Entrevista a Anna Alarcón

Entrevista a Anna Alarcón, actriz de la película “L’ofrena”, de Ventura Durall en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “L’ofrena”, en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Uno para todos, de David Ilundain

CONSTRUIR PERSONAS.

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”

María Montessori

El director David Ilundain (Pamplona, 1975), ya había demostrado sus excelentes dotes como cineasta en B (2015), esa “B”, que hacía ilusión a Bárcenas, el ex tesorero del PP. Basada en la obra teatral homónima de Jordi Casanovas, era una película austera y sencilla, que nos encerraba en una sala de juzgados, donde a modo de interrogatorio el citado Bárcenas respondía al juez Ruz, en un grandísimo thriller político que destapa las desvergüenzas y miserias del PP. Cinco años más tarde, se estrena Uno para todos, su segundo trabajo tras las cámaras. Una película que sigue la senda de la austeridad y sencillez, la sala de juzgados deja paso a otro recinto cerrado, el aula de un instituto en uno de esos pueblos de la llamada España vaciada. A ese lugar, llega Aleix, un profesor interino, en mitad de la noche, como uno de esos vaqueros que llegaban a pueblos aparentemente vacíos y sin nada que temer. A la mañana siguiente, empieza con su clase, un grupo de 18 chavales entre 11 y 12 años, y se topará con el primer conflicto, uno de ellos, se encuentra enfermo de cáncer, al que visitará con frecuencia.

Basado en un hecho real que originó la película, que se construyó con un guión sobrio y cercano que firman Coral Cruz (que la conocemos por ser la guionista de Villaronga o Fernando Franco, entre otros), y Valentina Viso (que está detrás de las historias de Mar Coll, Elena Trapé o Nely Reguera), que nos cuenta un curso escolar, y no solo se centra en la educación y sus métodos, sino que nos habla de otros temas que también se dan en la educación, como el acoso entre compañeros, la gestión de conflictos humanos, la implicación personal más allá de las aulas, la convivencia entre unos y otros, la integración de los que más lo necesitan, encontrar el equilibrio entre educar y ayudar a niños con dificultades, conflictos con los que se encontraba Daniel Lefebvre, el director de la escuela de la maravillosa Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier. Ilundain crea ese ambiente escolar a partir de pocos elementos, pero muy reconocidos, filmando en un instituto real, con esa cámara cercan y movible, que sabe captar la pulsión emocional que se vive en el interior de la aula, con esa luz naturalista e íntima creada por Bet Rourich (responsable de Jean-François y el sentido de la vida o Los chicos del puerto).

El ágil y estupendo montaje, que firman Elena Ruiz (que podemos encontrar nombres como los de Medem, Mar Coll, coixet o Bayona, en su filmografía), y Ana Charte (en films de género como Vulcania y El año de la plaga) que nos conduce con decisión por el interior del instituto, dosificando bien la información y tratando los conflictos con tacto, y la sutileza y sensibilidad música de Zeltia Montes (que la hemos podido escuchar en las recientes Adiós y El silencio del pantano). Ilundain vuelve a sumergirnos en un tour de force, protagonizado por el profe y sus alumnos, magnífico y lleno de situaciones fuertes y llenas de tensión, donde tanto uno como ellos, deberán dialogar, enfrentarse y llegar a acuerdos, a través del respeto, la cooperación y sobre todo, el apoyo mutuo y al fraternidad. Estamos frente a personajes de carne y hueso, muy cercanos, personas como nosotros, con sus miedos e inseguridades, con esas zonas oscuras a las que todavía no se han enfrentado, encauzando con criterio e inteligencia la dicotomía que sufre Aleix, el profe que debe lidiar con las emociones y conflictos pre adolescentes de la clase, con todo aquello que ocultan, con las suyas propias, las heridas emocionales que sufre con su pasado, la interinidad de su trabajo, de aquí para ella, una especie de náufrago, que va y viene, con sus dificultades para adaptarse al mundo rural, a hacer amigos, a tener un lugar donde quedarse.

La capacidad y el buen hacer de un actor como David Verdaguer, en la piel del profe Aleix, una especie de Shane (1953), de George Stevens, el tipo desconocido que llega al pueblo y percibe todo el aliento de mentiras y problemas que existen. Verdaguer consigue crear esa atmósfera de tú a tú con sus alumnos, tratándolos como personas y escuchando todo aquello que se cuece en esa clase, que nos es moco de pavo, gestionando todos esos conflictos emocionales que existen, e intentando construir personas y construirse a él mismo, como reza la frase que acompaña al cartel de la película: “Un profesor te puede cambiar la vida. Un alumno, también”. Bien acompañado por sus alumnos, todos ellos debutantes, que interpretan con naturalidad y cercanía, creando ese viaje íntimo y personal que se crea entre profe y alumnos en este curso escolar, que no solo aprenderán conocimientos, sino que crecerán como personas mirando de frente a los problemas sociales y personales que existen en la clase.

Bien acompañado por una Ana Labordeta como directora del instituto, Calara Segura como la madre del alumno enfermo, y la aparición de Miguel ángel Tirado (el popular “Marianico el corto”), en un personaje con entrañas, y Patricia López Arnaiz, la profe de refuerzo que visita al alumno enfermo de cáncer, con la que tratará y se genera una amistad cercana, con sus más y sus menos, claro está, en las que se confrontarán como un espejo deformador donde veremos la realidad que también oculta Aleix, que debe lidiar con conflictos a los que no está preparado, y que van más allá de impartir sus clases. Tiene la película de Ilundain ese aroma que tenía Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, en la que también, una maestra de la ciudad, llegaba a una escuela rural y su modernidad en sus métodos de enseñanza, la llevaban a entrar en conflicto con la comunidad rural. El director navarro ha creado una película pedagógica en todos los sentidos, una hermosísima lección de humanismo, donde tanto profes como alumnos, no solo pasarán un curso que no olvidarán, sino que saldrán transformados, y esa es la función más humanista que la enseñanza puede hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Júlia Betrian y Zaida Carmona

Entrevista a Júlia Betrian y Zaida Carmona, actrices de “Puta y amada”, de Marc Ferrer. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Parc de L’Estació del Nord en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Júlia Betrian, Zaida Carmona y Marc Ferrer, por su tiempo, amistad, sabiduría, generosidad y cariño.

Entrevista a Marc Ferrer

Entrevista a Marc Ferrer, director de la película “Puta y amada”. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Parc de L’Estació del Nord en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Ferrer, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño.

Puta y amada, de Marc Ferrer

(DES) AMORES, AMIGOS Y CINE.

“Si no se puede ser hermoso hay que ser terrible, la misma pasión estética pero invertida”

Nos encontramos en un cine, unos amigos están viendo alguna película de Godard, Truffaut, Pialat o la última de Woody Allen, la siguen con atención, inmersos en un estado hipnótico por sus imágenes y sonidos, abducidos por las historias que se cuentan. Cuando acaba la película, toman algo en el bar más cercano y hablan sobre la película, que les lleva a hablar de ellos mismos, de sus (des) amores y existencia vital. Este instante, cotidiano y resistente, podría ser la secuencia habitual del cine de Marc Ferrer (Sabadell, Barcelona, 1984) que después de graduarse en Comunicación Audiovisual en la UPF, y de realizar cortos y videoclips, debutó en el largometraje con Nos parecía importante (2016) donde las vivencias autobiográficas,  la amistad y la cinefilia eran los pilares en los que se asentaba su película. Al año siguiente, vimos La maldita primavera, que, aunque continuaba hablándonos de amigos y cine, lo hacía a través de un tono diferente, en una comedia muy gamberra, muy divertida, en el que se mezclaba la Barcelona actual, mucha música pop de Papa Topo, devaneos sentimentales, extraterrestres y mucho trash.

En su tercera película, Puta y amada, Ferrer vuelve a la premisa de su opera prima, donde vuelve a hablarnos de sí mismo, de sus amigos, algunos interpretándose a sí mismo, donde se vuelve hablar de cine, de literatura, y sobre todo, de la fragilidad de los sentimientos, y la vulnerabilidad de las emociones, a través de relaciones frugales, insatisfechas, acomodadas, tristes, reconciliables o no, locuras y demás (des) amores, y lo hace desde la naturalidad y la cercanía, a partir de esa austeridad narrativa y formal que hace de la carencia de medios, una bandera para contarnos relatos frescos, divertidos y actuales, filmando esa Barcelona de día, pero sobre todo, de noche, la Barcelona canalla,  la del Cine Zumzeig, la de Freedonia, la del Raval, con su Mónica del Raval (que aquí tiene un cameo, volviendo al universo Ferrer, ya que en La maldita primavera tenía un personaje importante) aquí tenemos la presencia de Yurena marcándose la actuación de uno de sus temas disco, a la que veremos en otros momentos, también envuelta en amores inconclusos. Estaremos en otros tantos lugares, donde la ciudad, esa Puta y amada, para Ferrer y sus amigos, como epicentro y responsable inocente de sus logros o desaciertos vitales. También, hay mucha música, escuchamos canciones pop, que nos hablan del interior de los personajes, de sus sentimientos y estados de ánimo.

El director sabadellense construye sus películas de 60 minutos de metraje, un tiempo en el que no cesan de ocurrir cosas, donde el ritmo nos lleva de un sitio a otro  de forma frenética, a los (des) encuentros casuales o no, nos sitúan en situaciones cotidianas, realistas o no, donde los personajes siguen a sus amados, queriendo encontrar ese sentido a sus vidas o aprender a relajar su corazón y que no vuelva a salir perjudicado por tantos cambios. Ferrer elogia la imperfección, la fealdad, huye de lo bonito y perfecto, no juzga a sus personajes, los filma desde la naturalidad y la intimidad, en una especie de catarsis autobiográfica, en el que lo vivido en la realidad pasa a ser materia de ficción, en el que la vida y el cine se mezclan, fusionan y crean una especie de híbrido donde vida y película dialogan entre sí, creando una nueva dimensión donde la realidad y la ficción se traspasa continuamente, pero, siempre desde un sentido sencillo y honesto, sin crear ningún tipo de discurso o subrayado narrativo, la película se cuenta desde el deseo de hacer cine, de vivir el cine y de sentir el cine desde lo más mínimo, desde sus orígenes, filmando todo aquello que nos ocurre, que forma parte de nuestras vidas.

El cine de Ferrer reflexiona continuamente sobre el valor de las imágenes, sobre su construcción y su tiempo, donde la Nouvelle Vague sería el epicentro romántico cinematográfico, donde nacen sus imágenes, un lugar de referencia del que se originan estas películas, donde continuamente se  establecen diálogos entre el cine y la vida, donde no sabemos dónde acaba uno y empieza el otro, como el instante en el que Júlia entra en la cabina del proyeccionista del cine  y mira con amor ese proyector en 35 mm. Marc hace un cine libre, fresco, natural y divertido, alejado de todas esas moderneces, imperativos narrativos o formales, donde se recupera la cinefilia, el amor al cine, sus personajes van al cine, hablan de él tomando algo, como una mirada hacia lo que fue el cine, lo que ya no es, porque Ferrer elogia el cine diferente, hecho desde la emoción, en el que prevalece el contenido a la forma, aunque la forma, a pesar de resultar aparentemente sencilla e improvisada, casa perfectamente a aquello que se nos cuenta, sin entrar en ninguna virguería técnica o demás, que rompería esa naturalidad y espontaneidad que destilan las imágenes de la películas de Marc.

Marc que se reserva un personaje, el del cineasta en crisis creativa y sentimental, está acompañado en esta nueva aventura por una de sus cómplices habituales y compañeras, Júlia Betrian, con su desparpajo y cercanía, Zaida Carmona, que con su tono de voz y mirada, nos recuerda a Marta Fernández Muro, una de las actrices capital en aquella comedia madrileña de los 80 (que como hacía en La maldita primavera, donde se marcaba el temazo de “La llamada”, aquí Zaida, nos deleita con un tema de The Cranberries) Adrià Arbona y sus Papa Topo, y demás inquilinos en el universo gamberro y sensible de Ferrer, que recuerda a aquellos primeros filmes de Waters, Fassbinder, Colomo o Almodóvar, o más recientes como los films de Jonás Trueba, donde a través de amigos y la obligada austeridad de medios, nos hablaban de sus emociones, del cine que amaban y de esos amores que van y vienen, que a uno lo matan o resucitan, porque Ferrer quizás haya hecho su película más realista, más acogedora, y más tierna, donde explora tanto la felicidad como la infelicidad de él y sus amigos, de todo aquello que se siente enfrentado a la realidad dura y siniestra, donde la dificultad de interpretar nuestros sentimientos que choca con los hechos, nos confunde, nos irrita, y nos entristece, como ese maravilloso momento en el taxi con el propio Marc junto a Zaida, en el que cine y vida se transmutan creando, quizás, uno de los momentos más mágicos en el cine de Ferrer.

Entrevista a Sara Gutiérrez Galve

Entrevista a Sara Gutiérrez Galve, directora de la película “Yo la busco”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sara Gutiérrez Galve, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tarip Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Yo la busco, de Sara Gutiérrez Galve

UNA NOCHE, UNA CIUDAD. 

Parafraseando a Truffaut, y adoptando el título de uno de sus artículos más celebrados, aquel que empezaba con Una cierta tendencia del cine… Podríamos coger una parte de aquella idea y trasladarla al cine que se hace aquí y ahora, porque es característica común que muchas de las películas de debutantes hablan desde una mirada muy personal, hablando de sus vidas y las de sus amigos y entorno, y haciendo claras referencias al propio cine, la música, la literatura, etc… Las películas de Jonás Trueba o Marc Ferrer serían ejemplos de esta idea, así como Les amigues de l’Àgata o Julia Ist, retratos de jóvenes, de sus devaneos sentimentales y sociales, invadidos por el tedio, en algunos casos, o la imposición y carencia económicas, el silencio o la huida ante los conflictos emocionales, o las rupturas interiores que se producen en sus relaciones sentimentales, que suelen ser ambiguas, complejas e inclasificables. Seres que se sienten vacíos, encarcelados en una existencia triste y solitaria, incapaces de expresarse y la imposibilidad de exponer sus sentimientos.

La puesta de largo de Sara Gutiérrez Galve (Barcelona, 1994) surge como proyecto de final de carrera en la Universitat Pompeu Fabra, tutorizada por nombres tan importantes como Javier Rebollo, Mar Coll o el propio Jonás Trueba, convertida en una película sencilla y honesta, en la que la directora, junto a la coguionista Núria Roura Benito, nos propone un retrato de gente de su edad y entorno, y capturando un día en las vidas de sus personajes, una única jornada donde asistimos a una ruptura, una ruptura que se produce en Max, cuando, de casualidad, se entera que Emma, su compañera de piso, se ha cogido un apartamento junto a su pareja. Ese instante de cambio, ese momento en el que la relación que había entre Max y Emma ha pasado a otra situación, la amistad íntima y corporal que se sentían ha quedado rota, aunque Max está afectado, no enfrenta el problema, lo que siente, y decide, de una manera torpe y casi una huida interior, salir a la calle de noche, en busca de no sé sabe qué y a quién, ni dónde.

La directora catalana apoya todo su relato en Max, en la mirada de Max, en esa ruptura interior que está viviendo y sufriendo, capturando ese deambular espectral por la noche barcelonesa, una ciudad oscura y diferente, habitada por personas que le acompañarán o lo evitarán, capturando lo invisible, lo que no vemos, lo que se escapa, aquello que nos sucede interiormente, siguiendo esa mirada rota, como buscando alguien cercano, alguien que le acompañe en su desamparo, en su pesadumbre, en esos sentimientos encontrados, extraños y complejos. La cámara (con esa luz natural y rota de Carlos Rigo Bellver) se engancha a Max y lo sigue, lo escruta y no lo deja en ningún instante. Lo acompañamos por supers de pakis abiertos toda la noche, por pubs donde pasar un rato agradable o no, por calles solitarias en compañía de alguna mujer igual de sola, por trayectos en taxis que desprenden sentimientos distantes, algún kebab en bares pringosos donde se encuentran personas cercanas, compañías poco amables que despiertan recelo, y canciones para olvidar en sitios desconocidos.

Todos los espacios que podemos encontrar en una gran ciudad de noche, donde Max acabará sin muy bien saber porqué, en esta huida nocturna, encontrando ese camino o destino que evite volver a casa y enfrentarse con su problema, con enfrentarse a su ruptura, a esos sentimientos hacía Emma, hacía lo que tenían, a todo aquello que los unía, a esa amistad íntima, casi de pareja, hablando de proyectos futuros que ahora han quedado en suspenso, que están no se sabe dónde. Gutiérrez Galve nos habla de las relaciones actuales, del modo que se construyen y cómo se desarrollan, de amistad o amistades, de amor o amores, de sentimientos y de la incapacidad que tenemos para expresarlos, de hablar de lo que sentimientos a esa persona que nos hace sentir de una manera u otra, de tantas palabras por decir y dejándonos las importantes por decir, de la dificultad de amarse sin ser pareja, de ese instante donde los amigos emprenden caminos diferentes al tuyo, y tú te sientes diferente a tu pesar, a preguntarse dónde irán a parar todas esas promesas que te hiciste o se hicieron los amigos.

Yo la busco es una película fresca, divertida y ligera, porque es profunda sin pretenderlo, porque habla de muchas cosas que ocurren sin subrayados ni discursos, siempre dentro de un lenguaje cercano, de una intimidad que traspasa y dialogando con el espectador continuamente, que navega entre la comedia y el drama, y lo fusiona, lo mezcla, en la que nos habla en susurros de las rupturas interiores que se producen cuando no se dicen las cosas, cuando se oculta lo que sentimos, y de donde nos lleva todo eso, con un protagonista fascinante, seductor y frágil,  como Dani Casellas, este tipo perdido en la noche, y triste, moviendo su soledad por la noche, de aquí para allá, intentando encontrar algo a qué agarrarse, muy bien acompañado por Laia Vidal como esa Gemma, que tampoco sabe si quiere o no quiere, debutantes los dos. Un retrato que nos devuelve el aroma de aquel cine español de finales de los setenta y principios de los ochenta, realizado por Trueba, Colomo o Martínez-Lázaro, entre otros, donde unos personajes inquietos y curiosos por la vida, se perdían en su desazón vital, incertidumbre en el amor, y la complejidad de sus emociones, que iban y venían, sin acabar de saber su origen y causa.


<p><a href=”https://vimeo.com/263135872″>YO LA BUSCO – Trailer (V.O.S.Esp)</a> from <a href=”https://vimeo.com/nanouk”>Nanouk Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>