La inocencia, de Lucía Alemany

EL ÚLTIMO VERANO DE LIS.

“No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo”

Mario Benedetti

La inagotable cantera cinematográfica de la escuela de cine Escac sigue dando sus inmejorables frutos y alumbra una nueva mirada que se llama Lucía Alemany (Traiguera, Castellón, 1985) que ya habíamos conocido hace cuatro años cuando presentó su cortometraje 14 años y un día, en el que plasmaba las disputas de Arantxa, una niña de 14 años que se enfrentaba a la tiranía paterna, íntegramente filmado en su pueblo natal. Para su puesta de largo ha vuelto a su pueblo para filmar a otra niña, en este caso Lis, quinceañera, en mitad de otra tesitura emocional que también la llevará a enfrentarse a sus padres, por su deseo de ser artista de circo, a su pueblo y su particular pelea por su vida. Alemany escribe junto a Laia Soler Aragonès, compañera de la Escac, un guión que arranca con el final de las fiestas patronales del pueblo, con las verbenas de pasodobles, “bous al carrer”, procesiones y los fuegos artificiales como fin de fiesta, o lo que es lo mismo, el final del verano, el final de ese espacio y estado emocional de despreocupación, libertad, amigas y fiesta.

Empieza el otoño y también, las clases y las obligaciones, pero Lis, que encuentra en Néstor, un novio de verano, una forma de huida ante la opresión del ambiente de pueblo cerrado y crítico con cualquier actitud diferente, pero lo que parece una tabla de salvación derivará a un embarazo no deseado, y unas responsabilidades que suponen una hecatombe en la vida de Lis, que perdida y temerosa por la respuesta paterna, encontrará refugio en la complicidad de su inseparable amiga Sara, y la madre de esta, Remedios, dedicada a la sanación emocional y espiritual, que la escucharán y sobre todo, le ofrecerán una mirada amiga y protectora. Alemany coloca su cámara a la altura de la mirada de su protagonista, con la que a través de ella, nos mostrará ese pueblo anclado en lo arcaico y la tradición, un lugar poco tolerante con las ideas diferentes, encerrado en sí mismo y sus quehaceres cotidianos, como veremos con la actitud paterna, la de sus amigos o vecinas del lugar, más interesadas en las vidas ajenas que en las propias.

Lis es alguien ajeno a la dinámica del pueblo, metida en su mundo, muy suya,  alejada de las actitudes de sus amistades y crítica con lo que se cuece ahí. Un espíritu libre y valiente, alguien que ya en el arranque de la película deja clara quién es y a qué se enfrenta, cuando se lanza a la piscina y mientras va buceando, tiene que ir sorteando a otras personas y obstáculos para seguir avanzando, la secuencia que mejor define el espíritu que recorre la propuesta de Alemany, la de esa inocencia interrumpida de golpe,  de volverse mayor de un día para otro, de ese verano que ya no volverá, que será el último de muchos, del final de la infancia y el comienzo de algo que empieza a vislumbrar sus garras, ese mundo de los adultos donde los actos y actitudes devienen responsabilidades que hay que enfrentar y asumir como propias. La directora castellonense construye una película ligera e íntima, colocando a Lis en el centro del conflicto dramático del relato, convirtiéndose en el origen y final de todo lo que sucede en la película, ese cambio de niña a mujer, o lo que es lo mismo, ese tránsito en empezar a ser quién quiere ser y pelear con todas sus fuerzas para conseguir la mujer con la que sueña, acarreando los conflictos que se vayan presentando.

Alemany reúne en este viaje a compañeros de escuela como la citada Soler Aragonès y Joan Bordera en la cinematografía, con esa luz mediterránea y cálida para atraparnos con sutileza en el cisma emocional que sufre Lis, y al preciso y sobrio montaje de Juliana Montañés, fraguada en la Ecam, editora de Carlos Marques-Marcet, consiguen una forma brillante y luminosa donde el pueblo de Traiguera se convierte en un personaje más, por su atmósfera abierta y cercana y a la vez, cerrada y maldiciente. La magnífica terna de intérpretes experimentados como Laia Marull, haciendo de esa madre protectora, pero también, sumisa con la autoridad paterna, Sergi López, como padre trabajador y señor de la casa, mostrándose muy intolerante con su hija a la que todavía trata como una niña desamparada, y Sonia Almarcha, la madre de Sara, la mejor amiga de Lis, interpreta a esa mujer diferente, el contrapunto de la actitud de los padres de Lis, la “bruja” según los habitantes del pueblo, alguien especial y con ideas muy abiertas sobre el amor, el sexo y la vida.

Y los intérpretes jóvenes, debutantes muchos de ellos, casan a la perfección junto a los adultos, con una magnífica y apabullante Carmen Arrufat que da vida a Lis, una niña-adolescente rebelde, libre y con deseos de volar y salir del pueblo para enfrentarse a su vida y a su sueño, con Joel Bosqued como Néstor, el típico chulito de pueblo, que pasa droga y se siente el rey del mambo, dando réplica a Lis, que empieza siendo la válvula de escape que necesita la chica para luego ser un problema en su vida, con Estelle Orient, que ya estuvo en 14 años y un día, interpretando a Sara, la íntima amiga de Lis, algo así como un espejo en el que se refleja Lis, un apoyo incondicional por su rareza y su falta de encaje en el sentir del pueblo, y las otras amigas, Laura Fernández y Rocío Moreno, que son Rocío y la Patri, con las que tropiezan las anteriores por sus diferencias de actitud y deseos. Alemany ha creado una película muy cercana y libre, sin ataduras, en la que basándose en experiencias reales sitúa a una niña que se enfrenta al final del verano más difícil de su corta existencia, en el que deberá enfrentarse a todo aquello que quiere ser, tanto por ese embarazo inesperado, a sus sentimientos, a su vida y a su sueño, pase lo que pase, y peleando por todo aquello que siente y quiere. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La suite nupcial, de Carlos Iglesias

EL INFIEL, LA AMANTE Y SU MUJER.

“Los hombres jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran”.

Fidel es un hombre entrado en los sesenta con una vida de lo más normal y anodina junto a su esposa, quizás esa desesperante calma y aburrimiento ha encendido sus alarmas internas, y mira tú por dónde, ha ligado, casi sin quererlo, con una compañera del trabajo, la tal Marisa, atractiva y muy sugerente, y cabeza loca, y como se suele decir, se ha liado la manta a la cabeza y se han montado un fin de semana en Toledo a tutiplén, incluida la Suite Nupcial, pero como les ocurría a los pobres diablos que poblaban aquellas películas cómicas de los sesenta y setenta españolas, las cosas no resultarán según lo previsto, y los conflictos, tanto internos como externos, y visitas inesperadas muy incómodas lo complicarán todo. La suite nupcial arrancó como obra teatral escrita por Carlos Iglesias (Madrid, 1965) y dirigida por Sigfrid Monleón, que tuvo una gran acogida representándose durante 26 fines de semana en Madrid.

Ahora, La suite nupcial da el salto a la gran pantalla incrementando su duración de 50 a 90 minutos, y situándonos casi en su totalidad en la famosa suite donde se hospedan el citado Fidel y Marisa, y cómo sucedía en el camarote de los Marx, también otros invitados de improviso, que para nada se les espera. Fidel quiere y necesita pegarse una canita al aire, pero como les pasa a estos hombres no habituados a tales menesteres, le asaltan las dudas, los miedos y el probable fracaso de no cumplir en la cama, dimes y diretes que le agobian, a más a más, las cosas se van torciendo y tendrá que lidiar con imprevistos que en muchos momentos lo superarán. Carlos Iglesias ha cosechado una carrera muy interesante como actor en el cine, teatro y televisión, donde ha trabajado con nombres tan ilustres como Luís García Berlanga, Mario Camus, Mariano Ozores, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Garci, José Luis García Sánchez, entre muchos otros, convirtiéndose en un intérprete muy popular gracias a su Benito de Manos a la obra.

En el año 2006 debutó como director con Un franco, 14 pesetas, en la que recogía la inmigración de sus padres en Suiza, film con el que cosechó críticas positivas y el favor del público, que tuvo una secuela ocho años después bajo el título 2 francos, 40 pesetas, en la que se centraba en las nuevas generaciones nacidas en Suiza Entre medias, rodó la ambiciosa Ispansi (Españoles) del 2014, donde en mitad de la Segunda Guerra Mundial con los nazis invadiendo la URSS, ocurría un relato íntimo y personal con una mujer huida de España y un comisario comunista. Cinco años después de la segunda entrega de la inmigración Suiza, vuelve a ponerse tras las cámaras en una comedia actual, ligera, atractiva y con algo de mala uva, en la que habla de amor y sus líos, amable pero con amargura también, de esas historias que pretende hacer reír, aunque sea de manera agridulce, sumergiéndonos en las vicisitudes de alguien honrado pero deseando darle un giro a su vida, aunque sea leve, teniendo una aventurilla, como esos tipos trajeados de las películas americanas, pero claro, para eso hay que nacer o quizás, hay que creérselo a pies juntillas, no dudar, no sentirse como un delincuente entrando de madrugada a un chalet para robar, con esa sensación de estar haciendo algo terrible, todo eso sufre el desdichado Fidel.

Fidel tampoco encontrará compañeros de viaje que le faciliten el trago, como esa gobernanta del hotel muy entrometida e impertinente (en la piel de una convincente Eloísa Vargas, compañera y cómplice en el cine de Iglesias) la amante Marisa, en la flor de la vida, del animal sexual y más (con una alocada, atractiva y de carácter interpretada con naturalidad por Ana Arias, conocida por la serie Cuéntame cómo pasó) y parar rizar el rizo, la aparición de la esposa, una sevillana abrumadora y muy salada en la piel de una extraordinaria Ana Fernández, que repite como cónyuge después de la experiencia de Abuelos. Y si la cosa no sabía liado lo suficiente, el pobre Fidel se irá tropezando por Toledo y en el hotel con un amigo común que también conoce a la esposa, con el aspecto de José Mota, con ese aire de no enterarse de nada y metiendo la pata, muy a su pesar, más bien por desconocimiento en este soberano lío que nos propone Iglesias, con las agradables presencias de Santiago Segura, Roberto Álvarez y la veterana María José Alfonso.

Fidel decide coger su último tren sexual, demostrándose a sí mismo que todavía puede resultar atractivo a una joven como Marisa, pero sin quererlo, acabará tomando no un Ave, sino un tren borreguero lleno de inseguridades, miedos e incertidumbre, y acabará deteriorándose muchísimo más, incrementando sus dudas, su nerviosismo, sus mentiras y sobre todo, dejando al descubierto todas las miserias de su existencia, que podría extrapolarse a muchos hombre de esa edad que, en este instante quieren marcarse un finde de hotel en la Suite Nupcial con una jovencita. Iglesias recoge el guante de esas comedias de Mariano Ozores donde hombres casados del estilo de Fidel se lanzaban a la aventura de sentirse deseados por jovencitas suecas u de otro calibre, y se daban de tumbos, porrazos y demás desdichas para acabar como siempre, o quizás más solos y tristes, con esa vida marital de casa al trabajo y los fines de semana al apartamento de la playa o la sierra. También tiene ese look de comedia sofisticada, que funciona mejor cuando el lío se desata y la cosa se torna una jauría de locos y locas simulando y mintiéndose mutuamente, aunque esa apariencia de tipo seguro y gentleman que pretende ser a toda costa Fidel, que raras veces lo acaba consiguiendo, acaba siendo un bluf por tantas dudas y miedos que atenazan a Fidel, un pobre tipo, si, pero como la mayoría de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los testigos de Putin, de Vitaly Mansky

EL ASCENSO DE LA BESTIA.

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.”

Lord Acton

La política, en muchas ocasiones, desgraciadamente, pierde su valor como elemento estatal primordial para organizar las sociedades, convirtiéndose en meros espejos de todas las maldades de ciertos gobernantes que se creen por encima de todo, y manejan las estructuras del estado para gobernar según sus intereses personales y congraciados con los poderes económicos del país, utilizando la política para someter al pueblo. Podríamos enumerar muchos casos de personas surgidas de la nada,  que crecieron de forma rauda y veloz en el universo político, y en poco tiempo, se fueron erigiendo como únicos salvadores de la patria- Pero… ¿Quiénes son realmente estas personas? ¿De qué lugares vienen? ¿Cómo han conseguido ser líderes en tan poco tiempo cuando hace nada nadie los conocía? Muchas de estas cuestiones son las que se plantean en Los testigos de Putin, del cineasta Vitaly Mansky (Leópolis, Ucrania, 1963) creador reconocido internacionalmente con amplísima trayectoria en el campo documental, por el que lleva transitando hace más de tres décadas.

Mansky compone una película sincera, audaz y profunda, tanto por su forma como por su interesantísimo contenido, porque rescata material de archivo de hace 20 años, partiendo de aquella noche de fin de año de 1999, cuando Yeltsin, el presidente ruso que finiquitó la Unión Soviética, anunció su dimisión y presentó a toda la nación a Vladimir Putin, por aquel entonces un desconocido abogado de San Petersburgo de 47 años, alguien que tres meses después, barrería en las elecciones convirtiéndose en el segundo mandatario de la Federación Rusa después de la URSS. La película recupera las filmaciones de Mansky que este hizo durante la campaña y la noche electoral, contratado por el equipo de Putin para tal efecto, consiguiendo una intimidad personal con Putin y todo su séquito, también observamos imágenes de su primer año en el gobierno, todos los cambios efectuados, y la amalgama de declaraciones, en los que Putin deja de lado la cara amable del político joven defensor de la democracia, desmarcándose del pasado soviético, para convertirse en un defensor a ultranza de ese pasado, y sobre todo, perpetuándose en el poder, ejerciendo mano dura contra todos aquellos críticos de su gobierno, empezando por sus colabores más estrechos, aquellos que le apoyaron y auparon la noche electoral de marzo del 2000, todos aquellos que ahora pertenecen a la oposición o simplemente han sido borrados del mapa.

El cineasta ucraniano no utiliza sus imágenes de modo partidista ni nada parecido, las muestra lo más cercanas y claras posibles, deteniéndose en todos aquellos aspectos humanos de Putin, reflexionando sobre aquel hombre que parecía regio y leal con la democracia, a aquel otro que resucitaba los valores nacionalistas de la Unión Soviética y aquel pasado imperial que tantos querían olvidar, situándose como una especie de líder autoritario, donde él es el estado y la población pasan a ser sus aduladores y enfervorecidos compatriotas que avalan sí o sí todas sus propuestas e ideas. El relato directo y magnífico interpela directamente a los espectadores, siguiendo a Putin en aquellos instantes tan cruciales de su carrera política, viendo su cara más humana con la visita a su antigua maestra, una mujer que aleccionó esa imagen impertérrita y fría del líder ruso, sino que también aparecen Yelstin, que aupó a Putin como su sucesor y le dejó vía libre en el gobierno, al que lo escuchamos viéndose orgulloso de Putin en un principio y luego, despidiéndose con un tono más crítico y sobre todo, apesadumbrado por su error, y también, aparece Gorbachov, el último líder soviético, votando en las elecciones y debatiendo con antiguos camaradas de partido.

Quizás la política y su forma estructural convierta a las personas en aquello que odian ser, o simplemente, muchas de esas personas utilizan la política para ocultar todas sus debilidades y de paso enriquecerse, o más allá, usan la política como un mero escaparate para ser quiénes nunca se atrevieron a ser, o en un mero instrumento de propagando o de interés económico. Putin es el nuevo dictador de la política, como antes lo fueron muchos, que llegaron como corderos y se convirtieron en lobos, y no sólo contentos con eso, fueron más allá, como en el caso de Putin, que veinte años más tarde de las imágenes de la película, continua al frente de Rusia, convertido ya en una especie de mesías de su nación, en alguien que quiere recuperar el esplendor perdido a base de desenterrar los errores del pasado. Mansky no solo ha creado un documento valioso de aquel Putin primerizo y su ascenso meteórico, sino que además, ha construido una pieza magnífica sobre la política y sus mecanismos, sobre el interior de los dirigentes y todo aquello que les rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Oskar Alegria

Entrevista a Oskar Alegria, director de la película «Zumiriki», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del CCCB en Barcelona, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oskar Alegria, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Júlia Talarn de La Costa Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Fortuna, de Germinal Roaux

LAS RAZONES DEL CORAZÓN.

“El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu”

Evangelio de Juan, 3:8.

La joven Marie y el burro Baltasar están sometidos al maltrato y la violencia de sus dueños. Solo en la intimidad de su fiel amistad encontrarán el consuelo y el amor que se les niega como nos explicaba Bresson en su magnífica Al azar de Baltasar. Algo parecido le ocurre a Fortuna, una niña etíope de 14 años, sola y reservada, que vive refugiada en un monasterio y sin más cariño que la de su fiel burra Campanita. El segundo trabajo de Germinal Roaux (Laussane, Suiza, 1975) sigue la línea del encuentro con lo real que expone en su filmografía, abordando temas sociales como la discapacidad intelectual, las jóvenes que ejercen la prostitución para comprarse una vida lujosa, o la inmigración como en el caso de Fortuna. El relato nos sitúa en un lugar aislado rodeado de montañas, durante un gélido invierno en el que la nieve lo cubre todo. Un espacio peculiar, el de un monasterio que debido al desbordamiento de inmigrantes, sirve como refugio para muchos de ellos, donde asistiremos a la difícil convivencia entre una comunidad eclesiástica católica, dedicada al recogimiento espiritual y al silencio, frente a su labor cristiana de dar cobijo al necesitado.

En mitad de todo ello, la película se centra en la mirada y el gesto de Fortuna, una niña inmigrante que está sola y sin más futuro que su cotidianidad, que encuentra amor en los animales que cuida diariamente. Aunque toda esa aparente existencia cambiará cuando la niña descubre su embarazo y se lo comunica al padre, Kabir, un joven mucho mayor que ella, refugiado como ella, que le insta a abortar. La circunstancia aún la dejará más sola y abandonada, y entregada a un futuro mucho más incierto, debido a su estado y las presiones de la burocracia por deshacerse de la criatura que espera. Roaux compone una intimista y sensible fábula, extraordinariamente filmada con ese cuadro de 4:3 y la excelsa imagen con el preciosismo del blanco y negro, obra del cinematógrafo Colin Lévèque. Una obra muy cercana, de piel, casi sin diálogos, apostando fuertemente por las miradas y los gestos de sus personajes, para hablarnos de la tragedia de la inmigración, en su conjunto y en la intimidad de los menores no acompañados, de la dificultad por parte del estado de gestionar conflictos de gran calado humano.

El tema candente que plantea la película es la complejidad que existe entre los diferentes puntos de vista de los monjes que, si bien desean ayudar a los inmigrantes, por otro lado, ven alterados su fe y descanso debido a esas circunstancias, una situación que nos recuerda a la vivida por aquellos monjes de De dioses y hombres, de Xavier Beauvois, que se veían envueltos en una guerra y la indecisión de abandonar su monasterio, su intervención o continuar con su fe. El conflicto entre la fe espiritual y el deber como cristiano que sufren los monjes tiene su zenit en la maravillosa y reflexiva conversación del padre prior, protagonizado por un sobrio Bruno Ganz (en su último personaje para el cine antes de su fallecimiento) con el responsable social de ofrecer una salida a los inmigrantes, donde se habla profundamente sobre el deber de un verdadero cristiano y sobre la dificultad de hacer el bien, considerando que ese “bien” no siempre es lo mejor para las personas implicadas, como ya planteaba Buñuel en su extraordinaria Nazarín, donde un cura humilde recorría México ofreciendo ayuda y haciendo el “bien”, actitud que le generaba multitud de conflictos.

El cineasta suizo nos habla desde lo más profundo del alma de sus criaturas, llenas de conflictos internos, crisis de fe e identidad, y abrumados por todo esa humanidad de inmigrantes con ilusiones, deseos y frustraciones. La película trata todos estos elementos con honestidad y transparencia, mirando la inmigración con toda su complejidad desde el drama personal, la soledad de los más vulnerables y las situaciones de abandono que muchos reciben, y también, hace hincapié en la inoperante burocracia que mide todos los casos de igual manera, sin detenerse en las necesidades reales de cada caso. Fortuna es un relato de pocos personajes y pocos diálogos, que constantemente interpela a los espectadores, sumergiéndolos en una historia sencilla en apariencia y compleja en su contenido, en la que el centro de todo recae en la dificultad y necesidad de una niña que se siente atrapada, sola y desamparada en un mundo de adultos demasiado enquistado en sus leyes y estructuras, que frecuentemente olvidan el lado humano de las personas que tienen delante.

Roaux cuenta con un reparto que resulta muy natural y convincente, empezando por la niña Kioist Siyum Beza que interpreta a Fortuna, expresándolo todo con ese rostro, todavía de niña pero con signos de juventud prematura, de una niña que tendrá que crecer de golpe por todo lo que se le viene encima, con esa inocencia quebrada y mutilada. Frente a ella, Kabir, al  que da vida Assefa Zerihun Gudeta, un tipo vivo y egoísta que se aprovecha de quién sea para sobrevivir en un espacio donde la policía puede presentarse en cualquier momento. Con las estupendas presencias del citado Bruno Ganz, y Patrick D’Assumçao, siempre perfectos en sus roles, como ya demostró en El desconocido del lago o La muerte de Luis XIV. El director suizo cuenta su relato desde la mirada de Fortuna, de esa niña que se desenvuelve en ese espacio como si no le perteneciese, en el que se siente rechazada,  en constante huida, buscando su lugar en el mundo, ese lugar apacible y acogedor donde recoger miradas de cariño y ternura, como las que tiene con su inseparable Campanita, como les ocurría a Marie y Baltasar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El silencio del pantano, de Marc Vigil

LAS MISERIAS DEL PODER.

“Valencia nunca ha sido una ciudad marítima. Es una urbe fluvial construida sobre un descomunal pantano. Y que el pantano ya no se vea no quiere decir que haya desaparecido. La única diferencia es que está más abajo. Sigue dando su fango para hacer ladrillos con los que construir edificios junto al mar, parques temáticos, complejos culturales y, al final, la ruina y el sonrojo. Es un cenagal que abona la codicia, el orgullo o el odio, para que florezcan la envidia, el rencor, la violencia y la muerte”.

La serie Crematorio (2011) de los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, partía de la novela homónima de Rafael Chirbes, para trazar un relato intenso y magnífico sobre las oscuras relaciones entre la política y la corrupción en un lugar ficticio de la Comunidad Valenciana, en el que quedaba demsotraba que el thriller era el mejor vehículo para desarrollar tramas sobre tantas miserias y violencias, erigiéndose en la primera obra de ficción en fijar su mirada en ese lugar endémico de corrupción. Unos años atrás, Enrique Urbizu con La caja 507, ya se había centrado en las relaciones fangosas entre política, terrenos y corrupción.

En el 2018, curiosamente se estrenaron dos cintas que abarcaban de manera directa y extraordinaria las conexiones entre política y corrupción en tierras valencianas a través de El desentierro, de Nacho Ruipérez y El reino, de Rodrigo Sorogoyen, dos muestras muy interesantes de la amalgama de poder, mentiras y corrupción de cierto partido político, de sobra conocido por todos,  en la zona valenciana. Partiendo de estas premisas, y basándose en la novela homónima de Juanjo Braulio, y un guión escrito por Carlos de Pando y Sara Antuña (ambos con amplia trayectoria en series) convertidos  en los elementos que se hace servir para su puesta de largo Marc Vigil (Avilés, 1975) creador consumado que lleva 15 años dirigiendo series como Siete vidas, Aída, Águila Roja o El ministerio del tiempo, entre otras. El director asturiano nos presenta a Q, un escritor de éxito que está enfrascado en la escritura de su tercera novela de crímenes y las conexiones que se irán produciendo con la trama corrupta.

El guión plantea que la trama ficticia de la novela se confunda y mezcle con la real, en la que el personaje de la novela secuestra a un político, ahora convertido en respetado profesor pero con pasado turbio de consejero de la Generalitat en el que, entre otras cosas, lavaba dinero negro venido del narcotráfico. Secuestro inesperado que alterará a todos los personajes en cuestión, una circunstancia que hace saltar las alarmas al gobierno de ahora, compañeros de partido que necesitan que todo ese pasado oscuro siga enterrado para que no los incrimine, pero para salvaguardarse las espaldas, moverán a La Puri, una gitana jefa del clan de la droga a través de un bar del Cabanyal, y está, a su vez, pondrá en acción a Falconetti (nombre que muchos recordarán como el siniestro villano de la mítica serie Hombre rico, hombre pobre) un gitano duro y violento que no se anda con hostias.

