La enfermedad del domingo, de Ramón Salazar

EL ABISMO DEL PASADO.

“Me veo en ella”

Dos imágenes separadas en el tiempo, dos imágenes por las que han pasado casi cuatro décadas, estructuran y encierran el cuarto largo de Ramón Salazar (Málaga, 1973). En una de ellas, observamos una niña de 8 años, mirando a través de la ventana en una tarde de domingo, esperando que vuelva su madre. En la siguiente, 35 años después, vemos a la madre, de espaldas, sumergida hasta la cabeza, en un lago en mitad de un bosque. Dos instantáneas que separan, se mezclan y condensan una relación compleja que se rompió hace 35 años. Aunque, el pasado, caprichoso y juicioso, volverá con una extraña petición, un encargo que devolverá al futuro a aquel tiempo que parecía lejano, de lado, cómo se quisiera borrar, como si jamás hubiera existido. Salazar compone un brillante y oscuro drama íntimo, donde encierra en las paredes de un bosque fronterizo, en el que convoca al pasado, encarnado en Chiara, aquella niña que miraba por la ventana, y el presente, que da vida Anabel, aquella madre que no volvió y abandonó a su hija.

El tiempo las vuelve a juntar, un tiempo indefinido, un tiempo sin tiempo, un tiempo de miradas y gestos, donde las palabras ya no tienen sentido, o quizás, es muy difícil saber qué decir, como explicarse, porque ya no hay tiempo para eso, sino para compartir diez días con aquella hija que dejó, y en un sitio alejado de todos y todo, donde apenas hay cobertura, un lugar de paz, sosiego y calma, porque las tormentas emocionales que surgirán invadirán esa atmósfera rural, ese ambiente casi sin tiempo, sin nadie, un espacio para ellas solas, todo aquel que no han vivido en tantos años de desesperación. Salazar ha compuesto en la película un viaje a las emociones desde un prisma diferente a sus anteriores trabajos, películas que se movían en tramas corales, donde una serie de personajes se entrecruzaban en ambientes urbanos, donde las emociones surgían para atraparlos, en el que exploraba aspectos como la soledad, la identidad y la infelicidad en los tiempo actuales, en el que sus personajes imaginaban y se transportaban en sueños a lugares diferentes y más amables, en los que realmente eran ellos mismos y los miedos e inseguridades desaparecían.

En La enfermedad del domingo, el universo onírico deja espacio a la cruda realidad, a solamente dos almas en tránsito, dos personajes, madre e hija, que tienen mucho que decirse, aunque les falten tanto las palabras, pero encontrarán la forma de hablarse sin palabras, comunicarse y acercarse, encontrarse en mitad de esa casa en mitad de ese bosque, de ese lugar sin tiempo, a través de sus miradas, sus emociones, porque no resulta fácil condensar en diez jornadas 35 años, un tiempo de abandono, un tiempo de carencia emocional, un tiempo que fue otro tiempo, un tiempo en el que sus vidas no compartían, no estaban, no eran, la madre, alejada y con espacio para olvidar, y la hija, reconstruyéndose a sí misma, creciendo sin esa figura maternal que ya no estaba, recomponiéndose y extrañándose de una vida rota, una vida incompleta, como cuando alguien arranca a una persona de una foto que ya no quiere ver y sentir.

Anabel y Chiara, las inmensas Susi Sánchez (que vuelve a trabajar con Salazar) y Bárbara Lennie, en dos apabullantes y magníficos trabajos convertidas en dos almas perdidas y desamparadas en ese bosque crepuscular, donde una, la madre, ha perdido su ambiente sofisticado y elegante que da el dinero, para despojarse y desnudarse frente a su hija, su pasado, su abandono y sobre todo, a la mujer que fue, a ella misma, y la hija, que vuelve, que desea compartir con su madre, porque ya no sabe quién es, ni ella misma sabe en quien se ha convertido. Dos mujeres que nos recuerdan a aquellas Charlotte y Eva, también madre e hija en Sonata de otoño, y en su difícil y áspera relación, o a Becky del Páramo y Rebeca, también madre e hija en Tacones Lejanos, y su terrible relación de amor y odio. (Des) Encuentros y sus conflictos en los que tanto Bergman como Almodóvar analizaban desde la fragilidad de las emociones, y la distancia que a veces se construye con los más cercanos.

