The Father, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov

ACEPTAR EL DOLOR.

“Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunciación, la revolución tecnológica y su vida centrada en el triunfo personal”

José Saramago

En el universo berlanguiano pululan hombrecitos, no me refiero a su tamaño, sino a su posición social. Pobres diablos, de anodinas y oscuras existencias, atrapados en la maraña dictatorial y repugnante de un estado corrupto, idiota y sanguinario, que usa la burocracia para proteger a los poderosos y hundir a los necesitados. Unos hombrecitos que esperan ansiosos las migajas de los privilegiados, unas raquíticas ayudas disfrazadas de bondad que, en realidad, son solo una muestra de la injusticia cotidiana que se impone desde los de arriba. Recordaréis a Plácido, el insignificante ciudadano sin casa que, se las veía y deseaba, para pagar la primera letra de su motocarro, su medio de vida, enfrentado a esa clase pudiente y miserable que usa al necesitado para limpiar su doble moral. Muchos de estos elementos y situaciones las podemos encontrar en el cine de Kristina Grozeva (Sofia, Bulgaria, 1976) y Petar Valchanov (Plovdiv, Bulgaria, 1982), que después de conocerse en la universidad de cine, han construido un imaginario revelador y valiente que toma el pulso a una realidad búlgara poscomunista, donde todavía se arrastran errores del pasado y miserias de un presente que sigue marcando unas normas que solo ayudan al privilegiado y atormenta al necesitado.

Un universo particular, cercano e inquietante, donde hay relatos de naturaleza tragicómica, donde se fusiona lo absurdo, lo perturbador y conmovedor, como demostraron en su opera prima, La lección (2014), donde una profesora ingenua tratando de dar una lección a uno de sus alumnos ladrones, se ve envuelta en un oscuro suceso donde debe dinero a unos prestamistas, o su siguiente producción, en Un minuto de gloria ( 2016), primera entrega de una serie de tres cintas que los cineastas llaman “Trilogía de recortes de periódicos”, conocemos a un trabajador del ferrocarril era usado por el ministerio de transportes para lavar su imagen, en los que el humilde empleado se veía inmerso en una maraña burócrata, que lo sumergía en una odisea cotidiana y kafkiana. En The Father, el relato se sostiene a través de la relación difícil y compleja entre un padre y un hijo, que después de perder a su esposa y madre, respectivamente, se enzarzar en una aventura, a medio camino entre la road movie y la comedia de humor negro, que toca temas como el más allá, la mentira como medio de incomunicación, y la creencia de lo imposible como medio para lidiar entre lo trágico de la vida.

Vassil, el padre que huye hacia el abismo, incapaz de aceptar la muerte de su esposa, que irremediablemente también arrastra a Pavel, el hijo, que tampoco freno a ese comportamiento de cobardía y rebelión al vacío, inoperante de contar la realidad a su novia y usar la mentira como método de escapismo. Los dos son almas rotas, desorientas y superadas por los acontecimientos, incapaces de enfrenarse a la realidad y a la suya propia, escapando de las situaciones cotidianas por tangentes imposibles, que aún les hacen hundirse más en su propia miseria emocional. Los cineastas búlgaros nos sumergen en una acumulación de situaciones de toda índole, donde la risa se paraliza y en ocasiones, se congela, en las que pasamos del drama cotidiano a la situación más absurda y surrealista, movidos por un ritmo endiablado en lo que dejan de suceder acontecimientos e inmediatamente, observamos la respuesta de los personajes, huidiza y torpe, que les hunde más en aquella situación de la que, inútilmente, intentan escapar.

Grozeva y Valchanov, vuelven a confiar en Krum Rodríguez, el cinematógrafo que crea esa luz tenue y lúgubre, propia del grisáceo y pálido que abundan en una Bulgaria partida en dos, incapaz de huir de su pasado estalinista y sumida en la corrupción de los nuevos tiempos, y el montaje, lo vuelve a firmar Valchanov, que evidencia el naturalismo y la película que documenta la verdad que se quiere reflejar, a partir de largas secuencias filmadas con cámara en mano, donde el relato se muestra desnudo e íntimo, como si pudiéramos rozarlo y sentirlo. Como ya habían demostrado en sus anteriores trabajos, las naturalistas y verdaderas composiciones de los intérpretes es otro de los elementos que más resalta en la verdad de las películas, como el buen hacer de Ivan Savov (que ya estuvo en Un minuto de gloria), que encarna a ese padre que se lanza a un imposible exterior cuando debería sumirse en su duelo y sobrellevar la culpa con más dignidad, e Ivan Barnev (al que pudimos ver en La lección, y otros lo recordarán como el protagonista de Yo serví al rey de Inglaterra, del recientemente desaparecido Jírî Menzel) que hace de ese hijo, escapista como el padre, con demasiados frentes abiertos, como esas larguísimas conversaciones vía móvil con su pareja, donde se inventa situaciones para no enfrentarse a esa realidad incómoda y compleja, una realidad que es triste y desoladora.

