I Never Cry, de Piotr Domalewski

VIDAS AUSENTES. 

“Los muertos pesan, no tanto por la ausencia, como por todo aquello que entre ellos y nosotros no ha sido dicho”.

Susana Tamaro en “Donde el corazón te lleve”

En Cicha Noc (Silent Night), la opera prima de Piotr Domalewski (Lomza, Polonia, 1983), un inmigrante polaco volvía a casa dejando muy estupefactos a los suyos. En I Never Cry, el viaje es a la inversa, como si nos mirásemos desde el otro lado del espejo, andar los mismos pasos del que ya no está, viajar con Ola, una joven de 17 años de edad que, después de la accidental muerte de su padre en Dublín (Irlanda), viaja desde Polonia para realizar los trámites de repatriación del cadáver. El director polaco nos sitúa en una joven euro-huérfana, término que se usa para calificar a todos aquellos que tienen padres emigrados a la otra Europa cuando Polonia ingresó en la Unión Europea en el 2005. Ola solo tiene un deseo, que no es otro que aprobar el carnet de conducir para tener el automóvil que su padre le prometió. Aunque ha vuelto a suspender por tercera vez, emprende el viaje, instada por su madre que cuida a su hermano discapacitado. En esa otra Europa, enriquecida y muy dura para los inmigrantes, la joven Ola se encontrará con las huellas de su padre, lo que era y sobre todo, lo que queda de él.

La odisea de Ola la llevará a lo que fue la vida del padre muerto, personándose en la empresa donde se produjo el accidente donde falleció, conocerá a un polaco que se dedica a emplear a los inmigrantes recién llegados, a sus compañeros de trabajo, se enfrentará a los quebraderos de cabeza ocasionados por una burocracia estúpida y desalentadora, y se encontrará con personas de la vida de su padre muy inesperadas. Toda la película la vemos a través de Ola, a partir de sus idas y venidas por Dublín. Una ciudad hostil, fría y triste, un lugar donde hay diferentes ciudadanos europeos, los de allí, que pertenecen a la parte enriquecida, y los que llegan, de esa Europa empobrecida. Una Europa, crisol de realidades sociales muy alejadas entre sí, una falsa unión que solo ayuda a los que tienen y la padecen los que no tienen. En ese continente que vende unidad, que vende prosperidad, y solo hay para unos pocos, como los ambientes en el que viven y trabajan los inmigrantes polacos. Un lugar donde la fraternidad y el cooperativismo han desaparecido y todo tiene un precio demasiado elevado, ya sea emocional o material. La joven polaca se mueve entre esos dos mundos en los que se plantea la película.

La idea que tiene ella de su padre, tan alejada de la realidad, y su fatal egoísmo, en que reprocha cruelmente a un padre ausente que no conoce. La cámara insistente y pegada al cuerpo de Ola que la sigue sin descanso, en un gran trabajo de luz que firma Piotr sobocinski Jr, que ya estuvo en la primera película de Domalewski, y tiene en su haber excelentes películas como Dioses, de Lukasz Palkowski y Corpus Christi, de Jan Komasa, entre otras. El excelente y cortante montaje de Agnieszka Glinska, que ha trabajado en las recientes Lamb, de Valdimar Jóhansson y Sweat, de Magnus von Horn, ayuda a sentir ese agobio constante y esa sensación laberíntica y de extrañeza que recorre a la joven Ola. Los noventa y siete minutos de metraje van acelerados, no hay tregua, todo ahoga en la existencia de Ola, en una especie de navegación sin rumbo, en el que irá redescubriendo la verdad de un padre que ella creía completamente diferente, un padre ausente que ella ha construido a su manera, llenándolo de acusaciones sin fundamente.

I Never Cry no solo nos habla de las condiciones miserables de vida y trabajo de muchos inmigrantes de la Europa del Este en la Europa capitalista, sino que también, nos habla de padres e hijas, de todas esas relaciones rotas y difíciles debido a la inmigración-ausencia de los padres, de todos esos vínculos rotos y nunca construidos, de ausencias y existencias a medio camino, de vidas tristes en barrios con pocas oportunidades, de hijos injustos y padres que no lo son debido a sus vidas precarias y sobre todo, una sociedad que vende vida y solo da dificultades y sacrificios que no tienen billete de vuelta. En 1982, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, se centraba en la miseria de unos trabajadores polacos que, encerrados en una casa inglesa, trabajaban ocultos e ilegalmente. Cuarenta años después parece que las cosas han cambiado, pero no han mejorado mucho para los “otros”, porque los inmigrantes sí que llegan legalmente a esa otra Europa, pero siguen siendo esclavizados y humillados en sus trabajos y destinados a unas vidas ausentes y poco más, y encima, alejados de los suyos.

Una película sencilla, directa y honesta como la que ha construido Domalewski, necesitaba un reparto de verdad, alejado de rostros conocidos y sobre todo, que imprimieran toda la autenticidad que respira la película, mostrando una realidad que no está muy lejos de las realidades de este frustrante continente.  Tenemos a Kinga Preis que da vida a la madre de Ola, que habíamos visto trabajando a las órdenes de una grande como Agnieszka Holland, Arkadiusz Jakubik como el trabajador polaco que ayuda a emplearse a los recién llegados, y finalmente, la auténtica revelación de la película, la joven debutante Zofia Stafiej que da vida a Ola, reclutada en un casting en el que se presentaron más de 1200 candidatas. Una mirada triste y desesperada, una joven rebelde y obsesionado por su objetivo de ser alguien en la vida, y huir de su barrio y de la vida precaria de sus padres, una mujer que está a punto de convertirse en una adulta, una nueva vida que descubrirá en sus días en Dublín, una vida difícil y compleja, una vida que nunca es como la queremos, una vida en la que hacemos lo que podemos, que ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un segundo, de Zhang Yimou

LA VIDA EN UNA BOBINA.

“La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños”.

Friedrich Schiller

Desde Regreso a casa (2014), las tres siguientes películas de Zhang Yimou (Xi’An, China, 1950), eran cintas épicas y llenas de acción sobre acontecimientos históricos relevantes de la historia de China, en la que destacaba Sombra (2018), que retrataba las cruentas guerras de clanes en la China medieval, estilizadísima y con una cinematografía espectacular en tonos grisáceos. Con Un segundo, el director chino nos devuelve a la etapa de la Revolución cultural (1966-1978), en la que trabajó como operador textil durante una década, a la que ya ha dedicado algunas de sus historias. En ¡Vivir! (1994), ya tocaba el tema en una película que abordaba cuarenta años de historia política de su país, la citada Regreso a casa, sobre la vuelta al hogar de un disidente después de años encarcelado. En Amor bajo el espino blanco (2010), una sensible historia de amor de una colegiala ingenua que, junto a su familia, ha sido trasladada para su “reeducación”.

En su nueva película, Yimou nos sitúa en el noroeste del país, en una zona muy desértica y hostil, en que un fugitivo huye de su “reeducación” después de atacar a un guardia, porque tiene el propósito de ver la película “Hijos heroicos”, ya que en su noticiario aparece su joven hija, a la que lleva años sin ver. Aunque todo se tuerce, cuando una joven roba la bobina porque quiere hacer una lámpara con el celuloide para que su hermano pequeño pueda estudiar. El cineasta chino vuelve al tono y marco de películas como Happy Times (2000) y La búsqueda (2005), en la que vuelve a contar con Zhou Jingzhi, guionista de la última, para construir un retrato sobre dos desplazados, dos outsiders de aquella China desigual. Dos solitarios que tienen un objetivo que los hace tropezar, en una historia sobre dos individuos que verán que sus diferencias no lo son tanto, y a medida que avanza su relato, se darán cuenta que los dos desean lo mismo, un poco de aliento y la mirada del otro. A través de una grandísima cinematografía que firma Zhao Xiaoding, el fotógrafo de referencia para Yimou, construye una película muy física, muy seca y muy pedregosa, en su primera parte, y más cálida y cooperante, en su segundo tramo. Un ágil y rítmico montaje que hace Du Yuan, viejo conocido de Yimou, así como Tao Jing en sonido, y el arte de Lin Chaoxiang, que ha trabajado con cineastas tan importantes como Lu Chan y Hu Mei.

Yimou ha construido una película humanista y sincera, donde conviven de forma natural el drama íntimo, la comedia burlesca, la road movie, y sobre todo, un grandísimo trabajo de recreación histórica muy alejada de las grandes urbes, centrada en el rural, en esos pequeños pueblos donde cansados de trabajar de sol a sol, tenían en el cine su mayor distracción y su vida. Porque Yimou nos habla de cine, de aquello grandioso que conseguía el cine en el siglo pasado, juntar a decenas de espectadores, reunidos todos en comunión viendo una película, disfrutando de esa compañía, que en muchos casos ya ha desaparecido. El cineasta chino elabora un cuidadísimo y particular homenaje al oficio al que ha dedicado casi 40 títulos como director, y lo hace desde el backstage, desde toda esa maquinaria imaginativa que desarrolla el personaje llamado el Sr. Películas, para limpiar la película que ha sido accidentalmente arrastrada por el desierto. La durísima realidad social de la película deja paso a otra realidad, donde la fraternidad de todos ayuda a limpiar la película, donde la mirada de Yimou nos sumerge en otro mundo, en un universo poético, muy personal y profundo, donde las mujeres del cine, cobran todo el protagonismo, las personas que cuidaban con mimo el celuloide de las películas.

Muchos admirarán los grandes y crudísimos dramas rurales y personales de la primera etapa del cine de Yimou, aquella que comprende la iniciada con Sorgo Rojo (1988), y va hasta la mencionada ¡Vivir!. Otros, posiblemente, se quedarán con sus películas más épicas e historicistas que arrancó con Hero (2002), cintas popularísimas como La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006), aupadas por el boom del género Wuxia. Y solo algunos, admirarán el talento de Yimou para atreverse con todo tipo de marcos y géneros, desde el cine más personal que lo hizo mundialmente conocido y respetado en los festivales más prestigiosos, a las películas de género, donde tanto en unas como en otras, siempre se caracterizaba por ese especial cuidado de la planificación formal, la sofisticación técnica, y la exquisita composición de sus intérpretes, para contarnos su mirada profunda y muy personal sobre la China rural, los cambios de su país del nuevo siglo, con la mirada puesta en el pasado en el convulso siglo XX.

En Un segundo destaca enormemente la naturalidad y la sobriedad con la que actúan los intérpretes, encabezados por Yi Zhang, visto en películas de grandes autores chinos como Chen Kaige, Jia Zhangke y Feng Xiaogang, entre otros, que da vida al fugitivo, alguien en continua huida con un único deseo, ver a su hija, aunque sea solo un segundo en un trozo de película, porque para él, es breve instante, lo es todo, ese segundo es su razón de existir y hará todo lo impensable para poder verlo. Acompañado por la joven Haocun Liu como su “adversaria”, una desamparada chica que, solo tiene a su hermano pequeño en  un entorno muy hostil, donde se vive con muy poco y todo cuesta la vida entera, encontrará en el fugitivo una especie de tutor, a alguien a quién mirar, sentirse protegida y aprender. Y finalmente, Fan Wei, que empezó como cómico y luego ha trabajado con los citados Lu Chan y Fen Xiaogang, es el Sr. Películas, ese proyeccionista-héroe para todos los del pueblo que acuden al cine a olvidarse de sus tristes vidas y soñar con otros mundos y otras vidas, tan diferentes a las suyas. Una especie de mago, dirigente y su gran amor por el cine y todo lo que engloba.

Un segundo tiene ese aroma de la magia que desprendía en Ana e Isabel, las niñas de El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, cuando miraban asombradas el monstruo de Frankenstein en la pantalla, el mismo efecto hipnotizador también se producía con la película Cinema Paradiso (1988), de Tornatore, donde el cine es mucho más que una experiencia de ver una película rodeado de gente, es un retrato sobre un tiempo, sobre una forma de vivir, y sobre todo, es un homenaje a todas esas personas invisibles y trabajadoras del cine que transportaban el cine de pueblo a pueblo. Yimou ha conseguido un sensible y conmovedor retrato humano y fraternal sobre dos seres olvidados y escondidos a su pesar, que siempre andan ocultándose de los demás, erigiéndose como el reflejo de todo lo que nos ha ido contando en su cine Yimou, interesándose por las diferencias entre unos y otros, y encontrando la manera de romperlas y acercarse al otro, quizás sea esa la única forma de soportar tanta realidad, como también lo es ver películas, y soñar por capturar un segundo, como explica el film, un segundo que para la vida del protagonista lo es todo, un segundo nada más, que bien puede ser la vida entera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El silencio del pantano, de Marc Vigil

LAS MISERIAS DEL PODER.

“Valencia nunca ha sido una ciudad marítima. Es una urbe fluvial construida sobre un descomunal pantano. Y que el pantano ya no se vea no quiere decir que haya desaparecido. La única diferencia es que está más abajo. Sigue dando su fango para hacer ladrillos con los que construir edificios junto al mar, parques temáticos, complejos culturales y, al final, la ruina y el sonrojo. Es un cenagal que abona la codicia, el orgullo o el odio, para que florezcan la envidia, el rencor, la violencia y la muerte”.

La serie Crematorio (2011) de los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, partía de la novela homónima de Rafael Chirbes, para trazar un relato intenso y magnífico sobre las oscuras relaciones entre la política y la corrupción en un lugar ficticio de la Comunidad Valenciana, en el que quedaba demsotraba que el thriller era el mejor vehículo para desarrollar tramas sobre tantas miserias y violencias, erigiéndose en la primera obra de ficción en fijar su mirada en ese lugar endémico de corrupción. Unos años atrás, Enrique Urbizu con La caja 507, ya se había centrado en las relaciones fangosas entre política, terrenos y corrupción.

En el 2018, curiosamente se estrenaron dos cintas que abarcaban de manera directa y extraordinaria las conexiones entre política y corrupción en tierras valencianas a través de El desentierro, de Nacho Ruipérez y El reino, de Rodrigo Sorogoyen, dos muestras muy interesantes de la amalgama de poder, mentiras y corrupción de cierto partido político, de sobra conocido por todos,  en la zona valenciana. Partiendo de estas premisas, y basándose en la novela homónima de Juanjo Braulio, y un guión escrito por Carlos de Pando y Sara Antuña (ambos con amplia trayectoria en series) convertidos  en los elementos que se hace servir para su puesta de largo Marc Vigil (Avilés, 1975) creador consumado que lleva 15 años dirigiendo series como Siete vidas, Aída, Águila Roja o El ministerio del tiempo, entre otras. El director asturiano nos presenta a Q, un escritor de éxito que está enfrascado en la escritura de su tercera novela de crímenes y las conexiones que se irán produciendo con la trama corrupta.

El guión plantea que la trama ficticia de la novela se confunda y mezcle con la real, en la que el personaje de la novela secuestra a un político, ahora convertido en respetado profesor pero con pasado turbio de consejero de la Generalitat en el que, entre otras cosas, lavaba dinero negro venido del narcotráfico. Secuestro inesperado que alterará a todos los personajes en cuestión, una circunstancia que hace saltar las alarmas al gobierno de ahora, compañeros de partido que necesitan que todo ese pasado oscuro siga enterrado para que no los incrimine, pero para salvaguardarse las espaldas, moverán a La Puri, una gitana jefa del clan de la droga a través de un bar del Cabanyal, y está, a su vez, pondrá en acción a Falconetti (nombre que muchos recordarán como el siniestro villano de la mítica serie Hombre rico, hombre pobre) un gitano duro y violento que no se anda con hostias.

Vigil maneja muy bien un guión lleno de secretos, grandes giros de guión y una trama interesante, que va creciendo con sigilo y laberíntica, con esos personajes de toda índole que, a todos les une esa desmesurada ambición que los llevará a cometer los actos más viles y canallas. Por un lado, gentes con traje que dirigen el poder, empresarios y políticos, y por el otro, gentuza de la peor calaña que maneja los hilos de la droga en los barrios más deprimidos. Frente a ellos Q, ese enigmático escritor que parece llevar muy lejos su oficio e involucrarse demasiado en sus tramas. Quizás es esa parte la menos atractiva de la película, la trama del escritor, que sin ella, la película funcionará igual de bien, bien apoyada en la búsqueda incesante y maligna del tal Falconetti por dar con el empresario desaparecido, que no tiene fin, que cada vez va a más, sin camino de retorno, utilizando esa violencia seca, durísima y brutal para conseguir sus objetivos siniestros. Vigil comparte este viaje de su primer largometraje con algunos de sus colaboradores más fieles en el medio televisivo, desde los guionistas, hasta la luz de Isaac Vila, la edición de Josu Martínez, el sonido de Sergio Bürmann, y la incorporación a este equipo de la música de Zeltia Montes, que después de su grandioso trabajo en Adiós, de Paco Cabezas, sigue en el thriller asfixiante, muy negro y humano.

El silencio del pantano es un intenso y trágico descenso a los infiernos, jugando muy bien sus bazas, no da más de lo que pretende, y se centra en contarnos un relato lleno de poderes, miserias y terror en que la corrupción se ha convertido desgraciadamente en el mal endémico con el que se identifica el país. La película consigue una atmósfera y una ambientación digna de los grandes títulos del género como aquellos que se produjeron en EE.UU. durante la gloriosa década de los setenta, donde se daba buena cuenta de la sociedad y la política a través de los putrefactos tejemanejes del poder. La película de Vigil entra de lleno en los grandes títulos del cine español de los últimos años en el terreno noir, por su trama y aliento, bruto y violento, agrupando un excelente reparto encabezado por un digno Pedro Alonso como el escritor oscuro, el convincente José Ángel Egido como político corrupto, la inmensa Carmina Barrios como La Puri, los jóvenes Zaida Romero (vista en Carmen y Lola) y Àlex Monner, como patas de la gitana matriarca, y por último, un  extraordinario Nacho Fresneda dando vida a ese Falconetti, con esa cicatriz que el cruza la cara que ya lo define como lo que es, alguien violento y sin escrúpulos, brazo ejecutor de esta maraña de poderes en la sombra, siendo el gran acierto del reparto, un actor de raza y sangre capaz de hacerse con cualquier personaje. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Déjame caer, de Baldvin Zophoníasson

HERMOSAS Y MALDITAS.

 “Así que nos dirigimos hacia la muerte en el crepúsculo”

Francis Scott Fitzgerald

Magnea es una adolescente bien parecida, ejemplar estudiante y destacada deportista. Pero, cuando conoce a Stella, de su misma edad, de vida disoluta y peligrosa, y amistades poco recomendables, la vida de Magnea da un giro de 180 grados y todo se tambalea, introduciéndose en el sórdido mundo de las drogas y frecuentando una existencia degradante y periférica. Tercer largometraje de ficción de Baldvin Zophoníasson (Akureyri, Islandia, 1978) después de los interesantes Órói (2010) en el que describía la confusión de identidad de un adolescente gay. Le siguió La vida en una pecera  (2014) en el que ya tocaba los elementos de adicciones y vidas errantes relatando el miserable destino de tres vidas de Reykjavik. Hizo un alto en el camino en sendos documentales y series, como Case (2014) donde volvía a adentrarse en problemas sociales de adicciones y obsesiones, o Trapped, del mismo año, donde se centraba en el thriller para contarnos el desmoronamiento de un jefe de policía local. En Déjame caer sigue interesado en esas atmósferas turbias, oscuras y denigrantes donde nos cuenta el descenso a los infiernos de personas con vidas acomodadas y respetables, en este caso es la vida de Magnea que conocerá a Stella y todo su mundo cambiará de color, adentrándose en un infierno de graves consecuencias para la salud, su familia y su existencia, que se sumirá en un viaje sin retorno donde Magnea se convertirá en una toxicómana manipulada por Stella, como también describe la película en su arranque, donde la mencionada Stella obliga a Magnea a venderse por sexo con la intención de cobaya para desplumar al vejestorio de turno, instante que recuerda a la película La carnaza, de Bernard Tavernier.

El cineasta islandés bajo un forma naturalista y enérgica, donde la cámara de Jóhann Máni Jóhansson, habitual colaborador del director, sigue sin descanso a los personajes, convirtiéndose en una sombra impertérrita que no solo nos describe los hechos de forma íntima y brutal, sino que funciona como un testimonio psicológico de la degradación, casi al minuto, de una adolescente, que parece vivir entre algodones. Peor, la película en su afán de retratar un mundo ajeno a la realidad cómoda y bien pensante, divide la narración en dos tiempos. En el primero, vemos a Magnea como va introduciéndose en el mundo de las drogas junto a Stella, describiéndonos todo ese universo de desfase en las fiestas, mentiras a los padres, los primeros “picos”, el sexo desinhibido y la manipulación de esos hombres más maduros que además de camellos son miserables que las convierten en una especie de concubinas a cambio de droga (en el que conforman un espejo de miseria con el personaje de Eik, la madre soltera que ejercía la prostitución den La vida en una pecera) y en el segundo, menos amplio que el anterior, seguimos a Magnea ya adulta y los desencuentros que mantiene con Stella, en el que la película se convierte en un relato de redención donde las cuentas del pasado siguen vigentes.

Zophoníasson filma un demoledor y crudísimo drama social sobre la juventud perdida y espectral de Reykjavik, alejándose de esa idea de país moderno y democrático que tanto se empeñan algunos gobernantes, lanzando proclamas muy alejas de una realidad que se oculta, pero que existe y se mueve entre las sombras, mutilándose las existencias y entrando en una espiral de drogas, sexo y violencia, de constantes humillaciones y perversiones inimaginables. El estupendo reparto de la película, haciendo mención especial al prodigioso y potentísimo trabajo de la joven Elín Sif Halldórsdóttir, que ya había estado en la serie Case, dando vida a la desdichada Magnea en su juventud, y la sobriedad de Eyrún Björk Jakobsdóttir haciendo de la pérfida Stella, bien acompañadas por su reflejo en la vida adulta con la presencia inquietante y brutal de Sólveig Arnarsdóttir como Magnea y Lára Jóhanna Jónsdottir como Stella, intérpretes que destilan muchísima naturalidad, oscuridad y cercanía.

El relato es sincero y directo, dentro de la incomodidad irrespirable que cuenta, aunque en algunos instantes puede resultar muy deprimente, la obra muestra toda esa crudeza y realismo sin tratar de ocultarlos, como vehículo necesario para mostrar una realidad que existe y se mueve y puede afectar a algunos de nosotros, en que interpela directamente al espectador, sumergiéndonos en un relato donde, siempre existe un resquicio, por menudo que sea, en el que hay un espacio para rendir cuentas con el pasado y quizás para ver la vida con otra mirada, aunque a veces cueste tanto. Un drama social de carácter y abrumador, que en algunos momentos se acoge a las narrativas del documental, también muestra la historia de una amistad, la de Magnea y Stella, con sus idas y venidas, con sus momentos de fura y amor infinito con otros menos complacientes, donde la verdad y la mentira parecen confundirse y alejar a las dos amigas, aunque quizás muchos pensarán que su “amistad” es producto de la manipulación de una sobre otra, de cómo el tiempo a veces coloca las cosas en su sitio, y la perspectiva de las cosas va cambiando la textura y las formas, y los no futuros de dos jóvenes yonquis puedan cambiar tanto que puedan cambiar de vida o simplemente, llevar una vida con más dignidad y alejándose de esos tiempos oscuros y malvados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA