Diego Maradona, de Asif Kapadia

EL ÍDOLO DE BARRO.

“Cuando vos entrá en la cancha, se va la vida, se va todo”.

Diego Armando Maradona (Buenos Aires, Argentina, 1960) encarna al prototipo de jugador nacido en los arrabales de las ciudades que llega a convertirse en un ídolo mundial, y en su caso, muchos aficionados lo consideran una especie de Dios futbolístico, alguien que trasciendo el campo de fútbol para convertirse en un icono, algo parecido a The Beatles o la Coca-Cola. Muchos ríos de tinta hay sobre su vida, tanto futbolística como personal, quizás en un tiempo de su vida, cuando todavía era jugador de fútbol, su vida como futbolista se convirtió en un mero espejo de la vida que tanto interesaba a la opinión pública, convirtiendo su vida íntima y personal en el centro de la prensa más sensacionalista, una vida que iba siempre rodeada de polémica, sus incontables líos de mujeres, o al menos eso publicaba la prensa, sus salidas nocturnas que tanto le criticaron o sus negocios sombríos y oscuros con la camorra napolitana. El cineasta británico de origen indio Asif Kapadia (Kackney, Londres, Reino Unido, 1972) que ha trabajado en la ficción tanto cinematográfica como televisiva, empezó a recoger las mieles del éxito con su trabajo en el campo documental con Senna (2010) que recogía la malograda vida del exitoso piloto de Fórmula 1, a la que siguió con abundante éxito la película Amy (2015) ambos trabajos situados en el documental de archivo, donde a partir de innumerables imágenes íntimas y personales se hacía un retrato complejo, veraz y magnífico de las vidas malogradas de los dos ídolos, tanto en el motor como en la música.

Siguiendo la misma línea de sus anteriores trabajos, Kapadia junto a su inseparable equipo encabezado por James Gay-Rees (productor), Chris King (editor) y Antonio Pinto (compositor) realizan un trabajo fascinante y único sobre la vida del astro del balón Maradona, arrancando en aquel verano del 84, el 5 de julio, cuando el genio futbolístico llegó a Nápoles, en un inicio donde la película arranca de forma espectacular, en el que vemos a un automóvil a toda velocidad por las calles de Nápoles,  sorteando otros vehículos y paparazis con destino al estado napolitano para la presentación de Maradona, a ritmo de sintetizador. A partir de 500 horas de metraje procedente del propio Maradona, Kapadia, con su habitual habilidad y paciencia, reconstruye la biografía de Maradona en su estancia en Nápoles, un club pequeño y modesto que el astro argentino lo convirtió en campeón italiano y lo alzó hasta la cima, convirtiéndose en un club campeón durante su estancia. Esos siete años donde la ciudad era Maradona, donde todos lo idolatraron, lo amaron y lo santificaron, ofreciéndole todo lo que tenían.

La película muestra estas imágenes inéditas y personales del futbolista, haciendo hincapié en sus orígenes humildes y miserables, dejando bien claro que un chaval de apenas 14 años tuvo que sostener a su familia y convertirse en la parte económica de los suyos, y cómo fue su efímero paso por el F.C. Barcelona, su traspaso al Nápoles, su vida familiar, sus grandes tardes de fútbol demostrando la calidad infinita de sus botas, elevado al centro de los dioses del balón, considerado por muchos expertos en uno de los mejores jugadores de la historia. Pero, que escondía tras esa imagen de éxito, un tipo que le encantaba salir de noche, flirtear con otras mujeres a pesar de tener novia oficial primero, que luego se convertiría en su esposa, una especie de niño grande que no pensaba en las consecuencias de sus actos, en quién se había convertido, en alguien que cada paso que daba se registraba en la mente y la crítica de tantos, un argentino que acabó haciendo negocios sombríos con la mafia, sin saber muy bien que hacía.

Kapadia ha construido un excelente y reflexivo documento, bien condensado informativamente hablando, con ritmo y enérgico, lleno de vericuetos argumentales, extrayendo de manera ágil y honesta, sin sentimentalismos ni condescendencias la vida de Maradona, ofreciendo un retrato sincero, visto desde múltiples puntos de vista, como los testimonios de tantos conocidos y allegados, mezclados con esas imágenes que nos devuelven años de gloria, años de grandes tardes futbolísticas, y también, noches sin fin, noches oscuras, demasiadas rayas de cocaína, demasiados revolcones con desconocidas en camas a las que jamás uno debería entrar, y esas huidas a la nada que tanto protagonizó la vida de Maradona fuera del fútbol, un hombre apasionado, extremo, que vivió el éxito demasiado rápido, que no supo gestionarlo y el dragón de la fama y el dinero lo fue devorando lentamente, quizás injustamente, pero al contrario que otros, Maradona siguió en pie, siguió dando guerra y sobre todo, supo vencerse a sí mismo, Diego venció a Maradona.

El director británico nos muestra el lado oculto detrás del espejo, en una especie de Dorian Grey, alguien superdotado para el fútbol, pero incapaz de tener una vida personal tranquila y en paz, una vida alejada de los focos que se convertía en un torbellino de fiestas, cocaína, amigos gánsteres y demás túneles oscuros, porque a pesar de tantos éxitos futbolísticos, toda esa vida personal disoluta le acabó pasando factura y el romántico idílico con el Nápoles y su ciudad acabó siete años después, con una sanción deportiva por consumo de cocaína y la vuelta a su país, y desde ahí, dando tumbos por otros clubes, por su selección, a la que ya no volvería la gloria de aquel verano del 86 en México cuando Argentino ganó el mundial con su presencia, y por su vida, en un vano intento de ser quién fue alguna vez, alguien que era capaz de todo en un estadio de fútbol, pero a la vez, era incapaz de conducir su vida, de controlarse y no lanzarse al abismo cada noche, como si fuera la última de su vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mula, de Clint Eastwood

UN TIPO DURO Y SOLITARIO.

En 1992, Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930) interpretó y dirigió Sin Perdón, un western sombrío y crepuscular sobre la venganza y la dignidad de los perdedores, homenajeando al género que encumbró su carrera como actor, un género casi en extinción, además, el Sr. Eastwood dedicaba la película a dos de sus mentores cinematográficos: a Sergio Leone, que lo sacó del anonimato con la famosa trilogía del dólar, Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, y a Don Siegel, que lo devolvió a Hollywood en los años 60 con La jungla humana, Dos mulas y una mujer, Harry el sucio o Fuga de Alcatraz, títulos que lo convirtieron en un actor de renombre capacitado para interpretar a tipos duros, solitarios y con ideas sobre la justicia y la violencia muy peculiares que chocaban con las formas legales. Fueron Leone y Siegel que empujaron a Eastwood a colocarse tras las cámaras allá por 1971 en Escalofrío en la noche, una aventura en la que el director californiano ha construido una carrera sólida y magnífica que abarca los casi 40 títulos, tan importante como su carrera de actor, tareas que ha compaginado con astucia y energía, interpretando a tipos muy solitarios, tipos inadaptados, tipos con sus propias reglas y moral, quizás demasiado austeros y alejados de todos y todo, eso sí, pero nunca exentos de empatía y generosidad frente a los más débiles.

El cineasta estadounidense encontró en el western crepuscular, ese que hizo tan grande gente como Peckinpah, Hellman o Ford, en sus películas con John Wayne en Centauros del desierto, el hombre que mató a Liberty Balance o La legión invencible, o el Gregroy Peck de Yo vigilo el camino, un personaje que se asemeja al que ha construido Eastwood tantos años en tantas películas, como en sus westerns de Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido o la citada Sin Perdón, donde encarnaba a tipos, algunos sin nombre, sin vida, cansados de todos y de todo, y con sed de venganza, justicieros contra la maldad, la injustica y la insolidaridad, que llegaban a un lugar ajeno, hacían su trabajo y marchaban como si se tratara de un fantasma. Incluso en sus dramas más íntimos y urbanos, el western ha seguido siguiendo el marco espiritual o emocional de sus personajes, tipos retirados del mundanal ruido, con sus pequeñas existencias que se ven alborotadas por el enemigo o la injusticia externa imposibles de tolerar para la buena convivencia.

El William Munny de Sin Perdón sentó unas bases formales y argumentales que ha seguido manteniendo el cine de Eastwood, al que todos esos polis retirados, periodistas cansados, cantantes de country venidos a menos, o empleados en las acaballas luchaban sin cesar en su idea más justa y diferente a la del resto, no sin meterse en más de un lío por su obstinación y carácter, enfrentado a todos, todo, incluso a él mismo. Un sosías del tal Munny, podría ser Walt Kowalski el veterano de la Guerra de Corea que interpreta en Gran Torino (2008) enviudado y con vida alejada de su familia y peleado con todos, interviene en la injusticia de aquellos que atentan contra una inmigración asiática en esa América odiosa con lo diferente que marcó Busch bajo su mandato. Earl Stone el protagonista de Mula, la vuelta a la interpretación de Eastwood desde Gran Torino, no estaría muy lejos de la senda de Munny y Kowalski, aunque este octogenario y dedicado al negocio de la floricultura, se muestra más rancio, árido y solitario, alguien que ha antepuesto su trabajo y el reconocimiento al de su familia, que ahora lo rechaza y lo aparta.

El guión de Nick Schenk, el mismo autor que Gran Torino, está inspirado en un artículo del New York Times Magazine titulado Una mula de la droga de 90 años en los cárteles de Sinaloa escrito por Sam Dolnick. Un relato que nos habla de Stone, un octogenario que su negocio de flores venido a menos por la competencia online, está amenazado de desahucio, con ese panorama y en la ruina, encuentra por casualidad un trabajo que consiste en llevar paquetes de un lugar a otro con su vieja camioneta, así, sin más, los portes irán aumentando, los paquetes cada vez serán más grandes, y podrá salvar su negocio, acercarse a su familia vía nieta, y ayudar a sus amigos y conocidos, convertido algo así como un “Robin Hood”. Aunque todo se enturbiará cuando descubre que esos paquetes son cocaína y se ha convertido en una “mula” de uno de los cárteles más importantes de México. A través de un montaje (obra de Joel Cox, con el que Eastwood lleva casi 40 años trabajando) con la música de Arturo Sandoval, protegido del gran Dizzy Gillespie, con esa música de jazz, country y demás baladas que acompañan con amor esta road movie.

Una planificación que recuerda a los grandes westerns que tanto ha amado Eastwood, ahora ha cambiado los caballos por las rancheras, pero siguen habiendo tipos duros, difíciles, mal encarados, ambientes depresivos, solitarios y de pocos amigos, y situaciones donde más de un destino se cruzan, tanto dentro como fuera de la ley. Por un lado, tenemos la peripecia de Stone, con sus más y sus menos, sus complicados relaciones con su familia, la enfermedad de su mujer incluida, y el acercamiento a través de la nieta, y esos “regalos” de los que todos desconocen la procedencia del dinero, el ambiente del cártel, que Stone conocerá y lo harán sentir uno más de todo el tinglado montado, y finalmente, la ley, los agentes de la DEA, que andan ojo avizor para capturar a los narcos del cártel, incluido Stone, al que todos desconocen su identidad y su “trabajo”.

Eastwood sabe construir clásicos al instante, dotar a sus narraciones de una fuerza extraordinaria, construir dramas fuertes y valientes, con la certeza que no dejarán indiferentes, donde dispara a todo lo que se mueve, como esas secuencias que crítica la idea de Trump contra el extranjero, sabiendo sacar humor y sinceridad en lo que toca, o el narrador clásico a la hora de cruzar todas las tramas de la película, que no son pocas, convertido en un maestro del ritmo y el drama in crescendo, rodeado de un equipo de producción que lo lleva acompañando hace décadas, y un reparto ajustado, sincero y lleno de naturalidad, empezando por él mismo, en que esas miradas que son marca de la casa, y esos movimientos del que sabe transitar por ambientes hostiles y difíciles, bien acompañado, como suele ser habitual, por interpretes de la talla de Bradley Cooper (con el que ya había trabajado en El francotirador) Laurence Fishburne (otro que repite después de Mystic River) como también Michael Peña (que ya estuvo en Million Dollar Baby) que interpretan a los agentes de la DEA, o los nuevos fichajes de Dianne Wiest, como la ex mujer, que lo adora y lo odia a la vez, Alison Eastwood como la hija que no lo puede ni ver, y la eficacia de un Andy García como Laton, jefe del cártel, extraordinario con esa voz rota que podría salir de alguna de gánsteres de Scorsese.

Una película magnífica y sobria, un drama íntimo, sobrio e intenso, sin estridencias ni sentimentalismos, lleno de garra y fuerza, una película que nos arranca lo mejor y lo peor de la humanidad, dirigida por uno de los grandes del cine y también, de la vida, donde nos habla de forma pausada y susurrándonos, sobre los avatares de la vida, las segundas oportunidades, sobre aquello que somos y lo que no, lo que amamos y lo que renunciamos, sobre tipos “loosers”, perdedores de la vida y de los sueños malgastados, que tanto les gustaban a cineastas como Fuller o Ray, enfrascados en existencias duras y solitarias, dentro de esa América blanca e insolidaria, que trata a los diferentes, a los raros y a los que no siguen el camino trazado como mala bestias, peor que ganado, aunque ellos, cabezones y fuertes, siguen dando caña, pese a quién pese y pase lo que pase, porque tenemos una vida para bien y para mal, y hay que vivirla según nuestra conciencia, guste o no al resto.

Amy, de Asif Kapadia

amy-cartel-6155LA VOZ APAGADA

El siglo XX estuvo caracterizado por la explosión de efervescencia de la música moderna, que emergió con nuevas ideas, caminos y una exaltación de nuevos intérpretes y grupos que llenaron las listas de éxitos con sus nuevas melodías y ritmos innovadores y frenéticos. Un siglo que también dejó en la cuneta a algunos de esos grandes músicos jóvenes de excepcional talento que ha dado la historia del rock. Una vida de éxitos, fama, alocada, y de desenfreno, donde las drogas y el alcohol se convertían en su refugio particular donde exorcizaban sus demonios personales y existenciales. Muchos de ellos dejaron este mundo a la temprana edad de 27 años, lo que algunos han venido a denominar “El club de los 27”, cortándose así unas existencias que podrían haber seguido cosechando más logros y fracasos.

La última en sumarse a esa lista negra ha sido Amy Winhouse, fallecida el 23 de julio del 2011, una joven chica humilde de familia judía, de un barrio del norte de Londres, que dotada de una voz única, conquistó el mundo entero con sólo dos álbumes. Asif Kapadia (Londres, 1972), realizador de Senna (cinta basada en la vida del malogrado piloto de fórmula 1, Ayrton Senna) que logró buenas críticas y el beneplácito del público, convirtiéndose en el documental más taquillero de la historia del Reino Unido, se sumerge en el archivo personal de la cantante y en el de sus amigos y familiares, para descubrirnos la chica que había detrás de la artista famosa, y lo hace con la compañía de su equipo, James Gray-Rees, en la producción, y Chris King, en la edición, todos ellos se detienen en contarnos la vida de Amy Winhouse, pero no la que todos hemos visto, sino aquella centrada en sus inicios, en cuando era una joven que tocaba la guitarra, escribía canciones, y soñaba con cantar jazz. La película rescata material de archivo (grabaciones domésticas con sus amigos, algunas filmadas en vídeo y otras en móvil), que se complementan junto a algunas canciones inéditas, otras conocidas, actuaciones, la intimidad de su vivienda, de una fiesta…, entrevistas, de las que sólo escuchamos la voz, donde en la propia voz de Amy o la de sus amigos, managers, su ex marido, y todos aquellos que la conocieron y se relacionaron con ella. Los éxitos de sus discos, los premios y el aplauso del público, dejan paso a su compleja e impetuosa relación de pareja, sus terribles adicciones al alcohol y las drogas, sus vanos intentos de desintoxicación, la exposición permanente a unos paparazzis ávidos de miseria y sangre.

Un caleidoscopio humano y penetrante que además de hablarnos de la desaparición de un ser intenso, visceral y frágil, también reflexiona sobre el negocio de la música actual, de la hipocresía que engloba todo un sistema que explota los éxitos hasta límites inhumanos, con el único fin de codiciar más y más dinero. Una joven que tuvo una relación difícil con su progenitor, (que los abandonó para irse con otra mujer), y la cinta registra toda esa situación, desde un punto de vista sincero y directo, mostrando la grandeza y la miseria, las alegrías y las dificultades de alguien que escribía música como terapia, donde expulsaba toda su negrura y oscuridad en unas canciones desgarradas que hablaban de su lucha interna constante en amar y ser amada, sus miedos, su fragilidad y sobre todo, su incapacidad en vivir de otra manera.