Entrevista a Andrea Ros, actriz de la película «Karate», en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Ros, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Aritz Moreno, director de la película «Karate», en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aritz Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Que igual ser feliz no es ganar siempre, es no rendirse nunca”
Sandra Sánchez
Una de los elementos que más se reproducen en los “biopics” con vocación comercial es su incapacidad para mostrar la complejidad de las historias que retrata. Es decir, todo aquello demasiado oscuro del personaje o personajes se obvia de forma evidente, no vaya a ser que algún espectador se incomode por no hacerle pasar un buen rato sin más. Parece que este tipo de películas debe tener una luz blanca radiante que eleve al retratado y sobre todo, se convierta en una especie de santo santorum de su especialidad, dejando fuera todo aquello que muestre su vulnerabilidad o humanidad. En fin. Digo todo esto, porque Karateka es un “biopic” si, pero diferente, porque retrata lo humano de la karateka Sandra Sánchez (Talavera de la Reina, Toledo, 1981), la deportista más laureada y reconocida de la historia. A partir de un guion de David B. Gil y Pablo Tobías, la historia se centra en un periplo vital que abarca tres décadas desde la infancia hasta su gran triunfo como campeona olímpica en Tokyo 2020. Un viaje con claros y muchas sombras, y también, sobre la vida, las ilusiones, el trabajo, la dedicación, la voluntad y todo lo que conlleva dedicarse a una disciplina difícil y muy competitiva.
En la dirección encontramos a Aritz Moreno (San Sebastián, 1980), que conocemos por la irreverente comedia negra Ventajas de viajar en tren (2019), el thriller Moscas (2023) y las series Zorras y La chica invisible, ambas de 2023. Con Karateka se adentra en una película que recorre minuciosamente el camino arduo y oscuro que llevó Sandra para coronarse a los 39 como la mejor, con sus problemas familiares, sus conflictos con la federación y su sacrifico entrenando para poder competir y enfrentarse a la mejor, la karateka nipona. El relato es muy emocionante, sin caer en sensiblerías ni nada de eso, la cosa va por otros lares, mostrando una mujer con miedo, vulnerable, y también, fuerte y valiente a pesar de lo duro y difícil que fue su proceso. Aquí no hay nada de épica, ni la manoseada superación, sino todo lo contrario, alguien con un deseo a pesar de todos y todo, que algunas pocas personas confiaron en su decisión y le ayudaron como su entrenador Jesús del Moral que se convierte en su partenaire y su sombra y su mejor ayudante. La película ahonda en lo humano, en lo cercano, en el sudor y los duros entrenamientos, siguiendo todo el proceso, los altibajos, los problemas y demás situaciones nada cómodas.
La película tiene un gran trabajo técnico en el que sobresalen distinguidos profesionales como el cinematógrafo Javier Agirre, un fijo en los Moriarty Company, amén de gran parte de los cineastas vascos, que ya trabajó con Moreno en sus dos largometrajes. Una planificación muy detallada y precisa que destaca los planos cortos y medidos con algunas magníficas superposiciones que se ven pocas en el cine actual, y sobre todo, unos encuadres que revelan toda la travesía emocional y física de Sandra. La excelente música de Maite Arroitajauregi, que también estuvo en Moscas, amén de películas de Fernando Franco y Paul Urkijo Alijo, entre otros, que sabe componer los diferentes tramos de este viaje que se sumerge en las profundidades de alguien obstinado y firme en su propósito, que cae muchas veces pero es capaz de levantarse y empezar una y otra vez. El sólido y preciso montaje de Raúl López, otro de la Moriarti Factory, que también estuvo en los dos largos del cineasta donostiarra, compone una edición que casi llega a las dos horas de metraje que nunca decae intercalando los momentos intensos con los más relajados en una historia que nos lleva de España y Japón en esa búsqueda incesante para aprender los mejores katas con los mejores maestros del país asiático.
En el campo interpretativo debemos hacer mención especial a la magnífica Andrea Ros que se mete en la piel, el cuerpo, la mente y el alma de Sandra Sánchez, olvidándonos que estamos en una ficción y haciendo creíble cada gesto, mirada y movimiento de la karateka, después de una ardua preparación de 16 meses. Una composición que debería estudiarse en las escuelas como ejemplo de cómo enfundarse en un personaje a las antípodas y sobre todo, hacerlo humano e íntimo. Le acompaña un gran Patrick Criado como Jesús del Moral, su entrenador y pareja. Vaya año para el actor madrileño después de Amarga navidad, de Almodóvar, metiéndose en la vida de un entrenador firme y cercano. Y luego, están el reparto. Un magnífico reparto encabezado por conocidos del director como Ernesto Alterio y Pilar Castro, y los Antonio Durán “Morris”, Chani Martín, y los “japoneses” Hoshimi Asai y el veterano Denden, que ha trabajado en casi 70 películas al lado de Shimizu, Yamada, Kiarostami, Miike… Si buscan una película condescendiente y superficial no vayan a ver Karateka, porque no les va a gustar. Eso sí, si les gustan las historias de verdad, las que cuentan cosas que nos hacen reflexionar y además, quieren ver personajes como ustedes, de verdad, humanos, vulnerables y que tengan miedo, que les cuesten las cosas, se equivoquen pero nunca dejen de intentarlo, aquí tienen su película, porque no es sólo sobre el karate, sino sobre una mujer que, a pesar de tenerlo todo en contra, decidió luchar por ello, y no fue nada fácil. Ya saben aquella máxima que soltó el gran Groucho Marx: “¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!. Quedan enterados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Miedo es lo que estás sintiendo. Valentía es lo que estás haciendo”.
Emma Donoghue
Recuerdo la impresión que me supuso ver en el cine la película Días contados (1994), de Imanol Uribe. Aquel otoño de entonces, mi conocimiento sobre ETA era mínimo, por no decir nulo. Así que, el cine, como siempre, venía a rescatarme de mi ignorancia. Aquella historia fue durante mucho tiempo mi ventana a la realidad que se ocultaba detrás de atentados y asesinatos. Sabía que era una historia de ficción, salida de una novela de Juan Madrid, pero para mi significó un comienzo para saber algo más. Uribe había tratado el entorno ETA en otra de sus grandes obras La muerte de Mikel (1984), y más tarde, volvió con Lejos del mar (2015). Viendo La infiltrada, de Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968), he vuelto a las imágenes de Días contados, por su proximidad al tema, y también, por su acercamiento al género policíaco de aquí, es decir, un cine negro que hable de temas sociales y políticos, muy alejado de la convencionalidad en la que se ha instalado un género que calca las producciones hollywodiense de puro entretenimiento y muy blanditas.
La película surge de una idea de la productora María Luisa Gutiérrez para llevar a cabo la historia de Aranzazu Berrade, la policía de tan sólo 22 años que se infiltró durante 8 años en las entrañas de ETA, del que surge el guion que firman Amelia Mora, que ha sido guionista de la exitosa serie La unidad, y la propia directora que, aparentemente, parece que se ha embarcado en otro tipo de película, aunque en la realidad no lo es tanto, porque también estamos ante un drama social protagonizado por una mujer enfrentada a un enemigo muy fuerte, como sucedía en dos de sus anteriores largos como Carmen y Lola (2018) y Chinas (2023), situados en entornos íntimos, cercanos, invisibles y naturales. Eso sí, la realidad humana es evidente, aunque ha virado al género, en este caso, al mencionado policíaco, muy popular e interesante años atrás, casi desaparecido de nuestra cinematografía en años posteriores, salvo contadas excepciones como El arreglo, las citadas de Uribe, Fanny Pelopaja, la excepcional serie sobre Carvalho que protagonizó Poncela y dirigió Aristaraín, los de Garci y Urbizu, y las que tienen a ETA como epicentro, La voz de su amo, Todos estamos invitados y Lobo (2004), de Miguel Courtois, sobre Mikel Lejarza que se infiltró en la banda terrorista entre 1973 y 1965, y alguna que otra película más. Así que estamos de enhorabuena porque La infiltrada es una gran policíaco, porque tiene a un ser anónimo y frágil enfrentado a un enemigo muy poderoso y sanguinario, y todo se filma con el mejor aroma de Melville como hacía en la espléndida Le samouraï, con un enorme Delon, donde se consigue una profunda e íntima atmósfera muy alejada de los estereotipos del género.
La magnífica cinematografía de Javier Salmones, con casi 100 títulos en su carrera, al lado de grandes cineastas como Colomo, Fernán Gómez, Cuerda, Gonzalo Suárez, entre otros, consiguiendo capturar el plomizo y grisáceo de esos cielos del País Vasco, con esos encuadres agitados que escenifican con determinación todos los avatares emocionales de la protagonista Arantxa, acompañada de la excelente música de Fernando Velazquez, otro grande de nuestro cine, con más del centenar de títulos, que le ha llevado a trabajar con Bayona, Koldo Serra, Scherfig, Del Toro, Wenders, y muchos más, con una composición elegante, nada embellecedora, sino contándonos la interesante mezcla que hay en la historia, entre la invisibilidad de una joven cualquiera metida en la boca del lobo, y después, todos esos instantes de tensión dificultad en la que se inmersa. Un montaje que, a priori, entrañaba muchos problemas, bien ejecutado por Vicky Lammers, que estaba en Patria, una serie con el tema de ETA como epicentro, donde nos conduce con maestría por el laberinto complejo por el que se mueve una mujer en soledad y sin ayuda, entregada a una labor en la pone su vida en peligro constantemente en sus asfixiantes dos horas de metraje.
Como ocurría en los anteriores trabajos de la directora vasca, el reparto está muy bien escogido, porque transmiten, sin necesidad de estridencias ni de artimañas de otra índoles, todo el caudal emocional de unos personajes nada convencionales, como la extraordinaria Carolina Yuste, la actriz fetiche de Arantxa que, después de su espléndida interpretación de Conchita en Saben aquell, de David Trueba, del año pasado, vuelve a demostrar su enorme valía metiéndose en la piel de Arantxa, otro reto mayúsculo que la actriz pacense salda con una gran composición, dando vida a una mujer valiente con miedo, pero decidida en su trabajo, muy humana, mostrando su vulnerabilidad y su coraje, ahí es nada. Uno de esos personajes capitales del último cine español. Le acompañan un siempre convincente Luis Tosar, que hace de jefe de Arantxa, un actor que lo da todo desde la sencillez, metido en un tipo temido por los suyos y empecinado en demostrar que la policía es capaz de todo. Tenemos a los etarras. Por un lado, el joven idealista en la piel de Iñigo Gastesi, y el asesino despiadado con el rostro de Diego Anido, y los otros polis como Nausicaa Bonnín, Víctor Clavijo, y otros, que ayudan a darle la profundidad necesaria a la película, porque aunque el relato se centra en la mirada y el rostro de Yuste, los “otros” ayudan a relajar la trama.
Nos alegramos que se haya producido una película como La infiltrada, de Arantxa Echevarría, porque habla de la organización terrorista ETA, que actúo durante sesenta años, y lo hace desde el rigor y la transparencia necesarias para comprender su complejidad, y no sólo eso, sino que lo hace desde una policía infiltrada en sus catatumbas, a partir de la cotidianidad de alguien que sacrificó su vida y su alma para ser una de ellos y así capturarlos. Además, de ser un convincente y estupendo policíaco que nos devuelve al mejor noir, aquel que era una radiografía del país, de sus gentes, de sus formas de ser, de su idiosincrasia, de su economía y de todo lo que no vemos, siendo muy fiel y a la vez, muy cinematográfico para retratar aquellos años noventa, en los que una mujer completamente desconocida para todos se volvió invisible y adquirió una nueva identidad para ser otra más de ETA. Por todo esto y mucho más, no se pierdan la película que ha construido con gran acierto Echevarría que, después de La infiltrada, y esto lo digo para sus haters, ha demostrado que es capaz de meterse en líos tan gordos como los de esta película, y sobre todo, salir con un contundente, ejemplar y fascinante noir que no dejará a nadie insatisfecho, y lo hace, es que no debería ver buen cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La reconciliación es una decisión que se toma con el corazón”.
Ingrid Betancourt
De las cuatro películas que he visto de Adrián Silvestre (Valencia, 1981), el retrato es el germen desde el que se van construyendo las historias. Con su debut Los objetos amorosos (2016), nos hablaba de desarraigo y amor en los cauces de la ficción. En sus dos siguientes largometrajes, el documental era el vehículo para contarnos sendos retratos sobre el universo trans, uno colectivo en Sedimentos (2021), en el que descubrimos a diferentes mujeres trans, con su historias e inquietudes, e individual en Mi vacío y yo (2022), en el que Raphi nos contaba en primera persona su vida y presente. Con Hágase tu voluntad, sin dejar el retrato, el cineasta valenciano hace una vuelta de tuerca en su cine, porque se refugia en su intimidad y nos habla en primera persona de él y su difícil relación con su padre Ricardo, al que lleva 23 años sin ver. Una película sobre un padre vividor, independiente y hedonista que se separó de su madre, se ennovió con una mujer que años después muere, y ahora, con más de setenta años, enfermo, solo y depresivo tiene la necesidad de volver a estar con sus hijos.
La película va de frente y de la mano del propio cineasta que se abre en canal y nos retrata su relación con su padre, totalmente inexistente durante más de 20 años, y la intención de romper esa distancia y volver a hablar a su padre. Silvestre construye un íntimo y sensible viaje emocional que nos habla de pasado tortuoso y presente reconciliador, tratando temas muy complejos como la necesidad de recuperar al otro, las dificultades de los procesos de reconstruir vínculos personales y familiares, temas importantes como el derecho a morir dignamente y todo lo que genera en el entorno familiar como su madre, su hermana y el otro hermano mucho más reacio en la relación con el padre. La película se cuenta a través de un año más o menos, acorde con las visitas de Adrián, arrancando en verano con las fiestas de moros y cristianos, siguiendo en invierno con las navidades y después con la semana santa y demás. Un tiempo de diálogo, de recordar el pasado, la infancia, los que ya no están y demás cuestiones algunas demasiado dolorosas y oscuras. Silvestre, como nos tiene acostumbrados, no se regodea en la sensiblería ni nada que se le parezca, sino que confronta las diferentes emociones para compartirlas y sobre todo, mirarse frente a frente para contarse todo aquello que no se ha contado.
La película tiene un brillante trabajo técnico empezando con la exquisita y cercana cinematografía de Lara Vilanova, en su primer trabajo con el director, después de sus trabados con Diana Toucedo, Alba Sotorra y Estibaliz Urresola, entre otras, en el que prevalece la naturalidad de los encuadres y esa distancia necesaria para que los diversos encuentros mantengan su delicadeza e importancia. Así como el gran trabajo de sonido firmado por Natxo Ortuzar, toda una institución con casi 80 trabajos entre los que destaca su trabajo con el fallecido Ventura Pons, estupendos documentales como Quinqui Stars y Descubriendo a José Padilla, y series recientes como La mesías y Mano de hierro, y Mafalda Alba, con películas tan esenciales como La maternal, y la música natural de Diego Pedragosa, bien acompañada por ese monumento como “Hosanna in Excelsis”, de Óscar Navarro González, que se escucha un par de veces, y el clásico de música festera “Ximo”, y el popular “Ramonet, si vas a l’hort…”, entre otros. Un magnífico montaje de Júlia R. Aymar, que conduce con ritmo y detalle todo el entramado emocional que explica en sus 98 minutos de metraje.
La cuarta película de Adrián Silvestre es ya desde su especial título Hágase tu voluntad, un viaje de retorno, un viaje que nos propone mirar al otro, enterrar el pasado y reiniciarse de nuevo, dando y dándose otra oportunidad más, porque sí hay vida, hay otra posibilidad, donde el cine de Silvestre ha ido mucho más allá, desde su exposición porque el propio cineasta es el propio protagonista de su película junto a su padre Ricardo, que nos habla de lo que fuimos, de lo que somos, del eterno presente en el que existimos, de los errores del pasado y de las reconstrucciones en el presente, de cómo nos queremos, muchas veces muy mal, y de cómo se puede encontrar la forma de quererse o al menos, hablar para compartir y alejar el rencor y el dolor. Una película sencilla en su tono y atmósfera pero tremendamente compleja en todo lo que muestra y encierra en sí misma, dónde documento y cine se dan la mano, en el que el aparato cinematográfico también puede ser un elemento ideal para recrear la vida, la muerte y los sueños o lo que percibimos del más allá, porque el cine, como mencionaba Johan van der Keuken (1938-2001) en su excelente film Las vacaciones del cineasta (1974), es el único medio capaz de mostrar en un mismo plano la vida y la muerte, tal y como ocurre en Hágase su voluntad y su inolvidable final, donde todo ese reencuentro entre Adrián/Cineasta con su padre Ricardo tiene sentido en ese instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¿El humor? No sé lo que es el humor. En realidad cualquier cosa graciosa, por ejemplo, una tragedia. Da igual”.
Buster Keaton
Desde que fuera uno de los guionistas de aquella delicia que fue Amo tu cama rica (1991), de Emilio Martínez-Lázaro, el humor ha sido una de los palos mayores en la carrera de David Trueba (Madrid, 1969), pero no un humor chabacano y grosero, de chiste fácil, nada de eso. El humor del menor de los Trueba es irónico, inteligente, socarrón y muy crítico, un humor azconiano, una forma de enfrentarse con risas a la tragedia de la vida. Fue con su segunda película, la injustamente vapuleada Obra maestra (2000), en la que ofrecía una visión dura y triste de la soledad del artista, y de aquellos otros, más bufones, que pretendían serlo. Con trece largometrajes, un buen puñado de series, novelas, ensayos y guiones para otros, encontramos tres ficciones basadas en personajes reales. La primera, Soldados de Salamina (2003), basada en la novela homónima de Javier Cercas que hablaba de la peripecia de Rafael Sánchez Mazas durante la Guerra Civil. Diez años después, llegó Vivir es fácil con los ojos cerrados, sobre la aventura de Antonio, un maestro de inglés que quería conocer a John Lennon en la España gris de los sesenta. Ahora, una década después, otra vez, llega otro personaje real, el humorista Eugenio (1941-2001), que se autodenominaba como “Intérprete de cuentos”, un hombre de humor que fue uno de los reyes de la risa en las décadas del ochenta y noventa.
El relato se centra en trece años, los que van del 1967 hasta 1980, el tiempo en que Eugenio Jofra dejó de ser joyero y se convirtió en un incipiente artista de la “Nova Cançó”, primero, y luego, en el genio que todos recordamos. A partir de una sublime y fidedigna reconstrucción de la época, llena de detalles, donde no hay nada que chirríe y exista ese decorado demasiado edulcorado y preciosista, en Saben aquell no hay nada de eso, sino todo lo contrario. El acertadísimo y revelador título de la película, que era la frase con la que Eugenio empezaba su repertorio, y el período elegido para contarnos la historia que narra, basada en los libros Eugenio y Saben aquell que diu, ambos de Gerard Jofra, primogénito del artista, apoyándose en un guion que firman Albert Espinosa, de sobra conocido por su faceta en el teatro, en la novela y en el cine, y el propio Trueba, en la que nos cuentan en aquella España grisácea y triste, como la que contaba Vivir es fácil… , pero ahora en Barcelona, en la que el joven veinteañero Eugenio conoce a Conchita, una joven que quiere hacerse un hueco en el mundo de la música con su guitarra y canciones. El amor los junta y empiezan a cantar con más dificultades que éxito.
La película profundiza en el hombre y en su faceta más íntima y desconocida, antes del fenómeno Eugenio, y lo hace desde la intimidad y la cotidianidad, sin sobresaltos ni estridencias argumentales, de forma lineal, con pausa y con atención, consiguiendo atraparnos a los espectadores a partir de una naturalidad y transparencia. Los que vimos el documental Eugenio (2018), de Jordi Rovira y Xavier Baig, ya sabíamos los pormenores de esos difíciles comienzos en el mundo del espectáculo, pero no entra en conflicto con Saben aquell, y no lo hace, porque la trama se mueve entre dos líneas bien definidas: la historia de amor de Eugenio y Conchita, y sus complicados caminos en el mundo de la cançó, y por otro lado, la historia del país que estaba a punto de el cambio, con la muerte del dictador y los primeros años de la democracia en aquella transición dura y compleja. En ese sentido, la película podría haberse llamado Conchita, como ocurría en Doctor Zhivago (1965), de David Lean, en que Lara, la mujer del citado matasanos, se convertía en la alma mater de la vida del protagonista. En Saben aquell, la cosa va por el mismo estilo, porque conocemos a Conchita, una mujer fuerte, valiente y enamorada, que creía en el talento de Eugenio, en su peculiar voz, que mezclaba el catalán y el castellano, en su don de gentes, y sobre todo, en el personaje de negro que creó, contando sus cuentos de forma tan peculiar, imperturbable, seria, su cubata, su tabaco y el gesto inconfundible, y sobre todo, el cariño que le profesó un público atónito con un tipo triste pero que les hacía reír a carcajadas.
Una luz claroscura que encuadra de forma precisa y a conciencia cada espacio y cada personaje, en un gran trabajo de cinematografía de Sergi Vilanova Claudín, que ha trabajado en documental, ficción con Calparsoro y Sánchez-Arévalo, y en series con Berto Romero. El brillante y rítmico montaje de Marta Velasco, una crack con más de cuarenta películas a sus espaldas con Jonás Trueba, Carlos Vermut y Fernando Trueba, entre otros, en la sexta colaboración con David. Y qué decir de la exquisita y envolvente música de una fenómena como la trompetista Andrea Motis, que ya compuso la banda sonora del documental El sueño de Sigena. Qué decir de su maravilloso reparto, muy heterogéneo que como es habitual en David, funciona muy bien sin alardes, con la mayor sencillez y cercanía posibles. Tenemos a Ramón Fontseré en el rol de dueño de la sala donde actúan los protagonistas, en su tercera película con Trueba, después de las citadas de personajes reales, Pedro Casablanc como manager de Eugenio, con esa fuerza y voz derrochante, Marina Salas es la hermana de Eugenio, Matilde Muñiz y Quimet Pla son los padres del artista, la bailaora Cristina Hoyos hace de madre de Conchita. Después nos encontramos con variados y sorprendentes cameos que van, por no desvelar todos, los de Ignacio Martínez de Pisón, Anna Alarcón, que ya estuvo en A este lado del mundo, Paco Plaza y Mónica Randall, que interpretan a figuras muy populares y a ellos mismos.
Hemos dejado para el final a los dos tótems de la película: un David Verdaguer en la piel de Eugenio, que no lo imita, es él, convenciendo sin abrir la boca, con ese gesto, esa ceja arriba y esa pose de la sombra del caballero de la triste figura, o alguno de esos personajes tan anodinos e invisibles que hacía el genial Keaton. Hace de alguien que tuvo que lidiar con su carácter extremadamente introvertido y gran timidez para contar sus cuentos. Verdaguer demuestra para que ellos que todavía lo dudaban, ser uno de los más grandes intérpretes de su tiempo, consiguiendo lo más difícil, ser el artista y sobre todo, el hombre triste que había detrás, con su seriedad, sus noches sin fin, sus ausencias, y sobre todo, su mundo interior que era todo lo contrario del personaje que tuvo que interpretar encima de un escenario. Para el personaje de Conchita, tenemos a Carolina Yuste, que es ella, sin poses ni imitaciones, con su belleza, frescura, inteligencia y encantadora, reflejando esa fuerza avasalladora que era, y que hizo no sólo a Eugenio, sino que domó a la fiera interior que era Eugeni Jofra Bafalluy y le sacó todo aquello que tenía, creyó en él, porque era una mujer que creía en el amor y en la felicidad de la persona que tenía al lado.
Por favor, no se fien si leen o escuchan por ahí que la película sobre Eugenio es así o asa, porque se estarán perdiendo una experiencia sumamente enriquecedora, porque Saben aquell, una de las mejores películas de David Trueba, con permiso de La buena vida, la mencionada Soldados de Salamina y Madrid 1987,es una obra que les habla desde la “verdad”, desde la misma verdad que mira al personaje y a la persona que se escondía tras las cortinas, o cuando acaba el show y se ponía a charlar, fumar y beber con sus allegados y demás. Y no sólo eso, también conocerán su entorno, su espacio más íntimo, su lado más invisible, y a Conchita, una mujer que fue clave en su vida y significó todo lo que fue y lo que es, en su maravillosa y envolvente historia de amor, de las de verdad, no las otras. Estamos frente a una película que es más que eso, es una parte de la crónica de nuestro país, de aquellos que nos hacían reír, que buena falta nos hacía y nos hace, y conocer lo que había detrás, un tipo que fue intérprete de cuentos, como decía él, muy a su pesar, como casi todas las cosas bonitas que nos suceden en la vida, por casualidad, y totalmente por azar, que conozcamos a alguien y todo cambie, y para siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Oriol Paulo, director de la película «Los renglones torcidos de Dios», en el Radisson Blu 1882 Hotel en Barcelona, el jueves 29 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oriol Paulo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Loreto Mauleón, actriz de la película «Los renglones torcidos de Dios», de Oriol Paulo, en el Radisson Blu 1882 Hotel en Barcelona, el jueves 29 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Loreto Mauleón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Luis Tosar, actor en la película «Quién a hierro mata», de Paco Plaza. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Tosar, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.
Entrevista a Paco Plaza, director de la película «Quién a hierro mata». El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paco Plaza, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.