cine de Tomás Vorel, había dirigido dos obras anteriormente. En Mazaný Filip (2003), adapta el universo detectivesco de Raymond Chandler a partir de la figura de su inmortal Phil Marlowe, en Tobruk (2008), basándose en la novela de Stephen Crane, nos situaba en el norte de África, en el otoño de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, siguiendo la existencia de Jiri Pospichal, un joven idealista que conocerá la amargura de la guerra. El director checo, se basa en la novela homónima del escritor polaco Jerzy Kosinski, en un relato estructurado en capítulos, titulados como los personajes que formaran parte de este viaje físico y emocional del niño protagonista en mitad de la guerra, que recuerda en su conjunto a la novela anónima del siglo XVI, Lazarillo de Tormes. La historia arranca con la muerte de la abuela que deja al niño desamparado y sin rumbo, se irá tropezando con hechiceras, molineros violentos, cosacos rusos, soldados nazis, pajareros alcohólicos, granjeros pedófilos, jóvenes ninfómanas, y una serie de personajes que se mueven en esa Europa sin alma, llena de ignorancia, cruel, supersticiosa y violenta, donde el niño experimentará por primera vez la vida, con sus tristezas y amarguras, convirtiéndose en una especie de superviviente muy a pesar suyo, aprendiendo la maldad humana y la amargura de existir, experimentando la soledad más triste y la infelicidad en todos sus aspectos.

Este niño sin nombre recuerda a otro niño como Iván Bondarev de La infancia de Iván (1962), de Andréi Tarkovski o a Flyora Gaishun, el chaval de Ven y Mira (1985), de Elem Klímov, dos niños que se enfrentan a la tragedia y la desolación de la Segunda Guerra Mundial, solos y desamparados sufren su crudeza, violencia y muerte. Marhoul filma su película en un descarnado y sucio blanco y negro, obra del cinematógrafo Vladimír Smutný (colaborador del cine de Jan Sverák), donde se remarca la deshumanización que va encontrándose el niño en su periplo vital, capturando a través de la película en 35mm, la intimidad y la cercanía necesarias para ir descubriendo, a partir de la mirada del niño, todo esa sociedad maloliente y salvaje que va encontrándose, eso sí, la cámara sabe muy bien lo que debe mostrar y lo que no, filmando la violencia, tanto física como emocional, sin embellecerla, y sobre todo, mostrándola desde una posición crítica, resolviéndola de manera magnífica con el recurso del fuera de campo, y haciendo un uso ejemplar del sonido, y el sobrio y catalizador montaje obra de Ludêk Hudec.

El director checo construye una película larga, llega hasta los 169 minutos de duración, y sobre la Segunda Guerra Mundial, y su devastación en la población, siguiendo la mejor tradición del cine de la Europa del Este, donde prevalece el blanco y negro, relatos de gran dureza sobre las relaciones difíciles entre personajes y un contexto social y rural muy duro y descarnado, y las consecuencias nefastas de la guerra en los habitantes, tanto físicas como psicológicas, con esos instantes de gran crudeza cuando los cosacos atacan el pueblo, o las vejaciones que sufren por parte de los nazis un pueblo indefenso a merced de los abusos de un poder ilimitado y asesino. El pájaro pintado es una película durísima, violenta y desoladora, sumergiéndonos en el contexto de la guerra y en el alma oscura de los seres humanos, donde hay un niño que sufre todas las acciones terribles de esos adultos llenos de soledad, amargura y tristeza, que usan al inocente para descargar su vacío y basura emocional acumulada.

Marhoul descarga toda su película en la mirada del debutante Petr Klotár, auténtica alma mater del relato, que sin emitir ninguna palabra, transmite toda esa transición que sufre a fuerza de golpes y abusos, de su infancia a la edad adulta, convirtiéndose en uno más de esa sociedad desorientada y salvaje, bien acompañado por una retahíla de grandes intérpretes internacionales encabezados por Udo Kier, Harvey Keitel, Stellan Skarsgard, Julian Sands, Barry Pepper, y luego, un grupo de intérpretes checos, polacos y rusos, menos conocidos para el gran público, pero igual de capacitados para desarrollar unos personajes complejos como Aleksey Kravchenko (que los más cinéfilos lo recordarán como el niño de Ven y Mira, ahora convertido en un soldado ruso amable), Lech Dyblik, Jitka Cvancarová, Júlia Valentová y Petr Sverák, entre otros. Václav Marhoul se ha destapado como un cineasta de atmósferas y personajes, filmando con crudeza y sensibilidad toda la desolación, amargura y oscuridad que encierran los seres humanos, y cómo las experimenta un niño sometido a esas voluntades tan terribles, guiándonos de modo excelente y visceral por una epopeya convertida ya en un relato digno de admirar no solo por todo lo que cuenta y como lo cuenta, sino su veracidad, su magnetismo y la mirada que desprende un niño en mitad de la guerra, o podríamos decir, en mitad de la nada más absoluta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pullman, de Toni Bestard

LA TRASTIENDA DEL PARAÍSO.

“Si la ayuda y la salvación han de llegar sólo puede ser a través de los niños. Porque los niños son los creadores de la humanidad”

Maria Montessori

Daren y Nadia son dos niños de padres inmigrantes que viven del turismo de Mallorca, y habitan los apartamentos Pullman, antaño un lujoso hotel, y ahora, un armatoste de cemento en el que se hacinan familias que inmigraron buscando un futuro mejor, alejado del tumultuoso turismo balear. La película describe un día de verano, un día en el que Daren, de padres africanos, y Nadie, de madre soltera de Europa del Este, deciden escaparse de casa y mirar ese otro mundo que les rodea, descubrirlo con su inocencia, con la mirada del que mira las cosas ajenas por primera vez. Después de años dedicados al cortometraje, formato que compagina con el largometraje, donde cosechó buenas críticas y premios, Toni Bestard (Mallorca, 1973) debutó en el largo con El perfecto desconocido (2011) en la que describía el viaje de Mark O’Reilly (que interpretaba el maravilloso actor irlandés Colm Meaney) llegando a la isla de Palma en una búsqueda interior de su pasado. En el 2015, codirigió, junto a Marcos Cabotá, I am your Father, en la que ponían el foco en David Prowse, el actor enfundado en el traje de Darth Vader, que fue sustituido en El retorno del Jedi, cuando se descubría su verdadero rostro. Una película que bucea en las luces y sombras del mundo del cine y las relaciones humanas.

En Pullman, basado en el cortometraje El viaje (2002) escrito por Arturo Ruiz Serrano, desde entonces estrecho colaborador, Bestard cambia los dos chavales del extrarradio de Madrid que sueñan con otros mundos y viajes increíbles, y vuelve a su casa, a sus orígenes, a mirar a sus calles y ciudades de Mallorca, a retratar ese universo ajeno al turismo y a todo, que escenifica en los niños de los apartamentos de Pullman, en relación a ese mundo del turismo masificado, a las calles llenas de neones y gentes pululando de aquí para allá. Dos mundos ajenos y alejados, dos universos muy diferentes, separados por apenas escasos metros. El cineasta mallorquín acota su película en un escasos días, y más concretamente, en una sola jornada, donde Daren y Nadia, emprenderán un viaje para conocer que hay más allá de su cotidianidad de Pullman, adentrándose en esa otra Mallorca que nunca pisa el turista, repleta de edificios abandonados donde pululan seres que viven por y para el turismo, como la travesti prostituta, el vendedor pedófilo de la playa, el payaso triste y alcohólico vendedor de globos, y el yonqui, seres del extrarradio, almas que van y vienen, que se tropiezan con un par de chavales también ajenos a esa Mallorca turística, quedando patente en las secuencias donde se cuelan en el parque, intentan robar en el centro comercial, o cuando corren atónitos en medio de los neones y el ruido que provoca la masificación turística.

Bestard atiza con fuerza ante esa destrucción de su ciudad, tanto la abandonada como la turística, retratando lo que quedó atrás y todo ese presente infernal que ha hecho del turismo el epicentro de todo, como el famoso “balconing”, donde muchos jóvenes turistas pierden su vida. Pullman aboga por la identidad, tanto física como personal, incidiendo en esas miradas inocentes de los dos chavales, tanto Daren como Nadia miran el mundo desde su ilusión de volar, de viajar, de sentir que el mundo no empieza y acaba en sus apartamentos. El relato huy del sentimentalismo o la postal turística, sumergiéndonos en un mundo donde los padres inmigrantes inculcan valores humanos a sus hijos, mientras ellos trabajan para el turismo, para que sus hijos tengan otro tipo de oportunidades que ellos jamás tuvieron. Daren y Nadia verán la ilusión y el mundo, pero también su crueldad, envidia y egoísmo, conociendo de primera mano toda la verdad, o su verdad, enfrentándose a sus miedos, sus desilusiones y su capacidad de dignidad y entereza ante tanto bullicio del turismo.

Pullman irradia el aroma de películas como El niño y su mundo (2013), de Alê Abreu, fábula animada en la que un niño descubría ese mundo repleto de máquinas y polución, o The Florida Project (2017), de Sean Baker, en el que también se reflejaba esa Florida turística con esa otra cara b, la del extrarradio, la de las familias rotas y desestructuradas, a través de dos niñas, como lo pudieran ser Daren y Nadia. Un reparto cercano y sensible encabezado por Keba Diedhou y Alba Bonnin Ostrem como Daren y Nadia, respectivamente, emanan naturalidad, destreza y armonía, bien acompañados por los adultos Monika Kowalska como la madre de Nadia y Armando Bouika como padre de Daren. Bestard ha construido una película pequeña, sencilla y humana, con una historia que destila cercanía, libertad e independencia, que retrata con dureza y aplomo esa Mallorca masificada por el turismo, y esa otra, que reivindica, la inmigrante que trabaja para el ocio y la diversión de otros, y queda relegada al ostracismo de lo que no se ve, de lo que está ahí, pero se intenta ocultar por todos los medios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Adú, de Salvador Calvo

RETRATOS DE ÁFRICA.

“La cosa más oscura sobre África ha sido siempre nuestra ignorancia sobre ella”

George Kimble

Después de toda una vida dedicado al medio televisivo, Salvador Calvo (Madrid, 1970) debutó como director con 1898: Los últimos de Filipinas (2016) diario histórico del último destacamento militar que siguió defendiendo la colonia después que España la perdiera. Una película donde se incidía en las miradas personales, la resistencia, y sobre todo, el drama humano de unos hombres dejados de la mano de Dios, donde brillaban un capitán obstinado en la piel de Luis Tosar, o un joven soldado idealista que hacía Álvaro Cervantes. Dos actores que vuelven a repetir en Adú, el segundo trabajo de Calvo, más personal y arriesgado, donde nos sitúa en el corazón de África a través de tres relatos que irán cruzando sus destinos. El segmento más potente y brutal sigue a dos hermanos, Adú, de solo seis años y su hermana mayor Alika, que después de presenciar un terrible crimen tienen que huir de su poblado en Camerún, y emprenderán un peligroso viaje con destino a España, un periplo en el que cobrará la presencia de Massar, un chaval que también desea llegar a la península, donde vivirán las tramas oscuras de tratas de personas, la prostitución como medio de subsistencia, los arriesgados viajes en bajos de vehículos y demás situaciones de riesgo, pero también conocerán la amistad, la fraternidad y el amor de tenerse el uno al otro.

El segundo relato, la película se instala en el viaje a la inversa, el que hace Sandra, una hija rebelde y con problemas de drogas, para encontrarse con su padre, Gonzalo un activista medioambiental de difícil carácter que protege a los elefantes peor mantiene una relación distante con sus colegas africanos. Una relación paterno-filial de idas y venidas, y muchos desencuentros que deberán lidiar y sobre todo, hacer lo posible para entenderse sin juzgarse, una tarea que no les resulta nada fácil a dos personas acostumbradas a hacer la suya. La tercera historia que nos cuenta la película, al igual que la de Adú, está atada a la realidad más triste y oscura, la de los subsaharianos que masivamente asaltan la valla fronteriza de Melilla para entrar en España, y se encuentran a los guardias civiles que la custodian. Un desgraciado accidente mortal en una de esos asaltos, convierte en el centro de la acción a Mateo, un guardia civil que se debate entre la ley del cuerpo o la conciencia personal, con ese cuerpo a cuerpo con Miquel Fernández, dos caras tan diferentes de la misma realidad vivida.

Calvo rescata algunos de sus colaboradores de su anterior película como Alejandro Hernández en tareas de escritura, Roque Baños en la música, y Jaime Colis en el montaje, y recluta a Sergi Vilanova en la cinematografía (que ha trabajado en thrillers como Plan de fuga o El aviso, o en Diecisiete, la última de Sánchez Arévalo) para realizar una cinta que se adentra en la realidad y la complejidad africana, esa que aparece en forma de cifras en los medios occidentales, una realidad con rostro y piel, la de Adú, su hermana o su compañero de viaje, una realidad menor, desprotegida y sola, que vive miles de calamidades como el hambre, la inseguridad y el abandono para llegar a Europa, esa Europa, que al igual que una zona pudiente, alza sus vallas para impedirles la entrada, una realidad triste que contrasta con esa otra realidad de Gonzalo y su hija Sandra, donde los problemas devienen, no de la falta y la carencia, sino de todo lo contrario, el abuso y la despreocupación de tenerlo todo y no saber adónde ir, bien acompañada por esa otra realidad del guardia civil como representante de una ley que no obedece al humanismo sino a la condena y la persecución del inmigrante hambriento que busca un futuro mejor como haría cualquiera en su situación.

Calvo ha construido una película complejo, una historia de detalle, miradas y rostros, donde sufrimos y reflexionamos sobre África y sus infinitas realidades, cotidianidades y contextos, un continente sacudido por siglos de colonización que además, debe subsistir con las migajas que les dejan las grandes multinacionales neoliberales que siguen vaciándoles sus recursos naturales. Una realidad difícil de tratar y de atajar, ya que los estados blancos permiten esa ignominia, y por otro lado, lanzan campañas de concienciación sobre África, esas dos caras cínicas que también muestra la película. Amén de las interesantes y profundas interpretaciones de Luis Tosar, impecable en su registro ambivalente como profesional y padre, bien una Anna Castillo como su hija, una joven desatada y desafiante que todavía anda buscando su lugar en la tierra, o la mirada de Álvaro Cervantes como guardia civil entre la espada y la pared, y las breves pero agradables presencias de actrices de la talla de Nora Navas y Ana Wagener.

Donde la película vuela y se muestra más poderosa es en la fuerza y la intensidad que demuestran los intérpretes africanos debutantes como Moustapha Oumarou como el niño Adú, Zayidiyya Dissou como Alika, y Adam Nourou como Massar, reclutados en un intenso casting, convertidos en el alma de la película y en la esencia que queda en el recuerdo de los espectadores, llevando a cabo unos roles muy difíciles y complejos, en los que se apoya la película en un buen tramo, mezclando con acierto y sobriedad los tres relatos que irán reencontrándose de forma emocional y física por cinco países africanos, mostrándonos de forma directa y personal las diferentes realidades y retratos de un continente vasto, profundo, bello y triste a la vez, donde todo se mezcla, todo se vive de forma intensísima y sobre todo, todo pende de un hilo, en que la vida se abre camino a duras penas, donde toda existencia está a punto de desparecer, donde la realidad que se vive y experimenta obedece a códigos muy distantes de los occidentales, quizás esa sea la mayor tragedia que sufren los africanos, el desconocimiento por parte de Europa de su realidad, su historia y sobre todo, de ese pasado oscuro y violento del que todos somos responsables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA