Host, de Rob Savage

HAY ALGUIEN CONMIGO

“Una de las peores cosas que puedes hacer es tener un presupuesto limitado y tratar de hacer una película grandiosa. Ahí es cuando terminas con un trabajo malísimo”

Roger Corman

El género de terror actual poco o nada tiene que ver con aquel otro género clásico, el que creó toda una legión de millones de seguidores alrededor del mundo. Un género que envolvía al espectador en un espacio en off, en todo aquello que no se veía, que simplemente se escuchaba, en mitad de la oscuridad, la imaginación del público era esencial para sorprenderlos no con sustos o subiendo el volumen del sonido, como se hace ahora, sino creando un espacio de misterio, de miedo y de auténtico terror, donde la máxima no era mostrar, sino todo lo contrario, no mostrar, sugiriendo todo aquello que el espectador inventaría, género de bajo presupuesto en que el estadounidense Roger Corman fue su máximo exponente. Host (que podemos traducir como “Anfitrión”), del joven director británico Rob Savage, es una de esas películas que siendo muy de ahora, se enclava completamente en los parámetros del terror clásico.

Savage empezó precozmente en el cine, ya que dirigió a los 17 años el largometraje Strings, luego continuó dirigiendo cortometrajes de terror, incluso ha dirigido algunos episodios de la serie Britannia. El director norteamericano grabó un video que se convirtió en viral a principios de este fatídico 2020, y en plena pandemia provocada por el Covid-19, ideó una película de terror puro, basada en la exitosa idea, convocando a un grupo de amigas actrices encabezadas por una antigua conocida como Haley Bishop, a la que se unieron Radina Drandova, Jemma Moore, Caroline Ward y Emma Louise Webb, con el añadido de Edward Linard, todos ellos forman el grupo de amigos y amigas que se reúnen para hacer una video llamada conjunta a través de zoom, y consiguió producir una película, un relato sobre una sesión de espiritismo que se va a ir de las manos, y en que las participantes vivirán fenómenos poltergeist en sus hogares. Savage nos encierra en la pantalla de ordenador, en la que miramos a las cinco mujeres en sus respectivas casas, con ese primer arranque en que conocemos brevemente la situación de cada una de ellas, y alguna pincelada de su carácter.

La película entra en acción con la sesión de espiritismo, que empieza como una cosa animada y sin más, para después, adentrarse en otro ámbito, en un espacio donde la realidad ya no existe, donde cada una de las cinco mujeres experimentará el terror en carne propia, donde los objetos de su casa saldrán volando, y su integridad física y psíquica se pondrá gravemente en peligro. Savage juega a sugerir, a través de sonidos, y el movimiento de los objetos, con un espectacular montaje de Breanna Rangot, que va cambiando la perspectiva según la tensión, pasando de las pantallas de las cinco amigas, a una sola, y centrándose en aquella que está experimentando el fenómeno, mientras las otras, completamente aterrorizadas, siguen, desde sus casas, todo lo que le va ocurriendo a su amiga. La película, sencilla hasta la extenuación, consigue clavarnos en la butaca, haciéndonos participes de la experiencia aterradora de las chicas, provocando el mismo estado de nervios, ansiedad y miedo que tienen las mujeres. Host bebe completamente de películas que en su día aterrorizaron al personal, utilizando el mismo dispositivo del fuera de campo y el sonido, donde los espectadores éramos el giro de cámara, como The Blair Witch Project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, auténtico fenómeno de masas, que inauguró un sinfín de películas con la misma estructura, la cámara al hombro, el “fake” como bandera, y una innovadora campaña de marketing en internet, cuando las redes no eran lo que son ahora.

La película estadounidense es hija de las circunstancias de la crisis sanitaria de la Covid-19, donde lo virtual ha sustituido a la reunión social, donde internet se ha convertido en aliado para paliar la falta de encuentros, ya que la pandemia nos ha encerrado en casa, con las llamadas zoom como reunión virtual para sobrevivir al aislamiento y la soledad. Una película que, seguramente, generará la aparición de muchas otras imitando su dispositivo, pero Savage ha conseguido que, pese a las enormes dificultades que supone hacer una película desde la distancia, lograr su objetivo, y no solo terminarla, sino convertir la película en un auténtico fenómeno, por su increíble osadía, la valiosísima composición de sus intérpretes y sobre todo, por la asombrosa calidad de sus fx, hechos por las actrices bajo la supervisión de Savage, que las aleccionó para conseguirlo. Host, a través de sus impresionantes 56 minutos, nos habla del miedo, pero sobre todo, de nuestros miedos, de los de cada uno, y sobre todo, también nos habla que hay según que puertas que es mejor no entrar, ni siquiera a atreverse a mirar por la mirilla, porque seguro que nos arrepentiremos lo que podemos encontrar al otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El guardián de acero, de Jae-Hoon Choi

MI PUEBLO ES MI HIJA.

“Si conoces al enemigo y a ti mismo, no debes temer el resultado de un ciento de batallas”.

Sun Tzu en El arte de la guerra

La película se abre con los restos de lo que ha sido una batalla cruenta bajo la lluvia, en la que vemos a Tae Yul, un joven guerrero de la dinastía Joseon, cortando a la aparición de unos espectaculares títulos de crédito, construidos a través de ilustraciones en carbón, muy visuales y poderosas, y seguidamente, la acción arranca a la carrera, con la huida de su palacio del rey Gwanghae XV, de la dinastía Joseon, traicionado por los suyos. Estamos a finales del invierno de 1623, cuando Corea estaba sometida por China. Un relato oscuro y sórdido, que gira en torno a tres espadas, tres guerreros con idéntico destino. Tenemos al citado Tae Yul, casi ciego, que vive con su hija, alejado de las conspiraciones palaciegas. El segundo, Min Seung Ho, el maestro samurái de la dinastía Joseon, retirado a la vida espiritual. Y último, entra en liza Gurutai, el espadachín chino de la dinastía invasora Quing, ambicioso y cruel, está empecinado en ser el número uno.

La opera prima del cineasta surcoreano Sae-Hoon Choi, inspirada en sucesos reales, está enclavada en el género “Wuxia”, que en las últimos décadas ha dado grandes obras como la trilogía samurai de Yoji Yamada, Zatoichi, de Takeshi Kitano, Hana, de Hirokazu Koreeda, o 13 asesinos, de Takashi Miike, entre otras. Cine de acción, cine sobre oscuras traiciones en palacio, sobre guerreros solitarios, desconocidos, errantes, dolidos, impecables, y sobre todo, tipos derrotados anímicamente, que nunca con la espada, seres perdidos, desilusionados con un mundo demasiados cruel, demasiado violento, que no conoce la compasión, lleno de envidias, siempre en continua lucha, una lucha eterna, que destruye y elimina a tantos inocentes. Jae Hoon-Choi conduce con maestría una película compleja en su trama, ya que conduce varias tramas que nos llevarán sin remedio al combate final, un combate ejemplarmente filmado, con esa lluvia incesante, y con la apabullante coreografía que, no solo resulta espectacular, sino que nos sume en un combate sin tregua, donde la muerte es el único destino.

El director surcoreano no olvida a los maestros del género como Kurosawa, sumergiéndonos no solo en las rencillas personales de cada uno de los contendientes, sino que nos abre el encuadre, mostrándonos el contexto histórico, importantísimo para elevar el tono y el nivel de una película, que sin ese elemento primordial, sería una más, una de tantas de espadachines, dedicadas a entretener al personal con infinidad de batallas bien ejecutadas. El guardián de acero, va mucho más allá, ejecutando con tensión, tanto emocional como física, y cociendo con sensibilidad la tensión in crescendo que vamos sintiendo a lo largo de la película, con la injusticia y la violencia que impone el invasor chino, las conspiraciones del últimos señor coreano que lucha por arrebatar el poder al conquistador, y el periplo de Tae Yul, y su hija, que enfrascados en conseguir las hierbas milagrosas que ayudarán a paliar la prominente ceguera que sufre el guerrero, se ven inmersos en la lucha palaciega, como si el pasado volviese a la existencia de Tae Yul, llamando a sus puertas, con la intención de resolver ciertas cuestiones que quedaron sin solución.

La cuidada atmósfera, con esos tonos sombríos y oscuros, manejando la lluvia incesante y fina que va cayendo en los combates, o eso tono más amable y natural en la zona montañosa donde viven el guerrero y su hija, y los tonos nocturnos, llenos de sombras chinescas, inquietantes y temblorosas, bien sujetadas por la tenue luz de las velas, se convierten en el marco ideal para escenificar todas las conspiraciones y luchas internas que se van originando en el palacio. Y como toda película “Wuxia” que se tercie, no debe faltar un reparto sobrio y magnífico que aporte la calidez y la oscuridad que requieren los personajes, encabezado por Hyuk Jang que da vida al misterioso guerrero del bastón, casi ciego, que se enfrenta a todos con la intención de salvar a su hija, Man-Sik Jeong, que hemos visto en películas como el thriller The Yellow Sea, compone al maestro Min Seung Ho, y finalmente, el malvado de la función, el despiadado Gurutai, al que interpreta un formidable Joe Taslim, habitual del cine de acción, incluso en películas hollywoodienses como las secuelas de Star Trek o Fast & Furious. Sae-Hoon Choi resuelve con intensidad e inteligencia el envite de su primera película, con una historia llena de misterio, sensibilidad, contexto histórico, silencios y tensión, en un relato con personajes honestos y oscuros que, al igual que le ocurría a Jimmie Ringo, el legendario forajido de El pistolero, su gran manejo con el arma, uno, el revólver, y los otros, la espada, los ha sumido en una existencia en constante peligro, batiéndose con otros que quieren arrebatarles el puesto del más rápido y mejor con el arma, una vida errante y dolorosa, que unos se empeñan en no dejarles abandonar para vivir tranquilos y en paz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El pájaro pintado, de Václav Marhoul

EL NIÑO QUE NO PODÍA HABLAR.

“Cuando el niño destroza su juguete, parece que anda buscándole el alma”

Víctor Hugo

La secuencia que abre la película resulta desgarradora y sin alma, advirtiéndonos, tanto la atmósfera como el contexto, en el que se desarrollará la película. En un bosque de abedules, robustos y altísimos, en una mañana nublada y fría, vemos corriendo a un niño que lleva en sus brazos a un hurón, parece estar huyendo de algo o alguien. De repente, es derrumbado de un golpe por unos niños que le salen al paso, le quitan el animal y después de rociar al bicho, le prenden fuego, mientras el niño mira atónito y triste la lamentable escena. Luego, cuando llega a casa, que comparte con su abuela, se queda callado, y recibe la reprimenda de la anciana, desconocemos si no puede hablar o prefiere mantenerse en silencio. Un silencio que lo acompañará durante todo el metraje. Estamos a finales de la Segunda Guerra Mundial, en algún lugar de Europa del Este, sumida en el caos y la violencia de la contienda bélica, en esa Europa devastada por la guerra y sometida a múltiples supersticiones y analfabetismo, en este contexto, durísimo, desgarrador y desolador, conoceremos la existencia de un niño del que desconocemos su nombre y la razón de su silencio.

El director Václav Marhoul (Praga, República Checa, 1960) dedicado a la producción durante muchos años, es el responsable del cine de Tomás Vorel, había dirigido dos obras anteriormente. En Mazaný Filip (2003), adapta el universo detectivesco de Raymond Chandler a partir de la figura de su inmortal Phil Marlowe, en Tobruk (2008), basándose en la novela de Stephen Crane, nos situaba en el norte de África, en el otoño de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, siguiendo la existencia de Jiri Pospichal, un joven idealista que conocerá la amargura de la guerra. El director checo, se basa en la novela homónima del escritor polaco Jerzy Kosinski, en un relato estructurado en capítulos, titulados como los personajes que formaran parte de este viaje físico y emocional del niño protagonista en mitad de la guerra, que recuerda en su conjunto a la novela anónima del siglo XVI, Lazarillo de Tormes. La historia arranca con la muerte de la abuela que deja al niño desamparado y sin rumbo, se irá tropezando con hechiceras, molineros violentos, cosacos rusos, soldados nazis, pajareros alcohólicos, granjeros pedófilos, jóvenes ninfómanas, y una serie de personajes que se mueven en esa Europa sin alma, llena de ignorancia, cruel, supersticiosa y violenta, donde el niño experimentará por primera vez la vida, con sus tristezas y amarguras, convirtiéndose en una especie de superviviente muy a pesar suyo, aprendiendo la maldad humana y la amargura de existir, experimentando la soledad más triste y la infelicidad en todos sus aspectos.

Este niño sin nombre recuerda a otro niño como Iván Bondarev de La infancia de Iván (1962), de Andréi Tarkovski o a Flyora Gaishun, el chaval de Ven y Mira (1985), de Elem Klímov, dos niños que se enfrentan a la tragedia y la desolación de la Segunda Guerra Mundial, solos y desamparados sufren su crudeza, violencia y muerte. Marhoul filma su película en un descarnado y sucio blanco y negro, obra del cinematógrafo Vladimír Smutný (colaborador del cine de Jan Sverák), donde se remarca la deshumanización que va encontrándose el niño en su periplo vital, capturando a través de la película en 35mm, la intimidad y la cercanía necesarias para ir descubriendo, a partir de la mirada del niño, todo esa sociedad maloliente y salvaje que va encontrándose, eso sí, la cámara sabe muy bien lo que debe mostrar y lo que no, filmando la violencia, tanto física como emocional, sin embellecerla, y sobre todo, mostrándola desde una posición crítica, resolviéndola de manera magnífica con el recurso del fuera de campo, y haciendo un uso ejemplar del sonido, y el sobrio y catalizador montaje obra de Ludêk Hudec.

El director checo construye una película larga, llega hasta los 169 minutos de duración, y sobre la Segunda Guerra Mundial, y su devastación en la población, siguiendo la mejor tradición del cine de la Europa del Este, donde prevalece el blanco y negro, relatos de gran dureza sobre las relaciones difíciles entre personajes y un contexto social y rural muy duro y descarnado, y las consecuencias nefastas de la guerra en los habitantes, tanto físicas como psicológicas, con esos instantes de gran crudeza cuando los cosacos atacan el pueblo, o las vejaciones que sufren por parte de los nazis un pueblo indefenso a merced de los abusos de un poder ilimitado y asesino. El pájaro pintado es una película durísima, violenta y desoladora, sumergiéndonos en el contexto de la guerra y en el alma oscura de los seres humanos, donde hay un niño que sufre todas las acciones terribles de esos adultos llenos de soledad, amargura y tristeza, que usan al inocente para descargar su vacío y basura emocional acumulada.

Marhoul descarga toda su película en la mirada del debutante Petr Klotár, auténtica alma mater del relato, que sin emitir ninguna palabra, transmite toda esa transición que sufre a fuerza de golpes y abusos, de su infancia a la edad adulta, convirtiéndose en uno más de esa sociedad desorientada y salvaje, bien acompañado por una retahíla de grandes intérpretes internacionales encabezados por Udo Kier, Harvey Keitel, Stellan Skarsgard, Julian Sands, Barry Pepper, y luego, un grupo de intérpretes checos, polacos y rusos, menos conocidos para el gran público, pero igual de capacitados para desarrollar unos personajes complejos como Aleksey Kravchenko (que los más cinéfilos lo recordarán como el niño de Ven y Mira, ahora convertido en un soldado ruso amable), Lech Dyblik, Jitka Cvancarová, Júlia Valentová y Petr Sverák, entre otros. Václav Marhoul se ha destapado como un cineasta de atmósferas y personajes, filmando con crudeza y sensibilidad toda la desolación, amargura y oscuridad que encierran los seres humanos, y cómo las experimenta un niño sometido a esas voluntades tan terribles, guiándonos de modo excelente y visceral por una epopeya convertida ya en un relato digno de admirar no solo por todo lo que cuenta y como lo cuenta, sino su veracidad, su magnetismo y la mirada que desprende un niño en mitad de la guerra, o podríamos decir, en mitad de la nada más absoluta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Adriana López Sanfeliu

Entrevista a Adriana López Sanfeliu, directora de la película “Elliott Erwitt, Silence Sounds Good”, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 4 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Adriana López Sanfeliu, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán

Entrevista a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán, actrices de la serie “Vida perfecta”, de Leticia Dolera. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Leticia Dolera

Entrevista a Leticia Dolera, actriz y directora de la serie “Vida perfecta”. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leticia Dolera, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Enric Auquer

Entrevista a Enric Auquer, actor de la serie “Vida perfecta”, de Leticia Dolera. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enric Auquer, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar

UN PAÍS EN LLAMAS.

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Miguel de Unamuno

A finales de primavera de este año, el escritor Manuel Vicent describía a Miguel de Unamuno de la siguiente manera: Había pasado la vida luchando contra esto y aquello, pero en el fondo no había peleado más que contra sí mismo, sin otra obsesión nada menosque la de ser inmortal frente a la divinidad. Ese fue su destino. Total, para nada. Unamuno (1864-1936) insigne escritor y filósofo, se pasó la vida oponiéndose a todo, criticando con dureza a todos los gobernantes del país, sea cual fuese su ideología o condición, un pensador firme y sincero, que dudaba constantemente, alguien contradictorio, con continuos vaivenes ideológicos, fue uno de aquellos intelectuales que se opuso a los desmanes de la Segunda República, y pidió, como muchos, una intervención militar para restaurar el orden perdido, aunque también se alzó vehemente contra esos militares que no respetaron el mandato democrático del pueblo, y criticó con toda la dureza a su alcance, los desmanes contra la República y sus seguidores. Una figura de esta naturaleza, ausente en nuestros tiempos, alguien capaz de defender algo a ultranza, y luego desdecirse de sus palabras, admitir sus errores y enmendar tales afrentas y opiniones, es una figura necesaria para un país, alguien con la capacidad de la autocrítica, de la duda, y sobre todo, del pensamiento como única forma para hablar de las circunstancias, de los hechos, admitiendo el error y la equivocación como formas de la razón y lo humano.

Una figura de ese calibre humano se merecía una película, incluso unas cuantas. Hace cuatro temporadas ya tuvimos una película sobre Unamuno, La isla del viento, que relataba aquellos años de exilio forzado del pensador por sus duras críticas a la dictadura de Primo de Rivera allá por los años 20, en la piel del actor José Luis Gómez. Ahora, llega a nuestras pantallas Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) que nos sitúa en la Salamanca del 19 de julio del 36, cuando los militares impusieron el estado de guerra en la ciudad, mientras su rector universitario, Unamuno, y sus dos amigos del alma, Salvador Vila, antiguo alumno del pensador, arabista y profesor universitario, y Atilano Coco, cura protestante, pasean por la ciudad, mientras hablan y discuten sobre los acontecimientos que se desarrollan en la ciudad. Por otra parte, y como un espejo deformante se tratase, asistimos a los entresijos y pormenores que llevaron a Franco y compañía a la península desde sus destacamentos en el protectorado de Marruecos, y los encuentros con otros generales, como Millán-Astray, Mola o Cabanillas, y los asuntos de poder para decidir quién llevaría la nave de la cruzada para recuperar la patria.

Amenábar y Alejandro Hernández (guionista habitual de Manuel Martín Cuenca) se centran en las figuras de Unamuno y Franco, en ese espejo de la figura de Unamuno, en el que vemos a la razón, el pensamiento, y el estudio como formas de vivir y de relacionarse con los demás y el entorno, enfrentado al reflejo de Franco, que representa a esa España violenta, resentida, vengativa y de muerte. La acción arranca con la entrada de las tropas nacionales en Salamanca hasta el famoso enfrentamiento en el paraninfo de la Universidad de Salamanca aquel aciago 12 de octubre, “Día de la Raza”, en el que Unamuno se enfrentó a Millán-Astray con el ya famoso “Venceréis, pero no convenceréis”. Amenábar vuelve a rodar en castellano después de sus dos aventuras desiguales filmadas en inglés que supusieron Ágora (2009) y Regresión (2015) volviendo a una figura real como hiciera con Ramón Sampedro en Mar adentro (2004) también volviendo a aquellos buenos síntomas, tanto en la forma como en el fondo, colocándonos en aquellos primeros meses de la guerra, donde todavía se conocían pocas cosas, donde desaparecían personas sin dejar rastro, donde la intervención militar se irá convirtiendo en una guerra cruel y mortal para el país.

Una naturalista y sombría luz del cinematógrafo Álex Catalán, que debuta con Amenábar, pone de relieve todos aquellos hechos donde Unamuno se veía despojado de sus amigos y por consiguiente de su vida, y cómo van minando la capacidad del pensador ante la deriva que van tomando los hechos hacia una oscuridad y un terror sin precedentes en la historia del país. Unamuno, Salamanca y los hechos por un lado, y Franco, Millán-Astray y los demás juegos de poder de los generales por el otro, con algún (des) encuentro entre ambos espejos, con el suceso en la Universidad como epicentro del relato. Un montaje en paralelo y muy preciso de Carolina Martínez Urbina (responsable de Regresión, y ayudante en Ágora) ayuda a observar con detenimiento y pausa todos los tejemanejes militares y el vaivén de Unamuno, de la esperanza inicial al terror puro, como se describe en esa secuencia donde presencia, muerto de pánico, como se llevan a su amigo Salvador Vila, recordando aquellas palabras del propio Unamuno: “A veces, el silencio es la peor mentira”, y sus inútiles encuentros con Franco para mediar por sus amigos.

Amenábar ha construido una película magnífica, precisa y soberbia, bien documentada históricamente, con todo lujo de detalles, tanto en el vestuario, donde Sonia Grande vuelve a demostrar que es una de las grandes, o la concisa caracterización de los personajes, dotándolos de humanidad, garra y violencia, según se precise. Capítulo aparte merece la interpretación de su extenso elenco, con la firma de Eva Leira y Yolanda Serrano, una de las parejas más importantes del país en este apartado, encabezado por un Karra Elejalde soberbio en su rol como Unamuno, tanto en la vida pública como personal, con un desatado y enérgico Eduard Fernández metido en la piel de Millán-Astray, una especie de Quasimodo de la muerte, bien acompañados por Santi Prego que realiza un Franco a la altura del Juan Diego de Dragon Rapide, film-espejo de Mientras dure la guerra, o el Juan Echanove de Madregilda. Con unos convincentes y cercanos Carlos Serrano-Clark como Salvador Vila y Luis Zahera como Atilano Coco, y el resto de un reparto íntimo y lleno de detalles conformado por Nathalie Poza, como la mujer del alcalde, Patricia López Arnaiz como la hija rebelde de Unamuno, Luis Bermejo como hermano de Franco, Tito Valverde como Cabanillas, Luis Callejo como Mola, Dafnis Balduz como secretario de Unamuno o Mireia Rey como la mujer de Franco.

Amenábar, en su séptimo trabajo, ha confeccionado un relato lleno de complejidad, de maldad, de algo tan de aquí, de esa idiosincrasia tan difícil de entender, una buena película sobre la Guerra Civil Española a la altura de Soldados de Salamina, donde los ecos del ayer siguen resonando con fuerza en el presente. Una historia sobre lo humano y lo más profundo del alma,  retratando un país en llamas, un país roto, dividido y lleno de terror y violencia, incapaz de ponerse de acuerdo, a la gresca siempre, como la pintura de Goya “Duelo a garrotazos o la riña”, quizás la eterna lucha y conflicto de un país hecho a pedazos, con territorios enfrentados históricamente, un país donde no se habla, se discute, como esa secuencia tan real y triste a la vez, donde Unamuno y Salvador Vila discuten y discuten, mientras el plano se vuelve general y los deja a la greña, sin escuchar lo que dicen, para cerrarlo con un Unamuno cansado que pide que vuelvan a casa. Una tierra ensangrentada, incapaz de hablar, dialogar, de entender su heterodoxia, sus diferencias, un mal de antes y de ahora, y desgraciadamente, de siempre, como una pesada carga que somos incapaces de sobrellevar con dignidad y vehemencia sin acabar en las manos, respetándose y aceptando nuestras diferencias y aquello que nos une. Quizás la figura de Unamuno que murió el último día del 36, triste, encerrado en su casa, lleno de amargura y dolor, no solo por su enfermedad, sino por toda esa tristeza y violencia que se cernía sobre España, nos vuelven a traer a la memoria aquellas palabras tan tristes de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mireia Oriol

Entrevista a Mireia Oriol, actriz de la película “El pacto”. El encuentro tuvo lugar el jueves 26 de julio de 2018 en el hall del Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mireia Oriol, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Presentación AMERICANA FILM FEST

Presentación de la Americana. Festival de Cinema Independent Nord-Americà de Barcelona con la presencia de dos componentes de su equipo. El acto tuvo lugar el miércoles 14 de febrero de 2018 en el auditorio del Mobile World Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Sánchez de Comedianet, por su tiempo, conocimiento, cariño y generosidad, y al equipo de la Americana Film Festival, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.