Niñato, de Adrián Orr

LA BATALLA DIARIA.

Niñato es David Rasanz. David no tiene trabajo y cuida de tres niños pequeños. David mantiene su sueño de adolescente de ser cantante de rap. David vive con sus padres y sigue resistiendo en uno de esos barrios de la periferia de cualquier ciudad. Levantarse cada día, levantar a los pequeños, llevarlos y recogerlos del colegio, componer y cantar, ver a su chica, y seguir adelante con el David padre con el David músico. Adrián Orr (Madrid, 1981) fogueada en equipos de dirección con cineastas de la talla de Javier Rebollo o Alberto Rodríguez, realiza su primer largo, una película que nació hace años, cuando tanto como David y Adrián eran colegas y adolescentes y soñaban con dedicarse al rap. Los años pasaron y David fue padre, como muchos de los amigos de Adrián, pero el sueño del rap no se perdió por el camino y las circunstancias. Siguió ahí. Esa dicotomía que fascinó a Orr fue el germen de uno de sus cortos más celebrados Buenos días resistencia (2013) en el que filma una jornada cualquiera de David y sus tres pequeños, las relaciones de padre e hijos y sus batallas diarias se convertían en el foco de atención (del que veremos algunas de sus secuencias en la película) dispositivo que ha continuado durante 4 años donde Orr ha seguido filmando la intimidad de David y los niños, y ahora se ha convertido en Niñato.

El cineasta madrileño ha contado con la complicidad del amigo de toda la vida, que le ha abierto su casa, su vida y su intimidad, para filmarlos de cerca, tan próximos que la cámara de Orr se convierte en un personaje más, en un testigo privilegiado de una familia diferente, una familia donde todos aprenden diariamente, donde unos y otros aprenden a escuchar, a desarrollarse, a ser autónomos y a crecer como personas, en el que asistimos de una forma privilegiada a unos actos tan cotidianos, como los que cada uno de nosotros hacemos en nuestra vida diaria, pero que la mirada de Orr los convierte en universales, siguiendo aquella premisa que argumentaba Pavese, “Convertir la cotidianidad en universal” , Orr lo hace con su cámara y lo construye sin apenas darnos cuenta, filmando a sus personajes desde la inquietud y la curiosidad de capturar un instante, un momento fugaz de las relaciones de David y los niños, unos niños con sus continuos estados de ánimo, y de humor, con su desgana a hacer sus tareas más básicas como levantarse, vestirse o hacer los deberes, sus enfados y su alegría al jugar o ser ellos mismos, y ante ellos, David, que les habla, les escucha e intenta aprender con ellos difícil y compleja tarea de educar a los niños, donde armarse de paciencia y batallar con sus enfados y demás, se convierten en la cotidianidad diaria, y cada día más de lo mismo, donde los diferentes retos y circunstancias que aparecerán nos volverán a reflexionar y plantearnos métodos y formas de ayudarles de la mejor manera.

Pero, a pesar de las obligaciones como padre de David, aunque los niños en algún momento le llaman papá, sobre todo, los más pequeños Mia y Oro (el más inquieto y el que conlleva más trabajo por su falta de autnomía) se suelen dirigir a Niñato como David, junto a los pequeños como Luna, la mayor. (Orr nunca nos explicará porque David es padre soltero y quiénes son sus hijos y quiénes no).  A pesar de todas estas obligaciones, David no ha olvidado a Niñato (su alter ego musical) ese tipo que trabajará para convertirse en cantante de rap, aunque quizás no lo llegué a conseguir nunca, David no descansará jamás para mantener su sueño de adolescente vivo, intacto a pesar de todo, manteniendo la llama latente, porque renunciar a tus sueños es dejar de ser uno mismo para convertirse en otro. Ese otro en el que David sigue creyendo, en esa dicotomía que explica también la película, el David padre y el Niñato músico de rap, y ahí andaremos, siendo testigos de esas dos realidades de David y Niñato, quizás una más fuerte que la otra, pero ahí estaremos, escuchando sus conversaciones con su novia, y aquello que los une y separa, o las otras conversaciones con la que parece ser su hermana o una amiga, de cómo educar a los niños y las dificultades que acarrea, o la miseria laboral que trata a los seres humanos como objetos.

Orr construye una intimidad que traspasa la atmósfera de sus personajes, de la misma forma que lo hacen Frederick Wiseman o Wang Bing, desenvolviéndose por el espacio como uno más, en un trabajo de estar sin estar, de ser uno más y a la vez, invisible, tejiendo con mimo las relaciones de David/Niñato y los niños, batallando diariamente con sus conflictos cotidianos, capturando un tiempo casi real, como si se tratara de una jornada, en que el magnífico montaje de Ana Pfaff es esencial para conseguir ese tiempo cinematográfico, Pfaff se ha convertido en una de las piezas imprescindibles de este cine realizado a través de la sinceridad, la realidad, donde lo contado traspasa nuestra mirada y asistimos a un fascinante y revelador viaje doméstico, a través de un documento necesario, valiente y sensible, donde la inmensa labor de sonido de Eduardo Castro, captando todos esos sonidos cotidianos, tanto domésticos como callejeros, que acaban inundando con numerosas capas lo que estamos viendo, en el que la imagen de Orr, realizada con luz natural, se ensombrece y se vela según los espacios por los que se mueven esta peculiar familia, en un trabajo magnífico, concienzudo y conmovedor sobre la vida en la periferia, lugares donde la crisis económica ha pegado más fuerte, donde los recursos son escasos, donde cada día es una batalla, en el que la realidad y los sueños conviven como pueden, donde educar y aprender forma parte del aprendizaje diario tanto de adultos como de niños, porque nunca se sabe lo suficiente, y lo que creíamos resuelto, vuelve de otra manera, desde otro ángulo, y tenemos que volver a mirarlo de otra manera, en un continuo vuelta a empezar.


<p><a href=”https://vimeo.com/267575733″>NI&Ntilde;ATO – TRAILER OFICIAL</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Una razón brillante, de Yvan Attal

EL DISCURSO DE LA RAZÓN.

“La dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente — por fas y nefas

Arthur Schopenhauer

Neïla Salah, de origen argelina, ha vivido toda su vida en el extrarradio parisino, pero siempre ha querido ser abogada, y de esa manera, romper con lo establecido y llevar una vida diferente a la que dice su condición humilde. Su primer día de clase, en la prestigiosa Facultad de Derecho Assas de París, llega cinco minutos tarde, y entonces su profesor, Pierre Mazard, con formas arrogantes y provocativas, la humilla delante de cientos de alumnos, hecho que derivará en las oportunas sanciones administrativas para el profesor, pero obligado por el decano puede detener si prepara a Neïla para un concurso estatal de oratoria. El profesor no tiene más remedio que aceptar si quiere mantener su cabeza, y la joven hará lo mismo si quiere salvar el curso. El director Yvan Attal (Tel Aviv, Israel, 1965) ha desarrollado una interesante carrera como intérprete dirigido por nombres tan ilustres como Kassovitz, Doillon, Winterbottom, Lelouch o Rappeneau… pero, a su vez, también se ha pasado detrás de las cámaras en tramas de índole social y personal, donde sus personajes se ven inmersos en situaciones graves que les harán tambalear todo su mundo, siempre en un tono cómico.

Ahora, siguiendo ese tono de explorar temas serios pero con momentos divertidos, nos presenta a un solitario profesor, magníficamente interpretado por Daniel Auteuil, cínico como el que más, egocéntrico, y algo mezquino, que micrófono en mano, provoca a su audiencia para levantarlos de sus cómodos asientos de estudiantes y guiarles por otros caminos, a través del conocimiento, la cultura y el lenguaje. En la otra esquina tendrá que batallar con su antítesis, la joven alumna de primero, interpretada por Camélia Jordana, en las antípodas de lo que espera el profesor de su alumna, aunque el trabajo que les ha unido, lentamente les apartará de sus posiciones antagónicas y les llevará hasta ese punto en que sorprendentemente, no somos tan diferentes los unos a los otros. A través del libro “El arte de tener razón”, de Arthur Schopenhauer (1788-1860) Mazard prepara y provoca a Neïla para que argumente sus razones, convenza a su rival, y sobre todo, se convenza ella misma de su potencial, y su discurso, porque es más importante los argumentos y la forma de expresarlos que tener razón, porque no se trata de buscar la verdad, sino convencer al que tenemos delante, y ya que estamos en un concurso de oratoria, dejar claro al jurado que nosotros expusimos nuestro argumento con más claridad y nervio.

El profesor conoce el potencial de su alumna y lo explota hasta sus últimas consecuencias, adoptando métodos que tienen poco de ortodoxos, que seguramente serían rechazados por la comunidad educativa, pero consiguen sus objetivos, despertar a sus alumnos, y provocarles ese pensamiento crítico, que les llevará a replantearse muchísimas cosas y a emprender caminos diferentes, espacios que hasta ahora nunca habían explorados. Attal construye una especie de revisión de Pygmalion, de George Bernard Shaw, moderno y ágil, en el que el burgués se ha convertido en profesor, y la florista ahora es una estudiante, y el objetivo de convertir a una humilde joven en una dama de clase alta y distinguida, pasa a ser en una magnífica concursante de oratoria, seduciéndonos en un emocionante combate dialéctico de primera línea, en un tour de force con dos actores que rayan a una grandísima altura, en largas secuencias donde la palabra se apodera de los encuadres y  de nuestros sentidos, en una película de fuerte ritmo, donde constantemente nos hacemos preguntas.

Del profesor poco sabemos, su soledad es evidente y su forma de protegerse ante ella (resulta muy cómico y relevante el incidente con la señora y el perro por la calle) y sus maneras de profesores, rechazadas por casi todos, aunque sus alumnos lo recuerden como gran provocador de ideas y reflexiones. De la alumna, conocemos que vive a las afueras, donde parece que la vida y la libertad pasan de largo, en esa Francia que aboga por convivencia y fraternidad, pero que separa por clases, aunque Naïla trabaja para salir de ahí, para construirse una vida diferente, como hace con su novio, para que trabaje por su vida, aunque cueste mucho. Attal presenta unos suburbios que huyen de lo convencional y el dramatismo de otras películas, la película va por otro sitio, se plantea los diferentes prejuicios que todavía debemos vencer para liberarnos de nuestras maletas emocionales, y quizás la educación, el conocimiento, y el amor hacía la lengua y la cultura, sea francesa o de cualquier lugar, puede ser el mejor vehículo para crecer como persona y dejar de mirarnos a nosotros constantemente, y empezar a mirar al otro, y no sólo mirarlo, sino también a escucharlo, y a entenderlo, acercarnos más a los otros, y dejarnos esos estúpidos prejuicios convencionales y sociales que arrastramos y nos alejan mucho más de esas personas que también tienen mucho que mostrarnos y amarnos.

La hora de los deberes, de Ludovic Vieuille

MAL DE ESCUELA.

“Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil”
Albert Einstein

Hay películas que se descubren revelándonos más de lo nos imaginamos, no por su aparentemente sencillez en su forma, sino en su atrevido y complejo contenido, porque van más allá de los problemas que pretenden exponer, escarbando en el centro del problema, y explorando los múltiples recovecos que aparecen en el fondo de la cuestión. La hora de los deberes es una de ellas, y lo es porque todo en ella es una bandera de la sencillez y extremadamente cotidiana, porque nos sumerge en esa hora en el que un padre, Ludovic, y su hijo Angelo, realizan los deberes conjuntamente. Una hora que a veces se eterniza, y en otras, deviene en la más poderosa frustración, ya que Angelo no logra entender los conceptos, y se pierde en una infinidad de enunciados, tareas diversas y un léxico que, en ocasiones, es profundamente inentendible. Ludovic Vieuille es un cineasta francés, con una filmografía que abarca la decena de largometrajes y un buen puñado de cortometrajes, que fabrica una película doméstica, íntima y profundamente aleccionadora que ataca con dureza un sistema educativo caduco, tradicionalista e ineficaz, ya que pretende encajar a todos los alumnos por igual, anulando a todos aquellos que por su naturaleza no siguen el ritmo impuesto por sus estudios.

Vieuille utiliza un dispositivo extraordinariamente elemental, coloca una cámara fija que filmará a padre e hijo en sus 60 minutos de deberes, minutos que deberían ser educativos, pero acaban siendo todo lo contrario. Una película filmada durante cuatro años, donde los avances no se presentan, y el camino recorrido es de una inutilidad exasperante, en el que Angelo tiene que encajar en ese sistema educativo, eliminando de esta manera su imaginación e inventiva, esforzándose para ser uno más, eliminando de esta manera sus capacidades diversas, y su diferente manera de desarrollarse en su mundo y en su entorno. Vieuille se acerca a los maestros del cinema verité, para captar todas las emociones que se van presentando frente a nosotros, a través de las miradas y gestos de frustración e inoperancia de padre e hijo, con algunos instantes de cine de animáción y humor, con los múltiples fantasmas que afloran en sus mentes, como los suspensos, las notas de los profesores que engrandecen los errores y debilidades de Angelo, y sobre todo, los miedos de repetir curso.

Una convivencia entre padre e hijo, en la que uno mira al otro, preocupados y frustrados, se abrazan o se rinden agotados por no entender los ejercicios y perderse en una hora que acaba siendo muy triste y vacía. El padre recuerda sus años de alumno, en el que tuvo que pasar por los mismos métodos caducos educativos y su desesperación por no poder asimilar las distintas materias y seguir la normalidad del curso, una normalidad que excluye, no acepta la diversidad. Vieuille rescata el libro Mal de escuela, de Daniel Pennac, reconocido profesor y pedagógico francés, en el que no nos habla sobre la institución académica y sus males, sino en un alumno, el propio Pennac, y su zoquetería, sus múltiples problemas para encajar en el mundo de la escuela, y sus incapacidades para afrontar los trabajos que les asignaban, y el proceso triste que tuvo que vivir en sus años estudiantiles, y la frustración que le llevó a cambiar constantemente de colegio para encontrar aquel que mejor se adecuaba a sus necesidades e idiosincrasia. Un ensayo magnífico que explora la insatisfacción que provoca unos métodos académicos que no funcionan igual para todos, sino para unos cuántos, dejando fuera a todos aquellos alumnos que son diferentes, con necesidades completamente diversas.

Vieuille, a través de su pequeña película, no sólo nos habla de la relación de un padre y su hijo, sino también, y siguiendo con la maravillosa tradición de la cinematografía francesa, que ha explorado desde tiempos inmemoriales la educación y sus métodos (con nombres tan importantes como Vigo, Truffaut, Pialat, Philibert o Cantet, por citar algunos) ha construido una película sobre los males educativos en Francia, que podrían extrapolarse a muchos países occidentales, en los que el sistema falla estrepitosamente en aquellos que son diferentes, y no les concede la oportunidad de seguir otro tipo de educación, dejándolos marginados, y con la idea que son unos inútiles y no pueden pertenecer a este sistema excluyente y fascista, en un sistema educativo que no construye personas, ni mucho menos las forma para enfrentarse a la vida y a una sociedad salvaje y depredadora, sino trabajadores para un sistema capitalista en el que hay que esforzarse por ser los mejores profesionales, donde uno estudia para ganar dinero, no para ser persona, donde la humanidad y la bondad quedan completamente al margen, quedando completamente anulada y aislada en los centros de trabajo donde se fabrican números y ganancias, donde todos somos números y poco más.

Mañana, de Cyril Dion y Mélanie Laurent

manana-cartel-6780CRECER PENSANDO EN LA TIERRA.

En los últimos años, han aparecido infinidad de documentales que nos advierten y alarman sobre las catástrofes de nuestro planeta, debido a nuestro sistema capitalista de crecimiento desorbitado, en el que se aniquilan ecosistemas, con el único fin de seguir aumentando los beneficios económicos, con los riegos extremos que comporta para la salud y el bienestar de las personas. Mañana, el documental del activista y cineasta Cyril Dion (1978, Poissy, Francia) y de la actriz y directora Mélanie Laurent (1983, París, Francia), se desvía del contenido catastrófico, y emprende un viaje alrededor del mundo, que les lleva a visitar diez países, con el objetivo de encontrar nuevas formas de vida en consonancia con la naturaleza y el medio ambiente, para crecer de forma sana y natural y superar la crisis económica que sigue asolando muchas partes del planeta.

La película se estructura a través de cinco temas principales: agricultura, en la que conoceremos zonas rurales de la India, Francia, Inglaterra y EE.UU., en las cuales el trabajo de la tierra, como una manera de recuperar el modus vivendi de nuestros ancestros, en el que nos explican las actividades para regenerar el suelo y producir verduras y frutas para abastecerse y hacer de esa actividad su forma de vida, como los casos de Detroit, que después de la crisis automovilística dejó la ciudad con casi el 70% menos de población, y encontraron en la agricultura su forma de subsistir, o ciertas ciudades de Inglaterra, que han colocado infinidad de macetas en vía pública donde producen alimentos. Luego, pasamos a la energía, y nos muestran como varios países se han decantado por la sustitución de los combustibles contaminantes por formas de energía saludables y ecológicas, como en Dinamarca, en la que los organismos públicos ayudan a la integración de vehículos no contaminantes. En economía, nos llevan a zonas de Inglaterra donde han creado una moneda para reivindicar y ayudar el pequeño comercio, y las diferentes salidas y alternativas al comercio capitalista.

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En democracia, descubriremos que en muchas zonas de la India, se ha generado una política participativa en el que los ciudadanos votan democráticamente y todo se dialoga en asambleas en las que todo el mundo acude libremente y ejerce sus derechos. Para finalmente, conocer el sistema educativo de Finlandia, un país con pocos recursos económicos, en el que han potenciado la educación como vía de desarrollo social y crecimiento personal. Una forma de educar moderno, democrático y progresista, que les ayuda a vencer las carencias y educa a personas que piensen por sí mismos y tengan herramientas suficientes para desarrollarse profesionalmente en el mundo laboral, y sobre todo, como personas que vivan en plenitud con el entorno y de una manera saludable. La película funciona como un vehículo altamente didáctico, y ofrece una mirada humanista y apasionante de seres humanos que resisten de otra manera ante la invasión de un sistema atroz y superficial que sólo busca el éxito personal y económico pisando al resto. Dion, Laurent y su reducido equipo se han levantado y han prendido una marcha hacía la esperanza y la ilusión por un mundo mejor más saludable, generoso y solidario no sólo con el prójimo, sino también con nuestro único hogar, la tierra.

Masterclass de Gianni Amelio

Masterclass de Gianni Amelio. El encuentro tuvo lugar el miércoles 11 de noviembre del 2015, en la Filmoteca de Catalunya de Barcelona, en el marco del ciclo dedicado al cineasta italiano.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que ha hecho posible este encuentro: a Gianni Amelio, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Pilar García de Comunicación de la Filmoteca y al equipo de Filmoteca, por su amabilidad y paciencia, y por organizar este encuentro tan especial.

La historia de Marie Heurtin, de Jean-Pierre Améris

La_historia_de_Marie_Heurtin-814895053-largeCANTO A LA EDUCACIÓN

Cuando el cineasta Jean-Pierre Améris (1961, Lyon. Francia), -autor de películas muy notables como La vida (2001), Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y Tímidos anónimos (2010)-, conoció la historia de Marie Heurtin, una niña de 14 años sorda y ciega, que a finales del siglo XIX fue recluida en un asilo de monjas para recibir educación, no lo dudó un instante, y se trasladó hasta los escenarios reales donde aconteció la historia, en el Instituto de Larnay, cerca de Poitiers. En ese espacio, Améris edifica el entramado argumental de su película. La historia arranca cuando los padres de Marie incapaces de educar a su hija, la llevan hasta el asilo, allí, debido a su grave minusvalía, la madre superiora rechaza su ingreso, pero la obstinación y perseverancia de la monja Sor Marguerite la hacen cambiar de opinión y la llevan a aceptar a la niña.

Así empieza este cuento hermosísimo sobre la superación de un ser que vive en la más absolutas de las oscuridades y silencios, una niña a la que se le ha negado la capacidad de comunicarse, y además se ha pasado casi toda su vida viviendo como una animal salvaje. El trabajo incansable, paciente y extraordinario de la monja, que en algunos momentos más que sesiones de aprendizaje, parecen combates de lucha, harán posible que Marie se convierta en una persona, primero, y luego, en una mujer inteligente, sensible y humana. Améris sustenta su película a través de sus dos personajes, y la amistad y el amor que entablan la monja Sor Marguerite (estupenda Isabelle Carré) y Marie (cálida la debutante Ariana Rivoire), que se erigen como el pilar de esta historia emocionante y contenida. El realizador francés adopta la línea emprendida por obras antecesoras que planteaban historias similares como El milagro de Anna Sullivan (1962, Arthur Penn), donde una institutriz se enfrentaba a una niña, Helen, también sorda y ciega, o El pequeño salvaje (1970, François Truffaut), donde el genial cineasta francés recogía la historia de Victor de Aveyron, un niño criado solo en el bosque, que era rescatado por un doctor que lo educaba.

El punto de partida de las tres obras es similar, aunque Améris ofrece una mirada propia, abre una senda diferente, sitúa su historia en la naturaleza, al principio, una parte de la educación se ubica en las cuatro paredes del convento, pero el desarrollo de los sentidos y su interrelación se produce en la naturaleza, en el contacto con los rayos de luz, la brisa que acaricia el rostro, las  hierbas que se mecen por el viento, las flores que adoptan formas, colores y multitud de significados… La desbordante e indescriptible emoción de quién aprende algo por primera vez, que relaciona las cosas que le rodean, que las conoce y sabe relacionarlas entre sí. Un cuento humano y poético, donde los pequeños e insignificantes detalles de los que estamos rodeados adquieren una gran importancia, en el que asistimos a la emocionante alegría que siente el que enseña con cada pequeñísimo paso que obtiene el que está aprendiendo. Un espacio donde el sentido del tacto lo es todo, y onde Marie se enfrentará al descubrimiento de la alegría y la felicidad, pero también a los sinsabores y la ausencia. Un delicado y dulce relato sobre la voluntad de superación de cada uno a pesar de los obstáculos más firmes y difíciles que nos podamos encontrar. Una maravillosa lección de pedagogía que rubrica el grandísimo valor del lenguaje, sea de la forma que sea, como elemento indispensable para que todo ser humano pueda comunicarse y relacionarse entre sí y los demás.

 

Camino de la cruz, de Dietrich Brüggemann

kreuzweg-posterMaría y los lobos

El arranque de la película deja muy claras sus intenciones, tanto estilísticas como formales. Nos presenta a unos adolescentes sentados alrededor de una mesa, mientras escuchan a un párroco joven que les adoctrina los evangelios de forma estricta y servil. El grupo queda encuadrado en un plano fijo que permanecerá inmóvil los casi 15 minutos que tiene de duración. Dietrich Brüggemann (Munich, 1976), en su cuarto trabajo, se adentra en el terreno del fundamentalismo religioso, a través del via crucis particular que sufrirá María, una niña de 14 años habitante de una ciudad gélida de la Alemania actual. La niña pertenece a una familia, donde una madre posesiva, dominante e intransigente, lleva las riendas de su prole formada por padre, dos hermanos pequeños, Johannes –que padece una extraña enfermedad que le impide hablar- y María. La matriarca impone la doctrina de la iglesia a la que pertenecen, -una fe basada en la culpa y la sumisión que anula la identidad individual-, que sigue con vehemencia los preceptos y cánones de la Sociedad ficticia de San Pablo, reflejo de la Sociedad de San Pío X, que rechazó las reformas del Concilio Vaticano II (1962-1965), que abogaban por la modernización del credo religioso, al considerarlas que traicionaban los preceptos religiosos tradicionales del catolicismo. María se ve envuelta en las dificultades propias de la edad, motivo por el cual mantiene una disputa interna consigo misma, que la debate entre la doctrina que recibe de su madre y sus deseos personales. Brüggeman, autor también del guión junto a su hermana Anna, sitúa a su personaje en la semana de su confirmación, en el tránsito que dejará de ser niña para convertirse en adulta, instante que empezarán a aparecer las situaciones de la adolescente que es, como conocer chicos y sentirse atraída o hacer otro tipo de actividades que le apetecen… Brüggeman es fiel a su narración, una estudiada y calculada estructura que, a través de una forma estilizada compuesta por 14 planos fijos de unos 15 minutos de duración, (Las 14 estaciones de la Cruz, que van desde que Jesús es condenado a muerte hasta que es sepultado después de morir clavado en la cruz) -ya practicada en su debut, Neun Szenen (2006), pero en un contexto de comedia-, donde los personajes se mueven como si actuarán encima de un escenario, extrayendo de cada uno de ellos todo su armamento emocional y complejidad. Un relato que va in crescendo, asfixiándonos suavemente, con paciencia, observando como la joven protagonista se ve arrastrada al abismo por una madre dictatorial y cruel que la consume y machaca en pos de la fe católica. Un relato hermosísimo y terrorífico, que hiela el alma. Una ejercicio muy emparentado con  Paraiso: Fe (2012), de Ulrich Seidl, otra película de la vecina Austria, que también planteaba un relato sobre los límites de la crueldad en favor de la catolización. Mención especial tiene la magnífica composición de la maltratada María por parte de la debutante Lea Van Acken, una maravillosa interpretación apoyada en unas delicadas miradas y gestos, que reflejan, a base de íntimos detalles, todo el desmoronamiento emocional que es sometido la niña. Una película galardonada con el Oso de plata en la Berlinale y la Espiga de Plata en la Seminci, dos grandes premios que certifican el discurso moral y religioso que imparte Brüggemann de forma brillante y certera.