Entrevista a Laurent Micheli y Mya Bollaers

Entrevista a Laurent Micheli y Mya Bollaers, director y actriz de la película “Lola”, en el marco del Fire!! Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià de Barcelona, en el Instituto Francés, el jueves 10 de junio de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laurent Micheli y Mya Bollaers, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Julio Vallejo de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Lola, de Laurent Micheli

COMPRENDER LA DIFERENCIA.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Desde que el ser humano habita este planeta, aceptarse a uno mismo siempre ha resultado una tarea ardua y complicado. Cuando este trabajo se consigue, o al menos, se acepta, luego viene otro, el que la sociedad le acepta a uno, cosa que en muchas ocasiones no resulta una tarea ya difícil, sino imposible, y más, cuando se trata de los tuyos. Laurent Micheli (Bruselas, Bélgica, 1982), ha sido actor, luego, director, siempre interesado en cuestiones de identidad y género, como demostró en su opera prima Even Lovers Get The Blues (2017). En Lola, su segundo trabajo tras las cámaras, plantea una película de aquí y ahora, posando su mirada en la vida de Lola, una chica transexual que, tras su confirmación de que ya puede someterse a la operación de  reasignación de género, su madre, principal apoyo emocional y financiero, fallece. Esto provocará que tanto Lola, como su padre, Philippe, que no acepta a su hija, deben emprender un viaje como última voluntad de la madre. Dos personas que no se tratan, muy distanciadas, con un pasado turbio en común, y antagónicas en sus formas de sentir y hablar, deben compartir unos cuántos días y mirarse, y sobre todo, entenderse.

Micheli plantea una película sencilla y directa, dos personajes y una carretera con un destino final que no solo los llevará a un lugar común sino a un pasado común, un pasado que emergerá y pondrá las cosas esenciales de la vida sobre la mesa. El director belga habla de la transexualidad de forma natural y transparente, no haciendo una apología ni nada por el estilo, sino tratando los temas que surgen en el seno de muchas familias cuando existe este conflicto entre padres e hijos, en este caso, padre e hija, sin posicionarse por ninguno de los dos personajes, en absoluto, sino reflexionando y sobre todo, encontrando todo aquello que los separa y los une, todo esa vida, todas aquellas cosas de las que no hablaron, todo lo que tenían en común con su madre y esposa, y toda aquella verdad que ha estado tanto tiempo oculta, esperando que fuera desvelada en algún momento. Lola (que tiene el título original bellísimo “Lola vers la mer”), ese mar como espacio de libertad, de sinceridad y de ser, de ser uno mismo, siendo aceptado por el padre, o al menos, que lo mire con ojos de verdad, de comprensión, no de rencor y tristeza.

Lola nos recuerda a Elvira, la transexual que protagonizaba Un año con trece lunas, (1978), de Fassbinder, en el que la película le realiza un sincero homenaje con ese instante en la casa de putas. Una mujer que solo buscaba un poco de cariño y aceptación para que su soledad no fuera tan agobiante y culpable. Un personaje muy al estilo de los del genial cineasta alemán, seres que, como Lola, solo buscan ser aceptados y un poco de cariño, emociones que resultan tan imposibles en una sociedad demasiado obcecada en sus prejuicios y convenciones. La luz cálida y libre obra del cinematógrafo Olivier Boonjing, que ya estuvo en la primera película de Micheli, consigue darle ese tono tan agridulce que tanto necesita la historia, un relato de vaivenes emocionales, así como el excelente trabajo de montaje que firma Julie Nass (que ha trabajado mucho en el documental, o en la reciente Adam, de Maryam Touzani), dándole ese ritmo y agilidad que en muchos momentos juega con esa forma más próxima al documento, muy bien envuelto en la ficción.

Un gran reparto bien conformado por Benoît Magimel (que hemos visto en excelentes películas de grandes nombres como los de Techiné, Haneke, Chabrol, entre otros), hace de Philippe, ese padre de antes, que debe entender a su hija, sus problemas y su vida, que no le resultará fácil, por mucho que en ocasiones se empeñe en ello, y en otras, vaya en otra dirección. Y Mya Mollaers que debuta en el cine con el personaje de Lola, dando un recital de frescura, sinceridad y humanidad, con ese momentazo en el coche sacando la cabeza por fuera y cantando a pleno pulmón “What’s Up”, de los 4 Non Blondes, una canción popera de principios de los noventa que también reivindicaba una forma de ser y de amar. Lola  no solo es una excelente y profunda mirada hacia la transexualidad, sino que es un magnífico ejercicio de quiénes somos, cómo nos relacionamos, y sobre todo, como nos miran los demás, y aceptan nuestra identidad y lo que hacemos, y la grandiosidad de la película es que lo hace desde el humanismo, a través de una ejemplar tono transparente y sencillo que nos llega de frente, sin cortapisas ni estridencias de ningún tipo, solo filmando dos personas en lados opuestos que deben mirarse, hablar y comprenderse aunque sean muy diferentes en forma y pensamiento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sweat, de Magnus von Horn

LA SONRISA AMARGA.

“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”.