Dos almas tristes, desoladas e incapaces de comunicarse el uno con el otro, perdidos en este par de días, envueltos en un maná de situaciones que los lleva a huir de aquello que son capaces de asumir, ese sentimiento de culpa que los destroza y los acuchilla sin respiro. Grozeva y Valchanov son unos prodigios a la hora de crear una atmósfera que estiran y aflojan según les conviene, capaces de crear una tensión asfixiante, manejando el tempo cinematográfico de manera clara y potentísima, donde las situaciones y los elementos que se van encontrando los personajes resultan muy curiosos, llenos de ingenio y ayudan a la labor de radiografiar y mostrar la realidad social, económica y política de la actual Bulgaria, como ese instante, marca de la casa, cuando Pavel intenta, infructuosamente, poner la denuncia de la desaparición de su padre, y se va complicando de la mal manera. Hablan de la actualidad de un país, pero siendo lo suficientemente hábiles para universalizar los problemas cotidianos a los que se enfrentar sus criaturas, creando una inmensa y magnífica fábula que nos habla de emociones, de (des)encuentros y sobre todo, de barreras emocionales que han de superarse y mostrar la verdad oculta y reconciliarse con uno mismo, y sobre todo, con el otro, en este caso, padre e hijo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Blanco en blanco, de Théo Court

EN TIERRAS SALVAJES.

“Es un lugar común hablar sobre cómo el colonialismo envilece por igual al colonizador y al explotado…”

Álvaro Mutis

El relato arranca con la llegada de Pedro, un fotógrafo que viene a retratar el matrimonio del latifundista Mr. Porter con una niña. Estamos en la tierra inhóspita, agreste y desoladora de Tierra del Fuego, allá a finales del XIX. Pedro es un alma perdida, un fantasma en mitad de la nada, alguien obsesionado por la luz que invade sus fotografías, y también, por la inocencia y dulzura de la futura esposa del patrón. Pedro es alguien atrapado en esa vasta tierra, rodeado de siervos de un terrateniente ausente, al que nunca vemos, a alguien que más parece otro fantasma, pero que es dueño y señor de todo, incluso de las vidas de los que allí subsisten y trabajan para él, incluido Pedro. Todo es sucio, incómodo, desagradable, parece que el amor y la caricia han abandonada esas tierras, o los nuevos moradores, que colonizan esas tierras y los nativos selknam, han eliminado cualquier atisbo de esperanza y libertad.

Después de realizar Ocaso (2010), en la que nos conducía por los últimos días de un mayordomo al cargo de una casona decadente, el cineasta Théo Court (Ibiza, 1980), de padres chilenos, vuelve al sur de Chile, pero esta vez a Tierra del Fuego, a centrarse en un parte histórica, la del preludio al siglo XX, cuando las tierras salvajes y libres ocupados por nativos, pasaban a manos del invasor, a través de la fuerza, en un relato por el que nos guía Pedro, el testigo presente-ausente, por el que vemos y conocemos un universo sin alma, en lo más crudo del invierno, con esas infinitas planicies nevadas, con esa suciedad física y moral, donde muchos de los personajes, criados o mercenarios, se pasean por esas tierras como lo que son, la imagen del terror para los nativos. Hay tiempo para la belleza, aunque esa belleza, capturada por los retratos de Pedro, como el que hace a la niña, también tiene impregnada ese aroma violento que emana en las tierras de Mr. Porter, como el matrimonio de un adulto con una niña, las cercas que dividen una tierra libre, o la violencia que extermina a los nativos, una violencia intrínseca en el alma oscura del explotador y ocupador.

Court, escritor del guión junto a Samuel M. Delgado, mira ese paisaje violento con distancia, mostrando a sus personajes desde la altura del que no juzga, solo enseña, reflejándolo con esa luz grisácea, oscura y velada que impregna todo el relato, un bellísimo trabajo de José Alayón (director de la interesante Slimane, y coproductor de la cinta) asesorado por el cinematógrafo Mauro Herce (que había trabajado en Ocaso), la desoladora y tenue música de Jonay Armas (autor de La estrella errante, de Albert Gracia, o Europa, de Miguel Ángel Pérez Blanco) convoca esa otra cara de la tierra, la que no vemos peor sigue ahí, latente y cercana, como el espíritu que presencia Pedro en la llanura, el sutil y brillante montaje de Manuel Muñoz Rivas (director de la magnífica El mar nos mira de lejos), y el formidable trabajo con el sonido de Carlos E. García (colaborador de las películas de Ciro Guerra y Cristina Gallego, o en la Ninphomaniac, de Von Trier). Blanco en blanco recoge con astucia y detalle esa atmósfera cruel y desoladora que hervía en esas tierras, donde gentes sin alma y en busca de su dorado particular, trabajaban para enriquecidos sin escrúpulos que construían el nuevo orden capitalista, exterminando indios y borrándolos del mapa, lanzándolos al abismo de la historia, siempre contada por los vencedores.

La película tiene esa amargura y tristeza que también refleja el personaje de Pedro, en la piel de un Alfredo Castro, que explica tanto casi sin hablar, un talento al alcance de muy pocos intérpretes, que recuerda a aquellos antihéroes perdidos, a la deriva y sin futuro, como el John McCabe de Los vividores, de Altman, o el pobre diablo de La balada de Cable Hogue, de Peckinpah, dos cintas que nos hablan de ese final y crepuscular western que dejaba paso a otras formas de vida, menos libres y soñadoras, donde se imponía el dinero como medio para vivir. La inquietante y brillante presencia del actor Lars Rudolph, que habíamos visto en Armonías de Weckmeister, de Béla Tarr, con Sokúrov, en el cine alemán de Tykwer o Akin, haciendo un personaje sucio, maloliente y oscuro, que habla en inglés, de esos tipos odiosos que gusta estar muy lejos de ellos. También, tiene de ese eterno viaje hacia la nada que vivía el oficial de Jauja, de Lisandro Alonso, vagando sin rumbo por esas tierras duras y desoladoras, o de ese otro oficial, en esa espera eterna y decadente en Zama, de Lucrecia Martel, donde la atmósfera engulle y asfixia a esos valientes y temerarios hombres que un día llegaron con la maleta llena de ilusiones y el alma todavía inocente, y con el tiempo y el alrededor, se vieron engullidos por ese universo atroz, vacío y violento, donde parece que solo ganan los menos buenos, donde todo obedece a una idea, la del invasor que todo lo vuelve blanco, a su manera, enterrando todo aquello que no es generador de riqueza.

Court, en su segunda película, se desata como un narrador brillante y sobrio, en el que cada espacio, gesto o mirada adquiere connotaciones más allá de lo que vemos, siguiendo ese tedio que impone a sus personajes, en un relato que va del crudo invierno a una primavera soleada, que sigue manteniendo ese orden social donde la vida de los nativos vale tan poco que cuando desaparece nadie la echa en falta, en un mundo por el que se mueven personajes sin nombre, sin vidas, porque pertenecen a los designios del amo, un amo ausente pero presente con sus tentáculos de poder, riqueza y miseria que deja a su paso. El cineasta chileno-español crea ese mundo abismal, ese mundo desesperanzado, donde toda esa violencia contamina todo lo que ve y toca, como el paisaje, las relaciones humanas y los deseos e ilusiones de un espacio que ya no tiene vida y solo persigue la muerte, como queda patente en la apertura y cierre de la película, con esas dos fotografías que definen con detalle toda la desolación y terror que registran las representaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fortuna, de Germinal Roaux

LAS RAZONES DEL CORAZÓN.

“El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu”

Evangelio de Juan, 3:8.

La joven Marie y el burro Baltasar están sometidos al maltrato y la violencia de sus dueños. Solo en la intimidad de su fiel amistad encontrarán el consuelo y el amor que se les niega como nos explicaba Bresson en su magnífica Al azar de Baltasar. Algo parecido le ocurre a Fortuna, una niña etíope de 14 años, sola y reservada, que vive refugiada en un monasterio y sin más cariño que la de su fiel burra Campanita. El segundo trabajo de Germinal Roaux (Laussane, Suiza, 1975) sigue la línea del encuentro con lo real que expone en su filmografía, abordando temas sociales como la discapacidad intelectual, las jóvenes que ejercen la prostitución para comprarse una vida lujosa, o la inmigración como en el caso de Fortuna. El relato nos sitúa en un lugar aislado rodeado de montañas, durante un gélido invierno en el que la nieve lo cubre todo. Un espacio peculiar, el de un monasterio que debido al desbordamiento de inmigrantes, sirve como refugio para muchos de ellos, donde asistiremos a la difícil convivencia entre una comunidad eclesiástica católica, dedicada al recogimiento espiritual y al silencio, frente a su labor cristiana de dar cobijo al necesitado.

En mitad de todo ello, la película se centra en la mirada y el gesto de Fortuna, una niña inmigrante que está sola y sin más futuro que su cotidianidad, que encuentra amor en los animales que cuida diariamente. Aunque toda esa aparente existencia cambiará cuando la niña descubre su embarazo y se lo comunica al padre, Kabir, un joven mucho mayor que ella, refugiado como ella, que le insta a abortar. La circunstancia aún la dejará más sola y abandonada, y entregada a un futuro mucho más incierto, debido a su estado y las presiones de la burocracia por deshacerse de la criatura que espera. Roaux compone una intimista y sensible fábula, extraordinariamente filmada con ese cuadro de 4:3 y la excelsa imagen con el preciosismo del blanco y negro, obra del cinematógrafo Colin Lévèque. Una obra muy cercana, de piel, casi sin diálogos, apostando fuertemente por las miradas y los gestos de sus personajes, para hablarnos de la tragedia de la inmigración, en su conjunto y en la intimidad de los menores no acompañados, de la dificultad por parte del estado de gestionar conflictos de gran calado humano.

El tema candente que plantea la película es la complejidad que existe entre los diferentes puntos de vista de los monjes que, si bien desean ayudar a los inmigrantes, por otro lado, ven alterados su fe y descanso debido a esas circunstancias, una situación que nos recuerda a la vivida por aquellos monjes de De dioses y hombres, de Xavier Beauvois, que se veían envueltos en una guerra y la indecisión de abandonar su monasterio, su intervención o continuar con su fe. El conflicto entre la fe espiritual y el deber como cristiano que sufren los monjes tiene su zenit en la maravillosa y reflexiva conversación del padre prior, protagonizado por un sobrio Bruno Ganz (en su último personaje para el cine antes de su fallecimiento) con el responsable social de ofrecer una salida a los inmigrantes, donde se habla profundamente sobre el deber de un verdadero cristiano y sobre la dificultad de hacer el bien, considerando que ese “bien” no siempre es lo mejor para las personas implicadas, como ya planteaba Buñuel en su extraordinaria Nazarín, donde un cura humilde recorría México ofreciendo ayuda y haciendo el “bien”, actitud que le generaba multitud de conflictos.

El cineasta suizo nos habla desde lo más profundo del alma de sus criaturas, llenas de conflictos internos, crisis de fe e identidad, y abrumados por todo esa humanidad de inmigrantes con ilusiones, deseos y frustraciones. La película trata todos estos elementos con honestidad y transparencia, mirando la inmigración con toda su complejidad desde el drama personal, la soledad de los más vulnerables y las situaciones de abandono que muchos reciben, y también, hace hincapié en la inoperante burocracia que mide todos los casos de igual manera, sin detenerse en las necesidades reales de cada caso. Fortuna es un relato de pocos personajes y pocos diálogos, que constantemente interpela a los espectadores, sumergiéndolos en una historia sencilla en apariencia y compleja en su contenido, en la que el centro de todo recae en la dificultad y necesidad de una niña que se siente atrapada, sola y desamparada en un mundo de adultos demasiado enquistado en sus leyes y estructuras, que frecuentemente olvidan el lado humano de las personas que tienen delante.

Roaux cuenta con un reparto que resulta muy natural y convincente, empezando por la niña Kioist Siyum Beza que interpreta a Fortuna, expresándolo todo con ese rostro, todavía de niña pero con signos de juventud prematura, de una niña que tendrá que crecer de golpe por todo lo que se le viene encima, con esa inocencia quebrada y mutilada. Frente a ella, Kabir, al  que da vida Assefa Zerihun Gudeta, un tipo vivo y egoísta que se aprovecha de quién sea para sobrevivir en un espacio donde la policía puede presentarse en cualquier momento. Con las estupendas presencias del citado Bruno Ganz, y Patrick D’Assumçao, siempre perfectos en sus roles, como ya demostró en El desconocido del lago o La muerte de Luis XIV. El director suizo cuenta su relato desde la mirada de Fortuna, de esa niña que se desenvuelve en ese espacio como si no le perteneciese, en el que se siente rechazada,  en constante huida, buscando su lugar en el mundo, ese lugar apacible y acogedor donde recoger miradas de cariño y ternura, como las que tiene con su inseparable Campanita, como les ocurría a Marie y Baltasar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Albert Serra

Entrevista a Albert Serra, director de la película “Liberté”. El encuentro tuvo lugar el martes 12 de noviembre de 2019 en Andergraun Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Diana Santamaría de Elamedia Distribución, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Liberté, de Albert Serra

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Llegamos a amar nuestro deseo, y no al objeto de ese deseo.”

Friedrich Nietzsche

Sentarse en una sala de cine para ver una película de Albert Serra (Banyoles, 1975) es un acto de desnudez emocional, sentirse participe de aquello que estamos viendo, dejándose los prejuicios morales o éticos fuera de la sala, alejados de nuestra mirada, y adentrarnos en su universo, siendo capaces de dejarnos llevar por sus imágenes, liberarnos en cierta forma de toda idea preconcebida de las formas cinematográficas, fusionándonos con sus bellas imágenes y experimentando de forma muy personal aquello que vemos. Las dos primeras películas de Serra Honor de caballería (2006) y El cant dels ocells (2008) bebían de cierto cine contemplativo en el que desmitificaba y pervertía la historia mostrándonos dos viajes, el que emprendían El Quijote y Sancho, y el de los tres reyes magos, para filmar su cotidianidad, aquello que el rumbo de la historia dejaba fuera, capturando la humanidad y las contradicciones.

En el 2013 con Historia de mi muerte, Serra adentraba su cine en el siglo XVIII, en una senda diferente, más oscura y más perversa, en el que la decadencia de la burguesía, el ocaso de los dioses, que diría Visconti, es el centro de la acción, o podríamos decir de la inacción, narrando el imposible encuentro entre Casanova y Drácula, entre lo romántico y la luz en pos a la oscuridad y el terror, en una película bellísima plásticamente, con unos intérpretes, amigos del director en su mayoría, como ocurre en su cine, en estado de gracia, sobre todo Vicenç Altaió, creando un Casanova inolvidable, humano y decadente. Con La muerte de Luis XIV, con un sublime Jean-Pierre Léaud como rey enfermo, decrépito y postrado a una cama, narrando como una pieza de cámara a lo Brecht, la crónica diaria de la enfermedad del monarca en su lenta y dolorosa desaparición.

Con Liberté sigue explorando minuciosamente los terrenos de esa lenta decrepitud de un tiempo que jamás volverá, situándonos en el año 1774, a menos de veinte años de la Revolución, entre Potsdam y Berlín, en un bosque indeterminado durante una noche muy oscura, en el que un grupo de libertinos expulsados de la corte puritana y aburrida de Luís XVI, dan rienda suelta a sus deseos más íntimos y oscuros. El director gerundense reúne a una serie de nobles y criados en los alrededores de las sillas, a los que un grupo de novicias se les unirá, donde a modo de sombras y deseos en danza nocturna, con ese aroma romántico de las fantasías de Goethe, moviéndose de un lugar a otro, como si estuviéramos observando un laberinto infinito, donde desconocemos su inicio y su cierre, mirando y siendo mirados por unos y otros, asistiendo a un lugar donde impera la ley del deseo, un deseo insatisfecho, doloroso e imposible, alejado de toda condición moral o personal, donde nunca sabremos ubicarnos en la noche ni en las acciones sexuales que presenciamos, abarcando múltiples formas de deseo, tanto a nivel sexual como emocional, en la que a medida que avanza la noche veremos el aumento de tono de las acciones sexuales, filmadas por Serra de manera explícita, en la que podremos acercarnos, casi entrando en el espacio, sentirlas, olerlas y casi tocarlas, done lo que prima no es el acto en sí, sino como lo miramos y como nos hace sentir.

Los personajes con sus ropajes abiertos y liberados rompen la barrera social que los separa y tanto amos como siervos se mezclan y se funden donde el deseo los convierte en uno solo, en una masa vulnerable y sudorosa de miradas, gestos, caricias, dolor, sugestión, gemidos, amagos, miembros erectos, eyaculaciones, y sobre todo, seres ávidos de deseo, de sexo, como si fuese su último aliento, expulsados de ese paraíso que querían imponer en la corte de Luis XVI, espectros en la noche, que deambulan intentando materializar ese deseo que les arde en su interior, una fisicidad que no encuentra consuelo, que se revuelve insatisfecha, dolorosa y vacía. El Duque de Walchen interpretado por una leyenda como Helmut Berger es el objeto de deseo y destino de estos libertinos que andan viajando en busca de su lugar en el mundo, perdidos, casi a la deriva en plena huida de la corte falsa e hipócrita de Luís XVI.

La maravillosa y fantástica luz de Artur Tort, cómplice habitual de Serra desde Historia de mi muerte, creando ese magnetismo cercano y alejado a la vez, que crea ese especie de limbo aterrador y bello por el que se mueven estos seres, el preciso y delicado montaje de Ariadna Ribas, que también firman Tort y Serra, convierten la película y su ritmo pausado, fantasmal y velado, en un relato muy profundo, intenso y personal. Una cinta que nos interpela constantemente, en la que reconocemos las diabluras emocionales y la desnudez formal de Fassbinder, los descensos a los infiernos de Visconti, con sus cortes venidas a menos, su decrepitud y decadencia de aquellos reyes o esos señores en su ocaso que deambulaban por ciudades eternas esperando su último amor en forma de deseo no carnal, o los retratos oscuros y dolorosos sobre los que tanto le gustaba indagar a Buñuel, en que El ángel exterminador, aquellos burgueses incapaces de salir de una habitación después de una fiesta, podría ser el espejo deformador por el que se desplazan los libertinos que filma Serra, quizás abandonados a su último paraíso terrenal, experimentando con sus cuerpos, sus deseos, su carne, sus demonios, sus sinrazones, lo que son y lo que no podrán ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El despertar de las hormigas, de Antonella Sudasassi

DECIDIR QUIÉN QUIERES SER.

“Aprender a amar es un acto político”.

Antonella Sudasassi

Isabel tiene 30 años. Isabel es madre de dos hijas que cuida con ternura y sensibilidad. También, es una esposa complaciente con su marido, al que trata con amor. Limpia la pequeña casa con esmero y dedicación. Y cuando sus quehaceres domésticos la dejan un instante, se introduce en su pequeña habitación de costura donde recibe vecinas a las que arregla y diseña sus vestidos. Isabel ha crecido siendo una mujer servicial, siempre pendiente de los demás, de sus necesidades, de sus deseos, de su bienestar. Aunque, parece que nadie pregunta a Isabel por su situación emocional, incluso nadie le pregunta por ese oculto deseo de Isabel de abrir una tiendecita de costura, un verdadero sueño para su existencia. Isabel vive ausente, callada, casi invisible, a la que todos acuden para resolver sus conflictos, sin darse cuenta que Isabel también tiene conflictos que resolver pero se los calla, no los comparte, porque no fue educada para eso, fue educada para servir a los demás, para seguir la línea trazada, para estar a punto cuando su marido quiere sexo, sin preguntarle a ella pro su satisfacción. Isabel mantiene silencio, porque nadie se ha preocupado de su intimidad, porque su marido quiere un tercer hijo, y varón para más detalle, aunque Isabel no lo ve tan claro, porque ella ha empezado a cuestionarse su vida, su feminidad, su sexualidad y su realización personal, que quizás no es la que tiene en su vida.

La directora Antonella Sudasassi (San José, Costa Rica, 1986) ya exploró todos los temas internos de la mujer en su etapa infantil en su pieza de 17 minutos La niñez (2016) para poner el foco en la mujer, en sus deseos ocultos, los que se calla, porque la realidad se impone, y sobre todo, lo que se espera de ella, como deja claro y con contundencia en el arranque de la película, durante la celebración familiar, en la que Isabel acaba de preparar un pastel y todos y todas le recriminan su tardanza, en una primera secuencia que ya observamos la actitud ausente e invisible de Isabel, en la que su propia familia esperan que reaccione como se le espera, no como ella quisiera, y ese demoledor instante en que la mujer imagina como destroza el pastel con sus propias manos, unos deseos ocultos que a lo largo de la película veremos cómo se materializan en diversos flash mentales de Isabel. Sudasassi nos guía por este disección de la mujer y todo su interior a través de la omnipresente Isabel, conduciéndonos por ese pequeño pueblo costarricense donde se mueve en una armonía establecida, conservadora y anclada desde siglos, donde todo se rige por unas estructuras sociales muy marcadas e inamovibles, donde no hay un leve resquicio para que Isabel y las mujeres digan la suya, sean ellas mismas y puedan decidir alguna cosa, por mínima que sea.

La directora centroamericana debuta en el largometraje con un relato-retrato extraordinariamente sutil y sobrio, alejado de cualquier tipo de pretenciosidad y panfleto feminista, sino todo lo contrario, reivindicando a la mujer con sus deseos y contradicciones,  de forma honesta y sencilla, donde el conflicto se desarrolla en silencio, oculto, alejado de las miradas inquisidoras que pululan por la película, a través de esa cotidianidad que asusta de lo íntima y natural que se muestra, como si la pudiéramos tocar u oler, tan de aquí y ahora que produce escalofríos a pesar del calor insoportable que padece Isabel y los demás personajes, con esas hormigas que se cuelan por cualquier resquicio del hogar, extraordinaria metáfora de esa invasión, tanto física como interna, que ha empezado a producirse en el interior de Isabel, como esos momentos cruciales en la película cuando la protagonista se ducha y no puede desquitarse las pegajosas hormigas, ese calo pegajoso tan agobiante, o esos otros encuentros sexuales con su marido donde Isabel, siempre debajo, más que disfrutar del acto, se encoge con las violentas acometidas del marido.

Una película formalmente muy estilizada, donde el tiempo pesa y todo parece demasiado estático, tanto las cosas como la existencia de Isabel, contándonos toda esa mugre existencial a través de una atmósfera asfixiante, con esos planos estáticos y largos, en los que apreciamos la vida carcelaria en la que vive la desdichada Isabel, donde apenas hay secuencias exteriores, y si las hay todo son prisas e inquietudes, quizás ese instante en el mar cuando Isabel mira desde la horilla la extensión del agua, casi como un grito de libertad, ajena al grupo familiar que se divierte atrás, igual que el arranque de la película, en un claro reflejo del conflicto interior que batalla en el interior de Isabel, entre el deber tradicional como esposa y madre, y esos sentimientos que contradicen toda esa estructura social y grita con fuerza para poder salir y empezar a decidir su vida, su maternidad y sexualidad, como si le apetece echarse unos tragos con una amiga que nadie traga.

Isabel tiene una mirada que difiere de su vida hasta ahora y de su familia, cansada de ser quién no es, y esperanzada de empezar a caminar en otra dirección, cambiar el rumbo, abriendo nuevos senderos, nuevas ilusiones, y sobre todo, nuevos sentidos, porque los que están ya no les seducen, han quedado caducos, donde Isabel (magistral la interpretación de Daniella Valenciano, a través de sus intensas miradas, sus leves gestos, profundos y  detallistas, y su manera de moverse, de aquí para allá, y esa larga melena, rebelde y difícil de sujetar, símbolo de esa prisión, primero y liberación, después de su vida) caminará hacia una vida nueva e ilusionante, en la que quiere despertar a ese ser dormido y servil, experimentando sus deseos e ilusiones y sentir de nuevo, un renacer en el que volver a aprenderlo todo,  reivindicando su forma de sentir y amar, dejar atrás las cargas tradicionales del pasado, y caminando hacia un futuro amplio y diferente que le haga sentir como mujer, libre y en paz con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/310113395″>ELAMEDIA ESTUDIOS</a> from <a href=”https://vimeo.com/elamedia”>Elamedia Estudios</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Eloy Domínguez Serén

Entrevista a Eloy Domínguez Serén, director de la película “Hamada”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eloy Domínguez Serén, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo del D’A Film Festival, y a Javier Asenjo de Elamedia Estudios, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Hamada, de Eloy Domínguez Serén

(DES) ILUSIONES EN EL LIMBO.

La película arranca con la definición de Hamada sobre fondo negro, que viene a significar en geología “Un terreno desértico que consiste en un área plana y rocosa principalmente desprovista de arena”. Y añade que entre el pueblo saharaui, el término también se emplea como expresión de “vacío” o “falto de vida”. Inmediatamente, ese vacío se materializa con el cuadro totalmente negro y alguien, al que no vemos su rostro, intenta encender una cerilla para dar un poco de luz a tanta oscuridad, cuando lo consigue, vemos a un joven alrededor de la veintena y comienza a contarnos un sueño o una pesadilla, como él mismo nos cuenta, mientras vemos un desierto, el que sus ojos ven a diario, ya que vive junto a otros cientos de miles en los campos de refugiados para saharauis en Argelia. El sueño consiste en encontrarse en el mar, lejos de esa triste y durísima realidad a la que se enfrentan jóvenes que han nacido en el exilio, ya que el conflicto del Sáhara Occidental se arrastra desde hace más de 40 años, jóvenes que no han visto jamás el mar, jóvenes atrapados en esa oscuridad permanente, en esa frontera física, en ese espacio dominado por la arena del desierto y una especie de limbo en el que nada pueden hacer, simplemente esperar, o quizás, soñar con otro mundo, aunque sea en sueños o pesadillas, como bien dice el joven en referencia a su sueño.

Eloy Domínguez Serén (Simes, Galicia, 1985) nos convenció con su opera prima No Cow On the Ice (2015) en la que se retrataba a sí mismo y a Suecia, lugar de búsqueda personal y territorial, en un viaje emocional en el que hablaba en primera persona de las dificultades de trabar en el cine y  retratar al otro y ese entorno oscuro, gélido y ausente. En un primer visionado, podríamos pensar que el viaje emprendido por Domínguez Serén en su segundo trabajo dista mucho de su debut, pero no es así, si bien, los gélidos, urbanos y oscuros paisajes de Suecia han dado paso a otros más cálidos, desérticos e iluminados de Tindouf, en Argelia, y también, su autorretrato y el de su entorno ha cedido la palabra y el cuerpo a unos jóvenes que rodean la veintena. Sidahmed, Zaara y Taher son los protagonistas en los que se apoya la película, en la que el cineasta galego, como ocurría en su primera película, vuelve a hablarnos de personas encerradas en un entorno físico, en una frontera que les impide ir más allá, salir de esa condena que cada día se repite sin más, sin nada que ocurre y nada que hacer, volviendo a centrarse en todo lo que bulle en el interior de esas personajes, sus inquietudes, ilusiones, tristezas, anhelos y demás sentimientos que viven con fuerza en sus interiores.

Domínguez Serén opta por filmar a estos jóvenes desde su intimidad, explorando sus interiores a través de sus miradas, sus gestos, sus cuerpos, sin inmiscuirse en sus conversaciones, siendo un observador respetuoso, pero también íntimo, aquel que captura la vida y todo lo que la rodea, desde la distancia cercana, desde el acompañamiento, desde la cercanía sin molestar, sin intervenir, escuchándolos, mirándolos, retratándolos con respeto, sin sentimentalismos ni condescendencias, sino desde lo más íntimo y profundo. La película indaga en la política a través de lo humano, como señalaba Gramsci que “Lo humano es político”, no hay discurso ni panfleto político, todo se exploraba a través de las cotidianidades de estos tres jóvenes que sueñan con tener automóviles y conducirlos, aunque sepan que no podrán salir del delimitado campo de refugiados, o con encontrar trabajo y salir adelante, o escapar de ese campo y llegar a España, sueñan con escapar de ese entorno desesperanzador, con ese espacio detenido, ese limbo que los asfixia y los ha abandonado a su suerte.

Aunque, como jóvenes que son, el espacio físico que los ha condenado a esa existencia vacía y triste, no les impide que sigan teniendo sueños, esperanzas e ilusiones de una vida mejor, de salir adelante y tener un amor o familia, de sentir que hay vida más allá de esa frontera en la que viven, que mientras sigan soñando con ella puede hacerse realidad, donde el sentido del humor es fundamental para seguir remando a esa orilla física y sobre todo, sentirse bien consigo mismos a pesar de todo, a pesar de sus vidas, a pesar de los que ya no están, de tantos que intentaron la quimera de vivir lejos del campo de refugiados, de tantos que ausentes mantienen el hilo comunicativo con los que se quedaron, en que la película se refleja en aquella otra de Juan Carlos Rulfo Los que se quedan, que daba voz a todos los mexicanos que no emigraban y se quedaban en su país añorando a todos los familiares y amigos que sí habían emigrado a los EE.UU.

Domínguez Serén hace gala de una exquisitez técnica con esa luz apabullante que recoge con delicadeza la calidez física como la incomodidad emocional que produce, así como el magnífico trabajo de montaje realizado junto a Ana Pfaff, imprescindible en películas de esta sensibilidad y armonía, para contarnos una fábula de aquí y ahora, de un conflicto olvidado, de un problema que nadie parece querer resolver, y sobre todo, nos habla de humanismo, y lo hace con sinceridad, respeto y humildad, filmando a sus personajes desde aquello más profundo, abriéndoles una ventana mágica y poderosa para que el cine haga lo que mejor sabe hacer, filmar a aquello que considera importante, no por sus respuestas, sino por sus preguntas, mostrándonos un conflicto desde el interior de unos jóvenes que no conocen su tierra, que han nacido en el exilio, en esa nada, en ese limbo incómodo y triste, pero que siguen derribando muros emocionales desde aquello que sueñan, que desean y que les hace sentir ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Camille Vidal-Naquet

Entrevista a Camille Vidal-Naquet, director de la película “Sauvage”, en el marco del Fire!! Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià, en el Instituto Francés en Barcelona, el domingo 9 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Camille Vidal-Naquet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Elena Gutiérrez de comunicación del Fire!!, y a Javier Asenjo de Elamedia Estudios, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Sauvage, de Camille Vidal-Naquet

TE MERECES QUE TE QUIERAN.

“No había ningún lugar a donde ir excepto a todas partes”

Jack Kerouac

Léo tiene 22 años, un cuerpo deseado y es adicto a las drogas, y se gana la vida de chapero gay, es uno de esos tipos jóvenes y atléticos que desean y aman por unos cuantos billetes a tantos solitarios de la ciudad. Aunque, en el caso de Léo, las cosas son diferentes, no sabemos nada de su pasado, y mucho menos como ha acabado ejerciendo la prostitución masculina, eso sí, lo único que sabemos de su vida, o más bien podríamos decir de su existencia es que está enamorado de Ahd, un chapero como él, que lo trata con cariño pero nada más, pero si en el caso de Léo es una búsqueda desesperada por amar y ser amado, para Ahd es sólo trabajo, un trabajo bien pagado para un día poder cambiar de vida. Léo es uno de esos tipos de gran corazón, necesitado de amor, que deambula a la deriva por su vida, como si fuese otro, como si la vida le pasase por encima cada noche, como si la derrota le consumiera un poco más cada día, en el que descansa sus maltrechos huesos como puede en cualquier callejón oscuro de la ciudad, siempre solo, cansado de ir para aquí y para allá, a la espera de ese amor que parece resistirse, que no siente como él, y mucho menos vive como él, alguien que ama sin barreras, alguien que se lanza al abismo sin más, porque cada noche puede acabarse todo sin más.

La puesta de largo de Camille Vidal-Naquet (Nevers, Francia, 1972) es un retrato durísimo y trágico sobre el alma de un chapero, sobre la sordidez y la deshumanización de un universo donde todo se mueve en el filo, a punto de cortarse y caerse, y el director francés lo retrata de una manera profunda, muy orgánica, muy próxima, penetrando en el interior de este tipo, de este ángel herido caído en este mundo de idas y venidas, de polvos apresurados, de placer carnal instantáneo, de cariño por horas, de almas vagabundas de amor, de seres que se esconden para dar rienda suelta a sus más bajos instintos sexuales, de clientes mayores cansados de todo que solo buscan cariño y compañía o discapacitados deseosos de satisfacer su cuerpo maltrecho. Vidal-Naquet sigue a su criatura por este mundo, por sus calles, por su ruido, por sus actos sexuales, por sus cuerpos tatuados y jóvenes, hincándole la cámara a su espalda o a su vera, como si capturase cada poro y cada pliegue de su piel, de su alma, de esa vida en continuo movimiento, de aquí para allá, en un constante movimiento veloz, sin descanso, sin tiempo para pensar, solo para sentir, gozar y copular.

Léo se parece mucho a la inocencia y la bondad que destilaba Franz en La ley del más fuerte, de Fassbinder, el joven homosexual interpretado por el propio director, una forma de ser recurrente en el universo del cineasta alemán, individuos que daban todo lo que tenían, incluso más, en pos del amor o al menos eso creía él, una especie de bondad a contracorriente frente a un mundo violento, lleno de mentiras, hipócrita y falso. La vida de Léo, ese ir y venir, sin casa, sin dinero y sin dueño, podría recordarnos a Mona, la joven vagabunda de Sin techo ni ley, de Agnès Varda, a ese espíritu indomable y libre que se movía de un lugar a otro, en el que vivía y se relacionaba con personas de toda índole, siendo capaz de romper con lo establecido y viviendo a su manera, sin barreras y ataduras, caminando por la naturaleza sintiéndose libre y viva, como le sucede a Léo cuando se mueve por el mismo entorno, aunque en el caso de este tipo de existencia, quizás conlleve un precio muy alto que pagar. Vidal-Naquet no juzga a su personaje, lo filma y captura una vida al día, una vida que puede cerrarse en cualquier instante, una vida desenfrenada en muchos aspectos, una vida joven y en riesgo, una vida donde las noches pasan fugazmente y los días parecen eternos, una especie de vampiros modernos, donde por las noches son los reyes y por el día son meros zombies cansados y resacosos.

La magnífica y profunda interpretación de Félix Maritaud, que ya nos había enamorado en 120 pulsaciones por minuto, se convierte en el mejor aliado para componer un personaje como Léo, dándole ese aspecto entre vagabundo y atractivo con su vida visceral en el filo de la navaja, unas emociones a flor de piel y esa mirada triste y desesperada por ese amor inconcluso, que no acaba de atrapar, que lo tiene intranquilo, intenso y desesperado, una mezcla explosiva de sentimientos, bien acompañado por Eric Bernard dando vida a Ahd, que escenifica el lado contrario de Léo, más contenido, más reposado y sobre todo, con otras ideas sobre su vida de chapero gay. Una película sobre el amor, sobre nuestro lado salvaje, como cantaba Lou Reed, aunque en ocasiones ese lado tan salvaje nos puede llevar por zonas demasiado oscuras de nuestra existencia, pero eso quizás es lo que necesitamos o simplemente, somos incapaces de vivir de otra manera y cómo le ocurría al can de Jack London, siempre acabamos rompiendo nuestras cadenas y largándonos a ese lugar que nos hace sentir tan bien y al cual pertenecemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA