El poeta y el espía, de Gianluca Jodice

LO QUE FUIMOS Y LO QUE SOMOS. 

“El fascismo es la antítesis de la fe política, porque oprime a todos aquellos que piensan de forma diversa”

Sandro Pertini

En El conformista (1970), de Bertolucci, se profundizaba de manera directa y transparente la complejidad de los ideales enfrentados a lo personal en la oscura y terrorífica Italia de los treinta bajo el yugo fascista de Mussolini. Aquella Italia de camisas negras, de fascismo desbocado y en puertas de la guerra, ha sido y será la parte más convulsa del país transalpino, y como no ha podido ser de otra manera, el cine lo ha mirado desde distintos puntos de vista. En Vincere (2009), la maestría de Marco Bellocchio, relataba con mano firme el ascenso del joven Mussolini hasta llegar al poder y sus amores con Ida Dalser. En El poeta y el espía, el director Gianluca Jodice (Nápoles, Italia, 1973), hace lo propio, pero no mira directamente al dictador italiano, sino a su contrario, el poeta y militar Gabriele D’Annunzio (1863-1938), héroe de la Gran Guerra y recluido en un palacete. En la primavera de 1936, cuando arranca la película, nos encontramos a un D’Annunzio de 74 años, pero muy envejecido, aquejado de grandes problemas de salud, intranquilo y olvidado por todo y todos, solo acompañado por unos pocos familiares y ayudantes.

Conocemos al poeta a través de Giovanni Comini, un joven idealista fascista que acaba de ser nombrado federal, al que le encargan la difícil misión de espiar al poeta, ya que advierte del peligro de Mussolini y su inminente alianza con Hitler. El joven Comini mantiene una relación con Lina, una joven enamorada y solitaria que también mantiene sus dudas respecto a la función de Giovanni. Jodice debuta en el largometraje de ficción, después de sendos documentales, uno dedicado a su ciudad Nápoles, y otro, sobre La gran belleza, de Sorrentino. La película se sustenta en dos grandes nombres en la parte técnica, Daniele Ciprì en la cinematografía, con varias películas con el citado Bellocchio, y la edición corre a cargo de Simona Paggi, con trabajos con Gianni Amelio y La vida es bella, de Benigni. Una parte ejemplar en su forma de contar el relato, así como su ambientación y oscuridad en la que se había instalado un país donde el fascismo que viene a cambiar y modernizar el país, acaba volviendo a la violencia para eliminar a sus críticos. Comini es una de esas personas manejables que la dictadura acoge en su seno y lo maneja a su antojo, alguien que al relacionarse con D’Annunzio verá la realidad en la que se está metiendo, y sobre todo, cuando le afecta a nivel personal.

La película se basa en los encuentros y conversaciones del joven fascista y el veterano poeta, de vueltas de todo, vencido por todos, que sabe perfectamente que sus días están contados, y hace lo imposible para parar la locura de Mussolini. El poeta y el espía es una película de corte clásico, muy estática, la acción se manifiesta a través de sus diálogos, llamadas de aquí a Roma y viceversa, y mucho despacho de las altas esferas fascistas, en un relato in crescendo, donde la mirada del joven Comini se convierte en nuestra mirada, todo lo conoceremos a través de él, de su cambio como joven fascista a enfrentarse a la cruda realidad del fascismo y su violencia para mantener el poder y llevar a cabo sus siniestros planes. Un reparto bien escogido que interpreta con seguridad personajes complejos, humanos y muy cercanos, entre los que destaca Francesco Patanè como Giovanni Comini, el joven que despertará y verá la realidad que se negaba a creer, Lidiya Liberman como Lina, la joven superviviente que manifiesta sus dudas al trabajo de su enamorado Comini.

Mención aparte tiene el grandísimo trabajo interpretativo de un extraordinario Sergio Castellitto, actor de gran talla que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Rosi, Ferreri, Scola, Monicelli, Rivette, entre otros, amén de dirigir varias películas, realiza una composición maravillosa de D’Annunzio, con sus taras y virtudes, un tipo consumido por la historia, su personalidad, por la cocaína que llenaba sus agujeros imposibles, ese caminar aturdido y lento, esa mirada lejana y ausente, todos sus movimientos pausados y sin rumbo, encerrado en un palacete, mitad ruinas y mitad en continua construcción, cautivo en una vida que ya no le pertenece, en un mundo que ha pasado de largo, e incapaz de llegar a todos esos italianos ensimismados en un Mussolini que él sabe muy bien que los llevará al abismo y a la miseria más absoluta, un tiempo que se va y sobre todo, un tiempo que se llenará de terror, y él viejo poeta y enfermo ha quedado ya demasiado olvidado. El poeta y el espía gustará a todos aquellos que no conozcan esta parte de la Italia fascista, conociendo a todos esos personajes que vieron como sus ideales eran arrastrados a la muerte, y otros, como el poeta, donde su razón y su poesía eran reducidas al olvido, convertido en un pobre títere de sí mismo y su pasado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Martin Eden, de Pietro Marcello

LA BELLEZA Y EL DOLOR.

“El escribir… era el esfuerzo consciente de liberarse de una angustia y el momento límite que indicaba que otra angustia había de surgir. Era algo como eso que hacen muchos hombres y mujeres, el “desahogarse”, que les lleva a decir hasta la última palabra de un dolor real o imaginario para curarse de él”.

De la novela “Martin Eden”, de Jack London

La novela “Martin Eden”, de Jack London (1876-1916), era un relato muy autobiográfico del escritor estadounidense, donde exponía los males de su oficio, las consecuencias de convertirse en un escritor de éxito, y sobre todo, el libro era un durísimo ataque al individualismo, a dejar de ser una persona para convertirse en un mero producto para las masas, abandonando la realidad para ser uno más, un títere de la sociedad de consumo, un infiel a sus ideales humanísticos para ser un extraño. Pietro Marcello (Caserta, Italia, 1976), ha desarrollado una filmografía con documentales muy interesantes donde exploraba los viajes en tren y sus habitantes en Il passaggio della línea (2007), o la redención de un ex convicto y su amor en La bocca del lupo (2009), también había tocado la ficción anteriormente con Bella y perdida (2015), una fantasía sobre un sirviente que quiere salvar a un búfalo atrapado.

Con Martin Eden, coescrita por su guionista cómplice Maurizio Braucci (autor de prestigio que tiene en su haber nombres como los de Matteo Garrone o Abel Ferrara), el cineasta italiano ha compuesto un puzle que engloban sus anteriores trabajos, porque conocemos a un antihéroe nacido en el fango, alguien que viene de orígenes pobres, un tipo que se gana la vida como marinero y que conoce los barrios populares, las dificultades de ganarse la vida en el Nápoles de principios del siglo XX, un hombre que tiene todo lo que lleva puesto, al que la vida le cambiará cuando conoce a Elena, una mujer joven y hermosa, rica y sofisticada, que pertenece a otro mundo, a otra clase social. El amor que siente por ella, le abre un nuevo mundo, una nueva vida, y empieza a leer, y sueña con convertirse en escritor, mientras sigue viviendo, adentrándose en el convulso y triste siglo XX, con sus luchas obreras, su idealismo político, sus idas y venidas con gentes humildes, y sus continuos rechazos a sus cuentos y novelas, donde plasma su vida, lo que ve y sus gentes.

La película recorre los avatares históricos de buena parte del siglo XX, donde Martin Eden es testigo, muy crítico con el socialismo, y también, con la burguesía a la que pertenece la familia de Elena, con la figura de Russ Brissenden, el intelectual de izquierdas bastante frustrado y triste, que ejemplifica el sentimiento de la lucha obrera y las formas de contenido político frente al capitalismo creciente. Eden es un outsider, alguien que no encuentra su lugar en el mundo, una especie de náufrago sin isla en la que añorar un lugar en el que se sienta comprendido, o simplemente, acogido, un hombre que sueña con ser escritor fiel a sus raíces y cronista del tiempo que le rodea, casarse con Elena y vivir felices en una posición a la que aspira, pero también, esta Margherita, una mujer de su misma condición, de su lugar, pero que Eden la mira con otros ojos, convirtiéndose en esa figura que el joven aspirante a escritor quiere abandonar.

La película está estructurada mediante capítulos que se abren con imágenes de archivo reales, como las primeras que pertenecen al anarquista Errico Malatesta, y le seguirán otras, que vienen a contextualizarnos el tiempo de Eden, con esa cinematografía que firman Francesco Di Giacomo y Alessandro Abate, en la que priman los colores pálidos y los encuadres atmosféricos, donde constantemente vemos al protagonista y el entorno por donde se mueve, que va desde los lugares más tristes y pobres a los espacios más lujosos y detallistas, en un viaje que podríamos considerar de Pasolini a Visconti, pasando por los ambientes de Bertolucci, Scola o Germi, en que el rítmico y sobrio montaje de aline Hervé y Fabrizio Federico, resulta ejemplar en este recorrido por tantos lugares y tiempos, donde abundan las continuas disputas entre obreros y patronos, las relaciones laborales deprimentes y una sociedad en continuo cambio social, económico, político y cultural, donde Martin Eden actúa como testigo de su tiempo, convertido en un vehículo para hablarnos de su sociedad, de su interior y todo su proceso social, esos tipos que abundan en las novelas de Marsé, el “pijoaparte” de turno que quiere escalar en la vida, a través del amor de la rica, aunque este sea sincero.

Otros de los elementos destacadísimos de la película es la inmensa y magnífica interpretación de Luca Marinelli, uno de esos personajes “bigger than life”, una explosión de furia y humanidad, una mezcla de toro desbocado y apasionado, al que vemos por todo ese recorrido vital, tanto físico como emocional, con su idealismo, su sueño de ser escritor, sus contradicciones, sus miedos, inseguridades, su pasión por la lectura y la escritura, su complejidad, su constante búsqueda de la belleza, y el dolor al que deberá enfrentarse cuando este le toca, la infidelidad de dejar de ser quién era para convertirse en un escritor de masas, la frustración de ser la persona que pierde su sentido de la realidad, de perderse en una existencia que no le llena, en un mundo complejo y triste, que solo aplauden a los exitosos y aplasta a los más vulnerables y necesitados, a esa sensación permanente de tristeza de no saber qué hacer y haber perdido el sentido de su vida, y su desolación tras ser escritor y no encontrarse en su propio reflejo, como le ocurría a Dorian Grey, de venderse al diablo y sentirse vacío e invisible, mientras la sociedad italiana y el mundo, se encaminan a la destrucción y el horror, como demuestra la estupenda secuencia en la playa, donde vemos completamente abatido a Eden, mientras no lejos de allí, unos camisas negras se mofan de un hombre bajito.

Bien secundado en el reparto por las actrices Jessica Cressy como Elena, y la otra cara de la moneda, Denise Sardisco como Margherita, dos mujeres que ejemplifican la vida y el tiempo de Eden, la burguesía y el pueblo, los privilegiados que viven acosta del hambre de la inmensa mayoría, dos mundos que se necesitan, pero completamente irreconciliables y literalmente opuestos. Y el veterano Carlo Cecchi (actor con Bertolucci o Tognazzi, entre otros) como Brissenden, el mejor ejemplo para Eden de ese desencanto de los ideales políticos, de la frustración de una lucha que sin saberlo, solo pretende continuar las injusticias. Marcello ha construido una película asombrosa, intensa y dolorosa, que se convierte en un clásico al instante, llena de verdad, humanidad, furia y contradicciones, de pasiones arrebatadores, de sencillez y honestidad, una película para entender quiénes somos y de dónde venimos, que se da una vuelta por el siglo XX, a través de alguien que es un hombre de su tiempo y sus ideales, y como suele pasar, el tiempo se encarga de manejarlo a su antojo, de exprimir sus valiosas ideas, y la sociedad y su ideario con el individualismo feroz y salvaje como banderas, le convierten en un fantasma, en un espectro sin vida, sin ilusión, y sin nada, alejado de su verdadera identidad, y lanzado a los devoradores de ideas que las utilizan para su beneficio económico. Eden es uno más de tantos poetas y escritores malditos, que nunca encajaron en una sociedad vacía, enferma y desoladora, adicta a lo material, y perdida en la inmensidad de su desoladora existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Noches mágicas, de Paolo Virzì

AQUEL CINEMA ITALIANO TAN GRANDE…

“El negocio del cine es macabro, grotesco: es una mezcla de partido de fútbol y de burdel”

Federico Fellini

En un instante bellísimo y conmovedor de Noches mágicas, de Paolo Virzì (Livorno, Italia, 1964) vemos la claqueta final de la última película de Fellini, La voz de la luna, en el que Roberto Benigni se asoma a un pozo en mitad de la oscuridad de la noche. El momento es mágico, recogido en un silencio sepulcral, como de otro mundo, de otro tiempo, solo roto por los aplausos finales de los allí presentes. Ese instante recoge todo el espíritu que encierra la película de Virzì, un canto de amor íntimo y profundo aquel cine italiano que fue tan grande y en el verano del noventa se despedía o podríamos decir daba sus últimos suspiros, firmando sus obras póstumas como en el caso de Fellini. El director italiano también homenajea a otros de los grandes como Mastroianni, como ese cómico y desolador momento cuando llora desconsoladamente por el enésimo abandono de la Denueve, o ese otro guiño a Furio Scarpelli, legendario guionista, en la piel de un tal Fluvio Zappellini, interpretado por Roberto Herlitzka.

El director italiano, autor de comedias agridulces en las que juega con sus personajes atribulados, excesivos y perdidos en busca de un poco de cariño como hizo en su debut con La bella vita (1994) hace ya casi tres décadas, o siguió, entre otras,  con Caterina va in città (2003) el renacer en la gran ciudad de una adolescente desamparada, en Tutta la vita davanti (2008) se empleó con fuerza en la crítica social mediante la reivindicación de unas empleadas, en El capital humano (2013) vistió de elegante thriller un drama familiar vertebrado por dos familias, una elitista y la otra, con dificultades, o en Locas de alegría (2016) con unas maravillosas Valeria Bruni Tedeschi y Michaela Ramazzotti, con problemas psiquiátricos y huidas para vivir su aventura particular y reencontrarse con ellas mismas. En Noches mágicas, Virzì nos introduce en su sentido y honesto homenaje a ese cine italiano tan grande que maravilló a tantos espectadores del mundo, situando su relato durante el mundial del 90 celebrado en Italia, a través de tres jóvenes incipientes guionistas, finalistas de un premio. Antonino, el chico de pueblo, cerebro e idealista, que sueña con el retorno del gran cine italiano. Luciano, el eterno buscavidas y enamoradizo, y finalmente, Eugenia, la apocada y obsesiva, de familia riquísima, que sueña con un actor francés habitual del cine de autor.

Los tres jóvenes guionistas cargados de ilusión rememorarán su “Dolce Vitta” romana particular, agasajados por los productores, como el caso de Leandro Saponaro, uno de esos últimos dinosaurios del cine, arruinado y ennoviado con una chica cincuenta años más joven, o por otros vividores u olvidados del cine, que andan de aquí para allá, en continuas fiestas nocturnas, esperando que suene un teléfono desconectado. Virzì ironiza en esa forma de hacer cine actual, como evidencia en la secuencia de los guionistas tecleando como energúmenos sus máquinas de escribir en esa fábrica en serie de films y series, o esa caída del mito que sufre la joven Eugenia cuando conoce las miserias de su actor idolatrado. El epicentro de la trama se desarrollará en la famosa semifinal del mundial cuando Italia cayó en los penaltis con la Argentina de Maradona, cuando el automóvil de lujo de Saponaro cae estrepitosamente en las aguas del río Tiber, y rescatan cadáver al productor, y los tres guionistas serán arrestados como principales sospechosos.

El realizador italiano nos sitúa en una comisaría de policía, donde los tres guionistas, cuentan, a través de un flashback, los pormenores, aventuras, detalles y circunstancias de los tres jóvenes en busca de fama y dinero en ese cine italiano, que en los noventa iba por otras lindes y comenzaba a despedir a los pocos antiguos que todavía podían hacer cine. Virzì opta por la comedia agridulce y el thriller, como es habitual en su cine, para contarnos su visión del cine italiano que tanto ama, ahora convertido en un cementerio de elefantes, donde asistimos a momentos de humor, de esa comedia alocada y divertida, con esos instantes de pura amargura, desolación y tristeza, con secuencias de enorme ritmo, en que la cámara se cuela en rodajes, oficinas, reuniones, cenas, fiestas, locuras varias, amores desinhibidos, sexo a tutti pleni, y demás saraos y extravagancias, con momentos fellinianos como el protagonizado por la diva que hace Ornella Muti, mostrando su sexo levantándose la falda frente a Luciano. Un relato que sigue sin descanso a los tres jóvenes, con esa Roma veraniega, en que el fútbol se erige como medio para hablarnos de los éxitos y las miserias de un grupo de gente que fue, pero ya no es, que quiere seguir siendo, pero el tiempo pasó de largo, los dejó atrás, como ese director solitario que nunca habla, y encuentra en una joven ese último aliento para seguir respirando y recordando lugares mágicos donde rodó esos planos inmortales que lo encumbraron en los festivales internacionales.

La naturalidad, juventud y frescura de los Mauro Lamantia, Giovanni Toscano e Irene Vetere como los Antonino, Luciano y Eugenia, respectivamente, se convierten en los mejores aliados de la cinta y en el mejor contrapunto frente a los cineastas viejos y olvidados, siendo los mejores guías para mostrarnos esa Roma nocturna llena de dinosaurios que recuerdan viejos tiempos, y se arrastran por un presente indolente y con nuevas modas y corrientes, muy lejos de las suyas, como evidencia ese Giancarlo Giannini, viejo productor que hizo dinero con el cine comercial y se arruinó con el de autor, dando sus últimos bandazos y enganchado a múltiples medicamentos, o Andrea Roncato como Fosco, ese cineasta-autor que todavía lucha contra su precariedad y sus sueños oxidados, esperando esa oportunidad, onírica, para volver a hacer esa gran película que todavía no ha hecho. Una película sobre el cine, el cine italiano grande y también, sobre lo que quedaba de él en aquel verano del 90 cuando todo parecía que aún era posible, incluso que Italia ganará el Mundial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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La alegría de las pequeñas cosas, de Daniele Luchetti

EL PARAÍSO PUEDE ESPERAR.

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

Oscar Wilde

Paolo vive en Palermo felizmente casado y padre de dos hijos. Su vida transcurre felizmente en su trabajo como ingeniero, la intimidad del hogar, sus escarceos amorosos, sus devaneos filosóficos por las pequeñeces de la vida  y una eterna manía de salirse siempre con la suya,  y las felices tardes con sus amigos viendo al Club de Fútbol Palermo, el eterno aspirante al asenso a la primera división. Pero, un día, sus errores de cálculo en una intersección, le embiste ferozmente un vehículo que le hace caerse de su scooter contra el asfalto. Paolo aparece en el paraíso, pero un error le llevará de vuelta a la tierra, a su vida, a su Palermo, a su familia, eso sí, solo dispondrá de 92 minutos. Daniele Lucchetti (Roma, Italia, 1960) lleva más de tres décadas dirigiendo cine en la que ha construido comedias sobre política como La voz de su amo (1991) con Nanni Moretti en el reparto, centradas en la educación en La scuola (1995) o en el amor con Dillo con parole mie (2003), y también, dramas familiares como Mi hermano es hijo único  (2007), La nostra vitta (2010) y sentimentales en Anni felici (2013).

En La alegría de las pequeñas cosas, basada en las novelas Momenti di trascurabile felicità  y Momenti di trascurabile infelicità, ambas de Francesco Piccolo, también como coguionista. Luchetti vuelve a centrarse en la comedia, en un tono de comedia negra, donde pone de manifiesto todas esas cosas que nos hacen vivir plenamente y sentirnos bien, pero que olvidamos por nuestra rutina, placeres o deseos materialistas. Los 92 minutos de prestado que le dan a Paolo es su última oportunidad de valorar la vida y la familia que tiene, dejarse de ser él mismo por un instante y pensar en los demás. El cineasta italiano de forma hábil y rítmica nos sumerge en ese presente a contrarreloj y en continuos flashbacks en que conoceremos la historia de amor de Paolo y su mujer, Ágata, las relaciones con sus amigos, su cabezonería y egoísmo, sus continuas infidelidades y su falta de tiempo con sus hijos. Seguiremos a Paolo, y a sus pensamientos, a su agobio razonable por la falta de tiempo, acompañado de cerca del empleado del paraíso (personaje que por su fisionomía y carácter, nos recuerda al anciano profesor Hamilton que se ocultaba en Calabuch).

La cinta tiene ese marco tan agradable, simpático y ligero que tenían las screwball comedy estadounidenses, tales como La fiera de mi niña, Al servicio de las damas, La octava mujer de Barba Azul, La comedia de la vida, Bola de fuego o El bazar de las sorpresas, entre muchas otras deliciosas y magníficas comedias que no solo nos divertían con sus escenas y personajes, sino que abrían una nueva vía para hablarnos de forma interesante y reflexiva sobre la vida y sus consecuencias. Aunque puestos a relacionarla de manera más significativa podríamos encontrar en El difunto protesta (1941), de Alexander Hall, que se basaba en una pieza teatral, en la que un boxeador muerto por error es devuelto a la tierra para encontrar razones para vivir, película que tuvo su posterior remake en El cielo puede esperar (1978), uno de los grandes éxitos de Warren Beatty. Una tragicomedia que nos habla de nosotros, de quiénes somos y la forma de vivir y relacionarse que tenemos, haciéndolo de una forma ingeniosa y ágil, llevándonos en volandas por la existencia de Paolo, alguien que deberá por imperativo legal, no le quedan más opciones que hacerlo, de mirar su vida, de mirarse a sí mismo, de sentir que es lo que es, y sobre todo, quiénes están a su lado, los verdaderos motivos de su vida, las pequeñas e insignificantes cosas de nuestra existencia que nos hacen vivir y sentirnos bien.

Una película de estas características debía tener un intérprete cómico y brillante como Pif (que hace más de una década que triunfa en la televisión italiana con una programa de humor satírico) alguien que destila simpatía, energía, torpeza y cara de payaso triste, en algunos instantes, un actor que se enfunda de forma intensa y profunda en su rol, situándonos en esos momentos de brillantez y también, de patetismo, bien acompañado por Thony (cantante que debutó hace seis años con Todo el santo día, de Paolo Virzi) que hace de Ágata, la esposa que va descubriendo esa actitud extraña que tiene Paolo después de los suyo, y el empleado del paraíso, en la piel del veterano Renato Carpentieri (que ha estado a las órdenes del propio Luchetti en la citada La voz de su amo, de los hermanos Taviani, Gianni Amelio o Alice Rohrwacher, entre otros ilustres cineastas italianos). Luchetti ha construido una tragicomedia de nuestros días, de nuestra forma de ser y estar con nosotros y los demás en la vida, en nuestra existencia, de cómo sentimos y nos relacionamos, de nuestra identidad, y sobre todo, de todas esas cosas insignificantes que obviamos y que en el fondo, son aquellas cosas que nos hacen estar bien con los demás y con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA     

José Enrique Monterde presenta “Señoras y señores”, de Pietro Germi

Presentación del escritor cinematográfico José Enrique Monterde de la película “Señoras y señores”, de Pietro Germi, en el marco de la “Aula de cinema”, en la Filmoteca de Catalunya, el miércoles 4 de marzo de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José Enrique Monterde, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Donde caen las sombras, de Valentina Pedicini

LA BESTIALIDAD HUMANA.

Desde tiempos inmemoriales, el fascismo ha querido erradicar a las razas y etnias diferentes, consideradas por ellos como inútiles, seres viles y tarados mentales que eran necesarios exterminar de la faz de la tierra con el fin de zanjar su extirpe y borrarlos del mapa. A lo largo de la humanidad muchos han sido los casos conocidos y los que quedan por conocer, como en el caso que practicó el gobierno suizo durante más de medio siglo, en el periodo comprendido entre los años 20 hasta los años 70, cuando lanzó una operación secreta llamada “Children of the Road”, que consistía en eliminar a los Jenisch (un grupo sedentario que se instaló en varios países de la Europa central que provenían de clases pobres y marginadas) centrándose en sus vástagos, entre 700 y 2000 niños fueron separados de sus padres y llevados a la fueza a centros de reeducación e incluso cambiándoles la identidad y ser donados a familias de la burguesía (mismo método practicado por la dictadura franquista y tantos regímenes fascistas). Métodos clandestinos que servían para depurarlos, vejarlos con experimentos de toda índole como sumergirlos en agua helada, electroshocks, humillarlos y torturarlos, llegando a la esterilización.

La directora italiana Valentina Pedicini (Brindisi, 1978) después de foguearse en el campo documental, debuta en la ficción con una película dedicada a Mariella Mehr (escritora Jenisch que sufrió los malos tratos de este tipo de instituciones estatales)  abordando de frente y sin recovecos, los traumas del alma de un par de niños que sufrieron los males de aquel programa inhumano y terrorífico, centrándose en la figura de Anna, convertida en enfermera de un geriátrico y su fiel asistente Hans, un ser discapacitado intelectual debido a las secuelas de los experimentos. Los dos trabajan en el mismo centro que 14 años atrás albergaba el siniestro orfanato para los niños Jenisch. La digamos armonía de la cotidianidad del centro se ve alterada con la llegada de Gertrud, la doctora y jefa responsable del orfanato. La realizadora italiana plantea una película que navega por varios territorios, por un lado, tenemos esa mirada documental para mostrar la realidad del geriátrico, con sus horarios, normas y rutinas establecidas entre Anna y los internos, conociendo una muestra de alguno de los problemas que padecen.

Por otro lado, la película está contada a través de dos tiempos, el pasado, donde asistiremos a continuos flashbacks, en el que Anna, Hans y Franziska (la mejor amiga de Anna) con unos 10 años de edad, reciben las continuas humillaciones y torturas por parte de Gertrud y su equipo, y el tiempo actual, en el que Anna tiene que vivir con sus fantasmas, en el que sufre sus traumas en silencio, convirtiéndola en una mujer rota interiormente, recta y seria en sus formas, y sobre todo, de existencia frustrada y sexualmente reprimida, que utiliza a Hans como amante y compañía de sus males, y la relación con Gertrud, que las dos mujeres rememorarán aquellos años de mal recuerdo. Ahora, las tornas han cambiado, Anna se ha convertido en una mujer que quiere información, y frente a ella, tiene a la mujer represora (como ocurría en La muerte y la doncella, que escenificaba el encuentro de la torturada con su torturador años después) a la mujer que la ha convertido así, una mujer fría, vacía y llena de terribles recuerdos.

Pedicini ha construido una película de denuncia, sin caer en sentimentalismos ni heroísmos, sino profundizando en el terrorismo de estado de forma inteligente y audaz, destapando un caso olvidado que necesita ser recordado y contado. El relato crea una narración sobria y contenida, todo se resuelve de forma pausada y siniestra, cada movimiento y paso nos lleva a recordar, a ver el mal una vez y otra, como si fuese una película de terror, pero muy alejada de los cánones convencionales del género, en que el drama se mueve entre las sombras (como hace referencia el título) y esos siniestros recuerdos que atormentan al personaje de Anna y toda su existencia, como esa ánima que la sigue sin descanso, torturándola sin cesar, como aprisionada en una cárcel de recuerdos. La película se mueve dentro de una forma austera y sencilla, unos encuadres que juegan magníficamente con el espacio y el movimiento de los personajes, que parecen avanzar un paso y atrasar dos más, como si no pudiesen abandonar ese limbo de dolor y recuerdos que los mantienen inmóviles y desesperanzados.

La magnífica interpretación de Federica Rosellini que da vida a Anna, en que la película descansa casi en su primer plano y sus movimientos robotizados y deshumanizados, ayuda a crear esa atmósfera opresiva y cerrada, casi toda la película se desarrolla en las cuatro paredes del centro, apenas alguna secuencia en el exterior, todo se ve y se intuye desde dentro, como si de una cárcel se tratara, bien acompañada por la veterana Elena Cotta que interpreta a la malvada Gertrud, en un malévolo juego de espejos donde la anciana sufrirá los mismos tormentos que hizo sufrir a los niños, y finalmente, Josafat Vagni dando vida a Hans, un tipo inocente e infantil, fiel siervo de Anna, que lo convierte casi en un ser indefenso que la ayuda en todo lo que se le mande, como cavar en el jardín para encontrar restos de un pasado infame y terrorífico que sufrieron cientos de niños. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La gracia de Lucía, de Gianni Zanasi

LA MADONA SE ME APARECE.

“¿Has hablado con los hombres?”

“Oye, yo no hablo con los hombres, ¿no crees que ese es tu negocio?”.

Lucía es una joven treintañera, madre soltera de una hija adolescente muy rebelde, de vida sentimental confusa y vida profesional a tiro de mata (maravilloso su momento pícaro con el que la película presenta al personaje). Su gran oportunidad le viene con la construcción de un gran complejo turístico del ayuntamiento a las afueras de su ciudad de provincias, con el encargo topográfico del terreno. Todo parece sonreírle, aunque las ilusiones comenzarán a lastrarse cuando los planos son inexactos y peligra el ambicioso proyecto. Y no sólo eso, la aparición de una extraña mujer que se presenta como la Virgen María aún desestabiliza la vida personal y profesional de Lucía. Entre la incredulidad y el espanto, la Madona le comunica a una Lucía perpleja en todos los sentidos, que debe detener la obra e instar a los hombres a construir una iglesia. El nuevo trabajo de Gianni Zanasi (Vignola, Emilia-Romagna, 1965) gira en torno a una tragicomedia, una aventura personal y alocada sobre una joven que tiene ante sí un verdadero dilema, contar lo que le sucede con la Virgen y perder su ansiado trabajo, o mantener silencio y seguir como si nada, además de colaborar en un proyecto fraudulento que está saltándose los términos legales debido a la falsedad de los planos.

Lo que empieza como una crónica más o menos social sobre muchas mujeres jóvenes que se ganan la vida como pueden, y además, tienen que tirar su casa e hijos palante, irá desembocando en una comedia a ratos social, reivindicativa, excéntrica, romántica y sobre todo, fantástica, todo ello mezclado con grandes dosis de comedia loca, peor con los pies en el suelo, donde todo se desarrolla desde una mirada personal, que va desde lo absurdo hasta lo ecológico, pasando por los vaivenes emocionales que va sufriendo Lucía, que dentro de su caos vital, aún más se le añade la aparición de la Madona. Una Virgen María que recuerda a las apariciones del universo de Pasolini, muy alejada de la imagen icónica del arte, y más cerca a esa idea humanística, donde lo terrenal y lo místico se cruzan, creando una mujer próxima y muy emocional. Zanasi apoya su película en el rostro de Alba Rohrwacher (que ya habíamos visto como actriz en las películas de su hermana, la directora Alba Rohrwacher, y en otros títulos de nombres importantes como Bellocchio, Garrone o Guadagnino) acompaña de ese cuerpo inquieto y en continuo movimiento, al borde de un ataque de nervios, como diría Almodóvar, que se mueve entre prisas y torpezas, entre creer o no, entre ser una niña o no, entre su deber laboral o su deber espiritual, si es que todavía se acuerda de que lo tiene, o algo que se le parezca.

La cosa se complica aún más, con esa hija adolescente que no lo pone fácil, y para más conflictos, su ex, de nombre Arturo, quiere volver con ella y se le acerca, y encima, trabaja en la construcción. El mensaje ético y existencial de la Madona viene a decirnos que la codicia y la maldad de los hombres tiene que parar, y ella, Lucía, que va desde la incomprensión inicial a tomar partido, a su manera y con el escepticismo que la caracteriza, en el problemón que tiene frente a su vida y su existencia futura. Si la aparición de San Dimas era un cuento para revitalizar el maltrecho balneario en Los jueves, milagro, de Berlanga, la llegada de esta Virgen es para detener una obra corrupta y fraudulenta, y para abrir los ojos a Lucía, la interlocutora contra el más allá divino y la tierra de los hombres. Zanasi construye una tragicomedia, donde hay risas y carreras, y momentos surrealistas y caóticos, muy de aquella comedia clásica donde mujeres muy desorientadas y confusas emprendían aventuras sin pies ni cabeza, algunos a su pesar, como le ocurre a Lucía, con el fin o no, de conseguir algo o a alguien que esperaban les cambiase la vida o algo parecido, como aquel atribulado personaje que hacía la Hepburn en La fiera de mi niña, o el que hizo años después la Streisand en ¿Qué me pasa, doctor?, emulando a la primera.

Lucía sabe que algo tiene que hacer, que seguir con el proyecto y callarse no está bien, que su corazón bulle hacia la verdad, aunque todas estas reflexiones la llevarán a vivir en un tsunami emocional de aquí te espero,  pasando por muchos estados emocionales y vitales durante los 110 minutos de metraje, que mantienen un ritmo excelente y lleno de situaciones a cual más rocambolesca y vergonzosa (como ese desternillante momento de la fiesta del proyecto, cuando Lucía es zarandeada por la Madona, sin que esta se vea, ante las miradas atónitas de los allí presentes) con esa ligereza con contenido, que la hace divertida y también, reflexiva, y no en excesivo, manteniendo ese toque mágico entre la comedia y el drama, entre la vida y Dios, entre el trabajo y el deber místico, entre lo que creemos y lo que debemos creer, entre mantener el espíritu de ese niño que continua en nuestro interior, o dejarse llevar por los deberes adultos, sean o no lícitos, en definitiva, qué somos y hacia dónde vamos, se nos aparezca la Virgen María o no.

Entrevista a Maria Mauti

Entrevista a Maria Mauti, directora de la película “L’Amatore”, en su vivienda en Barcelona, el jueves 22 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Mauti, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Aymar del Amo de Zucre Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia, y a Ciro Frank Schiappa (Cinematógrafo de la película) por la imagen que encabeza esta publicación.

Acuarela, de Silvio Soldini

ADAPTARSE AL OTRO.

“Nosotros, aunque quisiéramos no podemos quedarnos en la apariencia. Tenemos que ir más allá”

La primera secuencia de la película nos sitúa en una pantalla totalmente negra, no vemos absolutamente nada, solo escuchamos voces, voces de una serie de personas que lentamente nos irán descubriendo que están asistiendo, junto a una monitora, a un ejercicio en el que deben transitar e interactuar por un espacio completamente en negro, a oscuras, en el que tendrán que dejarse llevar por sus otros sentidos, experimentando las situaciones cotidianas que deben vivir las personas invidentes en su devenir diario. El nuevo trabajo de Silvio Soldini (Milano, Italia, 1958) se mueve entre estos parámetros, en los que sus personajes deberán adaptarse al otro, a una situación completamente ajena a ellos, a un nuevo conflicto que deberán lidiar. El cineasta italiano, con una trayectoria de más de tres décadas dirigiendo películas, nos sumerge en una comedia ligera con algo más, me explico, tenemos por un lado a Teo, un cuarentón de buen ver, que se dedica a la publicidad, ese mundo que vende apariencias, y tiene una vida sentimental desordenada y extremadamente superficial, yendo de flor en flor, y lanzando embustes a diestro y siniestro, y además, tiene una relación nula con su madre y los hijos de esta. Pero, un día conoce a Emma, que reconocerá como la monitora del ejercicio que abre la película, aunque ella es osteópata y además, ciega.

Lo que empieza como una sucesión de citas sin más, se irá convirtiendo en algo más, en algo que los va atrapando desde la intimidad y lo más sencillo, donde Teo, el hombre de su tiempo, de vida y polvos frenéticos, que todo lo hace deprisa y al día, descubrirá otro mundo de la mano de Emma, un mundo diferente, un universo lleno de colores, texturas y aromas, un mundo desconocido para él, que requiere reposo y lentitud, saboreando cada instante, cada momento, observando las cosas imposibles a la vista, utilizando de forma directa e intensa todos los demás sentidos, dejándose llevar por un mundo invisible, asombroso y solamente al alcance de aquellos que quieran explorarlo y sobre todo, explorarse. La película con un desarrollo desigual y a veces, demasiado reiterativo, funciona como una deliciosa y tierna comedia romántica, que critica con vehemencia el ritmo y la velocidad de la actualidad, con tiempos impuestos por esa carrera competitiva a ver quién vende más y trabaja más para vender más.

Otro de los puntos fuertes de la película es su visión sobre el mundo actual de los invidentes, pero no lo hace desde la compasión o el dramatismo, sino desde todo lo contrario, abriéndonos todos los ángulos posibles, sumergiéndonos en la vida de Emma, una ciega completamente independiente, que vive su profesión y su cotidianidad de manera natural, con los conflictos propios de alguien de su edad, que también da clases de francés a una adolescente que acaba de perder la vista, e incluso, juega al beisbol y siente que su vida cada día es una gran aventura. En cambio, Teo es un tipo con la quinta marcha todo el día, que nunca ha querido a nadie, y se debate entre un trabajo que le fascina, y esas amantes que le llenan ese vacío del que no sabe ni intenta querer a los demás, empatizar y sobre todo, mirar al otro, con sus defectos y virtudes, adaptándose al otro, sintiendo que una relación se construye a través del otro, caminando juntos y yendo desde el mismo lugar y compartiendo la alegría y la tristeza.

Una pareja protagonista sólida y cercana consigue convencernos e introducirnos en la trama de manera tranquila y sin demasiadas estridencias. Por un lado, tenemos la experiencia de una actriz sólida y convincente como Valeria Golino, que resuelve con acierto y sobriedad su ceguera y sus ritmos emocionales y demás, creando un personaje sincero y honesto que funciona como contrapunto perfecto al personaje de Teo, interpretado con solvencia y sinceridad por Adriano Giannini, un actor que tiene en su currículo a gente como Olmi, Tornatore o Minghella. Soldini construye una película ligera, pero con contenido emocional, que se ve con interés y emoción, aunque esa visión del hombre moderno en momentos resulta algo estereotipada, sin embargo, los mejores momentos de la película son los encuentros de Emma y Teo cuando se encuentran solos y van descubriéndose el uno al otro, abriendo su interior y disfrutando de aquello que son, con sus diferencias, peculiaridades y demás emociones. Quizás, la parte final de la película, cuando el personaje de Teo se enfrentará a sus propios espejos emocionales y tomará un rumbo que no esperaba, el conflicto adquiere su forma más atrevida y sincera, explorando aquellos lugares oscuros del alma humana, aquellos que nunca queremos visitar, aquellos a los que no somos capaces de enfrentarnos, lugares en los que anida lo mejor de nosotros aunque tengamos que sufrir para sacarlo a la superficie.

Lazzaro Feliz, de Alice Rohrwacher

UN CUENTO SOBRE LA BONDAD.  

“Lazzaro Feliz es la historia de una santidad menor, sin milagros, sin poderes o superpoderes. Sin efectos especiales. Es la virtud de vivir en este mundo sin pensar mal de nadie y simplemente creer en los seres humanos. Porque otro camino es posible, el camino de la bondad, que los hombres siempre han ignorado, pero que siempre reaparece para cuestionarles. Algo que pudo haber sido pero que ni nos atrevimos a desear.”

Alice Rohrwacher

Con sólo tres películas, Alice Rohrwacher (Fisole, Toscana, Italia, 1981) ha creado un universo muy personal, un mundo de ambiente rural, lleno de ternura y sensibilidad, pero también, lleno de fantasía, donde las cosas más mundanas y cotidianas, esas que pasan desapercibidas, o de muy vistas, ya no se les hace el caso que debieran, van transformándose en otra cosa, adquiriendo una piel distinta, entrando en un estado espiritual, de más adentro, donde las cosas de siempre, feas y tristes, van convirtiéndose en algo diferente, y a la vez, extraño, capturando una magia que sumerge todos nuestros sentidos en un mundo donde todo es posible, donde las tristezas y los pesares del mundo, se vuelven de otro color y texturas, no se resuelven por arte de magia, pero sí se encaran con otro ánimo, porque a pesar de la negrura del mundo, siempre hay un motivo para verlo de manera diferente, más cercana a las emociones.

En su debut con Corpo Celeste (2011) una niña y su madre hacían lo imposible para reintegrarse en una zona rural de Calabria, tradicionalista y de moral católica, después de vivir 10 años en Suiza. En El país de las maravillas (2014) Gelsomina y su familia fabricaban miel en un pueblo, cuando deberán enfrentarse al final de esta forma de vida que parece tener fin. Cuentos inspiradores, fábulas mágicas pero con una base real, donde lo más insignificante adquiere un sentido humano y sobre todo, fantástico, donde las cosas se vuelven de distinta forma, con otro color y con texturas atrayentes y agradables. Rohrwacher continúa en el marco de la fábula en Lazzaro feliz, donde retrata a un joven campesino (interpretado por Adriano Tardiolo en su primera incursión en el cine) que es pura bondad e inocencia, alguien casi místico, un ser lleno de buenos sentimientos, que quiere ayudar a todos, y nunca se niega o se queja por nada ni por nadie, una especie de santidad, pero con los pies en el suelo, humano y cercano a aquellos que más lo necesitan. Aunque, en la pequeña aldea de “La Inviolata” se ha convertido en el chico para todo, donde todos los campesinos se aprovechan de esa bondad sin fin, unos campesinos que cultivan tabaco, en situación de esclavitud y servidumbre para la marquesa Alfonsina de Luna y su hijo Tancredi, un chico díscolo y engreído que intenta llamar la atención con estúpidas travesuras de una madre miserable y clasista.

Lazzaro y Tancredi se hacen amigos y mantienen una relación agradable y de camaradería. Todo cambiará cuando las autoridades descubren la situación de “La Inviolata” y acaban con ella, por estar ya prohibido por ley esa forma de trabajo y vida. La cineasta italiana parte su película en dos. En el primer bloque, asistimos a una película sobre campesinos y sus formas de vida, en un marco antropológico, donde somos testigos de su miseria y relaciones entre ellos, donde Lazzaro es el criado de todos, una condición que asume sin rechistar ni quejas de ningún tipo. En la segunda mitad, la película se ha ido al futuro, donde aquellos niños y niñas ahora son adultos y viven en la periferia de Roma, donde malviven y se dedican al hurto o al trapicheo de objetos y cualquier tipo de cosa que pueda generar dinero, y donde Lazzaro, sigue con la misma edad, a pesar de todos los años transcurridos, y se marcha a la ciudad ya que el pueblo está abandonado, y encuentra a una de esas familias del pueblo y convive con ellos.

La extraordinaria y sublime luz de Hélène Louvert (que ya había trabajado en las dos anteriores películas de Rohrwacher) realizada en 16mm, con todo ese grano y textura, que da vida y proximidad en el mundo rural, en ese campo lleno de colores, tierra, polvo y sudor, contrasta con los grises sombríos de la ciudad, donde a pesar del cambio de lugar y haberse liberado del yugo de la marquesa, las cosas continúan igual, como si el tiempo se hubiera detenido, donde siguen habiendo una sociedad dividida entre amos y esclavos, entre explotados y vividores, donde unos sirven a otros en condiciones miserables y deshumanizadas. El sobrio y brutal montaje de Nelly Quettier (responsable de la edición de Léos Carax o Claire Denis, entre otros) ayuda a seguir la peripecia de Lazzaro y los demás, contribuyendo a ese aire de magia que destila la película, mezclando con delicadeza la triste realidad con los momentos mágicos, fusionándolas de un modo sencillo y natural, creando un nuevo espacio en el que todo es posible, donde suciedad y fantasía conviven junto a los personajes, donde en cualquier momento puede ocurrir lo inesperado y lo sobrenatural.

Rohrwacher aboga por la bondad en este mundo deshumanizado, en una maravillosa y sutil fábula sobre la condición humana, en la que lanza un grito de esperanza e ilusión, sin olvidarse de la tragedia de la sociedad, una sociedad materialista que ha olvidado a los seres bondadosos y de buen corazón, donde éstos no tienen cabida y son arrojados miserablemente. La directora italiana nos cuenta su película desde las emociones, sin caer en aspavientos sentimentalistas ni nada de ese tipo, ni tampoco en discursos moralistas, sólo guiándonos a través de la mirada absorbente del joven Lazzaro, alguien que no parece de este mundo, no por un físico extraño ni fantástico, sino porque la bondad y la inocencia que transmite ya no pertenecen a este mundo, si alguna vez lo hicieron, cualidades humanas que lo hacen de otro mundo, valores que le convierten en un ser puro y santo, donde a pesar de este mundo individualista y clasista, siempre hay espacio para aquellos que son buenos, que hacen el bien, a pesar de los palos que reciban, a pesar de este mundo.

Rohrwacher también realiza una declaración de principios cinematográficos acudiendo a los grandes del cine italiano, enmarcando su aventura humanística tomando como referencias a aquellos que hicieron grande el cine italiano, como La Terra Trema, de Visconti, aquellos pescadores podrían ser los campesinos del tabaco, o del arroz de Arroz Amargo, de De Santis, o aquellos de El árbol de los zuecos, de Olmi, contados de manera neorrealista, capturando la esencia de lo humano como hacían Rossellini o De Sica, o la periferia sucia y fea de la ciudad que podríamos convocar al cine de Pasolini, o esos lugares industriales abandonados, fríos y aislados que tanto le interesaban a Antonioni, o la magia, lo fantástico y los sueños que pululaban por los universos de Fellini. Toda la historia del cine italiano condensada en los 125 minutos de la película, que no copia de modo literal a los maestros, sino que recoge su esencia y el espíritu que recorría aquel cine para llevarlo a su universo de un modo visceral y extraordinariamente personal, convirtiendo así su película en una obra de calado universal y humanístico, donde nos habla de valores humanos que deberían guiar nuestras vidas a pesar del mundo en el que vivimos, porque quizás entre tanta trivialidad y quehaceres vacíos, nos olvidemos de que algún día podemos encontrarnos con un Lazzaro y no seamos capaces de verlo, o peor aún, lo expulsemos de nuestras vidas porque no nos detengamos a valorar todas sus bondades que son infinitas.