La habitación de Mariana, de Emmanuel Finkiel

LA INFANCIA DE HUGO. 

“Los acontecimientos de mi infancia y juventud han sembrado las semillas de mi crecimiento literario. Todo lo que pasó quedó grabado dentro de mi cuerpo y no dentro de mi memoria”. 

Aharon Appelfeld

Si hablamos de niños bajo el yugo del nazismo, quizás, La infancia de Iván (1962), de Tarkovsky, sea una de las más significativas, por su belleza pictórica, y su sensibilidad para mostrar el horror en la mirada del niño protagonista. El cuarto trabajo de Emmanuel Finkiel (Boulogne-Billancourt, Francia, 1961) vuelve a instalarse en la cotidianidad bajo la amenaza de la barbarie del nazismo. En su anterior y celebrada película Marguerite Duras. París 1944 (2017), Le douleor, en el original, se basaba en las memorias de la insigne escritora para hablarnos de la tragedia tras la liberación de la ciudad francesa, y la eterna espera de una mujer que deambula ante la incertidumbre del regreso del amado. En La habitación de Mariana (en el original, La chambre de Mariana), también escribe su guión a partir de Flores de sombras, las memorias de Aharon Appelfeld, en la que nos sitúa en la ciudad de Czernowitz, al oeste en Ucrania, en 1942, en plena invasión nazi. 

Tenemos dos protagonistas: Hugo, un niño judío de 12 años que su madre, desesperada y atterrorizada, deja en recaudo a Mariana, una prostituta que vive en un burdel que por las noches atienden a los soldados y oficiales nazis. Un pequeño habitáculo sirve de escondrijo de Hugo que, cada noche escucha los sonidos de placer, dolor y violencia al otro lado de la pared. Finkiel, pupilo de Godard, Kieslowski y Tavernier, construye un guión férreo y muy conciso, en que la mirada del niño, observa, desde su pequeño escondite, la vida, el exterior, y demás. El exterior lo vemos desde lo que no vemos, con ese afuera amenazador y una tensión constante. El director se las ingenia para cimentar una película muy entretenida y nada complaciente, apenas reducida en dos únicos espacios, fundamentada en el crecimiento vital del niño y su relación materno-filial con Mariana, una joven resistente ante el panorama que vive a diario. El tono realista y de verdad que destila todo el entramado, se ve envuelto por las imaginaciones y fantasías del niño que interactúa con los ausentes, generando unas imágenes ensoñadoras que se funden con inteligencia con la realidad tan terrorífica en la que viven. Estamos ante una película muy dura, pero cargada de sensibilidad, honestidad y nada condescendiente. 

El magnífico trabajo de cinematografía de Alexis Kavyrchine, en su tercera película con Finkiel, además de haber trabajado con Kiyoshi Kurosawa, Cédric Kaplisch y Olivier Peyon, entre otros. El formato 4:3 ayuda a transmitir esa cercanía y acercarse a los cuerpos, y de capturar los gestos, miradas y silencios de cada personaje es muy especial, consiguiendo evidenciar lo emocional a través de lo íntimo, de la relación entre una prostituta y un niño, dos desconocidos que irán construyendo una intimidad muy fuerte y esencial para sus respectivas vidas. El gran trabajo de decorados, vestuario, sonido y música, ya sea diegética, con el sonido del gramófono, y extradiegética, ayudan a conocer todo ese universo desde el pequeño resquicio de luz del joven Hugo. El extraordinario montaje de Anne Weil, que ya trabajó con el director en el documental Casting (2001) y en la ficción Nowhere Promised Land (2008), amén de ser la editora de todas las películas de la actriz-directora Valeria Bruni Tedeschi, en una interesante, concisa y elaborada composición, donde el off es imprescindible, acompañado de las pocas imágenes del exterior que se van colando en la habitación, en sus conseguidos 123 minutos de metraje.

Como sucedía en Marguerite Duras. París 1944, el protagonismo se vuelve a posar en la piel, el cuerpo y la mirada de la magnífica Mélanie Thierry, que vimos recientemente en Morlaix, de Jaime Rosales. Una actriz capaz de meterse en cualquier personaje, por muy desvalida y dura que sea, ella le da un aire de empatía y humanidad con un rostro muy peculiar y fascinante. Le acompaña en el envite el niño debutante Artem Kyryk haciendo de Hugo. Julia Goldberg, Anastasia Fein, Yona Rozenkier, Minou Monfared, entre otros, que dan una gran verosimilitud y cercanía que elevan el contenido de la película. Vayan a ver La habitación de Mariana, de Emmanuel Finkiel, con evidentes reminiscencias en el presente actual,  porque verán que a pesar de la situación, una joven prostituta, resistente y fuerte, puede ayudar a un niño a seguir con vida, aunque para ello deba seguir haciendo lo que hace, aunque le horrorice, en un personaje del que sabemos muy poco, ni de dónde viene ni qué será de ella, sólo conocemos su presente, una realidad muy dura, pero que ella lleva con toda la dignidad y humanidad que puede, porque es en los momentos más oscuros, cuando surge lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Marguerite Duras. París 1944, de Emmanuel Finkiel

LA MUJER QUE ESPERA.

Estamos en el París ocupado por los nazis, en junio de 1944. Marguerite es una mujer de unos treinta años que participa en la resistencia junto a su marido, Robert Antelme. Un día, la Gestapo detiene a Robert y lo deporta. A partir de ese instante, comienza el particular vía crucis de Marguerite, en la que su única existencia se reduce a esperar, a convertirse en una sonámbula en su propio apartamento, y caminando sin cesar por las calles de París con el objetivo de encontrar algún indicio, por pequeño que sea, del paradero de su marido. Marguerite encuentra consuelo o rabia en Rabier, un policía colaboracionista que le facilita información del paradero de su marido, y también, sigue en contacto con miembros de la resistencia como Dionys. El director Emmanuel Finkiel (Boulogne-Bilancourt, Francia, 1961) ayudante de Tavernier, Kieslowksi o Godard, encuentra en el texto biográfico de “El dolor”, de Marguerite Duras (1914-1996) la base para construir su relato, un relato en el que también hace memoria de su propia familia, ya que muchos de sus miembros fueron deportados. Finkiel nos habla de las presencias, y sobre todo, de las ausencias y el tiempo, del dolor de una mujer que ha dejado de vivir, sólo existe para su marido, aquel que no está, aquel que no sabe dónde se encuentra, y sobre todo, que fue de él.

Finkiel acota su película en un período de un año más o menos, aquel que va desde junio del 1944 a abril de 1945, un espacio de tiempo, donde París será liberada y la alegría de unos, la mayoría, contrasta con la tristeza y la desesperación de unos pocos que ven que los suyos no regresan y el tiempo, el maldito tiempo, pesa como una losa, como si no quisiera avanzar, como si fuese esa agua estancada que huele a podrido, un tiempo pesado, dolorido y triste. La luz de Alexis Kavyrchine consigue encerrarnos en esa prisión de ausencia en la que se encuentra instalada, muy a su pesar, Marguerite, con ese rostro triste, de no vida, ese rostro en mitad de la nada, en mitad de no sabe dónde, con esa mirada caída, sin fuerzas, de una mujer herida, que sólo espera, como si su espera fuese un aliento de vida tan frágil que despertarse y caminar cada día en busca de noticias, fuese casi un milagro, como si fuese el último día, porque quizás mañana no tendrá fuerzas suficientes para emprender su rutina diaria.

Finkiel captura el alma triste y despojada de esa ciudad ocupada, entre colaboracionistas, delatores, deportaciones, y sobre todo, ese miedo que te entra en las entrañas y te desgarra por dentro, ese miedo instalado en cualquier rincón de la ciudad, donde todo se mueve con sigilo y nervios, donde cualquiera se ha convertido en extraño y enemigo, donde hasta el más perdido, puede delatarte. El cineasta francés ha hecho una película de corte clásico, pero tristemente actual por su contenido, en el que la ética y la moral tanto de unos y otros, vencedores o vencidos, se debate entre aquello que hacemos para conseguir con vida, aunque sea a costa de otros que en realidad son inocentes, y nuestra conducta ante la maldad cotidiana, esa que vemos y sabemos, pero que callamos por miedo a la represalia. Finkiel construye una intriga psicológica de gran calado cinematográfico, en el que seguimos la existencia durísima y triste de Marguerite, por un lado, y por el otro, el contexto de la guerra en las ciudades, donde la guerra era demasiado presente, donde el invasor y aquellos que le ayudaban, sembraban el terror en cada calle, en cada esquina y en cada apartamento, sin lugar a respirar, con un ahogo continuo donde nadie está a salvo.

Finkiel convierte en la ciudad en un personaje más, inundando sus calles de miedo, de dolor, de tristeza, como un espacio sin vida, reflejo del trasfondo psicológico que experimentan sus personajes, desde Marguerite, impresionante la composición de la actriz Mélanie Thierry (que habíamos visto como cooperante en la guerra de los Balcanes en Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa) en la que consigue con sutileza y sobriedad capturar todas las emociones que tiene su personaje, esa Marguerite rota por el dolor, con sus angustias y pesares, sin recurrir a las estridencias y la gestualidad tan recurrentes en este tipo de personajes tristes. Le acompañan Benoît Magimel, como colaboracionista, y completamente irreconocible, con bastantes kilos de más, con esa soberbia y prepotencia del vencedor, y esos trajes impolutos en los que demuestra su posición en tiempos tan amargos y de carencias, en una interpretación modélica, en la que como su partenaire, retrata desde la contención y el detalle más ínfimo, y esta terna la completa Benjamin Biolay como uno de los jefes de la resistencia, y principal apoya emocional de Marguerite, con ese aire de Belmondo, en el que compone una interpretación intensa y sobre todo, de miradas, desde la sobriedad del conjunto de la película. Finkiel ha creado una obra con mayúsculas, sin recurrir a trucos efectistas ni maniobras argumentales facilonas, sino todo lo contrario, mostrando la ausencia y ese dolor que provoca, ese dolor que se agarra al alma y no la deja respirar, que acaba corrompiendo tus sentimientos, tus fuerzas para seguir, tu coraje para seguir esperando, aunque sea lo más duro de tu vida, porque seguir alimentando la esperanza es lo único a lo que puedes agarrarte cuando ya nada más importa y existe.