The Florida Project, de Sean Baker

SOÑANDO EN LA PERIFERIA.

Moone, de 6 años, y sus dos amigos, Jancey y Scottie, pasan el verano soportando el infernal calor como pueden, y metiéndose en mil líos, travesuras propias de la edad o tal vez no, como escupir en el capo de los coches, pedirles dinero a la gente para comprar helados, espiar a una madura mientras hace topless en la piscina del motel donde viven, dejar sin luz a la comunidad, y demás fechorías, que hacen enfadar a Bobby, el paciente gerente y casi padre adoptivo de estos niños de madres solteras sin apenas recursos o con pocas posibilidades de salir hacia delante. La película nos sitúa en el estado de Florida, pero no en su epicentro, sino al otro lado, en esas hileras de minúsculos apartamentos que hace años servían a los turistas que venían a ver Disneyworld, y ahora, se han convertido en los únicos hogares para muchos que no tienen adónde ir, los desplazados e invisibles de un sistema inapelable y destructivo con los más vulnerables. Sean Baker (Summit, New Yersey, 1971) continúa en su sexto trabajo con las mismas directrices que bullían en sus anteriores películas, colocando el centro de atención en la periferia, en todas aquellas personas que transitan por los márgenes, sus personajes retratados son inmigrantes ilegales que no tienen dinero o malviven vendiendo ropa ilegal en los lugares más oscuros de la Gran Manzana, o jóvenes confundidas que establecen lazos con abuelas solitarias, o como oscurría en Tangerine (2015) filmada con un iPhone, donde seguía a una prostituta transgénero ex convicta que ayudaba a sus amiga con sus sentimientos.

Ahora, sigue las (des) aventuras de Moone y sus amiguitos, por esos lugares que no se ven, o no queremos ver, donde los turistas nunca irían, ni siquiera por equivocación, espacios donde las cosas funcionan y se sienten de manera diferente, donde unos niños, con todo el verano por delante y nada que hacer, se mueven de un lugar a otro, intentando divertirse, aunque en ocasiones, su diversión sea irritar a los adultos. Unos niños casi siempre solos, en una situación de casi abandono, sin un adulto a su cuidado, que sobreviven sin ningún control, que van y vienen por lugares expuestos a peligros y conflictos. Baker describe tanto los ambientes como sus personajes de forma sobria y colorista, alejándose de cualquier atisbo de miserabilismo o condescendencia, su mirada es diferente, es una mirada cercana, muy próxima, en el que la intimidad que presenciamos se muestra utilizando luz y colores, sin ahondar más en la suciedad física y moral que vemos, sino en retratar unos personajes que se mueven en ambientes difíciles y complejos, siempre desde el marco del respeto y la prudencia, sin aleccionar o transmitir esa pobreza complaciente que desgraciadamente hacen gala tantos, donde se insiste en un retrato superficial, dejando de lado las complejidades y problemas a los que se enfrentan.

Baker construye este reino de la periferia, con sus príncipes y sus aventuras infantiles, que algunas se pasan de la raya, pero lo hace desde la proximidad, dejando su cámara a la altura de las miradas de estos niños, y sobre todo, focalizando la trama y sus consecuencias a través de sus miradas, si exceptuamos las interacciones con Bobby. Una película sencilla y honesta, que filma sin tapujos y de forma naturalista, muchas realidades que conforman el universo de la periferia, de esos no lugares, donde muchas personas malviven con lo poco que tienen, personas que provienen de cientos de poblaciones, a los que las circunstancias les han llevado a transitar por la cara oscura y amarga del mal llamado sueño americano, ese slogan de las barras y estrellas enblema de los parques temáticos de fantasía y sueños, esos lugares del capitalismo que nos venden, alejados de la realidad más cercana, los que no salen en las guías turistas, que el turista con sus móviles de última generación nunca conoce, y además, no quiere conocer, creyéndose que su realidad ociosa llena de oropel y falsedades, se relaciona más con ese viaje turístico que se ha inventado con selfies junto a Mickey Mouse.

Baker se ha convertido en uno de los mejores cronistas de esa América oscura, desconocida y pobre, y lo ha hecho a través de cuentos donde no hay buenos ni malos, solo individuos intentando sobrevivir en la miseria, en esos ambientes donde pululan los que malviven, esos que andan perdidos, sin saber donde se encuentran, ni que hacer, y mucho menos dónde ir. El cineasta estadounidense ha fabricado un hermoso y duro poema sobre los invisibles, a través de la mirada de una niña y sus amigos, pero no sólo se fija en estos niños capitaneados por la rebelde e inquieta Moone, sino que también deja espacio para los adultos, esas madres solteras, llenas de tatuajes que sobreviven de mil maneras, las hay que viven de camareras en restaurantes de fast food donde sirven comida grasienta y la amabilidad pasa de largo, algunas ilegales y otras no tanto, y las que hacen algunas cosas “outlaw” y otras no tanto, como Halley, madre de Moone, que revende bisutería y lo que pilla, a pudientes idiotas del hotel de lujo de al lado, o se prostituye, mientras consume su existencia, a base de marihuana y polvos en cualquier rincón oscuro, y los sueños que le quedan, si es que le queda alguno a pesar de su edad, y mantiene una despreocupación por el devenir y la integridad de su única hija, del que no sabemos nada de su padre.

Baker compone un reparto de caras desconocidas, con la excepción de la sutilidad y aplomo de un pedazo de intérprete como Willem Dafoe, curtido en mil batallas, que ofrece un gerente, que se las sabe todas, y mantiene una actitud de ogro bueno con respecto a los niños. Bria Vinaite da vida a Halley, la madre de Moone, con sinceridad y descaro, aunque la alma mater de la película no es otra que Brooklyn Kimberley Prince, dando vida a la pequeña Moone (como ocurría con Laia Artigas y su Frida en la reciente Estiu 1993). Niñas que llevan el peso de la película, de manera sorprendente, destilando personalidad, con una enorme naturalidad, y dotadas de una mirada que divierte y sobrecoge, dando un intensísimo recial de gestos y detalles que nos atrapan, convirtiéndose en las reinas de la función.  El director americano nos propone una fábula moderna, donde hay princesas y ogros buenos, donde hay madres que parecen la bruja mala, en la que nos habla de manera brillante, intensa y conmovedora de la dificultad de ser niño en ambientes hostiles, de la responsabilidad de los padres, de las familias desestructuras, y de lo difícil que es vivir cuando se tiene tan poco o nada, en una película que nos hace emocionarnos ahondando  de manera precisa y seria, en todo aquello que no se ve, pero que ahí está.

Wonderstruck. El museo de las maravillas, de Todd Haynes

LA AVENTURA DE LA INFANCIA.

“Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas”

Oscar Wilde

Érase una vez en el caluroso verano del 77 en un pueblecito de Minnesota, que vivía Ben, un niño de 12 años que había perdido a su madre y ahora estaba junto a sus tíos. Un día, Ben encontró una pista que le tenía que llevar a Nueva York para conocer a su padre, pero, una noche de fuerte tormenta, un rayo impactó en la casa y dejó a Ben sordo. En el hospital, Ben aprovechó a escaparse y emprender un viaje que le llevará a reencontrarse con sus orígenes. Paralelamente, también descubrimos otro tiempo y otro lugar, el del año 1927, cuando una niña Rose, de la misma edad que Ben, y también sorda, echa de menos a su madre, una famosa actriz, y decide salir de su Nueva Yersey natal, al lado de un padre autoritario,  y emprender un viaje a Nueva York a encontrarse con su madre. Dos relatos, dos tiempos, y la misma búsqueda, la de dos niños que desean conocer sus orígenes y reencontrarse con sus progenitores a los que no han olvidado para conocer sus raíces.

El séptimo trabajo en cine de Todd Haynes (Los Ángeles, EE.UU., 1961) basado en la novela “Maravillas”, de Brian Selznick, autor también del guión (el mismo escritor del libro La invención de Hugo, que adaptó Scorsese, donde también nos hablaban de un niño desamparado en busca de su lugar) nos vuelve a envolver en una aura romántica, en una fábula protagonizada por dos niños, en la que nos descubre la misma ciudad de Nueva York, pero a través de dos tiempos muy significativos y completamente diferentes, la ciudad del 27 era una sociedad de cambio, de crecimiento, de ilusión y de nuevas oportunidades, en cambio, la ciudad del 77 es todo lo contrario, en plena crisis del petróleo, la city se cae a pedazos, y está llena de miseria y violencia. En estos dos paisajes se desarrolla la trama de Haynes, que dos años más tarde de la delicia y maravillosa Carol, parece querer volver a sus orígenes, y nos sumerge en una historia protagonizada por niños, como su debut Poison (1991) y aquel blanco y negro, como el que desarrolla en la trama ambientada en el 27, y el amor al cine (como la magnífica secuencia en el cine cuando Rose entra en una sala para ver una película protagonizada por su madre, Lillian Maywen -homenajea la famosa actriz Lillian Gish- ya que las imágenes que vemos tienen mucho que ver con aquella maravilla de El viento).

Haynes aprovecha la sordera de los dos niños, y que ninguno de ellos conoce la lengua de signos, para sumergirnos en un mundo silente, donde los espectadores somos estos niños, en una ciudad que no escuchamos (solo acompañada por la bella música de Burwell) una ciudad que vamos descubriendo desde esa mirada inocente y perdida, desde esa estatura, maravillándonos por cada detalle, por ese nuevo mundo tan al alcance y tan lejano a la vez, y en el profundo contraste de colores de las dos ciudades, el maravilloso y elegante blanco y negro, herencia del cine mudo, con aquella gama de colores vivos y cegados por el sol, y filmada también de dos maneras diferentes, el 27 con el espíritu de belleza del cine silente (que ya avanzaba la llegada del sonoro) y el 77, con la forma rompedora del cine setentero que cambiará las formas con el cine clásico, el cine de Cowboy de medianoche o The French Connection, dos mundos opuestos pero hermanados, donde las dos historias convergerán en una, en la misma línea temporal que tendrá su epicentro en el Museo Natural de Historia y el año 77.

El cineasta estadounidense hace gala de su característica forma de filmar el paisaje y sus personajes, con esa elegancia y belleza que encierran sus relatos, llenos de poesía, donde el más leve gesto o detalle capta nuestra atención y llena de armonía y singularidad, haciéndolo bello y sutil, donde las tramas funcionan a las mil maravillas, en el que todo se nos cuenta desde lo más íntimo, desde aquel espacio que no podemos ver, pero en cambio, sentimos con muchísima emoción. El cineasta californiano se vuelve a juntar con sus colaboradores habituales, el camarógrafo Ed Lanchman (aquí en un inolvidable trabajo donde la combinación de las diferentes texturas y colores resulta asombrosa y cálida) el montador Afonsso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los Coen) que vuelve a deleitarnos con esa score sencilla y delicada, envolviéndonos en el espíritu de conocimiento, sabiduría y aventura que se respira en toda la película.

Un reparto realmente compenetrado que respira autenticidad y magia en el que destacan los dos niños, Oakes Fegley que da vida a Ben, y Millicent Simmonds, debutante, que interpreta a la inquieta Rose, los acompañan Julianne Moore (una pieza clave en la filmografía de Haynes desde sus inicios) y Michelle Williams (que aunque su rol sea breve, tiene esa aura especial que conecta con su personaje) dando vida a unos personajes a los que el pasado los ha guiado y convocado en la ciudad de Nueva York, esa ciudad que nunca duerme, esa ciudad misteriosa y decadente, la urbe por antonomasia, donde suceden las cosas más imprevistas y extrañas, donde los personajes encontrarán aquello que buscaban, aunque eso no signifique que sacie sus ansias de conocer y descubrir ese paisaje ajeno, peligroso y fascinante, porque Haynes ha vuelto a construir una película maravillosa y emocionante, sobre la aventura de ser niños, del saber, llena de vida, de aventura, que reivindica la importancia de los museos como archivos indispensables para preservar y almacenar la memoria, la que ya no está, y la que estará, para concoer y conocernos, con todas aquellas historias y personajes que el tiempo va borrando de nuestras vidas, y lo hace a través de los ojos de dos niños, Ben y Rose, que llegarán a conocerse en el tiempo, en ese espacio inexistente, que va llenándose con nuestras historias, las personas que conocemos, y aquellos que ya no están pero que jamás olvidamos.

Entrevista a Valérie Delpierre

Entrevista a Valérie Delpierre, productora de “Verano 1993”, de Carla Simón. El encuentro tuvo lugar jueves 29 de junio de 2017 en la oficina de la productora Inicia Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Delpierre,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Montse Pedrós de Inicia Films, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Entrevista a Susanna Barranco

Entrevista a Susanna Barranco, directora de “Caure del niu”. El encuentro tuvo lugar el jueves 21 de enero de 2015, en la Companyia Susanna Barranco de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Susanna Barranco, por su tiempo, generosidad y afecto, al equipo de la Filmoteca de Catalunya, por descubrirme la película, donde tuvo lugar su presentación, y al compañero de Susanna, que tuvo la amabilidad de tomar la fotografía que ilustra la publicación.

Caure del niu, de Susanna Barranco

Poster Caure del NiuINFANCIAS ROTAS.

En Lejos (2001), de André Techiné, Serge, un camionero francés que transportaba textil en un camión de Francia a Marruecos, metido a traficante, mantenía una relación con Sarah, su amante marroquí, y prometía a Saïd, un niño de la calle, ayuda para huir escondido a Francia. Las terribles experiencias de desarraigo y abandono que sufría Saïd, le han servido a Susanna Barranco (de interesante trayectoria como actriz y directora de teatro, y poeta) para conocer de primera mano las vidas de estos niños. Su quinto trabajo como directora en el documental, sigue el camino de sus anteriores trabajos, explorando temas de cargado contenido social y planteados desde el conocimiento y la reflexión. En el 2009, realiza Heridas, sobre la violencia de género en el entorno de las personas transexuales, volvería a este tema, en su siguiente trabajo, en Buits (2011), pero ahora desde el punto de vista de los hombres agresores, y en 2013, dirigía El silenci de Jonc, sobre la discapacidad intelectual.

La directora barcelonesa habla con estos niños, se interesa por conocer sus motivos, orígenes, los primeros meses, documentar su experiencia. Barranco captura sus testimonios acercándose a ellos, mirándolos a los ojos, mostrando su interior y desnudándolos profundamente. También habla con los cuidadores que tienen en el centro, especialistas en el tema de las migraciones, médicos, cooperantes que trabajan en Marruecos, entra en las casas, nos presenta a sus familias, nos muestra el entorno difícil y desesperanzador en el que han crecido. Barranco muestra las raíces del problema, no realiza juicios de valor, su película crece pausadamente, escuchando las reflexiones de los implicados y los profesionales que explican la tutela gubernamental hasta la mayoría de edad, y el vacío legal cuando cumplen los 18 años y ante la falta de trabajo, se ven obligados a delinquir ante la falta de un trabajo, y acaban en prisión y cumplida la condena, devueltos a sus países.

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La realizadora también nos habla de esos niños que quedan en sus países cuando sus padres emigran, y luego, cuando se lleva a cabo el reagrupamiento familiar, los conflictos emocionales que sufren unos y otros por el desamparo sufrido ante la ausencia. Barranco ha hecho una película breve, apenas una hora, donde expone un tema complejo y sumamente difícil, la existencia de estos niños que se ve abocada a una vida errante, solitaria, de eterna huida, con la temible sombra de un profundo desarraigo de ellos mismos, y abandonados a su suerte, con los problemas emocionales que eso conlleva, y obligados a volver a sus países cargando con sus maltrechos sueños rotos y con la dificultad de empezar de cero en un entorno sin oportunidades. Ese mundo occidental visto como un maná de riqueza donde hay sitio para todos, y al llegar aquí, descubren la triste realidad, un mundo que los aparta, que los señala, y sobre todo, un mundo de riqueza mal repartida, injusta y con una falta de empleo que les impedirá quedarse en España. Un documento necesario y valiente, que se ve con atención y que invita a la reflexión, que cuestiona la responsabilidad estatal frente a estos niños, el tremendo vacío burocrático cuando son adultos, escenifica el fracaso de no sólo una sociedad, sino de un mundo que se niega a reconocer al otro, al que no tiene, como señala Arcadi Oliveres: “Los países han roto las fronteras comerciales, tecnológicas, financieras y de comunicación, pero mantienen las del movimiento humano”. Un tema que no tiene fin, porque mientras unos pasen carencias, buscarán su vida fuera de sus países, y los otros, los de aquí, deberán aceptarlos, o más bien, buscar nuevas fórmulas para tratar el tema de forma humana y solidaria.

Entrevista a Narimane Mari

Entrevista a Narimane Mari, directora de “Loubia Hamra”. El encuentro tuvo lugar el jueves 22 de octubre de 2015, en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Narimane Mari, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Yolanda Vinyals de Zumzeig Distribución, por su simpatía, paciencia y amabilidad, (y autora de la fotografía que ilustra la publicación),  y al equipo del Cine Zumzeig de Barcelona, con su director Esteban Bernatas (aquí en labores de traductor) al frente, por su grandísimo trabajo y ofrecernos la presencia de los directores presentando sus películas, y por su combativa y resistente programación que nos descubre un cine reflexivo y a contracorriente.

Baja Marea, de Roberto Minervini

CARTEL MAREAInfancia desamparada

Un niño de 12 años vaga sólo y aburrido entre los contornos de una pequeña ciudad costera, la playa no anda muy lejos y el viento azota fuerte. Parece no tener a nadie, o al menos a nadie que se ocupe de él. Durante la noche, mientras duerme, un ruido le despierta, es su madre entrando en casa, se desnuda y se acuesta. Al día siguiente, madre e hijo se encuentran y se murmurean palabras vacías, ella se va y el chaval vuelve a quedarse sólo. Y así sucede todos los días. La ópera prima de Roberto Minervini, (Su segunda película Stop the pounding heart -2013-, híbrido de ficción y documental sobre los pasos de una chica de 14 años dentro de una comunidad religiosa y su enamoramiento por un chico mexicano del rodeo, tuvo su estreno este año en el Festival de Cine de Autor de Barcelona) es una pieza de cámara, un milagro cinematográfico de indudable energía y pulso narrativo. Centrado en esa infancia no atendida, en esos niños que viven sin cariño, que no viven su niñez de forma natural, sino que la sufren a marchas forzadas, que deben crecer a trompicones y bandazos sufriendo a unos padres inmaduros e irrespondables que no son capaces de darles cariño y cuidar de ellos. Minervini fabrica un cine delicado y sencillo, su cámara no interviene en la acción, su mirada es observadora, cuenta su relato conteniendo la emoción, dejando al espectador libre de toda dirección, que sea el propio público que tome partido si así lo desea o no. Nos sitúa en una zona alejada, en las afueras, un lugar donde se buscan latas vacías por unos cuántos dólares, donde se mira pasar el día sin nada que hacer, donde el verano puede ser una de las estaciones más tediosas y vacías para un niño que le falta lo más importante, sentirse querido y protegido por una madre preocupada en salir con sus amigos y en ir a trabajar cuando se acuerda. Minervini nos describe una realidad durísima y terrible, aunque como ocurría en su segunda obra, la primera vista por éste que escribe, el tono que maneja es poético, sabe extraer de esa realidad seca y punzante, los momentos donde el protagonista parece respirar con menos dificultad, resulta extraordinario el tratamiento del sonido, -donde apenas escuchamos música extradiegética-, y el entorno, la manera que filma la naturaleza, los bosques, los animales como objetos de su rabia contenida, como sopla el viento, y cómo ayudados por estos elementos nos sumerge en esta historia triste y real. Un obra cimentada en un par de personajes, de los que desconocemos sus nombres, donde el niño, con una mirada portentosa, mantiene todo el peso de la trama, un niño deudor de otros vapuleados del cine como Bruno Ricci, Edmund Köhler, François (La infancia desnuda, 1968, Pialat), Cyril (El niño de la bicicleta, 2011, Dardenne) o Antoine Doinel con el que guarda varias similitudes estructurales, sobre todo en el cierre de la película, donde también el mar tiene un significado especial y metafórico, esa marea que alude el título, que en algunas ocasiones se pueda ver con otra mirada.