Una película de miedo, de Sergio Oksman

UN PADRE, UN HIJO Y UN HOTEL ABANDONADO. 

“Nuestros secretos familiares son como fantasmas que nos persiguen, siempre presentes aunque intentemos ignorarlos”. 

Anónimo 

El cineasta Sergio Oksman (Sâo Paulo, Brasil, 1970) ha construido un universo de documentales que, en una primera etapa, su mirada iba dirigida al otro, ahí están: A esteticista (2005), Goodbye America (2007), Notes on the Other (2009), y A Story for the Moldins (2012). Películas sobre vidas ajenas, basadas en el archivo y la reflexión de lo que fueron y lo que han dejado. Con O Futebol (2015), película realizada en su ciudad natal, donde después de 20 años, el propio director vuelve a reencontrarse con su padre Simâo, en una cinta que fusiona con habilidad lo real con lo ficticio, y con el Mundial de Fútbol del 2014 celebrado en Brasil como telón de fondo. Una sentido, profundo y sensible retrato sobre las difíciles y oscuras relaciones paternofiliales cimentada desde la observación, la honestidad y sin caer en estridencias y artificios, sino en una mirada auténtica sobre lo que somos y cómo nos relacionamos y todo lo que construimos o no entre padres e hijos.

En Una película de miedo, que podría verse como el contraplano de O Futebol, ya que aquí Sergio pasa de hijo a padre de Nuno de 12 años, con el que viaja a Lisboa, a Portugal, a pasar unos días de vacaciones en un hotel abandonado y vacío que, tiempo atrás fue el no va más donde se realizaban grandes fiestas y esconde algunos secretos, sobre todo, en la habitación 103. Con la excusa de experimentar in situ los espacios y las atmósferas de las películas de terror que tanto le encantan al joven Nuno, el padre-director Oksman nos envuelve en una mirada observadora y alejada de la postal y lo superficial sumergiéndonos en un tiempo no tiempo, transitando por los espacios oscuros de la ciudad como el viaducto desde el cual asesinaba a mediados del XIX el famoso Diogo Alves, recorriendo los mismos lugares, por esos túneles infinitos y demás, así como las películas mudas del famoso serial killer. El hotel, con su carga histórica y criminal, ya que se cometió un crimen sin resolver que sumió a su dueño en una profunda oscuridad. Recorremos las habitaciones y demás estancias descubriendo, aburridos y agitados, y las conversaciones y juegos entre padre e hijo en unos ambientes relajados y de tensión mientras se conocen y reconocen en una especie de juego para saber más del otro. 

La música de Amy Fajardo, de la que conocemos sus trabajos para los cortometrajes como Sexo a los 70 y Claudia, y el documental Ramón y Cajal: dibujos en la retina, entre otros, ayuda a crear esos ambientes entre lo cotidiano, lo misterioso y lo desconocido. La cinematografía la firman la pareja Francisco Marise y Jorge Rojas, que ya coincidieron en el documental Mitología del barrio, tiene sus momentos donde se capta lo real y doméstico, con otras donde los ambientes propios de terror, con sus clichés y demás, en los que la película utiliza para configurar el género manido para introducir su realidad familiar, la de antes, la de ahora y la de todos los secretos dichos u ocultos que siguen ahí, como esperando su momento. El magnífico trabajo de montaje firmado por la grande Ana Pfaff, Moncho Fernández y el propio director, con sus 72 minutos breves e interesantes de metraje, en el que el ritmo pausado nos va encerrando en las cuatro paredes del hotel y por ende, en los secretos familiares. El estupendo trabajo de sonido que firman el dúo compuesto por Irene Arboleda junto a un nombre muy reconocido en la cinematografía portuguesa como Nuno Carvalho, con más de 85 títulos al lado de Joâo Pedro Rodrigues, Teresa Villaverde, Paulo Rocha y Pedro Costa, entre otros. 

A Sergio y su inquieto hijo Nuno les acompañan Daniel Blaufuks, interpretando a un inquietante y cercano guarda que explica sus cosas y las otras, las que no se ven del esplendor de antaño del hotel, Ana Moreira interpreta a una empleada de la Cinemateca Portuguesa, una actriz fetiche de Teresa Villaverde, que vimos en Tabú, de Miguel Gomes, y en películas de Eugène Green, y la breve presencia del actor y cineasta Manuel Mozos, toda una institución que ha trabajado con los grandes de la cinematografía lusa. La experiencia de ver Una película de miedo es un viaje a Lisboa, con su parte criminal, y un hotel que podría ser el de El resplandor, donde podrían aparecer fantasmas, espectros que todos arrastramos en nuestras familias que nos observan, que nos siguen y sobre todo, nos condicionan, aunque también forman parte de nosotros, de todo lo que heredamos de nuestros antepasados, de sus oscuridades, sus miedos y demás aspectos que nos condicionan en nuestro presente, y si, todos tenemos una habitación que seguramente no será la 103, tendrá otro número, pero seguramente ahí yacen fantasmas que se levantan y están a nuestro lado, aunque no los veamos, pero sabemos de seguro que están presentes, en ocasiones, demasiado presentes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pedro Pinho

Entrevista a Pedro Pinho, director de la película «La risa y la navaja», en el hall del Zumzeig Cinema en Barcelona, el miércoles 23 de abril de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Pinho, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por hacernos el retrato, y a Iñigo Cintas de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonathan Guilherme

Entrevista a Jonathan Guilherme, intérprete de la película «La risa y la navaja», de Pedro Pinho, en el hall del Zumzeig Cinema en Barcelona, el miércoles 23 de abril de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonathan Guilherme, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por hacernos el retrato, y a Iñigo Cintas de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La risa y la navaja, de Pedro Pinho

LAS HERIDAS DE LA COLONIZACIÓN. 

“Entre colonizador y colonizado no hay más lugar para la concentración que el del trabajo forzado, la intimidación, la presión, la policía, el robo, la violación, los cultivos obligatorios, el desprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería, élites descerebradas, masas avasalladas”. 

Aimé Césaire

Con La fábrica de nada (2017), el director Pedro Pinho (Lisboa, Portugal, 1977), sorprendió a propios y extraños con una película radical en su forma y contenido, amén de tres horas de duración. Una obra compleja, magnífica y asombrosa que profundiza en las actividades sociales, humanas y políticas de unos trabajadores que quieren luchar por sus empleos cuando la dirección quiere cerrarla. Una película sobre la política más cercana, más mundana, la del día a día, la política que nos afecta a todos, la que se ejerce desde la palabra y los hechos, desde la dignidad que le queda al que quieren arrebatársela. En La risa y la navaja, el cineasta lisboeta mantiene muchas de las reflexiones y postulados que guiaban la citada película, porque vuelve a producirla a través de la cooperativa Terratreme Filmes, como indican los diez integrantes del guion de la cinta. La política más íntima vuelve a ser piedra angular de la trama, y sobre todo, se estructura a partir de la herencia colonialista y las contradicciones entre colonizador y colonizado. 

La acción arranca con la llegada de Sergio a una metrópolis ubicada en África Occidental, más concretamente en Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, para trabajar como ingeniero medioambiental en una ONG en una gran construcción que conectará el desierto y la selva. Allí, se encontrará una sociedad cosmopolita, diversa y en constante tensión, en la que los conflictos postcolonialistas están muy presentes, y se encenderán las diversas posiciones entre los de fuera, que llegan con todas las buenas intenciones del mundo, casi siempre equivocadas, los de dentro, con sus problemas y sus diferencias, y las comunidades periféricas con sus posturas tan iguales y antagónicas. Un microcosmos en el que Sergio encontrará algo de refugio en la relación con Diara y Gui, donde explorará temas como la identidad y el género, a través de lo físico, con unos cuerpos en ebullición y unas ideas en constante cambio y enfrentadas. Las atmósferas asfixiantes y caóticas que alimentan las novelas de Conrad están muy presentes a partir de tipos que huyen y terminan más perdidos y deambulando por un microcosmos tan extraño como cotidiano, que no comprenden y se muestra caótico, y la mirada de Antonioni, en mostrar un paisaje tan desértico en lo físico como en lo emocional, y la devastación de los cuerpos y los lugares, tan deshumanizados que sus perdidos personajes acaban por no identificar, como le sucede al protagonista. 

La cinematografía del brasileño Ivo Lopes Araújo, que ha trabajado bajo las órdenes de grandes nombres como Gabriel Mascaro, Chico Teixeira, Sandra Kogut y Tiago Melo, entre otros, bajo la textura y el grosor del 35 mm, cimenta un ambiente íntimo, que traspasa la pantalla, con sus agitaciones y tensiones, con ese enmascarado thriller que ayuda a seguir el no (viaje) de Sergio, en su odisea diaria de (re) encuentro con el otro/a y quizás con sí mismo, o lo que creía de él. La estupenda música, tan variada y celebrada, como las imágenes que acompañan la historia, genera esa idea de atmósfera asfixiante y tensionada que parece que vaya a estallar en cualquier instante, donde el movimiento es constante creando ese microcosmos tan cercano como alejado. El magnífico trabajo de sonido de Jules Valeur con más de medio centenar de títulos, y las mezclas de Pablo Lamar, construyen los sonidos y ruidos de una ciudad que contrasta con la paz y el vacío de las comunidades. El excelente montaje que firman Rita M. Pestana, Karen Akerman, Cláudia Oliveira y el propio director, conjugan con gran inteligencia y detalle los 210 minutos de metraje que, resultan muy entretenidos, y aunque parezca lo contrario, muy cortos, por la cantidad, densidad y elementos que conforman una historia grande y sencilla a la vez. 

Al igual que ocurría con el grandísimo elenco de La fábrica de nada, con unos trabajadores que miraban y nos miraban de verdad, sin condescendencia ni magulladuras argumentales, sino ejerciendo una honestidad que así se transmitía a cada uno de los espectadores. Un reparto en el que confluyen intérpretes profesionales como Américo Silva, Carla Galvâo y Dinis Gomes, con otros que se ponían por primera vez delante de una cámara. en La risa y la navaja se trabaja a partir de la misma premisa, porque encontramos a actores como la sinceridad del protagonista que hace Sérgio Coragem, habitual del cineasta Pedro Cabeleira, la especial Cleo Diára, haciendo de Diara, uno de esos personajes camaleónicos y fascinantes que eleva la película cada vez que llena cada encuadre, y la gran sorpresa del debutante Jonathan Guilherme como Gui, un personaje apabullante por su colorido, su ternura y su sexualidad. Y el resto del reparto, tan natural como generoso, que engrandece una película que muestra las diferentes realidades, tan diversas como complejas de un país africano, azotado por cientos de conflictos, que todavía arrastra tantos errores del pasado, con un neocolonialismo que sigue ejerciendo un poder real y aplstante que deja poco espacio para la libertad de una gran mayoría. 

A pesar de la apabullante de cine estrenado cada semana que invaden las pantallas, cuesta encontrar cine que mire a la realidad que nos abruma diariamente, y sobre todo, un cine que arriesgue, que se cuestione a sí mismo, y también, no se regodee en su forma y contenido, sino que siga explorando nuevas formas de mise en scène y demás aspectos que hagan de lo contado una mirada personal, de verdad y humanista. Así que, una película como La risa y la navaja (“O riso e a faca”, en el original), es un gran ejemplo de un cine resistente, por lo que cuenta, por cómo lo hace y por su radical duración. Un cineasta como Pedro Pinho es una gran alivio para muchos amantes del cine, entre los que me incluyo, porque evidencia esa creencia tan denostada como magullada en estos tiempos que, el cine es un buen vehículo para hablar de lo que somos, de nuestras mierdas y demás oscuridades. Y por ende, un gran refugio para soportar una sociedad tan clasista, tan estúpida y tan miserable que va a velocidad de crucero pisoteando y atropellando a todo aquel que muestra contrariedad y disiente ante tamaño descalabro, que se detiene y reflexiona, mostrando una actitud revolucionaria como los empleados de La fábrica de nada o los Gio y Diara de La risa y la navaja, personas/personajes alegres y tristes, pero nunca rendidos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA