Cartas mojadas, de Paula Palacios

LOS INVISIBLES DEL MEDITERRÁNEO.

“Huimos de una guerra, y nos encontramos con otra en el mar”

Desde que en 2015 estallará la crisis descontrolada de inmigrantes que se lanzaban al mediterráneo, intentando llegar a Europa, utilizando travesías difíciles, y llenas de peligros que costaban la vida de muchos, muchas cámaras se fueron a documentarlo, generando una gran cantidad de trabajos sobre la tragedia de los inmigrantes muertos en el mediterráneo, desde miradas, ángulos y puntos de vista diferentes, quizás faltaba uno que introdujera el elemento humano, el que se sube a bordo de los barcos, y registra la cotidianidad, lo que sucede en su interior de forma sincera y veraz. En Cartas mojadas, de la española Paula Palacios, cumple esa función, de mirar de frente, de filmar los rostros y los cuerpos del mediterráneo, hablando de todo, del inicio del viaje, de todo lo que dejan, las travesías, y los destinos. Un relato que va desde lo más íntimo, a lo más general, deteniéndose en todos las miradas y sentimientos, y no solo muestra lo que sucede en el mar, sino va más allá, dirigiéndose a esos lugares donde van a parar los inmigrantes cuando supera la barrera del mar, mostrándonos las diferentes realidades con las que se encuentran, y todo nos lo cuentan, de forma humanista, rigurosa y sensible. Palacios ha producido y dirigido más de veinticinco documentales para televisión, donde prevalecen los temas sobre migración y mujer, haciendo hincapié en esa parte humana que se oculta con tantas cifras de fallecidos.

En Cartas mojadas, su primera película para cine, nos convoca en tres espacios. En el primero, iremos a bordo del barco humanitario “Open Arms”, en el que rescatarán del mar a más de medio millar de personas, personas que conoceremos y miraremos a sus rostros cansados, mientras la tripulación, intenta por todos los medios un puerto donde recalar. En el segundo espacio, nos llevarán a las calles de París, donde inmigrantes viven al raso, sin nada, en el que son expulsados por la policía. Y en el tercer espacio, nos subimos a bordo de una patrullera de guardacostas libio que, localiza embarcaciones y las devuelve a sitios como Libia, donde los inmigrantes son torturados y esclavizados. Tres miradas de la tragedia que se vive a diario en el mediterráneo, de todos los que sobreviven. Y todo ello, Palacios nos lo cuenta a través de una voz en off, de una niña ficticia que lee una carta de la madre, esas cartas mojadas que elude el título, todas esas cartas que no llegan a su destino, que se pierden bajo las aguas del mar, reivindicando a todos aquellos que mueren, víctimas invisibles de una política europea que ahoga a los países pobres e impide que sus habitantes lleguen a Europa, un continente demasiado ensimismado en su ombligo y en hacer dinero, que salvar vidas.

La película tiene una factura impecable, con esa luz que capta todos los elementos humanos y físicos de la película, una cinematografía que firman Taha Jawashi, Amine Belhouchat y Mikel Landa, que capta con mucho criterio y sobriedad la vida y la muerte del mediterráneo, bien acompañado de un montaje enérgico y brillante, obra de Virginie Véricourt, que sabe contarnos las diferentes realidades sin perder un ápice del contenido de la obra, y la excelente música de Mariano Marín (que muchos recordamos por las score de Tesis y Abre los ojos, entre muchas otras), una música afilada y oscura que describe el terror que muchos viven en su trágico viaje. Palacios ha construido una película de frente, sin recovecos ni sentimentalismos, muestra unas realidades tremendas, las que viven miles de personas que se lanzan al mar para huir de la guerra, la miseria, la violencia y la injusticia que se viven en sus países de origen, huyen de una guerra y se encuentran con otra, la que sufren en el mar, la de aquellos que los rechazan y les impiden llegar a un lugar mejor del que huyen.

Un relato triste y lleno de rabia, desesperanzador y durísimo, que la película consigue mostrar con el equilibrio adecuado, entre esa cercanía para que podamos empatizar con sus imágenes, pero también, la suficiente distancia para la reflexión necesaria, que nos conmovamos con unas imágenes terribles, pero sin caer en la lágrima, sino explorando unas realidades que no acostumbran a mostrarse en los informativos occidentales, siempre tapadas con cifras que no describen el inmenso drama para tantas personas. La película se lanza al vacío, muestra y provoca la reflexión y el pensamiento en los espectadores, sin caer en la superficialidad de otras producciones, aquí no hay épica ni heroísmo, solo unas personas que intentan salvar a otras, personas que actúan con conciencia ante la tragedia del otro, ante la impasibilidad de sus países, y no miran hacia otro lado como hace la mayoría, materializan su ayuda, subiéndose a un barco, enfrentándose a todas las autoridades y trabajando por salvar vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/392949016″>CARTAS MOJADAS – TRAILER stereo VOST</a> from <a href=”https://vimeo.com/moradafilms”>MORADA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Próxima, de Alice Winocour

MADRE Y ASTRONAUTA.

“La vida no es fácil, para ninguno de nosotros. Pero… ¡qué importa! Hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. Hay que sentirse dotado para realizar alguna cosa y que esa cosa hay que alcanzarla, cueste lo que cueste.”

Marie Curie

El 16 de junio de 1963, dos años después de Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova se convertía en la primera mujer en volar al espacio exterior. Le siguieron otras, igual de valientes y fuertes, hasta llegar a 1996 cuando Claudie Haignéré, era la primera mujer astronauta francesa que realizaba tal proeza. La directora francesa Alice Winocour (París, Francia, 1976) que ha dirigido dos largometrajes, Augustine (2012) ambientado a finales del siglo XIX, narra las vicisitudes de un doctor que experimenta con una paciente aquejada de una extraña enfermedad llamada histeria, en Maryland (2015) se centraba en las relaciones de un ex soldado con síndrome de estrés postraumático con la mujer y el hijo que protege de un rico libanés. En Próxima, que hace relación al nombre de la misión a Marte de un año, nos sitúa en una de las bases de la Agencia Espacial Europea, en la piel de Sarah, madre de Stella de 7 años, que está preparándose para participar en la misión, realizando difíciles y complejas pruebas para separarse de la tierra y convertirse en una persona del espacio, y por ende, separarse de su hija.

La directora francesa escribe un guión en colaboración con Jean-Stéphane Bron, que ya tuvo la misma función en Maryland, en el que nos introduce en la mirada y el cuerpo de Sarah, convirtiéndonos en ella, experimentando y sufriendo con todo lo que ella vive en la base, en una película reposada e íntima, que muestra aquella que raras veces enseña el cine, lo que hay antes de las misiones espaciales, toda la cotidianidad y esfuerzo por el que pasan los astronautas para convertirse en space person, como se menciona en la película. Además, en el caso de Sarah debe prepararse por partida doble, su labor profesional y su labor maternal, separarse de su hija que vive con ella, la que durante un año no podrá ver ni compartir, una niña que también debe aprender a separarse de su madre, romper y liberarse de ese cordón umbilical emocional y físico, que vivirá durante ese tiempo con su padre, un astrofísico, aquellos que se quedan en la tierra y hacen posible las misiones espaciales.

Winocour se desmarca de las películas sobre el espacio estadunidenses, más centradas en la espectacularidad y la aventura del viaje espacial, que en lo seres humanos que las protagonizan, y sobre todo, en todo aquello que dejan en la tierra, todas sus vidas en suspenso, todos esos seres queridos que dejarán de tratar y sentir. Próxima  estaría más cercana de las visiones humanistas e íntimas, que exploran las emociones de los astronautas y sus cuestiones personales, que hace el cine del este sobre estos temas, donde películas como Ikarie XB 1, de Jindrich Polak o Solaris, de Tarkovski, serían claros espejos donde se refleja la película de Winocour. La película nos somete a un durísimo entrenamiento físico, donde los astronautas se van convirtiendo en un viaje físico y emocional en el que dejan de ser terrestres para convertirse en criaturas del espacio, rodeados de máquinas, en que una especie de transmutación del cuerpo, como le ocurre a la propia Sarah con ese brazo mecanizado, convertida en una especie de cíbrogs, más en el universo del cine de Cronenberg.

Próxima es una cinta que nos habla de cuestiones que indagan entre lo cercano y lo lejano, lo íntimo y lo cósmico, que a simple vista podrían parecer cuestiones muy opuestas pero no lo son tanto, en una mezcla difícil de esclarecer entre aquello que se queda en la tierra, en el caso de Sarah, su vida y sobre todo, su hija Stella, y todo aquello que descubrirá y experimentará en su viaje espacial a un nivel físico y emocional. La naturalista y magnética luz del cinematógrafo Georges Lechaptois, habitual de Winocour, se alza como la mejor aliada para contar esta historia íntima y externa. El magnetismo y la fuerza que tiene una actriz como Eva Green, se convierte en el mejor aliado para interpretar a un personaje como Sarah, a la que veremos su capacitación para enfrentarse a las durísimas pruebas, pero también, la veremos en sus momentos de dudas y debilidades, como le ocurriría a cualquiera de nosotros, al lado de compañeros, con otras capacidades y habilidades, pero las mismas ofuscaciones y conflictos internos. Bien acompañada por Matt Dillon dando vida al compañero astronauta estadounidense, con su arrogancia y frialdad que esconde alguien de buen corazón, Aleksei Fateev como el compañero ruso, visto en el cine de Andrey Zvyagintsev, una especie de hermano mayor que le tiende la mano para superar esos problemas, que sabe que todos sufren.

La niña Zélie Boulant-Lemesle da vida a Stella, la hija de Sarah, también en un viaje de separarse, no de la tierra como su madre, sino de ella, de romper y liberarse de ese cordón umbilical emocional. Lars Eidinger es ese astrofísico centrado en su trabajo, ex marido de Sarah y padre de Stella, que asume el rol de padre después de solo dedicarse a su trabajo. Y finalmente, Sandra Hüller, que nos divirtió en la memorable Toni Erdmann, de Maren Ade, aquí en un rol que mezcla lo antipático, ya que representa el oficialismo de la Agencia, y lo delicado, ya que se encargará de la niña mientras está en la base. Winocour ha hecho una película sencilla, conmovedora y especial, que habla de la conciliación de trabajo y maternidad, desde una mirada íntima y muy sensible, mostrando todas las dificultades y alegrías que conlleva ser madre y astronauta, siendo muy honesta con el material humano y fílmico que tiene entre manos en un relato que nos habla de forma certera de aquello que no vemos sobre el universo del astronauta y forma parte de él de manera muy importante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ramsés Gallego “El Coleta”

Entrevista a Ramsés Gallego “El Coleta”, actor en la película “Quinqui Stars”, de Juan Vicente Córdoba, en la oficina de Madavenue en Barcelona, el martes 27 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramsés Gallego “El Coleta”, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Juan Vicente Córdoba

Entrevista a Juan Vicente Córdoba, director de la película “Quinqui Stars”, en la oficina de Madavenue en Barcelona, el martes 27 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Vicente Córdoba, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Andrea Jaurrieta

Entrevista a Andrea Jaurrieta, directora de la película “Ana de día”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el domingo 6 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Jaurrieta, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Martín Samper, coproductor de la película, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Ana de día, de Andrea Jaurrieta

LAS MÁSCARAS IMPUESTAS.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita.”

Oscar Wilde.

Los lectores más fieles recordarán la novela de El hombre duplicado, de José Saramago, en la que explicaba la trama de un hombre que un día se topaba con un actor idéntico a él, y a partir de ese instante, emprendía una búsqueda sobre quién era el real, y quién no, a partir de la confrontación con el otro. La puesta de largo de Andrea Jaurrieta (Pamplona, 1986) se mueve en esos paralelismos, pero Ana, la protagonista de la película, no buscará la confrontación, sino que huirá, replanteándose su propia identidad y existencia, emprendiendo un viaje interior que la llevará a asumir otro aspecto físico, y sobre todo, viviendo todas esas vidas que nunca se atrevió a vivir. Jaurrieta ya había reflexionado en sus cortos con la idea del personaje huyendo de sí mismo, encerrados en una vidas impuestas por la sociedad y por ellos mismos, vidas programadas y teledirigidas, vidas por inercia, pero, vidas vacías, vidas frustradas que no acaban de llenar a la persona en cuestión. De todo esto y más nos habla la película, una cinta que ha tenido un laborioso proceso de producción que le ha llevado ocho años, una película de carácter independiente y libre, que aborda muchas de las cuestiones que sufrimos los jóvenes, conflictos sobre nuestra identidad, sobre qué vida queremos, y que cosas tenemos que hacer.

La cineasta navarra aborda todos estos problemas a través de un arranque surrealista, que firmaría el mismísimo Buñuel, cuando Ana, de buena familia, abogada y a punto de casarse, se topa con una mujer idéntica a ella, alguien que ha asumido su vida, alguien que ha usurpado su propia identidad, alguien que la ha sustituido. Pero, Ana, la que nos muestran como original, no busca la confrontación para descubrir quién es la copia o qué demonios ocurre, sino que emprende la huida, planteándose como una oportunidad de escapar de su propia vida hasta la fecha, y descubrirse a sí misma adoptando una nueva identidad, la de Nina, una bailarina que acaba de llegar a Madrid y busca trabajo, un empleo que lo encontrará en la noche, en una especie de cabaret venido a menos, pero con encanto, al que todos llaman “Radio City Music Hall”, en alusión a la época dorada de Hollywood. Nina se hospedará en una pensión de tres al cuarto, y bailará, y también, se prostituirá guiada por Marcelo (apuesto y varonil Álvaro Ogalla) una especie de Don Juan nocturno, que frecuenta el cabaret, y además, también la introducirá en una espiral de sexo libre.

La vida de Ana la vivirá esa otra que ha aparecido, y Nina, la ex Ana, vivirá su particular existencia rodeada de neones y plumas, interpretando a otra, quizás aquella que nunca se atrevió a ser, o quizás a aquella que nunca quiso ser, por miedo o vergüenza, o por no saber adónde ir. Nina vive de noche, baila en el cabaret, entabla amistad con el “Maestro” (estupendo Fernando Ulbizu, como gigante bonachón y de gran corazón) un trotamundos del espectáculo, que se refugia en las catacumbas del cabaret, y se convierte en su mejor compañía, y después está Marcelo, un tipo oscuro y enigmático, del que nada sabemos de él, y menos Nina, que se deja llevar por él, y comienza a experimentar un sexo libre, sin ataduras y bestial, ese que nunca había sentido. Nina se levanta por las tardes, y se relaciona con Sole, la dueña de la pensión, mujeres que vivieron la represión y siguen martirizadas por no vivir sus propias vidas, y también, pululan otros personajes, a cuál más extraño y apocado. La película se mueve tras los pasos de Nina, sus inquietudes, su amargura, sueños y (des) ilusiones en su nueva existencia, amparada por la noche, casi alguien que tiene la necesidad de huir de su pasado, de quién era, pero sin conocer su destino, buscándose entre las brumas de la noche, entre las tinieblas de cualquier galán de turno, y esperando descubrirse a sí misma, sacar de sus entrañas todo aquello reprimido, todo lo que dejó un día de hacer o sentir.

Jaurrieta construye su película desde lo social, pero también, desde lo onírico y extravagante, jugando con las formas, texturas, colores y sonidos, y esa música, áspera y axfixiante, mezclada con temas populares de desamor y desgarro emocional, donde en ocasiones, asistimos a una aventura sórdida y marginal, y en otras, estamos en un cuento de hadas donde encontramos a una heroína de barrio que está perdida y sin ganas de seguir luchando por encontrar la salida del laberinto. Una película de seres extraños y oscuros, personajes que se ocultan de la realidad, que desaprecen del mundo para construirse otro, de ese mundo exterior implacable y brutal con los que se niegan a seguir el ritmo, a seguir siendo uno más, dejando atrás lo que ellos son, como Madame Lacroix, interpretado por la veterana Maria José Alfonso, antigua vedette, que ahora lima sus últimos coletazos rodeada de un glamur de pandereta, de un garito lleno de plumas y lentejuelas del chino, de un espacio casi marginal, que sirve de escaparate para torpes borrachos, salidos de mierda, o desahuciados de otros lares más lujosos, una especie de invitación para prostituir a las chichas. Quizás la misma moneda, pero vista desde otro ángulo, tenemos a Sole (maravillosa la interpretación de Mona Martínez, que recuerda a Saturna, la criada que hizo Lola Gaos en Tristana, de Buñuel) esa mujer con tantas carencias emocionales, que quiere a Nina como una hermana pequeña, algo así como esa mujer que vive la vida que Sole nunca podrá tener por miedo y agallas.

Y qué decir de la inmensa interpretación de Ingrid García-Jonsson, en un doble rol, con esa fragilidad y naturalidad que captura, y no menos, de esa sexualidad desatada que despierta como forma de descubrimiento personal y de liberación, siendo valiente para enfrentarse a su cuerpo, su sexo y su forma de sentir diferente, a su manera, haciendo otro tipo de cosas inesperadas y diferentes, esas que no esperaba sentir. Jaurrieta no esconde sus referencias, que son muchas y diversas, adoptándolas para narrar su visión de la identidad de la gente de su generación, de la gente como ella, con la frescura, transgresión y la libertad del primer cine de la transición como Bigas Luna, Pedro Almodóvar, Iván Zulueta o Fernando Colomo, o a través de esos mundos sórdidos y marginales que tanto le gustaban poblados de esos personajes que se ocultan de sí mismos y nunca acaban de decantarse por ninguna identidad como le gustaban a Cassavetes o Fassbinder, y esos mundos fríos y de falsas morales tan propios de Chabrol o Haneke, y tantos submundos e inframundos que pululan en las grandes ciudades, pero pasan completamente inadvertidos para la mayoría, esos lugares anclados en un tiempo que ya no es tiempo, movidos por la falsa ilusión de tener o pertenecer a algo, aunque sepan a ciencia cierta, que todo es mera cobardía para no enfrentarse a sí mismos, y más aún, para vivir las vidas que realmente quieren vivir, porque en realidad, la película plantea la identidad desde un modo directo y natural, como enfrentarse a esos espejos a los que no queremos reflejarnos, todo por miedo a no reconocernos en ellos.

Rara, de Pepa San Martín

EL DESPERTAR DE SARA.

La cámara sigue a una niña, a la que no vemos el rostro, mientras camina entre el patio de su colegio, entra en uno de los edificios y después de bajar unas escaleras, se dirige hacia unas voces que escucha, se encuentra a unos compañeros de clase besándose, una niña la llama, pero ella sale corriendo. El primer plano de la película, que parece extraído de una película de los Dardenne, describe minuciosamente el entorno que nos será mostrado a lo largo del metraje, la sutileza y la elegancia narrativa con la que se nos cuenta una historia aparentemente sencilla y cotidiana, pero que explica con detalle y sensibilidad el despertar de una niña a la edad adulta, y todos los cambios de identidad que comporta, cómo se enfrenta a sus deseos, sus pérdidas, sus conflictos internos y demás comportamientos en un ambiente que comienza a resultar extraño, forzado y lleno de incertidumbre, y todo ello, en un entorno familiar diferente, conviviendo con su madre, que ahora tiene una novia, y su hermana pequeña, situación que su padre, de vida acomodada y monótona, no ve con buenos ojos.

La cineasta Pepa San Martín (Curicó, Chile, 1974) empezó de meritoria en varias películas, para luego despuntar con su cortometraje La ducha (2011) que tan buenas críticas obtuvo en la Berlinale. Ahora, en su primer largo, se adentra en la existencia de Sara, una niña de 13 años, en pleno proceso de cambios en su vida, en un período de tránsito, donde dejará de ser esa niña con coletas para convertirse en una mujer. San Martín no ser regodea en el drama, ni estira innecesariamente el conflicto, su mirada es diferente, libre y auténtica, convierte su fábula en un encuentro que constantemente interpela al espectadora, haciéndole partícipe de los conflictos de su protagonista. La película se posa, y con gran acierto, en la mirada de Sara, esa mirada inquieta, curiosa, y que acabará siendo desubicada provocada por ese entorno de prejuicios, de sociedad cerrada, esa Viña del Mar donde se desarrolla la película, aquí muy alejada de esa imagen turística. San Martín construye una oda sobra la diferencia, desde el más absoluto de los respetos, mirando con naturalidad y ternura hacia lo que incomoda a una mayoría conservadora, que se rige por unos principios obtusos y moralistas, que se rebela contra lo que considera antinatural, como representa la figura del padre, en cambio, la madre, que en ocasiones parece demasiado involucrada en su trabajo, parece llevar con respeto y naturalidad su relación y la convivencia con sus hijas.

Sara, excelentemente interpretada por la debutante Julia Lübbert, se siente desplazada y rara, como explica el título, todo su mundo, el que conocía, desaparece, y ahora, está en continuo cambio en su existencia, pero San Martín, en un alarde de síntesis argumental, nos lo cuenta como en un susurro, como si a Sara le diese vergüenza, como si tratase de ocultarlo, como guardarse secretos que antes compartía con su mejor amiga, revelarse ante su madre y querer celebrar el cumpleaños en casa de su padre o sentirse tonta cuando tiene cerca al chico que le gusta, cambios que forman parte del proceso de vivir, de hacerse mayor, dentro de un entorno que pretende y aparenta ser moderno, pero se resiste a seguir modelos familiares de otro tiempo, que hoy día se han quedado caducos y forman parte de un tiempo de represión, desconfianza y retrogrado. San Martín que ha tenido en la escritura del guión la colaboración del director compatriota Roberto Doveris (que hace poco también nos sorprendía con Las plantas, en la que también exploraba el despertar sexual de una niña pero en un entorno social de aislamiento y soledad). Rara se suma a las nuevas miradas del cine latinoamericano, que triunfa en festivales internacionales, que se preocupan del ocaso de la infancia, a través de sutiles e inteligentes propuestas que escarban de manera profunda y bellísima los avatares de ese proceso tan convulso que nos provoca el despertar a la adolescencia, como Juana a los 12, de Martin Shanly o Paula de Eugenio Canevari, entre otras. Propuestas sencillas, que a través de una admirable contundencia formal y sutileza narrativa, se sumergen en terrenos fangosos saliendo airosos de manera brillante.

Entrevista a Carles Torras

Entrevista a Carles Torras, director de “Callback”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de enero de 2017 en la sala Nunes de la Acadèmia de Cinema Català en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Torras, por su tiempo, generosidad, y cariño, y a Sonia Uria y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, amistad y cariño, que también tuvieron el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Callback, de Carles Torras

callback_poster_cas_70x100SER UNO DE ELLOS.

“¿Te sientes cansado? ¿Estás decaído?

La solución a tus problemas no es huir de la ciudad.

Esta aquí, en esta lata.

Bebe Mega Boost y te sentirás bien”.

El artista pop Andy Warhol acuñó la frase: “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”, término que se ha convertido en el estandarte de muchísima gente, que dedica su vida para conseguir ese momento, de fama, de celebridad, de conseguir agradar a todos y convertirse en una especie de imagen a la que imitar y seguir, y si hay un país que continuamente vende ese mito es EE.UU., sus líderes propagan su discurso nacionalista de que su nación es la tierra prometida, la tierra de las oportunidades en la que cualquier persona, sin importar su condición, raza, sexo o religión puede conseguir lo que se proponga. Ese éxito de popularidad, fama y dinero que sacará de su vida al looser para convertirse en un triunfador.

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El cineasta Carles Torras (Barcelona, 1974) en su cuarto largo, explora ese mundo a través de la figura de Larry de Cecco, un inmigrante latino que se gana la vida como mozo de mudanzas, introduciéndose en casas y vidas ajenas, espacios a los que aspira, a esa vida soñada que le proporcionará su sueño de convertirse en actor profesional de anuncios publicitarios, a los que acude con asiduidad. Torras sigue centrado en ese mundo de lobos solitarios y seres de difícil adaptación en una sociedad vertiginosa y deshumanizada, como los jóvenes de buena familia que acababan cruzando el lado tenebroso y cometiendo abusos a los demás en un mundo dominado por drogas, sexo y dinero, en Joves (2004, filmada junto a Ramón Térmens), en su segundo largo Trash (2009) indagaba en las relaciones personales superficiales de usar y tirar y la banalidad del amor de nuestro tiempo, en su tercer trabajo, da un giro a su carrera y filma Open24h (2011), un minucioso ejercicio minimalista en blanco y negro sobre la dura existencia de un vigilante nocturno y su vida miserable.

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Todos ellos, seres inadaptados, tipos con serios problemas de aceptar un mundo al que no consiguen pertenecer, un mundo demasiado alejado de su percepción, tipos abocados a la miseria moral y al borde de la locura en todo momento. Larry de Cecco (magníficamente interpretado por el chileno Martín Bacigalupo, coguionista del filme, un personaje que fascina y aterra a partes iguales) es uno de esos tipos, como podrían serlo aquellos cowboys que se negaban a aceptar la velocidad y los cambios de una sociedad que no los admitía y los convertía en proscritos, o los Travis Bickle que volvían del infierno de Vietnam y tampoco lograban ser uno más en esta vorágine social que miraba hacia otro lado ante las injusticias y la pobreza. De Cecco lleva una vida aparentemente normal, pero sólo en apariencia, su vida, sencilla y humilde, se mueve de un lugar a otro, haciendo todos los posibles por seguir su sueño y convertirse en ese actor que tanto ansía, pero la cruda realidad de mozo de mudanzas, un trabajo para ir tirando, con un jefe antipático y rudo, que no le tenderá la mano cuando lo necesite, o la chica que se hospeda en su casa, y a la que De Cecco parece ver en ella algo más, y también, se tropezará con ese muro que brilla pero que encierra una realidad dura, triste y fría.

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Torras, junto a su equipo ha levantado un proyecto cooperativista que rezuma al cine independiente americano que ha sacado la mugre de debajo de la alfombra, criticando las miserias de una sociedad demasiado tradicionalista y ultraconservadora, como esas proclamas salvajes y falsas que escucha nuestro protagonista en las sesiones sicóticas de la iglesia evangélica a las que asiste para ser uno como ellos. Un retrato social y político, disfrazado de thriller psicológico, sobre el verdadero rostro de muchos que llegados de otras partes del mundo más desfavorecidas acaban en la ilegalidad de un país que vende humo y ficciones de luces de neón, que entran bien por los ojos, pero salen por las cloacas de la inmoralidad. La fotografía de tonos grises y apagados en un Nueva York alejado de la postal, obra de Juan Sebastián Vásquez (habitual de Torras) refuerza ese mundo de apariencia, de irrealidad, de pesadilla en el que se encuentra De Cecco, alguien que rechaza sus orígenes, porque su vida se ha convertido en un triunfo sólo por estar allí y querer ser uno de los americanos blancos, bien pensantes, ignorantes, nacionalistas y conservadores, que no solamente ama y cree en su país, sino que lo pone como ejemplo ante el resto del mundo.

La madre, de Alberto Morais

lamadre_poster_a4_webLAZOS ROTOS.

La película arranca de forma abrupta, sin concesiones, de modo seco y muy duro, sin tregua al espectador, nacida desde las entrañas, sin embudos ni parafernalias, capturando la vida, o podríamos decir la no vida de Miguel, un chaval de 14 años que está solo, aunque viva con su madre, trapichea lo que puede dentro de su mísera existencia, el bocadillo del compañero de clase, vende paquetitos de pañuelos a dos euros en los semáforos, roba embutido de extranjis en el súper de la esquina, y ahí va, huyendo de su vida, de una madre irresponsable que ni lo cuida ni se cuida, de un entorno social que ahoga, que no da tregua, que simplemente aniquila todo lo diferente, lo que escapa de lo establecido.

El cuarto largo de Alberto Morais (Valladolid, 1976) es un leve cambio de rumbo en su filmografía, un golpe de timón hacia un cine directo, un cine anclado en la realidad de ahora, en el instante fugaz de la actualidad, de lo de ahora, si bien sigue manteniendo el tono de documento con lo social y lo inmediato que ya tenían sus anteriores trabajos, y la estructura de viaje, retratando el itinerario que siguen sus personajes, pero se desmarca levemente en el tema de la memoria que, estructuraba su filmografía hasta ahora, en la que debutó con Un lugar en el cine (2008), un bellísimo homenaje al cine en el que el director Theo Angelopoulos en compañía de otro insigne realizador, Víctor Erice, viajaban hacía Ostia, playa donde fue asesinado Pasolini, a la que siguió Las olas (2011), en la que un señor viajaba hacia el campo de refugiados de Arguelès-sur-mer después de la muerte de su mujer, y finalmente, Los chicos del puerto (2013), en la un chaval en compañía de sus amigos deambulaban por Valencia con la esperanza de devolver una chaqueta militar a un antiguo compañero de su abuelo fallecido.

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Morais que vuelve a colaborar en labores de escritura con Ignacio Gutiérrez-Solana (con el que escribió Los chicos del puerto), y con Verónica García Navarro (socia-productora) logran hilar un relato marcado por la desilusión, el drama cotidiano y doméstico, donde el ámbito familiar ha sido derrotado, excluido y roto, en el que Miguel deberá subsistir como puede, y donde pueda, con lo que pueda conseguir, se ha convertido en un barco a la deriva, sin cariño, sin amor, sin nadie. Unos encuadres y planos que asfixian a los personajes, que sigue sin descanso a unos seres angustiados, sin futuro, que más que caminar o desplazarse, se mueven porque tienen que hacerlo, sin nada ni nadie que les espere, siempre mirando hacia atrás, en esa continua huida que se ha convertido sus maltrechas vidas, con mochila al hombro y a la carrera, con el miedo de los servicios sociales siempre acechando, en una vida que no es vida, sino alma en pena, perdida y desamparada, en un abandono que duele, que mata, que no debería ser así, pero lo es.

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La fotografía de Diego Dussuel (colaborador de Isaki Lacuesta) consigue atrapar esa luz seca, que encoge el ánimo, que nos penetra en el alama sin nada a lo que agarrarse, y el montaje de Julia Juániz (en muchas películas de Carlos Saura, y en la fascinante El cielo gira, de Mercedes Alvárez) abrupto, de corte limpio, soportando esos planos que pesan, en los que no entra la luz y el aire, que muerden, y el sonido de Daniel Fontrodona, un experto en la materia, consiguiendo ese aroma de la inmediatez, en la que los sonidos invaden todos los lugares y los estados de ánimo de los personajes. Un reparto ajustado en el que cada intérprete apoya la mirada de Miguel (un excelente Javier Mendo, que ha crecido en la pequeña pantalla a través de la serie Los protegidos) una mirada donde se sustenta toda la trama de la cinta, en la que Laia Marull (que aparecía en Las olas) compone una madre sin trabajo, vacía, sin nada, alejada de sí misma, y sobre todo, de su hijo, que contrapone con la aparición de la siempre estimulante Nieve de Medina, como la mujer redentora, dispuesta a ofrecer una mano si hace falta a nuestra criatura indefensa, y la presencia de Ovidiu Crisan dando vida a Bogdan, actor rumano (Rumanía es el país coproductor de la película, junto a Paulo Branco, el reconocidísimo productor de nombres como Wenders, Tanner, etc…, que actúa como productora asociada) de gran presencia física y temperamento, dando vida al ex-amante de la madre.

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Morais ha conseguido una película brillante, de talle delicado, construida a través del abandono, de esa mirada triste, en la que no juzga a sus personajes, sino que los retrata de forma realista, manteniéndose a la distancia prudente de no caer en maniqueísmos ni sentimentalismos de otras producciones. Una película que bebe de la gran tradición del cine británico, desde los tiempos del Free Cinema a los Loach, Frears o Leigh, en retratar los ambientes sociales más complejos y duros, y buena parte de la cinematografía francesa como Truffaut, Pialat, etc… en los que abordan de manera concisa y terrible los problemas a los que se ven sometidos los menores, sin olvidarnos de la fantástica aportación a este terreno de los hermanos Dardenne en el niño de la bicicleta. Cine de gran contenido social, que describe de forma brillante, y necesaria los problemas que nos rodean cada día, en respuesta a los medios y gobernantes de turno que no se detienen ni lo más mínimo en su atención, y cuando lo hacen, lo abordan de una forma simplista y terrible.


<p><a href=”https://vimeo.com/166356815″>TRAILER LA MADRE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user15386244″>Olivo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>