El reverendo, de Paul Schrader

DIOS Y LA FE.

Todos los personajes que ha escrito Paul Schrader (Grand Rapids, Michigan, EE.UU., 1946) a lo largo de su carrera tienen en la religión su consuelo o tormento, o ambas cosas a la vez, elemento esencial en su cine, ya que el cineasta creció bajo una férrea fe calvinista, donde Dios está por encima de todas las cosas. Ernest Troller es un pastor de la iglesia de la First Reformed (que recoge el título original de la película) y no es asunto baladí, ya que el conflicto del sacerdote tiene mucho que ver con su pérdida de fe y su cuestionamiento como representante de Dios, como le ocurrió a Jesús. Troller es un personaje atormentado, ya que cuando era capellán del ejército, instigó a su hijo a ir a la guerra de Irak, donde fue asesinado. Ahora, se ha refugiado en la iglesia protestante y entre asuntos meramente cotidianos, se prepara para festejar el 250 aniversario de la orden. Pero, todo va a cambiar un día, cuando Mary, una de sus pocas feligresas, le pide ayuda para que hable con su marido, un ecologista radical que acaba de salir de la cárcel. Un chico que sufre por el futuro del planeta y no encuentra la paz interior ni con su futura paternidad. Estos encuentros llevarán al sacerdote a una profunda tensión entre su fe y las razones de su existencia, desenterrando sus traumas pasados y situándolo en una situación de graves conflictos emocionales que le harán encerrarse en sí mismo.

Schrader sitúa su relato en uno de esos pueblos del estado de Nueva York, donde parece que todo es armonía y tranquilidad, pero que en el interior de las casas se cuecen todos los problemas que desde fuera ni se ven ni se percatan. El cineasta de Michigan es un maestro en crear esas atmósferas frías y vacías (donde la luz neblina y siniestra de Alexander Dynan contribuye y de qué manera a crear ese universo tétrico y sin alma que recorre toda la película) y en construir personajes que arrastran pesadas cargas emocionales que los condicionan en su cotidiana y miserable existencia, como le ocurrían a los Travis Bickle, el taxista veterano del Vietnam de Taxi Driver, o el Jake La Motta, el boxeador empeñado en fastidiarse la vida,  Julian Kaye, el prostituto masculino agobiado por su posición social, Wade Whitehouse, el policía mísero que daña todo lo que toca, entre muchos otros, personajes marginados, autodestructivos, faltos de fe, frustrados sexualmente, y sobre todo, inadaptados, que les cuesta construir su espacio y vivir como los demás, porque no encajan y odian una sociedad hipócrita y falsa que les ha tocado vivir.

Los antecedentes de Ernest Troller podríamos encontrarlos en los personajes de Jesucristo que interpretaba Willem Dafoe en La última tentación de Cristo, de Scorsese, donde el elegido se convierte en humano, con sus cuestionamientos sobre la fe, sus dudas y pulsiones lujuriosas, y también, en Juvenal, el protagonista de Touch (1997) que dirigió Schrader, donde encontrábamos a un joven con poderes extraños para sanar al que se le acercaban personajes de toda índole. Dos almas diferentes, dos almas con dudas, dos almas perdidas que no encuentran consuelo en su fe, que se la cuestionan, y sobre todo, son humanos, como le ocurre a Ernest Troller, alguien que ya no encuentra paz en su refugio espiritual, que se cuestiona su fe, a sí mismo, y todo lo que le rodea, en este relato que nos interpela directamente poniendo sobre el foco temas como la religión y su necesidad en el mundo actual, la idea de Dios como ser omnipotente, los caminos complejos de la fe y sus cuestionamientos, los mecanismos de financiación de las iglesias, y la hipocresía que conlleva esos procedimientos, y la conservación y respeto de la naturaleza en un mundo capitalizado hasta la saciedad y falto de valores humanos.

Schrader cuenta con un reparto ajustado y lleno de matices, donde destaca la inmensa y sobriedad interpretación de Ethan Hawke, en uno de sus mejores trabajos de su carrera, con esas miradas ausentes y vacías que a menudo tiene en la película, en un estado de extrañeza y completa ausencia, imbuido cada vez más en sus conflictos y en ese pasado tormentoso que no le deja en paz, en su particular camino redentor que no encuentra consuelo, cuando creía que auto engañándose sí que lo encontraría, a su lado, Amanda Seyfried, con ese bombo a cuestas, paradigmático en una película que nos habla de la falta de humanidad de nosotros mismos y hacia un planeta cada vez más contaminado y con menos vida, y les acompaña, una retahíla de excelentes secundarios como Cedric the Entertainer como pastor jefe que maneja os hilos de una iglesia con financiación compleja, y Victoria Hill, una devota feligresa y activista de la iglesia que siente algo más por Troller. Schrader ha cocido a fuego lento uno de sus ásperos y desgarradores dramas, con esa belleza formal que duele y agobia, describiendo con minuciosidad de cirujano todo esos mundos recónditos y oscuros que se ocultan en cualquier casa pulida y aceptada moral y socialmente aceptada, como esos escondites tapados en la iglesia (por donde los esclavos huían de sus amos en el siglo XIX) que está contado como si fuese un thriller, uno de esos retratos sobre las miserias humanas, sobre sus conflictos interiores y los tejemanejes capitalistas de una sociedad falsa, vacía y enferma.


<p><a href=”https://vimeo.com/287064741″>EL REVERENDO (First Reformed) – TRAILER VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66996990″>Versus Entertainment</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Most beautiful island, de Ana Asensio

EL INFIERNO DEL SUEÑO AMERICANO.

Luciana es una española sin papeles que sobrevive con trabajos precarios en Nueva York. A través de Olga, inmigrante rusa, con la que trabaja alguna vez, acaba consiguiendo un trabajo que consiste en pasearse por una fiesta de lujo, aunque las cosas no parecen tan sencillas y además, hay gato encerrado. La puesta de largo en la dirección de largometrajes de Ana Asensio (Madrid, 1978) es una combinación magnífica y arrolladora de cine social y thriller psicológico, con el mejor aroma del cine independiente americano. Asensio dejó una carrera incipiente como actriz en la televisión en España para emprender la aventura del “american dream” y plantarse en la Gran Manzana para estudiar interpretación, aunque las cosas no salieron como esperaba y durante el último cuatrimestre del 2011, con los atentados de Nueva York en el ambiente, ella sobrevivió con trabajos precarios que la llevaron a vivir una experiencia desagradable  con uno de ellos. Toda aquella experiencia la ha plasmado en su primera película, que además de dirigir, escribe, protagoniza y coproduce, una cinta que ha levantado con el espíritu del cine combativo, resistente y la ayuda de unos colaboradores que han creído en su proyecto desde el primer momento.

Asensio, sin experiencia previa como directora, ha construido una película del aquí y ahora, una película que se desarrolla en una sola jornada, siguiendo a su protagonista, Luciana, durante un solo día, y documentando esa vida precaria, a salto de mata, con la falta de dinero acechando a cada momento, sin tregua, y sin descanso. Asensio, en la primera mitad de la cinta, nos introduce en un cine de gran efervescencia social, con los incesantes ruidos de la gran metrópoli, donde Luciana se mueve de aquí para allá, haciendo todo tipo de trabajos, a cual más miserable y desastroso, con multitud de problemas, como repartir propaganda vestida de pollo, de niñera recogiendo unos niños idiotas que la odian, sólo algunos de los empleos míseros que pululan para los más desfavorecidos, para todos aquellos que tienen que andar escondiéndose de la ley, para aquellos que vivir se ha convertido en un desagradable deambular. Luego, en la segunda mitad, y con un gran acierto del ritmo y la construcción dramática de la historia y su personaje, el ruido va cesando para penetrar en otro mundo, en esos lugares que se escapan de las miradas ajenas, esos espacios miserables y oscuros, donde siempre hay que bajar escaleras, e introducirse en lugares sin ventanas, donde la vida parece detenida, y nada ni nadie parece saber lo que ocurre entre esas paredes alejadas de la vista de todos.

Asensio logra con lo mínimo lo máximo, y seguimos con Luciana, sabiendo en todo momento lo único que ella sabe, sufriendo y angustiándonos con el personaje, su ansiedad y miedo que se van apoderando de ella a medida que va descendiendo a su infierno particular, a esa fiesta que no parece como tal, y siendo víctima, sin quererlo, todo por el maldito dinero, de un juego macabro y mortífero, para satisfacer a una minoría elitista y podrida de dinero que satisface sus deseos más oscuros y terroríficos explotando a los invisibles, a todos aquellos sin recursos que, sin saberlo, son capaces de aventurarse en juegos siniestros para seguir sobreviviendo en una ciudad aparentemente llena de luz, pero que bajo la alfombra oculta mucha oscuridad y miseria. Asensio ha logrado una película extraordinaria, que mantiene un increíble pulso narrativo, manteniéndonos en una tensión constante, con la ayuda de la crudeza y el grano que ofrece el Súper 16, obra del camarógrafo Noah Greenberg, en el que los espacios subterráneos adquieren una dimensión de constante peligro y terror, como ese sótano sin aire que respirar, en el que Luciana espera, nerviosa y muerta de miedo, su turno, con las miradas fijas en esa puerta y en los ruidos que salen de ella, mientras escuchamos esos sonidos, con espíritu vanguardista e industrial, que aún acrecienta la soledad, la angustia y el temor que recorre cada poro de su cuerpo.

La directora madrileña recoge el testigo de grandes autores como el espíritu independiente y revolucionario del cine de Cassavetes (el maestro del cine indie y referente de tantos) o los Baumbach, Anderson o Arnold, que describen con minuciosidad los detalles y la complejidad de sus personajes, explorando con precisión voyeurista los entresijos que experimentan sus criaturas en sus trabajos de carácter resistente y a contracorriente, sin olvidarnos de la película 4 meses, 3 semanas y 2 días, de Cristian Mungiu, con la que guarda muchos aspectos, tantos formales como de fondo, en el que también se describía las horribles vicisitudes que pasaban dos chicas en la Rumanía ochentera de Ceaucescu. Most beautiful island es una película excelente y con gran tensión narrativa, que alumbra la mirada de Ana Asensio como una directora a tener muy en cuenta en sus próximos trabajos, con una gran capacidad para focalizar desde la intimidad los problemas de los más desfavorecidos del primer mundo, penetrándonos en ese mundo alejado de los escaparates de grandes avenidas, de fiestas sin fin y demás excesos. Aquí se habla de aquellos que no se ven o no queremos ver, de aquellos que corren sin descanso a la caza de un mísero trabajo para seguir no se sabe dónde, aquellos que podríamos ser nosotros en algún momento de nuestras vidas.

Wonder Wheel, de Woody Allen

LA RUEDA DEL AMOR.

“Con mi primer marido conocí lo que es amor, con mi segundo marido he conocido lo que no es”

Si tuviésemos que elegir el argumento modelo que estructura el cine de Woody Allen (Brooklyn, New York, 1935) sería el de una mujer adulta que ha pasado la juventud, y ahora, se encuentra en un matrimonio o relación que no le satisface y sueña con aquellos años donde sí conoció el amor. Aunque, circunstancias de la vida, conoce a alguien que la devolverá a aquellos años y la ilusionará como no esperaba, pero la cosa se complicará, y lo que para ella era amor, para la otra persona era una tabla de salvación o un entretenimiento. Finalmente, la mujer volverá a su matrimonio infeliz, del que nunca pudo despegarse, a su rutina, y a seguir soñando con aquellos años donde si conoció el amor. Desde que debutase en el cine con Toma el dinero y corre hace ya casi medio siglo, la filmografía de Woody Allen, con casi 50 títulos, que sigue fiel a su cita anual, se ha movido por distintos y complejos caminos, donde podríamos acercarnos a ella de innumerables formas y maneras, quizás su momento más álgido sería en las décadas de los 70 y 80 con títulos de enorme calidad como Annie Hall (1977) Interiores (1978) Manhattan (1979) Zelig (1983) La rosa púrpura del Cairo (1985) Hannah y sus hermanas (1986) películas que han llevado a Allen a considerarlo uno de los grandes de la cinematografía mundial, en las que a través de comedias agridulces o melodramas arrebatados y sobrios, ha explorado con detalle y sutileza la tragedia y el drama de la condición humana, planteando relatos donde el amor y la traición son su caldo de cultivo.

En su nueva aventura, nos transporta a la costa de New York (el paisaje de su cine) y más concretamente al Coney Island de los años 50 (¿Recuerdan la casa “vibrante” debajo de la noria donde pasó su infancia Alvyn Singer?) el famoso parque de atracciones que ahora sólo es una sombra de aquellos años dorados donde su luz brillaba con intensidad y la gente abarrotaba sus atracciones y disfrutaba con sus juegos y pasatiempos. Este Coney Island, lleno de fantasmas en forma de promesas incumplidas, arranca con Carolina, un joven que huye de su marido gánster ya que lo ha delatado al FBI, la chica llega a esconderse junto a su padre Humpty (el dueño del tiovivo que apenas tiene clientes) al que hace mil años que no ve. Humpty ya no bebe y quiere construir un futuro para su “nueva” hija. También, conoceremos a Ginny (la esposa de Humpty) y al hijo de ésta Richie (un chaval pirómano que la traerá de cabeza). Ginny trabaja de camarera sirviendo pescado, y dejó atrás una carrera como actriz de teatro y un matrimonio feliz que ella misma se encargó de fastidiar, y ahora, frustrada e inestable emocional, se debate en unos días rutinarios y un matrimonio de conveniencia que la ayudó a sobrevivir, tanto a él como a ella. Y para postre, conoceremos a Mickey (que nos contará el relato) un aspirante a dramaturgo que se gana la vida como socorrista en la playa 7.

Todo parece como siempre, los días pasan en el diminuto piso rodeado del bullicio de las atracciones y con la noria como escenario omnipresente en el drama doméstico que vamos a presenciar. Carolina encuentra trabajo en el restaurante con Ginny, ésta empieza una relación con Mickey y Humpty parece interesado en el futuro de su hija, y a parte de pasar las horas en el tiovivo, va a pescar con sus amigotes más que nunca. Todo parece en su sitio, o al menos, todo parece avanzar hacia un lugar del que todavía no conocemos su destino, pero como suele ocurrir en el cine de Allen, el destino nos tendrá reservado un giro inesperado, Mickey empieza a sentirse fuertemente atraído de Carolina, y el supuesto futuro con Ginny parece esfumarse, mientras Ginny acaba viendo en la intrusa hija de su marido una rival difícil de ganar. Y así se suceden las cosas. Un grandísimo reparto encabezado por una brillante Kate Winslet (que recoge el testigo de otras heroínas infelices de Allen como Diane Keaton, Mia Farrow o Cate Blanchett) en un personaje frustrado, con una vida ensombrecida por el fracaso personal de su matrimonio anterior, y que ve en Mickey más que una tabla de salvación para su vida, se enfrasca en esa infidelidad como una última oportunidad para volver a enamorarse y volver a la interpretación.

Jim Belushi da vida a Humpty, un tipo gordinflón y bonachón, y aparentemente feliz en su vida, ya no bebe y sale a pescar con sus amigos, y la aparición de su hija le lleva a una nueva ilusión, protegerla y ahorrar para que estudie. Juno Temple, con su belleza y candidez es Carolina después de un matrimonio fracasado siendo demasiado joven, intenta rehacer su vida al lado de Mickey, aunque los matones de su ex la siguen para acabar con ella. Y finalmente, Mickey, el apuesto aspirante a escritor (que recuerda al David Shayne de Balas sobre Broadway o al Bobby Dorfman de Café Society) que enamora tanto a Ginny como a su hijastra, emtiéndose en un lío de mil demonios a él, y a las mujeres. Allen baña su película con esa luz poética y evocadora, de multiplicidad de colores, no exenta de realismo, obra del prestigioso camarógrafo Vittorio Storaro (segunda colaboración después de Café Society). Woody Allen vuelve a encandilarnos con su sutileza y belleza, en una película que recuerda a la brillantez de Match Point o Blue Jasmine, sumergiéndonos en un paisaje que nos devuelve a aquellos años del American way of life, o podríamos afirmar que aquí estamos ante el reverso del espejo, donde encontramos un parque en horas bajas, gentes que se mueven entre infelices matrimonios, sueños frustrados, y amores de salvación que solo los conducen no a ver la luz, sino a sumergirse más en las tinieblas, a seguir por los caminos transitados que no llevan a ninguna parte, o quizás solo llevan a esos lugares a los que nadie quiere ir, porque como ocurría en las obras de Tennessee Williams, los tranvías pasan cuando menos te los esperas y a veces, aunque logres alcanzarlos, rara vez te llevan a esos lugares donde fuiste feliz o esperas serlo.

Olvídate de Nick, de Margarethe von Trotta

LA EXTRAÑA PAREJA.

Una alocada chica de la alta sociedad estadounidense participa en un estúpido juego que consiste en recoger deshechos de la ciudad. En la periferia encuentra a Godfrey, un vagabundo irónico e inteligente que acaba convirtiéndose en el mayordomo de la casa familiar, el elemento ajeno que destapará las miserias, prejuicios e hipocresía instalada en el hogar burgués. Este argumento pertenece a la película Al servicio de las damas, de Gregory La Cava, producida en 1936. Aunque, parte de él, podría ser la trama de la nueva película de Margarethe von Trotta (Berlín, Alemania, 1942) con la que comparte ese elemento ajena que se introducirá en el hogar para trastocarlo todo, ya que  por circunstancias ajenas que escapan del incierto destino, dos mujeres, muy diferentes entre sí, que tienen en común el mismo ex, deberán compartir un ático lujoso del centro de New York. El título número 17 en la filmografía de von Trotta vuelve a reunirla junto a una de sus guionistas habituales Pamela Katz y la productora Bettina Brokemper, que después de Hannah Arendt (2012) se conjugaron para volver a trabajar pero alejadas del drama, yéndose al otro extremo, a la comedia sofisticada, pero como suele ocurrir en el cine de la berlinesa, en el que sus personajes femeninos, complejos y de carácter, se ven enfrentados a situaciones ajenas que las llevan a posicionarse en lugares que ni imaginaban, donde existe una vinculación entre los hechos del presente con el pasado.

Ahora, nos muestra dos mundos opuestos, el de Jade, que acaba de ser abandonada por Nick por una modelo muchísimo más joven (exmodelo, independiente y profesional, vestida de blanco y negro, que vive rodeada de lujos, y ha abrazado el estilo de vida estadounidense a pesar de ser extranjera) y de Maria, la primera mujer de Nick y madre de su hija (la antítesis de Jade, liberal, madre divorciada, sencilla, que viste de colores, y que no ha perdido sus raíces germánicas aunque viva en EE.UU.). Y el tercero en cuestión será Nick (adinerado y Don Juan) que aunque no físicamente, estará presente durante todo el metraje. Después de El mundo abandonado (2015) en el que la directora alemana seguía las evoluciones del reencuentro de dos hermanas separadas en la infancia, se ha fundido el traje de faena y ha cambiado radicalmente de registro, proponiéndonos una comedia neoyorquina, con el aroma de aquellos clásicos maravillosos, la “screwball comedy”, en el que los Capra, Hawks, Lubitsch, McCarey , Wellman… nos seducían con películas estupendas de sencillos argumentos, donde convivían formas de pensar y actuar radicales, que provocaba situaciones genial y sumamente divertidas, o las comedias sesenteras como La extraña pareja, y porque no decirlo, von Trotta, también recoge el espíritu del cine de Woody Allen, con esos mundos sofisticados, llenos de lujos, de fiestas donde todo está perfecto, y la gente aparentemente es educada y alegre, aunque suelen esconderse en amores infelices que intentan sobrellevar con amantes imperfectos, inocentes o trastornados.

El conflicto que nos propone von Trotta es muy sencillo, Jade después del sobresalto, sigue con su vida, recuperar a Nick y presentar su nueva colección como diseñadora, aunque para eso le hará falta dinero, y por eso, intenta convencer a Maria en vender el ático, en cambio, esta última, no siente ningún deseo de vender, y ahí estamos. Las tiranteces comenzarán con el estilo de vida, tan antagónico, desde el diseño y la colocación de los objetos, la alimentación, y los horarios incompatibles, luego, pasaremos a las diferentes posiciones respecto a Nick, y más tarde, con la llegada de la hija y nieto de Maria, que provocará otro cisma entre las dos mujeres. Una alta comedia bien contada, llena de ritmo, con situaciones divertidas y surrealistas, generando ese espíritu de ligereza que lejos de convertirse en una trama superficial, se erige como un relato sofisticado, y lleno de inventiva que no solo es agradable de ver y seguir, sino que se sumerge en el carácter de las dos mujeres, y convirtiendo en una situación caótica y problemática, en un aprendizaje emocional y vital que les servirá para descubrirse a ellas mismas, y encarar el futuro con más alegría y expectativas humanas.

Otro de los grandes aciertos de la película es la mise en scene de la directora berlinesa que a través de ese ático casi desnudo y oscuro, consigue dejar clar los dos mundo en colisión y los espacios que van creando como propios este combate a “muerte”, sin olvidarnos de la maravillosa elección de las dos intérpretes y la brillante dirección de actores de von Trotta, a través de la estupenda pareja de intérpretes que consigue enamorarnos a través de las miradas y las sutilezas de sus personajes,  inmenso el  trabajo de ambas, con Katja Riemann que da vida a Maria (habitual en el cine de von Trotta, con la que ganó la prestigiosa Copa Volpi del Festival de Venecia con la película La calle de las rosas, que recuperaba una serie de protestas contra el nazismo) y la incorporación en la filmografía de von Trotta de la actriz noruega Ingrid Bolso Berdal, y el tercero en discordia, Nick que interpreta el actor turco Kaluk Bilginer (colaborador de Ozpetek o Bilge Ceylan). Dos mujeres llenas de vitalidad y carácter, cada una a su manera, que comparten el abandono de Nick, y a pesar de ellas y las circunstancias que viven, deberán reinventarse y mirar hacia delante de forma constructiva, audaz e independencia, preguntándose cómo quieren vivir sus vidas.

En realidad, nunca estuviste aquí, de Lynne Ramsay

A MARTILLAZO LIMPIO.

Estamos en New York City, en uno de esos veranos sofocantes, en el que la grasa parece impregnarse en los cuerpos, en el que las noches parecen no tener fin y las calles huelen a podrido. En uno de esos lugares, uno cualquiera, qué más da, encontramos a Joe, de infancia tenebrosa, y veterano de la guerra de Irak, experiencias que les han dejado traumatizado y con tendencias suicidas. Joe vive con su madre anciana y se gana la vida recuperando personas para gente de las altas esferas. En una de esas, se ve involucrado en una trama pedófila que, mira tú por dónde, no será un trabajito más, sino que le despertará su instinto vengativo y tomará cartas en el asunto. El cuarto trabajo de Lynne Ramsay (Glasgow, Reino Unido, 1969) basado en la novela de Jonathan Ames, se mueve en torno a sus anteriores películas, en las que una muerte inesperada enfrentaba a sus protagonistas con sus miedos y traumas, como en su debut, que cosechó un gran éxito en Cannes, Ratcatcher (1999) cuando un adolescente mataba a su vecino accidentalmente, en Morvern callar (2002) Samantha Morton huía a Ibiza después de encontrar a su novio muerto por suicidio, y en Tenemos que hablar de Kevin (2011) una madre entraba en conflicto por el asesinato cometido por su hijo.

Una filmografía repleta de relatos sombríos y atormentados, donde sus personajes entran en terrenos fangosos y oscuros, en los que deberán mirarse hacia su interior y arrastrar el peso de la culpa y sus traumas consabidos. Su nueva criatura Joe es un tipo de melena grasienta, uñas largas, y bastantes kilos de más, de conducta solitaria y silenciosa, y se mueve por espacios terroríficos, tanto físicos como mentales, como evidencian esas secuencias donde realidad y tormentos se mezclan, creando ese terreno neutral, donde el personaje confunde su vida y la de los otros, dentro de esos mundos aparentemente correctos y saludables. Joe realiza ese trabajo sucio, ese que necesita discreción y sin testigos, para que todo, al fin y al cabo, siga manteniendo ese orden limpio y ordenado. Podemos encontrar similitudes con el Travis Bickle de Taxi driver, de Scorsese, haberlas las hay, aunque la justicia impartida, tanto por uno o por otro, difieren en muchos aspectos, quizás lo más evidente es la tendencia de esa atmósfera lúgubre y nocturna que acompañan las existencias atormentadas de ambos personajes.

Ramsay logra construir una película sofocante, dramática, y herida, donde vemos a un personaje que se mueve como alma en pena en un universo catastrófico moralmente hablando, en el que impera un reino de violencia cruel y sanguinaria, donde la miseria se desplaza en una sociedad completamente deshumanizada, donde se trafica con seres humanos y se viola a niñas sin el mayor de los escrúpulos, quizás la figura de Joe es ese espejo justiciero, a golpe de martillo,  completamente devastado, como no podría ser de otra forma, que ejerce una justicia de ojo por ojo en una comunidad terrible que sólo se deja llevar por el placer, la frustración y la bazofia. La inquietante atmósfera, que se mueve entre las sombras y el impresionismo, tanto de de sus imágenes duras y terroríficas (obras del cinematógrafo Thomas Towned) adquiere un carácter abrumador, convirtiendo la película en un viaje hacia las profundidades del infierno más devastador y sucio, donde no hay escapatoria, donde todo se mueve por inercia, en paisajes sin vida, donde las almas se reconocen por su intrínseca maldad, donde la luz, si es que la hubo en algún instante, se ha convertido en tiniebla, en el que la esperanza es salvaje y da poco espacio para la paz y tranquilidad.

La música obra de Johnny Greenwood (guitarrista de Radiohead, y colaborador habitual del cine de Paul Thomas Anderson), se suma, con esos aires barrocos y distorsionados, a construir ese no mundo de decadencia por el que se mueve la película, una música que se mezcla con ese sonio omnipresente y pasado de vueltas que, ayuda a sumergirnos en ese paisaje de terror, donde no hay salida y tampoco formas de salir. Ramsay no ha podido escoger mejor a Joaquín Phoenix para encarnar la figura de este tipo destruido, envuelto en oscuridad y rabia que, se mueve bajo su capa de derrota y locura, manteniéndose en pie a duras penas, a base de frustración, pastillas y deseo de venganza, en un gran transformación, tanto física como emocional que, convierte a Phoenix, por si todavía alguno albergaba alguna duda, en uno de los intérpretes más completos y abrumadores de su edad, porque logra transmitir esa dureza y abatimiento que persigue sin tregua a su personaje, ese alma destructora y arrebatada de vida, de pasado violento y presente sangrante, en una existencia en el que ayudar a la pequeña Nina quizás no lo salve a él, pero si hará que su realidad, o lo que queda de ella, se menos terrible.

Lo tuyo y tú, de Hong Sangsoo

AHORA SÍ, AHORA NO.

“El amor lo es todo. Sin él nada existe”

En una de las secuencias iníciales de la película, observamos a una mujer joven sola sentada en un bar tomando cerveza, se le acerca un joven y cree reconocerla, ella no, él joven insiste e intenta relacionar algunos lugares que hayan podido frecuentar, pero la joven no recuerda. En un instante, la joven le explica que puede tratarse de su hermana gemela y que a menudo la confunden con ella. El joven se queda extrañado. La película número 19 de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) podría sintetizarse a través de esta secuencia, en la que el cineasta coreano nos está sumergiendo en las claves por donde pivotará su relato, donde conoceremos o no, a una joven que no sabremos quién es realmente, alguien al que confundiremos constantemente su identidad, porque unas veces creeremos que es quién dice ser y otras, no, y ahí andaremos, aunque la película de Hong Sangsoo es mucho más que eso, un film de factura bellísimo, de imágenes que seducen por su capacidad de transmisión de la futilidad de la vida y las emociones que nos acechan, en la que nos habla de la fragilidad del amor, o de los devaneos sentimentales de una pareja que discute una noche, porque a Youngsoo, un amigo le ha comentado que ha visto a su novia, Minjung, flirteando con otro en el Golden Bear, el bar-epicentro de las “conquistas de Minjung”, una situación que no habremos visto, la conoceremos por un testimonio, y entonces nos preguntamos si realmente ha ocurrido, si simplemente Hong Sangsoo introduce este elemento real o no, para construir una película que tanto la forma como en el fondo, están contaminadas por la verdad o la mentira, lo que sucede o lo que no, y cómo esas circunstancias afectan a los personajes en sus decisiones.

El cineasta coreano ya había experimentado las endebles fronteras de la identidad en su anterior película Ahora sí, antes no (2015) en la que nos explicaba cómo se habría dado una historia de amor si se hubiera dado en otras circunstancias, y aún hay más, en En otro país (2012) protagonizada por Isabelle Huppert, desdoblaba a la actriz francesa en tres situaciones distintas. Formas distintas de afrontar quiénes somos y como nos ven los demás, que la emparentan con lugares comunes de Ese oscuro objeto del deseo, en la que el genio de Buñuel desdoblaba el personaje femenino en dos mujeres protagonizadas por dos actrices diferentes, en un juego macabro e irónico, en el que jugaba con el placer sexual y la frustración del rechazo. Hong Sangsoo ha construido un estilo muy definido en sus 20 títulos (en 21 años de carrera) que conforman una filmografía personalísima, en la que encontramos rasgos abundantes y significativos que con sólo una mirada a uno de sus encuadres nos basta para reconocerlo. Una forma de edificar relatos que viene ya dada desde los títulos de sus filmes, como el que nos ocupa, Lo tuyo y tú, en la que nos viene decir algo así como no nos fiemos mucho en lo que nos cuentan o veamos, porque los dos pueden mentir  o no, siempre nos acechará la duda y nunca lo llegaremos a saber con exactitud.

El cineasta surcoreano nos sitúa en ciudades de provincias, en las que la vida va y viene, sin más, donde observamos a unos personajes, en su mayoría artistas (pintores, directores de cine, guionistas, escritores…) como hacen la compra, beben cerveza en bares (como los personajes de Kaurismaki) y sobre todo, dialogan entre ellos, hablan muchísimo, filmados a través de tomas largas fijas que vienen precedidas de planos generales en la que nos muestra una parte del exterior mientras suena una melodía leit motiv que nos acompañará a lo largo del metraje. Un estilo naturalista, muy cercano, que lo acerca a directores como Rivette y Rohmer, maestros en el arte de la observación del alma humana y sobre todo, de las confusiones e incertidumbres de los sentimientos, que nos conducen a donde no queremos y nos sitúan en lugares que nos cuesta reconocer, y que nos atrapan llevándonos a lugares oscuros de nuestro interior que nosotros mismos no reconocemos. Hong Sangsoo se erige como uno de los cineastas más observadores de las relaciones humanas, un magistral seductor de las palabras, dotado de una mirada llena de honestidad, construyendo una película delicada y sensible, de apariencia ligera, pero de contenido enigmático, profundo y poético, en la que nos adentramos en los laberinticos caminos de los sentimientos, en el que deberemos enfrentarnos a lo que sentimos, aunque eso nos cueste reconocer que somos esclavos de unas emociones que creíamos que no nos sucederían, pobrecitos de nosotros, cuanto creemos saber y que poco sabemos, ya no sólo de los demás, sino de nosotros mismos.

Entrevista a Sebastian Vogler

Entrevista a Sebastian Vogler, director artístico de “La muerte de Luis XIV”. El encuentro tuvo lugar el jueves 24 de noviembre de 2016 en las oficinas de Eddie Saeta en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sebastian Vogler, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, y a Marta Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño, y a Lluís Miñarro, por su amabilidad, amistad y cariño.