Entrevista a Carlos Marques-Marcet

Entrevista a Carlos Marques-Marcet, director de la película “Los días que vendrán”, en el Soho House en Barcelona, el martes 25 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Marques-Marcet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a David Verdaguer y María Rodríguez Soto

Entrevista a David Verdaguer y María Rodríguez Soto, intérpretes de la película “Los días que vendrán”, de Carlos Marques-Marcet, en el Soho House en Barcelona, el martes 25 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Verdaguer y María Rodríguez Soto, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Los días que vendrán, de Carlos Marques-Marcet

TRES VIDAS INCIERTAS.

En el universo cinematográfico de Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) abundan los personajes entre dos mundos, situados en un espacio de incertidumbre que los agobia profundamente, individuos que creen tener las situaciones bajo control, o al menos eso les gusta pensar, porque cuando estalla el conflicto en el interior de la pareja, toda esa paz y tranquilidad que parecía reinar, estalla en mil pedazos, provocando todos los conflictos habidos y por haber, convirtiendo sus espacios en lugares llenos de caos, desesperación y emocionalmente llenos de dudas y discusiones, llenando sus existencias de laberintos sin entrada ni salida posible, al menos, por el momento. Es un cine de nuestro tiempo, de aquí y ahora, pero universal y atemporal, centrado en los jóvenes de ahora, de sus vidas y no vidas, de las que viven y las que dejan por vivir, que habla de la intimidad de la pareja, de los sueños personales, tanto profesionales como emocionales, y sobre todo, de todos esos conflictos que se instalan en el seno de un amor que no parece tan irrompible, sujeto a demasiadas derivas emocionales y sobre todo, a demasiadas circunstancias motivadas por la incertidumbre laboral. Un cine que habla de los tiempos actuales, pero que se centra en las emociones de los personajes, convertidos en robinsones crusoe extraviados en sus emociones y sus innumerables dudas, tanto existenciales como todas las demás.

En su opera prima, 10.000 KM (2014) Marques-Marcet nos contaba los conflictos de una relación a distancia. En la siguiente película, Tierra firme (2017) nos hablaba de una relación sentimental entre dos mujeres y el conflicto que generaba la idea de tener un hijo. En Los días que vendrán, ya no existe esa idea de tener un hijo, sino que el hijo llega en forma de embarazo a las vidas de Vir y Luís, una pareja que llevan un año saliendo. Mientras la pareja espera esa vida, que después de bastantes dudas deciden tirar palante, se enfrentan a las vidas propias, que la noticia del embarazo, ha hecho tambalear y de qué manera, el presente ha dejado pasó de un plumazo al futuro, a ese futuro incierto que les llena de miedos e inseguridades, tanto a ellos como a su relación de pareja. El director barcelonés aprovecha el embarazo real de dos de sus amigos, María Rodríguez Soto y David Verdaguer (que parece en las tres películas del director) magníficos en sus roles, redescubriéndonos constantemente a sus personajes y sus derivas emocionales, para contarnos ese tiempo incierto y lleno de dudas del embarazo, en el que la vida íntima de pareja y cotidianidad, deja paso a estar “embarazados”, a todos los cambios, tanto físicos como emocionales a los que deberán enfrentarse, a este espacio incierto en el que se irán convirtiendo en tres, un tiempo de espera de Zoe, nombre que pondrán a la nueva vida que está creciendo en la barriga de Vir.

Muchas vidas cruzadas nos relatan en el guión firmado por el propio director, Clara Roquet (que vuelve a trabar con Marques-Marcet, después del paréntesis de Tierra firme) y Coral Cruz (coguionista de Agustí Villaronga, entre otros) a saber, la de Vir y Luis, los personajes que dan vida los intérpretes Verdaguer y Rodríguez, los citados actores que también están viviendo su embarazo real, y por último, el maravilloso juego entre ficción y documento que establece el director cuando estos personajes interactúan con personas reales de su entorno más próximo, como los padres y hermano de María Rodríguez, con ese momento intensísimo y magnífico con la grabación de vhs, donde vida y cine se fusionan de forma increíble, casi en una vuelta del skype que aparecía en 10.000 KM, o los amigos de David Verdaguer, en esos instantes donde el cine y lo contado alcanza un espacio de limbo, donde la vida real y la ficción consiguen mezclarse de manera natural y muy íntima. El cineasta catalán nos ofrece la última de una especie de trilogía improvisada, donde habla de todos nosotros, de aquello que somos y lo que dejamos de ser, donde construye un interesando y brutal puzle de imágenes llenas de vida, muy orgánica, una especie de diario filmado de un embarazo, con sus pros y contras, con la vida escapándose a cada rato y dejándonos del revés.

Una película intimista y vital, la mejor de sus películas, por su belleza y tristeza, por la intensidad e intimidad de sus imágenes tan llenas de vida, y con todo lo que ella conlleva, que a veces resulta bella, mágica, triste, rota, herida, confusa, vacía o llena de risas tontas, de lágrimas espontáneas, de polvos rápidos o llenos de amor, de momentos recordados y otros, olvidados, con situaciones cómicas, como ese instante en el que deciden el nombre de la criatura que vendrá, y otras, duras, donde la discusión alcanza lo más oscuro y profundo de cada uno de nosotros, de palabras arrepentidas, de palabras que cuentan y otras, que confunden más, con ese aroma del “Free Cinema”, con películas de un tiempo y una juventud como Sábado tarde, omingo mañana, Un sabor a miel El ingenuo salvaje, entre otras, o las comedias agridulces de Linklater con Delpy y Hawke, cine cercano y realista,  porque lo que nos viene a decir Marques-Marcet es que la vida era esto, no lo que nos habían contado o lo que nosotros a partir de eso hemos imaginado, la vida era todo lo que sentimos, mezclado y fusionado, en el que por momentos lo tenemos claro o más o menos, y en otros, somos un mar de dudas, incertidumbres y miedos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dogville, un poble qualsevol, de Lars Von Trier/Sílvia Munt. Teatre Lliure.

LA INOCENCIA VIOLADA.

“El mal no es nunca ‘radical’, solo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical.”

“Eichmann en Jerusalén” (24 de julio de 1963, carta a Gershom Scholem), en Una revisión de la historia judía y otros ensayos.

Si digo que no tenía muchísimas ganas de ver la adaptación al teatro de Dogville, de Lars Von Trier, una película que me impresionó en su estreno, y volvía a recuperar en la Filmoteca el martes pasado, faltaría a la verdad. Así que, el sábado pasado me acerqué al Teatre Lliure de Montjuïc a verla. La cosa de entrada pintaba muy bien, la adaptación está firmada por Pau Miró (Barcelona, 1974) dramaturgo y director que ha llevado a las tablas obras tan significativas como Víctoria, en el TNC hace unas tres temporadas, y también, Sílvia Munt (Barcelona, 1957) reputada actriz que hace años se ha pasado a la dirección cinematográfica y teatral, de ella he visto obras tan estupendas como Una comedia española, de Reza, El precio, de Miller o La respuesta, de Friel. Además, el Lliure siempre es un gran aliciente por la calidad de sus producciones, y si añadimos un buen reparto encabezado por Bruna Cusí, David Verdaguer, Lluís Marco, Andrés Herrera, entre otros, la invitación a ir a verla era casi un mandato.

El relato empieza como la película, una chica entra como un resorte en un bar de pueblo, donde sucederá toda la acción, eso sí, en dos espacios, el bar propiamente dicho, con su puerta a la calle, y el almacenillo, donde se acumulan las cajas de repuesto, y unas escaleras que dan a un altillo donde duerme Virgínia en un colchón. Virgínia que así se llama la huida, encuentra a Max, un joven eterno aspirante a escritor y aires de filósofo de manual, pronto la cobijan con la ayuda de Glòria, la dueña del local, y persuaden al padre de la chica que la busca. Dos semanas le dan de prueba a Virgínia para convencer a los 10 habitantes de este pueblo perdido entre montañas y olvidado por todos, Un poble qualsevol (Un pueblo cualquiera) como reza su subtitulo, y todo parece ir por buen camino, con las explicaciones humanistas de Max y el pueblo la acoge, y sin quererlo, Virgínia se torna imprescindible en ayudarles en actividades que antes hacían sus habitantes sin necesitar ayuda, como el amor que florece entre ella y Max. Aunque, lo que parecía bondad y buenos alimentos, se vuelve diferente, como un mal aire, un presagio tempestivo se adueña de la relación de la joven con sus habitantes, y las nubes negras acechan hasta el punto de convertirse en una amenaza, en algo que abusar y encerrar.

A partir de pequeños detalles como una noticia falsa del diario que acusa a Virgínia de ladrona, una torta propinada accidentalmente al niño, o la generosa compensación que el padre alimenta a los que conozcan su paradero, convierten a la joven en objetivo oscuro para aquellos que tienen el poder sobre ella, amenazándola y convirtiéndola en un cervatillo hambriento y solo. El trabajo de Munt y Miró con la adaptación es magnífico y concreto, dejando en 95 minutos los 178 que tenía la película, que era más narrativa y pausada. Ahora, asistimos a un thriller oscuro y trepidante de gran ritmo, con el añadido del vídeo, casi imprescindible en muchas obras, donde vemos esos instantes que describen la vida exterior del pueblo, donde el relato adquiere esa profundidad necesaria y envolvente que pide la obra. El pueblo ya no está situado en los EE.UU. de la Gran Depresión, sino en un pueblo cualquiera de la Cataluña profunda actual, lo que no ha cambiado la actitud amargada e infeliz de sus habitantes, todos llenos de aristas y vacíos emocionales, todos sin rumbo ni vida.

La Grace de Von Trier no era tan inocente e ingenua como lo es la Virgínia de la obra, una joven de infancia difícil y solitaria, que encuentra en este Dogville, un poble qualsevol, una mano amiga, una mirada cálida y un espacio donde poder vivir en tranquilidad, solo aparentemente, porque con el tiempo verá que no, verá que ni Max, su único valedor, le dará la espalda, y todo por miedo, porque el miedo, arma mortífera de los malvados y de una sociedad demasiado frágil en todos los sentidos, el miedo de Virgínia que huye de un padre malvado, el miedo de Max frente a sus sentimientos y frente a los demás vecinos del pueblo, incluido su padre, el doctor retirado, y el miedo, o la excusa que manifiestan los habitantes del pueblo, que lo utilizan, tenga o no algo de verdad, como arma arrojadiza a la indefensa y necesitada Virginía. Cuando el texto tiene alma y fuerza, tiene que haber un reparto bien conseguido para que los intérpretes saquen el mayor partido al texto, y Dogville, un poble qualsevol, lo tiene.

El gran acierto que Bruna Cusí sea la Virgínia atemorizada y huida, con su cuerpo menudo, pero con esa fantástica dicción y sobre todo, la mirada de Cusí, sobria, asustada y con esa vida de a retales, a bandazos, que nos transmite el caleidoscopio de emociones que siente su personaje, como esas miradas brutales al espejo del almacenillo, cuando la vida en el pueblo se vuelve negra y oscura como la noche, y su vida corre peligro, esté donde esté, bien acompañada por David Verdaguer como Max, el chico de buenas intenciones, que acaba fracasando en no saberse situarse, en decir su vida, en llevar las riendas de su existencia, un pusilánime perdido y tan encerrado como Virgínia, y el resto del pueblo, bondadosos y cuervos por igual, según les convenga, Albert Pérez, el padre de Max, demasiado recto y racional, casi como un calco del hijo años después, Anna Güell, estupenda como dueña del bar, jovial y cercana, Andrés Herrera, el transportista con piel de cordero, Josep Julien, el amargado y malcarado que tira su vida en su huerto, su mujer Áurea Márquez, sombra del marido, y de ella misma, y madre de un niño idiota, y Alba Ribas, la jovencita que se hace amiga de Virgínia pero solo lo parece, en el fondo, como todos, espera algo a cambio, porque creen exponer su pellejo teniendo a Virgínia entre los suyos, y pedirán hasta reventar, creyéndose con la verdad y sobre todo, con la bondad por encima de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlos Marques-Marcet

Entrevista a Carlos Marques-Marcet, director de “Tierra firme”. El encuentro tuvo lugar el viernes 1 de diciembre de 2017 en la terraza del Catalina Café en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Marques-Marcet,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

Tierra firme, de Carlos Marques-Marcet

LA VIDA EN UN BARCO.

La película se abre en un fondo negro, empieza a sonar una música acogedora y suave, lentamente, muy a lo lejos, en el fondo, vislumbramos una pequeña luz que, a medida que avanzamos, descubrimos que vamos a bordo de un barco en mitad de un túnel y la pequeña luz nos va descubriendo un río, un canal y la vida. Una apertura que nos viene a decir que por muy oscuro que sea el lugar que nos encontremos, si avanzamos con paso firme, podremos encontrar un leve resquicio de luz. Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) sorprendió a propios y extraños con su puesta de largo, 10.000 km (2014) en la que una pareja enamorada debían separarse por el trabajo de ella, y continuaban su relación vía skype, con todos los problemas que se generaban. En su segundo trabajo, Marques-Marcet vuelve a instalarse en el terreno de la pareja, en este caso, dos jóvenes enamoradas, Eva y Kat, dos polos opuestos, Eva, racional y ordenada, y profesora de salsa y su deseo de ser madre, en cambio, Kat, emocional y aventurera, y camarera, que no tiene tan claro lo de ser madre. El deseo individual de cada uno de nosotros y los objetivos como pareja, vuelven a tensionar este segundo trabajo como lo hacía su interesante debut.

Ahora, introduce el conflicto de la maternidad, no ya como obligación en el tiempo de nuestros padres, sino como una opción. El director catalán nos introduce en la intimidad y la cotidianidad de esta pareja y en su hogar, una pequeña embarcación en uno de esos canales de Londres. El conflicto estallará con la llegada de Roger, un tipo peculiar y bohemio de Barcelona, muy amigo de Kat, que será ese espejo transformador en que las dos mujeres reposarán sus dudas y conflictos. Lo que empieza como una broma se convertirá en un objetivo claro, y Roger donará sus pececillos para que Eva se quede embarazada y así ser madre con Kat. Este triángulo amoroso atípico en el que establecen una especie de negocio, parecerá bien avenido hasta que se enfrentan a los conflictos de la empresa que se acaban de embarcar. Marques-Marcet construye su película en la intimidad del barco, de ese espacio reducido y el olor a río, entre idas y venidas, cenas y copas, e introduce la figura de la madre de Eva (estupenda Geraldine Chaplin, su madre en la vida real) en un personaje medio hippie, médium y bohemia.

La fábula contemporánea que construye la cinta se  apoya en las relaciones que se establecen entre sus personajes, entre la distancia que separa los diferentes deseos dentro de la pareja, y la opción de ser madres, y lo hace de manera sencilla enmarcándola en una comedia ligera, con momentos divertidos, y también, en el drama y la tragedia, con otros instantes donde el amor, o los sentimientos se muestran confusos, contradictorios, y la inseguridad y los miedos se muestran de manera íntegra. Recuperando el aroma de aquellas comedias agridulces que Hollywood hacía también en los 30 y 40. Todo ocurre a bordo de ese barco, genial metáfora de esa vida outsider, de incertidumbre y continuo balanceo, donde parece el lugar menos apropiado para tener un hijo. El director barcelonés consigue una película muy de los tiempos que vivimos, sobre los jóvenes actuales, sus necesidades, tanto laborales, individuales y sentimentales, componiendo una sutil mezcla de alegrías y tristezas, penetrando en el alma de esos jóvenes de vidas inciertas, que hoy están aquí y mañana en el otro lado del mundo, en una sociedad cambiante, en continuo movimiento, en tiempos convulsos y extraños que, nos obligan a tomar decisiones que quizás no casan todo lo que nos gustaría con nuestras necesidades personales, que nos enfrentan a lo que sentimos y nos coloca en lugares confusos en el que el amor y nuestras relaciones en pareja se tambalean y peligran.

Una historia sencilla, que conmueve entre risas y lágrimas, donde la música vuelve a tener ese protagonismo especial describiendo los estados de ánima tan cambiantes que viven los personajes, en esos canales de barcos que van y vienen, como ese continuo fluir de la vida que no se detiene, y a veces, debe echar el ancla y en otras ocasiones, despedir a pasajeros con otras opciones de vida. El gran trabajo actoral con Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, éstos dos últimos repiten con Marques-Marcet, que dotan a sus personajes de vida, tristeza y humanidad,  convirtiendo la película en un viaje de comedia, drama y aventura. Carlos Marques-Marcet se erige como un gran observador de las inquietudes y problemas de los jóvenes de su edad, en cómo nos enfrentamos a las decisiones importantes de nuestra vida en cuestiones de trabajo, amor y paternidad, mirándonos de frente, sin malabarismos ni condescendencias, sino todo lo contrario, penetrando en nuestra alma y todo aquello que no se ve, aquello que nos ocultamos y ocultamos, nuestras inquietudes, inseguridades y miedos, en una fábula contemporánea que nos enfrenta a esas decisiones que debemos tomar en la vida, y que a veces, cuestan tanto, y nos convierten en aquello que no queremos, y nos obliga a enfrentarnos con nuestros miedos e inseguridades, en lo que somos, al fin y al cabo.

Entrevista a Carla Simón

Entrevista a Carla Simón, directora de “Estiu 1993”. El encuentro tuvo lugar el jueves 6 de julio de 2017 en el hall de los Bosque Multicines en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.