Entrevista a Sofi Escudé

Entrevista a Sofi Escudé, montadora de la película “Las niñas”, de Pilar Palomero, en su domicilio en Valldoreix, el sábado 6 de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sofie Escudé, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Aymar del Amo de l’AMMAC, Associació de Muntadores i Muntadors Audiovisuals de Catalunya, por su amabilidad, paciencia y cariño.

El chico, de Charles Chaplin

LA GRANDEZA DE LOS DESHEREDADOS.

“No tenía idea sobre qué maquillaje ponerme. No me gustaba mi personaje como reportero (en Carlitos periodista). Sin embargo en el camino al guardarropa pensé en usar pantalones bombachudos, grandes zapatos, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones holgados, el saco estrecho, el sombrero pequeño y los zapatos anchos. Estaba indeciso entre parecer joven o mayor, pero recordando que Sennett quería que pareciera una persona de mucha más edad, agregué un pequeño bigote que, pensé, agregaría más edad sin ocultar mi expresión. No tenía ninguna idea del personaje pero tan pronto estuve preparado, el maquillaje y las ropas me hicieron sentir el personaje, comencé a conocerlo y cuando llegué al escenario ya había nacido por completo”.​

Charles Chaplin en su libro de memorias.

Hace un siglo, en febrero de 1921, llegaba a los cines de EE.UU., The Kid (El chico), el primer largometraje de Charles Chaplin (1889-1977), luego vendrán La quimera del oro, Luces de la ciudad, Tiempos modernos y El gran dictador, entre otras, películas que han trascendido al propio arte cinematográfico y se han instalado en nuestras vidas. Chaplin debuta en el cine mudo en 1914 con su personaje mendigo, y quiere llevarlo a un cine diferente, más largo y contando otro tipo de relatos. Será ese mismo año, en 1914, donde nació su  “The Tramp”, de nombre Charlot, su vagabundo más pobre que las ratas, perdido, sin nada que hacer, comer, y sobre todo, un paria con una gran habilidad para meterse en líos, eso sí, un tipo que, a pesar de sus lamentables circunstancias, era un tipo refinado, con clase y de buenísimas maneras, porque lo cortés no quita lo valiente.

La primera vez que el cine vio a Charlot fue en Carreras sofocantes en 1914, de la compañía Keystone, aunque había sido en una película anterior Extraños dilemas de Mabel, donde ideó el atuendo de su célebre personaje, pero esta última película se estrenó después que la otra. Cien años después, nos llega a las pantallas, en una magnífica restauración con la exquisita técnica del 4K, El chico, donde Chaplin nos ofrece una delicadísima y magnífica película sobre la infancia, con esa ya imprescindible frase que abría la película: “Una película con una sonrisa, y quizá, una lágrima”. Una sentencia que sería el leit motiv de su carrera, porque Chaplin siempre buscaba esa idea en su cine, contar una historia apegada a la realidad más dura y desoladora, pero sin olvidar de sonreír, porque la existencia humana ya tiene mucho de drama en su propia idiosincrasia. Ver la nueva copia de El chico es una experiencia asombrosa, porque no solo engrandecen las imágenes filmadas por Chaplin cien años atrás, sino que nos envuelve en ese aura mágica que tiene el cine, esa emoción indescriptible cuando las luces se apagan y empiezan los sueños, y alguna que otra pesadilla.

Chaplin en aquel lejano 1921, quería ir más allá en su cine, y sobre todo, pretendía dar forma a una carrera en la que su vagabundo fuese el centro de atención en historias más dramáticas, ahí nació El chico, donde el genio nacido en Inglaterra, habla a tumba a vierta de su difícil y triste infancia, en la que, entre otras penalidades, sufrió verse separado de su madre, como rememorará en la extraordinaria secuencia cuando separan al vagabundo y al niño, en uno de esos momentos que han traspasado el cine, la pantalla y la historia. La historia que cuenta El chico es muy sencilla, un vagabundo encuentra por casualidad un bebé que cuidará como si fuese suyo, a pesar de las necesidades. Cinco años más tarde, los dos se han convertido en padre e hijo, y como dos granujas se ganan la vida como pueden y les dejan, inventando las triquiñuelas más imaginativas. Pero, todo cambiará cuando el niño enferma, aparece el médico y los servicios sociales quieren arrebatarle el niño ya que no es suyo. Charlot hará lo imposible para no perder al niño y que sigan estando juntos, situación que también desea el pequeño.

La indudable maestría de Chaplin es abrumadora, su composición del encuadre, sus maravillosas elipsis, el excelso tratamiento de los diversos conflictos, la infinita inventiva de mezclar drama y comedia en la misma secuencia, y con un dinamismo brutal, que nunca se agota, que siempre va a más, con un control sobre el tempo cinematográfico que ya era moderno y sigue siéndolo, donde todo va ocurriendo sin decaer en ningún instante, con una maravillosa intuición para mostrar lo oculto, y ocultar aquello que es necesario, en que el espectador se convierte en un agente despierto, inteligente y perspicaz. El crítico André Bazin lo describía a las mil maravillas en su “Introduction à une symbolique de Charlot”: (…) “Queda por señalar que las mejores películas de Chaplin pueden volver a verse una y otra vez sin que disminuya el placer, muy al contrario. Sin duda se debe a que la satisfacción que dejan determinados gags es inagotable por la profundidad que tienen, pero, sobre todo, a que ni la comicidad ni el valor estético son en absoluto deudores de la sorpresa. Ésta se agota una vez, y en su lugar queda un placer mucho más refinado que es la expectativa y el reconocimiento de una perfección”.

Para el personaje del niño, Chaplin optó por Jackie Coogan (1914-1984), un niño que lo enamoró mientras bailaba en un vaudeville. Porque el personaje del niño funciona como un doble del propio Charlot, una relación entre padre e hijo, pero también, una relación entre Charlot adulto y Charlot niño, en una simbiosis perfecta que funciona con elegancia y ritmo, dos almas necesitadas, sí, pero que irradian simpatía, sensibilidad y amor. Es un inmenso placer descubrir por primera vez el cine de Chaplin, y más aún, volver a descubrir y redescubrirlo cada vez que miramos una de sus películas, porque nunca se agotan, porque están llenas de inventos, de sueños, de alguna pesadilla, de humor, de alegría, y sobre todo, de humanismo, porque si Charles Chaplin y su añorado “Charlot”, han pasado a la historia del cine, y se han instalado en nuestra vida, es por sus características humanas, un cine sobre la condición humana, sobre lo que vemos y lo que ocultamos, un cine que se convierte en un reflejo de nuestras vidas, de lo que somos, y de lo que soñamos, esa humanidad que a veces nos olvidamos de ella, y nos empeñamos en ser quiénes no somos, Chaplin, a pesar de las injusticias, desigualdades y guerras, siempre nos habla desde el corazón, desde lo más profundo del alma, para que no olvidemos nuestra humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Borrell

Entrevista a Marta Borrell, protagonista de la película “Una luz en la oscuridad”, de José M. Borrell, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a José M. Borrell

Entrevista a José M. Borrell, director de la película “Una luz en la oscuridad”, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José M. Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Una luz en la oscuridad, de José M. Borrell

MIRAR AL OTRO. 

“Educar es formar personas aptar para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros”

Herbert Spencer

Todo empieza con un viaje de fin de curso a Marruecos, en el que Marta Borrell, una niña de 15 años del Colegio Aljarafe de Sevilla, es testigo de la triste realidad de las escuelas del país. El siguiente verano, acompañada de su familia, visita Mozambique, uno de los países africanos más pobres, donde visitará diversas escuelas rurales, donde vuelve a comprobar la difícil situación de su educación. Con toda esa información, Marta acude a entrevistarse con políticos, expertos y especialistas en el tema de la educación para preguntar porque es inexistente la educación en países africanos. El director José M. Borrell, que se ha pasado casi un lustro haciendo documentales sobre cambio climático, mujeres y demás temas sociales, para diversas organizaciones en África, América Latina y Asia, se lanza a una aventura extraordinaria, junto a su hija Marta, y Sara Fijo, su mujer, en la producción, para contarnos la inquietud y el compromiso de una niña que se hace preguntas, que quiere conocer la realidad educativa de África, y luego, exponer la situación a los dirigentes, expertos y demás elementos en la materia.

Una luz en la oscuridad no pretende hacer una radiografía exhaustiva de la educación en los países subdesarrollados del mundo, sino que, en su modestia y cercanía consigue algo más profundo, mostrar una realidad que puede ser la de muchos lugares, y lo hace con la mayor sencillez y sensibilidad, sin demagogia ni sentimentalismos, sino acercándose con respeto y honestidad a los problemas educativos de Mozambique, y escuchando a los que allí viven, que nos explican los diversos conflictos que originan la falta de escuelas y maestros apropiados. La película, quedándose en ese ámbito, el de mostrar el problema, ya sería muy interesante, pero no solo no se queda ahí, sino que va al otro lado, es decir, a hablar con los responsables educativos como los representantes de la Unesco, asesores de gobiernos occidentales, responsables de fundaciones que trabajan en la zona, y demás especialistas que, de una forma u otra, conocen de primera mano el destino de los recursos humanos y económicos y como se gestionan y distribuyen.

Marta que, en muchas ocasiones, la acompaña su amiga Berta, muestra la sinceridad y el compromiso de unos jóvenes que han crecido con internet, que conocen el mundo a través del audiovisual, al igual que los habitantes de Mozambique y otros lugares con carencias educativos, tanto a nivel físico como emocional, hecho muy significativo que los hace diferentes a otras generaciones, ahora la lucha y la reivindicación se hace y se trabaja de diferentes maneras, con la voz de Marta, que como otras muchas adolescentes en el mundo, reivindican la justicia social como arma para avanzar y crecer como planeta. José M. Borrell consigue en sus 75 minutos una película extraordinaria, ya no solo sobre la educación, sino también, sobre las herramientas que tenemos hoy en día para seguir en la lucha y en el trabajo para conseguir más igualdad en el planeta, para rebajar la distancia entre el mundo occidental y los países necesitados, exponiendo las fracasadas ideas de occidente en África, y abriendo nuevas vías resolutivas que están en África, dándoles los mecanismos, pero no diciéndoles como usarlos, reivindicando la mejor y única arma que tenemos los seres humanos para seguir avanzando que no es otra que la educación, el conocimiento, su transmisión, y sobre todo, la capacitación.

La película no muestra la resolución de los problemas, abre el debate e insta a la reflexión, convirtiéndose en un medio para la exposición y el trabajo necesario, siguiendo el mismo camino que otros trabajos que también reivindican la educación como el único medio para ayudar y ayudarse, tales como Ser y tener o Camino a la escuela, que mostraban las dificultades en la educación rural, la gran olvidada de los grandes planes económicos de los países, como muestra la película. Por una educación grande y humana que no nos haga unos meros transmisores de conocimientos, que vaya mucho más allá, y sea un vehículo maravilloso para crear personas que piensen por sí mismos, que sean críticos y respetuosos con su entorno y los demás, que tengan valores emocionales, que sientan fraternidad por los otros, que no se olviden de sí mismos, y sobre todo, que sean dignos con su condición humana. Quizás para todos estas cualidades humanas que deberían ser las de cualquier ser humano, todavía falta mucho, pero mientras llegan, si es que llegan, sigamos manteniendo el espíritu de la lucha y el trabajo por mejorar las cosas, aunque sea un leve resquicio, como esa luz en la oscuridad que sabia y honestamente reivindica la película, manteniendo esa esperanza por un mundo mejor, más humano, más justo y más cercano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/426695141″>Una Luz en la Oscuridad TRAILER</a> from <a href=”https://vimeo.com/gondolafilms”>Gondola Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “La nova escola”, en las oficinas de Nanouk Films en Barcelona, el lunes 28 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño.

Entrevista a David Ilundain

Entrevista a David Ilundain, director de la película “Uno para todos”, en un banco de Diagonal en Barcelona, el jueves 17 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Ilundain, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Uno para todos, de David Ilundain

CONSTRUIR PERSONAS.

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”

María Montessori

El director David Ilundain (Pamplona, 1975), ya había demostrado sus excelentes dotes como cineasta en B (2015), esa “B”, que hacía ilusión a Bárcenas, el ex tesorero del PP. Basada en la obra teatral homónima de Jordi Casanovas, era una película austera y sencilla, que nos encerraba en una sala de juzgados, donde a modo de interrogatorio el citado Bárcenas respondía al juez Ruz, en un grandísimo thriller político que destapa las desvergüenzas y miserias del PP. Cinco años más tarde, se estrena Uno para todos, su segundo trabajo tras las cámaras. Una película que sigue la senda de la austeridad y sencillez, la sala de juzgados deja paso a otro recinto cerrado, el aula de un instituto en uno de esos pueblos de la llamada España vaciada. A ese lugar, llega Aleix, un profesor interino, en mitad de la noche, como uno de esos vaqueros que llegaban a pueblos aparentemente vacíos y sin nada que temer. A la mañana siguiente, empieza con su clase, un grupo de 18 chavales entre 11 y 12 años, y se topará con el primer conflicto, uno de ellos, se encuentra enfermo de cáncer, al que visitará con frecuencia.

Basado en un hecho real que originó la película, que se construyó con un guión sobrio y cercano que firman Coral Cruz (que la conocemos por ser la guionista de Villaronga o Fernando Franco, entre otros), y Valentina Viso (que está detrás de las historias de Mar Coll, Elena Trapé o Nely Reguera), que nos cuenta un curso escolar, y no solo se centra en la educación y sus métodos, sino que nos habla de otros temas que también se dan en la educación, como el acoso entre compañeros, la gestión de conflictos humanos, la implicación personal más allá de las aulas, la convivencia entre unos y otros, la integración de los que más lo necesitan, encontrar el equilibrio entre educar y ayudar a niños con dificultades, conflictos con los que se encontraba Daniel Lefebvre, el director de la escuela de la maravillosa Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier. Ilundain crea ese ambiente escolar a partir de pocos elementos, pero muy reconocidos, filmando en un instituto real, con esa cámara cercan y movible, que sabe captar la pulsión emocional que se vive en el interior de la aula, con esa luz naturalista e íntima creada por Bet Rourich (responsable de Jean-François y el sentido de la vida o Los chicos del puerto).

El ágil y estupendo montaje, que firman Elena Ruiz (que podemos encontrar nombres como los de Medem, Mar Coll, coixet o Bayona, en su filmografía), y Ana Charte (en films de género como Vulcania y El año de la plaga) que nos conduce con decisión por el interior del instituto, dosificando bien la información y tratando los conflictos con tacto, y la sutileza y sensibilidad música de Zeltia Montes (que la hemos podido escuchar en las recientes Adiós y El silencio del pantano). Ilundain vuelve a sumergirnos en un tour de force, protagonizado por el profe y sus alumnos, magnífico y lleno de situaciones fuertes y llenas de tensión, donde tanto uno como ellos, deberán dialogar, enfrentarse y llegar a acuerdos, a través del respeto, la cooperación y sobre todo, el apoyo mutuo y al fraternidad. Estamos frente a personajes de carne y hueso, muy cercanos, personas como nosotros, con sus miedos e inseguridades, con esas zonas oscuras a las que todavía no se han enfrentado, encauzando con criterio e inteligencia la dicotomía que sufre Aleix, el profe que debe lidiar con las emociones y conflictos pre adolescentes de la clase, con todo aquello que ocultan, con las suyas propias, las heridas emocionales que sufre con su pasado, la interinidad de su trabajo, de aquí para ella, una especie de náufrago, que va y viene, con sus dificultades para adaptarse al mundo rural, a hacer amigos, a tener un lugar donde quedarse.