Vigil maneja muy bien un guión lleno de secretos, grandes giros de guión y una trama interesante, que va creciendo con sigilo y laberíntica, con esos personajes de toda índole que, a todos les une esa desmesurada ambición que los llevará a cometer los actos más viles y canallas. Por un lado, gentes con traje que dirigen el poder, empresarios y políticos, y por el otro, gentuza de la peor calaña que maneja los hilos de la droga en los barrios más deprimidos. Frente a ellos Q, ese enigmático escritor que parece llevar muy lejos su oficio e involucrarse demasiado en sus tramas. Quizás es esa parte la menos atractiva de la película, la trama del escritor, que sin ella, la película funcionará igual de bien, bien apoyada en la búsqueda incesante y maligna del tal Falconetti por dar con el empresario desaparecido, que no tiene fin, que cada vez va a más, sin camino de retorno, utilizando esa violencia seca, durísima y brutal para conseguir sus objetivos siniestros. Vigil comparte este viaje de su primer largometraje con algunos de sus colaboradores más fieles en el medio televisivo, desde los guionistas, hasta la luz de Isaac Vila, la edición de Josu Martínez, el sonido de Sergio Bürmann, y la incorporación a este equipo de la música de Zeltia Montes, que después de su grandioso trabajo en Adiós, de Paco Cabezas, sigue en el thriller asfixiante, muy negro y humano.

El silencio del pantano es un intenso y trágico descenso a los infiernos, jugando muy bien sus bazas, no da más de lo que pretende, y se centra en contarnos un relato lleno de poderes, miserias y terror en que la corrupción se ha convertido desgraciadamente en el mal endémico con el que se identifica el país. La película consigue una atmósfera y una ambientación digna de los grandes títulos del género como aquellos que se produjeron en EE.UU. durante la gloriosa década de los setenta, donde se daba buena cuenta de la sociedad y la política a través de los putrefactos tejemanejes del poder. La película de Vigil entra de lleno en los grandes títulos del cine español de los últimos años en el terreno noir, por su trama y aliento, bruto y violento, agrupando un excelente reparto encabezado por un digno Pedro Alonso como el escritor oscuro, el convincente José Ángel Egido como político corrupto, la inmensa Carmina Barrios como La Puri, los jóvenes Zaida Romero (vista en Carmen y Lola) y Àlex Monner, como patas de la gitana matriarca, y por último, un  extraordinario Nacho Fresneda dando vida a ese Falconetti, con esa cicatriz que el cruza la cara que ya lo define como lo que es, alguien violento y sin escrúpulos, brazo ejecutor de esta maraña de poderes en la sombra, siendo el gran acierto del reparto, un actor de raza y sangre capaz de hacerse con cualquier personaje. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El oficial y el espía, de Roman Polanski

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD.

“Ahora, el antisemitismo. Él es el culpable. Ya dije de qué modo esa terrible campaña, que nos hace retroceder miles de años, indigna mis ansias de fraternidad, mi afán de tolerancia y de emancipación humana”

Émile Zola

El arranque de la película resulta contundente y demoledor, convirtiéndose en un claro ejemplo de apertura en el cine de los últimos años. La cámara recoge en una mañana gélida y gris del 5 de enero de 1895 a una legión de soldados perfectamente uniformados y en formación, el silencio es sepulcral. De repente, la cámara se detiene en el capitán Alfred Dreyfus, cariacontecido y compungido, acusado de traición es degradado y humillado en público. A lo lejos, agolpados en las vallas, una muchedumbre increpa y abuchea a Dreyfus sin ningún escrúpulo, avasallándolo con improperios e insultos. Nadie hace nada, todos los allí congregados asisten en silencio, atónitos al lamentable espectáculo. Nadie alza la voz frente al condenado, vejado, humillado y ridiculizado. Dreyfus era judío y se enfrentó a acusaciones falsas por su origen en una época en que el antisemitismo era el pan de cada día, a los que se les acusaba de falta de patriotismo frente a sus intereses personales, actitud que años después desencadenó en la Alemania nazi.

El mayor escándalo judicial de Francia había tenido anteriormente largometrajes en inglés, pero nunca en francés como ahora, dirigido por Roman Polanski (París, Francia, 1933) que desde que debutase en el cine en 1962 con El cuchillo en el agua en su Polonia natal, ha construido una filmografía alimentada por dramas personales e históricos, comedias que rompían moldes establecidos, o thrillers angustiosos, apasionantes y muy oscuros, como el que ahora nos ocupa El oficial y el espía (con su rompedor y brutal título original de J’accuse) acuñado por el escritor Émile Zola en su famosa carta dirigida al Presidente de la República publicada en el diario L’Aurore en 1897. Polanski acude a la novela “D:”, de Robert Harris, y junto a él, como ya sucedió con la película El escritor (2010) también firmada por Harris, escriben un guión en el que dejan de lado la figura de Dreyfus, que fue destinado a reclusión a la Isla del Diablo en plena Guayana francesa, para centrarse en el coronel Georges Picquart, el nuevo oficial al cargo de la unidad militar de contra-inteligencia que investiga los casos de espionaje del ejército.

Nos encontramos a finales del siglo XIX, época de grandes avances sociales, económicos y culturales con la aparición de nuevas tecnologías como el automóvil, el teléfono o las cámaras Kodak, y los movimientos liberales, aunque había cosas inamovibles como el ejército que gozaba de un poder ilimitado, un poder por encima de la verdad y la justicia. En ese contexto se desarrolla la investigación de Picquart, que descubre las pruebas falsas que incriminaron a Dreyfus y pondrá sus pesquisas en conocimiento de su superior el Comandante Henry, que le insta a olvidarse del tema y a no mancillar el honor del ejército con el error de haber condenado a un inocente. Pero Picquart, como suelen tener los personajes obstinados y libres de Polanski, seguirá empecinado en que se haga justicia y el caso vea la luz, y consigue llevar a juicio otra vez el caso. Con la ayuda del citado Zola que publicará la famosa carta en el diario, por la cual será fuertemente sancionado.

El director polaco construye un emocionante e intenso thriller histórico de grandes vuelos y un guión espléndido, lleno de momentos extraordinarios, como la conversación de Picquart y su superior Henry, donde queda claro que el ejército está por encima de todo y todos, aunque haya condenado a un inocente, porque el ejército no comete errores. Semejante actitud de ese poder sobrehumano, en el caso del ejército de entonces, que podría extrapolarse al poder de ahora, capaz de mentir y crear pruebas falsas para encerrar a inocentes o a aquellos que les molestan por su condición o actitud. Polanski plantea un relato subjetivo, a través de la mirada del omnipresente Picqart, alguien capaz de enfrentarse al poder porque todavía lucha por un ejército limpio y transparente, quizás su idealismo pueda sorprendernos, pero personas como estas hacen del mundo un lugar un poco más habitable para todos, porque creen en el ser humano por encima de unas instituciones corruptas y llenas de polvo y suciedad, donde no se investiga para esclarecer los hechos y conseguir la verdad, si no para buscar culpables que molesten, como queda patente en las oficinas de contra-inteligencia el primer día de Picquart, más parecido a un antro de perdición que a un espacio del estado, donde los informadores juegan a las cartas y el portero es un pobre diablo que está durmiendo siempre.

La estupenda e íntima luz de Pawel Edelman, con Polanski desde El pianista (2002) consigue atraparnos en esa atmósfera enrarecida donde le espionaje estaba a la orden del día, y la excelente partitura de Alexandre Desplat, capturando el romanticismo y la negrura tan propia de la época como de la trama. La película recorre un gran montaje obra de Hervé de Luze, con Polanski desde Piratas (1986), con un ritmo endiablado y enérgico sus 132 minutos de puro y brutal thriller al mejor estilo de Hitchcock y sus falsos culpables que tanto le interesaban plasmar en sus universos de poder, mentiras y demás. La maravillosa y contenida interpretación de Jean Dujardin dando vida al perspicaz y paciente Picquart, al mejor estilo de un Sherlock Holmes del ejército, consigue atraparnos con sus sutilezas, gestos y miradas, bien acompañado por Emmanuelle Seigner como su amante, a su vez esposa de un político poderoso, con Louis Garrel como el denostado capitán Afred Dreyfus, calvo y envejecido, con esa magnífica secuencia donde se ven los dos hombres en hermandad sin conocerse, donde se miran y entienden la naturaleza oscura y corrupta del ejército al cual pertenecen. Y las agradables presencias de un intérprete Polanski como Mathieu Amalric o Vincent Pérez, dos caras diferentes de la moneda en litigio.

El cineasta polaco traduce con habilidad y sentido un guión extraordinario, dando con la nota perfecta para conducirnos por un relato de misterio, de verdad y justicia, donde sus personajes son firmes y humanos, contradictorios y llenos de errores, unos los llevan con honor y otros con humanidad. El relato está lleno de sombras y personajes tortuosos y enigmáticos, como la atmosfera por donde se mueve la película, consiguiendo una grandísima ambientación llena de detalles, creando esa red de miedo, incluso paranoia con toda la investigación, a la que le pondrán un millón de obstáculos para no permitir la verdad, y sobre todo, no mancillar el honor del ejército por el error consumado. El relato nos habla del poder, y sobre todo, de sus mecanismos, ya sean del siglo XIX o de ahora mismo, donde la verdad y la justicia no son los elementos principales, sino palabras que pertenecen a la teoría, a lo establecido, a los discursos de los grandes acontecimientos, pero en la práctica, esa verdad siempre resulta incómoda, ajena al orden interno del ejército y un enemigo al que hay que expulsar y enterrar, por eso Picquart se convierte en un enemigo, en alguien que se desterrará, alguien que se querrá quitar de en medio, pero en este caso, quizás la verdad acabará resultando un enemigo imposible de batir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un gran mujer, de Kantemir Balagov

EL ROSTRO DE UNA MUJER.

«No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma.»

Svetlana Alexievich

Hace un par de años Kantemir Balagov (Nálchik, Rusia, 1981) presentó su puesta de largo Demasiado cerca, con el apoyo de su mentor y tutor Aleksandr Sokúrov, un retrato profundo e intenso, filmado en su pueblo natal, sobre las dificultades entre tradición y modernidad en el seno de una familia judía en el contexto de la guerra de Chechenia. Una mirada descarnada y abrupta de esa Rusia apartada e invisible a través del rostro de Iliana (magnífica la composición de la debutante Darya Zhovner) una mujer atrapada en un ambiente durísima y sin expectativas. En su segunda película con el título original de Dylda, traducido como “larguirucha”, se inspira ligeramente en la novela La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Aleksiévich (1985) para retratarnos el horror después del horror, situándose en Leningrado en 1945, en el primer otoño después de la guerra, en un hospital o lo que queda de él, rodeado de una ciudad en ruinas, tanto física como moralmente, una ciudad habitada por desechos humanos, gentes que intentan sobrevivir después del horror de la guerra, sin más futuro que la cotidianidad de sus existencias.

El cineasta ruso se centra en Iya, la larguirucha del título, una joven con estrés postraumático que trabaja como enfermera en el hospital, y de Marsha, una joven soldado que arrastra la descomposición de una pérdida irreparable. Las dos mujeres sobreviven como pueden, intentándose ayudar o compartir ese dolor pegado al alma, ese dolor que te acompañará siempre. Siguiendo la forma de esa cámara inquieta y brutal que seguía sin pestañear a sus personajes en Demasiado cerca, en Una gran mujer, Balagov continúa con esa forma que inquieta y ensombrece a sus criaturas, como ocurre en el cine de los Dardenne o de László Nemes, en que su El hijo de Saúl, sobre el horror, y Atardecer, sobre la descomposición de un universo, a través del rostro de una mujer joven que se siente atrapada en algo que no entiende, tendrían mucho que ver con la forma y la narrativa empleada por Bagalov, en su manera de mover su cámara por ese hospital como un personaje más, observando la vida o lo que queda de ella, siendo testigo de ese espacio del horror donde observamos mutilados de todo tipo, tanto físicos como emocionales, con ese doctor que hace lo que puede.

Balagov imprime esa atmósfera asfixiante, tétrica y sin tiempo, con la inmensa labor de esa luz obra de la camarógrafa Ksenia Sereda, como ese inmenso plano secuencia del tranvía, bien acompañada por esa paleta de colores entre el rojo, el verde y el dorado, creando unos encuadres cromáticos que no atisban ningún tipo de resquicios de luz ni nada que se le parezca sino todo lo contrario, ayudan a imponer ese aislamiento y horror con el que viven cada uno de los personajes su tragedia personal, que recuerda al universo atmosférico que imponía en su cine Kieslowski. El director ruso habla de la crudeza y el horror de una forma natural y sin cortapisas, de frente y sin ataduras, centrándose en el interior de sus personajes a través de esas miradas y rostros encogidos, aislados y castigados, sin moralizarlos, filmándolos en ese paisaje deshumanizado, en ese entorno miserable y de despojos, asumiendo una gran capacidad para mostrar una posguerra cruenta y vacía, que será larga y penosa, en una ciudad que comienza a despertar de todo, arrancando de nuevo, eso sí, arrastrando todo aquello que duele, que mata, compartiendo a los ausentes, a los que ya no están, y a los que están, pero ya no son lo que eran, sobrevivir después del horror en el horror como le ocurría al niño Edmund Kohler y los habitantes del Berlín devastado en la grandiosa Alemania, año cero, de Rossellini.

Balagov aboga por el alma de sus personajes, con las dos magníficas interpretaciones de Viktoria Miroshnichenko dando vida a la rubia larguirucha, y Vasilia Perelýguina como Masha, dos actrices imponentes que casi sin diálogos transmiten todo esas emociones contradictorias que arrastran sus personajes. La película nos expllica la miseria y el horror de la guerra, y el indescriptible dolor después de la guerra, a través de dos mujeres, una que no ha soportado el horror de la guerra y se ha encerrado en el silencio y en cualquier atisbo de vida, y la otra, que como la primera, ha sido mujer de consuelo de los soldados en el frente, que si aguantó, pero también perdió, e intenta sobrevivir a través de todo lo contrario que la primera, a través de la vida concibiendo un nuevo ser, dos formas de afrontar la guerra, de intentar cicatrizar heridas, dos maneras de enfrentarse a la vida o lo que queda de ella, de asumir la pérdida y el dolor como pueden, sin más herramientas que lo que se van encontrando diariamente, porque el futuro ya no existe, el pasado vivido se ha impuesto como una amenaza constante a la vida, a ese presente durísimo y horrible.

Balagov critica duramente a esa idea imperante en la Rusia actual donde el nacionalismo más atroz y abanderado impone esa idea de reconstrucción de la memoria a través de la heroicidad y la tenacidad de tantos hombres que liberaron a su país del invasor nazi, dejando de lado a las mujeres,  y sobre todo, no explicando la guerra y la posguerra a través de la dureza de tantos horrores, sino quedándose con esa falsa idea de patria y héroes, como escenifica esa sensacional secuencia en casa de la madre del chico enamorado de Masha que enfrenta a la Rusia elitista y arribista conta el pueblo mísero. Cine que casa ala perfección con el de Andréi Zviáguintsev, autor de obras tan memorables como Elena (2011), Leviatán (2014) y Sin amor (2017), no obstante comparten el mismo productor Alexander Rodnyansky, y la premisa de hacer un cine crítico con el poder y los discursos ultranacionalistas empeñados por todos los medios en embellecer la historia, en contarla de manera superficial, sin entran en los detalles más horribles, olvidándose de los dolores personales y al tragedia que tantos tuvieron que vivir y sobre todo, sobrevivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de aquí que me emocionó en el 2018

El año cinematográfico del 2018 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO, de Ramón Salazar.

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2. YO LA BUSCO, de Sara Gutiérrez Galve.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/07/06/yo-la-busco-de-sara-gutierrez-galve/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/07/08/entrevista-a-sara-gutierrez-galve/

3.- CON EL VIENTO, de Meritxell Colell

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/11/23/con-el-viento-de-meritxell-colell/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/11/28/entrevista-a-meritxell-colell/

4.- TRINTA LUMES, de Diana Toucedo.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/21/trinta-lumes-de-diana-toucedo/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/23/entrevista-a-diana-toucedo/

5.- CASI 40, de David Trueba.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/06/30/casi-40-de-david-trueba/

6.- CARMEN Y LOLA, de Arantxa Echevarría.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/09/09/carmen-y-lola-de-arantxa-echevarria/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/09/12/entrevista-a-arantxa-echevarria/

7.- DANTZA, de Telmo Esnal.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/27/dantza-de-telmo-esnal/

8.- LAS DISTANCIAS, de Elena Trapé.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/09/11/las-distancias-de-elena-trape/

9.- MUDAR LA PIEL, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/10/06/mudar-la-piel-de-ana-schulz-y-cristobal-fernandez/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/10/11/entrevista-a-ana-schulz-y-cristobal-fernandez/

10.- VIAJE AL CUARTO DE UNA MADRE, de Celia Rico Clavellino.

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2019/01/25/entrevista-a-celia-rico-clavellino/

11.- PETRA, de Jaime Rosales.

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/10/24/encuentro-con-jaime-rosales/

12.- COMANDANTE ARIAN, de Alba Sotorra.

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/11/13/entrevista-a-alba-sotorra-2/

13.- UN DÍA MÁS CON VIDA, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow.

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14.- QUIÉN TE CANTARÁ, de Carlos Vermut.

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/11/02/entrevista-a-carlos-vermut/

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/10/29/entrevista-a-carme-elias/

15.- EL AMOR Y LA MUERTE, de Arantxa Aguirre.

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16.- ENTRE DOS AGUAS, de Isaki Lacuesta.

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/07/entrevista-a-isaki-lacuesta/

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17.- APUNTES PARA UNA PELÍCULA DE ATRACOS, de Elías León Siminiani.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/13/apuntes-para-una-pelicula-de-atracos-de-leon-siminiani/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/18/entrevista-a-leon-siminiani/

18.- EL REY, de Alberto San Juan y Valentín Álvarez.

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/09/el-rey-de-alberto-san-juan-y-valentin-alvarez/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/14/entrevista-a-alberto-san-juan/

https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2018/12/22/entrevista-a-guillermo-toledo/

 

Mujercitas, de Greta Gerwig

LAS HERMANAS MARCH.

“Las mujeres han sido llamadas reinas durante mucho tiempo, pero el reino que se les ha dado no merece la pena ser gobernado”

Louisa May Alcott

Louisa May Alcott (1832-1888) publicó en 1868 Mujercitas, una novela que hablaba sobre las jóvenes estadounidenses de manera clara, sencilla e íntima, reivindicando su rol en la sociedad, alejado de las convenciones de la época, un relato que por primera vez se centraba en las mujeres, mirándolas de frente, explorando sus secretos más ocultos, sus ilusiones y sus sueños, capturando sus capacidades como personas y no como mujeres a la sombra de los hombres. La novela no tardó en convertirse en un éxito, muchas norteamericanas se vieron reflejadas en la historia de las hermanas March, un cuarteto de jovencitas que deseaban ser artistas, soñaban con ser ellas mismas, costase lo que costase, y sobre todo, querían seguir sus caminos por muy diferentes que fuesen para la mayoría. En la época muda ya hubieron dos adaptaciones al cine, peor será en el 1933 cuando Cukor dirigiría la primera versión sonora con Katherine Hepburn, entre otras. En 1949 de la manod e Mervin LeRoy apareció la versión más famosa con Elizabeth Taylor. En el nuevo siglo aún llegaron dos versiones más, sin tanto encanto y sensibilidad que sus antecesoras.

Ahora, nos llega la última adaptación de la novela dirigida por Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983) después de las inmejorables sensaciones que dejó con su debut en solitario con Lady Bird (2018) el relato de una adolescente triste, incomprendida y aburrida en el Sacramento vacío, triste y aburrido, protagonizada por una magnífica Saoirse Ronan, que en Mujercitas recoge el testigo de la rebelde e ingobernable aspirante a escritora, un alter ego de Alcott, donde la película se sitúa en el metalenguaje cinematográfico porque la historia que escribe Jo es su propia historia que más adelante será Mujercitas, un elemento moderno que incluyó Alcott en el que relataba su propia experiencia familiar. Meg, la hermana mayor sueña con ser actriz de teatro, aunque el amor la convertirá en esposa y madre, su carácter más tradicional y hogareño le apartó del camino soñado. Beth la más frágil y sensible de las cuatro hermanas tiene un talento especial para la música a través del piano. Y Amy, la pequeña de las March le encantaría ser una gran pintora pero deberá aceptar que es buena y nada más. Junto a ellas la matriarca, cariñosamente llamada Marmee, que será el timón y el oráculo en una familia en plena Guerra de Secesión con el padre ausente en la contienda.

La película arranca en aquellos años de la guerra que fue entre 1861 y 1865, y sus años posteriores, en el pequeño pueblo de Concord, Massachusetts, donde los March viven con penurias económicos debido la ausencia paterna, y se ganan la vida con remiendos de aquí y allá, junto a ellas los parientes ricos de la familia, que enfadados por la decisión del padre, les ayudan de tanto en tanto, peor aún así, tienen tiempo de ayudar a los más pobres de la zona. Todas forman un grupo unido e irrompible, unas niñas que irán dejando la infancia llena de disfraces, juegos y libertad, para enfrentarse a un mundo machista, tradicional y lleno de prejuicios. Jo será la primera en ejercer sus ideas, trasladándose a New York para trabajar como escritora, experiencia que le traerá sabores y sinsabores, aunque deberá volver por la enfermedad de Beth. Gerwig actualiza la novela convirtiendo el final del siglo XIX en un relato moderno y libre, donde se habla de unas mujeres que quieren ser libres y tendrán que luchar con uñas y dientes para conseguirlo, porque la sociedad que les ha tocado no está adaptada a este tipo de cambios.

La directora estadounidense se aleja de la linealidad de la novela para contarnos una historia desestructurada llena de saltos temporales, donde el relato que nos cuentan se hace en pasado, reconstruyendo los momentos más significativos de estas jóvenes haciéndose mujeres. La película tiene un ritmo vibrante y espectacular, las acciones ocurren de manera brillante y ligera, con ese trasfondo de pérdida de la inocencia que atraviesa la película, donde las cuatro hermanas se verán en la tesitura de hacerse mayores y tomar decisiones que marcarán sus vidas, algunas entendibles y otras, realmente sorprendentes para la sociedad bostoniana obsoleta y anticuada. A través del personaje de Jo, auténtico timón de la familia y de la película, tendremos la visión del conjunto, donde conoceremos el amor, la pérdida, el vacío, la tristeza, la ilusión, el trabajo, el maldito dinero, la vida al fin y al cabo, desde una perspectiva íntima y sensible, experimentando los aspectos más agradables de la vivir, y también, aquellos momentos oscuros de la existencia que nos van moldeando nuestra personalidad y por ende, la vida que vamos viviendo.

Gerwig se ha rodeado de un equipo técnico magnífico encabezado por un brillante trabajo en ambientación con Jess Gonchor (habitual de los hermanos Coen) y en vestuario con Jacqueline Durran (colaboradora de Mike Leigh y Joe Wright) con la excelente música conmovedora e intensa de Alexandre Desplat (que tiene en su currículum a autores de la talla de Frears, Fincher, Malick, Polanski o Audiard) con esa maravilla de síntesis y ritmo del montaje obra de Nick Houy, que ya estaba en Lady Bird, y la especial, clara y sombría luz de Yorick LeSaux (cómplice de Guadagnino, Denis, Ozon, Assayas, Jarmusch, por citar solo algunos de su brillante carrera). Y su excelente reparto capitaneado por una espectacular y fantástica Saoirse Ronan, que conmueve y hace saltar chispas con esa para envolvernos con lo mínimo en la piel de una Jo que nos hace volar pero también hundirnos en el vacío. Emma Watson hace una Meg señora, enamorada y tranquila, Elisa Scanlen da vida a Beth, la hermana más sensible, frágil y silenciosa de todas, Florence Pugh es Amy, la que rivaliza y quiere ser como Jo, con talento pero demasiado crítica consigo misma, y Laura Dern haciendo de esa madre protectora, sensible y sobre todo, líder de este grupo de mujeres a contracorriente y libres. Con Merl Streep como esa tía rica que en la sombra tiene un ojo para sus niñas.

Qué decir de los hombres de la película, bien explicados y dibujados, que no son meros clichés si no compañeros y testigos de la agitación femenina, con Timothée Chalamet como amigo, fiel y pretendiente de Jo, Louis Garrel como el amigo neoyorquino de Jo que la lee y la aconseja. Y Chris Cooper como ese tío viudo que aunque tiene enemistad con el padre ayudará a las March siempre que se lo pidan. Gerwig ha hecha una película fantástica y bien contado, situada en el hogar familiar de cuatro hermanas que conocerán la edad adulta a marchas forzadas, experimentando sus dulzura y amargura, tropezándose con muros que en apariencia parecen infranqueables peor con fuerza y tesón serán derribados, aunque por el camino haya que dejar muchas cosas, con el espíritu libre y desobediente que lidera el personaje de Jo que algún momento exclama una frase que define esa alma inquieta y curiosa en un mundo dominado por hombres: “Me encantaría ser un hombre”. No como inclinación sexual, sino como reivindación feminista para sentir el poder de la libertad y decidir la vida por uno mismo, sentimiento y leitmotiv que recorre toda la película en la que nos habla de unas mujeres que sobretodo, y por encima de todo, quieren ser ellas mismas y decidir la manera de vivir sus vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA