Encuentro con Jan Svankmajer

Encuentro con el cineasta Jan Svankmajer, con motivo de la concesión de la medalla como miembro de Honor de The Raymond Roussel Society, con la participación de Esteve Riambau (Director Filmoteca) Jaromir Kallista (productor) Joan Bofill-Amargós (Presidente y cofundador The Raymond Roussel Society), Thor Halvorssen y Hermes Salceda (Cofundador y miembro del board de The Raymond Roussel Society, respectivamente), Joan Marimón (guionista) y Stanislav Skoda (Representante Embajada Checa en España y Director del Centro Checo Madrid).El encuentro tuvo lugar el jueves 27 sseptiembre de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jan Svankmajer, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández

Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, directores de la película “Mudar la piel”. El encuentro tuvo lugar el martes 2 de octubre de 2018 en el domicilio de los directores en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas y Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a David Gutiérrez Camps

Entrevista a David Gutiérrez Camps, director de la película “Sotabosc”. El encuentro tuvo lugar el jueves 4 de octubre de 2018 en la Librería Laie de Pau Claris en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Gutiérrez Camps, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Jordi Rovira y Xavier Baig

Entrevista a jordi Rovira y Xavier Baig, directores de la película “Eugenio”. El encuentro tuvo lugar el martes 2 de octubre de 2018 en la oficina de la productora REC produccions en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a jordi Rovira y Xavier Baig, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ot Burgaya de El documental del mes, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Cold War, de Pawel Pawlikowski

UNA CANCIÓN DE AMOR DESESPERADA.

“El amor es el amor y no se puede hacer nada”.

La primeras imágenes de la película nos remiten al cine documental, en el que su protagonista viaja a bordo de una camioneta por las zonas rurales de una Polonia de posguerra ruinosa y fría. Un viaje en el que se dedican a grabar las canciones populares de los campesinos, en que la cámara filma esa inmediatez y fisicidad de los lugareños, imágenes en las que Pawlikowski impone tantos años de experiencia en el documental. Luego, Wiktor, el protagonista del relato, junto a Irene, realizarán un casting donde buscan voces y bailarines entre los campesinos. En una de esas pruebas, quedará prendado de Zula, una enigmática rubia, de carácter y pasado oscuro. Entre los dos, sin que ellos mismos puedan remediarlo, nacerá una intensa y desesperada historia de amor, entre idas y venidas, que abarcará desde el año 1949 hasta el 1964. Pawel Pawlikowksi (Varsovia, Polonia, 1957) había instalado su filmografía en retratos de personajes de naturalezas y personalidades distintas en que las circunstancias los llevaban a relacionarse con todo lo que implica el choque entre dos mundos antagónicos.

Después de algunos títulos interesantes y dotados de personalidad, irrumpe con fuerza en el panorama internacional con Ida (2013) una película que lo devolvía a su país y a su idioma, en un exquisito y elaborado blanco y negro y el formato de 1: 1’33, nos contaba una sobria y amarga historia, con reminiscencias a Viridiana, de Buñuel, donde una novicia descubría su oscuro pasado familiar en la Polonia de los años sesenta. Cold War se sitúa una década anterior, en los cincuenta, y también adopta la plasticidad minuciosa y elegante del banco y negro y el formato cuadrado, para contarnos una historia dura y bella sobre dos amantes en un amor imposible en tiempos de desolación y grises. Viktor y Zula son la pareja de enamorados basados en los padres del director, a los que dedica la película, y en esos amores que se aman y se separan y vuelven a reunirse a lo largo de 15 años, unas veces por sus caracteres diferentes, otras, por las circunstancias políticas que les condicionan terriblemente, y en algunas, por caprichos del destino.

El cineasta polaco sitúa su trama en esa Europa de posguerra, con los dos bloques del este y oeste bien diferenciados, con esa Polonia militarizada y controladora, pasando por el París bohemio y divertido, aunque también, dificultoso para vivir, el Berlín oeste con su libertad, pero imbuido en el miedo, o la Yugoslavia socialista, donde nadie está a salvo de nadie. La película nos habla de una Europa herida y en reconstrucción, donde no hay lugares realmente buenos para vivir, donde todos tienen algo positivo y también, negativo, algunos más que otros. Las diferentes tonalidades de blanco y negro que opta la película describen con naturalidad y sobriedad las diferentes atmósferas que se respiran en uno y otro país, teniendo más contrastes entre la Polonia de tonos grisáceos con ese París libre y musical, donde parecen que las canciones suenan de otra manera. Pawlikowski nos cuenta los amores de Viktor y Zula mediante la música, rodeados de tantos temas que según sus diferentes estados de ánimo y la situación de su amor, nos lleva a sentir una cosa u otra, como por ejemplo el tema “Dos corazones”, de Mazowsze, que escucharemos un par de versiones del mismo tema, como canción popular interpretada por una campesina en Polonia, para luego más tarde escucharla como jazz en los labios de Zula en París. Desde el folklore  polaco hasta los ritmos modernos como el rock, el jazz y demás.

Una imagen pulcra, oscura o etérea, obra de Lukas Zal (que también hizo la de Ida) con esos encuadres majestuosos, donde como ocurría en Ida, casi todo se reduce al primer tercio de la imagen, dejando vacíos los dos tercios restantes, para evidenciar aún más la soledad y desesperación que sienten los protagonistas, como le ocurría a Anna, la joven novicia. El cineasta polaco condensa tantos años en 89 minutos que nos llevan de un espacio a otro, y a un país a otro, con cuidadísimas elipsis, donde es tant importante lo que vemos como aquello que se nos oculta, pasando por diferentes atmósferas y estados de ánimo, donde tanto Viktor como Zula se sienten continuamente amenazados por circunstancias tan adversas, donde el poder político era inmenso, donde la falta de libertad propia y ajena era el común denominador, en el que nada ni nadie se encontraba a salvo en un mundo con miedo, receloso y ruinoso, tanto físicamente como emocionalmente, donde unos y otros luchaban encarnizadamente por liderar los cambios del nuevo orden político, social, económico y cultural.

Pawlikowski se ha rodeado de buena parte de sus colaboradores habituales, muchos de ellos ya estuvieron en Ida, como el mencionado cinematógrafo, los diseñadores de producción Katarzyna Sobanska y Marcel Slawinski, la productora Ewa Puszczynska, y algunos de sus intérpretes como Joanna Kulig que ya estaba en Ida, y ahora da vida a la desdichada y cambiante Zula, bien acompañada por Tomas Kot como Viktor, y a su lado, Agata Kuleska que hace de Irene, y en Ida interpretó a la malvada y déspota tía de la protagonista, y la presencia del director francés Cédric Khan dando vida a otro cineasta parisino, y Jeanne Balibar en un breve pero interesante rol. Cold War, contundente y revelador título para una película de garra y fuerza, tanto plástica como argumentalmente hablando, en la que encontramos a uno de los cineastas europeos más interesantes del momento, con una gran personalidad como autor, que describe con aplomo y detalle de cirujano esos años oscuros de posguerra donde Polonia y sus ciudadanos debían resurgir de pozos muy oscuros para moverse y respirar en un país ruinoso que imponía un orden estricto y férreo, que dejaba a sus habitantes vacíos y encarcelados en vida.

Ánimas, de Laura Alvea y José Ortuño

TÚ NO DEBERÍAS ESTAR AQUÍ.

Una de los elementos que más decepciona en las películas de género, sobre todo en el thriller psicológico, no es su desarrollo, sino su desenlace, quizás el apartado más complejo y difícil, presumiblemente son relatos llenos de intriga, donde se crean atmósferas inquietantes, y unas tramas enrevesadas, sí, pero interesantes, es en el momento de cerrar la película cuando todo el entramado argumental cae estrepitosamente y en la mayoría de los casos, salvo contadas excepciones, nos encontramos con resoluciones vacías, inverosímiles y sobre todo, facilonas, que de ningún modo están a la altura de lo que acabamos de ver. Ánimas tiene la estructura de film de género de terror, de corte psicológico, donde abundan las referencias, de las que no escapa ni oculta, en la que entrelaza de manera intensa una trama sencilla, de pocos espacios y realmente muy inquietante, que deja para el final la resolución de su madeja, pero en ningún momento, cae en ese final poco creíble, se le podrá reprochar algún pasaje algo embarrullado y extraño, pero su desenlace está a la altura de lo contado, dejándonos realmente muy satisfechos con su cierre.

Ánimas es el segundo trabajo del tándem formado por Laura Alvea (Sevilla, 1976) y José Ortuño (Sevilla, 1977) después de The Extrarodinary Tale of the Times Table (2013) su sorprendente e imaginativo debut, donde a través de un trama colorida que remitía a los cuentos infantiles, escondía un relato oscuro y tenebroso sobre ser padres y sus consecuencias. Ahora, los directores sevillanos, han cambiado de registro, pero sólo en apariencia,  encontramos que la forma y la atmósfera se han vuelto más oscuras e inquietantes, más fantásticas, donde abundan los juegos con el espacio, el sonido y todo aquellos objetos presentes o no. Aunque el color se haya apagado y todo se haya ensombrecido, y la comedia haya dejado pasó al terror, siguen contándonos un relato muy psicológico, protagonizado por dos almas inquietas que deberán hacer frente a sus miedos, el leitmotiv de las dos películas, para seguir con sus vidas y no detenerse a pesar de sus inseguridades. Estas dos almas son Álex, una adolescente segura y de fuerte carácter, y Abraham, un poco más joven, pero todo lo contrario de personalidad, como si fuese el reverso de Álex, ya que se trata de alguien inseguro e introvertido, debido a la mala situación familiar que tiene que soportar a diario con una madre enloquecida y un padre violento.

Alvea y Ortuño envuelven su película en pocos espacios, un par de viviendas, a cual más inquietante, con esa decoración propia de los setenta con empapelamiento de las paredes y objetos que remiten a un tiempo atemporal y difícil de definir, con los pasillos ominpresentes de un edifico en el que apenas se ven vecinos, y algunas escenas callejeras, situando sus momentos más álgidos en los espacios domésticos, sumergiéndonos en esa atmósfera oscura e inquietante, en el que dos adolescentes vivirán ese tiempo de transición, un tiempo de cambios trascendentales en sus vidas, donde dejarán de ser niños para convertirse en adultos, vivir sus propias vidas, tomar sus decisiones y coger las riendas de su existencia haciendo frente a sus conflictos interiores y exteriores. En la película predominan los colores verde y rojo, en la que crean ese ambiente claustrofóbico y agobiante en el que vive Abraham, donde parece que todas las salidas lo llevan a la soledad, aunque ahí estará Álex para echarle todos los cables que hagan falta, y acompañarlo en este aventura oscura e inquietante.

Los cineastas sevillanos optan por un universo plagado de múltiples referencias al género de terror, desde clásicos imperecederos como Psicosis (adoptando la mítica escena de la ducha) El resplandor (acogiendo la secuencia del baño y esos inacabables pasillos) Al final de la escalera (con esas escaleras y objetos que caen de ellas) o La profecía (en el que los juegos con la presencia del maligno son evidentes) y también, otros grandes nombres míticos del género como Carpenter (y su mítico coche) o la relación entre los niños de Déjame entrar, y muchos más que los espectadores fans del género irán descubriendo. Todas esas referencias, siendo evidentes en algunos casos, no lastran el contenido ni la forma de la película, sino que experimentan el efecto contrario, no creando el recordatorio nostálgico, que sería pernicioso para el resultado, sino dotando a su atmósfera de un juego de referencias que ayudan a dotar de carácter a su forma y fondo, creando un juego deformante de espejos laberínticos, en el que nada paraece lo que es, donde nos sumergimos de forma natural y concisa en aquello que se nos está contando.

Uno de los hallazgos de la película recae en su joven pareja protagonista, que como sucedía en su primera película, son dos actores desconocidos para la gran pantalla. Por un lado, tenemos a Clare Durant, la Álex de la historia, esa mujer de fuerte personalidad, mirada penetrante y gesto enérgico que se convierte en el contrapunto perfecto de Abraham, al que da vida Iván Pellicer, con su gesto apesadumbrado y mirada intensa y triste, bien acompañados por la sobriedad de Liz Lobato, la madre ausente de Abraham, la frescura de Chacha Chuang como la novia de Abraham, y las presencias de dos titanes como Ángela Molina, haciendo de psiquiatra, y Luis Bermejo como ese padre violento. Un buen y audaz cuento de terror psicológico con un inmenso trabajo del equipo técnico y artístico, sin casa encantada, ni fantasmas ni situaciones harto inverosímiles, sino una estupenda e interesante trama que nos habla de todos nuestros miedos, reales e imaginarios, de las dificultades y los fantasmas interiores de hacerse mayor, de entenderse a uno mismo, y sobre todo, de los extraños y complejos mecanismos para manejar situaciones emocionales propias y ajenas cuando todo parece desembocar hacia algo muy oscuro, terrible y atroz.

Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico Clavellino

QUERER ES DEJAR IR.

“La tragedia de la vida comienza con el vínculo afectivo entre padres e hijos”.

Yasujiro Ozu

Es invierno en Constantina, uno de esos pequeños pueblos donde apenas ocurre nada reseñable, como sucede en tantos, una pequeña localidad de la que sólo veremos algunas calles solitarias y el constante rumor de sus gentes, un lugar donde vive Estrella, costurera de oficio, junto a Leonor, su hija, que ha empezado a planchar en un taller. La armonía y la comprensión reinan en el piso que comparten, mientras la vida va sucediendo sin más, entre comidas y series recostadas una junta a la otra, mientras pasan las horas resguardadas en el brasero de gas de la mesa-camilla, en ese espacio pasan los días bien pegaditas, combatiendo el frío hibernal. Pero, toda esa aparente tranquilidad y sosiego de la cotidianidad instalada, se rompe, se resquebraja, todo contando de manera sutil, casi imperceptible, cuando Leonor tiene la necesidad de abandonar el nido familiar y vivir su propia vida. Su intención es ir a Londres, un lugar que imagina diferente, donde poder ser ella misma, y enfrentarse a las cosas vitales por sí misma (aunque al final sea para lavar platos o cuidar de niños). Leonor no sabe como decírselo a su madre, le cuesta, lo evita. La madre que vive siendo madre, deberá mirarse al espejo y descubrir quién es ahora que su hija ya no está en casa.

La puesta de largo de Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982) es una película íntima y personal, que nos sitúa en el espacio doméstico, donde la película se desarrolla casi en su totalidad, en el que nos habla de forma muy cercana, como si nos estuvieran susurrando al oído, las relaciones afectivas, no siempre suaves, de una madre y una hija. Dos personas que han creado un universo propio, en el que se han convertido en uno sólo, donde hay confidencias, intimidades y amor. La película nos mueve y emociona al ritmo que marcan las dos mujeres, moviéndose entre el reducido espacio, entre las paredes y las habitaciones de la casa, como esos encuadres donde vemos el cuarto de la hija desde el punto de vista del cuarto de la madre que se ubica enfrente, o ese plano frontal en el que madre e hija reposan sobre el sofá o apoyadas en la mesa mientras escuchamos el sonido de la televisión. La película construye en ese espacio doméstico toda la vida de estas dos mujeres, donde lo que sucede fuera parece no importar, el mundo sucede en esas cuatro paredes, en las cosas que comparten y en las miradas y gestos cómplices o esquivos, que tanto madre como hija se dedican.

Las dos mujeres se mueven por un ambiente cálido y sencillo, sólo roto por el sonido de la televisión, o esos otros sonidos más cotidianos y repetitivos como el de la máquina de coser, el de la máquina de plastificar al vacío el embutido o el del click del brasero al enchufarlo, en el que el magnífico trabajo de sonido de una especialista en la materia como Amanda Villavieja. Sonidos de ellas, de su vida, de sus relaciones, no siempre en línea recta, de las ausencias y las distancias que forman todo su universo. Esa luz velada, con todos grises y colores poco intensos, obra del reputado Santiago Racaj, forman parte del microcosmos familiar, en el que esos planos fijos y sobrios van desplazando el relato imprimiendo ternura y rechazo a esos espacios que forman la relación materno-filial. Con el conciso y depurado montaje de un experto como Fernando Franco, ayudan a convertir ese piso en caldo de cultivo de todas las relaciones visibles e invisibles que cuecen entre las dos mujeres.

Un relato estructurado en tres instantes, en el primero, seremos testigos de la unión y familiaridad entre madre e hija, en el segundo bloque, la hija se irá a Londres y viviremos el punto de vista de la madre, sentiremos el peso de la ausencia y la vida de Estrella sin su hija, su cotidianidad y sus emociones, donde tendrá que descubrirse como mujer y vivir de otra forma diferente, y por último, en el tercer tramo, el regreso de Leonor, en el que tanto madre como hija se volverán a reencontrarse mirándose de manera extraña, pero sabiendo que siempre habrá algo que las vuelva a reencontrarse, porque hay lazos que aunque se alejen nunca se rompen, porque la distancia más dura no es la física, sino emocional, un estado emocional que en ocasiones crea vínculos que, aunque el ser querido se halle lejos, siguen latiendo en el fondo de nuestra alma.

Las primorosas y sobrias interpretaciones de Lola Dueñas y Anna Castillo consiguen a través de lo mínimo lo máximo, a través de detalles y miradas consiguen que esa madre e hija, respectivamente, formen parte de nuestra familia, las encontremos cercanas, como si las conociésemos de toda la vida, cimentando con sumo cuidado y precisión todas esas relaciones soterradas que nos vemos a simple vista, pero están ahí, cociéndose a fuego lento, como si las emociones más importantes de nuestra vida, ocurriesen así casi sin darnos cuenta. Rico Clavellino ha construido una película sencilla y muy conmovedora, sin provocarlo ni echando mano a sentimentalismos, sino basándose en su mirada inquieta y curiosa de cineasta observadora que mira con atención todos esos pequeños detalles, a veces mínimos y muy frágiles, en los que se sustentan las relaciones materno-filiales, como hace con habilidad y sencillez el cine de Mike Leigh, donde todo el mundo ocurre en cuatro paredes. Una película que homenajea a todas las madres, a todas aquellas madres de sus hijos e hijas, que se desviven por sus primogénitos, pase lo que pase, y en las circunstancias que sean, porque no conoceremos un amor tan grande como el de una madre a un hijo o hija.