Entrevista a Andrea Jaurrieta

Entrevista a Andrea Jaurrieta, directora de la película “Ana de día”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el domingo 6 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Jaurrieta, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Martín Samper, coproductor de la película, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Ana de día, de Andrea Jaurrieta

LAS MÁSCARAS IMPUESTAS.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita.”

Oscar Wilde.

Los lectores más fieles recordarán la novela de El hombre duplicado, de José Saramago, en la que explicaba la trama de un hombre que un día se topaba con un actor idéntico a él, y a partir de ese instante, emprendía una búsqueda sobre quién era el real, y quién no, a partir de la confrontación con el otro. La puesta de largo de Andrea Jaurrieta (Pamplona, 1986) se mueve en esos paralelismos, pero Ana, la protagonista de la película, no buscará la confrontación, sino que huirá, replanteándose su propia identidad y existencia, emprendiendo un viaje interior que la llevará a asumir otro aspecto físico, y sobre todo, viviendo todas esas vidas que nunca se atrevió a vivir. Jaurrieta ya había reflexionado en sus cortos con la idea del personaje huyendo de sí mismo, encerrados en una vidas impuestas por la sociedad y por ellos mismos, vidas programadas y teledirigidas, vidas por inercia, pero, vidas vacías, vidas frustradas que no acaban de llenar a la persona en cuestión. De todo esto y más nos habla la película, una cinta que ha tenido un laborioso proceso de producción que le ha llevado ocho años, una película de carácter independiente y libre, que aborda muchas de las cuestiones que sufrimos los jóvenes, conflictos sobre nuestra identidad, sobre qué vida queremos, y que cosas tenemos que hacer.

La cineasta navarra aborda todos estos problemas a través de un arranque surrealista, que firmaría el mismísimo Buñuel, cuando Ana, de buena familia, abogada y a punto de casarse, se topa con una mujer idéntica a ella, alguien que ha asumido su vida, alguien que ha usurpado su propia identidad, alguien que la ha sustituido. Pero, Ana, la que nos muestran como original, no busca la confrontación para descubrir quién es la copia o qué demonios ocurre, sino que emprende la huida, planteándose como una oportunidad de escapar de su propia vida hasta la fecha, y descubrirse a sí misma adoptando una nueva identidad, la de Nina, una bailarina que acaba de llegar a Madrid y busca trabajo, un empleo que lo encontrará en la noche, en una especie de cabaret venido a menos, pero con encanto, al que todos llaman “Radio City Music Hall”, en alusión a la época dorada de Hollywood. Nina se hospedará en una pensión de tres al cuarto, y bailará, y también, se prostituirá guiada por Marcelo (apuesto y varonil Álvaro Ogalla) una especie de Don Juan nocturno, que frecuenta el cabaret, y además, también la introducirá en una espiral de sexo libre.

La vida de Ana la vivirá esa otra que ha aparecido, y Nina, la ex Ana, vivirá su particular existencia rodeada de neones y plumas, interpretando a otra, quizás aquella que nunca se atrevió a ser, o quizás a aquella que nunca quiso ser, por miedo o vergüenza, o por no saber adónde ir. Nina vive de noche, baila en el cabaret, entabla amistad con el “Maestro” (estupendo Fernando Ulbizu, como gigante bonachón y de gran corazón) un trotamundos del espectáculo, que se refugia en las catacumbas del cabaret, y se convierte en su mejor compañía, y después está Marcelo, un tipo oscuro y enigmático, del que nada sabemos de él, y menos Nina, que se deja llevar por él, y comienza a experimentar un sexo libre, sin ataduras y bestial, ese que nunca había sentido. Nina se levanta por las tardes, y se relaciona con Sole, la dueña de la pensión, mujeres que vivieron la represión y siguen martirizadas por no vivir sus propias vidas, y también, pululan otros personajes, a cuál más extraño y apocado. La película se mueve tras los pasos de Nina, sus inquietudes, su amargura, sueños y (des) ilusiones en su nueva existencia, amparada por la noche, casi alguien que tiene la necesidad de huir de su pasado, de quién era, pero sin conocer su destino, buscándose entre las brumas de la noche, entre las tinieblas de cualquier galán de turno, y esperando descubrirse a sí misma, sacar de sus entrañas todo aquello reprimido, todo lo que dejó un día de hacer o sentir.

Jaurrieta construye su película desde lo social, pero también, desde lo onírico y extravagante, jugando con las formas, texturas, colores y sonidos, y esa música, áspera y axfixiante, mezclada con temas populares de desamor y desgarro emocional, donde en ocasiones, asistimos a una aventura sórdida y marginal, y en otras, estamos en un cuento de hadas donde encontramos a una heroína de barrio que está perdida y sin ganas de seguir luchando por encontrar la salida del laberinto. Una película de seres extraños y oscuros, personajes que se ocultan de la realidad, que desaprecen del mundo para construirse otro, de ese mundo exterior implacable y brutal con los que se niegan a seguir el ritmo, a seguir siendo uno más, dejando atrás lo que ellos son, como Madame Lacroix, interpretado por la veterana Maria José Alfonso, antigua vedette, que ahora lima sus últimos coletazos rodeada de un glamur de pandereta, de un garito lleno de plumas y lentejuelas del chino, de un espacio casi marginal, que sirve de escaparate para torpes borrachos, salidos de mierda, o desahuciados de otros lares más lujosos, una especie de invitación para prostituir a las chichas. Quizás la misma moneda, pero vista desde otro ángulo, tenemos a Sole (maravillosa la interpretación de Mona Martínez, que recuerda a Saturna, la criada que hizo Lola Gaos en Tristana, de Buñuel) esa mujer con tantas carencias emocionales, que quiere a Nina como una hermana pequeña, algo así como esa mujer que vive la vida que Sole nunca podrá tener por miedo y agallas.

Y qué decir de la inmensa interpretación de Ingrid García-Jonsson, en un doble rol, con esa fragilidad y naturalidad que captura, y no menos, de esa sexualidad desatada que despierta como forma de descubrimiento personal y de liberación, siendo valiente para enfrentarse a su cuerpo, su sexo y su forma de sentir diferente, a su manera, haciendo otro tipo de cosas inesperadas y diferentes, esas que no esperaba sentir. Jaurrieta no esconde sus referencias, que son muchas y diversas, adoptándolas para narrar su visión de la identidad de la gente de su generación, de la gente como ella, con la frescura, transgresión y la libertad del primer cine de la transición como Bigas Luna, Pedro Almodóvar, Iván Zulueta o Fernando Colomo, o a través de esos mundos sórdidos y marginales que tanto le gustaban poblados de esos personajes que se ocultan de sí mismos y nunca acaban de decantarse por ninguna identidad como le gustaban a Cassavetes o Fassbinder, y esos mundos fríos y de falsas morales tan propios de Chabrol o Haneke, y tantos submundos e inframundos que pululan en las grandes ciudades, pero pasan completamente inadvertidos para la mayoría, esos lugares anclados en un tiempo que ya no es tiempo, movidos por la falsa ilusión de tener o pertenecer a algo, aunque sepan a ciencia cierta, que todo es mera cobardía para no enfrentarse a sí mismos, y más aún, para vivir las vidas que realmente quieren vivir, porque en realidad, la película plantea la identidad desde un modo directo y natural, como enfrentarse a esos espejos a los que no queremos reflejarnos, todo por miedo a no reconocernos en ellos.

El apóstata, de Federico Veiroj

Poster El apóstata A4EL ESPÍRITU Y LA RAZÓN

El director uruguayo Federico Veiroj (Montevideo, 1976) debutó en la gran pantalla con Acné (2008), una fábula sobre el despertar romántico de Bregman, un chaval de 13 años, que lucha contra los cambios de su cuerpo, además de soportar la descomposición familiar, y con el único deseo de besar a la chica que adora. Una teen movie muy alejada de las comedias juveniles convencionales que, planteaba ciertos temas interesantes que exploraban cambios en la mirada de acercarse a un problema clásico. Su siguiente filme, La vida útil (2010), nos hablaba de Jorge, un tipo de 45 años, que después de trabajar en la Cinemateca uruguaya durante 20 años era despedido por los problemas de la institución en la actualidad. Veiroj huía de la melancolía del amor incondicional al celuloide e indagaba de forma austera y honesta del cine como elemento activador en la nueva vida que arrancaba.

Su tercera película, El apóstata, (proyecto nacido de la experiencia real de Álvaro Ogalla, que debuta como actor, además de tener experiencia en el  cine empleado en la filmoteca y festivales), sigue el camino iniciado por las anteriores, nos vuelve a contar una fábula, un problema muy relacionado con la actualidad, donde volvemos a encontrarnos a un antihéroe que no encuentra su sitio, que huye de sí mismo, que escapa de su pasado e intenta encontrarse sin mucha suerte, un individuo infantil, o incapaz de madurar, alguien que todavía se siente perdido sin el nido familiar, alguien sin pareja estable, y sobre todo, un tipo que desea algo, una cosa que parece inalcanzable, pero no es más que un grito de esperanza y un camino que le sirva de guía para escapar de una existencia vacía que le incómoda, pero que a la vez le cuesta abandonar. Ahora, Veiroj se centra en las inquietudes huidizas de Gonzalo Tamayo, que emprende el camino de apostatar, más como un deseo de dejar su pasado familiar, lleno de imposiciones y traumas, que de convicciones claras de espiritualidad. El joven se gana la vida dando clases a Antonio, un niño que vive dos pisos más abajo que el suyo, al que le une una relación a medio camino entre amistad y fraternal. Sus relaciones con las mujeres distan de ser placenteras y tranquilas, con Maite, la madre de Antonio, existe atracción, pero nada más, y con Pilar, su prima, a la que desea sexualmente desde que eran niños, tampoco acaba de cuajar. Tamayo sigue sin aprobar la dichosa filosofía, que le impide acabar la carrera, quizás no es más que otro síntoma que le ayuda en continuar en ese estado vegetativo emocional, un lugar útil, un espacio en el que no tiene que tomar las decisiones sobre su vida y existencia. Las conversaciones con el obispo que lleva el proceso de su apostasía resultan muy interesantes en las que Gonzalo se esfuerza en rebatir al clérigo todas sus argumentaciones, aunque parece que el representante de Dios se muestra inamovible, y achaca todo al espíritu y la intratable fe. Toda esta existencia frustrada le lleva a soñar despierto con delirios fantásticos relacionados con un deseo sexual reprimido y poco explorado, que le enfrentan con su pasado y a sus miedos sobre lo que está haciendo y lo que vendrá. Una comedia a ratos absurda, existencialista, otros surrealista, y con dosis de fantasía, de realismo profundo que juega con elementos como el cinismo, la culpa, la fe o el deseo.

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Co-producida por Fernando Franco (el director de La herida) también en labores de edición, tiene en la música uno de sus puntos fuertes, con una variedad que va desde Lorca, Prokofiev, y piezas tomadas de documentales en color del NoDo en el período entre 1943-1981, e incluso se desata con el tema de la Estrella del fallecido Enrique Morente. Una luz que recorre la película, que ilumina un Madrid diferente, filmado en calles grises y apagadas, imbuidos en esa falsa poética que laboriosamente ha logrado el excelente trabajo de Arahuco Hernández Holz (en su segunda colaboración con Veiroj después La vida útil, donde realizaba un sutil trabajo en blanco y negro). Una fábula minimalista que se sumerge en las inquietudes espirituales de un joven que deambula por su vida como un funambulista sin cuerda y esperando que suceda algo que quizás no le seducirá ni le atraerá, y aún más, no le sacará de ese letargo emocional en el que se encuentra. Una cinta que respira del universo de la obra de Galdós, con sus antihéroes audaces y perdidos que pueblan su imaginario, y el cine de Buñuel y su Don Lope de Tristana, y  demás tipos que no renunciaban a sí mismos a pensar de todo lo adverso que los rodeaba, sin olvidarnos de los filmes del Saura de finales de los 60 y la década de los 70, el Luis de La prima Angélica, y los personajes ambivalentes y sin lugar que retrató el genio del cineasta aragonés, la indefensión del hombre contra el poder que veíamos en la obra de Kafka en El proceso y la imponente adaptación que realizó Welles. Referencias que demuestran la madurez de Veiroj dotándole de un sentido ético y moral que impregnan sus tres filmes, y nos ilusiona enormemente para futuros trabajos.