Entrevista a Pilar Palomero

Entrevista a Pilar Palomero, directora de la película “Las niñas”, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pilar Palomero, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Zoe Arnao

Entrevista a Zoe Arnao, actriz de la película “Las niñas”, de Pilar Palomero, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Arnao, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Las niñas, de Pilar Palomero

CELIA QUIERE VIVIR (Y NO REZAR).

“Puedes cerrar todas las bibliotecas si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”

Virginia Woolf

Erase una vez una niña llamada Celia, de 11 años, que vive con su madre viuda y estudia en un colegio de monjas en la Zaragoza de 1992. Toda su vida gira en torno al colegio y las noches compartidas con una madre sola y cansada. Pero todo esa cotidianidad exasperante, cambia con la llegada de Brisa, una nueva compañera de colegio de Barcelona, en la que Celia descubre una nueva etapa en su vida: la adolescencia. Un mundo donde descubrir, experimentar, y sobre todo, descubrirse. La opera prima de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), después de años fogueándose en los cortometrajes, recoge muchas experiencias personales de sus años como alumna en un colegio religioso, pero no es un ajuste de cuentas, es una sensible, conmovedora y realista mirada a todas aquellas niñas que recibían una educación heredera del franquismo, mientras el país se modernizaba y empezaba a despertarse de su letargo tradicional y conservador.

La directora aragonesa nos sitúa en la mirada de Celia, la niña protagonista, una niña que empieza a dejar la infancia para empezar a vivir su adolescencia, tiempos de cambios, de descubrimientos, tanto físicos como emocionales, tiempo de incertidumbre, también, y tiempo de muchas preguntas, de querer entender todo ese maná de transformaciones. El magnífico trabajo de luz, con esos claroscuros y tenuidad, a partir del formato cuadrado de 4:3 y la cercanía con la que están construidas las imágenes, obra de la cinematógrafa Daniela Cajías, ayuda a conseguir esa existencia asfixiante y opresiva en la que vive Celia, sometida a una educación represiva, alienante y recta, en vida reducida a los interiores de las cuatro paredes del colegio y de su casa, y el contrapunto, también filmado a partir de esa intimidad, como con el miedo a ser descubiertas, con esos juegos con sus amigas en las que va descubriendo la vida, en forma de clandestinidad: saliendo por la noche, bebiendo alcohol, fumando, riéndose a carcajadas, conociendo chicos, bailando y compartiendo con sus amigas la vida, eso que se le niega en el colegio.

Palomero cuenta el relato a partir de las miradas de Celia y sus compañeras, los adultos son esas figuras o sombras difíciles de entender, que apenas responden preguntas comprometidas y callan demasiado, que se deben al trabajo y al silencio impuesto, todo lo contrario que Celia, que deja de ser niña y quiere saber, quiere sentirse que forma parte de esa edad que los adultos le niegan y esconden. Las niñas huye de lo convencional y lo evidente, para adentrase en un terreno más sutil y peliagudo, en el que la narración te va atrapando con firmeza y decisión, pero tomándose su tiempo, sin prisas, contándonos todos los rincones ocultos, y cocinando a fuego lento todas las situaciones que vive Celia, y como van conformando su mirada y carácter. La película está construida a través de unas imágenes-viñetas, troceadas de ese todo que es la existencia de la protagonista, estupendo trabajo de la editora Sofi Escudé, como una especie de rompecabezas que la propia experiencia de la protagonista irá construyendo a nivel emocional, como esa maravillosa secuencia en el colegio, donde la niña se encuentra con sentimientos contradictorios, en los que parece estar y no estar en el colegio, que define con clarividencia todos esos sentimientos que tienen Celia.

El extraordinario trabajo con el sonido, que firma Amanda Villavieja, una experta en el asunto, para captar todo ese universo de entro y de fuera en el que vive la niña. Si en 1967, Antonio Drove realizó La caza de brujas, práctica de la EOC, en la que contaba las vicisitudes de un grupo de alumnos de un colegio de curas y un suceso que los enfrentará, que reflejaba con astucia la miseria de la educación religiosa, que tendría una mirada diferente, con la muerte de Franco, en ¡Arriba Azaña!, en 1978, José María Gutiérrez Santos, donde un grupo de internos se rebelaban ante la tiranía de los religiosos.  La película de Palomero, heredera de aquella, pero en otro contexto, en la situación de la España de los noventa, que por un lado, se vanagloriaba de modernidad y libertad, y por el otro, existían centros educativos, como el de la película, donde los valores tradicionalistas siguen imponiendo una estructura patriarcal donde la mujer sigue siendo un objeto que moldear y un ente obediente, sumisa y callada. El soberbio y cautivador trabajo interpretativo de la debutante Andrea Fandos que da vida a la desdichada Celia, es otro de los elementos rompedores y admirables de la película, en la que la jovencísima debutante consigue transmitir todas esas emociones contradictorias que emanan en su interior, con el apoyo de las miradas que traspasan la pantalla y nos deja sin habla Y el buen hacer del resto de niñas debutantes, que al igual que la protagonista, muestran una naturalidad y frescura dignas de admirar. Bien acompañada de una elegante y derrotada Natalia de Molina, madre de Celia, con ese pasado que arrastra, golpeada por la inquina familiar.

Las niñas, es una sincera y profunda muestra de ese cine iniciático sobre niñas atrapadas y perdidas, como antes habían hecho Estiu 1993, de Carla Simón, o La inocencia, de Lucía Alemany,  películas de debutantes, que a partir de experiencias personales, vuelven a hablar de la infancia, de esos momentos duros y tristes que experimentan niñas que empiezan a darse cuenta que la infancia solo era un paso más de la vida, un paso que hay que atravesar, descubriendo y descubriéndose, en una mirada que las devuelve a aquel cine de la transición, en un espejo donde mirarse, en los que los Saura, Erice, Armiñan y otros, volvían su mirada a la infancia, para plasmar los recuerdos oscuros de la Guerra Civil y el franquismo, las experiencias de los vencidos, tiempos olvidados durante la dictadura, que muerto el dictador, surgieron muchas historias sobre el despertar de la vida en tiempos de horror, donde adultos recordaban su niñez aplastada por la guerra, la crueldad, la educación sometida, la sexualidad represora y la vida convertida en un espectro de dolor y tristeza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Temblores, de Jayro Bustamante

REPRIMIR LO DIFERENTE.

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Aldous Huxley

Del director Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, 1977), conocíamos Ixcanul (2015), su opera prima, en la que retrataba la vida de María, una joven maya cakchiquel, de 17 años, obligada a casarse en un matrimonio concertado, aunque la modernidad, de la que tanto escapaba, le brindará una solución de compromiso. Ixcanul recibió buena acogida en los prestigiosos festivales de Berlín y San Sebastián, y era la primera película de un tríptico del director, para retratar la desigualdad y el odio en la sociedad guatemalteca, basándose en tres insultos: indio, homosexual y comunista. Temblores es la segunda película de este peculiar e interesante proyecto, en el que nos ponen en liza en la existencia de Pablo, un hombre de 40 años, casado y padre de dos hijos pequeños, y un trabajo envidiado como asesor financiero, que pertenece a una familia tradicional y adinerada.

El mundo conservador y evangélico, que se viene abajo cuando Pablo le comunica a su familia que se ha enamorado de Francisco y se va a vivir con él. Momento que queda magníficamente bien reflejado con la secuencia que abre la película, con esa lluvia torrencial, en el interior de la casa familiar, todos derrumbados, y Pablo, encerrado en su habitación, solo y apesadumbrado, y tanto sus padres, hermanos como cuñados, intentan levantarle el ánimo juzgando su homosexualidad. De repente, el primero de los varios temblores sísmicos que veremos durante la película, metáfora sobre el cisma, muy a pesar de Pablo, que ha originado su decisión en el seno de esas familias tradicionalistas, intolerantes y profundamente religiosas, que no entienden otra vida que la de la sumisión a Dios, y una familia heterosexual. Bustamente encierra a su protagonista, optando por los primeros planos, los movimientos rápidos de cámara, el claroscuro en la iluminación, y esos espacios cerrados y opresivos en los que somete a su protagonista, como el minúsculo apartamento, en comparación con la colosal casona familiar, o los lugares de la terapia de conversión, donde los planos se cierran y vemos partes de un todo, como las partes desmembradas de un conjunto, materialización de la rotura y herida emocional que sufre Pablo, sometido, no solo a la intolerancia y el rechazo de su familia, sino al aislamiento en su trabajo o el alejamiento impuesto para que no se acerque a sus hijos.

El director guatemalteco, como hiciera en su debut, se rodea de su equipo habitual: Luis Armando Arteaga, en la cinematografía, el mexicano Pascual Reyes en la música, y César Díaz en el montaje, director de la reciente Nuestras madres (2019) -profundizando en esa Guatemala en busca de sus desaparecidos-, y la nueva mirada al proyecto con el argentino Santiago Otheguy, que firmaba el inmenso trabajo en Monos, del colombiano Alejandro Landes, y como director de La León (2007), una cinta que también tocaba el tema de la homosexualidad. Todos acompañantes de este viaje al alma humana, a nuestros lugares más profundos, y como nuestros deseos e ilusiones chocan contra la intolerancia y la persecución de una sociedad que, todavía mantiene valores del medievo, donde la religión, ya desde el estado, se ha convertido en el amo y señor de la legislación en materia de relaciones políticas, sociales y personales de la población, una religión que exalta valores y actitudes de corrección moral, basados en la familia tradicional y heterosexual, y en la religión, en este caso evangélica, donde todo está hecho por y para Dios, donde lo diferente y las actitudes modernas, se persiguen y se exterminan.

Bustamante pertenece a una industria todavía muy incipiente, que se está formando y empieza a ver sus frutos en los certámenes internacionales, por eso ha optado por una forma de trabajo muy artesanal con los intérpretes,  contando con un plantel de debutantes, buscando la piel y las emociones, que han trabajo un año y medio con los personajes, entre los que destaca la inmensa labor de Juan Pablo Olyslayer como Pablo, ejerciendo esa opresión y angustia que vive su personaje, encerrado por un entorno intolerante, bien acompañado por Mauricio Armas Zebadúa como Francisco, su amante, el gran trabajo de Diane Bathen como Isa, la esposa despechada que reaccionará como un animal salvaje y herido dispuesta a todo, y finalmente, la impresionante Sabrina de la Hoz como Clara, la mujer del pastor, y maestra de ceremonias en la conversión, una especie de cruce entre lo maléfico y lo íntimo, con ese aire de soberbia y fanatismo. Temblores se erige como un ejemplo de grandísimo cine, social y político, el cine que muestra sin juzgar, hablando de temas candentes que existen en países latinoamericanos, con el aumento de partidos de ultraderecha que quieren imponer un modelo conservador y de persecución contra aquellos que no lo acepten.

La película pone sobre la mesa conflictos que, incluso existen en países occidentales, como pudieran ser España o Francia, donde las practicas radicales religiosas como las terapias para curar la homosexualidad, tratada como una enfermedad, se vienen haciendo con el beneplácito de autoridades, donde las diferentes secuencias que vemos en la película, nos informan de unas prácticas deshumanizadas y salvajes, más propias de regímenes dictatoriales, que atentan directamente contra la libertad individual, y a la anulación sistemática de los deseos personales y la negación de nuestra verdadera identidad, y sobre todo, la perdida de nuestra verdadera personalidad, abocándolo a una existencia de orden establecido, a un matrimonio forzado y a un amor, completamente vacío y triste. Como explica el director, el miedo usado como represión, en una sociedad donde todo está supeditado a la apariencia social y a seguir con la tradición del matrimonio e hijos para continuar con la estirpe tradicionalista, conservadora y heterosexual, y todo aquello que se sale de esos cánones establecidos por la iglesia, se persiguen y se aniquila sin contemplaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La Pasión en el Arte, de Phil Grabsky

LAS IMÁGENES DE LA PASIÓN.

“A cualquiera que le interese el arte o le interese simplemente la cultura visual, le tiene que interesar la historia de Jesús, porque en ella se muestran las imágenes más bellas, conmovedoras e intensas de toda nuestra cultura visual. Sin duda, es la historia más ilustrada de  la historia occidental. La ambición, el dolor, el sufrimiento, la gloria, todos los elementos de la tragedia clásica convergen en este drama increíblemente intenso”

Rachel Campbell-Johnston, historiadora y crítica de arte

Muchos de nosotros, amantes del arte y la cultura, nos hemos sentido fascinados frente a una pintura, mirándola como si no hubiese un mañana, ensimismados en sus trazos, sus figuras, sus colores, su luz, sumergidos en su contemplación, y en su interior, en la escena que representa, y no solo en ella, sino a la que la precede y también, en la que vendrá después. Una pintura explica un momento de la historia, un relato suspendido en el aire, un instante que quedará grabado para la historia y para quien la contempla.

El cineasta británico Phil Grabsky lleva toda su carrera produciendo y dirigiendo documentos sobre arte, su catálogo es impresionante y especialmente jugoso por la enorme variedad de sus trabajos que van desde grandes compositores como Mozart, Beethoven o Chopin, pintores como Manet, Vermeer, Renoir, los impresionistas europeos o americanos, Da Vinci o Picasso. Aunque, quizás le faltaba la guinda del pastel, la vida y muerte de Jesús representada en la pintura a través de la historia del arte. El relato de Grabsky arranca y se despedirá con una misa de la iglesia ortodoxa rusa, una religión muy sensible con el arte sacro, ya que sus iglesias se muestran especialmente muy recargadas de pinturas e imágenes, asistimos a su liturgia, acompañados por los cantos. Después de este intenso prólogo, la película da paso a los expertos en la materia, historiadoras/es del arte e investigadores de prestigios, empezando por Rachel Campbell-Johnston, seguido de Jennifer Sliwka y David Gariff, que nos irán iluminando con sus certeras reflexiones y estudios sobre las diversas pinturas que veremos desde Caravaggio, Raphael, Michelangelo, Leonardo, El Greco, Dalí, Rubens, Tiziano y muchos más, que nos irán contando la vida, muerte y resurrección de Jesús, dando saltos en el tiempo y viendo un recorrido brutal y fascinante por la historia del arte y sus diferentes estilos, épocas y escuelas.

Un viaje en el que nos acompañarán también, el relato en off de los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan que iremos escuchando las diversas escenas de la vida de Jesús. No solo estamos ante una película que explica como la historia del arte se ha acercado a la vida de Jesús, sino que nos sumerge en un universo fascinante, cautivador y profundo sobre la imagen como herramienta poderosa para hablar de nuestro pasado y de nosotros, como explica la historiadora e investigadora Jennifer Sliwka: “Creo que a la gente le incomoda mucho lo que no entiende. A menudo, puede que no se sienta incómoda con esas historias, ya que realmente son historias que violentan. Si el cuadro no te interpela, pasas de largo, sin más. En cambio, si dedicas un tiempo a conocer la historia bíblica, buscas respuestas en el cuadro y reflexionas como algunas obras han interpretado la historia bíblica, y la respuesta es extraordinaria en todos los sentidos. Entender la historia bíblica, nos ayuda a entender muchas cosas sobre nosotros, seamos religiosos o no”.

El cineasta británico compone un relato de 85 minutos que viaje alrededor de nuestros sentidos, mostrando con una capacidad magnetizadora las diversas pinturas que pasan frente a nosotros, en el que las diversas voces que van leyendo los evangelios nos introducen aún más si cabe en las múltiples interpretaciones que han realizado los artistas de las escenas más importantes y fundamentales no solo de la cristiandad, sino de nuestra historia occidental. Mirando, descubriendo, redescubriendo, completamente imbuidos por la fuerza de las imágenes, su contenido, su luz, sumergidos en la fascinación de todo aquello que nos explica y que interpela en nosotros, independientemente de nuestras creencias religiosas, llevados hacia el interior de la pintura, su contexto histórico, y el instante en que el artista la imaginaba y la pintaba, muchos instantes de la historia, de nuestra historia, suspendidos en una obra de arte, en una pintura que explica la vida de un ser humano convertido en la divinidad más grande de todo el mundo occidental. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dios es mujer y se llama Petrunya, Teona Strugar Mitevska

UNA MUJER VALIENTE.

“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”

Simone de Beauvoir

La sátira, el humor negro y el sarcasmo fueron las herramientas que utilizó el guionista Rafael Azcona (1926-2008) para hablarnos de las injusticias y miserias que campaban durante el franquismo, poniendo el foco en las dificultades de una población que malvivía para adquirir una vivienda, conseguir un trabajo digno o pagar la letra de un motocarro que era el sustento de su existencia. Comedias que además de hacernos reír, vistas hoy en día resultan el mejor retrato de lo que fue España y sus ciudadanos. La misma estela sobre la forma de contar historias sociales es la que sigue Teona Strugar Mitevska (Skopie, Macedonia, 1974) cineasta que ha tocado temas tan diversos como la guerra de los Balcanes, las consecuencias nefastas del régimen comunista, las contradicciones de las generaciones jóvenes frente a lo tradicional, y el combate de unas mujeres por ser ellas mismas, temas que vuelven a sonar en su quinto trabajo como directora.

La cineasta macedonia nos sitúa en el pequeño pueblo de Stip, en el que nos presenta a Petrunya, una mujer poco agraciada y de ideas diferentes a la realidad en la vive que, a pesar de su licenciatura de historia no encuentra trabajo, y además tiene que aguantar las impertinencias y la dureza de una madre anclada en el pasado. Pero todo va a cambiar para ella, cuando en el día de la festividad religiosa ortodoxa, el sacerdote arroja una cruz de madera al río para que cientos de hombres se lancen para conseguirla, aunque este año será Petrunya quién la coja, generando un cisma en el pueblo, convirtiéndose en la ira de los hombres, el sacerdote y la ley. Strugar Mitevska construye una película con el armazón de una comedia satírica e irreverente, que bajo esa capa de ligereza oculta un relato sobre la injusticia en una sociedad sometida a las tradiciones de una mirada completamente machista y patriarcal, donde las mujeres existen bajo la superficie de las hombres y sus ideas, y cualquier cambio provocado se convertirá en una ofensa para los valores tradicionalistas.

El conflicto entre tradición que representan la iglesia, el estado y la madre de Petrunya, y modernidad, que sería lo que combate Petrunya, queda muy bien reflejado en la película, en la que el personaje de Slavica, la periodista vendría a ser esa mujer a la que aspira Petrunya, alguien que tiene un trabajo, lo defiende y se ha convertido en la voz de la injusticia. Petrunya es una especie de patito feo encerrada en un ambiente opresivo y tradicional, alguien que por su forma de ser y carácter se ha erigido como una persona diferente al resto de su pueblo, alguien con ideas y actitudes propias, desde su forma de vestir o su forma de encarar su propia vida, muy alejada del resto, una vida que se verá superada por los acontecimientos en un inicio, para luego demostrar y demostrarse quién es y él porque de su acto, defendiendo con fuerza y decisión, y sobre todo, enfrentándose a todos, no solo la cruz que ha ganado limpiamente, sino también, el hecho de defender que una mujer haya roto las normas injustas de una tradición antidemocrática y en contra de los derechos de libertad individual.

La directora macedonia sigue la tradición de cierta comedia negra balcánica que escondían dramas oscuros y brutales para hablar de los conflictos sociales, económicos y culturales del entorno como hacían Kusturica, Makavejev o Paskaljevic, o los nuevos valores como Tanovic o Cvitkovic, relatos sobre la realidad de los ciudadanos y sus problemas cotidianos, que ahora se miran como reflejos históricos de la época que describen mejor aquellas circunstancias que muchos diarios y ensayos del momento. Un reparto excelente y bien conjuntado que interpreta con brillante naturalidad todos los roles en cuestión del conflicto, sobresaliendo enormemente la protagonista Zorica Nusheva, de trayectoria cómica en el teatro, con esa mirada que traspasa, y esa fuerza intrínseca que despliega durante todo el metraje, luciéndose de forma magnífica creando un personaje sencillo y humilde, que dará un golpe en la mesa para ser quién quiere ser, a pesar de la tradición, y defendiendo con uñas y dientes aquello que considera justo y humano, independientemente de lo que piensan esa mayoría borrega que representan el sacerdote, la policía como el estado a favor de la tradición, o esa jauría de hombres que se dicen religiosos y no respetan ideas diferentes a las suyas.

Dios es mujer y se llama Petrunya es una película fantástica, apasionante y completamente actual, con esa mirada intensa y humanista sobre aquellos cánones estúpidos y fascistas con los que se sustentan muchas sociedades que gritan democracia y la atentan en cada ocasión que pueden, convirtiéndose en meras pantomimas de una libertad en teoría no en la práctica, a través de su sencillez y manifiesta humildad, contándonos un conflicto local que es a la vez un conflicto universal, a partir de alguien que se ha cansado de ser invisible, de alguien que despertará y hará despertar a los demás de esa pesadilla de tradiciones que no respetan a las mujeres y su diversidad. Un relato que viene a tambalear esas estructuras decimonónicas injustas que deben cambiarse ya que atentan contra la modernidad, contra todo lo diferente, contra personas como Petrunya, una mujer valiente, diferente, con coraje y carácter que es una rara avis, un obstáculo para la intolerancia y el borreguismo anclado en la sociedad de hoy en día, siendo esa figura que pone en entredicho todas esas formas tradicionales que atentan contra la libertad de decisión de los seres humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fortuna, de Germinal Roaux

LAS RAZONES DEL CORAZÓN.

“El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu”

Evangelio de Juan, 3:8.

La joven Marie y el burro Baltasar están sometidos al maltrato y la violencia de sus dueños. Solo en la intimidad de su fiel amistad encontrarán el consuelo y el amor que se les niega como nos explicaba Bresson en su magnífica Al azar de Baltasar. Algo parecido le ocurre a Fortuna, una niña etíope de 14 años, sola y reservada, que vive refugiada en un monasterio y sin más cariño que la de su fiel burra Campanita. El segundo trabajo de Germinal Roaux (Laussane, Suiza, 1975) sigue la línea del encuentro con lo real que expone en su filmografía, abordando temas sociales como la discapacidad intelectual, las jóvenes que ejercen la prostitución para comprarse una vida lujosa, o la inmigración como en el caso de Fortuna. El relato nos sitúa en un lugar aislado rodeado de montañas, durante un gélido invierno en el que la nieve lo cubre todo. Un espacio peculiar, el de un monasterio que debido al desbordamiento de inmigrantes, sirve como refugio para muchos de ellos, donde asistiremos a la difícil convivencia entre una comunidad eclesiástica católica, dedicada al recogimiento espiritual y al silencio, frente a su labor cristiana de dar cobijo al necesitado.

En mitad de todo ello, la película se centra en la mirada y el gesto de Fortuna, una niña inmigrante que está sola y sin más futuro que su cotidianidad, que encuentra amor en los animales que cuida diariamente. Aunque toda esa aparente existencia cambiará cuando la niña descubre su embarazo y se lo comunica al padre, Kabir, un joven mucho mayor que ella, refugiado como ella, que le insta a abortar. La circunstancia aún la dejará más sola y abandonada, y entregada a un futuro mucho más incierto, debido a su estado y las presiones de la burocracia por deshacerse de la criatura que espera. Roaux compone una intimista y sensible fábula, extraordinariamente filmada con ese cuadro de 4:3 y la excelsa imagen con el preciosismo del blanco y negro, obra del cinematógrafo Colin Lévèque. Una obra muy cercana, de piel, casi sin diálogos, apostando fuertemente por las miradas y los gestos de sus personajes, para hablarnos de la tragedia de la inmigración, en su conjunto y en la intimidad de los menores no acompañados, de la dificultad por parte del estado de gestionar conflictos de gran calado humano.

El tema candente que plantea la película es la complejidad que existe entre los diferentes puntos de vista de los monjes que, si bien desean ayudar a los inmigrantes, por otro lado, ven alterados su fe y descanso debido a esas circunstancias, una situación que nos recuerda a la vivida por aquellos monjes de De dioses y hombres, de Xavier Beauvois, que se veían envueltos en una guerra y la indecisión de abandonar su monasterio, su intervención o continuar con su fe. El conflicto entre la fe espiritual y el deber como cristiano que sufren los monjes tiene su zenit en la maravillosa y reflexiva conversación del padre prior, protagonizado por un sobrio Bruno Ganz (en su último personaje para el cine antes de su fallecimiento) con el responsable social de ofrecer una salida a los inmigrantes, donde se habla profundamente sobre el deber de un verdadero cristiano y sobre la dificultad de hacer el bien, considerando que ese “bien” no siempre es lo mejor para las personas implicadas, como ya planteaba Buñuel en su extraordinaria Nazarín, donde un cura humilde recorría México ofreciendo ayuda y haciendo el “bien”, actitud que le generaba multitud de conflictos.

El cineasta suizo nos habla desde lo más profundo del alma de sus criaturas, llenas de conflictos internos, crisis de fe e identidad, y abrumados por todo esa humanidad de inmigrantes con ilusiones, deseos y frustraciones. La película trata todos estos elementos con honestidad y transparencia, mirando la inmigración con toda su complejidad desde el drama personal, la soledad de los más vulnerables y las situaciones de abandono que muchos reciben, y también, hace hincapié en la inoperante burocracia que mide todos los casos de igual manera, sin detenerse en las necesidades reales de cada caso. Fortuna es un relato de pocos personajes y pocos diálogos, que constantemente interpela a los espectadores, sumergiéndolos en una historia sencilla en apariencia y compleja en su contenido, en la que el centro de todo recae en la dificultad y necesidad de una niña que se siente atrapada, sola y desamparada en un mundo de adultos demasiado enquistado en sus leyes y estructuras, que frecuentemente olvidan el lado humano de las personas que tienen delante.

Roaux cuenta con un reparto que resulta muy natural y convincente, empezando por la niña Kioist Siyum Beza que interpreta a Fortuna, expresándolo todo con ese rostro, todavía de niña pero con signos de juventud prematura, de una niña que tendrá que crecer de golpe por todo lo que se le viene encima, con esa inocencia quebrada y mutilada. Frente a ella, Kabir, al  que da vida Assefa Zerihun Gudeta, un tipo vivo y egoísta que se aprovecha de quién sea para sobrevivir en un espacio donde la policía puede presentarse en cualquier momento. Con las estupendas presencias del citado Bruno Ganz, y Patrick D’Assumçao, siempre perfectos en sus roles, como ya demostró en El desconocido del lago o La muerte de Luis XIV. El director suizo cuenta su relato desde la mirada de Fortuna, de esa niña que se desenvuelve en ese espacio como si no le perteneciese, en el que se siente rechazada,  en constante huida, buscando su lugar en el mundo, ese lugar apacible y acogedor donde recoger miradas de cariño y ternura, como las que tiene con su inseparable Campanita, como les ocurría a Marie y Baltasar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El joven Ahmed, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

CUENTO SOBRE EL ODIO.

“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”

Víctor Hugo

De los 11 largometrajes de ficción, amén de sus más de 80 documentales dirigidos y producidos, de Jean-Pierre Dardenne (Engis, Bélgica, 1951) y Luc Dardenne (Awirs, Bélgica, 1954) muchos de ellos están dedicados a retratar y profundizar en la vida de adolescentes y sus conflictos, tantos internos como exteriores. Muchos recordarán a Igor, el chaval de La promesa (1996) tercer largometraje de los Dardenne que los lanzó internacionalmente, que se encontraba en la tesitura de llevar a cabo la última voluntad de un inmigrante y enfrentarse al déspota de su padre. En Rosetta (1999) una adolescente que vivía en una caravana junto a su madre alcohólica hacía lo imposible para mejorar su existencia. En El hijo (2002) Francis, un niño problemático recién salido del reformatorio entraba a trabajar en una carpintería. En El niño (2005) una pareja de pipiolos padres de un niño se enfrentaban a las duras condiciones de vida con trapicheos y ayudas sociales. En El niño de la bicicleta (2011) Cyril era un niño desamparado que encontraba consuelo en una peluquera de gran corazón.

El nuevo chaval se llama Ahmed, el niño musulmán de 13 años de El joven Ahmed. Un niño sin la figura del padre y con una madre alcohólica y desbordada por la difícil situación en casa, un hermano muerto convertido en mártir para su religión, encuentra en un imán manipulador el guía no solo espiritual sino también el camino para adentrarse cada vez más en el fanatismo religioso e intentar asesinar a su profesora. Después de ese suceso, Ahmed es internado en un centro de reeducación de menores, en el que utilizan terapias como trabajar en una granja, hacer deporte para redimir sus acciones y enfrentarse a sus consecuencias. Los Dardenne, como es habitual en su cine, colocan el foco de la acción en la mirada y movimientos de Ahmed, al que seguimos día y noche, a partir de sus acciones en un drama social íntimo y valiente.

La película está compuesta en tres actos, más o menos reconocibles. En el primero, conocemos a Ahmed, su instituto, su relación distante y fría con u profesora y familiar, la fraternidad con la que lo trata el imán, un líder religioso y paternal para él, y su modus vivendi de rezos, su hermetismo y su inalterable carácter completamente supeditado a los deberes y órdenes de su imán y su religión. En el segundo acto, después de su intento de asesinato, Ahmed ingresa en un centro para menores conflictivos, en que Francis, el niño de El hijo, tendría muchos paralelismos con la vida de Ahmed, con el añadido de la religión, espacio de espiritualidad, pero también de fomento del odio y la diferencia, convirtiendo a Ahmed en una víctima más de tipos como el imán que se utilizan de la religión para radicalizar a chavales y llevarlos a una ruina segura. En el tercer acto, quizás el más breve, la película se sumerge en las continuas idas y venidas de Ahmed, a nivel emocional, en el que descubrirá el despertar a la vida, los cambios de su edad o los primeros coqueteos con el amor, a través del personaje de Louise, la hija de los granjeros donde va a trabajar, y los conflictos internos de ser infiel a su religión y liberarse de tanto odio.

La cinta bañada por esa luz íntima y cercana, donde los cuerpos y la piel adquieren una textura táctil, obra de Benoît Dervaux, operador de los Dardenne desde La promesa, que aquí coge las riendas sustituyendo al gran Alain Marcoen, el cinematógrafo de casi toda la filmografía de los hermanos belgas, con el excelente y cortante montaje obra de Marie-Hélène Dozo, habitual de los Dardenne, con esa forma tan característica del dúo, donde la cámara sigue implacable a los personajes, encuadrándolos en unos planos asfixiantes y muy cercanos, dejándolos casi sin aliento, recorriendo junto a ellos sus movimientos, miradas y gestos, mostrándolos de esa realidad construida que tanto les gusta a los Dardenne, donde el personaje se mueve no solo en un espacio físico, sino también, en un paisaje político y social, y en este caso, religioso, donde anidan las diferencias sociales, las injusticias y las desigualdades. En esos lugares donde vivir se convierte en un desafío constante, donde la indiferencia de los gobernantes provoca que muchas personas, entre ellas adolescentes, vivan tirando del carro de unos padres despreocupados y en la indigencia, eso sí, el carácter social y férreo del cine de los Dardenne no cae en la caricatura ni en el sentimentalismo como pasaba en Plácido, de Berlanga, sino que el retrato acoge una parte de esa durísima existencia, suficiente para imaginarse como ha sido esa vida antes y como será después.

Los cineastas belgas siguen fieles a su forma de ver el cine y retratar a sus personajes, envueltos en esos barrios periféricos donde las existencias jodidas de muchos se mueven dando bandazos y caídas, si bien hay que puntualizar que en El joven Ahmed, con sus coqueteos con el género, como ya ha ocurrido en otras películas del tándem como El silencio de Lorna o La chica desconocida, el centro de todo se deriva de la religión y sus malas praxis en la mente de un chaval de 13 años que acaba creyéndose ese odio hacia aquellos que no piensan como él, convirtiendo a los amigos y familiares en enemigos de su religión, una educación negativa que lleva a la ruina a chavales que buscan referentes y desgraciadamente, los encuentran en figuras fanáticas como el imán de turno. Una cinta magnífica e intensa, con una cálida y difícil interpretación de Idir Ben Addi, dando vida al esquivo y conflictivo Ahmed, bien secundados por el resto del reparto, creando esa naturalidad y espontaneidad que tan bien reflejan los Dardenne. El relato, conciso y rítmico, sabe manejar las complejas relaciones entre unos y otros, entre la educación y la religión, colocando en el centro de la acción todos los conflictos que se generan en Europa debido a todas estas situaciones difíciles de manejar, donde cohabitan múltiples formas de vivir, religiones y relacionarse socialmente. Situaciones que los Dardenne saben explorar y transmitir de un modo íntimo y desgarrador, mostrando la vulnerabilidad de tantos adolescentes como el caso de Ahmed, víctimas propias de la sinrazón. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alex Brendemühl

Entrevista a Alex Brendemühl, actor de la película “El creyente”, de Cédric Kahn, en el Instituto Francés en Barcelona, el miércoles 22 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Brendemühl, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Placer femenino, de Barbara Miller

ROMPER LAS CADENAS.

“No conocemos ninguna religión que no discrimine (…) En ninguna de ellas a la mujer se le ha reconocido su libertad individual”.

Amelia Valcárcel

Deborah Feldman es una estadounidense que creció en el seno de una comunicada judía ortodoxa, obligada a casarse, cuando nació su hijo, rompió con su familia y su religión, y huyó para ser libre y ayudar a otras mujeres oprimidas. Vithika Yadav es una india que nació en el seno del hinduismo, aunque ella pudo casarse por amor, y ahora lucha para concienciar a las mujeres, a no permitir matrimonios forzados, y a los hombres, para que respeten a las mujeres. Leyla Hussein es una somalí criada en una familia musulmana a la que practicaron ablación, ahora, su activismo le ha llevado a ser una voz contra esas prácticas salvajes que mutilan sexualmente a las mujeres. Rokudenashiko es una artista japonesa nacida en una familia sintoísta-budista, aunque ella vive en libertad y protesta con su trabajo a una sociedad que mercantiliza el cuerpo de la mujer y la juzgó por obscena por hacer expresiones artísticas sobre su vagina. Y finalmente, Doris Wagner que creció en una familia protestante-católica de Baviera, ingresó como monja, sufrió abusos sexuales por parte de su superior, y ahora, lucha contra esos abusos e insta a otras a denunciarlos.

Cinco mujeres, cinco relatos, cinco maneras de luchar contra lo establecido, cinco miradas contra la opresión, cinco mujeres contra las formas arcaicas y patriarcales de las diferentes religiones del mundo, cinco dogmas que oprimen y encadenan a las mujeres, a someterlas en pos de Dios. La directora Barbara Miller (Zurich, 1970) dirigió en el 2012 Voces prohibidas, en la que documentaba a tres mujeres que utilizaban internet para denunciar la falta de libertad de expresión en sus países. Ahora, se sumerge en estas cinco mujeres activistas, liberadas y libres que han roto con su pasado, su familia y su religión y han empezado una nueva vida, una vida en la que continúan alzando su voz contra el machismo religioso, contra aquellos que oprimen y someten a las mujeres utilizando la religión como mecanismo. La película sigue su historia, de dónde vienen y hacia adonde van, y lo hace desde su intimidad, desde lo más profundo de su ser, desde sus emociones, y documentando su cotidianidad de lucha, de protesta y de activismo libre y decidido, realizando diferentes acciones, ya sean desde su trabajo o su compromiso social por y para las mujeres, y cómo no, concienciando también a los hombres, y a los más jóvenes, creando con muchísimo esfuerzo caminos diferentes a los establecidos, mirando de formas diferentes y sobre todo, provocando acciones de respeto hacia las mujeres, hacia sus cuerpos, hacia su sexualidad.

Miller explica con honestidad y veracidad la realidad de estas cinco mujeres, registrando los innumerables muros de intransigencia y fascismo que se encuentran diariamente, y todos sus procesos de liberalización que las ha llevado a sufrir amenazas, insultos, y violencia por parte de familiares, amigos y demás afines a la religión que criticaban con dureza, aunque, esos procesos no las han amilanado, las ha hecho más fuertes, más firmes en su decisión y su actividad, dotándola de más importancia y necesidad para alimentar y liberar conciencias encadenadas en la radicalidad y los convencionalismos religiosos, sociales y culturales. La cineasta suiza no construye ningún ejercicio manierista y mucho menos panfletario del problema de la sexualidad femenina en el mundo, sino que nos habla desde la intimidad y la profundidad de estas cinco mujeres que un día dijeron basta y alzaron su voz contra la injusticia religiosa, contra los hombres malvados y contra tantas leyes religiosas patriarcales, que un día se pusieron a caminar en otra dirección, a pensar y sentir para ellas y no para los demás.

Un documento sencillo, veraz y admirable, construido desde la sencillez, desde el alma, desde estas cinco voces femeninas que se pusieron de pie, que reivindican su sexualidad, su libertad y el respeto hacia los demás, que se sigue con intensidad e interés, sin trampa ni cartón, que logra hacernos reír, conmovernos y sobre todo, concienciarnos, haciéndonos reflexionar sobre las estructuras religiosas y su funcionamiento, y cómo no, nos hace mirar a las mujeres de formas muy distintas a las establecidas, mirándolas a sus rostros, a sus cuerpos, a su sexualidad, y su liberalización, tanto como personas como mujeres, sumergiéndonos en sus reivindicaciones, en su continua lucha y en sus armas poderosas, alzados contra todos y todo, contra viento y marea, haciendo de su sexualidad y sus cuerpos una forma de lucha para igualarlos con los de los hombres, reivindicando el mismo trato, las mismas miradas, guiándonos sobre todo a una sociedad justa, solidaria y humanista. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/322816511″>#PLACER FEMENINO Trailer Subtitulado al espa&ntilde;ol</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>