La mujer más rica del mundo, de Thierry Klifa

LA RICA TRISTE Y EL BUFÓN CODICIOSO. 

“Está bien tener dinero y las cosas que el dinero puede comprar, pero está bien comprobar de vez en cuando que no has perdido las cosas que el dinero no puede comprar”

George Lorimer

El affaire sobre Liliane Bettencourt (1922-2017), saltó en el verano de 2010, cuando su hija Françoise quisó incapacitar a su madre, la rica heredera del imperio L’Oreal, por su relación con el fotógrafo François-Marie Banier durante una década (2007-2017), provocada por las suntuosas donaciones que superaron los 1000 millones. El director francés Thierry Khalifa traduce la historia real y construye una ficción, como bien se indica en el texto que inicia la película, y convierte la realidad en un guion que firma junto a Cédric Anger, con el que ya había escrito Tout nous sépare (2017), y director de la próxima vez apuntaré al corazón (2014), entre otras, y con el gran Jacques Fieschi, que ha escrito para Pialat, Sautet, Assayas y Nicole García, entre otras. La rica se llama Marianne Farrère, el fotógrafo trepa y sin escrúpulos es Pierre-Alain Fantin, la hija Frédérique Spielman, y el mayordomo-testigo Jérôme Bonjean, y el marido Jean-Marc Spielman.

La película se mueve entre los edificios y lugares de lujo por el que se mueve la rica familia, sus relaciones frías y correctas, y una ambiente de respeto, de cordialidad y mucha corrección, que cansa y aburre hasta la extenuación a la rica heredera. La aparición como una exhalación del citado fotógrafo Banier, lo descontrola todo y ahora, la vida de la rica se desmorona, se llena de risas, de dispendio absoluto, y lo que antes era guardar las apariencias, ahora todo son alegrías, quizás demasiadas, derroche y a lo loco. Se juega con el drama contenido y la comedia alocada, convirtiendo la trama en un jugoso y divertido enfrentamiento entre unos: los familiares de la rica y los otros, en este caso ellos dos, con el fotógrafo impertinente, trepa y estirado que cada día se va apoderando de la vida y las riquezas de la rica. Una película de personajes, sobre todo, la composición de Laurent Lafitte, magnífico en el rol de fotógrafo trepa, vanidoso, artista y deslenguado y codicioso hasta la muerte y más allá. Un personaje que se convierte en la historia y en el auténtico agitador de la atmósfera lánguida y aburridísima de los Farrère, tan podridos de dinero que se les ha olvidado de respirar y sobre todo, de vivir.

Un gran equipo técnico encabezado por el cinematógrafo Hichame Alaouié, que tiene en su haber cintas junto a grandes nombres como los de Lafosse, Ayouch, Ozon, del que vimos recientemente La acusación. Su luz empieza tan fría como alejada, mostrando la realidad tan gélida en la que viven los millonarios, y suavemente, con la llegada del visitante de “Teorema”, la película se abre a nuevos colores, más vivos, más sugerentes y más abiertos a todo. La música de Alex Beaupain, un grande que ha trabajado en diez ocasiones con el director Christophe Honoré, e hizo con Klifa Les rois de la piste (2023), compone una suave y cálida composición que ayuda a ver la relación de luz/oscura entre la rica y el bufón. El montaje lo firma Chantal Hymans, otra cómplice de Honoré, con quince títulos juntos, amén de Claude Lanzmann y Alain Berliner, entre otros. Una edición tranquila, sin muchos sobresaltos, que se muestra academicista, pero algo divertida, porque capta muy bien el sentido y carácter y sobre todo, las verdaderas intenciones de los diferentes personajes, en una obra que entretiene, divierte y asfixia cuanto toca en sus agitados 121 minutos de metraje.

Klifa ya había trabajado con otras grandes damas de la cinematografía francesa como Nathalie Baye, recientemente fallecida, Catherine Deneuve y Fanny Ardant, entre otras. Debuta con la gran Isabelle Huppert como la rica heredera tan triste como alocada con la llegada del fotógrafo trepa que interpreta el mencionado Laurent Laffite, que ya coincidió con la Huppert en Elle, de Verhoeven hace una década. La siempre concisa Marina Foïs es la hija enfadada, Raphaël Personnaz es el mayordomo que todo lo ve, escucha y calla, que hemos visto a las órdenes de Ozon y Tavernier, y demás. El veterano André Marcon es el marido y padre, que tiene en su haber magníficos directores como Tanner, Godard, Rivette, etc… La película La mujer más rica del mundo, de Thierry Klifa nos habla de ricos, pero también de codiciosos, trepas, altivos, estúpidos, envidiosos, enfadados, románticos, divertidos, pero sobre todo, nos habla de la naturaleza humana, y de lo oscura que puede llegar a ser cuando el dinero se convierte en un fin, en un todo que hace que las personas saquen sus más bajos instintos y lo que ocultan y se conviertan en individuos sedientos de riqueza, poder y lo más grave de todo, es que no pueden parar, cuánto más mejor, y más, más, hasta creerse más grandes que ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Simone, la mujer del siglo, de Olivier Dahan

LA HUMANISTA COMPROMETIDA.

“La igualdad es una necesidad vital del alma humana. La misma cantidad de respeto y de atención se debe a todo ser humano, porque el respeto no tiene grados”.

Simone Veil

Después de más de dos décadas dedicándose al cine, el director Olivier Dahan (Ciotat, Francia, 1967), ha dirigido películas muy heterogéneas como Erase una vez… (2001), una mezcla entre el fantástico y los cuentos infantiles, La vida prometida (2002), con Isabelle Huppert en la piel de una prostituta en un durísimo drama, la secuela del thriller de gran éxito Los ríos de color púrpura (2004), Nuestra canción de amor (2010), rodada en EE.UU., es una bellísima historia de amor entre una paralítica que ya no canta y un enfermo mental solitario. Antes le llegó el mega éxito de crítica y público con La vie en Rose (2007), en la que se recorría la vida de la cantante Edith Piaf a través de una soberbia Marion Cotillard. Volvería a la biografía con Grace de Mónaco (2014), con Nicole Kidman, pero sin los resultados esperados.

 

Con Simone, la mujer del siglo, cierra una especie de trilogía dedicada a una artista, un actriz y ahora, una política, eso sí, una política singular como Simone Veil (1927-2017), en la que se recorre su vida de forma desestructurada, a modo de un intenso flashback, en la que cogemos a Veil ya mayor, en una casa junto al mar, y con lápiz en mano, repasando su trayectoria vital, arrancando en su Niza natal durante la infancia, pasando por los campos de exterminio nazis, y luego, su paso por la política como ministra de sanidad, y lucha constante y feroz contra las desigualdades sociales y los derechos de los más desfavorecidos, y su incesante trabajo por la memoria y contra el olvido. Dahan se ha rodeado de grandes técnicos para que su película tenga ese gran trabajo tanto en la forma como en el fondo, con la aportación en la cinematografía de Manuel Dacosse, habitual del cine de François Ozon, el montaje de Richard Marizy, habitual de Dahan, como el diseñador de producción Christian Marti y el vestuario de Gigi Lepage, y la gran aportación de la música de Olvon Yacob, para darle esa textura y tono que tanto necesita una película que abarca ciento cuarenta minutos de la vida de una mujer excepcional, vitalista, luchadora, feminista y muy valiente, cuando ser valiente era todo un desafío para una sociedad machista y anclada en el pasado más conservador.

 

La película dentro de su desorden y naturalidad pensadas, tiene dos bloques diferenciados, la juventud de Veil que abarca de 1941 al 1962 con su paso por los campos nazis y sus inicios como magistrada en la que cambiará la situación penitenciaria del país, conocerá el amor y formará su familia, y luego, un segundo bloque más amplio de 1968 al 2006, donde somos testigos de su trayectoria política, donde lucha por los derechos de los más necesitados, como el aborto femenino del año 1975, y por la memoria. La película funciona de manera asombrosa y totalmente natural, pasando de un tiempo a otro, de una ciudad a otra, y de un estado a otro, casi sin darnos cuenta, actuando en los detalles más íntimos y personales, donde no hay sentimentalismos ni piruetas narrativas ni mucho menos formales, todo está al servicio de la historia de su protagonista, hablándonos al oído, como si fuese en susurros, de todo lo que engloba su vida, tanto de los temas más cómodos y agradables, a esos otros temas más difíciles y complejos, donde los conflictos se muestran sin cortapisas ni embellecimientos de ninguna clase, siempre desde una perspectiva humanista y honesta, tal y como era la protagonista que se está retratando. Porque Simone no fue una más, ni tampoco lo pretendió, su labor y su imagen la trabajó constantemente y siempre quiso hacer de la sociedad más justa, igualitaria y equitativa, y entendió la política como una misión y una responsabilidad para y por el ciudadano, no como ahora, que se ha convertido en un chiringuito de especuladores y funcionarios obedientes del capital y la miseria.

El reparto de la película brilla con intensidad y naturalidad, con una estelar Elsa Zylberstein, alma mater del proyecto, en la piel de Veil en su etapa de adulta y madurez que abarca casi cuarenta años, quizás el mejor personaje de su carrera, porque no imita a Simone, sino que es Simone, centrándose en sus detalles y gestos más íntimos y personales, y sus miradas, porque sus miradas lo dicen todo, y cada cosa que está pensando. La asombrosa Rebecca Marder, que hemos visto en alguna película de Kaplisch y Suzanne Lindon, es la joven Veil, donde vemos ya su ímpetu y su arrojo para enfrentarse a todas las injusticias. También, vemos a Élodie Bouchez como la madre de Veil, siempre tan encantadora y cercana, Judith Chemla como su hermana, su compañía y apoyo, Olivier Gourmet como el marido maduro de Veil, ese pilar para los momentos duros y esa complicidad para los otros momentos, y finalmente Philippe Torreton, un actor que nos encanta desde sus maravillosas películas con Tavernier.

Dahan, que también se ha encargado del guion de la película, no solo ha construido una película importantísima para mirar a la vida y logros de Simone Veil, sino que también ayudará a todos aquellos y aquellas que no la conozcan, y seguramente, se convertirá en un referente absoluto por todo lo que hizo y todo lo que mostró a los demás que vinieron después, porque Simone no solo fue una mujer comprometida con su tiempo y con las personas, sino que se levantó enérgicamente ante cualquier injusticia que vio, y lo hizo desde la convicción y el deseo de ver un mundo mejor y una sociedad más humana. La película de Dahan recoge todo ese legado y lo hace desde la sinceridad y la excelencia, tratando con tacto y detalle cada elemento y circunstancia de la vida de Veil, una vida intensa, en la que hubo de todo, y la película lo muestra desde la honestidad y la cercanía que necesita, consiguiendo ese difícil equilibrio entre lo que se muestra y lo que no, y sobre todo, en cómo se muestra lo mostrado, sin caer en convencionalismos ni torpezas para engatusar el respetado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA