La buena hija, de Júlia de Paz Solvas

CARMELA YA NO MIRA PARA OTRO LADO. 

“El silencio es el grito más fuerte”.  

Arthur Schopenhauer

En Harta (2022), un cortometraje de 23 minutos, la directora Júlia de Paz Solvas (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 1995), nos retrata el reencuentro de Carmela, una niña de 12 años con su padre condenado por violencia de género en un centro familiar. A partir de ese instante ha nacido la película La buena hija, coescrita por Núria Dunjó López y la propia directora, en la que Carmela, ya en la adolescencia, arranca con el citado reencuentro con su padre. La trama gira en torno a la mirada de Carmela, metida entre esos dos universos que, poco a poco, irá viendo una realidad muy diferente. Una realidad que se llenará de oscuridad, y también un resquicio de luz que le dan sus momentos de ternura con su abuela y el desasosiego con sus compañeras de instituto, con las cosas propias de su edad. La película es muy íntima, nada condescendiente, es muy áspera, en muchos momentos duele mucho, ahoga con intensidad, pero también hay luz, aunque no cegadora, sino dificultosa, porque el miedo, el silencio y las dudas asaltan a la joven.   

Segundo trabajo de la directora catalana, después de su apreciable ópera prima Ama (2021), donde la cosa también giraba en torno de los amores materno/filiales, en el que una mala madre hacía y deshacía con su hija pequeña por un Benidorm muy alejado de la estampita colorista que venden a los turistas. Con La buena hija sigue indagando en las relaciones, en este caso paterno/filiales, desde un lado más oscuro, donde hay un padre, condenado por violencia de género, y una hija Carmela, desde donde los espectadores vemos, sentimos y sufrimos la historia. Vuelve a contar con su coguionista cómplice, la mencionada Núria Dunjó López, y construyen una trama de grietas, tan cotidiana como insana, que emana mucha verdad, la que nos encoge el alma, en esa bifurcación en el que se encuentra la protagonista, entre un amor hacia el padre y un enfrentamiento diario con una madre que intenta protegerla. La niña verá cosas y se dará cuenta de otras, en su difícil tránsito entre una adolescencia que está despertando a los primeros besos, los cambios profundos, y a esa travesía donde todavía estamos experimentando demasiadas cosas y no logramos a entender la mayoría, dando palos de ciego, y encima, la difícil tesitura en la que Carmela se encuentra en su entorno familiar.

Como sucedió en Ama, la cinematografía vuelve a estar firmada por Sandra Roca, continuando con esa cámara nerviosa y agitada, casi pegada al cuerpo de los personajes, que los sigue sin descanso, siendo una extremidad más, consiguiendo esa oscuridad/luz que atraviesa toda la película, en una mezcla poderosa que le da fuerza y sentido a cada encuadre y secuencia, en un torbellino de miradas, gestos y silencios. La sensible y potente música de Natasha Pirard, la música afincada en Gante (Bélgica), ayuda a tonificar cada plano y cimentar con toques muy sutiles todas las grietas existentes y silentes que componen la película. Mencionar especialmente la labor del diseñador de sonido Enrique G. Bermejo, con más de 100 títulos en su extensa filmografía, las más recientes han sido Sorda y Esmorza amb mi. El precioso y soberbio montaje de Oriol Millán, que ha estado en todos los trabajos de Júlia de Paz Solvas, realiza una edición de puro corte, donde todo se aglutina a través de la intensidad y lo físico en una historia que no para en ningún momento, muy del tono del Free Cinema y los Dardenne, donde la agitación cotidiana envuelve todo el entramado emocional de lo que está ocurriendo en el interior de los personajes y las fuertes experiencias con las que deben lidiar en sus magníficos 103 minutos de metraje.  

Si Ama sigue estando en nuestra cabeza, mucha responsabilidad tiene la interpretación sobrecogedora de Tamara Casellas. Un aspecto que sigue con fuerza en La buena hija, en la que cada composición está tratada con sobriedad y mucha intimidad. La citada actriz, aparte de aparecer en un par de secuencias, es la coach de interpretación de la gran revelación Kiara Arancibia Pinto, la joven de Sant Andreu de la Barca, descubierta para otro proyecto por Irene Roqué, otro gran nombre de nuestra cinematografía con casi 90 títulos, entre los que destacan muchas películas con Ventura Pons, La hija de un ladrón, Libertad, La maternal y Creatura, entre otras. Lo de Kiara es espectacular, la mezcla de matices y detalles que genera con su personaje, un acierto que sostiene con credibilidad y fuerza los altibajos emocionales de su personaje. Le acompañan Janet Novás como la madre que, desde que la vimos en O corno (2023), de Jaione Camborda, nos sigue emocionando porque lo dice todo sin expresarlo verbalmente, Petra Martínez es la abuela, una actriz que, sabe contagiar sin necesidad de tanta emocionalidad, y Julián Villagrán el padre, uno de esos actores capaces de hacer lo que sea, porque siempre resulta natural y muy cercano.

Si están en duda de ver La buena hija no lo se lo piensen más, porque si han llegado hasta aquí, les he explicado sobradas razones para ver la película, en la que el respetado público se encontrarán una historia sobre la capacidad de amar, sobre cómo amamos, y cómo gestionamos el dolor, el silencio como arma y poder contra nosotros, también habla sobre la dificultad de seguir estando cuando todo se pone en tu contra, los conflictos familiares cuando eres demasiado joven para gestionarlos y mucho menos para entenderlos y seguir viviendo, si eso es posible. La luz y la oscuridad como elementos que se mezclan y tú en medio de todo eso que debe seguir en pie, con tu vida y con todo lo que ello conlleva. La mirada íntima a problemas diarios que están ahí, y la capacidad de la película en su profundidad sin ser sentimentaloide ni nada que se le parezca, porque todo destila verdad, naturalidad y muchísima transparencia, muy alejada de todas esas películas con tufillo emocional que manipulan los sentimientos para llevar al espectador con artimañas poco sutiles. Es una película sobre lo femenino a partir de tres generaciones y su forma de ayudarse  y cuidarse ante la violencia. La directora Júlia de Paz Solvas vuelve con una cinta que muestra lo que duele, lo que nos enfrenta a nosotros, y sobre todo, sabe mirarlas, retratar el miedo, la culpa y demás verdades, y lo hace con sinceridad y mucha honestidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una vida no tan simple, de Félix Viscarret

EL LUGAR DONDE NO ESTOY. 

“Y, y recordé aquel viejo chiste. Aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? y el tipo le dice: lo haría, pero necesito los huevos. Pues eso es más o menos lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿sabe? son totalmente irracionales, locas y absurdas; pero supongo que continuamos a mantenerlas porqué la mayoría necesitamos los huevos”.

Alvy Singer en Annie Hall (1977), de Woody Allen

Recuerdan Bajo las estrellas (2007), la ópera prima de Félix Viscarret (Pamplona, 1975), basada en una novela homónima de Fernando Aramburu, que contaba la existencia de Benito Lacunza, extraordinario Alberto San Juan, un trompetista de tres al cuarto de vida quebrada y nómada, que se relacionaba con Lalo, su hermano que construía esculturas de chatarra, y la novia de éste, Nines, castigada por la vida y su hija, Ainara, todo un amor. Una historia que se movía entre la comedia y el drama de forma natural, transparente y eficaz, donde había espacio para la ilusión y la desesperanza, la del relato agridulce como la vida misma. 

Después de policíacos al mejor estilo como Vientos de La Habana (2016), su serie Cuatro estaciones en La Habana (2017), ambas inspiradas en la literatura de Leonardo Padura, documentales sobre el cine como Saura(s) (2017), series sobre las consecuencias del terrorismo vasco como Patria (2020), y relatos metafísicos del mundo absurdo y cotidiano de Juan José Millás en No mires a los ojos  (2022), vuelve a los submundos y texturas de Bajo las estrellas, ahora partiendo de un guion original escrito por el propio Viscarret, en el que cambia la clase social considerablemente, pero continúa en esos personajes perdidos y desorientados, deambulando por una vida que parece que les pasó de largo, o quizás, les habían puesto demasiadas expectativas, pocas reales. Nos cruzamos con Isaías, un tipo de cuarenta y tantos, como cantaba Sabina, arquitecto, casado y padre de dos niños pequeños. De joven, ganó un prestigioso premio que auguraba un gran futuro profesional, pero ese futuro no acaba de llegar, y se pierde en pequeños proyectos más desilusionantes que otra cosa junto a su socio Nico. Las tardes las pasa en el parque cuidando de sus hijos y su matrimonio va y poco más, aunque no como debería. Se siente como en el otro lado de esos patinadores nocturnos con los que se cruza que recorren las calles vacías en total libertad. Unos patinadores que nos recuerdan a aquellos que se paseaban por Almagro, 38 y tenían el mismo efecto en el personaje de Pepa Marcos en Mujeres al borde de un ataque de nervios

El cineasta navarro retrata de forma sencilla y honesta ese tiempo no tiempo que muchos vivimos o simplemente, padecemos. Un tiempo donde todo nos parece extraño, como si la cosa fuese con otro, como si todo estuviera en nuestra contra y lo que pasa no sólo es el tiempo sino nuestra ilusión, aquella que creíamos irrompible o vete tú a saber. Cuatro almas son los individuos que se cruzan por Una vida no tan simple, que nos habla de trabajo, de familia, y sobre todo, de segundas o terceras o cuartas oportunidades, y de trenes que pasan y pasan por la vida, y ni nos enteramos. Acompañan a Isaías, tres más de cuarenta y tantas. Su mujer Ainhoa, profe de universidad y a lo suyo, sin nada más. Tenemos a Nico, el socio del protagonista, que tontea con veinteañeras, y Sonia, la maniática de la salud, una madre que coincide en el parque con Isaías, y quizás en más cosas. La excelente cinematografía de Óscar Durán, que ha trabajado con Jaime Rosales y Gerardo Olivares, entre otros, con ese toque melancólico y nublado, que va de la mano con el estado de ánimo de los personajes, el rítmico y pausado montaje de Victoria Lammers, que ha trabajado con Viscarret en series como Patria y la citada No mires a los ojos, y la agridulce composición de Mikel Salas, que ha puesto música a películas de Paco Plaza y films de animación tan interesantes como Un día más con vida

si hay algo que siempre está bien en el cine que nos propone Viscarret es su elección del elenco, ya hemos hablado de San Juan como el trompetista de Bajo las estrellas, y otros como Emma Suárez, Jorge Perugorría, Juana Acosta, todos los de Patria, Paco León y Leonor Watling, formando un grupo heterogéneo pero siempre desafiante. Un excelente reparto que brilla con intensidad, conduciendo y acercándonos a unos personajes atribulados y sin vida, que podríamos ser uno de nosotros o nosotras, encabezados por un deslumbrante Miki Esparbé como isaías, que vuelve a uno de esos tipos de Las distancias (2018), de Elena Trapé, bien acompañado por Álex García como Nico, qué estupenda presentación la de su personaje. Está Olaya Caldera como Ainhoa, que nos encantó en series como Sinvergüenza y films como Los europeos, de Víctor García León, Ana Polvorosa, la pelirroja del parque, tan cercana como enigmática. Y las aportaciones de un viejo amigo de Viscarret, Julián Villagrán, el encantador Lalo de Bajo las estrellas, ahora en la piel de Rascafría, un arquitecto muy snob y total, y la presencia de Ramón Barea como Don Antonio, el “abuelo” de los arquitectos, esa especie de gurú de todos y todas. 

Viscarret ha construido una película de aquí y ahora, que recoge ese estado de ánimo de muchos y muchas, sobradamente preparados, como decía cierto anuncio, pero incapaces y derrotados ante la vida, o mejor dicho, ante la sociedad consumista que exige mucho y da muy poco, a nivel emocional hablando. Seres que deben compaginar profesión, paternidad y maternidad, y además, estar bien, un cristo, y todo para llegar a ese lugar donde quieren estar o se supone que hay que estar, porque los personajes de Una vida no tan simple nos recuerdan a aquellos personajes de clase media frustrados y náufragos de sus propias vidas que pululan por el universo de Woody Allen, tantos y tantas intentando creer en ellos en una sociedad que sólo cree en lo material, en los superficial y en la apariencia, y se olvida de todo lo demás, de las cosas que importan de verdad, las que nos empujaron para hacer esto o aquello, aquellas cosas que las prisas y la obsesión con llenar el tiempo, nos han llevado a olvidarlas y a sentirnos muy tristes y no saber qué hacer con nuestras vidas, o lo que es peor, vivirlas sin más, como si fueran con otro. Quizás Isaías y las demás criaturas de la película aún pueden engancharse a aquel otro yo que cada día que pasa, queda un poco más lejos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA