La risa y la navaja, de Pedro Pinho

LAS HERIDAS DE LA COLONIZACIÓN. 

“Entre colonizador y colonizado no hay más lugar para la concentración que el del trabajo forzado, la intimidación, la presión, la policía, el robo, la violación, los cultivos obligatorios, el desprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería, élites descerebradas, masas avasalladas”. 

Aimé Césaire

Con La fábrica de nada (2017), el director Pedro Pinho (Lisboa, Portugal, 1977), sorprendió a propios y extraños con una película radical en su forma y contenido, amén de tres horas de duración. Una obra compleja, magnífica y asombrosa que profundiza en las actividades sociales, humanas y políticas de unos trabajadores que quieren luchar por sus empleos cuando la dirección quiere cerrarla. Una película sobre la política más cercana, más mundana, la del día a día, la política que nos afecta a todos, la que se ejerce desde la palabra y los hechos, desde la dignidad que le queda al que quieren arrebatársela. En La risa y la navaja, el cineasta lisboeta mantiene muchas de las reflexiones y postulados que guiaban la citada película, porque vuelve a producirla a través de la cooperativa Terratreme Filmes, como indican los diez integrantes del guion de la cinta. La política más íntima vuelve a ser piedra angular de la trama, y sobre todo, se estructura a partir de la herencia colonialista y las contradicciones entre colonizador y colonizado. 

La acción arranca con la llegada de Sergio a una metrópolis ubicada en África Occidental, más concretamente en Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, para trabajar como ingeniero medioambiental en una ONG en una gran construcción que conectará el desierto y la selva. Allí, se encontrará una sociedad cosmopolita, diversa y en constante tensión, en la que los conflictos postcolonialistas están muy presentes, y se encenderán las diversas posiciones entre los de fuera, que llegan con todas las buenas intenciones del mundo, casi siempre equivocadas, los de dentro, con sus problemas y sus diferencias, y las comunidades periféricas con sus posturas tan iguales y antagónicas. Un microcosmos en el que Sergio encontrará algo de refugio en la relación con Diara y Gui, donde explorará temas como la identidad y el género, a través de lo físico, con unos cuerpos en ebullición y unas ideas en constante cambio y enfrentadas. Las atmósferas asfixiantes y caóticas que alimentan las novelas de Conrad están muy presentes a partir de tipos que huyen y terminan más perdidos y deambulando por un microcosmos tan extraño como cotidiano, que no comprenden y se muestra caótico, y la mirada de Antonioni, en mostrar un paisaje tan desértico en lo físico como en lo emocional, y la devastación de los cuerpos y los lugares, tan deshumanizados que sus perdidos personajes acaban por no identificar, como le sucede al protagonista. 

La cinematografía del brasileño Ivo Lopes Araújo, que ha trabajado bajo las órdenes de grandes nombres como Gabriel Mascaro, Chico Teixeira, Sandra Kogut y Tiago Melo, entre otros, bajo la textura y el grosor del 35 mm, cimenta un ambiente íntimo, que traspasa la pantalla, con sus agitaciones y tensiones, con ese enmascarado thriller que ayuda a seguir el no (viaje) de Sergio, en su odisea diaria de (re) encuentro con el otro/a y quizás con sí mismo, o lo que creía de él. La estupenda música, tan variada y celebrada, como las imágenes que acompañan la historia, genera esa idea de atmósfera asfixiante y tensionada que parece que vaya a estallar en cualquier instante, donde el movimiento es constante creando ese microcosmos tan cercano como alejado. El magnífico trabajo de sonido de Jules Valeur con más de medio centenar de títulos, y las mezclas de Pablo Lamar, construyen los sonidos y ruidos de una ciudad que contrasta con la paz y el vacío de las comunidades. El excelente montaje que firman Rita M. Pestana, Karen Akerman, Cláudia Oliveira y el propio director, conjugan con gran inteligencia y detalle los 210 minutos de metraje que, resultan muy entretenidos, y aunque parezca lo contrario, muy cortos, por la cantidad, densidad y elementos que conforman una historia grande y sencilla a la vez. 

Al igual que ocurría con el grandísimo elenco de La fábrica de nada, con unos trabajadores que miraban y nos miraban de verdad, sin condescendencia ni magulladuras argumentales, sino ejerciendo una honestidad que así se transmitía a cada uno de los espectadores. Un reparto en el que confluyen intérpretes profesionales como Américo Silva, Carla Galvâo y Dinis Gomes, con otros que se ponían por primera vez delante de una cámara. en La risa y la navaja se trabaja a partir de la misma premisa, porque encontramos a actores como la sinceridad del protagonista que hace Sérgio Coragem, habitual del cineasta Pedro Cabeleira, la especial Cleo Diára, haciendo de Diara, uno de esos personajes camaleónicos y fascinantes que eleva la película cada vez que llena cada encuadre, y la gran sorpresa del debutante Jonathan Guilherme como Gui, un personaje apabullante por su colorido, su ternura y su sexualidad. Y el resto del reparto, tan natural como generoso, que engrandece una película que muestra las diferentes realidades, tan diversas como complejas de un país africano, azotado por cientos de conflictos, que todavía arrastra tantos errores del pasado, con un neocolonialismo que sigue ejerciendo un poder real y aplstante que deja poco espacio para la libertad de una gran mayoría. 

A pesar de la apabullante de cine estrenado cada semana que invaden las pantallas, cuesta encontrar cine que mire a la realidad que nos abruma diariamente, y sobre todo, un cine que arriesgue, que se cuestione a sí mismo, y también, no se regodee en su forma y contenido, sino que siga explorando nuevas formas de mise en scène y demás aspectos que hagan de lo contado una mirada personal, de verdad y humanista. Así que, una película como La risa y la navaja (“O riso e a faca”, en el original), es un gran ejemplo de un cine resistente, por lo que cuenta, por cómo lo hace y por su radical duración. Un cineasta como Pedro Pinho es una gran alivio para muchos amantes del cine, entre los que me incluyo, porque evidencia esa creencia tan denostada como magullada en estos tiempos que, el cine es un buen vehículo para hablar de lo que somos, de nuestras mierdas y demás oscuridades. Y por ende, un gran refugio para soportar una sociedad tan clasista, tan estúpida y tan miserable que va a velocidad de crucero pisoteando y atropellando a todo aquel que muestra contrariedad y disiente ante tamaño descalabro, que se detiene y reflexiona, mostrando una actitud revolucionaria como los empleados de La fábrica de nada o los Gio y Diara de La risa y la navaja, personas/personajes alegres y tristes, pero nunca rendidos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crescendo, de Dror Zahavi

MÚSICA CONTRA LA GUERRA.

“La música es una cosa amplia, sin límites, sin fronteras, sin banderas”

Léon Gieco

La palabra Crescendo, en el universo musical, significa “Fragmento musical que se ejecuta aumentando gradualmente la intensidad del sonido”, toda una declaración de intenciones la del director Dror Zahavi (Tel Aviv, Israel, 1959), a la hora de titular su película, en un relato que habla sobre el poder de la música como vehículo de reconciliación entre israelíes y palestinos. Si bien, quizás, es mucho pedir entre dos pueblos enfrentados de hace más de medio siglo, al menos, la intención está ahí, y el esfuerzo por entenderse  y mirar al otro, también, y que la música ayude, mejor. La película se inspira libremente en la West-Eastern Divan Orchestra, una idea del músico Daniel Barenboim y el filósofo Edward Said en 1999 para reunir a jóvenes músicos árabes e israelíes como camino para reconciliar a los pueblos con el telón de fondo de una conferencia de paz. Zahavi, que lleva más de veinticinco títulos dirigidos, muchos de ellos enclavados en el conflicto israelí-palestino, convoca a un director de orquesta famoso como Eduard Sporck, con la tarea de elegir a un grupo de músicos jóvenes árabes e israelíes, que ensayaran durante tres semanas y ofrecerán un concierto de música clásica.

Como pronto se verá, la empresa no va a resultar nada sencilla, ya que se forman dos grupos rivales, los palestinos por un lado, capitaneados por Layla, violinista, y por el otro, los que comanda Ron, israelí y también, violinista, y entre ellos, Omar, palestino, y Shira, israelí, que entre ensayo y rivalidad, se enamoran, siguiendo los postulados del “Romeo y Julieta”, de Shakespeare. Y en esas andamos, lo que en un principio parecía una idea conciliadora y humanista, acaba convirtiéndose en una forma de trasladar la situación política al devenir de la orquesta. Sporck se erige como la figura reconciliadora que intenta, por todos los medios, llevar a buen puerto el objetivo de armonizar todas las inquietudes enfrentadas y transformarlas en excelentes intérpretes, exponiendo la música como el principal y único elemento capaz de provocarlo. El director israelí consigue una película interesante y sensible, dando voz a todos esos jóvenes maltratados por la situación política de sus países, siendo contaminados por ese odio acérrimo y cruel que se ha instalado desde hace tantos años.

El relato también se detiene en la oposición de los padres árabes de permitir a sus hijos ingresar en la orquesta, y los hijos, intentando hacerles comprender, o las situaciones complejas que se van generando entre la representante del proyecto y Sporck, que intentan dirigir las disputas internas entre los diferentes músicos. Otro elemento esencial de la historia es la idea de la historia como repetición constante de los errores del pasado, ya que el director de orquesta, hijo de nazis (como ya lo había sido en la reciente Sin olvido, de Martin Sulík), explica su testimonio de perseguido por aquellos que le querían hacer pagar los errores de sus padres. La película nos sitúa en Tel Aviv, donde se encuentra la sede de las audiciones, los territorios ocupados de Gaza, donde vemos la cotidianidad de los palestinos, los constantes controles militares, que da una idea de la opresión y asfixia en la que viven tantos árabes, y la apacible y bella villa austriaca donde se llevan a la orquesta para los ensayos. La película se ve bien, tiente hechuras emocionales y capta la idea de la música como motor de esperanza y ayuda a los extremos, en la que somos testigos de el Crescendo del título, donde la tensión emocional que arranca al principio, donde la orquesta es un campo de batalla entre los dos bandos entre israelíes contra palestinos, para ir poco a poco, y lleno de obstáculos, a una especie de reconciliación frágil, pero que ayuda a que las posturas no sean tan extremas.

La grandísima presencia de Peter Simonischek dando vida a Sporck, un intérprete de una audacia y composición apabullantes, que se mueve, mira y habla con una clarividencia y sobriedad absoluta, se erige como el patrón de esta orquesta difícil y compleja, bien acompañado por los jóvenes Sabrina Amali como Layla, la incorregible violinista palestina, Daniel Donskoy como Ron, el apuesto y chulesco violinista judío, y los enamorados, Omar que hace Mehdi Meskar y Eyan Pinkovich, y finalmente, Bibiana Beglau que compone a Karla, la representante del proyecto. Siguiendo la premisa de “El amor nos hace más fuertes, el odio nos debilita”, que lanza la película, habla de todo aquello que nos acerca, como puede ser la música, y el grupo, que se necesitan para tocar todos juntos y hacer un buen concierto, aunque sean diferentes, y piensen de formas muy distintas, y en materia política, sientan que están enfrentados y sean irreconciliables, pero la idea de Zahavi va en contra de todo eso, que seguramente, la música no cambiará la situación que se vive en Israel y Palestina, pero provocará que, por un tiempo, aquellas que se encuentran eternamente enfrentados, se detengan un instante, se miren los unos a los otros, y entiendan que, todos juntos se necesitan para hacer música, y por un momento, cesarán los rencores y los odios y solo hablarán los instrumentos y la música lo detendrá todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA