La suite nupcial, de Carlos Iglesias

EL INFIEL, LA AMANTE Y SU MUJER.

“Los hombres jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran”.

Fidel es un hombre entrado en los sesenta con una vida de lo más normal y anodina junto a su esposa, quizás esa desesperante calma y aburrimiento ha encendido sus alarmas internas, y mira tú por dónde, ha ligado, casi sin quererlo, con una compañera del trabajo, la tal Marisa, atractiva y muy sugerente, y cabeza loca, y como se suele decir, se ha liado la manta a la cabeza y se han montado un fin de semana en Toledo a tutiplén, incluida la Suite Nupcial, pero como les ocurría a los pobres diablos que poblaban aquellas películas cómicas de los sesenta y setenta españolas, las cosas no resultarán según lo previsto, y los conflictos, tanto internos como externos, y visitas inesperadas muy incómodas lo complicarán todo. La suite nupcial arrancó como obra teatral escrita por Carlos Iglesias (Madrid, 1965) y dirigida por Sigfrid Monleón, que tuvo una gran acogida representándose durante 26 fines de semana en Madrid.

Ahora, La suite nupcial da el salto a la gran pantalla incrementando su duración de 50 a 90 minutos, y situándonos casi en su totalidad en la famosa suite donde se hospedan el citado Fidel y Marisa, y cómo sucedía en el camarote de los Marx, también otros invitados de improviso, que para nada se les espera. Fidel quiere y necesita pegarse una canita al aire, pero como les pasa a estos hombres no habituados a tales menesteres, le asaltan las dudas, los miedos y el probable fracaso de no cumplir en la cama, dimes y diretes que le agobian, a más a más, las cosas se van torciendo y tendrá que lidiar con imprevistos que en muchos momentos lo superarán. Carlos Iglesias ha cosechado una carrera muy interesante como actor en el cine, teatro y televisión, donde ha trabajado con nombres tan ilustres como Luís García Berlanga, Mario Camus, Mariano Ozores, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Garci, José Luis García Sánchez, entre muchos otros, convirtiéndose en un intérprete muy popular gracias a su Benito de Manos a la obra.

En el año 2006 debutó como director con Un franco, 14 pesetas, en la que recogía la inmigración de sus padres en Suiza, film con el que cosechó críticas positivas y el favor del público, que tuvo una secuela ocho años después bajo el título 2 francos, 40 pesetas, en la que se centraba en las nuevas generaciones nacidas en Suiza Entre medias, rodó la ambiciosa Ispansi (Españoles) del 2014, donde en mitad de la Segunda Guerra Mundial con los nazis invadiendo la URSS, ocurría un relato íntimo y personal con una mujer huida de España y un comisario comunista. Cinco años después de la segunda entrega de la inmigración Suiza, vuelve a ponerse tras las cámaras en una comedia actual, ligera, atractiva y con algo de mala uva, en la que habla de amor y sus líos, amable pero con amargura también, de esas historias que pretende hacer reír, aunque sea de manera agridulce, sumergiéndonos en las vicisitudes de alguien honrado pero deseando darle un giro a su vida, aunque sea leve, teniendo una aventurilla, como esos tipos trajeados de las películas americanas, pero claro, para eso hay que nacer o quizás, hay que creérselo a pies juntillas, no dudar, no sentirse como un delincuente entrando de madrugada a un chalet para robar, con esa sensación de estar haciendo algo terrible, todo eso sufre el desdichado Fidel.

Fidel tampoco encontrará compañeros de viaje que le faciliten el trago, como esa gobernanta del hotel muy entrometida e impertinente (en la piel de una convincente Eloísa Vargas, compañera y cómplice en el cine de Iglesias) la amante Marisa, en la flor de la vida, del animal sexual y más (con una alocada, atractiva y de carácter interpretada con naturalidad por Ana Arias, conocida por la serie Cuéntame cómo pasó) y parar rizar el rizo, la aparición de la esposa, una sevillana abrumadora y muy salada en la piel de una extraordinaria Ana Fernández, que repite como cónyuge después de la experiencia de Abuelos. Y si la cosa no sabía liado lo suficiente, el pobre Fidel se irá tropezando por Toledo y en el hotel con un amigo común que también conoce a la esposa, con el aspecto de José Mota, con ese aire de no enterarse de nada y metiendo la pata, muy a su pesar, más bien por desconocimiento en este soberano lío que nos propone Iglesias, con las agradables presencias de Santiago Segura, Roberto Álvarez y la veterana María José Alfonso.

Fidel decide coger su último tren sexual, demostrándose a sí mismo que todavía puede resultar atractivo a una joven como Marisa, pero sin quererlo, acabará tomando no un Ave, sino un tren borreguero lleno de inseguridades, miedos e incertidumbre, y acabará deteriorándose muchísimo más, incrementando sus dudas, su nerviosismo, sus mentiras y sobre todo, dejando al descubierto todas las miserias de su existencia, que podría extrapolarse a muchos hombre de esa edad que, en este instante quieren marcarse un finde de hotel en la Suite Nupcial con una jovencita. Iglesias recoge el guante de esas comedias de Mariano Ozores donde hombres casados del estilo de Fidel se lanzaban a la aventura de sentirse deseados por jovencitas suecas u de otro calibre, y se daban de tumbos, porrazos y demás desdichas para acabar como siempre, o quizás más solos y tristes, con esa vida marital de casa al trabajo y los fines de semana al apartamento de la playa o la sierra. También tiene ese look de comedia sofisticada, que funciona mejor cuando el lío se desata y la cosa se torna una jauría de locos y locas simulando y mintiéndose mutuamente, aunque esa apariencia de tipo seguro y gentleman que pretende ser a toda costa Fidel, que raras veces lo acaba consiguiendo, acaba siendo un bluf por tantas dudas y miedos que atenazan a Fidel, un pobre tipo, si, pero como la mayoría de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Abracadabra, de Pablo Berger

¡ESTÁS BAJO MI PODER!.

“Tus ojos pesan… Tienes sueño, mucho sueño…”

Uno de esos barrios cualquiera del sur de Madrid, uno de esos espacios periféricos quebrados por alguna carretera de circunvalación que dosifica la gran urbe, uno de esos barrios con edificios colmena sin fin atestados de pisos y miles de historias, cafeterías en las que los cafés con leche y porras son lo más demandado por la concurrencia,  donde se ve mucha tele, hay matrimonios que fingen quererse y hay adolescentes enteraos llenos de pircing, además, se suele comer frente a la tele comiendo riquísimas tortillas de patata con cebolla o algo frito para variar. En este ambiente, tan cotidiano y mundano, sitúa Pablo Berger (Bilbao, 1963) su tercer largo, un ambiente muy propio de su cine, como ya dejó claro en sus interesantes cortometrajes, antes de debutar en el 2003 con Torremolinos 73, comedia esperpéntica ambientada a principios de los 70 en mitad del tardofranquismo, donde una pareja desdichada se dedicaba al porno casero para salir de sus aburridas y precarias existencias, le siguió, casi una década después, Blancanieves (2012) una película completamente diferente, filmada en blanco y negro, muda, que recreaba el cuento de los Grimm ambientándose en la España cañí de los 20. Cinta que acumuló un gran éxito, tanto de crítica como de público.

Ahora, llega con un filme en las antípodas del anterior, como una vuelta de tuerca, algo así como el reverso tenebroso del espejo, acercándose más al paisaje de la España de barrio y cutre de sus cortos, y que también pululaba por su opera prima. El conflicto a priori parece bastante disparatado y también, delirante, a saber, un tipo, Carlos, albañil, rudo y de malos modales con los suyos, se desvive por su Real Madrid, y anda a la greña constantemente con su mujer, Carmen, una bondadosa que se desvive por él, y aguanta y aguante, se encuentra deprimida y vacía, aunque ella no lo sabe. Y la hija de ambos, adolescente en plena revolución hormonal, que se cree mucho y no llega a nada, propio de la edad. Pues eso, un día van de boda, un sobrino de ella, y durante el convite, Pepe, primo de ella, aniñado, de ropa ochentera, enmadrada y secretamente enamorado de su prima, aunque ellos lo saben, pues que Pepe, guardia de seguridad de profesión, pero mentalista de sentimiento, hipnotiza a Carlos y parece que algo sale mal, y desde ese instante, Carlos se comporta de manera diferente, tiene alucinaciones y todo empieza a irle mal, aunque su mujer empieza a sentirse muy atraída por la nueva personalidad de su marido o quién sea.

Carmen y Pepe, con los sabios consejos del Dr. Fumetti, mentor de Pepe y aprovechado en todo lo que se menea, se lanzan a una aventura que les llevará por una cafetería de la Gran Vía, al barrio de Carabanchel a desenterrar a un fiambre, a una sala de fiestas a bailar desenfrenadamente o a un salón de fiestas que oculta un pasado siniestro. Berger construye una película casi atemporal (exceptuando el partido de fútbol actual) donde la gente viste muy de ahora, pero también, muy ochentera, sobre todo, Pepe, que parece Pepito Grillo, el que siempre está ahí para lo que haga falta. El cineasta bilbaíno navega por diferentes géneros, creando un batiburrillo que salta sin complejos y con mucho acierto, de un género a otro, de forma sencilla y honesta, sin aspavientos ni filigranas técnicas, casi de una secuencia a otra, creando ese viaje lunático y muy disparatado, con momentos delirantes, que nos lleva desde la comedia negra, el costumbrismo social, el policíaco de investigación, lo fantástico, o el terror (el momento Villagrán mostrándose el piso del muerto es impagable) o los momentos más absurdos (como el piso naif de Javivi, donde se juega a los enredos inequívocos), aunque todo ello para descubrirnos una historia de amor, una de amour fou, una historia bonita y emocionante, donde una mujer, de vida deprimente, redescubre a alguien, que se parece a su marido, y vuelve a ilusionarse, aunque ella misma tenga la cabeza hecha un lío.

Berger vuelve a construir un relato desde lo femenino, como hiciera en sus anteriores trabajos, casualmente, otra Carmen, la de Torremolinos 73, tomaba las riendas para llevar a cabo su sueño, en Blancanieves, eran la madrastra, interpretada por Maribel Verdú, y la protagonista, la que rivalizaban durante todo el metraje. Ahora, es el turno de Carmen, una mujer de cuarenta y tantos, de buen ver, que hará lo imposible para recuperar a su marido de ese espíritu maligno o no que se apoderado de él. El cineasta vasco se inspira desde la comedia clásica hollywoodiense que le dio al terror una forma de comedia fantástica donde los espíritus burlones y las brujas mágicas hacían de las suyas, o más cercanos, desde la literatura esperpéntica y social de los maestros, o las comedias negras escritas por Azcona, o incluso el cine de Lazaga, con sus comedias costumbristas que daban buena cuenta de una idiosincrasia española reprimida y apocada, que buscaba en el sexo con las turistas una manera de abandonar sus vidas tristes y grises, y reencontrarse, en cierta manera, con algunos de sus sueños olvidados, o ciertos aires de algunas películas de Woody Allen con sus comedias fantásticas combinando amor e hipnosis.

Berger vuelve a contar, en su mayoría, con el equipo técnico que tan buenos resultados le dieron en Blancanieves, con la fotografía de Kiko de la Rica, una luz de colores saturados que refleja al detalle esos ambientes cutres, cotidianos, con buses atestados y olor a fritanga. Alain Baineé en el arte, con esos ambientes recargados de objetos, tanto actuales como ochenteros, Paco Delgado en el vestuario creando esos figurines de ropa de oferta de los chinos, sin olvidar la bisutería de pega, mezclado con los colores vivos y llamativos que leva Pepe, el montaje elegante y sutil de David Gallart, y la música tenue y fantasmagórica de Alfonso Vilallonga, acompañada de una score heterogénea, recogiendo el espíritu que respira toda la película, en la que también escuchamos el imprescindible “Abracadabra” de la Steve Miller Band (en un momento brutal del filme con un pedazo de baile incluido) Mike Olfield (banda musical que acompaña los shows domésticos del “mentalista” Pepe) y otros, como 10cc, Camilo Sesto o La Zowi, entre otros…

Una película cómica, pero también elegante y sofisticada, convirtiéndose quizás, en el mejor título de su director, o al menos, en el trabajo que más recrea ese mundo que bebe de la idiosincrasia tan recurrente en su cine, donde combina un reparto ejemplar que brilla a gran altura con un Antonio de la Torre, totalmente desatado en un personaje volátil que unas veces es un gilipollas y otras, el marido perfecto, Maribel Verdú, en otro personaje de gran riqueza en su altura, como los de Amantes o Belle Epoque, sugiriendo los diversos matices y emociones que respira su personaje de ama de casa por obligación que desea ser feliz, aunque sea por un leve suspiro, el buen hacer de José Mota que crea una interpretación magistral de Pepe, ese primo, algo pirado, endeble, y ciegamente enamorado que hará lo que sea por ayudar a su prima-amor, Josep Maria Pou recreando el maestro mentalista, muy esperpéntico y grasiento, que parece salido de algunas de las comedias de Valle-Inclán, que ejerce de cara dura y atento a las necesidades ajenas, las breves y estimulantes apariciones de dos veteranos como Ramón Barea y Saturnino García, y finalmente, el paisaje de barrio que se respira en toda la película, ejerciendo como guía y antena de las miles de historias de gente cotidiana, ordinaria y mundana que se mueve por esos lugares, que al fin y al cabo, sólo desean lo que todos los mortales, querer y que alguien los quiera, sólo eso, aunque a veces, ese sentimiento, es jodido de conseguir.