Prime Crime: A True Story, de Gus Van Sant

UN HOMBRE FURIOSO. 

“El atraco tenía que haber durado diez minutos. Cuatro horas más tarde el banco era un circo. Ocho horas más tarde era la emisión en directo más importante de la televisión. Doce horas más tarde era historia. Y todo es completamente real”. 

Extraído del afiche de Tarde de perros (1975), de Sidney Lumet

Seguro que recuerdan los nombres de Travis Bickle y de Sonny Wortzik y la que lían en Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, y en Tarde de perros (1975), de Sidney Lumet, respectivamente. Tipos de abajo, sin recursos y sobre todo, que creen en una justicia social y de verdad, en la que los gobernantes ayudan a tipos como ellos, y no los dejan en la más absoluta miseria. Más lejos de la realidad. Entonces, al verse expulsados, se convierten en tipos muy enfadados con un sistema atroz que deciden tomarse su propia venganza a través de una violencia desatada. Esto fue el leitmotiv de buena parte del New Wave American en que los directores dirigieron películas contra todo y contra todos, contra una forma de vida acomodada, clasista y violenta, que dejaba a las clases obreras expuestas a un mercantilismo exacerbado, maloliente y sin escrúpulos. 

El genio de Gus Van Sant (Lousville, Kentucky, EE. UU., 1952) vuelve al cine por la puerta grande – su última película fue No te preocupes, no llegará lejos a pie (2018) basada en la biografía del dibujante John Callahan -. Su nuevo trabajo Prime Crime: A True Story (en el original, Dead Man’s Wire, traducido como “Alambre del hombre muerto, que hace referencia al alambre atado alrededor del cuello del rehén que está conectado al gatillo de una escopeta), bebe del cine policíaco estadounidense que he comentado en el párrafo anterior, y a partir del guion de Austin Kolodny, basado en una historia real, la de Tony Kiritsis que, furioso por la mala fe de una inmobiliaria que le levantó un terreno, decide la mañana del jueves 8 de febrero de 1977, en su ciudad natal, Indiana, secuestrar al director de la compañía, hijo del dueño. El autor reclama una indemnización reteniendo al susodicho en su apartamento. La prensa lo sigue y cubre el suceso, en el que entran en escena un poli veterano, una joven reportera intrépida y el locutor más famoso de la ciudad, Fred Temple. Un secuestro transmitido en directo que, de la mano y buen hacer de Van Sant, ejemplifica lo que más le gusta al director de Kentucky, cabalgar por el lado oscuro como hizo en Drugstore Cowboy (1989), la película más pariente de ésta. 

La película mezcla imagen real y las imágenes televisivas, en un espectáculo muy al estilo USA, donde todo se convierte en un circo donde todo cabe y finalmente, la cosa derivó en eso, en un show en directo que duró 63 horas de tensión. La cinematografía de Arnau Potier, habitual de la directora Mélanie Laurent, es una cámara muy agitada, donde la persecución deriva en ese estado de sitio contra el secuestrador. La excepcional banda sonora que tiene algunos temas de soul y rock muy de la época, se mueve entre la gran capacidad de composición de un grande como Danny Elfman, toda una institución en la industria estadounidense que ha trabajado con Tim Burton en 17 películas, y en más de 160 títulos a lo largo de una carrera que roza el medio siglo. Con Van Sant ha firmado 7 largos. El magnífico montaje del israelí Saar Klein, que es un habitual de Doug Liman, que tiene en su haber la interesante American Made (2017), y La delgada línea roja, de Malick, ahí es nada. Su edición es brutal, nos angustia en sus salvajes 104 minutos de metraje, donde no hay descanso, sino latigazos constantes y una agitación que provoca sobresaltos. 

Como es habitual en el cine de Van Sant, el reparto de la película brilla en todas sus facetas arrancando por el gran trabajo del camaleónico Bill Skarsgârd que, después de hacer de Nosferatu, lo vemos como el furioso Tony Kiritsis. A su lado, Dacre Montgomery es el rehén. Cary Elwes como el poli veterano que intenta poner paz en medio de todo el caos del circo catódico. Myha’la Herrold es la joven reportera que tiene entre manos el suceso más poderoso de Indiana. Colman Domingo es el fascinante locutor de radio, con esa voz atrayente y el temple que demuestra en todo el entuerto. Al Pacino, en un guiño a Tarde de perros, es el magnate que se niega a entrar en el juego del secuestrador. Kelly Lynch, coprotagonista de la citada Drugstore Cowboy, tiene un papel en ésta. Quizás Prime Crime: A True Story no es la mejor película de Gus Van Sant, pero tiene muchos ingredientes para pasar un rato entretenido, porque tiene ritmo y muestra una galería de personajes muy bien escritos, y no cae en esa baboseria que nos tiene tan acostumbrados el cine más comercial, y opta por una película salvaje, sin concesiones, que vuelve a esos tipos que, cansados de tanta injusticia, optan por poner las cosas en su sitio, ya sea por las malas, después de tanto desprecio y de una ley que es una calamidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No te preocupes, no llegará lejos a pie, de Gus Van Sant

REÍRSE DE UNO MISMO.

John Callahan (1951-2010) era un tipo como otro cualquiera en el Portland post hippie, aunque tenía un serio problema, era alcohólico. Una noche de borrachera,  allá por el verano de 1972, su vida dio un cambio radical, porque en el automóvil que viajaba en plena juerga, se estrelló y acabó parapléjico. A partir de ese instante, Callahan empezó a ir a un centro de rehabilitación y empezó una vida completamente diferente, ya que encontró consuelo y refugio en el humor gráfico, dibujando viñetas en las que se reía de sí mismo, de manera irónica, cínica y a veces, de manera agresiva, de los inválidos habidos y por haber. La última película de Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, 1952) vuelve a su territorio natural e íntimo, volver a mirar a esos personajes, muchos de ellos homosexuales,  en su mayoría pueblerinos o urbanitas, pero siempre aislados y periféricos que, no encajan en el lugar donde viven, un espacio muy alejado de la idea turística de EE.UU., son sitios cotidianos y aburridos,  sin mucho que hacer, donde el tiempo parece detenido, y en los que sus personajes tiene unas ansias tremendas por salir de allí y conocer otros lugares.

El cine de Van Sant, en su mayoría, y dejando de lado sus películas mainstream, suelen basarse en historias de jóvenes corrientes de esa América profunda, de esa América perdida, sin objetivos y paupérrima, gentes atrapadas en un destino desolador, aunque siempre encontrarán una vía de escape de salir de esa monotonía y desierto emocional, aunque en su mayoría de ocasiones, no se saldrán con la suya y su destino, muy a su pesar, quedará ligado a esos lugares que odian tan profundamente. John Callahan encaja perfectamente en esa idea de cine que tiene Van Sant, un proyecto que ya tuvo en los noventa, después del éxito de El indomable Will Hunting, y de la mano de Robin Williams, que adquirió los derechos de la autobiografía titulada Will the Real John Callahan Please Stand Up?, para hacer una película, aunque entonces el proyecto naufragó, ha sido ahora, y con el protagonismo de Joaquin Phoenix, inmenso, irreverente y cínico, en un personaje que deberá empezar una nueva vida debido a su minusvalía.

Van Sant (que encuentra el título para la película adoptando el que tiene una de las viñetas más famosas de Callahan) se aleja, como era de esperar, del biopic al uso, o mejor dicho, del biopic al uso estilo Mi nombre es Harvey Milk, que dirigió el propio Van Sant, que dirigió con ese tufillo a premios. Aquí, la película arranca unos instantes antes del fatídico accidente de Callahan, y esa adicción al alcohol que lo llevó a esa vida. La película da saltos en el tiempo, va de un lado a otro, manejando la trama a su antojo, construyendo un drama sin sentimentalismos ni discursos, sino a través de la humanidad de su personajes, que en ocasiones se muestra cercano y en otras, odioso e impertinente, un tipo complejo, ambiguo y difícil de manejar. El cineasta estadounidense muestra todo el proceso, desde su vida postrado en la silla, su rehabilitación física, así como la emocional, en el centro de rehabilitación, donde encontramos a un fantástico Jonah Hill (ataviado en un look especie de hippie trasnochado, rubio platino con coleta e iluminado de alguna religión oriental) que juntamente con los otros alcohólicos le ayudara a desdramatizar su situación y encontrar su camino. También, encontramos a la cantante Beth Ditto, en el rol de una gorda feucha, pero muy humana y ese humor negro tan característico para reírse de sí misma y de todos aquellos que quieran mofarse de su aspecto.

La aparición en la vida de Callahan de Annu (fantástica Rooney Mara, aportando sensibilidad y fuerza al personaje de Phoenix) una de sus terapeutas emocionales cuando se curaba, que se convertirá en su novia, también será un acicate más para comprobar que el sexo puede alcanzar estados igualmente placenteros, pero investigando otras naturalezas. Sin olvidarnos de la presencia estupenda de Jac Black  como el amigo borracho Dexter. Y la parte final, cuando Callahan comienza a dibujar sus tiras cómicas y empezar a ser valorado, aunque también vapuleado por algunos sectores más reaccionarios, y convertirse en alguien que a pesar de sus problemas físicos, puede encontrar su camino en el mundo y sentirse aliviado riéndose de sí mismo, y de toda esa vulgaridad que le rodea, y convertir su ciudad en un lugar feo pero cercano, vacío pero interesante, y sobre todo, un universo convertido en materia prima para desarrollar las ideas para sus tiras cómicas.

Van Sant se siente seguro y capacitado para contarnos el relato de uno de sus coetáneos, de alguien que desafió la vida y quiso mofarse de ella, aunque la vida le dio fuerte y le dejó en una silla de ruedas, aunque el cineasta estadounidense quiere contarnos la experiencia vital de Callahan, tanto a través de su reconocimiento, así como el proceso traumático, rompedor y sangrante que vivió antes de darse cuenta que su vida había volcado para ir por otro lado, mostrándonos las luces y sombras de un tipo cualquiera, de alguien que encontró su arte o su manera de desarrollar su capacidad artística a través del dolor, para luego convertirlo en ironía y sarcasmo, extrayendo toda esa rabia, perdonándose a sí mismo, y luego perdonar a su entorno, pero sobre todo, descojonarse de sus impedimentos físicos y emocionales, y volverse a descojonar de los estúpidos y capullos que podemos ser a veces.