Henry Van Dyke

El nuevo milenio es un espacio online, un espacio donde las redes sociales se han convertido en “espacio”, donde millones de usuarios abarrotan de publicaciones sus perfiles, mostrando su vida y mostrándose continuamente, desinhibiéndose a todo trapo, y convirtiendo sus dominios en auténticos escaparates de sus existencias, a nivel físico, emocional y demás. Muchos de ellos han generado auténticos negocios con su contenido, convirtiéndose en los llamados “influencers” para muchos, y empresas han visto una forma de anunciar sus productos promocionando a estas nuevas “stars” de la imagen. Sylwia Zajac es una mujer de treinta años que ha construido toda una legión de cientos de miles de seguidores a través de sus redes, motivándolos a través del fitness, con sus clases, entrenamientos y esa actitud perfecta y llena de felicidad. Pero… ¿Qué ocurre cuando Silwia apaga su móvil?.

El segundo trabajo de Magnus von Horn (Göteborg, Suecia, 1983), después de la interesante e incisiva Después de esto (The Here After), que dirigió en el 2015, en la que retrataba la difícil vuelta a la vida de un joven que ha cumplido condena en un reformatorio. Con Sweat (traducido como “sudor”), el director sueco, afincado en Polonia, que se formó en la prestigiosa Escuela de Lodz, nos sitúa en la vida de Sylwia durante solo tres días, en la ciudad de Varsovia. Tres días en las que la joven experimentará lo feliz y amargo de su existencia. La película tiene un ritmo y una aceleración como la vida de esta joven, una vida “online”, donde todo es carne de publicación, en que el móvil es una parte más de su cuerpo y mente, donde la veremos de aquí para allá, casi sin descanso ni tregua, como ese arranque tan vertiginoso como la clase de entrenamiento que hace en directo con sus seguidoras. Un cámara pegada a ella, metida en su interior, en un gran trabajo del cinematógrafo Michal Dymek, bien acompañado por el inmenso ejercicio de edición de Agnieszka Glinska, que ayudan a convertir Sweat en una película de ahora, con los métodos y elementos que tanto se utilizan, aunque eso sí, también, hay tiempo para plantar la cámara y mirar la vida de Sylwia de forma más pausada.

La joven vivirá una experiencia que solamente no le cambiará su forma de trabajo, sino su interior, un espacio donde no es exitosa, sino todo lo contrario, pero la película no lo transmite de forma simple, sino con estilo y elegancia, con la figura de un acosador, alguien que como ella siente su soledad cuando los focos se apagan, alguien que despertará en la joven cosas que debería empezar a plantearse porque tarde o temprano deberá enfrentarlas para crecer como persona y mejorar en su vida y por ende, en su trabajo. Las miserias de las redes sociales, y todos aquellos que se benefician y las sufren, la dictadura de la felicidad y los cuerpos aceptados por la industria, y todos aquellos que encuentran sentido a sus vidas en los que siguen en redes, son varios de los aspectos en los que incide el director sueco, construyendo una película de aquí y ahora, pero sumamente sobria, sensible y sólida. Secuencias bien planteadas que explican lo necesario pero haciendo hincapié en su estado emocional, son algunas como las de la comida con su madre y familia, y la experiencia con el acosador y otro entrenador colaborador, momentos que la resignificarán hacia otras posiciones que le ayudarán a verse como es, todo aquello que oculta y todo lo que le duele y le impide estar bien consigo misma.

Una estelar y maravillosa Magdalena Kolesnik, en su primer papel protagonista, después de haber trabajado con nombres de la industria polaca tan potentes como Jan Komasa y Krystian Lupa, entre otros, dando vida con convicción y naturalidad a la compleja Sylwia, una mujer exitosa en las redes y los medios de comunicación, una mujer fuerte, segura de sí misma, y alguien capaz de todo, una mujer perfecta, digna de admirar y un ser admirable. En cambio, la real, la del día a día, es alguien frágil, que no muestra sus sentimientos, muy resentida, y con una mala relación con su madre, llena de reproches y errores del pasado. Entre el personaje y la persona, una confrontación en la que deberá lidiar la futura Sylwia que salga mejor de ese trance. Debemos a hacer mención a otra presencia interesante de la película, la del actor Zbigniew Zamachowski, que muchos recordamos como el inolvidable Karol de Blanco, de Kieslowski. La joven deberá buscarse y encontrarse para salir más fuerte, enfrentándose a quién es, qué quiere, y sobre todo, empezar a pretender ser tan perfecta en su vida como en su trabajo, aprender a ser lo más humana posible, sin miedo, dejándose las inseguridades, olvidándose de los “haters”, y sabiendo que siendo ella misma, y aceptándose, podrá mostrarse como lo que es y ser de verdad un referente para todos los que la siguen, y la quieren, en cierta manera, aunque sea a su personaje y no a ella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El horizonte, de Delphine Lehericey

EL VERANO DEL 76.

“Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía”.

Anatole France

“Era el mes de junio de 1976. Tenía trece años. Era el comienzo de las vacaciones de verano. Era el año de la sequía.” Así comienza la novela “El centro del horizonte”, de Roland Buti. Un relato que nos cuenta Gus, un chaval de trece años que vive en el campo suizo. Su familia se dedica a trabajar la tierra, una tierra seca debido a la intensa sequía que lo está cambiando todo. Una falta de agua que está llevando a las familias dedicadas a trabajar el campo, unido al desmoronamiento de su familia, cuando Nicole, su madre se enamora de Céline, además, Gus se encuentra en pleno proceso de cambio, dejando la infancia y convirtiéndose en un adulto, con el consabido despertar sexual. Varios elementos se conjugan en esta historia libre, naturalista y muy íntima, que explora un verano que será el último de muchos, porque el siguiente, el que vendrá el año siguiente, ya será otro, completamente distinto, porque el verano del 76 acabará con muchas cosas, trayendo otras formas de hacer, una actitud diferente ante la vida.

La cineasta Delphine Lehericey (Lausana, Suiza, 1975), ha trabajado en el teatro como actriz y directora, en televisión haciendo series y documentales y había dirigido debutado con la película Puppylove (2013), en la que exploraba el mundo del despertar sexual de un adolescente de forma clara y directa. Para su segundo largometraje, se adentra en el universo de la novela de Buti, en un guión que firma Joanne Giger, en la que Lehericey colabora, para contarnos una película ambientada a mediados de los setenta completamente actual, ya que nos habla de las consecuencias del cambio climático, el cambio de paradigma en el rol femenino, que provoca un gran sisma en el modelo tradicional de familia, la agricultura como industria, y el despertar sexual de un adolescente, que mira ese mundo de los adultos desde su desilusión y amargura, sin entender nada de lo que sucede, y completamente perdido ante las circunstancias, hechos que le provocarán sentirse aislado y con ganas de huir.

A partir de un tratamiento naturalista y cercano, con la película en 35 mm, que firma el cinematógrafo Christopher Beaucarne (que ha trabajado con nombres tan ilustres de la cinematografía francesa como Lelouch, Amalric, Gondry o Doillon, entre muchos otros), dotando a la película de esa textura táctil que hace que tanto los personajes como aquello que se cuenta, tengan un aroma más natural, libre y poderoso, como el acertado y equilibrado trabajo de montaje de Emilie Morier (que estuvo en la Escapada, de Sarah Hirtt, otra película con una atmósfera rural parecida), para llevarnos de un lugar a otro, y en los diferentes espacios en los que se desarrolla la trama, con los momentos de trabajo y los lugares abiertos. La directora suiza mira a sus personajes de forma honesta y tranquila, no hace nunca juicios sobre ellos, sino que muestra los diferentes puntos de vista en relación a los hechos que se van produciendo, creando esa tensión y la atmósfera claustrofóbica que se incrusta en toda la película, con unos seres humanos perdidos y aislados en ellos mismos, intentando encontrar una salida a sus problemas y su dura realidad, buscando una paz y tranquilidad que parece haber pasado de largo para ellos.

El personaje de Gus, epicentro de la acción emocional y psicológica, interpretado con maravillosa naturalidad y sinceridad por el debutante Luc Bruchez, redefine todo lo que ocurre, bajo su atenta mirada que actúa como testigo de este enjambre de cambios que está sufriendo su vida, y sobre todo, la de su familia, en un verano que todos recordarán como el último de muchos, y el comienzo de otros que nada tendrán que ver con los pasados. Nicole, a la que da vida una formidable Laetitia Casta, aupada por la brisa y la fuerza  que impone Cécile bajo la piel de una magnífica Clémence Poésy, es el contrapunto de la película, a parte del caprichoso y vilipendiado clima que está hundiendo el trabajo familiar y el de los otros granjeros, porque escenifica a todas aquellas mujeres aburridas y amas de casa y madres, que encuentran en una desconocida otra vida, una inesperada, una que jamás ni siquiera soñaron, una vida que les llena, les atrapa, y deben abrazarla sin contemplaciones. La película no juzga en ningún momento, solo filma la vida, el amor y el sexo, con sus momentos agridulces y trágicos, como la brutal metáfora de ese caballo que quiere terminar sus días bajo la sombra del árbol que lo vio crecer, terrible y a la vez, real como la vida, contribuyendo a la despedida de de ese último verano escenificado en la partida del caballo. El resto del reparto brilla a la altura de los mencionados, creando ese grupo que inevitablemente se está resquebrajando sin remedio, porque la vida al igual que la muerte, y todas las cosas que hay en el medio, tienen su forma de funcionar propia e irreversible, y nada ni nadie podrá detenerlas, lo único que podrá hacer es contemplarlas, aceptar sus cambios y seguir el camino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Herrero Garvín

Entrevista a Laura Herrero Garvín, directora de la película “La Mami”, en su domicilio en Barcelona, el miércoles 24 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Herrero Garvín, por su tiempo, generosidad y cariño, y a mi querido Óscar Fernández Orengo, por su generosidad al retratar el encuentro.

La Mami, de Laura Herrero Garvín

LAS MUJERES QUE TRABAJAN DE NOCHE EN EL BARBA AZUL.

“Para empezar no es ni la palabra. Porque te voy a decir una cosa. Aquí hay chicas trabajando. Pero para nosotras no son putas. Para nosotras son trabajadoras sociales. ¿Sí? O damas de compañía. Damas de compañía porque tienen que estar soportándolas. Y estar aguantando muchas cosas. Trabajadoras sociales porque aguantan desde la persona más fina, más decente, más educada, hasta el más patán”.

La película se abre con Doña Olga, una mujer que trabajó casi medio siglo en el cabaret y ahora, retirada, se encarga de los baños, y el guardarropía del “Barba Azul”, un famoso cabaret de la colonia obrera de Ciudad de México. Doña Olga, a la que todas llaman “La Mami”, está limpiando de energías el lugar  mediante un ritual de purificación. Inmediatamente después, llegan las chicas que entre maquillaje y plática se preparan para otra noche más de trabajo, rodeadas de clientes para bailar y tomar. Esa noche llega Priscila, es su primer día, necesita dinero porque su hijo tiene cáncer y el tratamiento es muy elevado. La Mami la tranquiliza y le anima, como una madre protectora que ayuda a sus “niñas”. Priscila se arma de valor y baja las escaleras en dirección al local, la cámara se queda con ella, la música en directo suena y algunas chicas salen a bailar.

La cineasta y fotógrafa Laura Herrero Garvín (Toledo, 1985), formada en el Máster en Documental de Creación en la UPF en Barcelona, y con una veintena de cortometrajes a sus espaldas, ha vivido en México durante ocho años, país en el que debutó en el largometraje con El remolino (2016), filmada en una pequeña comunidad rural de Chiapas, en la que conocemos a dos hermanos, a Pedro que defiende su identidad, y a Esther, que trabaja incansablemente por una vida mejor de su hija, dos hermanos que luchan contra los elementos sociales y naturales. La Mami es su segundo trabajo, y se sitúa en la relación de esta mujer-madre para todas las chicas del cabaret, La Mami las escucha, las cuida, las reza, las ayuda, las mira, las aconseja, y las centra, lo mismo hará con Priscila, la recién llegada. Herrero Garvín centra su mirada y su cámara en La Mami, a través de ella descubriremos a las demás y al lugar, centrándose en los baños, en ese ir y venir de cada noche, entre maquillaje, confidencias, intimidades, y demás.

Nunca salimos al exterior, a la calle, si exceptuamos un plano de Priscila apurando un pitillo, todo ocurre en el interior, apenas alguna que otra secuencia en el local, y sobre todo, en el territorio de La Mami, una mujer que solo viendo como dobla el papel higiénico, se trata de una persona cercana, que abraza a sus chicas, que las entiende y la defiende, como ese magistral momento en que explica su trabajo a una clienta metiche, que recuerda a aquella inmensa secuencia de Vivir su vida, de Godard, en la que relatan las funciones de la prostitución que ejercía la protagonista. El sonido de las chicas mientras se preparan como artistas antes de “actuar”, con ese nombre cambiado, y sus conversaciones, con el rumor del sonido de la música, que viene de abajo, contrasta con esos dos mundo dentro del “Barba Azul”, abajo donde actúan y son otras, las que trabajan de noche para ayudar a su familia, y arriba, con La Mami, donde pueden ser ellas mismas, con sus verdades e intimidades. La cámara de Herrero Garvín, que se encarga de la cinematografía, escruta y se mueve entre las mujeres y sus miradas, cogiendo de aquí y allá, entre retazos y partes de un todo, que nunca veremos en su totalidad, creando esa sensación de troceado que tiene el lugar y las propias mujeres, en un juego de apariencias, mentiras y ocultaciones.

El exquisito y preciso montaje que firman el mexicano Lorenzo Mora Salazar, habitual en el documental que ya firmó la edición de El remolino, y Ana Pfaff (editora de nombres tan importantes como los de Carla Simón, Meritxell Colell, Carolina Astudillo, Adrián Orr, entre otros), capturan el ritmo que se vive y se palpa en el lugar, creando ese espacio doméstico, fragmentado y sonoro siempre desde la mirada callada, observadora y expectante de La Mami. La directora toledana ha construido una película intensa, vibrante y emocionante, desvelando la vida de las mujeres de la noche que, por necesidad acaban trabajando para entretener a hombres que apenas veremos, porque la idea de La Mami es mirar hacia dentro, hacia lo más profundo de todas estas mujeres, a sus vidas, a sus pasados, y sus presentes inmediatos, los que cada noche abren y cierran en el “Barba Azul”, huyendo de cualquier atisbo de sordidez o sentimentalismo, porque la película sabe muy bien hacia dónde va y que quiere contarnos, acogiéndonos en el universo de La Mami, es ese espacio de los baños y el guardarropía, ese lugar que nunca vemos, que apenas nos percatamos, esos lugares donde la vida, el pasado, y todo lo que somos, confluyen en cuatro paredes encerradas en pocos metros cuadrados, donde la existencia y nuestras intimidades y sombras pueden encontrar un poso de paz, de intimidad y sobre todo, de puentes, de acercamientos, y así de paso,  para que nos sintamos un poco menos solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dating Amber, de David Freyne

LOS JÓVENES ENAMORADOS.

“Haría cualquier cosa por recuperar la juventud… excepto hacer ejercicio, madrugar, o ser un miembro útil de la comunidad”.

Oscar Wilde

Sam y Suzy eran los adolescentes fugados de la inolvidable Moonrise Kingdom (2012), de Wes Anderson. Charlie era el estudiante que se sentía diferente en el instituto en Las ventajas de ser un marginado (2012), de Stephen Chbosky, y finalmente, Christine era la joven que se veía como un bicho raro en su Sacramento natal en la estupenda Lady Bird (2017), de Greta Gerwig. Unos adolescentes que no encajan, que sienten y se comportan de manera extraña al resto, pero que en el fondo, al igual que los demás, quieren ser ellos mismos, aunque a veces ser uno mismo conlleva problemas internos y externos. Del director irlandés David Freyne habíamos visto la excelente The Cured (2017), protagonizada por Ellen Page, una película plena de actualidad, ya que nos hablaba de un virus que contagia a la población y los convierte en zombies, pero lo hacía desde un prisma muy alejado al cine de terror, arrancando con los contagiados ya curados, que se reinsertan a la vida normal, cosechando buenos números y crítica.

Tres años más tarde de aquella, nos llega Dating Amber, y nos sitúa en un pueblo de la Irlanda de mediados de los noventa, donde conoceremos a Eddie, que maravillosa la secuencia que lo presenta, cuando va en bicicleta escuchando el “Mile End”, de los Pulp, y sin escuchar las advertencias de unos militares en maniobras, se cuela en la línea de tiro, un arranque que define a un personaje que está, pero no, que hace acto de presencia, pero una parte, la más importante, la que lo define, permanece oculta. Y también, a la compañera más rarita de Eddie, la citada Amber, que como el joven protagonista, comparten las burlas y las bromas de sus compañeros de instituto ya que los ven como muy diferentes a ellos. Todo arranca cuando la clase duda de la heterosexualidad de Eddie, y también, la de Amber. Los jóvenes no ven otra salida que hacerse pasar por novios y así acallar al resto. En esa “supuesta” relación conoceremos con profundidad y paciencia los deseos, las inquietudes y los miedos de Eddie y Amber, como sus condiciones homosexuales, que ocultan con recelo e inseguridad, y el sueño de abandonar el pueblo y vivir en el barrio más liberal de la vecina y capitalina Dublín.

El conflicto se embrolla aún más con el conflicto de los padres de Eddie, con un padre militar, Eddie está obligado a seguir su ejemplo y asiste al campamento para hacerse militar. Por su parte, Amber, con una madre amargada por su viudez, la situación es igual de dura. Freyne consigue con naturalidad y cercanía, hacernos un retrato muy interesante y profundo del hecho de ser adolescente y sus dificultades en un pueblo irlandés conservador y triste, peor lo hace magistralmente, combinando la comedia con el drama, con la astucia y la perspicacia de saber cuando la risa contagiosa o el humor negro son los que deben imponerse, y en otro, cuando el drama debe hacerse notar, conmoviéndonos con sutileza y sensibilidad, colocándonos en esa tesitura de mirar sin juzgar o mirar comprendiendo a los protagonistas y sus acciones, sus mentiras y su alegría de vivir y ser lo que son. La banda sonora de la película se convierte en un elemento indispensable para contar las vicisitudes y “montañas rusas” emocionales de los jóvenes en cuestión, con temas de Aslan, El Diablo, Girlpool, Le Galaxie, etc…, que recorren de manera brillante la escena britpop, y siguen con sabiduría y encaje las historias de esa peculiar y secreta pareja de adolescentes.

El buen hacer del reparto encabezado por los fantásticos protagonistas con Fionn O’Shea como el reservado Eddie, y Lola Pettigrew como la decidida Amber, bien acompañados por Sharon Morgan y Barry Ward como padres de Eddie, y Simone Kirby como la triste madre de Amber. David Freyne no solo ha hecho una película sobre la adolescencia, con sus alegrías y tristezas de una etapa difícil y a la vez, vertiginosa, convirtiéndose en una cult movie al instante, con su tiempo, sus cielos plomizos, ese humor irreverente y esa crudeza tan intrínseca de los lugares pequeños y tradicionales, sino que además la película es un canto a la diferencia, al hecho de ser uno mismo, de luchar por ser quiénes queremos ser, sin miedos ni inseguridades, y sobre todo, es un maravilloso y lucidez retrato sobre aquellos años noventa, con aquella música tan rompedora que explicaba tan bien los males de los jóvenes y no tan jóvenes, de todos los que se sentían muy perdidos y sin tiempo ni lugar en una sociedad demasiado moderna que sigue arrastrando los mismos males, demasiada moderna para la tecnología y tan conservadora para todo aquello que tiene que ver con la libertad individual y la condición sexual diferente a la mayoría, una pena, aunque por mucho que les pese a los de siempre, seguirán habiendo películas como esta que volverán a retratar la adolescencia, sus males y bienes, y sobre todo, a aquellos adolescentes que sienten y se enamoran de formas diferentes, sí, pero igual de humanas como la que más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A medida voz, de Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández

UNA IMAGEN QUE TE HABLE DE MI.

“No se puede competir con la vida, solo recrearla”.

Agnès Varda

Las primeras imágenes de una película son esenciales, ya que, para bien o mal, definirán el tono de la misma, porque serán vitales para entrar o no en aquello que se nos quiere contar. O quizás, simplemente, esas primeras imágenes provocan en nosotros alguna cosa, algo oculto, que ni nosotros sabemos que existe. Las primeras imágenes del sugerente título de A media voz, revelan una búsqueda, una búsqueda de las imágenes que explican lo que somos, las imágenes que nos definen, los encuadres en los que nos sentimos que hablan de nosotros, o dicen algo de lo que ocultamos, o quizás, algo de nuestro pasado, o de nuestro presente más inmediato. La película de Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández, ambas cubanas y de 1978, crecieron juntas, entablando una amistad que iba más de todo, con el cine como motor vital para crecer juntas, en un país que todavía creía en la utopía del comunismo, de otra vida diferente. Pero, entre estudios de cine, cortometrajes y profunda y sincera amistad, llegaron los noventa, y con la caída del bloque soviético, la esperanza se esfumó y Cuba entró en la deriva, donde la vida se sustituyó a la supervivencia.

Pérez Fernández fue la primera en marcharse, viendo que todo había terminado. Su primer destino fue Ámsterdam, luego vino España, primeo un pueblo navarro como Tafalla, luego Madrid, y más tarde, la costa de Finisterre. Hassan se fue más tarde, su destino Ginebra, con la compañía de su pareja. Con la película Otra isla (2014), sobre la protesta en Madrid de una familia cubana disidente abandonada a su suerte, el tándem Hassan-Pérez Fernández coescribieron el guion, y la primera dirigió e hizo la cinematografía y la segunda, la edición. Seis años más tarde de aquella aventura, y un buen puñado de otros trabajos cinematográficos, las cineastas cubanas vuelven a juntarse, y firman la el guion, la cinematografía y la dirección, y a modo de diario audiovisual, nos explican, mediante imágenes un documento-correspondencia, de su trayectoria vital, arrancando con imágenes de archivo, cuando son niñas y ya adultas, haciendo cine en Cuba, y luego, con imágenes filmadas para la ocasión, en esa búsqueda incesante de la “imagen que te hable de mi”, la despedida, y la vida como emigrante, con el desarraigo como mochila inagotable, los sueños, las (des) ilusiones de una nueva vida, un nuevo país, un nuevo sistema económico, las cuestiones sobre el empleo, y la constante incertidumbre de una vida de supervivencia, cada vez más llena de realidad deprimente y soledad, y más alejada del cine que tanto aman.

Hassan y Pérez Fernández forman mediante “esa media voz”, una voz entera, o quizás, el intento de crear una sola voz que sea megáfono de tantos inmigrantes cubanos y de cualquier país, asistiendo como espectadores privilegiados a todo un proceso vital, dificilísimo en la mayoría de momentos, con pocos momentos para la alegría o la ilusión, construyendo con una honestidad y transparencia que traspasa la pantalla, con un montaje que firman junto a Diana Toucedo, para crear ese universo paralelo y mezclado, casi un rompecabezas de imágenes de toda naturaleza, textura y narrativa, desde el documental a pie de calle, donde la vida va pasando, las imágenes de archivo ya citadas, el ensayo, la experimentación, con el vídeo y el digital presentes, documentando la vida, el cine, la amistad, la separación, las múltiples ausencias, no solo del país dejado, de la amiga ausente, esa que se busca en cada imagen que se filma, evocando el país dejado, con la ilusión perdida, o el nuevo país, con la situación de invisibilidad, los trabajos precarios, las enormes dificultades de empezar de nuevo, o la del macabro sentimiento de estar siempre empezando.

Una película magnífica sobre la vida y el cine, o sobre el cine y la vida, sobre la amistad profunda y sincera, aquella que no nos abandona, sobre los motivos y consecuencias de las decisiones que tomamos en la vida, de todo nuestro ser y todo aquello que nos rodea, las malditas circunstancias que nos arrojan a cambiar de camino y de personas, con sus múltiples imágenes que abarcan quince años de la vida de las dos cineastas cubanas, que nos hablan de feminidad, de maternidad, de vida, de amores, de sentimientos, y sobre todo, de emociones, creando universo fascinantes e hipnotizadores, devolviéndose la pureza de la imagen, aquella que habla de nosotros y de aquellos que las miran, y lo hacen con toda la transparencia y humildad del buen cineasta, de aquel que se abre en canal mediante las imágenes que filma, que sabe que tiene que seguir haciéndola, aunque a veces se cuestione su verdadera motivación, o simplemente, la desconozca, pero sigue capturando imágenes, en esa incesante búsqueda de la imagen que te habla de mi, para mirar y ser mirado, en un reflejo infinito en el que todo vuelve a empezar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lúa Vermella, de Lois Patiño

LAS ÁNIMAS DEL MAR.

“Aquí los muertos no se marchan, se quedan con nosotros”.

La relación entre el ser humano y el paisaje ya estaba en el universo de Lois Patiño (Lugo, 1983), a través de su pieza Montaña en sombra (2012), que exploraba la montaña y unos diminutos esquiadores estáticos, logrando una belleza del paisaje hipnótica e inquietante. La misma relación ha seguido presente en su cine, en su debut en el largometraje, Costa da Morte (2013), la mirada se posaba en los confines del mundo, como lo mencionaban los romanos, para adentrarse en sus gentes y en un paisaje vasto y devorador. El cineasta vuelve a sumergirnos en un paisaje de la costa gallega, centrándose en la relación de sus habitantes con las almas de los náufragos del mar, en un viaje fascinante y perturbador, a partes iguales, entre la realidad y la leyenda, entre la vida y la muerte, entre los que se quedan y los ausentes, entre aquello que creemos ver y aquello que imaginamos, y lo hace desde el documento y la ficción, mirando y retratando a sus habitantes, en una quietud y posición inquebrantables, como si estuviesen recogidos y meditando, que recuerda a la pintura “El Ángelus”, de Millet, el paisaje enigmático y natural, el mar, con sus mareas y aquello que oculta.

Patiño convierte su película en una travesía sonora y visual de grandísima belleza, pero como ocurría en Costa da Morte, no se deja embriagar por sus imágenes bellas, sino que nos propone un misterio, la desaparición de El Rubio, un vecino que rescató a miles de náufragos del mar, y ahora, el mar, se lo ha llevado, y todos los vecinos, evocan su figura y reclaman al mar su cuerpo para darle sepultura. Tres mujeres, tres meigas aparecen en el pueblo, las únicas en movimiento, que buscan a El Rubio, recorriendo todos los lugares de la costa, los espacios del pueblo, los acantilados y cuevas del entorno. El director gallego nos lanza al abismo, nos obliga a dejarnos llevar por sus imágenes y sonidos, pero con una mirada inquieta y curiosa, aquella que investiga y escruta cada encuadre, cada sonido y cada mirada de los personajes, aquella que se muestra cautivada por la belleza que desprende la película, que conserva ese aroma que tenían las novelas de aventuras como Los contrabandistas de Moonfleet o Moby Dick, o las fantasías terroríficas mudas de la UFA, con los Murnau, Lang, Pabst o Muni.

El relato nos habla de la necesidad del duelo, de despedirse de los muertos, de recuperar al ausente para así darle descanso a él, y a los otros, los que se quedan, y también, de lo social, con esa presa construida, que destroza el entorno salvaje y natural, y la afectación que tiene en el entorno, y a los habitantes que les deja sin la pesca en los ríos tan necesaria. El inmenso trabajo de sonido de Juan Carlos Blancas, acompañado por el exquisito montaje que firman Pablo Gil Rituerto, Óscar de Gispert y el propio director, que también se hace cargo del guión y la cinematografía, como las espectaculares imágenes bajo el mar, que tiene a Adrián Orr, director de Niñato, como su asistente, y a Jaione Camborda, directora de “Arima”, en la dirección de arte, para darle forma y fondo a una película que se va adentrando suavemente en nuestros sentidos, convocándonos a un misterio, a un espacio “limbo”, que solo existe en lo más profundo de nuestra alma, que tiene que ver con aquello que sentimos y creemos, y no con aquello que vemos, que nos invita a recorrer esos lugares míticos y esas gentes, fascinados por sus mitos y leyendas, por sus muertos, sus espectros que vagan entre los vivos, como la Santa Compaña, a la que hace referencia explícita la película.

Asistiremos al fenómeno de la “Lúa Vermella”, esa Luna de Sangre, que lo tiñe todo de un rojizo plomizo que los inunda, provocando un extraño lugar, no identificable con lo conocido, convirtiendo el espacio y el paisaje, en algo inhóspito y misterioso, donde todo es posible, donde los habitantes de la tierra, las ánimas, y los habitantes del mar, como ese famoso monstruo, el “Moby Dick”, del lugar, adquieren una nueva dimensión, difícil de atrapar, y que solo existe en las profundidades. Lúa Vermella, producida por Zeitun Films, la compañía de Felipe Lage, responsable, entre muchas otras, de las películas de Oliver Laxe, Eloy Enciso, Alberto Gracia, nos convoca a un retrato-viaje de las costumbres y leyendas galegas, de lo más intrínseco de la tierra y aquellos que la habitan, de la especial relación, intensa y profunda, entre los oficios del mar y el propio mar, con sus misterios, mitos y terrores, construyendo una fascinante e hipnótica película, que nos invita a sumergirnos por caminos desconocidos, pero muy atrayentes, en una cinta inmersiva y fascinante, de una grandísima belleza pictórica, que también inquieta, y una sonoridad hipnótica, que nos transporta hacia lugares míticos, absorbentes y cautivadores, donde vivos y fantasmas se relacionan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Father, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov

ACEPTAR EL DOLOR.

“Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunciación, la revolución tecnológica y su vida centrada en el triunfo personal”

José Saramago

En el universo berlanguiano pululan hombrecitos, no me refiero a su tamaño, sino a su posición social. Pobres diablos, de anodinas y oscuras existencias, atrapados en la maraña dictatorial y repugnante de un estado corrupto, idiota y sanguinario, que usa la burocracia para proteger a los poderosos y hundir a los necesitados. Unos hombrecitos que esperan ansiosos las migajas de los privilegiados, unas raquíticas ayudas disfrazadas de bondad que, en realidad, son solo una muestra de la injusticia cotidiana que se impone desde los de arriba. Recordaréis a Plácido, el insignificante ciudadano sin casa que, se las veía y deseaba, para pagar la primera letra de su motocarro, su medio de vida, enfrentado a esa clase pudiente y miserable que usa al necesitado para limpiar su doble moral. Muchos de estos elementos y situaciones las podemos encontrar en el cine de Kristina Grozeva (Sofia, Bulgaria, 1976) y Petar Valchanov (Plovdiv, Bulgaria, 1982), que después de conocerse en la universidad de cine, han construido un imaginario revelador y valiente que toma el pulso a una realidad búlgara poscomunista, donde todavía se arrastran errores del pasado y miserias de un presente que sigue marcando unas normas que solo ayudan al privilegiado y atormenta al necesitado.

Un universo particular, cercano e inquietante, donde hay relatos de naturaleza tragicómica, donde se fusiona lo absurdo, lo perturbador y conmovedor, como demostraron en su opera prima, La lección (2014), donde una profesora ingenua tratando de dar una lección a uno de sus alumnos ladrones, se ve envuelta en un oscuro suceso donde debe dinero a unos prestamistas, o su siguiente producción, en Un minuto de gloria ( 2016), primera entrega de una serie de tres cintas que los cineastas llaman “Trilogía de recortes de periódicos”, conocemos a un trabajador del ferrocarril era usado por el ministerio de transportes para lavar su imagen, en los que el humilde empleado se veía inmerso en una maraña burócrata, que lo sumergía en una odisea cotidiana y kafkiana. En The Father, el relato se sostiene a través de la relación difícil y compleja entre un padre y un hijo, que después de perder a su esposa y madre, respectivamente, se enzarzar en una aventura, a medio camino entre la road movie y la comedia de humor negro, que toca temas como el más allá, la mentira como medio de incomunicación, y la creencia de lo imposible como medio para lidiar entre lo trágico de la vida.

Vassil, el padre que huye hacia el abismo, incapaz de aceptar la muerte de su esposa, que irremediablemente también arrastra a Pavel, el hijo, que tampoco freno a ese comportamiento de cobardía y rebelión al vacío, inoperante de contar la realidad a su novia y usar la mentira como método de escapismo. Los dos son almas rotas, desorientas y superadas por los acontecimientos, incapaces de enfrenarse a la realidad y a la suya propia, escapando de las situaciones cotidianas por tangentes imposibles, que aún les hacen hundirse más en su propia miseria emocional. Los cineastas búlgaros nos sumergen en una acumulación de situaciones de toda índole, donde la risa se paraliza y en ocasiones, se congela, en las que pasamos del drama cotidiano a la situación más absurda y surrealista, movidos por un ritmo endiablado en lo que dejan de suceder acontecimientos e inmediatamente, observamos la respuesta de los personajes, huidiza y torpe, que les hunde más en aquella situación de la que, inútilmente, intentan escapar.

Grozeva y Valchanov, vuelven a confiar en Krum Rodríguez, el cinematógrafo que crea esa luz tenue y lúgubre, propia del grisáceo y pálido que abundan en una Bulgaria partida en dos, incapaz de huir de su pasado estalinista y sumida en la corrupción de los nuevos tiempos, y el montaje, lo vuelve a firmar Valchanov, que evidencia el naturalismo y la película que documenta la verdad que se quiere reflejar, a partir de largas secuencias filmadas con cámara en mano, donde el relato se muestra desnudo e íntimo, como si pudiéramos rozarlo y sentirlo. Como ya habían demostrado en sus anteriores trabajos, las naturalistas y verdaderas composiciones de los intérpretes es otro de los elementos que más resalta en la verdad de las películas, como el buen hacer de Ivan Savov (que ya estuvo en Un minuto de gloria), que encarna a ese padre que se lanza a un imposible exterior cuando debería sumirse en su duelo y sobrellevar la culpa con más dignidad, e Ivan Barnev (al que pudimos ver en La lección, y otros lo recordarán como el protagonista de Yo serví al rey de Inglaterra, del recientemente desaparecido Jírî Menzel) que hace de ese hijo, escapista como el padre, con demasiados frentes abiertos, como esas larguísimas conversaciones vía móvil con su pareja, donde se inventa situaciones para no enfrentarse a esa realidad incómoda y compleja, una realidad que es triste y desoladora.

Dos almas tristes, desoladas e incapaces de comunicarse el uno con el otro, perdidos en este par de días, envueltos en un maná de situaciones que los lleva a huir de aquello que son capaces de asumir, ese sentimiento de culpa que los destroza y los acuchilla sin respiro. Grozeva y Valchanov son unos prodigios a la hora de crear una atmósfera que estiran y aflojan según les conviene, capaces de crear una tensión asfixiante, manejando el tempo cinematográfico de manera clara y potentísima, donde las situaciones y los elementos que se van encontrando los personajes resultan muy curiosos, llenos de ingenio y ayudan a la labor de radiografiar y mostrar la realidad social, económica y política de la actual Bulgaria, como ese instante, marca de la casa, cuando Pavel intenta, infructuosamente, poner la denuncia de la desaparición de su padre, y se va complicando de la mal manera. Hablan de la actualidad de un país, pero siendo lo suficientemente hábiles para universalizar los problemas cotidianos a los que se enfrentar sus criaturas, creando una inmensa y magnífica fábula que nos habla de emociones, de (des)encuentros y sobre todo, de barreras emocionales que han de superarse y mostrar la verdad oculta y reconciliarse con uno mismo, y sobre todo, con el otro, en este caso, padre e hijo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA