La verdad, de Hirokazu Kore-eda

SECRETOS Y MENTIRAS.

“Se miente más de la cuenta por falta de fantasía; también la verdad se inventa.”

Antonio Machado

Después de 13 películas filmadas y habladas en Japón, Hirokazu Kore-eda (Tokio, Japón, 1962) da el salto a la cinematografía francesa para rodar su primera película en el extranjero, en otro idioma y un equipo enteramente francés. Aunque aquí acaban los cambios, porque la decimocuarta película de cineasta nipón sigue la senda de su cinematografía, ese camino iniciado hace más de dos décadas en las que se ha sumergido en la realidad social, económica y política de su país a través de las intimidades familiares, a partir de una realidad intimista y sincera, explorando las dificultades que atraviesan muchos ciudadanos japoneses en su devenir cotidiano. Cine sobre familias sin perder de vista la situación social del país, un país de contrastes brutales, donde unos nadan en la abundancia, y otros, el universo de Kore-eda, existen con tremendas dificultades, echándole imaginación para ir tirando cada día. Un cine de verdad, inquieto, profundo y magnífico, que escarba en las miserias de una sociedad cada vez más deshumanizada y solitaria.

Kore-eda emprende su primera aventura lejos de su entorno para encerrarnos literalmente en una casa familiar en el centro de París, habitada por una actriz veterana llamada Fabianne que vive rodeada de hombres, su nuevo compañero, su agente y las visitas esporádicas de tanto en tanto de su ex marido. La publicación de sus memorias hace que su única hija Lumir la visite, una hija que no pudo seguir los pasos de su madre y se ocultó en la escritura para el cine, le acompañan su marido Hank, un actor estadounidense más dado a empinar el codo que a su carrera, y Charlotte, la hija pequeña de ambos. La “realidad” o no que cuenta el libro de memorias desatará un cisma entre madre e hija, porque entre madre e hija, como en todas las madres e hijas se esconden secretos ocultos y mentiras para adornar el pasado y hacer flexible el presente. Fabienne es egocéntrica, esquiva y soberbia, y una mujer dedicada a su trabajo, solo a su trabajo como actriz, rodeada de premios y recuerdos, muchos de ellos falsos o medias verdades, en apariencia nos recuerda a la Norma Desmond de Sunset Boulevard, aunque en el caso de Fabienne los productores y el público no la han olvidado y con sus más de setenta años sigue en la brecha.

Kore-eda nos plantea una película con varias capas y múltiples verdades, empezando por la relación distante y difícil entre madre e hija, entre una madre obsesionada por su trabajo que apartó a su hija, y una hija que reclama su derecho a conocer el pasado sombrío que acecha en su vida y tiene mucho que ver con una actriz del pasado, una actriz que vuelve al presente en forma de película que ahora en un remake hace Manon, una actriz que se le parece mucho, película en la que Fabienne hace el papel de su madre. Realidad, o podríamos decir, realidad inventada o falseada, según se mire, y ficción, la que desarrolla el rodaje de la película, que sirve de espejo del tiempo para madre e hija que sacará a relucir la oscura relación con aquella actriz joven desaparecida y la relación turbia que mantienen. La película tiene ese aroma de relación terrorífica entre la madre artista y la hija aspirante que no pudo ser, y el reencuentro para saldar cuentas pasadas y desenterrar secretos y verdades, como ocurría en obras como Secretos y mentiras, de Mike Leigh, donde una hija se reencontraba con su madre para buscar verdades, o la magnífica Sonata de otoño, de Bergman.

Kore-eda también ambienta su relato en otoño, en esa estación donde el verano ha quedado atrás y el invierno se va cerniendo sobre esa casa inundándolo todo, como si el otoño fuese el tiempo de tránsito capaz de hacer caer la piel o el disfraz que tantos años se ha impuesto, donde esa luz apagada y sombría obra de Eric Gautier (cinematógrafo que colabora entre otros con Zhang-Ke, Costa-Gavras, Assayas, o el desparecido Chéreau). Quizás la película del director japonés más afín a La verdad sea Still Walking (2008) en la que homenajeaba a la extraordinaria Cuentos de Tokio, de Ozu, pero a la inversa, donde el hijo y su nueva mujer visitaban a los ancianos, tanto en aquella como en esta todo se relaciona a través de una cotidianidad ligera y suave, marca de la casa del cineasta japonés, aunque ese tono encierra un pasado de armas tomar, un pasado inconcluso, fragmentado, con demasiados agujeros y secretos, reflejado en el tiempo presente de la película que servirá para mirarse al rostro y enfrentarse a todo aquello que inquieta a la hija, todo aquello que ha revelado el libro de Fabienne, contando a su manera la verdad, falseándola para que sea más amable, más cómoda, aunque éste llena de mentiras.

El inmenso plantel de intérpretes encabezados por las magníficas Catherine Deneuve y Juliette Binoche, que protagonizan este tour de forcé inmenso y brutal que tanto demanda la película, bien acompañadas por un Ethan Hawke, en ese rol de tipo despistado e infantiloide, pero también amable y amigo, la capacidad innata de la jovencísima actriz Clémentine Grenier haciendo de la hija y nieta respectivamente, Manon Clavel haciendo de Manon, esa nueva actriz tan parecida a aquella actriz del pasado que despareció, y el trío de actores mayores que tan bien saben interpretar esos personajes de reparto que agrandan la película con detalles y gestos. Kore-eda ha construido un relato bien armado y honesto, que conmueve y hace reflexionar, sin estridencias ni nada que se le parezca, intenso y estupendo, una película que se mueve entre el drama más intimista y cercano, con la comedia más ligera y desinhibida, contándonos el conflicto sin caer en sentimentalismos ni salidas de tono, todo va sucediendo como cuando caen las hojas en otoño, casi sin llamar la atención, imperceptible, sin escándalos, sin peleas, aunque todo está ahí, en el interior de esa madre y esa hija, lo que las une y separa sigue ahí, en lo más profundo del alma, esperando a desatarse y encontrar ese espacio donde la verdad sea verdad, y la mentira deje de alimentar esa verdad que no es cierta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Wonderland, de Keiichi Hara

NEKANE EN EL PAÍS DEL AGUA Y EL COLOR.

Nekane finge estar enferma porque no le apetece ir al instituto. Se ha levantado con un día espléndido, pero ella se siente triste y no sabe porqué. La idea de vaguear por casa se trunca cuando su madre le envía a recoger un encargo a la tienda de todo de su tía Chii, una mujer demasiado absorbente para la timidez y apatía de Nekane. Una vez allí, por casualidad, Nekane abre una compuerta secreta del que aparece el alquimista Hipócrates, un ser de otro mundo que le explica a Nekane que ella es la salvadora para el problema terrible que acecha su mundo, un mundo donde el agua está en peligro y eso provoca que el color desaparezca. El entusiasmo de la tía arrastra a Nekane a semejante aventura. El nuevo largometraje de Keiichi Hara (Tatebayashi, Japón, 1959) nos invita a sumergirnos en un viaje fantástico, basado en el libro Chikashitsu Kara no Fushigina Tabi, de Sachiko Kashiwaba, un viaje de consecuencias imprevisibles, un viaje que Nekane y su tía Chii harán junto a Hipócrates y su fiel Pipo, una especie de duende mágico fiel escudero del inventor.

Hara creador de Shin Chan, al que le ha dedicado serie y varias películas, ha saltado a la fama como obras como El verano de Coo (2007) en la que nos hablaba de la amistad sincera entre un ser de la mitología japonesa y un chaval en el Japón actual, en Colorful (2010) indagaba en un tema de gran impacto social como el suicido en su país, a través de la reencarnación y la búsqueda del motivo de alguien que termino con su vida. En Miss Hokusai (2015) rescataba la vida olvidada de una pintora del feudal japonés ensombrecida por su padre. En The Wonderland, vuelve a contar con Miho Maruo, su guionista habitual, para contarnos una película que no estaría muy lejos de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, en la cual una jovencita se interna por azar, en un mundo diferente al suyo, en un universo donde habitan arañas que controlan el espacio-tiempo, pájaros y peces gigantes, ovejas enormes que forman esferas perfectas, y personas como ella que viven aterrorizadas porque la falta de agua está convirtiendo su mundo en un espacio sin colores, en que la vida va desapareciendo y todos los seres se ven avocados al desastre total. Nekane es su salvación, alguien de otro lugar, alguien destinada a encontrar el antídoto contra aquellos que intentan atentar contra el agua como el oscuro Xan Gu y su fiel Doropo.

El cineasta nipón ha contado esta vez con el ilustrador visual ruso Ilya Kuvshinov, para imprimir un estilo visual magnífico e impactante, donde el color brilla en todo su esplendor, donde los personajes, perfectamente ilustrados y encantadores, nos seducen desde el primer instante, dejándonos llevar por esa magia fantástica que tienen las películas de animación japonesas, que tocan con maestría e intimidad cualquier conflicto, por muy arriesgado que parezca a simple vista, para hablarnos de enfermedades, suicido, depresión, aislamiento, miedo, etc… desde lo más profundo y sincero, sin caer en el sentimentalismo o las fórmulas mágicas, sino sumergiéndonos en el problema de una forma veraz y honesta. En The Wonderland, el conflicto radica en el agua, en su falta y sobre todo, en su mala gestión, en la que unos la quieren para sí, y de esa manera arrasar con todo este mundo, relacionando el agua como bien humano, y el color como la consecuencia de ese mundo que sin el preciado tesoro del agua desaparecería irremediablemente.

Como no podría ser de otra manera, entre los personajes impera el conflicto del pasado, de aquello que fueron de todo lo roto entre ellos, donde el presente y el conflicto del agua deberá resolver también muchos conflictos pasados que siguen abriendo las heridas sin cicatrizar. La inagotable imaginación del relato que nos cuentan, así como la gran variedad de espacios, a cada cual más increíble y fantástico, y la oscura relación entre algunos de los personajes, hacen de la película un gran puzle de variedad narrativa y formal, que no solo apabulla sino que también nos convierte en un personaje más de ese universo peculiar, lleno de fantasía, pero también de terror. Nekane al igual que Alicia pasa del estupor y el miedo del principio de su aventura a la decisión y la brillantez a medida que avanza la historia, convirtiéndose en un podríamos decir leitmotiv de mucha de la animación japonesa, donde el/la protagonista no solo se ve envuelta en una aventura de dimensiones grandes sino que también le sirve para crecer como persona, madurar y enfrentarse a los problemas de la vida adulta, envuelta en ese tiempo de tránsito donde deja de ser una niña para emprender la adultez, aunque sea a marchas forzadas.

Hara ha construido una conmovedora e intensa fábula ecologista, llena de humanismo, fraternidad, amor, aventura, color, negrura, drama, amistades de toda índole, que sitúa al agua como centro de la acción, convertida en el tesoro más preciado de la vida, en un elemento indispensable para vivir y sobre todo, en la fuente que da color, luz y alma a los habitantes del mundo. Quizás algunos echarán en falta algo de empaque emocional en el relato, pero no le resta ni un ápice de verosimilitud y tensión dramática, en la que nos seduce con esa sensible mezcla entre realidad y fantasía, entre aquello que nos creemos que somos y lo que en realidad somos, en una aventura a lo desconocido, a convertirse en protagonista, a sentir el miedo, la verdad y la difícil tesitura de tomar decisiones que nos obligan a dejar unas cosas y decidir otras, al fin y al cabo a ser responsables de nosotros mismos y acarrear las consecuencias de las decisiones que tomemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Xesc Cabot y Pep Garrido

Entrevista a Xesc Cabot y Pep Garrido, directores de la película «Sense sostre», en Alhena Production en Barcelona, el viernes 20 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xesc Cabot y Pep Garrido, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Pere Vall de Comunicación de la película, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Sense sostre, de Xesc Cabot y Pep Garrido

JOAN VIVE EN LA CALLE.

“La calle forma un tejido en que se entrecruzan miradas de deseo, de envidia, de desdén, de compasión, de amor, de odio, viejas palabras cuyo espíritu quedó cristalizado, pensamientos, anhelos, toda una tela misteriosa que envuelve las almas de los que pasan”

(Fragmento de Niebla, de Miguel de Unamuno)

La película se abre con un cuadro completamente negro. Un sonido afilado, de lija, industrial, difícil de reconocer, se va apoderando del plano. Lentamente, comenzamos a ver la silueta de un rostro humano, entre sombras y con algún resquicio de luz, alguien se mueve, su respiración es profunda y gutural. Reconocemos a un hombre de mediana edad, resguardándose del frío e intentando pasar la noche al raso. Luego, lo conoceremos un poco más, se llama Joan, vive en la calle, empuja un carrito lleno de trastos y le sigue fielmente su perro negro Tuc. Xesc Cabot (Vilassar de Mar, 1979) y Pep Garrido (Barcelona, 1979) llevan haciendo cine desde que se conocieron cuando estudiaban en la universidad. En el 2013 debutaron en el documental con Bustamante Perkins, en el que retrataban a Julio Bustamante, un músico outsider ajeno a modas, corrientes y demás.

Ahora, vuelven a ponerse tras la cámara para construir otro retrato, esta vez en el terreno de la ficción, aunque muy anclada en el campo del documento, ya que la película se basa en muchas historias de personas que han vivido en la calle. La cinta sigue a Joan, uno de tantos que vive en la calle, alguien que desconocemos su pasado y las circunstancias que le han llevado a esa situación, quizás en eso la película destaca entre otras sobre el mismo tema, en situarnos en el rostro y la mirada d Joan, alejándose de las consecuencias y centrándose en la cotidianidad de alguien que busca comida, algún lugar donde dormir, unas cuantos euros para comprar vino, y sobrevivir a pesar de la calle. Veremos su devenir diario sin más, sin respuestas, solo con hechos, como hacían los neorrealistas, explicando una realidad, visibilizando unas vidas ocultas, invisibles, ajenas a la sociedad, pero que están ahí, esas que nos cruzamos diariamente, convertidas en meras sombras por la indiferencia del resto.

Sense sostre pone cara y cuerpo a estas personas, las convierte en el centro de la acción, y en ningún caso, las convierte en víctimas, ni en sentimentalismos, ni nada que se tercie de ese estilo, sino que las mira, las retrata y las sigue, explicándonos sus existencias, su intimidad, sus momentos con ellos mismos y con los demás, todo aquello que viven en la calle, sin mirar al pasado, ni al futuro, solo con ese presente continuo que no tiene ni tiempo ni espacio, solo sus movimientos y su quehacer diario o nocturno, eso sí, iremos descubriendo, muy sutilmente, ese pasado a través de ese encuentro frío y distante, como dos desconocidos, entre Joan y su padre, casi dos meras figuras fantasmales que fueron algo o tuvieron algo, y ahora, simplemente, comparten un café, un cigarro y apenas se miran. La película tiene dos partes diferenciadas, en la primera, Joan se mueve por la ciudad, con su perro Tuc, una guía y una razón para continuar, una parte donde la película sigue más los postulados neorrealistas, donde la ciudad se convierte en el espacio de Joan, la maldita calle, los albergues, el compadreo con otros habitantes de la calle, y demás penurias en ese espacio donde eres vulnerable, te angustia la soledad, y lo peor de todo, casi nunca nadie te ve, y cuando te ven, te ignoran.

En la segunda mitad, Joan abandona la ciudad y emprende un viaje, en que la película se convierte en una road movie, situándose en el western, como aquellos vaqueros errantes volviendo a un lugar del que pertenecieron, como una forma de volver a las raíces, que en el caso de Joan iremos descubriendo de qué se trata. Cabot y Garrido enmarcan su relato en una forma apenas perceptible donde abundan los planos muy cercanos continuos, con cortes bruscos, con esa luz sombría y entre tinieblas, obra de Aitor Echevarría, autor de María (y los demás), entre otras, que en muchos momentos parece una película de terror puro, cotidiano, del que da más miedo y pavor, o el montaje preciso y seco de Meritxell Colell (directora de la interesante Con el viento) y esa música que rasga y duele, obra de Lucrecia Dalt y Adrián de Alfonso, que envuelve la película en esa existencia que siempre pende de un hilo, donde Joan arrastra su pasado, su alcoholismo, sus frustraciones, desilusiones y demás.

Enric Molina, que vivió 8 años en la calle, protagoniza la película, dotante de humanismo y presencia a un hombre roto, que apenas habla, un espectro que se mueve por inercia, alguien que iremos descubriendo quién es a medida que avanza el metraje, alguien igual que nosotros, alguien que quizás todavía está a tiempo. A su lado, en breves pero intensos roles nos encontramos con José María Blanco, actor habitual de José María Nunes, haciendo el personaje de padre, Laia Manzanares, una de las actrices jóvenes más extraordinarias del momento, con ese rostro brutal y esa mirada que traspasa, y Teresa Vallicrosa, evidenciando todas esas vidas difíciles y duras que viven algunos. Cabot y Garrido han hecho una película intensa y magnífica, que duele y hace daño por la realidad miserable que cuenta, e interpela directamente a los espectadores, sumergiéndolos en unas vidas con las que se cruzan a diario y giramos la mirada, mostrando indiferencia a unas personas que podríamos ser nosotros. Sense sostre es una película valiente, necesaria y magnífica, evidenciando la célebre frase de Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en éste”, esos mundos que la película muestra con toda su crudeza, intimidad y humanismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Adiós, de Paco Cabezas

DENTRO DE MI PECHO.

“Cuántos sueños en el tiempo, cuántos puentes en el camino
Se iban perdiendo a lo lejos, con un sol como testigo
Y que el cielo a ti te acoja, que el infierno quede lejos
Que los pájaros te vean siempre como a uno de ellos”

(Fragmento del tema Un largo viaje, interpretada por Rosalía)

Amor, rabia, traición, mentira, pasado, violencia, sangre y fuego, son algunos de los elementos que intervienen en Adiós, la vuelta al cine español del internacional Paco Cabezas (Sevilla, 1976) un cineasta que sorprendió con Carne de neón (2010) que al igual que Adiós, también protagonizaba Mario Casas, un thriller urbano y familiar que le abrió las puertas a Hollywood con títulos de género más o menos interesantes como Tokarev (2014) o Mr. Right (2015) dirigiendo a intérpretes de la talla de Nicolas Cage, Sam Rockwell y Tim Roth, así como en series populares como Penny Dreadful o American Gods, entre otras. El regreso a su Sevilla, a su ambiente, a su idioma andaluz, viene de la mano de un guión firmado por dos debutantes José Rodríguez y Carmen Jiménez, en un relato duro, de piel y sangre, violento, situado en las 3000 viviendas, el barrio marginal por antonomasia de Sevilla, en una historia que arranca con Juan Santos, un tipo que cumple condena y sale con el tercer grado cada día. Fuera le esperan su mujer Triana y su niña Estrella. Todo parece indicar un futuro más o menos halagüeño, a pesar de la situación.

Todo eso se desbarata y de qué manera cuando en un accidente, la niña muere, y Juan clama venganza con los suyos, “Los Santos”, un clan gitano dedicado a la droga y expulsado de las 3000 viviendas por el otro clan, “Los Fortuna”, amos ahora del mercado de droga. Las pesquisas de Juan lo llevan a los citados Fortuna, pero en el asunto, también aparece la policía, encabezados por Eli, una policía que ha perdido a su hijo, y Santacana, un poli bregado en mil batallas. La trama, contada con brío y acierto, aunque en algunos instantes parece perderse dando demasiadas vueltas y subrayados innecesarios, el relato tiene fuerza y calidad, con una ambientación bien resuelta, con una grandísima fotografía de Pau Esteve Birba, todo un experto en imprimir esa luz sombría y apagada que pide tanto la historia, o el enérgico montaje de Luis de la Madrid (colaborador habitual de Balagueró) y Miguel A Trudu, sin olvidar la banda sonora incidental de Zeltia Montes, que interpreta a las mil maravillas el encaje de la música en la historia, que baña sus imágenes con mesura y acierto, consiguiendo esa música afilada que rasga los instantes, y los grandes temas que escuchamos que casan tan bien con la película como La estrella, del gran Enrique Morente, el Me quedo contigo, de Los chunguito, ahora con la voz armónica y dulce de Rocío Márquez, y finalmente, el temazo Un largo viaje, cantado por Rosalía.

Y que explicar del inmenso reparto de la cinta con la gran Laura Cepeda como directora de casting, en el que logra reunir quizás el mejor reparto del cine español de este año, encabezado por Mario Casas como Juan, un hombre que lidia entre su pasado oscuro y su necesidad de venganza, y los conflictos familiares del clan, a su lado, Natalia de Molina como Triana, esa esposa y madre que vivirá su propio vía crucis, Ruth Díaz, una policía que todavía cree en la justicia y se enfrentará a todos y a ella misma por buscar la verdad, Carlos Bardem en un rol de poli duro y violento, y esa retahíla de grandes intérpretes como Vicente Romero, Sebastián Haro, Mona Martínez (espectacular como esa matriarca gitana de armas tomar) Pilar Gómez (que como hace en las tablas demostrando que es una actriz fantástica componiendo una yonqui brutal) Moreno Borja como el jefe de Los Fortuna (que conocimos como padre en Carmen y Lola) Salva Reina como yonqui tirado y cobarde, Ramiro Alonso como Taboa, otro de los jefes del trapicheo, Mariola Fuentes como vecina amiga del protagonistas, y finalmente, Consuelo Trujillo, una madre que oculta mucho más de lo dice, entre muchos otros.

Cabezas ha hecho sin lugar a dudas su mejor título, por todo lo que cuenta, una tragedia amarga y fatalista de aquí y ahora, con todo lo que se le pide a los mejores thrillers desde amor, odio, violencia, sangre, familia, traiciones, mentiras, relaciones y mucha oscuridad, donde la mierda de la alfombra se irá escarbando para levantarla y que caiga quién tenga que caer, sin contemplaciones hasta el último mono implicado. Adiós, sintomático título que refleja el descenso de ida a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, con ese aire de tragedia lorquiana, situado en esa Andalucía deprimente, salvaje y cruel, donde mueren los inocentes sin piedad, en la que se mueve mucho dinero y muchas drogas, donde unos se matan lentamente su penosa existencia, y otros, engordan su vida con dinero manchado de sangre y brutalidad.

El director sevillano imprime energía y oscuridad a su película, con unos intérpretes entregados que defienden sus personajes con humanidad y complejidad, sacando lo mejor y lo peor de cada uno de ellos, situados en unas vidas rotas, amargas, con pasados tortuosos, que intentan dejar atrás como el personaje de Juan, pero como si fuese un tipo que tanto le gustaba filmar a Fritz Lang, el pasado los ata y por mucho que intenten huir de él, siempre se impone y va a su caza y captura, tiene esa atmósfera del thriller americano de los setenta donde hay crítica social y amargura por los cuatro costados, donde hasta el más pintado se acaba metiendo en la boca del lobo, o ese thriller seco, asfixiante y violento, que tanto vimos en el cine español de final de franquismo y transición como Furtivos o Pascual Duarte, entre otras. Cabezas ha vuelto al cine español por la puerta grande, bien guiado por Enrique López Lavigne en la producción, un tipo que lleva más de medio centenar de películas a sus espaldas, convertido ya en uno de los más importantes e interesantes, que le ha permitido sentirse libre y firme para filmar una película sólida, con algún altibajo, pero en su conjunto un buen título que hará emocionar a todos aquellos que les gusten los relatos duros y secos, pero también sensibles y conmovedores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sesión salvaje, de Paco Limón y Julio César Sánchez

CUANDO EL CINE ESPAÑOL SE LIBERÓ.

“Demostrar que se puede ser a la vez un icono cultural de primer orden y el apóstol del trash”

(En referencia al cineasta John Waters)

Cine comercial, cine popular, cine industrial, cine de serie B español, cine de barrio, cine taquillero, cine de género o cine de explotación, solo son algunos de los calificativos que los expertos y aficionados  han utilizado para denominar a un cine español que nació en los 60 y llegó hasta los 80. Un cine en el que cabía de todo: desde spaguettis western, las denominadas películas de acción donde había films de guerra, de aventuras y cosas por el estilo, cine de terror. Después, con la muerte del dictador, apareció el cine del destape, comedias donde las señoritas aparecían ligeras de ropa, y cine quinqui, donde se hablaba sin tapujos de sexo y drogas. Películas que gustaban al público, convirtiéndose algunas en fenómenos sociales del momento, con vocacion internacional e intérpretes foráneos de renombre mediante las famosas coproducciones que, además de sortear a la temible censura, exportaban el cine fuera de nuestras fronteras. Un cine que ayudó y de qué manera al despertar social, sexual y moderno de muchísimos espectadores, después del oscuro pozo de la dictadura, y que visto desde la distancia se ha convertido en una crónica social y cultural de aquella España franquista, por un lado, y por otro, en aquella otra España que empezaba a caminar en la reciente democracia.

Los directores españoles Paco Limón, que algunos recordarán por dirigir una cinta de terror Doctor Infierno  (2007) y guionista de cómics, y Julio César Sánchez, periodista, realizador de televisión y productor asociado, juntan fuerzas para dirigir una película que no es solo un documento donde se hace una crónica sobre los hechos, las películas y las personas, sino que también, es una interesante reflexión de aquellas circunstancias desde la actualidad, con la ayuda de intérpretes y cineastas de antes y ahora, que no solo reivindican aquel cine con el que crecieron, sino que reivindican su autoría y su relevancia en la educación cinematográfica del público español. En la película escucharemos testimonios de gentes como  Alex de la Iglesia, Nacho Vigalondo, los recientemente desparecidos Javier Aguirre, Álavaro de Luna y Jorge Grau, Eugenio Martín, Simón Andreu, Fernando Esteso, Lone Fleming, Emilio Linder, Enrique López Lavigne (uno de los productores del documental)  Antonio Mayans , Esperanza Roy, Loreta Tovar, José Lifante, Fernando Guillén Cuervo o Mariano Ozores, entre muchos otros. Testigos de un tiempo donde el cine más popular gozaba de la atención del público, en el que algunos explicarán aquellas ilusiones de chaval disfrutando con estas películas, y los profesionales que las hicieron, los que están y los que no.

La película a pesar de la cantidad de testimonios e imágenes no resulta en absoluto extenuante, sino todo lo contrario, emociona, es vibrante, y reflexiona sobre aquel cine de género y el que se hace hoy en día, haciendo un recorrido, deteniéndose en todos y todo, a veces cronológico y otros no, donde se repasan entre muchos otros títulos inolvidables como Condenados a vivir, de Romero Marchent, El bueno, el feo y el malo, de Leone, El diputado, de Eloy de la Iglesia, No profanar el sueño de los muertos, de Jorge Grau, La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, Pánico en el Transiberiano, de Eugenio Martín, las películas de Chico Ibáñez Serrador, de Juan Piquer Simón, Carne apaleada, de Javier Aguirre, el cine de Paul Naschy, el de Jess Franco, el de Mariano Ozores, el de José A. de la Loma, o aquellas películas del destape con títulos imposibles donde prevalecía el humor del distribuidor. En la película también se hace mención del Videoclub, aquel lugar de barrio donde rebuscabas, recuperabas o descubrías películas que se acumulaban en aquellas estanterías, o preguntabas incesantemente por aquel título que ardías en deseo de ver.

Limón y Sánchez han construido una película con un grandísimo ritmo y energía, que combina a la perfección los testimonios, con cineastas actuales con aquellos profesionales que hicieron las películas, amén de los fragmentos de las películas de las que se hablaba, y ciertos aspectos de la historia del país muy significativos como los terribles problemas con la censura, donde el cine de terror gozaba de cierta libertad, siendo uno de los primeros en mostrar desnudos y demás, o el cine quinqui que mostró drogas, sexo o violencia, o indagó en temas de actualidad invisibles hasta entonces, y las relaciones con los intérpretes y profesionales extranjeros, y un sinfín de anécdotas que hacen de Sesión salvaje, uno de los grandes documentos no solo del cine más popular o comercial, sino una oda extraordinaria al cine en general, un grandioso a todos aquellos profesionales que hicieron este cine, y sobre todo, y esto es lo que eleva la película y su contenido, es la reivindicación sincera y veraz de muchos títulos denostados por muchos profesionales en su tiempo por el simple hecho de convertirse en taquilleros, o recibir durísimas críticas por desplazarse del cine de autor, muy duro con el franquismo, y de encaminarse por un cine de desahogo que a la postre muchas películas realizan una crítica igual o más que muchas películas, del franquismo y el sentir de los españoles de entonces. Limón y Sánchez consiguen hacer disfrutar al respetable con la película, en este viaje en el tiempo que evoca aquel cine y aquel tiempo, sino que lo recoloca en la actualidad, su legado en muchos profesionales de ahora, y sobre todo, en todas las virtudes, carencias y formas en las que se hizo y queda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol, director y actor de la película «Fin de siglo», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucio Castro y Ramón Pujol, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Maite Robles de Filmin, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Curiosa, de Lou Jenuet

L’AMOUR DE MARIE.

“El erotismo es como el baile: una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra”

(En La inmortalidad, de Milan Kundera)

La película nos sitúa en el bullicioso y febril París de 1895, en plena “Belle Époque”, donde los tiempos avecinaban cambios profundos en la sociedad y sus valores, donde la ciencia y el progreso están a la orden del día, la sociedad moderna se abre paso dejando atrás a los conservadores y furibundos nostálgicos de otros tiempos. Todo cambia muy rápidamente, la modernidad es un hecho, y las inquietudes culturales avanzan en un tiempo en el que todo está por hacer, en que lo viejo deja paso a lo nuevo y moderno, donde hay una efervescencia social, cultural y económica como jamás la había habido antes. Entre muchos de aquellos jóvenes con ideas y valores diferentes, encontramos a Marie de Hérédia (1875-1963) una joven inquieta y contestataria enamorada del joven poeta Pierre Louÿs (1870-1925). Un amor imposible por las deudas del Sr. De Heredia que provocará que acepten la proposición de matrimonio del escritor Henri Régnier (1864-1936) un enlace sin amor por parte de Marie, que muy a su pesar, se convertirá en la señora de Régnier. Marie es ante los ojos de todos, una esposa enamorada y dedicada a su esposo pero ante la pasión y el amor, ante lo oculto, se debe en cuerpo y alma a Pierre Louÿs, con el que empezará una relación sexual, escondidos de todos en las paredes de la buhardilla donde mora el poeta.

La directora francesa Lou Jeunet hace su puesta de largo en cine, porque ya tiene en su haber cuatro largos para televisión, centrándose en Marie Régnier, una mujer fascinante y enigmática, apasionada y osada, que rompió normas y convicciones de la todavía social burguesa y añeja del París de finales del XIX. Marie no se rindió, combatió ferozmente por un amor alejado de las convenciones sociales de la época, se lanzó al vacío en una aventura que la llevó a descubrir un amor fou, que diría Buñuel, un amor lleno de pasión, donde prevalecía la carne, el erotismo y el sexo, descubriendo su piel, sus gemidos, su sexo y demás, entregándose a un amor cruel, apasionante, fantasioso y terrorífico, donde hubo de todo, desde fotografías eróticas y sexuales, ya que la fotografía era una de las otras grandes pasiones de Pierre Louÿs, hasta tríos, junto a Zohra, la concubina exótica que se agenció Louÿs, incluso otras relaciones sexuales mientras los amantes enamorados se distanciaban por las ausencias viajeras.

Jeunet ha escrito un guión junto a Raphaëlle Desplechin, donde prevalece el punto de vista y la mirada de Marie Régnier, una mujer que tuvo que ir a contracorriente por materializar aquello que sentía, metiéndose en dificultades, no solo con su esposo, un anodino y aburrido escritor que la consiguió por su dinero y las deudas familiares, sino también en la relación con Pierre, un bon vivant demasiado enfrascado en su deseo sexual, ligero como una pluma y esquivo con el amor, una especie de sosías del Vizconde de Valmont, en lo que se refiere a las mujeres, prevaleciendo la carne, el placer y el sexo a los devaneos y avatares del amor. La película está bien contada, en las que las secuencias sexuales están llenas de sensibilidad e intimidad, donde prevalecen los cuerpos desnudos, la agitación sexual, y el encantamiento de un amor loco, sin tiempo ni espacio, ajeno al mundo y a sus sentimientos, dejándose llevar por todo lo que sienten en ese instante y sumergiéndose en el placer más intenso y en el sexo más húmedo y extasiado.

El maravilloso reparto de la película que interpretan con maravillosa naturalidad y encanto encabezado por la extraordinaria Noémie Merlant (que ya nos había dejado fascinados en la reciente Retrato de una mujer en llamas) componiendo a una Marie Régnie bellísima, llena de vida, de amor, de sexo y pasión arrebatadora. A su lado, Niels Schneider (que lo habíamos visto en películas de Xavier Dolan, L’âge atomique, de Héléna Klotz, Bella durmiente, de Adolfo Arrieta entre otras) Benjamin Lavernhe como el aburrido y tieso esposa de Marie, el exotismo y la sexualidad que irradia la sensual Camélia Jordana (que brillaba en Le brio, de Yvan Attal) y finalmente, la presencia fascinante de Amira Casar, como la madre de Marie, una de las grandes actrices europeas en películas con autores tan interesantes como Guy Maddin, Bonello, Gatlif, Hermanos Quay o Carlos Saura, entre otros. Amén de una música disco obra de Arnaud Rebotini, que casa maravillosamente con todos los laberínticos sentimentales de la película, y la   extraordinaria ambientación, como esos paseos por las calles de París, donde absorbemos todo el ambiente de la bohème sórdida y cultural, con el grandísimo trabajo en la caracterización y el vestuario que eleva la película.

La fotografía naturalista y cercana de Simon Roca ( con películas como 9 dedos, de F. J. Ossang o La chica del 14 de julio, de Antonin Peretjatko, entre sus trabajos) está cuidada al detalle, prevaleciendo los rostros y los cuerpos frente a lo demás, convirtiendo la buhardilla del sexo y la fotografía en un espacio donde dar riendas sueltas a los instintos más bajos y sucios, donde los dos amantes se desean, se sienten, se sumergen el uno en el otro, donde todo es posible y nada tiene límite. La cineasta francesa ha construido una película bellísima, reposada, inteligente y evocadora, que no solo recoge la ebullición brutal que se vivía entre los albores del siglo XX, vividos por una mujer encantadora y magnífica, viviendo su vida a su antojo, aunque fuese a escondidas, enfrentándose a ese marido y a esa sociedad burguesa y vacía, llena de prejuicios y valores anticuados, lanzándose sin red, al abismo a un amor difícil, desgastador y sucio, iniciándose en el deseo y el sexo de forma libre, sin ataduras y febril, exponiendo su cuerpo, sus emociones y su placer para el hombre al que deseaba. Después de aquello Marie Régnier se puso a escribir y publicó con pseudónimo masculino, siguiendo la estela que tanto trabajo y miseria costó a otras celebres escritoras como Mary Shelley o George Sand. Mujeres valientes, mujeres pasionales, mujeres decididas, mujeres inteligentes, mujeres enamoradas y sobre todo, mujeres libres y llenas de vida y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel

Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel, escritor y protagonista de la película «El escritor de un país sin librerías», de Marc Serena, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Tomás Ávila Laurel, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Carla Gómez de Comunicación de la película, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.