En busca de Summerland, de Jessica Swale

CONFIAR EN LA IMAGINACIÓN.

“Las personas reales están repletas de seres imaginarios”.

Graham Greene

El relato arranca en 1975, cuando Alice, una anciana que parece vivir sola y es criticada en uno de esos pueblos de Sussex, teclea en la máquina de escribir una novela. Inmediatamente, la acción se traslada a la década de los cuarenta, en plena segunda guerra mundial, que con el fin de salvar a los niños de Londres, el pueblo recibe evacuados a los que proteger. A Alice, huraña, solitaria e independiente, le adjudican a Frank, un niño que tiene a su padre luchando en el frente aéreo, y a su madre trabajando para el gobierno. La relación entre Alice y el niño, como era de esperar, resulta distante, llena de tensiones y muy difícil, en un primer instante. Pero poco a poco, encontrarán algo que les une, los dos sienten una imaginación y fantasía extraordinarias, y ambos se lanzan a la aventura de localizar “Summerland”, una especie de paraíso pagano con el que te puedes comunicar, una particular fuerza mágica para todos aquellos que están dispuestos a creer.

Jessica Swale (Berkshire, Reino Unido, 1982), que alberga una gran carrera en el teatro como dramaturga, y directora, escribe y dirige su primera película, un relato muy “british”, donde nos habla de amor, imaginación, relaciones humanas, personajes de carne y hueso, aventura,  en un contexto sumamente complejo y trágico como la Segunda Guerra Mundial, con esa secuencia inserto, magníficamente filmada, cuando Alice, camina por una calle de Londres, que ha sufrido un bombardeo, en un plano secuencia que hiela la sangre. La película nos habla de tres tiempos, en los años cuarenta, donde se desarrolla el grueso de la historia, los años veinte, donde todo parecía posible, donde Alice se enamorará, y los setenta, donde a pesar de lo vivido, siempre había una esperanza. En busca de Summerland, nos cuenta principalmente el tema de las segundas oportunidades, de abrirse a la vida y a las personas, a pesar de todas esas roturas emocionales que hemos vivido, a ser más soñadores, a no rendirse jamás, a estar atento a las circunstancias de aquí y ahora, a sentir más y pensar menos, a dejarnos llevar y olvidarnos de quiénes somos, más a menudo, a ser lo que somos en toda su plenitud, a ser naturales y fieles a nosotros, sin hacer daño a los demás, y a ver más allá, a descubrir y descubrirnos, porque quizá la felicidad acabe tocándonos y nosotros no lleguemos a darnos cuenta.

Alice tiene ese aroma que desprendía el huraño y amargado Ebenezer Scrooge, el anciano que odiaba la Navidad en la inmortal Canción de Navidad, de Dickens, Una alma rota y solitaria, que la película irá descubriendo que oculta, que fue aquello del pasado que tanto la cambió y la hizo como es, una posición que cambiará con la llegada de Frank, un niño imaginativo, inquieto y muy curioso, amante de la aventura y los secretos de otros mundos. Una relación curiosa, maternal, que despertará en Alice antiguas emociones que ella creía olvidadas. La película mantiene ese look de producción británica, todo ambientado de una manera natural y exquisita, como la reciente La sociedad literaria y el pastel de piel de patata (2018), de Mike Newell, también situada durante la Segunda Guerra Mundial y en un pueblo costero, donde una pequeña comunidad se veía extraordinariamente alterada por el contexto bélico, las dos producciones comparten las consecuencias en el presente del pasado, y sobre todo, cómo afrontamos las heridas emocionales en nuestra cotidianidad y en las relaciones personales.

Swale vuelve a contar con Gemma Arterton y Gugu Mbatha-Raw, que ya dirigió en la obra teatral Nell Gwynn, para interpretar a los roles protagonistas. Arterton se muestra natural, intensa y magnífica, dando vida a Alice, la una actriz todoterreno en películas de toda clase que ha trabajado entre otras figuras como las de Neil Jordan o Stephen Frears, dota a su personaje de vitalidad, imaginación y lo va transformando a medida que el pasado se empeña en remover su presente, y Mbatha-Raw como Vera, un personaje relacionado con la vida de Alice, también, tenemos a Lucas Bond, el chaval que interpreta a Frank, ese niño desamparado y despierto que sabrá domar el ímpetu de Alice, y Dixie Egerickx como Edie, la niña curiosa y extraña, que se hace amiga de Frank. Y los magníficos veteranos con Penelope Wilton como Alice en los setenta, Tom Courtenay como Mr Sullivan, el maestro de escuela y organizador de los niños evacuados, y finalmente, Siân Phillips como Margot Corey, abuela de Edie y esa señora, tan amable y tradicional que siempre encontramos en este tipo de películas. La película nos invita a conocer un lugar como “Summerland”, algo que seremos capaces de ver si de verdad tenemos esa necesidad, si somos libres, despojados de prejuicios y demás barreras que nos autoimponemos. Un lugar para soñar, para ver más allá, para ver dentro de nosotros mismos, una especie de tierra para soñadores, y para todos aquellos que quieren ir más lejos, en ese viaje a lo más profundo del alma, a creer en aquello que no podemos ver, ni tocar, ni mirar, solo dejarnos llevar por aquello que estamos sintiendo y sobre todo, descubrir que hay otros universos dentro de este, y sobre todo, estamos muy cerca de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, de Arnaud Viard

LOS SUEÑOS NUNCA TERMINAN.

“El destino puede seguir dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos y cumplirlos plenamente”

Henry F. Amiel

La película se abre con la celebración del setenta cumpleaños de Aurore, la madre viuda de los cuatro hermanos Armanville: el mayor, Jean-Pierre, los ojitos derechos de su madre, ha asumido el rol del padre fallecido. Juliette, anuncia su embarazo mientras trata de encontrar tiempo en sus clases para escribir su novela. Margaux, la talentosa de la familia, intenta ganarse la vida con la fotografía artística, y finalmente, Mathieu, que quiere seducir a Sarah, una compañera de trabajo. Así, están las cosas en el seno de los hermanos Armanville, cada uno con sus pequeñas tragedias personales y cotidianas, cada uno queriendo ser aquello con lo que soñaron alguna vez cuando eran niños, porque la película se centra en el deseo, en todo aquellos sueños que nos devoraron y algunos quedaron en el camino, y otros, siguen siendo esperanzas pasadas que de tanto en tanto se apoderan de nuestro presente tan lejano.

El relato se centra en Jean-Pierre, alguien apesadumbrado y derrotado, alguien casado y con una hija, con un trabajo exitoso como vendedor, no muy satisfecho con su vida. Un día, recibe la llamada de Héléna, una famosa actriz que le comunica que padece cáncer, un amor de juventud de Jean-Pierre, cuando deseaba convertirse en actor. Ese encuentro remueve demasiadas cosas en él, que le hará tomar unas decisiones que afectarán profundamente al resto de los hermanos. La tercera película como director de Arnaud Viard (Lyon, Francia, 1965), dedicado a la interpretación desde hace más de un cuarto de siglo, que le ha llevado a trabajar con cineastas de la categoría de François Ozon, Eleanor Coppola, Philippe Harel, entre muchos otros. Viard debutó como director con la comedia romántica Clara y yo (2004), donde exploraba la solidez de un amor apasionado con las circunstancias de la vida, con Arnaud hace su segunda película (2015), se adentraba en su propia existencia, a modo de autoficción, en la que se miraba al espejo con una mirada crítica y divertida.

Ahora, basándose en la novela homónima de Anna Gavalda, en la que rescata algunos de sus relatos para construir una película en torno a la familia, a los deseos personales y sobre todo, al repaso de nuestras vidas, a esos pasados que nos tocan a la puerta en los momentos más inesperados, esos pasados que nos vienen a juzgar nuestro recorrido vital, preguntándonos que quedó de aquel joven apasionado que quería ser artista, y en qué se ha convertido, que ha hecho de su vida. Viard compone una película irónica, llena de humor, también de ligereza, esa suavidad que tanto caracteriza ese cine francés comercial capaz de hablar de temas personales y profundos, sin caer en el dramatismo de otras películas, manteniendo esa línea maravillosa y delicada en la que son capaces de afrontar temas como la enfermedad, los problemas mentales y demás situaciones sensibles y complejas. El cineasta francés construye con energía y ritmo las existencias de los cuatro hermanos, tan distintos y parecidos entre ellos, como todas las familias, que mencionaría Chéjov, el cronista por excelencia de los retratos familiares profundos y sinceros.

El retrato de los Armanville tiene momentos tragicómicos, donde sería el melodrama con aires de melancolía el espacio donde se sustenta, teniendo la generosa y capacidad interpretativa en uno de sus elementos más importantes, encabezados por la naturalidad de Jean-Paul Rouve como el atormentado hermano mayor, que ve como su pasado vuelve para rendirle cuentas con su yo joven. Alice Taglioni como la escritora que ve como su vida se estanca y no llega ese libro que tanto desea escribir. Camille Rowe es la fotógrafa que lucha por reivindicar su trabajo y que vaya más allá que un mero disparador de retratos sin más. Y Benjamin Laverne el enamorado que duda entre lo que desea y el fracaso. Y la gran Aurore Clément como la matriarca de este clan bien avenido aparentemente, pero cada uno demasiado oculto de sus verdaderas inquietudes. Viard ha hecho una película sincera y sensible, que toca temas difíciles y nada cómodos, temas que nos devolverán todo lo que fuimos y todo aquello que dejamos por el camino, todos aquellos deseos que no cumplimos, que dejamos que se perdieran, que tarde o temprano vendrán a saldar cuentas, en forma de amor de juventud, fotografía de aquellos años, o canción como la de de New Order, “Dreams never end”, esos sueños que nunca terminan, esos sueños que siguen ahí, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Papicha, de Mounia Meddour

UN ESPÍRITU REBELDE.

“Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en esta vida”

Henrik Johan Ibsen

En sus primeros instantes, Papicha, la opera prima de Mounia Meddour (Moscú, Rusia, 1978) deja claros su forma y fondo, cuando arranca en mitad de la noche, filmando de forma inquieta la huida de dos jóvenes universitarias, Nedjma y Wassila, que salen a hurtadillas de la residencia donde viven. Cogen un taxi que les espera y las lleva a una discoteca en plena ebullición, donde en sus lavabos venderán la ropa que diseña y fabrica Nedjma. Estamos en la Argelia de 1997, el peor año de la escalada de violencia que arrancó a principios de la década de los noventa, cuando grupos extremistas religiosos se enfrentaron al gobierno, sembrando el terror en la sociedad con secuestros y asesinatos, la llamada “Década negra”. En ese contexto de conservadurismo atroz y horror, la película cuenta la realidad de Nedjam, a la que todos llaman “Papicha” (palabra típicamente argelina que significa “mujer divertida, bonita, liberada”) una joven universitaria que sueña con ser diseñadora de moda.

La cineasta argelina plasma buena parte de sus experiencias personales para hablarnos de un grupo de jóvenes rebeldes, combativas y resistentes en un país azotado por la violencia extrema, en el que reina el caos y la intolerancia a lo diferente, que persigue a todo aquel o aquella que protesta y crítica los abusos y la violencia que se hace en nombre de Dios. La cámara de Léo Levéfre (debutante en la ficción con Papicha, con amplia experiencia como cámara en las películas de Loach) consigue de forma intuitiva y transparente penetrar en el alma de Papicha y sus amigas, escrutando todas sus ilusiones y esperanzas a pesar del contexto tan hostil en el que viven, desde la mencionada Papicha, la citada Wassila que es una romántica empedernida, Samira, que sueña con exiliarse a Canadá o Mehdi, que desea respirar un poco más ante su inminente boda de conveniencia. Una luz tenue y llena de claroscuros que le viene como anillo al dedo a este relato de luces y sombras, que sigue a una joven que quiere romper las normas establecidas o el menos luchar contra ellas.

El montaje nervioso e incisivo de Damien Keyeux (estrecho cómplice del cineasta Nabyl Ayouch, un cineasta marroquí que crítica con dureza la falta de libertad en su país) se convierte en un elemento primordial, ya que se inserta con astucia y energía a ese rompecabezas troceado que demanda la historia de la película. Una fábula febril y combativa que no descansa en un solo instante, llevándonos de forma concisa e incisiva por todos los lugares en los que se desarrolla la película, en que cada vez la amenaza se cierne sobre Papicha y sus amigas, ya que la violencia extrema de los integristas va acercándose a ellas, como el elemento de los carteles que ordenan vestir el velo negro islámico radical a las mujeres, ejemplificando todo lo que va sucediendo, si en un principio aparece en las calles, pronto en las paredes de la residencia, hasta entrar en la habitación de Papicha y las demás, violentando e invadiendo sus espacios de libertad, donde sueñan, cantan, se visten y vibran, donde son ellas mismas sin ningún tipo de condena y mandato religioso. Meddour capta los detalles de la vida cotidiana de forma especial e íntima, recogiendo todo ese espíritu de documento de aquellos instantes que respira la película, bien enlazados con la ficción que explica la narración.

La joven Papicha tiene garra y fuerza, no se detiene ante las adversidades y la tragedia, su espíritu rebelde y resistente contagia a las demás y todas ellas se rebelan con el desfile de moda que quieren hacer, convertido en una acción política y de protesta contra la injusticia en la que están viviendo, enfrentando el “haik”, la pieza de tela de colores vivos que las mujeres se enrollan sobre el cuerpo, contra el “nicab”, el velo negro islámico importado del golfo, que escenifica la violencia, y el extremismo que quieren implantar los sectores más radicales de la sociedad. Aunque quizás el elemento que eleva la película, a parte de su estupendo y ágil guión firmado por Fadette Drouard y la propia directora, no sea otro que la maravillosa y naturalista composición de la joven intérprete Lyna Khoudri, que al igual que la cineasta vivió en sus carnes el exilio de Argelia, actriz de carácter y muy cercana, que ya había despuntado en la película Les bienheureux, de Sofia Djama. En Papicha se convierte en el alma de la función, en la guía y el motor que necesita la película para explicarnos los deseos y las ilusiones más íntimas de una mujer que no desea abandonar su país para estar bien, sino que quiere quedarse y construir su espacio de felicidad a pesar de todo, una elección que conmueve por su carácter rebelde y sobre todo, por sus ansías de cambiar las normas y luchar contra la injusticia.

Al lado de la magnífica Lyna Khoudri, destacan sus compañeras de rebelión que despuntan igual que ella, aportando naturalidad, energía y transparencia,  como Shirine Boutella como Wassila, la amiga inseparable y compañera de fatigas, muy diferente a Papicha, ya que cree en el amor como acto romántico y lleno de ilusión, aceptando la imposición masculina, bien acompañadas por Hilda Douaouda como Samira y Yasin Houicha en el rol de Mehdi, todas ellas reclutadas a través de las redes sociales. Papicha es una película humanista y certera en su discurso, con ese aroma que recogían las películas iraníes de Kiarostami o Panahi, o las más contemporáneas Bar Bahar, de Maysaloun Hamoud, La bicicleta verde, de Haifaa Al-Mansour o El pan de la guerra, de Nora Twomey, entre muchas otras historias que han querido mostrar la lucha cotidiana y resistente de muchas mujeres árabes que se plantan ante el patriarcado y el extremismo religioso, que imponen su forma de vivir a través de una violencia atroz y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lo que Walaa quiere, de Christy Garland

QUIERO SER UNA SOLDADO.

“Soñar debería estar prohibido, porque soñar significa casi siempre protestar”.

Emmanuele Arsan

Desde que estalló la guerra árabe-israeliana en 1948, conocida como Al-Nakba (“La Catástrofe”) que supuso la aparición del estado de Israel y condenó al éxodo de buena parte del pueblo palestino, unas gentes que el ACNUR cifra en más de 5 millones los refugiados. En la actualidad, en Cisjordania aún viven más de 800000, repartidos en los campos de refugiados como Balata, en la ciudad de Nablus (Palestina). Una de esas palestinas refugiadas es Walaa Khaled y su familia. Del conflicto árabe-israelí hemos visto muchas películas desde miradas muy diferentes, aunque no muchas desde el punto de vista de la infancia, los más vulnerables a este tipo de conflictos bélicos. De los más recordados serían Promises, de Carlos Bolado, B. Z. Goldberg y Justine Shapiro, del año 2001, un excepcional documento que ponía el foco en testimonios de niños y niñas de entre 9 y 13 años, que explicaban a la cámara sus cotidianidades y sus reflexiones sobre el conflicto desde una sinceridad y honestidad digna de elogio.

La directora Christy Garland (Cánada, 1968) especialista en tratar temas universales desde miradas sinceras y conmovedoras nos habla del eterno conflicto entre árabes y palestinos desde la mirada de Walaa, una niña encerrada en su propio país, de fuerte carácter y obstinada, aunque también rebelde, tiene el sueño de convertirse en policía y trabajar para la Autoridad Palestina, con una madre que acaba de salir de la cárcel después de pasarse 8 años por ayudar a un terrorista suicida, y con un hermano que sueña con convertirse en un luchador callejero. Garland acota su película desde los 15 a los 21 años de Walaa, mostrando una realidad muy íntima y cercana del hogar donde la niña y su familia viven, los sueños de Walaa, su período en la academia policial para realizar su sueño, con sus conflictos internos y externos, soportar los durísimos entrenamientos, su dificultad para aceptar disciplina y aplacar sus ansias de individualismo y rebeldías constantes, su energía y carácter ante las actividades y el orden militar, y luego, cuando una vez convertida en policía, el día a día en esas calles convertidas en un polvorín eterno, y las discusiones con su madre debido a sus choques en la forma de ver el trabajo de Walaa y el incierto futuro que les espera a una gente secuestrada en su propio país y olvidados por la política internacional.

Garland no juzga a su protagonista, la filma en sus quehaceres diarios, ya sean en su hogar como en la academia militar, siguiéndola desde la más absoluta intimidad y mostrando los diferentes estados anímicos por los pasa la niña-joven en su período de aprendizajes y conocimientos, tanto como su crecimiento personal como las adversidades físicas y emocionales con las que se va encontrando en su camino. La novedosa y brutal mirada de Garland al conflicto desde el punto de vista de Walaa resulta un documento excepcional e inaudito, como pocas veces se había visto, con un personaje como el de Walaa lleno de ira y rabia por la situación familiar y de su patria, y seremos testigos privilegiados de ver su evolución de niña a mujer, soportando sus aciertos y debilidades, su vulnerabilidad frente al estamento militar, las propias contradicciones de cómo afrontar un conflicto tan largo en el tiempo y las diferentes formas de verlo y actuar frente a él.

Garland ha construido un diario intenso y profundo sobre todos esos niños y niñas que no conocen otra realidad que la del abuso, persecución e invasión del estado de Israel en su tierra, y nos explica las herramientas que tienen para paliar y sobrevivir entre una crudísima realidad que no tiene vistos de cambio, en que las acciones de Walaa desde el estado chocan frontalmente con las acciones de Mohammed, su hermano que sin trabajo ni futuro a la vista, se echa a las calles a protestar y es detenido. Una película magnífica y honesta, que interpela a los espectadores las diferentes miradas de una lucha constante y triste, que acaba minando las vidas de tantos niños y jóvenes que se sienten atrapados en una tierra ocupada, en una tierra en llamas, en una tierra que sólo les pertenece en sueños o por las historias que contaban esos abuelos que casi ya no recuerdan, una lucha de tantos años como ese retrato de Yasser Arafat que sigue siendo la llama del pueblo palestino, un pueblo que sigue en pie, en lucha y convencido de su destino como el personaje de Walaa, alguien que define muy bien el carácter del pueblo palestino. JOSÉ A. PEREZ GUEVARA

Hamada, de Eloy Domínguez Serén

(DES) ILUSIONES EN EL LIMBO.

La película arranca con la definición de Hamada sobre fondo negro, que viene a significar en geología “Un terreno desértico que consiste en un área plana y rocosa principalmente desprovista de arena”. Y añade que entre el pueblo saharaui, el término también se emplea como expresión de “vacío” o “falto de vida”. Inmediatamente, ese vacío se materializa con el cuadro totalmente negro y alguien, al que no vemos su rostro, intenta encender una cerilla para dar un poco de luz a tanta oscuridad, cuando lo consigue, vemos a un joven alrededor de la veintena y comienza a contarnos un sueño o una pesadilla, como él mismo nos cuenta, mientras vemos un desierto, el que sus ojos ven a diario, ya que vive junto a otros cientos de miles en los campos de refugiados para saharauis en Argelia. El sueño consiste en encontrarse en el mar, lejos de esa triste y durísima realidad a la que se enfrentan jóvenes que han nacido en el exilio, ya que el conflicto del Sáhara Occidental se arrastra desde hace más de 40 años, jóvenes que no han visto jamás el mar, jóvenes atrapados en esa oscuridad permanente, en esa frontera física, en ese espacio dominado por la arena del desierto y una especie de limbo en el que nada pueden hacer, simplemente esperar, o quizás, soñar con otro mundo, aunque sea en sueños o pesadillas, como bien dice el joven en referencia a su sueño.

Eloy Domínguez Serén (Simes, Galicia, 1985) nos convenció con su opera prima No Cow On the Ice (2015) en la que se retrataba a sí mismo y a Suecia, lugar de búsqueda personal y territorial, en un viaje emocional en el que hablaba en primera persona de las dificultades de trabar en el cine y  retratar al otro y ese entorno oscuro, gélido y ausente. En un primer visionado, podríamos pensar que el viaje emprendido por Domínguez Serén en su segundo trabajo dista mucho de su debut, pero no es así, si bien, los gélidos, urbanos y oscuros paisajes de Suecia han dado paso a otros más cálidos, desérticos e iluminados de Tindouf, en Argelia, y también, su autorretrato y el de su entorno ha cedido la palabra y el cuerpo a unos jóvenes que rodean la veintena. Sidahmed, Zaara y Taher son los protagonistas en los que se apoya la película, en la que el cineasta galego, como ocurría en su primera película, vuelve a hablarnos de personas encerradas en un entorno físico, en una frontera que les impide ir más allá, salir de esa condena que cada día se repite sin más, sin nada que ocurre y nada que hacer, volviendo a centrarse en todo lo que bulle en el interior de esas personajes, sus inquietudes, ilusiones, tristezas, anhelos y demás sentimientos que viven con fuerza en sus interiores.

Domínguez Serén opta por filmar a estos jóvenes desde su intimidad, explorando sus interiores a través de sus miradas, sus gestos, sus cuerpos, sin inmiscuirse en sus conversaciones, siendo un observador respetuoso, pero también íntimo, aquel que captura la vida y todo lo que la rodea, desde la distancia cercana, desde el acompañamiento, desde la cercanía sin molestar, sin intervenir, escuchándolos, mirándolos, retratándolos con respeto, sin sentimentalismos ni condescendencias, sino desde lo más íntimo y profundo. La película indaga en la política a través de lo humano, como señalaba Gramsci que “Lo humano es político”, no hay discurso ni panfleto político, todo se exploraba a través de las cotidianidades de estos tres jóvenes que sueñan con tener automóviles y conducirlos, aunque sepan que no podrán salir del delimitado campo de refugiados, o con encontrar trabajo y salir adelante, o escapar de ese campo y llegar a España, sueñan con escapar de ese entorno desesperanzador, con ese espacio detenido, ese limbo que los asfixia y los ha abandonado a su suerte.

Aunque, como jóvenes que son, el espacio físico que los ha condenado a esa existencia vacía y triste, no les impide que sigan teniendo sueños, esperanzas e ilusiones de una vida mejor, de salir adelante y tener un amor o familia, de sentir que hay vida más allá de esa frontera en la que viven, que mientras sigan soñando con ella puede hacerse realidad, donde el sentido del humor es fundamental para seguir remando a esa orilla física y sobre todo, sentirse bien consigo mismos a pesar de todo, a pesar de sus vidas, a pesar de los que ya no están, de tantos que intentaron la quimera de vivir lejos del campo de refugiados, de tantos que ausentes mantienen el hilo comunicativo con los que se quedaron, en que la película se refleja en aquella otra de Juan Carlos Rulfo Los que se quedan, que daba voz a todos los mexicanos que no emigraban y se quedaban en su país añorando a todos los familiares y amigos que sí habían emigrado a los EE.UU.

Domínguez Serén hace gala de una exquisitez técnica con esa luz apabullante que recoge con delicadeza la calidez física como la incomodidad emocional que produce, así como el magnífico trabajo de montaje realizado junto a Ana Pfaff, imprescindible en películas de esta sensibilidad y armonía, para contarnos una fábula de aquí y ahora, de un conflicto olvidado, de un problema que nadie parece querer resolver, y sobre todo, nos habla de humanismo, y lo hace con sinceridad, respeto y humildad, filmando a sus personajes desde aquello más profundo, abriéndoles una ventana mágica y poderosa para que el cine haga lo que mejor sabe hacer, filmar a aquello que considera importante, no por sus respuestas, sino por sus preguntas, mostrándonos un conflicto desde el interior de unos jóvenes que no conocen su tierra, que han nacido en el exilio, en esa nada, en ese limbo incómodo y triste, pero que siguen derribando muros emocionales desde aquello que sueñan, que desean y que les hace sentir ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Salvador Simó

LA HUMANIDAD DEL CINEASTA.  

“Una película puede ser buena, mediocre o pésima, pero nunca debe ser realizada contra la conciencia, los pensamientos y la ideología del autor”

Luís Buñuel (1900-1983)

El dibujante e ilustrador de cómics Fermín Solís imaginó en el 2009 con su novela gráfica Buñuel en el laberinto de las tortugas, las circunstancias en las que despertó la conciencia social de Buñuel durante el rodaje de Las Hurdes. Tierra sin pan (1933). No sabremos con exactitud si así fueron los pormenores que vivió el cineasta para dejar de ser el artista surrealista autor de obras como Un perro andaluz (1929) o La edad de oro (1930) en aquel París bohemio de principios de los treinta. Su compromiso con la provocación, contra lo establecido y su forma de criticar el poder mediante lo cómico y lo surrealista, lo llevaron al ostracismo artístico, en el que nadie apostaba por sus guiones. Pero, vete aquí, que su amigo Ramón Acín (1888-1936) escultor y anarquista que le prometió una película sobre Las Hurdes, si ganaba la lotería. El destino quiso que el 22 de diciembre de 1932, Acín ganase 30000 duros o lo que es lo mismo, 150000 pesetas. Al año siguiente, cargado del material preciso, Buñuel, Acín, y dos colaboradores franceses, viajaron hasta Extremadura para ver, filmar y contar todo lo que allí sucedía.

El productor Manuel Cristóbal, responsable de obras en el campo de la animación con tanto lustre como El bosque animado (2001) o Arrugas (2011) encargó al director Salvador Simó (con una amplia experiencia en el terreno de la animación) el proyecto de llevar al cine la novela gráfica sobre Buñuel y el rodaje de Las Hurdes. Un guión escrito por Eligio Montero (con experiencia en series televisivas) y el propio Simó, arranca en el París de los treinta, explicándonos, muy acertadamente, la forma de ser de Buñuel, ya que en una larga mesa un puñado de artistas hablan del arte, de su forma, necesidad e importancia, en uno de los extremos, Buñuel, vestido de monja, escucha atentamente. La película nos habla del proceso de conciencia del artista surrealista al cineasta humanista, contándonos un relato sobre un joven de 32 años, alguien que buscaba su mirada como director, y también, como persona, y lo hace desde el más absoluto de los respetos hacia el genio cinematográfico, pero también, desde la libertad más absoluta, imaginando ese proceso que quizás no se produjo así, pero quizás, si.

Una narración ágil y sobria, con una animación sencilla y honesta, casi podríamos decir artesanal, rescatando aquellos semanas en Las Hurdes, una zona anclada en el Medievo donde las durísimas condiciones de vida eran infernales. El gran acierto de la película es no recrear mediante la animación las imágenes que todos tenemos en la memoria de la famosa película, sino utilizar las imágenes reales de la película, combinadas con las imágenes animadas creando un vínculo casi inmediato con la veracidad de lo que nos cuentan. La película se centra en la amistad sincera e íntima de Luis Buñuel y Ramón Acín, aragoneses los dos, amigos de siempre, y como que la generosidad de Acín hizo posible una película en la que no creía nadie, en la que la película rinde homenaje a la figura de Ramón Acín, asesinado por los franquistas. Y cómo no podría ser de otra manera, el relato explora con detalle y sobriedad, las relaciones del cineasta con su conciencia social y aquello que está viendo y filmando, las formas y  representación de la realidad, y la capacidad de mostrar aquello invisible y terrible, sin caer en el sentimentalismo y la excesiva crudeza.

Y claro está, la representación de los sueños que atormentaban para bien o mal a Buñuel, desde esos elefantes con largas patas que caminan por la calle, la relación oscura y distante con su padre, y todas las excentricidades del artista irreverente e incomprendido que a veces se sentía en aquellos primeros pasos como cineasta. Simó y su equipo han construido una película bella e intensa, con esa apariencia de ligereza y naturalista que recorren todas sus imágenes, ahondando en el humanismo de Buñuel pero sin caer en la condescendencia y demás, siendo honestos y sinceros con aquello que cuentan, dotarlo de veracidad y brillantez, sumergiéndonos en esas semanas de amistad, cine, conflictos y mucha comedia, entre las relaciones entre ellos y las ideas extravagantes de Buñuel, capturando aquellos días de los años treinta cuando cuatro jóvenes se fueron a conocer y filmar una realidad horrible que padecían tantas gentes abandonadas de todo y todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Razzia, de Nabil Ayouch

LAS REVOLUCIONES ÍNTIMAS.

“Dichoso aquel que puede actuar de acuerdo a sus deseos”

(Proverbio bereber)

La película arranca en las Montañas Atlas en Marruecos en 1982, hablándonos de Abdallah, un maestro rural apasionado e inquieto, que debido a la islamización del gobierno, que viene acompañada de las imposiciones de la lengua y las enseñanzas radicales árabes, tiene que abandonar su pueblo y emigrar a la ciudad huyendo del gobierno. Luego, el discurso de la cinta se traslada a la Casablanca del 2015, en pleno bullicio de esa población joven desamparada e invisible que protesta enérgicamente en las calles debido a su dura situación social. En ese entorno, y con algunos flashbacks donde los dos tiempos se irán explicando, donde entenderemos como el estallido revolucionario de la situación actual, tiene su origen en aquellos primeros años 80 con la radicalidad del gobierno. Nabil Ayouch (París, Francia, 1969) ha construido una interesante filmografía en la que explora de manera crítica la sociedad marroquí, la tierra de sus orígenes, un entorno donde la población sobrevive a pesar de los pesares, centrando su mirada en la intimidad de sus personajes, y su cotidianidad más cercana.

Abrió su carrera con Mektoub (1997) donde ofrecía un brutal retrato de una mujer violada y su posterior estrés postraumático,  en Ali Zaoua, príncipe de Casablanca (2000) explicaba las dificultadas de un puñado de niños que viven en la calle en condiciones infrahumanas y albergan el sueño de viajar a Europa, Los caballos de Dios (2012) se adentraba en un grupo de jóvenes  de los arrabales de Casablanca, en su proceso de radicalización y empujados a un atentado suicida, y en Much Loved (2015) retrataba la durísima cotidianidad de unas prostitutas en Marraquech, película que levantó las iras de los más radicales, incluso agrediendo a una de las protagonistas. Ayouch hace un cine incómodo, un cine político, un cine de preguntas, de personas, de situaciones adversas, de almas castigadas, de seres diferentes, extraños en su propia tierra, seres desfavorecidos, personas que sueñan en un mundo diferente, mejor, un mundo más tolerante, menos fiero, y sobre todo, menos difícil.

En Razzia, en un guión construido con la actriz Maryam Touzani (que interpreta a Salima) como viene siendo habitual en su cine, construye un mosaico coral de varias almas en la ciudad de Casablanca, una ciudad dura, áspera, bulliciosa y ahora, levantada en cólera, en la que nos encontramos a Salima, una mujer atractiva y sensual, que sufre las críticas por su forma de vestir, y además, tiene que soportar la intolerancia de un marido que va de moderno, pero todavía se muestra excesivamente tradicional. También, conoceremos a Hakim, un joven homosexual que sueña con ser músico y vive señalado tanto por su padre como por sus vecinos de la Medina más tradicional y pobre, y a Joe, judío dueño de un restaurante que sufre el antisemitismo de una joven prostituta, e Inés, una adolescente rica, encerrada en una vida vacía, que se mueve entre la modernidad y la tradición, mientras explora su sexualidad. Cuatro almas inquietas, diferentes y llenas de vida, en una sociedad que las persigue, las insulta, las reprueba, y las castiga por ser cómo son, por desviarse del camino correcto o convencional, por soñar con una vida alejada de toda esa radicalidad, intolerancia y violencia.

El cineasta de origen marroquí retrata con detalle y gestualidad a sus cuatro criaturas encerradas en ese agujero negro, en ese microcosmos de una ciudad a la deriva, de un espacio inquietante y radicalizado, un lugar lleno de sombras despechadas, de vidas rotas y sin futuro, en el que estas cuatro almas se convierten en un interesante y ejemplar de esas personas silenciadas, que viven sin vivir, que se mueven como espectros, que cada huyen más de sí mismos, envueltos en esa paranoia intolerante de los más radicales, que quieren un mundo uniforme, sumiso y sin alma. Ayouch penetra con suma delicadeza y sensibilidad en el alma de sus personajes, sumergiendo al espectador en sus miedos e inseguridades, a través de pequeños detalles, de retratarlos sin juzgarlos, de adentrarse en sus caracteres con proximidad pero sin conducirlos, dejándolos libres para que se muestren como son, sin explicarlos en exceso, y detallándolos con sumo cuidado, dejando a los espectadores que saquen sus propias conclusiones y evidencias, envolviendo su relato en esa mayoría silenciosa, que intenta adaptarse a un mundo imposible, sumergido en sus tradiciones deshumanizadas y atentado contra todo aquello que muestra libertad individual y nuevos aires.

Una película magnífica en su forma y fondo, describiéndonos todo ese material humano con pulcritud y sinceridad, llevándonos por las diferentes vidas a lo Altman, donde cada personaje acaba erigiéndose como un tema a tratar, sin caer en lo esquemático, sino en todo lo contrario, buceando con astucia y ritmo en los diferentes vínculos emocionales que los atraen y los separan, pero siempre desde el deseo de contarnos esas almas desde puntos de vista diferentes, extrayendo lo mejor y lo más profundo de cada uno, en el que la película se convierte en un mapa humano de primer orden, en el que Casablanca se convierte en esa ciudad, sólo mágica y exótica en el cine (con esos guiños a la famosa película) porque su realidad más inmediata nos viene a decirnos que la ciudad arde en deseos de cambio, de caminar de otra manera, de romper con lo tradicional y levantarse en una nueva sociedad, más tolerante, más viva y sobre todo, más humana, respetando a todos y cada uno de sus habitantes, sean como sean, y quieran lo que quieran.

Desenterrando Sad Hill, de Guillermo de Oliveira

EL SUEÑO DE UN PUÑADO DE CINÉFILOS.  

“El cine te da la oportunidad de estar en lugares imposibles. Eso es el cine, estar en un sitio donde jamás podrías estar en la vida real. Y de pronto, descubrir que eso existe, que eso forma parte de un terreno extraño y hacer esa especie de arqueología, de juego arqueológico, de encontrarlo. A mí me resulta fascinante, no me extraña que la gente vaya a desenterrar el cementerio de Sad Hill. O sea, es algo que me gustaría a mí también hacer, no. Parece como de pronto que nuestros sueños son reales y eso es una sensación fantástica”.

Álex de la Iglesia

Quizás muchos no lo llegarán a entender, pero aquellos que amamos el cine, que no sentimos fuertemente atraídos por alguna película, por aquellas escenas que nos atraparon, sus diálogos y sus personajes, nos hemos dejado llevar por la experiencia mística de reconocer algún lugar real de alguna película,  y sentir ese momento mágico cuando caminando nos hemos topado con ese lugar ya mítico en nuestras vidas, y hemos descubierto un escenario real donde se llevó a cabo algún rodaje, rescatando del olvido aquella imagen de la película, depositada en nuestra memoria cinéfila, y la hemos comparado con el escenario real, en una simbiosis perfecta entre nuestros sueños y la realidad que estábamos observando.

Algo así parecido sintieron un grupo de amigos cuando en octubre de 2015 acudieron a Santo domingo de Silos, en Burgos, más conocida por los cinéfilos como la localización real del cementerio de Sad Hill, lugar mítico cinéfilo de la secuencia final de la película El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone. Ese grupo de “chalaos” de la película emprendieron hacer realidad un sueño, desenterrar el cementerio sepultado por una amalgama de yerbajos y volver a darle vida 49 años después, y convertirlo de esa manera, en un lugar de peregrinaje para todos aquellos que quieran verlo en realidad, algo así como un lugar sagrado para todos los amantes de la película. La película Desenterrando Sad Hill, de Guillermo de Oliveira (Vigo, 1986) recoge todo ese proceso y habla con sus artífices, también dando voz a fans de la película de la talla de los cineastas Joe Dante y Álex de la Iglesia, o músicos como James Hetfield (vocalista de Metallica) y cómo no, algunos de los miembros del equipo de la mítica película como Clint Eastwood, Ennio Morricone, el mítico músico de los spaghetti western y de tantas obras, Eugenio Salvati, montador, Sergio Salvati, asistente de cámara, Carlo Leva, ayudante de arte, y otros expertos de la película como Sir Christopher Frayling, biógrafo de Sergio Leone.

La cinta viaja en el tiempo y nos explica algunos pormenores de la película, la última de la trilogía del dólar, rodada en 1966, en aquella España franquista gris y tradicional, después de Por un puñado de dólares (1964) y La muerte tenía un precio (1965), y las localizaciones que albergó aquel rodaje, desde la fuerte personalidad de Leone, los soldados de mili, más de un millar, que participaron de extras y ayudaron a la construcción de los decorados, desde el campo de concentración, el puente que estallará y el mítico de cementerio (que alberga 20 minutos de la película), recogiendo diferentes sucesos, anécdotas, testimonios de algunos de aquellos soldados, fotografías del rodaje, y demás documentación. No es sólo una película que habla sobre cine, sino también de la materialización de los sueños, de la memoria cinéfila y sobre todo, de la pasión de legiones de espectadores hacia el cine y alguna película en concreto, el cine como espacio de los sueños, como lo llamaban en la época clásica de Hollywood, aquella “Fábrica de sueños”, pero aquí, el sueño ha construido su propio camino real, resucitando del olvido un espacio real, algo tangible, un lugar sagrado, un lugar que pisaron Leone, Clint Eastwood, Eli Wallach o Lee Van Cleef, entre tantos nombres míticos de la película.

De Oliveira ha realizado su particular y sincero homenaje al cine, documentando a todos aquellos hombres y mujeres que siguen soñando la película una vez que está ha terminado de proyectarse, contándonos a través de pedazos de vida que forman parte de la reconstrucción del cementerio, de la experiencia de todos aquellos venidos de tantos sitios, incluso de Francia, con pala y azada al hombro, para trabajar quitando tierra, hierbas y maleza para devolver al lugar el espacio mítico y sagrado que tenía en la película, para resucitarlo, darle vida otra vez, con ese duelo final que ya forma parte, no sólo de la historia del cine, sino de tantos espectadores que la siguen recordando y explicando, porque lo que nos viene a decir la película que el cine y la vigencia de su memoria esta en mano de los espectadores, esos cinéfilos que aprovechan su tiempo para localizar y reconstruir el cementerio de Sad Hill, porque, al fin y al cabo, los sueños son más sueños cuando se convierten en realidad, cuando la película se convierte no sólo en un pedazo de historia desenterrada, sino en un lugar sagrado, donde todos y cada uno de sus admiradores, pueden encontrarse y sentir todo aquel aroma que sintieron el equipo de la película cuando pisaron aquel lugar, en el que el Tuco corría desesperado encontrar la tumba de Arch Stanton que guardaba el tesoro, o pisaban el empedrado mientras sonaban la maravillosa melodía de la mítica The Ecstasy of Gold.


<p><a href=”https://vimeo.com/290700694″>TRAILER DESENTERRANDO SAD HILL</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Niñato, de Adrián Orr

LA BATALLA DIARIA.

Niñato es David Rasanz. David no tiene trabajo y cuida de tres niños pequeños. David mantiene su sueño de adolescente de ser cantante de rap. David vive con sus padres y sigue resistiendo en uno de esos barrios de la periferia de cualquier ciudad. Levantarse cada día, levantar a los pequeños, llevarlos y recogerlos del colegio, componer y cantar, ver a su chica, y seguir adelante con el David padre con el David músico. Adrián Orr (Madrid, 1981) fogueada en equipos de dirección con cineastas de la talla de Javier Rebollo o Alberto Rodríguez, realiza su primer largo, una película que nació hace años, cuando tanto como David y Adrián eran colegas y adolescentes y soñaban con dedicarse al rap. Los años pasaron y David fue padre, como muchos de los amigos de Adrián, pero el sueño del rap no se perdió por el camino y las circunstancias. Siguió ahí. Esa dicotomía que fascinó a Orr fue el germen de uno de sus cortos más celebrados Buenos días resistencia (2013) en el que filma una jornada cualquiera de David y sus tres pequeños, las relaciones de padre e hijos y sus batallas diarias se convertían en el foco de atención (del que veremos algunas de sus secuencias en la película) dispositivo que ha continuado durante 4 años donde Orr ha seguido filmando la intimidad de David y los niños, y ahora se ha convertido en Niñato.

El cineasta madrileño ha contado con la complicidad del amigo de toda la vida, que le ha abierto su casa, su vida y su intimidad, para filmarlos de cerca, tan próximos que la cámara de Orr se convierte en un personaje más, en un testigo privilegiado de una familia diferente, una familia donde todos aprenden diariamente, donde unos y otros aprenden a escuchar, a desarrollarse, a ser autónomos y a crecer como personas, en el que asistimos de una forma privilegiada a unos actos tan cotidianos, como los que cada uno de nosotros hacemos en nuestra vida diaria, pero que la mirada de Orr los convierte en universales, siguiendo aquella premisa que argumentaba Pavese, “Convertir la cotidianidad en universal” , Orr lo hace con su cámara y lo construye sin apenas darnos cuenta, filmando a sus personajes desde la inquietud y la curiosidad de capturar un instante, un momento fugaz de las relaciones de David y los niños, unos niños con sus continuos estados de ánimo, y de humor, con su desgana a hacer sus tareas más básicas como levantarse, vestirse o hacer los deberes, sus enfados y su alegría al jugar o ser ellos mismos, y ante ellos, David, que les habla, les escucha e intenta aprender con ellos difícil y compleja tarea de educar a los niños, donde armarse de paciencia y batallar con sus enfados y demás, se convierten en la cotidianidad diaria, y cada día más de lo mismo, donde los diferentes retos y circunstancias que aparecerán nos volverán a reflexionar y plantearnos métodos y formas de ayudarles de la mejor manera.

Pero, a pesar de las obligaciones como padre de David, aunque los niños en algún momento le llaman papá, sobre todo, los más pequeños Mia y Oro (el más inquieto y el que conlleva más trabajo por su falta de autnomía) se suelen dirigir a Niñato como David, junto a los pequeños como Luna, la mayor. (Orr nunca nos explicará porque David es padre soltero y quiénes son sus hijos y quiénes no).  A pesar de todas estas obligaciones, David no ha olvidado a Niñato (su alter ego musical) ese tipo que trabajará para convertirse en cantante de rap, aunque quizás no lo llegué a conseguir nunca, David no descansará jamás para mantener su sueño de adolescente vivo, intacto a pesar de todo, manteniendo la llama latente, porque renunciar a tus sueños es dejar de ser uno mismo para convertirse en otro. Ese otro en el que David sigue creyendo, en esa dicotomía que explica también la película, el David padre y el Niñato músico de rap, y ahí andaremos, siendo testigos de esas dos realidades de David y Niñato, quizás una más fuerte que la otra, pero ahí estaremos, escuchando sus conversaciones con su novia, y aquello que los une y separa, o las otras conversaciones con la que parece ser su hermana o una amiga, de cómo educar a los niños y las dificultades que acarrea, o la miseria laboral que trata a los seres humanos como objetos.

Orr construye una intimidad que traspasa la atmósfera de sus personajes, de la misma forma que lo hacen Frederick Wiseman o Wang Bing, desenvolviéndose por el espacio como uno más, en un trabajo de estar sin estar, de ser uno más y a la vez, invisible, tejiendo con mimo las relaciones de David/Niñato y los niños, batallando diariamente con sus conflictos cotidianos, capturando un tiempo casi real, como si se tratara de una jornada, en que el magnífico montaje de Ana Pfaff es esencial para conseguir ese tiempo cinematográfico, Pfaff se ha convertido en una de las piezas imprescindibles de este cine realizado a través de la sinceridad, la realidad, donde lo contado traspasa nuestra mirada y asistimos a un fascinante y revelador viaje doméstico, a través de un documento necesario, valiente y sensible, donde la inmensa labor de sonido de Eduardo Castro, captando todos esos sonidos cotidianos, tanto domésticos como callejeros, que acaban inundando con numerosas capas lo que estamos viendo, en el que la imagen de Orr, realizada con luz natural, se ensombrece y se vela según los espacios por los que se mueven esta peculiar familia, en un trabajo magnífico, concienzudo y conmovedor sobre la vida en la periferia, lugares donde la crisis económica ha pegado más fuerte, donde los recursos son escasos, donde cada día es una batalla, en el que la realidad y los sueños conviven como pueden, donde educar y aprender forma parte del aprendizaje diario tanto de adultos como de niños, porque nunca se sabe lo suficiente, y lo que creíamos resuelto, vuelve de otra manera, desde otro ángulo, y tenemos que volver a mirarlo de otra manera, en un continuo vuelta a empezar.


<p><a href=”https://vimeo.com/267575733″>NI&Ntilde;ATO – TRAILER OFICIAL</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La estación de las mujeres, de Leena Yadav

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“La vida no puede ser tan injusta. Nosotras también encontraremos nuestro trozo de felicidad”

Nos trasladamos hasta el desierto reseco de Kutch, al noroeste de la India, más concretamente en el estado Gujarat, en el pueblo ficticio de Ujhaas, un escenario muy hostil para contarnos la existencia de tres mujeres, a la que se añadirá una cuarta. Conoceremos a Rani, una viuda de 32 años, casada a los 12 y sola desde los 16, que tiene que acarrear junto a una madre inválida y un hijo, Gulab, rebelde y de mal carácter. Junto a ella, Lajjo, de 28 años, amiga y confidente, casada, pero no puede tener hijos, por ese motivo recibe maltratos físicos, la tercera en discordia es Bijli, de 35 años, bailarina y prostituta, que parece que sus años de esplendor en el escenario y reclamo a los clientes, están llegando a su fin. Se les añade Janaki, de 15 años, nuera de Rani, que deja novio y sueños, por un matrimonio forzoso, con el que Rani pretende apaciguar los ánimos de Gulab, pero sin conseguirlo. Tres mujeres que viven en una zona rural rígida y patriarcal que gobiernan un grupo de hombres religiosos dominante que controla la vida de las mujeres, obligándolas a tener una existencia triste y sumisa.

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La directora Leena Yadav (1971, Mhow, India) después de dos trabajos interesantes, pero enmarcados en obras de género, en los que se manejaba en terrenos más propios del drama musical y el thriller, se enfrenta ahora a un trabajo muy personal, a una historia nacida desde las entrañas, construyendo un relato de mujeres, feminista, de denuncia, que reivindica la falta de libertad de unas mujeres sometidas al yugo machista que se rige por tradiciones ancestrales. Yadav edifica una película a través de la mirada de estas mujeres, explrando cada uno sus dramas interiores, todas arrastran deseos incumplidos, carencias emocionales, y sobre todo, la condena a una existencia vacía y oscura, batallando con unos conflictos que son tratados con mostrados con inteligencia por Yadav, la trama mezcla con sabiduría los momentos trágicos, con otros instantes, en los que el humor y la sensibilidad inundan la pantalla, y ese aire romántico de las aventuras del desierto, desde una distancia eficaz que muestra los hechos sin juzgarlos, sin caer en estereotipos ni sentimentalismos, en el que porfundiza en temas como la sexualidad, la homosexualidad, el trabajo femenino, lo merno y diferente, todos estos temas se cuentan de forma sencilla y honesta, la cámara sigue a estas mujeres de manera reposada que, buscan lo que buscamos todos los seres humanos, amar y ser amados, y ser ellas mismas, sin condiciones ni obstáculos, con la dificil tarea de primero encontrarse a ellas mismas, sus necesidades y sueños, y luego, materializarlos, pese a quien pese, y derribando todos los muros que encuentren en su camino.

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Un cuarteto de actrices llenas de entusiasmo y humanidad, nos seducen con sus ansias de libertad y ser ellas mismas, vencer sus miedos y enfrentarse a una sociedad hostil, pero que yendo juntas de la mano, y con ilusión, se les abren un gran abanico de posibilidades, juntas podrán afrontar un futuro duro pero diferente. Un desconocido que llama al móvil y lográ sacar una sonrisa a Rani, la posibilidad de un amante en medio de la noche que descubra una verdad oculta, la inquietud por una vida diferente alejada de la noche junto a un hombre que enamora con las palabras, o volver con el amor que nos hace sentir y nos convierte en la persona que queremos, sueños que empujan a estas tres mujeres a una vida mejor y llena de la vida que les falta. La realizadora india nos somete a las duras condiciones del escenario que acoge la película, un desierto perdido y sin oportunidades, en el que la huida hacía la ciudad parece la única posibilidad de salir de ese ambiente cerrado y patriarcal, que anula a las mujeres y las silencia. Yadav nos ofrece una historia durísima, pero sensible, terrorífica, pero llena de optimismo, una obra sobre la vida y el respeto hacía uno mismo, en la que nos acerca una realidad miserable, la que sufren muchísimas mujeres, no sólo en la India, sino en muchos lugares del mundo, en la que nos describe una existencia brutal, pero que puede ser reversible, aunque es un enorme esfuerzo y trabajo que requiere mucha valentía, cooperación y ayuda a uno mismo, y a los demás.