La capacidad y el buen hacer de un actor como David Verdaguer, en la piel del profe Aleix, una especie de Shane (1953), de George Stevens, el tipo desconocido que llega al pueblo y percibe todo el aliento de mentiras y problemas que existen. Verdaguer consigue crear esa atmósfera de tú a tú con sus alumnos, tratándolos como personas y escuchando todo aquello que se cuece en esa clase, que nos es moco de pavo, gestionando todos esos conflictos emocionales que existen, e intentando construir personas y construirse a él mismo, como reza la frase que acompaña al cartel de la película: “Un profesor te puede cambiar la vida. Un alumno, también”. Bien acompañado por sus alumnos, todos ellos debutantes, que interpretan con naturalidad y cercanía, creando ese viaje íntimo y personal que se crea entre profe y alumnos en este curso escolar, que no solo aprenderán conocimientos, sino que crecerán como personas mirando de frente a los problemas sociales y personales que existen en la clase.

Bien acompañado por una Ana Labordeta como directora del instituto, Calara Segura como la madre del alumno enfermo, y la aparición de Miguel ángel Tirado (el popular “Marianico el corto”), en un personaje con entrañas, y Patricia López Arnaiz, la profe de refuerzo que visita al alumno enfermo de cáncer, con la que tratará y se genera una amistad cercana, con sus más y sus menos, claro está, en las que se confrontarán como un espejo deformador donde veremos la realidad que también oculta Aleix, que debe lidiar con conflictos a los que no está preparado, y que van más allá de impartir sus clases. Tiene la película de Ilundain ese aroma que tenía Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, en la que también, una maestra de la ciudad, llegaba a una escuela rural y su modernidad en sus métodos de enseñanza, la llevaban a entrar en conflicto con la comunidad rural. El director navarro ha creado una película pedagógica en todos los sentidos, una hermosísima lección de humanismo, donde tanto profes como alumnos, no solo pasarán un curso que no olvidarán, sino que saldrán transformados, y esa es la función más humanista que la enseñanza puede hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Zoe Arnao

Entrevista a Zoe Arnao, actriz de la película “Las niñas”, de Pilar Palomero, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Arnao, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Los profesores de Saint-Denis, de Gran Corps Malade y Mehdi Idir

EN UN INSTITUTO DE LOS SUBURBIOS…

“La clave de la educación no es enseñar, es despertar”

Ernest Renan

Si hay una cinematografía que más se ha interesado por la educación esa no es otra que la francesa, que desde los inicios del cine despachó la inolvidable Cero en conducta (1933), de Jean Vigo, arrancando así una serie de películas a lo largo de la historia del cine que se han propuesto ahondar en la educación desde múltiples miradas, profundizando en las diferentes herramientas educativas, su contexto social, y sobre todo, su valor humano, social y didáctico. Nos vienen a la memoria excelentes películas como Los 400 golpes (1959) o La piel dura (1976), ambas de Truffaut, y ya despidiendo el siglo XX, la extraordinaria Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier, que se sumergía en las dificultades sociales de los jovencísimos estudiantes de una escuela infantil de un barrio suburbial. Partiendo de esa temática, donde se estudiaban las tremendas dificultades de la educación a estudiantes en situaciones de exclusión, y en la adolescencia, surgirían monumentos educativos como La clase (2008), de Laurent Cantet, y las más recientes, A viva voz (2017), de Ladj Ly (director de la imprescindible Los miserables, sobre los problemas suburbiales entre niños y policías) y Stéphane de Freitas, centrada en el concurso sobre el discurso para estudiantes de los barrios más deprimidos, Primeras soledades (2018), de Claire Simon, que exploraba las difíciles relaciones familiares de unos estudiantes de la periferia.

Los profesores de Saint-Denis (basada en la sexperiencias personales de Mehdi Idir) se mueve por los mismos lares de estas últimas, centrada en un curso escolar de uno de los institutos de los suburbios, desde el punto de vista de la nueva inspectora de estudios en relación con Yanis, uno de los estudiantes traviesos con los debe de lidiar en su trabajo. Gran Corps Malade, alias de Fabien Marsaud (Seien-Saint-Denis,Francia, 1977) y Mehdi Idir (Saint-Denis, Francia, 1979) vuelven a trabajar juntos después de Patients (2016) en la abordaban la recuperación física y emocional de un adolescente después de un terrible accidente, basada en las experiencias personales de uno de los directores. En Los profesores de Saint-Denis, esculpen a fuego lento y de forma incisiva la situación actual de la educación en Francia, y más concretamente, en uno barrio deprimido de las afueras de París, sumergiéndonos en los aspectos profesionales y personales tanto de la inspectora, con un novio en la cárcel, y los diferentes problemas cotidianos que van surgiendo en el instituto, centrándose en la figura de Yanis, uno de los estudiantes, de conducta desviada, que debate constantemente en la utilidad de las clases con sus profesores, con padre en prisión y dificultades en casa.

Los directores demuestran un trabajo sensible y bien estructurado en su segundo trabajo, volviendo a los temas humanos y sociales que ya tocaron en su opera prima, imponiendo un ritmo ágil e muy íntimo, acercándose a ese día a día de forma inteligente y audaz, sin ser condescendientes ni nada sentimentalistas, sino colocándose en la misma altura de los diferentes problemas y aspectos entre docentes y alumnos, describiendo de manera sencilla y cercana todo aquello que los une y separa, con la mirada de esa inspectora que acaba de llegar en contraposición con Messaoud, el profe de mates enrollado y respectado por los alumnos, que lleva cinco años trabajando en el instituto, haciendo suya esa reflexión que define el espíritu de la película: El contexto es más fuerte que nosotros, añadiendo la pregunta, ¿Ahora qué hacemos, nos damos por vencidos?, viendo y reflexionando sobre las diferentes posiciones que adoptan unos profesores y otros, como el docente antipático que choca constantemente con la rebeldía de los alumnos.

Grand corps Malade y Mehdi Idir han construido una película de nuestro tiempo, profundizando en los diferentes aspectos educativos, en su cotidianidad, en la relación con los alumnos, tanto en el ámbito académico como el personal y social, donde el instituto como el hogar se intercambian, en que los problemas que se suceden, tanto en un lugar como en otro, transitan por los mismos derroteros, como un reflejo indisociable que se retroalimentan constantemente. Una magnífica e inteligente película con ese aroma de documentar lo que está pasando en el instante, en el aborda la importancia de la educación, sus procesos, su naturaleza, y sobre todo, el aspecto humano y social en relación a los alumnos y sus contextos sociales y económicos. Un brillante reparto encabezado por la inconmensurable Zita Hanrot (que habíamos visto en Éden, de Mia Hansen-Love, o en Fátima, de Philippe Fancon, donde se alzó con el César revelación del 2015) compone el personaje de la inspectora de estudios con sensibilidad y dureza, con esa maravillosa actitud de ayudar a los alumnos y con ese momentazo en la cárcel.

Acompañada por la agradable presencia de Soufiane Guerrab (que ya estuvo en Patients) dando vida a Messaoud, el profe que alimenta el espíritu de los alumnos y conoce todas las dificultades por las que atraviesan, un personaje que actúa como contrapunto experiencial de Samia. Y por último, el ramillete de los alumnos, interpretados por actores no profesionales, en su mayoría habitantes del barrio de Francs-Moisins, donde se rodó la película (instituto donde acudió Mehdi Idir en su época de estudiante) que ofrecen una verosimilitud, intuición y naturalidad maravillosa que casa con el espíritu de la película, en que sobresale la astucia y composición de Liam Pierron dando vida al problemático, peor noble Yanis, la figura en la que asienta una película social, humanista y veraz, que se mueve entre el humor y la gravedad de los asuntos que trata, dotándola de ese sentido cercano, cotidiano y fiero que tanto demanda una película que aborda con inteligencia y sencillez problemas complejos y profundos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA