Ama, de Júlia de Paz Solvas

TRES DÍAS, TRES NOCHES.

“Los hijos no son un sustituto del amor; no reemplazan un objetivo de vida rota; no son un material destinado a llenar el vacío de nuestra existencia; son una responsabilidad y son un pesado deber”.

Simone de Beauvoir

La película se abe de forma muy contundente y sin respiro, porque nos sumergimos en mitad de la noche, a oscuras, y nos tropezamos con Pepa, una mujer de unos treinta años, sometida a su propia agitación y nerviosismo, parece en busca de alguien. Un flashback nos lleva a un lugar donde Pepa está fatal y se cae sin que su madre la pueda ayudar. Volvemos a la noche, Pepa se mete en una discoteca, se hace unas rayas y baila como si el mundo acabara esa noche. Al día siguiente, con el sol en la cara, vuelve a su casa, su compañera de piso, que ha cuidado a su hija Leire de 6 años, harta de tantas huidas a ninguna parte, le pide que se vaya. Pepa debe buscar un lugar donde dormir junto a su hija. Un arranque de una grandísima fuerza y tensión, como pocos recordamos para una primera película que firma Júlia de Paz Solvas (Sant Cugat del Vallés, Barcelona, 1995), que ya conocíamos por dos anteriores trabajos, La filla d’algú (2019), el largometraje colectivo que dirigió junto a diez compañeros de la Escac, y un año antes, Ama, el cortometraje que ya se detenía en Pepa y Leire, en una sola jornada.

Ama  tiene ahora su traspase al largometraje, que amplía sus jornadas en dos días más con sus noches, en una película muy física, en continuo movimiento, en un guion que vuelve a escribir junto a Núria Dunjó, y en la cinematografía cuenta otra vez con Sandra Roca, con esa cámara pegada al cogote de Pepa, otra piel, otro cuerpo, que la sigue incesantemente, sin descanso, traspasándola, radiografiándola, y convertida en otro más, en testigo de esta crónica de hoy y de ahora, pero completamente atemporal, que no solo nos habla del hecho de ser madre, de su significado y consecuencias, de esas “malas madres” que tanto se reivindica en la actualidad, quitando toda esa idea romántica y falsa de la maternidad y explicando sus oscuridades y miedos, enfrentándola a una realidad sincera que siempre se le había negado. Pero Ama, también nos habla de lo que se cuece en nuestro interior, de todo eso que nos conduce por la vida, nos hace enfrentarnos a los demás y sobre todo, a nosotros, de todos nuestros fantasmas, inseguridades y demás emociones que anidan en nuestra alma.

La jovencísima directora catalana construye su película como una fábula actual, en una ciudad turística, con su playa, sus visitantes, sus hoteles, que siempre se nos mostrará en off, con sus ruidos y sonidos fuera de campo, en cambio, sí que nos enseñará la otra ciudad, encaminándonos hacia su periferia, a todos esos lugares donde el turismo no va ni conoce, a la ciudad de verdad, a la que vive cada día como si fuera el último, a la que la necesidad y el desamparo obliga a deambular y buscarse cada día la vida o lo que quede de ella. Esos lugares reales que transitaban los chavales de Pullman (2019), de Toni Bestard, o los de The Florida Project (2017), de Sean Baker. Pepa es una mujer que debe aprender a ser fuerte, a perdonarse y perdonar, a no rendirse y seguir aunque cuesta la vida entera, porque debe mirar por su hija, que no puede continuar en esa existencia de aquí para allá, como dos vagabundas, esperando algún golpe de suerte o algo a donde agarrarse, como la condescendencia de una amiga cansada, o un ex novio engañado tantas veces, o un jefe que ya no le permite un descalabro más, o un dueño de hostal que prefiere los euros extranjeros a la necesidad de los de aquí.

Pepa con todo lo que arrastra se encuentra un mundo atroz, sin compasión, que no encuentra ayuda o simplemente, algo de cobijo, como mencionaban los Rossellini y Pasolini, en una mirada deshumanizada que se asemeja mucho la que encontraba Sandra, la mujer desesperada que intentaba convencer a sus compañeros para no perder su trabajo en la demoledora y magnífica Dos días, una noche (2014), de los hermanos Dardenne. Un reparto lleno de intérpretes estupendos bien dirigidos entre los que destacan Estefanía de los Santos, como la madre de Pepa, Ana Turpin como Ade, la compañera de piso, Diego, el ex cansado de Pepa, Chema del Barco como dueño del hostal, el veterano Manuel de Blas como su jefe, la niña Leire Marín como su hija, y Tamara Casellas, que vuelve a repetir su personaje de Pepa, ahora en el largometraje, que brilla con intensidad y luz propia, componiendo una de las grandes interpretaciones del año, premiada en Málaga, que transmite naturalidad, intimidad y sobriedad en un personaje humano y lleno de miedo y culpabilidad, una mujer rota y a la deriva, que va hacia la autodestrucción, y encima una hija a la que cuidar, en un extraordinario trabajo de la sevillana que es una batalladora de la interpretación, aquí se convierte en la auténtica alma mater de la función, en un trabajo inolvidable.

Júlia de Paz Solvas entra de lleno a esa talentosa, trabajadora y envidiable terna de cineastas surgidas de la Escac, las Mar Coll, Elena Trapé, Nely Reguera, Liliana Torres, Diana Toucedo, Andrea Jaurrieta, Marta Díaz, Belén Funes, Celia Rico, entre otras, que tienen en la mujer, su entorno y emociones, el abanico donde surgen las historias que cuentan, con grandísima sensibilidad e intimidad, siguiendo la estela de la Coixet, Bollaín y demás. De Paz Solvas ha tejido con aplomo y sabiduría una película de verdad, que maneja con muchísima soltura, y saliendo muy airosa de terrenos pantanosos, sabiendo sujetar al espectador y llevándolo hacia lugares que hay que mostrar y transitar, en un relato que va más allá del drama íntimo y social, situándose en ese difícil campo donde la vida se mezcla con las emociones, lo social, lo más íntimo, y sobre todo, la maternidad, y ser hija, de mirar al frente, de perdonar y sobre todo, vivir sin miedos, prejuicios y demás, mirando a las cosas por su nombre y en toda su plenitud, sin mentiras ni nada que se le parezca. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ana de día, de Andrea Jaurrieta

LAS MÁSCARAS IMPUESTAS.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita.”

Oscar Wilde.

Los lectores más fieles recordarán la novela de El hombre duplicado, de José Saramago, en la que explicaba la trama de un hombre que un día se topaba con un actor idéntico a él, y a partir de ese instante, emprendía una búsqueda sobre quién era el real, y quién no, a partir de la confrontación con el otro. La puesta de largo de Andrea Jaurrieta (Pamplona, 1986) se mueve en esos paralelismos, pero Ana, la protagonista de la película, no buscará la confrontación, sino que huirá, replanteándose su propia identidad y existencia, emprendiendo un viaje interior que la llevará a asumir otro aspecto físico, y sobre todo, viviendo todas esas vidas que nunca se atrevió a vivir. Jaurrieta ya había reflexionado en sus cortos con la idea del personaje huyendo de sí mismo, encerrados en una vidas impuestas por la sociedad y por ellos mismos, vidas programadas y teledirigidas, vidas por inercia, pero, vidas vacías, vidas frustradas que no acaban de llenar a la persona en cuestión. De todo esto y más nos habla la película, una cinta que ha tenido un laborioso proceso de producción que le ha llevado ocho años, una película de carácter independiente y libre, que aborda muchas de las cuestiones que sufrimos los jóvenes, conflictos sobre nuestra identidad, sobre qué vida queremos, y que cosas tenemos que hacer.

La cineasta navarra aborda todos estos problemas a través de un arranque surrealista, que firmaría el mismísimo Buñuel, cuando Ana, de buena familia, abogada y a punto de casarse, se topa con una mujer idéntica a ella, alguien que ha asumido su vida, alguien que ha usurpado su propia identidad, alguien que la ha sustituido. Pero, Ana, la que nos muestran como original, no busca la confrontación para descubrir quién es la copia o qué demonios ocurre, sino que emprende la huida, planteándose como una oportunidad de escapar de su propia vida hasta la fecha, y descubrirse a sí misma adoptando una nueva identidad, la de Nina, una bailarina que acaba de llegar a Madrid y busca trabajo, un empleo que lo encontrará en la noche, en una especie de cabaret venido a menos, pero con encanto, al que todos llaman “Radio City Music Hall”, en alusión a la época dorada de Hollywood. Nina se hospedará en una pensión de tres al cuarto, y bailará, y también, se prostituirá guiada por Marcelo (apuesto y varonil Álvaro Ogalla) una especie de Don Juan nocturno, que frecuenta el cabaret, y además, también la introducirá en una espiral de sexo libre.

La vida de Ana la vivirá esa otra que ha aparecido, y Nina, la ex Ana, vivirá su particular existencia rodeada de neones y plumas, interpretando a otra, quizás aquella que nunca se atrevió a ser, o quizás a aquella que nunca quiso ser, por miedo o vergüenza, o por no saber adónde ir. Nina vive de noche, baila en el cabaret, entabla amistad con el “Maestro” (estupendo Fernando Ulbizu, como gigante bonachón y de gran corazón) un trotamundos del espectáculo, que se refugia en las catacumbas del cabaret, y se convierte en su mejor compañía, y después está Marcelo, un tipo oscuro y enigmático, del que nada sabemos de él, y menos Nina, que se deja llevar por él, y comienza a experimentar un sexo libre, sin ataduras y bestial, ese que nunca había sentido. Nina se levanta por las tardes, y se relaciona con Sole, la dueña de la pensión, mujeres que vivieron la represión y siguen martirizadas por no vivir sus propias vidas, y también, pululan otros personajes, a cuál más extraño y apocado. La película se mueve tras los pasos de Nina, sus inquietudes, su amargura, sueños y (des) ilusiones en su nueva existencia, amparada por la noche, casi alguien que tiene la necesidad de huir de su pasado, de quién era, pero sin conocer su destino, buscándose entre las brumas de la noche, entre las tinieblas de cualquier galán de turno, y esperando descubrirse a sí misma, sacar de sus entrañas todo aquello reprimido, todo lo que dejó un día de hacer o sentir.

Jaurrieta construye su película desde lo social, pero también, desde lo onírico y extravagante, jugando con las formas, texturas, colores y sonidos, y esa música, áspera y axfixiante, mezclada con temas populares de desamor y desgarro emocional, donde en ocasiones, asistimos a una aventura sórdida y marginal, y en otras, estamos en un cuento de hadas donde encontramos a una heroína de barrio que está perdida y sin ganas de seguir luchando por encontrar la salida del laberinto. Una película de seres extraños y oscuros, personajes que se ocultan de la realidad, que desaprecen del mundo para construirse otro, de ese mundo exterior implacable y brutal con los que se niegan a seguir el ritmo, a seguir siendo uno más, dejando atrás lo que ellos son, como Madame Lacroix, interpretado por la veterana Maria José Alfonso, antigua vedette, que ahora lima sus últimos coletazos rodeada de un glamur de pandereta, de un garito lleno de plumas y lentejuelas del chino, de un espacio casi marginal, que sirve de escaparate para torpes borrachos, salidos de mierda, o desahuciados de otros lares más lujosos, una especie de invitación para prostituir a las chichas. Quizás la misma moneda, pero vista desde otro ángulo, tenemos a Sole (maravillosa la interpretación de Mona Martínez, que recuerda a Saturna, la criada que hizo Lola Gaos en Tristana, de Buñuel) esa mujer con tantas carencias emocionales, que quiere a Nina como una hermana pequeña, algo así como esa mujer que vive la vida que Sole nunca podrá tener por miedo y agallas.

Y qué decir de la inmensa interpretación de Ingrid García-Jonsson, en un doble rol, con esa fragilidad y naturalidad que captura, y no menos, de esa sexualidad desatada que despierta como forma de descubrimiento personal y de liberación, siendo valiente para enfrentarse a su cuerpo, su sexo y su forma de sentir diferente, a su manera, haciendo otro tipo de cosas inesperadas y diferentes, esas que no esperaba sentir. Jaurrieta no esconde sus referencias, que son muchas y diversas, adoptándolas para narrar su visión de la identidad de la gente de su generación, de la gente como ella, con la frescura, transgresión y la libertad del primer cine de la transición como Bigas Luna, Pedro Almodóvar, Iván Zulueta o Fernando Colomo, o a través de esos mundos sórdidos y marginales que tanto le gustaban poblados de esos personajes que se ocultan de sí mismos y nunca acaban de decantarse por ninguna identidad como le gustaban a Cassavetes o Fassbinder, y esos mundos fríos y de falsas morales tan propios de Chabrol o Haneke, y tantos submundos e inframundos que pululan en las grandes ciudades, pero pasan completamente inadvertidos para la mayoría, esos lugares anclados en un tiempo que ya no es tiempo, movidos por la falsa ilusión de tener o pertenecer a algo, aunque sepan a ciencia cierta, que todo es mera cobardía para no enfrentarse a sí mismos, y más aún, para vivir las vidas que realmente quieren vivir, porque en realidad, la película plantea la identidad desde un modo directo y natural, como enfrentarse a esos espejos a los que no queremos reflejarnos, todo por miedo a no reconocernos en ellos.

Blind, de Eskil Vogt

296006A CIEGAS

El cineasta noruego Eskil Vogt nos dejó agradables síntomas en los guiones que escribió para su compatriota Joachim Trier, en las películas Reprise (2006), y en Oslo, 31 de agosto (2011), esta última estrenada por estos lares. Ahora se enfrenta a su puesta de largo en la dirección, con esta fábula cotidiana,  fascinante, compleja  y perturbadora, que no deja indiferente a nadie, e indaga de forma ágil y contundente en las complejas relaciones del mundo moderno.

Vogt centra su relato en Ingrid, una mujer atractiva que ha perdido la vista de forma gradual, el conflicto arranca en pleno proceso de adaptación a su nueva vida a ciegas, Ingrid se niega a salir de su apartamento, no quiere abandonar un lugar donde se siente segura, donde no tropieza y conoce todos los detalles. Pero sus miedos e inseguridades están ahí, no desaparecen, desconfía de su marido, Morten, su imaginación algo enfermiza completa esos lugares oscuros y ocultos que su incapacidad le impide ver. Se pregunta si en realidad se va al trabajo, y no se queda observándola, si también, cuando están en la cama, no está chateando con su amante en vez de enviar mails de trabajo como le dice. Ingrid tiene que aceptar su nueva condición y experimentar su propia seguridad desde su interior,  y de esta manera, abrirse a ese mundo exterior que ahora se ha convertido en un poder extraño, que lentamente va desapareciendo de su mente, sus imágenes, las que tiene almacenadas, se van acabando al carecer de nuevos impulsos ópticos.

Vogt encierra a su protagonista en un solo espacio, su composición y planificación ayudan a crear un ambiente de inquietud latente que respira y vive el personaje, además la excelente luz del griego Thimios Bakatakis (fotógrafo de Canino), que consigue atrapar una luz natural que se erige creando una atmósfera entre fría y sofisticada que sobrecoge en el vacío que siente Ingrid. El realizador noruego huye del género de terror, tan recurrente en este tipo de discapacidades, su trama se vale de solo 4 personajes, que le ayudan a exponer los límites de la imaginación, de lo que somos y proyectamos, y de quiénes somos en realidad. La película se manifiesta como un espectáculo sensorial, donde el sonido juega un papel fundamental en su desarrollo, así como el lenguaje corporal, y el movimiento de los cuerpos y lo físico adquieren la sensualidad y la sexualidad que recorre todo el relato. También, se podría mirar como un estudio sobre el subconsciente, sobre el instinto, y las profundidades de nuestros miedos y anhelos secretos que siempre acaban floreciendo de manera terrible cuando nos sentimos desprotegidos y solos por algunas circunstancias terribles que nos ocurren durante el transcurso de la vida.