Ainhoa, yo no soy esa, de Carolina Astudillo

RETRATO DE UN DESENCANTO.

“El significado de una imagen no subyace en su origen sino en su destino”

Sherrie Levine

Las primeras impresiones que me vienen a la mente después de ver la película Ainhoa, yo no soy esa, de Carolina Astudillo (Santiago de Chile, 1975) tienen mucho que ver con la figura de Chris Marker (1921-2012) el cineasta ensayista de la memoria por excelencia, cuando refiriéndose a la naturaleza de las imágenes, mencionó: “Si las imágenes del presente no cambian, cambiemos las del pasado”, en relación a una frase de George Steiner que venía a decirnos que “No es el pasado el que nos domina, sino las imágenes del pasado”. Dicho esto, el concepto de la memoria es la base del trabajo de la cineasta chilena, afincada en Barcelona, ya desde sus primeras piezas, De monstruos y faldas (2008) o Lo indecible (2012) en los cuáles trazaba un profundo y sobrio trabajo sobre sendos casos de carcelación y tortura de las dictaduras españolas y chilenas, protagonizadas por personas anónimas, donde exploraba la memoria personal de aquellos invisibles, de los que nunca protagonizaban portadas de diarios, de tantos ausentes de la historia oficial.

Ya en su primer largometraje El gran vuelo (2014) retomaba lo investigado en el citado De monstruos y faldas, para retomar una de esas historias que pululaban por su pieza para centrarse en la figura de Clara Pueyo Jornet, militante del Partido Comunista que, después de huir de la cárcel de Les Corts en Barcelona, se perdió su pista. Astudillo tejía de manera extraordinaria un brillante y profundo retrato de la desaparecida a través de imágenes ajenas de la época de cuando vivió, ya que no existía material archivo de ninguna naturaleza, creando un mosaico magnífico en el que  indagaba en aspectos ocultos y oscuros de su biografía y dejaba abiertos todos los posibles caminos de su destino, a más, de realizar un ensayo sobre la naturaleza de las imágenes utilizadas, en la que realizaba un exhaustivo análisis de las imágenes, deteniéndose en cómo eran filmadas las mujeres, en su mayoría pertenecientes al servicio.

En su segunda película, la directora chilena va mucho más allá, porque vuelve a centrarse en una persona anónima, la citada Ainhoa Mata Juanicotena (1971-2016) una ciudadana más, una desconocida más, aunque el proceso creativo de la película anduvo por otros lares a los empleados en El gran vuelo, porque si en aquella la ausencia de imágenes provocó la búsqueda de otras de la época, en esta ocasión, la abundancia de material significó otro reto, elegir una idea entre tantas posibles, ya que había tantos caminos abiertos como diferentes. Patxi, hermano de Ainhoa, puso en manos de la cineasta material fílmico realizado en Súper 8, registrado por el padre, material en video, filmado por la propia Ainhoa, grabaciones telefónicas, cientos de fotografías familiares y los diarios de la joven citada. Un material inédito y familiar que abarcaba casi 40 años de vida, una vida llena de momentos alegres y divertidos sobre la infancia y la aventura de crecer, y también, esa adolescencia inquieta y esa juventud desencantada de la protagonista.

Astudillo construye una fascinante y maravillosa película fragmentada, grande en su sencillez e inabarcable en su reflexión, llena de idas y venidas por la biografía de Ainhoa, desde su infancia, pasando por la adolescencia y llegando a la edad adulta. Un viaje sin fin, un recorrido por su vida, por la fragmentación de su vida, a través de las películas de Súper 8 del padre, las fotografías y las grabaciones, donde Astudillo reflexiona sobre la naturaleza de las imágenes, su textura, sus imperfecciones producidas por el paso del tiempo y conservación, donde vemos a una familia feliz que disfrutan en vacaciones, con los padres de Ainhoa, sus dos hermanos mayores y ella misma, tanto en el País Vasco y su emigración a Barcelona. Momentos de otro tiempo, de un pasado lejano que jamás volverá, en el que las imágenes familiares dejan paso a una reflexión magnífica sobre la familia y la biografía propia, a la que la directora chilena añade lecturas del diario de Ainhoa, leídos por Isabel Cadenas Cañón, autora de También eso era el verano, un álbum familiar sin fotografías, una estupenda metáfora del viaje que propone Astudillo, en relación a la naturaleza de las imágenes, su destino, nuestra relación con ellas desde el presente, unas imágenes que explican unas vidas, algunas de ellas ausentes, cómo se detalla en la película.

Astudillo plantea una película de múltiples capas, a las que va añadiendo elementos que van añadiendo más piezas al caleidoscopio complejo de la existencia de Ainhoa y su familia,  como añadir su propia presencia, donde la directora, filmada en Súper 8, con el mismo formato cuadrado que acompaña a esas imágenes encontradas de la familia, en las que la directora se convierte en interlocutora con la propia Ainhoa, a la que escribe una carta que sabe que jamás leerá, en la que reflexiona en primera persona sobre acciones y decisiones comunes con la propia Ainhoa,  también leerá diferentes textos procedentes de diarios de artistas insignes como Frida Kahlo, Simone de Beauvoir, Susan Sontag, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik o Anne Sexton, algunas de ellas suicidas, como el fatal destino de Ainhoa, textos que, al igual que el de Ainhoa, se convierten en textos muy íntimos, donde descubrimos pensamientos, reflexiones y sensaciones sobre la maternidad obligada, la menstruación o el aborto, explicado de manera natural y sincera. También, escucharemos diferentes testimonios que nos hablan de otros aspectos y elementos de la propia Ainhoa, como los de su hermano Patxi, Esther, Lluís o Dave, personas que en algún momento u otro de sus existencias se cruzaron en la vida de Ainhoa.

Astudillo vuelve a contar con su equipo cómplice y habitual que raya a una altura inconmensurable, con el montaje de Ana Pfaff que realiza un trabajo memorable que entrañaba muchas dificultades, llevándonos de un tiempo a otro de manera sencilla y bella, haciéndonos reflexionar, a través de la naturaleza de las imágenes y su diálogo con el pasado y el presente, y Alejandra Molina en la edición de sonido, otro apartado esencial en el universo caleidoscopio y laberíntico de Astudillo, y la aportación en el Súper 8 de Paola Lagos, así como la suave y delicada música de La Musa, que añade otra lectura más si cabe en la vida de Ainhoa. Así como sus objetos más íntimos, como discos de grupos de rock radical vasco, fotografías, sus pinturas, pipas, y su cartera, objetos de alguien que vivió a su ritmo, que mostraba dos caras, la del exterior, donde era alguien duro y frívolo, y la del interior, que conocemos a través de sus diarios, donde se mostraba solitaria, sensible, angustiada y torturada, una persona que no encontraba el amor, que se sentía insatisfecha con su vida, con su trabajo, y quería escapar de todo y acabó con malas compañías, drogas y demás pozos oscuros, que quiso vivir demasiado deprisa, lanzándose al vacío, como le ocurrió a tantos de su generación, unos seres con inquietudes artísticas, curiosos pero perdidos en sí mismos y a la deriva en una sociedad que prometía tanto y finalmente ofreció tan poco y acabó desaparecida en su abismo, en aquellos años de finales de los 80, cuando Ainhoa se va aislando de todo y todos, marginándose en un bucle peligroso que la llevó a tomar una decisión irreversible y mortal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Antes de la quema, de Fernando Colomo

CAÍ, CHIRIGOTAS Y NARCOS.

Estamos en un día cualquiera en Caí, Cadíz, para los que no lo sepan, y conocemos a Quique, un gaditano sin oficio ni beneficio, eso sí, de Caí hasta la médula, apasionado del Carnaval, y más que nada, de sus chirigotas. Después del varapalo de perder a su padre, con una madre senil y una hermana en la cárcel por narcotráfico, encuentra acomodo como jardinero en una planta algo singular, porque es el almacén donde se guarda la droga incautada por la policía que más tarde será quemada. Y cómo él que no quiere la cosa, la existencia más o menos habitual de Quique, pega un vuelco de 180 grados cuando “El Tuti”, un narco de la zona, se encariña con sus chirigotas y se hacen “colegas”, y más aún cuando descubre donde trabaja. La cosa se irá complicando y de qué manera, porque entra otro tipo en el bisnes, un tal “El Gallego”, un individuo mal carado y profesional del asunto, que se asocia con el mencionado Tuti para robar la droga y para eso necesitan la “colaboración” de Quique, para más líos, el susodicho se enamorisquea de Rosario, una que trabaja para “El Gallego”, y aún hay más, para redondear el entuerto, la hermana de Quique sale en libertad y se hace amiga de “El Tuti”. Menudo dilema se le presenta a Quique, que a más, tiene un as en la manga que según se mire, le va a quemar más que buena fortuna le pueda traer.

El nuevo trabajo de Fernando Colomo (Madrid, 1946) tras las cámaras viene después del éxito de La Tribu (2018) de la temporada pasada, que venía precedida de Isla bonita (2015) mitad autobiográfica-ficción en que le propio Colomo era uno de los actores, parodiándose de él mismo, porque interpretaba a un director con poca o nada suerte. Colomo no necesita presentación en esto de contar historias, porque lleva más de cuarenta años liado con esto del cine, su filmografía abarca más de la veintena de títulos, ha dirigido también series, ha hecho de actor para él y para otros, y ha producido a gente como Fernando Trueba, Icíar Bollaín, Mariano Barroso o Daniel Calparsoro, entre otros. El cineasta madrileño, uno de los baluartes de la llama “Comedia madrileña” ha dirigido grandes éxitos como La vida alegre, Bajarse al moro, El efecto mariposa o Cuarteto de la Habana, en el que han primado siempre las comedias, historias sentimentales, de enredo, con su pizca de reflejo de los tiempos, y haciendo críticas feroces a todos esos tipejos y tipejas de clase media que ansiaban pegar el pelotazo y retirarse a algún paraíso inventado, aunque, en muchas ocasiones, se tropiezan con pobres diablos, que trabajan y sueñan de sol a sol, sin más cosa que su esfuerzo, su desdicha y sus tribulaciones cotidianas.

Quique es uno de esos tipos, un tipo “Colomo”, uno de esos que acaba liándose aunque no quiera, aunque no lo desee en absoluto, pero no da más de sí, y se lía del todo. Colomo los mira con cariño, los maltrata un poco y los hace torpes, metepatas y mucho más, pero, eso sí, nunca son tipos con mala idea, su mala fortuna se debe a su buena fe que no acaba de entenderse con tanta claridad como ellos imaginan. Colomo vuelve a dejar Madrid como en sus anteriores películas, con un guión firmado por Javier Jáuregui, se traslada a Cadíz, en el que extrae todo su gracego en la voz de Quique, que es uno de los elementos principales de la película, así como mofarse de los topicazos de la zona, la gandulería, los eternos fiesteros y cosas por el estilo. Colomo lo pasa a través de su mirada y va soltando sus críticas, a la vez que el personal se va riendo siempre queda ese puntito de mordacidad tan marca de la casa. Porque la película hace reír, pero también nos cuenta un retrato de los muchos espabilados que se mueven por la zona, esos tipejos que antes hablábamos en el cine de Colomo, que ansían con hacer su mundial y retirarse, aunque esta vez tropezarán no sólo con Quique, sino también con aquello que el citado oculta, que no es moco de pavo.

La película tiene ritmo y se mueve con gracia y salero, consiguiendo retratar la maravilla paisajista de Cadíz, pero también, todo aquello que se huele y se cuece, sin caer demasiado en la postalita, sino llevándonos con audacia y valentía por los diferentes lugares y tonos de la película, aunque vemos drama, siempre ligero, porque la comedia y ese ímpetu de reírse de las desgracias, aunque sean tan heavies, muy característico de los gaditanos, prevalecerá ante los pliegues de drama que florecen en algún que otro momento de la película. El director madrileño se agrupa con un reparto fresco y dinámico en el que destaca el buen hacer de Salva Reina como Quique, el guía de la función, bien acompañado por naturalidad y simpatía de Manuela Velasco, o el desparpajo y la curiosidad de Maggie Civantos.

Y qué decir de los intérpretes de reparto con esos enormes Joaquín Núñez como “El Tuti”, ahí es nada, menuda pieza, que lo presenta como un pequeño diablillo, o no tan pequeño, y Manuel Manquiña como “El Gallego”, emulando a aquel adorable “Pazos” que tantas alegrías le dio en Airbaig, y la presencia de Sebastián Haro como guardia de seguridad, siempre un acierto en cualquier reparto. Colomo ha construido una película muy de su estilo, hay una historia graciosa y oscurilla que hace reír y pasar un rato agradable, una love history más o menos, que hará sufrir y padecer al respetable, hay apuros económicos, una familia que va o no, y sobre todo, hay un retrato de ese Caí que quizás el turismo ve poco o nada, y esa forma de ser y hablar tan de Caí, con sus tejemanejes, con sus chirigotas críticas con la sociedad actual y demás, y su carnaval que otra cosa no, pero que no veas cómo se vive en Caí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Regresa El Cepa, de Víctor Matellano

CUARENTA AÑOS DESPUÉS.

“La libertad de expresión es decir aquello que la gente no quiere oír”.

George Orwell

En un instante de la película, el abogado Joaquín Ruiz Jiménez Aguilar, qué representó a la directora Pilar Miró durante el proceso, menciona una frase significativa: “El nuestro es un país con poquitos derechos”, haciendo hincapié a aquellos convulsos años setenta que España atravesó como un cuchillo afilado, observando que han cambiado las cosas, por supuesto, pero no como deberían haberlo hecho, quedándose a medias en la libertad de expresión y en otros menesteres. El director Víctor Matellano, incansable autor tanto en la dirección teatral como en la escritura de libros relacionados con el cine, debutó en el largometraje con Zarpazos! Un viaje por el Spanish Horror (2014) documental que registraba con cineastas de ahora y de antes el fantástico español, luego en películas fantásticas como Vampyres (2015) donde construía un film-homenaje de Las hijas de Drácula, de José Ramón Larranz (1974) y en Parada en el infierno (2017) una del oeste con muchos ecos al Spaghetti Western.

Ahora, vuelve a centrarse en el cine, y más concretamente en El crimen de Cuenca, de Pilar Miró, rodada en 1979, y su posterior calvario, cuando el Ejército y la Guardia Civil denunciaron la película por sus secuencias de las torturas, y la película fue secuestrada y pasó por un tremendo vía crucis hasta su estreno casi dos años después en agosto de 1981, proceso que cambió la ley del código militar para que sociedad militar y civil no fuesen cogidas de la mano y no volvieran a suceder hechos tan lamentables por los que pasó la película. La acción arranca en la actualidad con el actor Guillermo Montesinos regresando a Osa de la vega, en Cuenca, donde cuarenta años atrás se había filmado la película, haciendo alusión al momento de la película cuando “El Cepa”, su personaje, volvía al pueblo, cuando todos creían que había sido asesinado, el famoso “Caso Grimaldos” ocurrido en la zona en 1913, cuando dos campesinos fueron detenidos, salvajemente torturados y encarcelados por un crimen que nunca se cometió.

También, vemos algunas imágenes de la película, de archivo sobre el caso real y el proceso que sufrió la película, y sobre todo, escuchamos a los protagonistas de la historia, intérpretes de la película, como Héctor Alterio, José Manuel Cervino, Mercedes Sampietro, entre otros, técnicos como los guionistas Juan Antonio Porto o Lola Salvador,  Marisol Carnicero, jefa de producción, o Hans Burmann, camarógrafo, políticos que vivieron la época de primera mano como José Bono, responsables de instituciones que vivieron el caso, especialistas sobre el proceso de la película como Diego Galán o Fernando Lara, el citado abogado de Pilar Miró, vecinos que participaron como figurantes en la película, descendientes de los personajes reales, y la visión femenina actual de aquellos hechos con testimonios de Mabel Lozano, Marta Ingelmo o Gozie Blanco, incluso alguna entrevista a Pilar Miró. La película explica con agilidad y veracidad todos los hechos que ocurrieron con la película, su secuestro, el estreno en el Festival de Berlín, el apoyo recibido, el intento de golpe de estado del 23-F, cuando Pilar Miró y algunos miembros de la película, ocupaban las miradas inquisitorias de los militares sublevados, y demás acontecimientos que vivió en primera persona una película que denunciaba unas torturadas verificadas más de sesenta años atrás, aunque muchos autoridades militares vieron una relación significativa con aquellas que ocurrían en aquella España todavía franquista que caminaba a pasos lentísimos hacia la libertad.

Matellano nos envuelve en un thriller sincero y honesto, imprimiendo ritmo y verdad a todo lo que se cuenta, aportando con documentación todo el contexto político y social en la que se vio inmersa la película, indagando en la soledad y el calvario personal que vivió Pilar Miró, que dirigía su segunda película y tuvo que vivir un proceso injusto, malvado y propio de un país que todavía tenía caliente el cadáver del dictador, un país que todavía mantenía las estructuras de la dictadura y sobre todo, un país con miedo, inseguro y dormido, que a cada paso que se daba se escuchaban ruidos de sables e inquietaba a los poderes franquistas todavía en el poder. Un documento excepcional para entender de los lodos de dónde venimos, las personas y los acontecimientos históricos que tuvieron que sobrevivir tantos y tantos, aquellos que se quedaron en el camino, y los momentos actuales, donde la libertad de expresión vuelve a sufrir y vuelve a encaminarse a unas estructuras demasiado conservadoras y caciquescas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lara Vilanova

Entrevista a Lara Vilanova, camarógrafa de la película “Trinta Lumes”, de Diana Toucedo, en el Ateneu Barcelonès en Barcelona, el viernes 28 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lara Vilanova, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Diana Toucedo, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Diana Toucedo

Entrevista a Diana Toucedo, directora de la película “Trinta Lumes”, en el marco del D’A Film Festival, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 4 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diana Toucedo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Trinta Lumes, de Diana Toucedo

EL PAISAJE DE LO INVISIBLE.

En la profundidad del bosque, en aquello que no logramos ver, en lo que vive y transita entre lo oculto, se desplaza entre las sombras, en ese mundo oscuro para nuestras percepciones, en esa atmósfera en que las cosas ya no son como las conocemos, en ese otro lugar donde viven los que ya no están, en ese espacio invisible, en ese no lugar en que sólo algunos, los más inquietos y sensibles, logran traspasar esos muros no perceptibles, y adentrarse en ese otro mundo, en ese espacio donde habitan los difuntos, en ese mundo, igual que el nuestro, pero sometido a otras leyes, estructuras y sensibilidades. Una niña llamada Alba Arias, de 13 años de edad, será la figura curiosa y sensible que nos abra esas puertas que no vemos, pero viven entre nosotros, a nuestro alrededor, cerca de nosotros. Después de montar más de una veintena de títulos, entre los que destacan trabajos de Isaki Lacuesta, Eva Vila, Julia Ist, o Los desheredados, de Laura Ferrés, o A estación violenta, de Anxos Fazáns, entre otros, y dirigir un buen puñado de cortometrajes, la gallega Diana Toucedo (1982, Redondela, Pontevedra) enmarca en su tierra, su primer largo, y lo hace desde un marco muy especial, en las montañas de “O Courel”, y en otros tantos pueblos de la región, en la Galicia interior, y a través de una mirada íntima y muy personal, recoge las costumbres e idiosincrasia de esos pueblos y sus gentes, en que la película se bifurca en dos grandes ejes.

Por un lado, tenemos el documento, donde Toucedo, de forma sencilla y reposada, retrata su paisaje, sus montañas, sus cielos, su naturaleza, los fenómenos atmosféricos, donde vemos caer la lluvia, arreciar el viento o encogerse con el frío, en que el paso del tiempo se convierte en un elemento más del retrato, y también, sus gentes y costumbres, la ganadería, con esas vacas pardas caminar por las angostas calles de los pueblos, la camaradería entre sus habitantes, y los quehaceres diarios de sus gentes (como la dulce y curiosidad de la niña pequeña y su cotidianidad junto a su madre y en el colegio) haciendo especial hincapié a la despoblación de las zonas rurales y el olvido de tantos. Por el otro lado, Toucedo construya una emocionante y cotidiana fábula que transita entre lo fantástico y el terror,  siguiendo la aventura de una niña, la citada Alba (que recuerda a la llevada a cabo por la Alicia de Carroll) que ha emprendido una búsqueda a todo aquello que no entiende, a aquello que le es ajeno, a ese mundo de los difuntos, que según las costumbres galegas, siguen ahí, conviviendo entre nosotros, como uno más, aunque sólo algunos son capaces de verlos, de convivir con ellos y aceptarlos como algo natural.

Alba es una de esas personas, y con la compañía de su amigo Samuel, se adentra en ese mundo, mientras asiste a las clases, donde escuchamos la memoria de los ancestros, la fantasía y las leyendas del pasado, donde seres mitológicos convivían con los habitantes de los pueblos. Aunque estos dos relatos casan de forma natural y honesta en el marco de la película, fundiéndose en el relato, caminando a la par, y formando parte del todo, retroalimentándose una a la otra, y siguiendo firme en el transcurso de la película, retratando ese paisaje visible y evidente del que somos testigos, y es otro paisaje, más difícil de ver y de sentir, que la película logra hacer visible, desenmarañando sus brumas y acercándolo para nosotros, en un viaje espiritual, a lo más profundo de nuestros sentidos, y abriéndonos de manera clarividente a ese otro mundo, que también está aquí, entre nosotros, más vivo que nunca.

La maravillosa y fascinante luz de Lara Vilanova (que recuerda a los mejores trabajos de Luis Cuadrado o Teo Escamilla) con esos poderosos interiores claroscuros (como la sorprendente secuencia en el interior de la casa a oscuras con Alba y Samuel) y la captación de esa naturaleza en continuo movimiento, con sus peculiaridades y demás, bien acompañada por el envolvente sonido obra de Oriol Gallart, y la música con tonos fantásticos de Sergio Moure de Oteyza, nos sumergen en este viaje de travesía fantástica, en que todo es posible, en que las cosas más ocultas y enterradas, asumen su evidencia a través de lo más íntimo y personal. Sin olvidarnos del inmenso trabajo de montaje que Toucedo comparte con Ana Pfaff (Responsable en trabajos firmados por Carolina Astudillo, Carla Simón o Meritxel Colell, entre muchos otros) dotando a la película de ese ritmo pausado pero alejado del ensimismamiento que quitaría fuerza a lo contado.

Toucedo ha vuelto a su tierra a través del cineasta inquieto que se acerca a lo más íntimo, a contarnos la vida de sus gentes, y de sus paisajes, del que mira con curiosidad la tierra que dejó hace tiempo, del que vuelve con su cámara a retratarnos sus sensaciones, reflexiones y miedos ante un mundo cambiante, diferente y continuamente amenazado, que todavía se resiste a morir, como en algún momento explican algunos de sus personajes, esa resistencia de vivir en ese lugar, a través del tiempo, compartiendo con aquellos que no están, y los que están, sintiendo que cada camino, cada piedra y cada aliento nos retrotrae a ese mundo en el que conviven de forma natural la vida y la muerte, o lo que es lo mismo, los vivos y los difuntos, a través de ese fascinante personaje de Alba, una niña que recuerda y de qué manera a aquella Ana, que viajaba al mundo de los espíritus, en El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, una película con la que Trinta Lumes, esos puntos de luz en forma de ánimas, comparte muchas cosas, igual que con las recientes Penélope, de Eva Vila (en que Toucedo es su montadora) y Con el viento, de Meritxell Colell (en la que Pfaff es su montadora) en que el viaje de vuelta al pueblo, a lo rural, a las raíces, revela mucho más a sus personajes de lo que ellos se esperaban, convirtiendo sus travesías en una forma de lucha interna entre aquello que dejaron y aquello que se encuentran, descubriendo y descubriéndose en esos espacios, sus allegados, esas costumbres y sus tradiciones.


<p><a href=”https://vimeo.com/306661916″>&quot;TRINTA LUMES&quot; – Trailer</a> from <a href=”https://vimeo.com/elamedia”>Elamedia Estudios</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Ana de día, de Andrea Jaurrieta

LAS MÁSCARAS IMPUESTAS.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita.”

Oscar Wilde.

Los lectores más fieles recordarán la novela de El hombre duplicado, de José Saramago, en la que explicaba la trama de un hombre que un día se topaba con un actor idéntico a él, y a partir de ese instante, emprendía una búsqueda sobre quién era el real, y quién no, a partir de la confrontación con el otro. La puesta de largo de Andrea Jaurrieta (Pamplona, 1986) se mueve en esos paralelismos, pero Ana, la protagonista de la película, no buscará la confrontación, sino que huirá, replanteándose su propia identidad y existencia, emprendiendo un viaje interior que la llevará a asumir otro aspecto físico, y sobre todo, viviendo todas esas vidas que nunca se atrevió a vivir. Jaurrieta ya había reflexionado en sus cortos con la idea del personaje huyendo de sí mismo, encerrados en una vidas impuestas por la sociedad y por ellos mismos, vidas programadas y teledirigidas, vidas por inercia, pero, vidas vacías, vidas frustradas que no acaban de llenar a la persona en cuestión. De todo esto y más nos habla la película, una cinta que ha tenido un laborioso proceso de producción que le ha llevado ocho años, una película de carácter independiente y libre, que aborda muchas de las cuestiones que sufrimos los jóvenes, conflictos sobre nuestra identidad, sobre qué vida queremos, y que cosas tenemos que hacer.

La cineasta navarra aborda todos estos problemas a través de un arranque surrealista, que firmaría el mismísimo Buñuel, cuando Ana, de buena familia, abogada y a punto de casarse, se topa con una mujer idéntica a ella, alguien que ha asumido su vida, alguien que ha usurpado su propia identidad, alguien que la ha sustituido. Pero, Ana, la que nos muestran como original, no busca la confrontación para descubrir quién es la copia o qué demonios ocurre, sino que emprende la huida, planteándose como una oportunidad de escapar de su propia vida hasta la fecha, y descubrirse a sí misma adoptando una nueva identidad, la de Nina, una bailarina que acaba de llegar a Madrid y busca trabajo, un empleo que lo encontrará en la noche, en una especie de cabaret venido a menos, pero con encanto, al que todos llaman “Radio City Music Hall”, en alusión a la época dorada de Hollywood. Nina se hospedará en una pensión de tres al cuarto, y bailará, y también, se prostituirá guiada por Marcelo (apuesto y varonil Álvaro Ogalla) una especie de Don Juan nocturno, que frecuenta el cabaret, y además, también la introducirá en una espiral de sexo libre.

La vida de Ana la vivirá esa otra que ha aparecido, y Nina, la ex Ana, vivirá su particular existencia rodeada de neones y plumas, interpretando a otra, quizás aquella que nunca se atrevió a ser, o quizás a aquella que nunca quiso ser, por miedo o vergüenza, o por no saber adónde ir. Nina vive de noche, baila en el cabaret, entabla amistad con el “Maestro” (estupendo Fernando Ulbizu, como gigante bonachón y de gran corazón) un trotamundos del espectáculo, que se refugia en las catacumbas del cabaret, y se convierte en su mejor compañía, y después está Marcelo, un tipo oscuro y enigmático, del que nada sabemos de él, y menos Nina, que se deja llevar por él, y comienza a experimentar un sexo libre, sin ataduras y bestial, ese que nunca había sentido. Nina se levanta por las tardes, y se relaciona con Sole, la dueña de la pensión, mujeres que vivieron la represión y siguen martirizadas por no vivir sus propias vidas, y también, pululan otros personajes, a cuál más extraño y apocado. La película se mueve tras los pasos de Nina, sus inquietudes, su amargura, sueños y (des) ilusiones en su nueva existencia, amparada por la noche, casi alguien que tiene la necesidad de huir de su pasado, de quién era, pero sin conocer su destino, buscándose entre las brumas de la noche, entre las tinieblas de cualquier galán de turno, y esperando descubrirse a sí misma, sacar de sus entrañas todo aquello reprimido, todo lo que dejó un día de hacer o sentir.

Jaurrieta construye su película desde lo social, pero también, desde lo onírico y extravagante, jugando con las formas, texturas, colores y sonidos, y esa música, áspera y axfixiante, mezclada con temas populares de desamor y desgarro emocional, donde en ocasiones, asistimos a una aventura sórdida y marginal, y en otras, estamos en un cuento de hadas donde encontramos a una heroína de barrio que está perdida y sin ganas de seguir luchando por encontrar la salida del laberinto. Una película de seres extraños y oscuros, personajes que se ocultan de la realidad, que desaprecen del mundo para construirse otro, de ese mundo exterior implacable y brutal con los que se niegan a seguir el ritmo, a seguir siendo uno más, dejando atrás lo que ellos son, como Madame Lacroix, interpretado por la veterana Maria José Alfonso, antigua vedette, que ahora lima sus últimos coletazos rodeada de un glamur de pandereta, de un garito lleno de plumas y lentejuelas del chino, de un espacio casi marginal, que sirve de escaparate para torpes borrachos, salidos de mierda, o desahuciados de otros lares más lujosos, una especie de invitación para prostituir a las chichas. Quizás la misma moneda, pero vista desde otro ángulo, tenemos a Sole (maravillosa la interpretación de Mona Martínez, que recuerda a Saturna, la criada que hizo Lola Gaos en Tristana, de Buñuel) esa mujer con tantas carencias emocionales, que quiere a Nina como una hermana pequeña, algo así como esa mujer que vive la vida que Sole nunca podrá tener por miedo y agallas.

Y qué decir de la inmensa interpretación de Ingrid García-Jonsson, en un doble rol, con esa fragilidad y naturalidad que captura, y no menos, de esa sexualidad desatada que despierta como forma de descubrimiento personal y de liberación, siendo valiente para enfrentarse a su cuerpo, su sexo y su forma de sentir diferente, a su manera, haciendo otro tipo de cosas inesperadas y diferentes, esas que no esperaba sentir. Jaurrieta no esconde sus referencias, que son muchas y diversas, adoptándolas para narrar su visión de la identidad de la gente de su generación, de la gente como ella, con la frescura, transgresión y la libertad del primer cine de la transición como Bigas Luna, Pedro Almodóvar, Iván Zulueta o Fernando Colomo, o a través de esos mundos sórdidos y marginales que tanto le gustaban poblados de esos personajes que se ocultan de sí mismos y nunca acaban de decantarse por ninguna identidad como le gustaban a Cassavetes o Fassbinder, y esos mundos fríos y de falsas morales tan propios de Chabrol o Haneke, y tantos submundos e inframundos que pululan en las grandes ciudades, pero pasan completamente inadvertidos para la mayoría, esos lugares anclados en un tiempo que ya no es tiempo, movidos por la falsa ilusión de tener o pertenecer a algo, aunque sepan a ciencia cierta, que todo es mera cobardía para no enfrentarse a sí mismos, y más aún, para vivir las vidas que realmente quieren vivir, porque en realidad, la película plantea la identidad desde un modo directo y natural, como enfrentarse a esos espejos a los que no queremos reflejarnos, todo por miedo a no reconocernos en ellos.