El cineasta malagueño construye un poema sensible casi sin palabras, a través de una sofisticada y elegante mise-en-scène, donde brilla con fuerza la maravillosa y sombría fotografía de Ricardo de Gracia (que ya estuvo en 20000 noches en ninguna parte, la anterior película de Salazar) o el inmenso trabajo de arte de Sylvia Steinbrecht, en el que los objetos y el atrezo rememoran ese pasado oculto que el personaje de Anabel había intentado olvidar sin conseguirlo, y el exquisito montaje de Teresa Font (la editora de Vicente Aranda) dando ese tiempo para que los (des) encuentros entre madre e hija se saboreen y se retroalimenten, creando ese universo sin tiempo y sin lugar, un espacio indefinido y casi onírico, pero con su cruda realidad, en el que cohabitan madre e hija, donde el abandono y la maternidad aflorarán y se discutirá a través de las emociones complejas y diferentes de ellas dos. Salazar ha construido un cautivador, tenso y áspero poema visual y emocional, donde una madre y una hija se reencuentran, vuelven a aquel pasado que ninguna ha podido olvidar, ese tiempo que se cruza frente a ellas, frente a su pasado oscuro, a aquel instante perdido en la lejanía de domingo por la tarde, cuando una niña miraba por la ventana esperando a una madre que nunca volvió (o cómo decía Umbral: nunca un niño envejece tanto como en un tarde de domingo) deberán enfrentarse aunque no lo deseen, aunque no tengan fuerzas y no les salgan las palabras, deberán mirarse la una a la otra y (re) encontrarse, mirarse detenidamente, y quizás, abrazarse, porque tal vez el tiempo que las ha vuelto a unir ya no es el mismo, ha cambiado, es diferente, es otro.

Algo muy gordo, de Carlo Padial

LA SOLEDAD DEL CREADOR.

En una de las secuencias que estructuran la inclasificable, demoledora y satírica Holy motors (2012) de Leos Carax, su protagonista que, adopta diferentes personalidades a lo largo del metraje, entra en una nave industrial y después de enfundarse un traje ceñido de color verde con numerosos puntos de referencia para capturar imágenes generadas por ordenador (CGI) comienza una serie de movimientos en solitario. En un momento dado, se une una mujer que, sin tocarse, se suma a sus movimientos en una coreografía al unísono. Inmediatamente después, vemos las imágenes generadas en pantalla donde si hay contacto físico y la correspondiente escena sexual. La tercera película de Carlo Padial (Barcelona, 1977) es una suerte de fábula de la imagen capturada por ordenador en la que nos adentramos en la realización de la comedia más ambiciosa de la historia llena de efectos especiales de última generación. Algo muy gordo sigue los parámetros, tanto argumentales como formales, de  sus anteriores trabajos, Mi loco Erasmus (2012) su debut que, seguía las andanzas de un artista que pretendía realizar un documental sobre los estudiantes extranjeros en Barcelona, y su segunda película, Taller Capuchoc (2014) una peculiar aventura de un escritor que conseguía ganarse la vida realizando un taller literario.

Padial es un artista multidisciplinar, también es autor de varios libros, cortometrajes, director de web series, donde ha creado una filmografía a contracorriente de lo establecido, una serie de trabajos audiovisuales donde hace gala de un irreverente humor, crítico, incómodo y alejado de modas, una suerte que el crítico Jordi Costa acuño como post-humor, definido por él mismo como “La comedia donde la obtención de la risa ya no es la primera prioridad. Es un humor que puede primar la incomodidad, el malestar por encima de otras cosas. Puede servir para hacer comentarios sociales, políticos o puramente filosófico”. Un humor diferente, catártico y genial que, a veces puede irritar, y en cambio otras, resulta genial. Un humor practicado por Buster Keaton o Jerry Lewis (una fuente de inspiración en la película como esa idea de mostrar las entrañas de los procesos cinematográficos) que en nuestro país tiene a referentes como Gila, Tip y Coll, Faemino y Cansado, Rubianes, Eugenio, etc… testigo que han recogido gente como Muchachada Nui, Carlos vermut y Venga Monjas, Juan Cavestany, Canódromo abandonado, Ignatius Farray, etc… Todos ellos practican un humor no humor, un humor que mezcla elementos muy alejados como el absurdo, satírico, esperpéntico, crítico, cotidiano, burdo,  feo, disparatado o aquello más elemental, pero sin caer nunca en lo grosero, armas contra ese humor correcto y convencional, y sobre todo, expandir el humor como resistencia entre tanta vulgaridad.

Algo muy gordo sigue ese humor o no humor, en una película que no deja títere con cabeza, que va a degüello con todo y todos, convirtiéndose en un gran paso hacia delante en la filmografía de Padial, una película con el espíritu del low cost de sus anteriores películas pero con el armazón de una producción convencional, escrita junto a Berto Romero, un humorista mainstream, pero aquí llevado a tumba abierta a una parábola sobre la creación artística y las formas de construcción cinematográfica, tanto físicas como emocionales, porque la película podríamos definirla como una especie de documental sobre el rodaje de una película. Un making of de una película que nunca veremos (de argumento tan estúpido como en el que Berto volverá al colegio porque no tiene el graduado y vivirá una serie de peripecias que van desde el drama, la comedia, el thriller o la ciencia ficción, ahí es nada) asistiremos y observaremos las entrañas de un rodaje y todos sus intrincados métodos creativos, pero todo se construye mediante una ficción, las diferentes personas que vemos en la película-rodaje ensayo error, no son Berto Romero o Carlo Padial, éstos interpretan otros personajes con su mismo nombre, desde Berto, el cómico que quiere dar un giro a su carrera realizando una película de CGI, como el personaje de Carax, donde todo lo interpreta él, embutido en un ridículo traje negro lleno de puntos dorados de referencia, y colgado de un arnés para generar esas secuencias en solitario, o en otras ocasiones, con atrezo simulado, como ese momento rodeado de enanos que hacen de niños en un baile absurdo, etc…

Padial interpreta a ese director que no sabe comunicarse ni generar ideas para su película, un tipo hermético, obsesivo y siniestro que, se mueve por el set con un aire de misticismo. Y los demás intérpretes juegan a ser una versión patética y cutre de ellos mismos, de ese mundillo de lo artístico con tanta impostura, donde se mofan de ellos mismos, y de la estupidez y esnobismo que, encierran en muchas ocasiones los procesos del mundo artístico. La película sigue al equipo mientras filman la película en sus conversaciones y conflictos, la mayoría de un sinsentido abrumador, hablan y hablan sobre secuencias que no filmaran y momentos que tampoco incluirán en el filme, todos opinan, todos deciden, pero sin saber muy bien el qué y sobre todo, para qué. Padial vuelve a crear un absurdo universo de egos, de patetismo y soledades, filmando a esos personajes fracasados y egoístas que pululan en sus trabajos, tipos de pobreza creativa que, en cambio, se sienten marginados por la sociedad que no logra entender su arte ni a ellos mismos.

Resultan brutales la secuencia de Miguel Noguera (habitual en la carrera de Padial) donde discuten sobre un salto después de una explosión, en un tono de seriedad y absurdidad en el que todos los implicados dicen la suya y a cual más gorda, y aquella otra en que falla la explosión del único automóvil que tienen. Padial que cuenta con un espectacular reparto desde Carlos Areces (uno de los ex muchachada) Carolina Bang, Javier Botet, entre otros,  tiene en Berto su más fiel escudero para transmitir esa sensación de soledad, vacío y estupidez que genera un rodaje de estas características, en el que el actor tiene que lidiar él solo con las secuencias, sin la réplica del compañero, experiencia que le llevan a sentirse muy frágil, lleno de incertidumbres y sobre todo, un alien en medio de la nada, en el sindiós que es el rodaje, y las comprensibles dudas sobre la presumiblemente película que están creando, porque Padial no sólo habla de los complejos procesos creativos, y todo ese mundillo que lo rodea, sino de la imposibilidad de materializar aquellas ideas del artista, sobre el humor, la vida y demás, sobre la soledad que se enfrenta el creador, y el fracaso que lo acompaña a lo largo de su carrera, porque hay ideas que no son posibles de realizar en el mundo creativo existente e inexistente, por diferentes y arduos motivos que se escapan de nuestro alcance.