Entrevista a Cristina Rosselló, directora de la película «Érem una gran família», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el domingo 22 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristina Rosselló, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¡Basta de silencios!¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!
Santa Catalina de Siena
En Una canta, la otra no (1977), de Agnès Varda (1928-2019), unas de las primeras películas que abordó de forma frontal y directa el tema del aborto a través de dos amigas, en la que una ayudaba a la otra a abortar de forma clandestina. La directora francesa siempre puso el foco en la libertad de la mujer, en sus derechos, sus problemas y su lugar en la sociedad. En Les culpables, la directora debutante Marta Duran Lozano (Cardedeu, 1997), también pone su luz en las adolescentes que abortan, y lo hace usando un dispositivo nada convencional y extraordinariamente efectivo, sin caer en amarillismos ni condescendencias, a partir de 6 jóvenes que ponen voz, cuerpo e interpretación a las vidas y experiencias de más de 100 adolescentes anónimas que abortaron, y lo hace a través de la palabra, la escenificación y demás artificios cinematográficos donde arma una película sobre el aborto y también, una película de cómo ahcer una película sobre el aborto.
La película surgida del prestigioso Máster de Documental de Creación de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona nace con la voluntad de romper el silencio de cientos de miles de mujeres jóvenes que tuvieron que vivir o sobrevivir a la experiencia de quedarse embarazadas siendo adolescentes, transmitiendo la culpa, la soledad, la rabia y la señalización de su familia y sociedad y la de ellas mismas, atrapadas en un bucle de sentirse señaladas y sometidas a la moral de la sociedad de turno que les tocó en suerte. Son muchas historias que recorren contextos y momentos muy diferentes, desde la España de finales de los setenta cuando viajaban a Londres, la que podía, o la que, a principios de los ochenta, tomaba la decisión de hacerlo en una clínica clandestina lúgubre y oscura, y así, las seis jóvenes nos van contando las intimidades y las circunstancias de todas las que pasaron por ese trance en edad tan temprana. La directora catalana construye una cinta que maneja con habilidad las diferentes ficciones construidas como apartados, escarbando los momentos vividos, así como la intrahistoria de la propia película, donde se discute, se dialoga y se habla, y se comparte ideas y experiencias, la herramienta esencial por el que aboga el tema de la película.
Un equipo técnico que brilla en cada instante de Les culpables como el extraordinario trabajo de cinematografía de Caterina Barjau, en un reto nada sencillo, ya que pasa por muchas texturas y grosores, en una cinta rodada en estudio, como la películas de antes, construyendo y simulando habitaciones, salas de espera de centros médicos, clínicas clandestinas, salones setenteros, interior de avión y demás espacios. La excelente música de Lina Bautista, acompañada de algunos temas musicales de bandas, que ayudan a transmitirnos cada pedazo de vida de las participantes anónimas, sus miedos, soledades y demás emociones, sin caer en el sentimentalismo ni demás inventos para seducir al espectador, siempre se busca la verdad, la ficción y el documento desde el rostro, el cuerpo y la emoción sincera. El montaje corre a cargo de Nila Núñez, también coautora del guion junto a la directora, que la conocimos por su debut como directora con el documental Lo que dirán (2017), ahora dedicada a labores de edición en La bona escola, Muyeres, Saturno y Dios lo ve, entre otras. Un trabajo exquisito, directo y nada pretencioso, todo emana una verdad muy directa y honesta, captando la sensibilidad, el cuerpo y el alma de cada una de las presentes y ausentes.
No podemos olvidar la producción de Boogaloo Films con Miguel Ángel Blanca a la cabeza, siempre inquieto con el buen cine documental y los jóvenes valores, y Montse Pujol Solà con Guspira Films, las dos compañías que han hecho posible una película interesante que invita a la reflexión con la participación de las 6 jóvenes: Laura Gaja, Aina Minguell, Lara Oliete, Ava Portolés, Ravina Raventós y Martina Subirats que ponen la voz e interpretan las vidas de los más de 100 testimonios anónimos que experimentaron vivir un aborto en su adolescencia. Una película como Les culpables expone muchas verdades, tantas verdades silenciadas y culpabilizadas que la película verbaliza y nos cuenta para que seamos conscientes de ello y sobre todo, nos lanza muchas reflexiones para que nos detengamos y escuchemos, y aprendamos de sus historias, empaticemos con ellas y sus casos, tantos y tantos que aquí se explican de forma natural, sin medias verdades y sin máscaras. Una película tan cercana como íntima que traspasa la pantalla por su singularidad y arrojo, sumergiéndonos en un viaje al pasado lleno de silencio, soledad y amargura. Si el cine sirve para algo es para que nos muestre aquello que nos incómoda, que juzgamos y sobre todo, que nos muestre nuestra vulnerabilidad y miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
¿Cómo pueden los muertos estar muertos si siguen viviendo en las almas de los que quedaron atrás?
Carson McCullers
Érase una vez… un verano más de la joven Cata en casa de sus abuelos en Mallorca junto al mar. Junto a su hermana pequeña Eva pasan los días con los iaios Tomeu y Catalina, entre las costuras y los guisos de la abuela y las partidas de mus con el abuelo. Todo parece un verano más hasta que la iaia Catalina cae y fallece. A partir de este sorprendente y chocante momento, y con la llegada de Pepa, la mamá de Cata y Eva, e hija de la fallecida, la casa se tornará de otro tono, en el que la joven Cata pasará su duelo particular, tan misterioso como extraño. Forastera, la ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993), se inspira en el cortometraje homónimo que la propia directora dirigió en 2020 y se presentó con mucho reconocimiento en la Semana de la Crítica del prestigioso Festival de Cannes. La premisa es sencilla, envolvente y muy íntima, llena de sensibilidad y de sombras, donde los roles familiares cambiarán y la propia Cata no sólo experimentará situaciones cada vez más ajenas y a la vez, muy cercanas, como revela el primer plano con el que arranca la trama.
Al entrar en una atmósfera propia del género de terror porque se habla de pérdidas, duelo, identidades y fantasmas, muchos espectadores creerán que estamos en un cuento de terror al uso, aunque se van a ver muy decepcionados, porque la directora madrileña y formada en New York, rompe con los cánones establecidos del género y se va hacia otros territorios, los que tienen que ver con las sensaciones y con todo aquello que no vemos, con lo invisible, con los conflictos sobre el alma y cómo percibimos nuestro dolor y cómo lo afrontamos en cuestión a los demás y al propio difunto. La experiencia de Cata, el hilo conductor de este cuento de terror, sí, pero desde una ambivalencia rara y sugerente, en el que, como si fuese una novela de Gabriel García Márquez, la línea que separa la vida de la muerte se desvanecen y entramos en una atmósfera muy cálida, que nos va atrapando en una maraña de situaciones donde Cata va asumiendo un rol que comparte con otros. Aquí no hay sustos ni trucos de pacotilla para hacer saltar de la butaca al respetable. Estamos más cerca de la atmósfera de The innocents (1961), de Jack Clayton, donde los vivos y los muertos intercambian sus roles, sus aspectos y demás, generando una cotidianidad extraña, que reconocemos pero a la vez nos genera inquietud y calma.
La exquisita y elaborada cinematografía de Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto sus trabajos con Laura Ferrés, en Las novias del sur, de Elena López Riera, Siempre es invierno, de David Trueba, y Esmorza amb mi, de Iván Morales, amén de estupendos documentales como Canto cósmico. Niño de Elche y Mientras seas tú, entre otros. Una luz elegante, sin fisuras y sólida, que nos envuelve en una atmósfera hipnotizante dentro de la realidad cotidiana de casa, playa y paseos en bici y pueblo de lo más cotidiano, donde los espejos y sus reflejos, así como los diferentes idiomas adoptan un doble juego de presencias y ausencias. La excelente música del dúo Filip Leyman y Anna von Hausswolff, que ya coincidieron en Coutre, de Alice Winocour, construye un espacio cálido y sobrecogedor donde cada encuadre rezume vida, muerte y esa otra cosa instalada en la casa y en la vida del personaje de Cata en consonancia con su abuelo Tomeu. El montaje lo firma la italiana Paola Feddi, con más de un cuarto de siglo de carrera y más de 40 títulos en su filmografía entre los que destacan cineastas como Piero Messina, Andrea Pallaoro y Krzysztof Zanussi, entre otros. Su edición es reposada, sin prisas y muy sobria, deteniéndose en cada detalle, narrando con suavidad y elegancia cada plano y encuadre que evoca la vida y la muerte en cada instante, en sus contenidos y emocionantes 97 minutos de metraje.
En el plano interpretativo la protagonista recae en la mirada, el gesto y el silencio de una extraordinaria Zoe Stein, que vuelve a enfundarse en la piel y las texturas de Cata, la nieta que pasa un duelo muy particular en el que su abuela fallecida está muy cerca de ella. A su lado, Lluís Homar hace del abuelo Tomeu, que vuelve al cine después de un tiempo dedicado al teatro. El actor catalán se mete en el rostro y piel de un hombre que también pasa un duelo extraño. Núria Prims es la hija y madre, alguien ajeno, quizás demasiado, un visitante extraño que parece que está y no está. Martina García es la hermana pequeña y Marta Angelat es la abuela Catalina. Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias es una película atípica dentro del panorama actual, porque se atreve a penetrar mundos poco explorados en el cine que se hace ahora, y nos remite al cine de antes como el de Carlos Saura y concretamente a Cría cuervos… (1976), incluso en muchos aspectos a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y el aroma tan característico de cierto cine independiente estadounidense como A Ghost Story (2017), de David Lowery, sin olvidar la atmósfera y la cercanía que tiene la magnética Estiu 93 (2017), de Carla Simón, en su forma de abordar el duelo y la ausencia y la pérdida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero, intérpretes de la película «Eixam», de Óscar Bernàcer, en una de las salas de los Cines Verdi Park en Barcelona, el martes 1 de septiembre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, director y coguionista de la película «Eixam», en una de las salas de los Cines Verdi Park en Barcelona, el martes 1 de septiembre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas. Ello constituye una fórmula segura para el desastre”.
Carl Sagan
En la década de los setenta surgieron en Estados Unidos varias películas de corte de ciencia-ficción tales como La amenaza de andrómeda (1971), de Robert Wise, THX 1138 (1971), de George Lucas, Naves misteriosas (1972), de Douglas Trumbull, El mundo conectado (1973), de Fassbinder y Engendro mecánico (1977), de Donald Cammell, entre otras muchas. Un cine que anunciaba las terribles consecuencias humanas en pos de una máquina pensante que sustituye lo humano y crea seres artificiales que se convierten en una amenaza destructora para nuestra especie. Un cine que huía de lo físico para plantear distopías psicológicas donde la emoción prevalecía a la acción. Una forma de hacer cine diferente que intentaba advertirnos de los caminos oscuros que podría optar una ciencia demasiado ensimismada en la creación y el futuro y en la riqueza que menosprecia la vida y las necesidades humanas.
La primera película de José Taltavull Sepúlveda y Javier Canales Sepúlveda (Mallorca, 1972/1984), que firman la película como Hermanos Sepúlveda, no está muy lejos de ese cine setentero mencionado, porque su película, dentro de su evidente modestia, quiere ir más allá y alejarse del tono y atmósfera imperantes del género actual, poco dado al riesgo y sí mucho a los meros productos para entretener al personal. Ya desde su novedosa historia que nos habla de Idilia, una organización que se dedica a reclutar niños/as superdotados y educarlos en sus centros con la última tecnología (todo esto se cuenta en el interesante prólogo que abre la película). La trama se centra en 30 años después, centrándose en Diana Leiva, una de aquellas niñas inteligentes autora de un manifiesto que advertía sobre la proliferación incesante de la IA en nuestra cotidianidad. La joven ha decidido recluirse en su apartamento, donde sucede la mayor parte de la trama, devastada por la deriva de los políticos que han creado una sociedad altamente contaminante en que la población sufre las condiciones de miseria y soledad. Tres visitas recibirá Diana: Sinclair, el artífice de Idilia, Carlos, su hermano y un grupo de soldados.
La película tiene un gran trabajo de diseño, ambientación y sonoro que ha contado con la impecable cinematografía de Beñat Belaza, que ha estado en los equipos de Carmen y Lola y Letters to Paul Morrissey, entre otros y debuta con Idilia creando un mundo frío y distante con colores oscuros contrastados con otros etéreos que ayudan a crear esa idea de falta de emociones que sobrevuela por ese mundo futurista y tan cercano. Un gran trabajo de arte de Joan Català Roig, Albert Pinya y Sylvia Sánchez para crear un espacio único, totalmente irreal y muy inquietante, que recuerda a la publicidad, espacio donde se han fogueado la pareja de hermanos-directores, al igual que el vestuario de Carlos Marán, Marta Gil, y la firma Cortana, dando ese look artificioso y cotidiano en esa sociedad donde todo parece de otro planeta. La magnífica música de Elias Fabré, con esas melodías electrónicas que ayudan a sumergirnos en esa sociedad tan diferente y a la vez, tan igual que la nuestra, además de los quejíos del gran Niño de Elche, dándole una forma nada convencional. El montaje de Albert Andreu Sánchez que debuta con la película, en sus concisos y breves 73 minutos de un metraje asfixiante, lleno de diálogos cortantes que nos va atrapando a través de su sinceridad y transparencia.
Un gran reparto encabezado por Norma Ruiz que hace de la misteriosa Diana Leiva, que tiene en Raúl Prieto como su hermano, en el alter ego perfecto, donde el pasado y los conflictos familiares saltarán a la lona. Andrew Tarbet es Sinclair, algo así como el creador de Diana, un momento que recuerda a aquel tan archiconocido de Blade Runner. Eva Isanta tiene su momento cuando habla por televisión de Idilia, y los demás intérpretes que muestran cercanía, fuerza y valentía. Una película como Idilia es una rara avis dentro de la cinematografía española, porque bebe de las fuentes del cine estadounidense tales como los estupendos maravillosos de Alex Garland, todo un revolucionario de la ciencia-ficción actual, de películas como Hijos de los hombres, otra piedra angular que dirigió Cuarón, y demás autores que quieren hacer del género un vehículo que ayuda a entender e investigar la proliferación de tantas máquinas artificiales en nuestra sociedad y cómo todo eso va a ayudarnos o por el contrario, va a acabar con nosotros. El dilema está aquí y ahora, mientras tanto podemos ver películas como Idilia que, a pesar de sencillez, construye un universo único, con personajes interesantes y deambula por varios géneros como el policíaco, el drama personal y familiar, el bélico, y sobre todo, la distopía que ya no está tan lejos, quizás tan cerca que no somos capaces de ver su verdadero rostro tan oscuro y maligno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Alex Guimerà y Oscar Tusquets, director y protagonista de la película «Dios lo ve», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 30 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Guimerà y Oscar Tusquets, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sílvia Maristany del equipo de comunicación del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Jaume Madaula y Guillem Miró, actor y director de la película «Mario», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el lunes 6 de octubre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaume Madaula y Guillem Miró, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cuando ves a alguien sólo te das cuenta de lo que esa persona te deja ver”.
De “El último detective”, de Robert Crais
Un día cualquiera, igual que otro. Ignasi y Júlia, dos amigos de Mario, llegan a una casa capitaneada por un huerto donde se va a celebrar el cumpleaños del susodicho. Allí, se encuentran a Antònia, la novia de Mario, Ernest, padre y “futuro yerno” del joven, y sus cuñados, Vanesa y Benji, y el hijo de éstos, Lluc. Todos están expectantes a la llegada de Mario. Todos comienzan a hablar de su relación con él. Todos lo conocen o quizás, sólo conocen una parte de él. ¿Quién es Mario?. O mejor dicho: ¿Cuántos Marios hay en Mario?. O simplemente, Mario es tan abierto, simpático y seductor que es capaz de conocer a personas tan diferentes. En eso estamos, esperando el cumpleaños. Un tiempo para hablar, pensar y sospechar de la verdadera personalidad del tal Mario que, comienza como una broma, y cada vez se vuelve más enigmática, alejada y muy oscura. Mientras llega el homenajeado, los familiares e invitados intercambiarán sus intimidades que comparten con Mario y más de uno y una se sorprenderán o no de lo que allí se escuche.
De Guillem Miró (Mallorca, 1991), vimos la interesante y sugestiva En acabar (2017), que seguía en una larga noche veraniega la peripecia de Gori, deseoso de reencontrarse con una chica que idealiza demasiado junto a sus colegas. También los cortometrajes Avistament 1978 y La Nau, entre otros, nos llega su segundo trabajo Mario, en forma de tragicomedia que bebe mucho de cierta tradición berlanguiana bien mezclado con la comedia existencial que creció en los noventa, muy de Linklater, y los films Dogma como Celebración, de Thomas Vinterberg, de la que bebe mucho, bien aderezado con los problemas y conflictos de la juventud de ahora, donde las apariencias, las máscaras y diversos disfraces se han convertido en el ideario de todos y todas, embutidos en existencias tan perfectas como falsas. La película se mueve con orden dentro de ese caos en ese combate emocional por saber quién es la verdadera identidad de Mario, a través de la relación, suposiciones y demás relatos que cada uno se monte en su cabeza a partir de esto o aquello que creen o no. Tiene la película una naturalidad y espontaneidad que la hace sincera y muy honesta, en un continuo abrir y cerrar puertas en las que el misterio radica en las ideas e hipótesis que se ha montado cada uno. Ayuda y mucho esa única localización interior/exterior en la que el laberinto doméstico adquiere más presencia y más lío.
El cineasta mallorquín se ha acompañado de una cómplice como Ana Inés Fernández, que ya estuvo como cinematógrafa en sus cortos Peix al forn y el citado Avistament 1978, y ahora, asume las labores de coguionista junto a Miró, construyendo un guion donde la comedia disparatada se funde con el drama íntimo y doméstico consiguiendo ese ritmo agitado donde la oscuridad va haciendo acto de presencia de forma sutil. La excelente música de Raquel Sánchez, que la escuchamos en Escanyapobres y la recién serie Delta, que funciona como la mejor aliada para equilibrar los instantes cómicos con los más duros, con unas composiciones maravillosas que le dan un gran vuelo a la historia. La cinematografía de Joan González, que tiene en su haber películas tan interesantes como Open24h, de Carles Torras, Transeúntes, de Luis Aller y la más reciente Beach House, de Héctor Hernández Vicens. Una luz mediterránea que se va torciendo hacia ese interior a medida que el día va cayendo y se va abriendo la caja de pandora o lo que creen averiguar los invitados. La edición de Ove Hermida-Carro ayuda a poner de relieve los altibajos emocionales que sufren los personajes en sus intensos 89 minutos de metraje.
Como ocurría en su celebrada ópera prima, Miró se ha rodeado de un excelente reparto encabezado por intérpretes con experiencia en el cine y el teatro, que ofrecen transparencia y cercanía, muy alejados de lo impostado. Tenemos a Glòria March como la pareja de Mario, los amigos que hacen Daniel Bayona y Raquel Ferri, y el que llega después Aimar Vega. Los familiares que son Miquel Gelabert como el suegro, que también fue el protagonista de la mencionada La Nau, Alba Pujol y José Pérez-Ocaña son los cuñaos y el sobrino Jaume Gálvez, y el cumpleañero que hace Jaume Madaula. Una película como Mario, de Guillem Miró, juega como esos juegos de mesa al estilo Cluedo, donde los personajes inventan una identidad o quizás no lo hacen, y todo se debe a esa espera y las distintas relaciones que tiene cada uno con el mencionado. No obstante, si deciden ver una película como Mario estoy seguro que les va a entretener y además, les va hacer pensar si todo eso que piensan acerca de esa persona o aquella otra, es fruto de su imaginación o tiene una base real, de todas las ideas que nos hacemos de los demás y de nosotros mismos, y la facilidad que tenemos para juzgar al otro, olvidando que todos somos juzgados muy a la ligera, con el riesgo que tiene de dejarse llevar por las impresiones y no tomarse el tiempo para profundizar en el otro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Para los ojos de muchos, yo sólo fui un innecesario complemento a Kandinsky. Se olvida con demasiada facilidad que una mujer puede ser una artista creativa por sí misma con un talento real y original”.
Gabriel Münter
En todas las historias siempre hay dos posiciones bien distintas, y aún más, si se tratan historias de relaciones íntimas. Suele pasar que, por designios de quién sabe dónde, la mayoría de personas se queda con uno de los relatos, y vete tú a saber porqué motivo, obvian el otro. Esto sucede mucho cuando en las relaciones el hombre es famoso y ella, no. Por eso, una película como Münter y el amor de Kandinsky (en el original, Münter & Kandinsky), viene a contarnos la historia que no se ha contado de la relación que mantuvieron el “famoso pintor” y la pintora, y lo hace desde la mirada de ella, construyendo el contraplano que la historia le ha negado. El guion de Alice Brauner, coproductora de la cinta, bien dirigido por Marcus O. Rosenmüller (Duisburgo, Alemania, 1963), se desenvuelve en el viaje que va de Munich en 1902 hasta aquella tarde aciaga en Estocolmo, catorce años después. Un período que convirtió a los citados en dos de los artistas más importantes de entonces, una relación fundamental que cambió la historia del arte, aportando conceptos como expresionismo y abstracto, en un arte libre, sin ataduras y abierto a todo y todos, en una vida donde amaron, se pelearon, se distanciaron, pero sobre todo, crearon algunas de las mejores pinturas de la historia.
La película cuenta con un gran trabajo de producción que nos permite trasladarnos a aquella Alemania efervescente de arte y pintura, y acercarnos a los paisajes naturales y rurales que tanto amaban la pareja de artistas. El relato sigue con verosimilitud la energía y el ímpetu de Gabriele Münter en su empeño en romper las convenciones reinantes y hacerse un sitio en el demoledor universo del arte totalmente masculinizado. No es una película que sigue los parámetros del biopic al uso, porque hay alegría y tristeza, hay vida y muerte, hay romanticismo y negrura, también, una guerra, la primera, que significó un antes y después para la pareja y para muchos que perecieron. La cinta habla del arte como motor de cambio, de pensamiento, de ideas, de no seguir lo establecido y pensar con el alma, y sobre todo, romper los círculos viciosos y convencionales, y abrirse a nuestro interior y pintar desde el amor, desde la fantasía, desde lo abstracto, desde todo aquello que sólo vemos con el corazón, con lo intangible, y luchar para que sea valorado y que no se menosprecie por seguir unas normas que nadie discute. Tanto Münter como Kandinsky y el grupo del Jinete Azul, trabajaron para derribar los muros de la prehistoria del arte y lanzar una nueva forma de hacer arte y la pintura.
El director alemán, siempre vinculado a la televisión en forma de series, se ha rodeado de un equipo experimentado para llevarnos a la agitación y la energía de la Alemania de principios del siglo XX, con una cinematografía de Namche Okon, con una luz que recuerda a la pintura de Renoir y Monet, y por supuesto, el cine de Jean Renoir, dónde Partie de campagne (1946) y Le dejéuner sur l’herbe (1959), son referentes claros, eso sí con los colores menos intensos del país teutón. La excelente música de Martin Stock, tercera película con el director, amén de de PIa Strietman y Crescendo (2019), de Dror Zahavi, en la que abundan toques románticos, donde se mezclan la alegría de vivir, de crear, de gritar y vivir en grande con todo lo que ello tiene. El montaje de Raimund Viecken, que trabajó con Rosenmüller en varias series como la exitosa Amigos hasta la muerte, no tenía una tarea nada sencilla con una película que se va a los 125 minutos de metraje, donde no dejan de suceder cosas viendo a dos personajes en perpetuo movimiento, de aquí para allá, tanto a nivel físico como emocional, en un férreo y duro combate entre las crisis existenciales y el hermetismo de Kandinsky muy contrarios al fervor, la fuerza arrolladora y la intensidad de Münter.
Las dos personalidades contrapuestas que son la pareja protagonista están muy bien interpretados por la estadounidense Vanessa Loibl, alma mater de la película con su grandiosa interpretación de Gabriele Münter, como queda reflejado en esa primera secuencia-prólogo con la llegada de los nazis a Murnau y ella se apresura a esconder las pinturas del odiado y bolchevique Kandinsky, Frente a ella, en otro rol igual de emocionante la quietud del gran maestro y pintor que compone el actor alemán-ruso Vladimir Burlakov. Tenemos la maravillosa presencia de Marianne Sägebrecht, que los más cinéfilos recordarán por sus trabajos de los ochenta y noventa. No estamos ante la típica película del amor del maestro y la alumna aventajada, si no de una historia que va mucho más allá, donde hay amor, arte, pintura, reflexión, discusión, distanciamiento, sexo, creatividad, ferocidad, tranquilidad, oscuridad, y sobre todo, la casa de Murnau, una casa-taller para crear, para amarse y también, para odiarse y separarse. Da igual que conozcas que ocurrió con Múnter y Kandinsky, porque esta película lo explica desde la mirada, el carácter y la pasión de Gabriele Münter y eso todavía no se había contado en una película, así que, déjense de habladurías y demás estupideces, y escuchen la historia de Münter que no conocen, porque les aseguro que cuando terminen de ver la película, su mirada se escribiría como siempre pasa cuando solamente conocemos una parte de la historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA