Rifkin’s Festival, de Woody Allen

¿QUÉ SENTIDO TIENE ESTAR VIVO?.

Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine”.

François Truffaut

La cita anual con el universo cinematográfico de Woody Allen (Brooklyn, Nueva York, EE.UU., 1935), ha llegado a la película número cincuenta y medio, en la que nos sitúa esta vez en San Sebastián, y más concretamente, durante su festival de cine. A la ciudad, han llegado Sue, una engreída agente de prensa, y su marido, Mort Rifkin, un tipo inseguro y perdido, que siempre ha deseado ser escritor, y lleva demasiado tiempo intentando escribir su obra maestra. Mort es un gran amante del cine, del cine europeo de antes, aquel con el que soñaba hacer cuando daba clases de cine. Pero, la estancia en la preciosa ciudad no sale como esperaba, y todo se tuerce. Sue, está fascinada por su representado, Philippe, un afamado y narcisista director de cine, que no traga Rifkin, al que considera un esnob y presuntuoso, y además, un pésimo y pretencioso cineasta.

Entre tanto, y sin nada que hacer, Rifkin pasea por la ciudad, dejándose llevar por su imaginación, psicoanalizándose (como ese precioso arranque de la película, en el que Rifkin le cuenta a su psicológico las vicisitudes del viaje que estamos a punto de ver), y reinterpretando famosas secuencias de películas, en las que aparecen personas de su vida real, primero más lúdicas y sentimentales, reivindicando ese cine europeo más adulto y maduro que el que se hacía en Hollywood, donde las historias tocaban más la verdad y los personajes eran de carne y hueso, como hace con el triángulo amoroso de Jules y Jim, de Truffaut, emulando el recorrido en bicicleta, el famoso travelling de Ocho y medio, de Fellini (fábula profunda sobre los fantasmas de un director de cine), en el que aparecen diversos personas que interactúan con él, incluidos sus padres, mientras suena la maravillosa melodía de Nino Rota, o el famoso viaje en plena lluvia de Un hombre y una mujer, de Lelouch, y más adelante, las secuencias se volverán más oscuras y profundas, como el instante de los invitados atrapados en la casa de El ángel exterminador, de Buñuel, o la vuelta a la infancia emulando a Fresas salvajes, o en medio de las dos mujeres de Rifikin (su esposa y su doctora, que conocerá en San Sebatián), siguiendo la tensión de Persona, o el encuentro con la muerte, de El séptimo sello, todas dirigidas por Bergman. Durante sus encuentros por la ciudad, Rifkin conoce a la Dra. Jo Rojas, y toda su estancia cambia, ya se sentirá fuertemente atraído por Jo, y empieza a quedar con ella.

Allen sigue instalado en la comedia romántica, pero con sus matices, claro está, si bien construye un relato ligero y en cierta medida, arranca alegre y lleno de equívocos y (des)encuentros, se irá llenando de nubarrones y situaciones amargas y tristes, y alguna que otra, rocambolesca. Rifkin es el personaje tipo de Allen, los que hacía él en la década de los setenta y ochenta, para ya en los noventa dar paso a otros actores, que lo están interpretando, con alguna que otra incursión, que por edad, Allen daba el tipo. Sus personajes son personas inadaptadas, frustradas, demasiado diferentes para los avatares de la sociedad, seres que siempre han soñado con ser quiénes no son, individuos que fracasan en su empeño de ser artistas, quedándose en meros profesores o artistas de tercera, enfrascados en sus conflictos sentimentales, en sus constantes exámenes a sí mismos, en su búsqueda interior, en su razón de existir, y en ordenar, sin éxito, sus complejas emociones, deseos o ilusiones. Tipos que se embarcan en historias de finales inesperados y trágicos, metidos en situaciones que les son ajenas, enfrascados en encontrarle un sentido a la vida, y como suele pasar, siempre acaban mucho más perdidos que al principio. Allen suele hablar casi siempre de esa clase media-alta neoyorquina que tanto conoce, de forma crítica y divertida, donde hay escritores, profes, doctores, psicólogos, y muchos artistas, eso sí, ninguno de ellos es capaz de admitir su soberbia y también, su ineptitud.

En Rifkin’s Festival hay esa mirada al cine, a un oficio que conoce demasiado bien, donde pululan tipos de toda clase y colores. Una mirada que ha tocado en diversas formas y texturas a lo largo del cine, quizás las más parecidas a la película que nos atañe, serían dos, donde el cine no solo era una cuestión fundamental en la película, sino la única razón de existencia para sus personajes. En La rosa púrpura del Cairo (1985), cine y vida se mezclaban de tal manera, que la desdichada camarera Cecilia, encontraba el amor con un personaje de ficción que salía de la pantalla literalmente, y en Stardust Memories (1980), la que podríamos decir, más parecida a la historia que cuenta Rifkin’s Festival, aunque el director de cine Sandy Bates, viajaba a la costa a recibir un homenaje, y se encerraba en el hotel a recordar los fantasmas de sus ex parejas sentimentales. Casi como le ocurre a Mort Rifkin, aunque él no sea director, si que durante el festival, se enfrenta a sus fantasmas, miedos, inseguridades y respectivos vacíos, a un tiempo de reflexión, de hacer cuentas consigo mismo, y quizás, a empezar de nuevo, o a volver por donde solía, que no era algo importante, pero si, algo que, por momentos, le hacía estar bien.

El cineasta neoyorquino, fiel a su estilo y a su mirada de hacer cine, necesita ese equipo de colaboradores cómplices, que muchos de ellos le acompañan desde hace décadas, como las productoras Letty Anderson y Helen Robin, el arte de Alain Bainée, en su segunda colaboración, el vestuario de Sonia Grande, en su quinta película juntos, el maravilloso y ágil montaje de Alisa Lepselter, veintidós películas con Allen, y la magnífica luz cantábrica y soleada del gran Vittorio Storaro, la cuarta colaboración juntos, sin olvidarnos de un elemento esencial en el cine de Allen, la música, y concretamente, la música Jazz, que firma Stephane Wrembell, un viejo conocido. Después de tantas historias, la mirada de Allen tiene oficio, y sabe por dónde se mueve, los noventa y dos minutos de metraje de la película pasan volando, y las diferentes situaciones del festival, la ciudad, los sueños y evocaciones surrealistas de Rifkin, se acomodan sin ningún aspaviento en la trama.

Y qué decir de los intérpretes, con un viejo conocido de Allen como el gran Wallace Shawn, como el desdichado Mort Rifkin, bien acompañado por una elegante y engreída Gina Gershon dando vida a Sue, la mujer de Mort, una natural Elena Anaya es la doctora, objeto de deseo de Mort, con un marido como Sergi López, en una secuencia loquísima, y Louis Garrel como el director sabelotodo que se mueve en un escaparte como el festival, agasajado y encumbrado sin merecerlo, y la aparición de Christophe Waltz como la Muerte de El séptimo sello, quizás uno de esos momentos made in Woody Allen, donde mezcla trascendencia, terror y humor. La película gustará a todos aquellos que llevamos años viendo el cine de Allen, un señor que lleva más de medio siglo haciendo cine, el cine que le gusta, riéndose de todos y sobre todo, de sí misma, quitándole trascendencia a la vida, y a esto del cine, con ese toque de ligereza, donde hay humor, divertimento, conflictos sentimentales, conflictos existencialistas, y sobre todo, muchas preguntas sin respuesta, porque al fin y al cabo, el cine, no solo ayuda a vivir, sino a abstraerse y refugiarse de tanta realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

La boda de Rosa, de Icíar Bollaín

¡SÍ, ME QUIERO!.

“Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna”

Oscar Wilde

Mujeres jóvenes, decididas, valientes, alocadas, impetuosas, alegres, vitales, inquietas, curiosas, rotas, perdidas, poderosas, comprometidas, alocadas, brillantes, solteras, tristes, madres, hermanas, hijas, solas, sentidas, miedosas, divertidas, estupendas, cotidianas, acompañadas, compañeras, bellas, enamoradas, esposas, inseguras, novias, nerviosas, capaces, trabajadoras, despechadas, decididas, simplemente mujeres, mujeres todas ellas que pululan por el universo de Icíar Bollaín (Madrid, 1967). Mujeres como Niña y Trini, de Hola, ¿estás sola? (1995), que se lanzaban a la vida en busca de un lugar en el mundo, de su lugar. Las Patricia, Milady y Marirrosi de Flores de otro mundo (1999), que querían eso tan sencillo, y a la vez tan difícil, como querer y ser queridas. La Pilar de Te doy mis ojos (2003), una mujer maltratada que huía para empezar una nueva vida. Las Carmen, Inés y Eva de Mataharis (2007), detectives que debían conciliar el trabajo con la maternidad. La Laia de Katmandú, un espejo en el cielo (2011), una mujer que se trasladaba a la otra parte del mundo a ayudar a los demás. Las mujeres de En tierra extraña (2014), obligadas a emigrar en busca de un futuro mejor. La Alma de El olivo (2016), obstinada con recuperar y honrar la memoria familiar.

Si exceptuamos También la lluvia (2010), y Yuli (2018), centradas en figuras masculinas, y curiosamente, filmadas en el extranjero, el resto de las películas de Bolláin tratan conflictos femeninos, ya sean físicos u emocionales, en la que sus personajes comparten la edad con la directora en el momento que vieorn la luz. Una filmografía que podríamos ver como un caleidoscopio interesante y profundo de las inquietudes personales, profesionales y emocionales de Bollaín a lo largo de este cuarto de siglo de carrera, donde hay historias sobre mujeres para un público inquieto y reflexivo. Ahora, nos encontramos con Rosa, una mujer costurera de 45 años, con una vida entregada a las necesidades de los demás, a su familia, a la compañía de un padre viudo que no sabe estarse quieto, a la de Armando,  un hermano separado y con hijos, que su psicosis por el trabajo y la comida, no le dejan tiempo para nada más, y a las de Violeta, una adicta al trabajo, también, que ahoga su soledad y egoísmo en alcohol, y la inquietud por Lidia, una hija, recién madre de gemelos, que vive en Londres, demasiado sola. Y así pasan los días, semanas y años, con esa inquebrantable rutina y asfixiante vida de Rosa (como deja patente el magnífico prólogo con esa carrera en la que todos alientan a Rosa a seguir, aunque ya no pueda con su alma, y finalmente, cae rendida, sola y abatida).

La directora madrileña vuelve a escribir con Alicia Luna (que ya formaron dúo en la exitosa Te doy mis ojos), su película número diez, un relato de aquí y ahora, con esa urgencia e intermitencia que tienen las historias que están sucediendo en la cotidianidad más cercana, explicándonos las (des) venturas de una mujer agobiada y sin aliento, que existe por y para los demás, que está a punto de explotar. Rosa es un personaje de carne y hueso, como nosotros/as, como todas esas personas que nos cruzamos diariamente en nuestras vidas, pero también, es una hija de Bollaín, y eso quiere decir que no se va a rendir, que no se contentará con su existencia tan precaria, sino que algo hará, aunque sea una locura y este llena de impedimentos y obstáculos. Las criaturas de la cineasta madrileña no entienden de esas cosas, no se achican por los miedos e inseguridades, o los vientos de tormenta, ellas son mujeres de carácter, de pasos al frente, y Rosa lo da, y tanto que lo da, como un golpe en la mesa, decidida y firme en su decisión, dejando todo atrás, incluida familia, y empezando reconciliándose con sus raíces, su pueblo, y su pasado, con esa madre costurera como ella, y para celebrarlo, decide contraer matrimonio con ella misma.

La bomba que lanza remueve y de qué manera a su familia, que cada uno a su manera, responde con sus decisiones y sus historias haciendo caso omiso a Rosa, que deberá seguir remando para hacerse entender y sobre todo, que los demás escuchen y no piensen tanto en sí mismos, y piensen un poquito en Rosa, la que siempre está ahí. La película brilla con una luz mediterránea (se sitúa en localizaciones de Valencia, Benicàssim, entre otras), una luz libre e intimista obra de los cinematógrafos Sergi Gallardo (que ya hizo la de El olivo, otro relato con tintes mediterráneos), y Beatriz Sastre, que debuta en el largo de ficción, bien acompañados por otros miembros conocidos de Bollaín, como el montaje de Nacho Ruiz Capillas, lleno de energía, con ese aire naturalista y próximo que emana la película, el arte de Laia Colet, o el sonido de Eva Valiño. La narración fluye y enamora, tiene ese aire de tragicomedia que tanto le gusta a Bollaín, con ese aire de comedia alocado y drama personal, mezclados con astucia con humor y emoción, sin nunca caer en el sentimentalismo o el dramatismo, sino en esa fina, cuidada y equilibrada mirada donde todas las cosas están donde deben estar y en la distancia justa, esa distancia para poder conocer a los personajes, sus tragedias cotidianas, que nos hagan reír, llorar y en fin, emocionarnos.

La directora madrileña vuelve a contar con Candela Peña, que estuvo en su debut, y era una de las hermanas de Pilar en Te doy mis ojos, dando vida a Rosa, en un rol maravilloso y jugoso, en que la actriz catalana brilla con luz propia, con ese magnetismo natural que le caracteriza, expresando sin palabras, solo con gestos, toda la marabunta emocional que vive en la película, reafirmando sus emociones, luchando por ellas, y haciendo lo imposible para que todos los suyos sepan que hasta aquí hemos llegado, que su vida, la real, la que siempre había soñado, empieza hoy, que ya es muy tarde, y todos ellos, deberán sacarse las castañas del fuego, y no depender de su buena voluntad, como señal de esa nueva vida, el vestido rojo de vuelo, pasional y vital. A su lado, brillan también Sergi López, campechano, mandón y egoísta, ese hombre abnegado a su trabajo que le está llevando a la ruina, Nathalie Poza, la hermana que vive demasiado en su burbuja y deberá remover sus cosas para volver a la senda que más le conviene, Ramón Barea como el padre, ese hombre todavía perdido después de haber perdido a su mujer, que también, debe encontrar su forma de encauzar el dolor y la pérdida. Y finalmente, Paula Usero (que ya vimos en un breve papel en El olivo), da vida a Lidia, esa hija que ya lleva dando demasiados tumbos para su corta edad, que necesita entender a su madre Rosa, y sobre todo, entenderse a sí misma para saber que quiere y que necesita.

Bollaín ha querido volver a esas historias protagonizadas por mujeres perdidas y rotas que tanto le gustan, situándolas en esa tesitura donde sus existencias ya nada tienen que ver con lo que soñaron años atrás, cuando eran más jóvenes, cuando todo parecía posible, en una aventura de volverse a reencontrarse con ellas mismas, como si recuperase el personaje de Trini y lo buscara a ver que ha sido de su vida, o quizás, dentro de Rosa hay muchas Trinis, o tal vez, podríamos añadir, que dentro de nosotros hay demasiadas Rosas, que al igual que Rosa, deberíamos dar el paso y casarnos con nosotros mismos antes que con nadie. La cineasta recoge el aroma de todo ese cine español tragicómico donde se hablaba de emociones en el contexto social que nos ha tocado vivir, como las comedias madrileñas de los Colomo, Trueba o Almodóvar, con personajes femeninos fuertes y desgraciados, mirando los problemas bajo la mirada del observador crítico y paciente. Bollaín  ha construido un relato bellísimo y muy emocionante, lleno de ritmo, de vitalidad, de sentimientos, que va de aquí para allá, sin tregua, donde ocurren mil cosas,  dando visibilidad a todas esas emociones que necesitan salir y materializarse, una película sobre la vida, sobre todas esas vidas que no hacemos caso, todas esas vidas que se pierden por el camino, un camino demasiado encajonado y cuadriculado, un camino que es demasiado planeado, en el que solo obedecemos y agradamos a los demás, olvidándonos de lo más importante de nuestras vidas que no es otra cosa que nosotros mismos, lo que somos, lo que sentimos y hacia donde queremos ir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucía Alemany

Entrevista a Lucía Alemany, directora de la película “La inocencia”, en la Cafetería Farga en Barcelona, el viernes 20 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucía Alemany, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La inocencia, de Lucía Alemany

EL ÚLTIMO VERANO DE LIS.

“No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo”

Mario Benedetti

La inagotable cantera cinematográfica de la escuela de cine Escac sigue dando sus inmejorables frutos y alumbra una nueva mirada que se llama Lucía Alemany (Traiguera, Castellón, 1985) que ya habíamos conocido hace cuatro años cuando presentó su cortometraje 14 años y un día, en el que plasmaba las disputas de Arantxa, una niña de 14 años que se enfrentaba a la tiranía paterna, íntegramente filmado en su pueblo natal. Para su puesta de largo ha vuelto a su pueblo para filmar a otra niña, en este caso Lis, quinceañera, en mitad de otra tesitura emocional que también la llevará a enfrentarse a sus padres, por su deseo de ser artista de circo, a su pueblo y su particular pelea por su vida. Alemany escribe junto a Laia Soler Aragonès, compañera de la Escac, un guión que arranca con el final de las fiestas patronales del pueblo, con las verbenas de pasodobles, “bous al carrer”, procesiones y los fuegos artificiales como fin de fiesta, o lo que es lo mismo, el final del verano, el final de ese espacio y estado emocional de despreocupación, libertad, amigas y fiesta.

Empieza el otoño y también, las clases y las obligaciones, pero Lis, que encuentra en Néstor, un novio de verano, una forma de huida ante la opresión del ambiente de pueblo cerrado y crítico con cualquier actitud diferente, pero lo que parece una tabla de salvación derivará a un embarazo no deseado, y unas responsabilidades que suponen una hecatombe en la vida de Lis, que perdida y temerosa por la respuesta paterna, encontrará refugio en la complicidad de su inseparable amiga Sara, y la madre de esta, Remedios, dedicada a la sanación emocional y espiritual, que la escucharán y sobre todo, le ofrecerán una mirada amiga y protectora. Alemany coloca su cámara a la altura de la mirada de su protagonista, con la que a través de ella, nos mostrará ese pueblo anclado en lo arcaico y la tradición, un lugar poco tolerante con las ideas diferentes, encerrado en sí mismo y sus quehaceres cotidianos, como veremos con la actitud paterna, la de sus amigos o vecinas del lugar, más interesadas en las vidas ajenas que en las propias.

Lis es alguien ajeno a la dinámica del pueblo, metida en su mundo, muy suya,  alejada de las actitudes de sus amistades y crítica con lo que se cuece ahí. Un espíritu libre y valiente, alguien que ya en el arranque de la película deja clara quién es y a qué se enfrenta, cuando se lanza a la piscina y mientras va buceando, tiene que ir sorteando a otras personas y obstáculos para seguir avanzando, la secuencia que mejor define el espíritu que recorre la propuesta de Alemany, la de esa inocencia interrumpida de golpe,  de volverse mayor de un día para otro, de ese verano que ya no volverá, que será el último de muchos, del final de la infancia y el comienzo de algo que empieza a vislumbrar sus garras, ese mundo de los adultos donde los actos y actitudes devienen responsabilidades que hay que enfrentar y asumir como propias. La directora castellonense construye una película ligera e íntima, colocando a Lis en el centro del conflicto dramático del relato, convirtiéndose en el origen y final de todo lo que sucede en la película, ese cambio de niña a mujer, o lo que es lo mismo, ese tránsito en empezar a ser quién quiere ser y pelear con todas sus fuerzas para conseguir la mujer con la que sueña, acarreando los conflictos que se vayan presentando.

Alemany reúne en este viaje a compañeros de escuela como la citada Soler Aragonès y Joan Bordera en la cinematografía, con esa luz mediterránea y cálida para atraparnos con sutileza en el cisma emocional que sufre Lis, y al preciso y sobrio montaje de Juliana Montañés, fraguada en la Ecam, editora de Carlos Marques-Marcet, consiguen una forma brillante y luminosa donde el pueblo de Traiguera se convierte en un personaje más, por su atmósfera abierta y cercana y a la vez, cerrada y maldiciente. La magnífica terna de intérpretes experimentados como Laia Marull, haciendo de esa madre protectora, pero también, sumisa con la autoridad paterna, Sergi López, como padre trabajador y señor de la casa, mostrándose muy intolerante con su hija a la que todavía trata como una niña desamparada, y Sonia Almarcha, la madre de Sara, la mejor amiga de Lis, interpreta a esa mujer diferente, el contrapunto de la actitud de los padres de Lis, la “bruja” según los habitantes del pueblo, alguien especial y con ideas muy abiertas sobre el amor, el sexo y la vida.

Y los intérpretes jóvenes, debutantes muchos de ellos, casan a la perfección junto a los adultos, con una magnífica y apabullante Carmen Arrufat que da vida a Lis, una niña-adolescente rebelde, libre y con deseos de volar y salir del pueblo para enfrentarse a su vida y a su sueño, con Joel Bosqued como Néstor, el típico chulito de pueblo, que pasa droga y se siente el rey del mambo, dando réplica a Lis, que empieza siendo la válvula de escape que necesita la chica para luego ser un problema en su vida, con Estelle Orient, que ya estuvo en 14 años y un día, interpretando a Sara, la íntima amiga de Lis, algo así como un espejo en el que se refleja Lis, un apoyo incondicional por su rareza y su falta de encaje en el sentir del pueblo, y las otras amigas, Laura Fernández y Rocío Moreno, que son Rocío y la Patri, con las que tropiezan las anteriores por sus diferencias de actitud y deseos. Alemany ha creado una película muy cercana y libre, sin ataduras, en la que basándose en experiencias reales sitúa a una niña que se enfrenta al final del verano más difícil de su corta existencia, en el que deberá enfrentarse a todo aquello que quiere ser, tanto por ese embarazo inesperado, a sus sentimientos, a su vida y a su sueño, pase lo que pase, y peleando por todo aquello que siente y quiere. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El viaje de Marta, de Neus Ballús

EL (DES) ENCUENTRO CON EL OTRO.

“Nada es más difícil que aprender a mirar a alguien, a ser mirado de cerca por otro.”

 Antonio Muñoz Molina

Corría el año 2013 cuando apareció La plaga, del tándem Neus Ballús (Mollet del Vallés, 1980) y Pau Subirós (Barcelona, 1979). Ballús en la dirección y comontaje, y compartiendo producción y guión con Pau. La plaga nos hablaba de un país en crisis, a partir de un retrato naturalista y sensible, a medio camino entre la ficción y el documento, para hablarnos de la difícil cotidianidad de unos supervivientes en los márgenes. Seis años después nos llega el segundo trabajo del tándem Ballús-Subirós, pero esta vez han dejado la periferia del Vallés para viajar hasta Senegal, situándonos en uno de esos resorts en los días previos a la Navidad. En semejante espacio, lugar idílico para el turista occidental, donde transita alejado de la realidad social del país para enfrascarse en su aventura más superficial, en aburridas rutas de safari, en paseos para conocer el entorno más amable, realizar juegos acuáticos en el hotel y conocer el folclore más exótico y simpático.

En ese entorno occidental en África, conoceremos a una peculiar familiar a través del punto de vista de Marta, una chica de 17 años, asqueada por el viaje y compartir con su padre, al que hacía tiempo que no veía, uno de esos blancos que hacen negocio con el turismo, algo simpático, y más preocupado de sus business que de sus hijos y sus problemas, y también anda Bruno, el hermano pequeño de Marta, convertido en un aliado imbuido por la tecnología. Y así andan las cosas, los días en el resort van cayendo uno tras otro mientras el agobio y la desazón de Marta van en aumento, cada vez más ausente y distante, y más tiempo alejado de los suyos, hasta que cruza la frontera, sumergiéndose en el “Staff Only” (al que hace referencia el subtítulo de la cinta) donde conocerá a Khouma, un joven mayor que ella que se dedica a realizar esos vídeos para sacarles un cuántos euros de más a los turistas, y a Aissatou, una limpiadora de habitaciones. Marta profundizará con sus “nuevos” amigos y descubrirá una cara diferente de Senegal, que la llevará a alejarse de su familia, y dejarse llevar con sus amigos, experimentando esa realidad que el turista nunca ve, esa que está afuera, lejos del ideal falso del resort.

De la mano de Marta, o mejor podríamos decir, que a través de su mirada, iremos conociendo el otro rostro menos amable y más real, los verdaderos intereses de los autóctonos, una realidad muy diferente a la suya, una realidad que chocará con los valores y costumbres occidentales de Marta. Situación que la llevará a replantearse las cosas, sus sentimientos y a acercarse más a su padre, a sus ideas y a reconciliarse con él. Ballús vuelve a mostrarnos diferentes realidades que se nos escapan, que viven invisibles dentro de un mismo entorno, mostrando las múltiples cotidianidades tan desiguales e injustas que conviven en el mismo espacio, pero no lo hace desde la condescendencia o el sentimentalismo, sino todo lo contrario, que recuerda en ciertas formas y narrativas al cine de Ulrich Seidl y su aproximación al turismo occidental en África en su Paraíso­: Amor (2012) explorando de forma sincera, profunda y honesta todas sus realidades, todos sus personajes, todos sus intereses, los choques culturales e idiomáticos, y al diversidad de intereses de unos y otros, consiguiendo un retrato certero y conciso de todo ese universo complejo y multicultural que se mueve en estos espacios hoteleros.

La joven protagonista no solo crecerá a un nivel físico, sino también emocional, valorando todo lo que tiene y sobre todo, conociendo todas esas realidades que se mueven en su vida y en su mirada, porque lo que nos explica de forma clara y apabullante Ballús es que para ver a los demás y conocerlos en sus realidades y complejidades, primero deberíamos conocernos a nosotros mismos, entendiéndonos profundamente, y viviendo con nuestras emociones volubles, nuestras vidas vulnerables y toda esa extrañeza que nos atrapa en situaciones en las que nos cuesta reconocernos en los demás y sobre todo, a nosotros mismos. La luz cálida e íntima de Diego Dussuel, que repite con Ballús, crea ese ambiente amable, pero también oscuro que se va desarrollando a lo largo del metraje entre los personajes y sus derivas emocionales, con el preciso montaje que deja que las situaciones se vayan desarrollando en una especie de laberinto, tanto físico como emocional por donde se van desplazando los personajes, con esa interesante mezcla entre las diferentes texturas de cine y video, que acaba creando un espejo deformante donde libertad y prisión emocionales se miran, se reconocen, pero también se alejan y discuten. Sin olvidarnos la cercanía del sonido obra de Amanda Villavieja que captura de forma extraordinaria la diversidad sonora y los contrastes que conviven en la cinta.

El fantástico reparto que ha logrado reunir Ballús emana espontaneidad, veracidad y cercanía, con un natural y estupendo Sergi López, único actor profesional de la película, que se mueve en su salsa, dando vida a ese padre que también deberá aprender a acercarse a su hija y sobre todo, a conocerla y a hablarle de otra forma, como una mujer, la magnífica debutante Elena Andrada dando vida a esa Marta en pleno apogeo de descubrimiento y hastiada de su padre, que deberá reencontrarse con los suyos y con ella, y los formidables intérpretes africanos con Ian Samsó que interpreta a Khouma, un buscavidas que encuentra en los turistas una forma de subsistir en un entorno difícil, y Madeleine Codou Ndong que hace una Aissatou que mostrará a Marta esa realidad que se escapa del turismo modelo. Ballús-Subirós vuelven a demostrar que con poco se puede hablar de mucho, desde la sinceridad y la honestidad, sin olvidar que en las situaciones más difíciles también hay espacio para lo humano, a través de la sensibilidad y el encuentro con el otro donde nos reflejamos a través de lo que somos y lo que sentimos. El viaje de marta es una película valiente y necesaria, llena de vericuetos narrativos y emocionales, repleta de situaciones complejas y difíciles, que no se olvida del sentido del humor en una película que explica tantas realidades e intereses diversos, en un entorno de múltiples rostros y entornos, explicándonos con arrebatadora naturalidad y sencillez el choque con el otro, las relaciones con el diferente, que quizás no lo es tanto, confrontando esos espejos físicos y sobre todo, emocionales que tanto nos ayudan a seguir creciendo y conociéndonos más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Guillermo del Toro

Encuentro con el cineasta Guillermo del Toro, junto al actor Sergi López y Esteve Riambau, director de la Filmoteca, con motivo del ciclo que le dedica la Filmoteca en colaboración con Sitges. Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Cataluña. El encuentro tuvo lugar el domingo 8 de octubre de 2017 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillermo del Toro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Sergi López

Entrevista al actor Sergi López, con motivo de la Carta Blanca en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el martes 13 de marzo de 2018 en el espacio Delmiro de Caralt en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sergi López, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Marc Recha

Entrevista a Marc Recha, directora de “La vida lliure”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 21 de febrero de 2018 en la Plaça de la Revolució en el Barrio de Gràcia en en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Marc Recha, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Àlex Tovar de prensa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La vida lliure, de Marc Recha

LA ISLA DEL TESORO.

Había una vez en la Menorca de finales de la Gran Guerra, que unos hermanos, Tina, de unos 13 años, y Biel, de unos 7 años, vivían junto a su tío Conco, en una antigua casa en la que el tío trabajaba la tierra para unos terratenientes. La isla, azotada por la falta de trabajo y escasez en general, malvivía del contrabando entre los alemanes y los nazis, y sus habitantes soñaban con salir de aquel rincón, en irse a otros lugares y ver mundo, como la madre de los niños que había emigrado a Argel. Un día, como otro cualquiera, Tina y Biel, se tropiezan en la playa, junto a la casucha de pescadores, con Rom, un hombre de espíritu libre, que vive en consonancia con la naturaleza, de lo que saca de aquí y de allí, que al igual que los dos hermanos, ansía salir de esa isla y experimentar otras aventuras imposibles. La novena película de Marc Recha (Hospitalet de Llobregat, Barcelona, 1970) nos vuelve a situar en su entorno predilecto, el ambiente rural, en esa periferia alejada de todos, lugar común en su cine, con la naturaleza omnipresente que a través de sus accidentes atmosféricos conoceremos el interior de los personajes y las diferentes actitudes que tomarán en las circunstancias que se irán encontrando a lo largo del metraje.

El cine de Recha es intimista y extremadamente cercano, donde podemos saborear y describir con paciencia el tiempo que va pasando, a través de unos personajes muy próximos, seres de carne y hueso, sometidos a lugares cerrados y hostiles, espacios que los ahogan y asfixian de tal manera que no cejan de soñar con salir de ahí, escapando hacia otros sitios que los hagan estar mejor, mientras tanto, inventan y modifican la realidad para que de esa manera la espera sea más plácida, un cine en el que en muchas ocasiones, la infancia se erige como epicentro de la trama, una infancia casi abandonada, dejada a su suerte, en el que la imaginación será el arma que tendrán a su alcance para soportar las calamidades de una existencia bastante anodina y miserable, como ocurría en L’arbre de les cireres, Petit indi o Un dia perfecte per volar, cintas donde la infancia era la protagonista absoluta, como ocurre en La vida lliure, donde la película se asienta en la mirada de Tina, y ella misma nos va contando las experiencias que van viviendo en su quehacer diario.

Rom, de aspecto bonachón y amigable, será ese ogro en apariencia bueno, que alimentará los sueños imposibles de los dos hermanos relatando aventuras inolvidables e imposibles de grandes viajeros perdidos en los confines del mundo, sus historias increíbles y su relación con la naturaleza entusiasmará a los niños que verán en él ese adulto que los entiende y trata como iguales, a diferencia de la severidad y la rectitud de su tío labrador. Recha, con la complicidad habitual en la fotografía de Hélène Louvart, consigue atrapar la atmósfera inquieta y cambiante que anida en esa parte de la isla, a través de su luz, viento y agua que reinan en el lugar (grandioso el inmenso trabajo en el sonido de Eva Valiño, y la música de Pau Recha, que a través de sus ritmos y melodías, consigue mezclarse con naturalidad con su paisaje) y filmar a los animales en su cotidianidad con sumo respeto y paciencia, y marcando los días monótonos y apacibles, en general, que van cayendo en la isla, filmando un universo lleno de soledades, soñadores y criaturas en tránsito, creando un caleidoscopio sutil y veraz de la radiografía de los habitantes de la Menorca de finales de 1918.

El barco anclado en mitad de la bahía, visible desde la playa, propiedad de ese señor de Menorca, acompañada de esa extranjera, que siempre veremos desde la distancia, representará esa libertad que tanto ansían los personajes, volviéndose en un objeto preciado por todos ellos y el único medio para salir de la isla, acompañado con la aparición de un tesoro que descubren escondido los dos hermanos. Recha es uno de los cineastas que mejor ha filmado la naturaleza y sus ritmos ancestrales, convirtiéndola no solo en un personaje más, esencial en sus trabajos, sino que, a través de ella, compone una mirada que impregna todo el paisaje y a aquellos que habitan en él, en una especie de simbiosis natural donde unos se impregnan de otros, y donde el paisaje humano, natural y animal, se acaban convirtiendo en uno solo. La película es una magnífica aproximación al género de aventuras con el aroma de la novela de La isla del tesoro, de Stevenson, con la que guarda más de una línea argumental, y también, con la película Los contrabandistas de Moonfleet, de Fritz Lang, dos relatos protagonizados por dos adolescentes, Jim Hawkings y John Mohune, respectivamente, que experimentarán la aventura de vivir, las ansias de libertad, y también, comprenderán que el mundo de los adultos puede ser mentiroso, oscuro y muy siniestro.

El cineasta barcelonés se acompaña de un equipo artístico que compone unos personajes magníficos, llenos de sutilezas, apoyados en sus miradas y gestos, con Miquel Gelabert, como ese tiet que representa la paternidad ausente de los niños, Sergi López (que repite con Recha después de Un dia perfecte per volar) sería el otro lado del espejo del tío, con su habitual naturalidad y capacidad para transmutarse en cualquier personaje, ya sea un capitán fascista o el ogro bonachón de esta película) y los deslumbrantes y fantásticos niños Macià Arguimbau, y Mariona Gomila, que solamente su propia mirada y su voz autóctona de Menorca (que crea esa atmósfera vital y sombría que emana todo el relato) representa con brillantez y sensibilidad toda la película de Recha, enmarcándose en ese espíritu imperecedero de las historias míticas de piratas, bucaneros y contrabandistas que seguirán siendo el caldo de cultivo y las herramientas intrínsecas para seguir imaginando esos mundos, de grandes y perdidos mares, llenos de universos extraños, exóticos, peligrosos, fantásticos y llenos de aventuras sin fin.


<p><a href=”https://vimeo.com/255710099″>Trailer LA VIDA LLIURE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user3390135″>La Perif&egrave;rica Produccions</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La próxima piel, de Isaki Lacuesta e Isa Campo

image-17-717x1024DESENTERRANDO LAS HERIDAS.

El universo cinematográfico de Isaki Lacuesta (Girona, 1975) e Isa Campo (Oviedo, 1975) está construido a través de la memoria, sus personajes, perdidos y descarriados, deben enfrentarse a sí mismos, emprendiendo un viaje, tanto físico como emocional, que los lleva a una búsqueda incesante sobre su propia identidad y la de aquellos que los rodean. Su cine arranca siempre con un misterio, algo oculto, que se mantiene olvidado o se niega a desvelarse, un enigma del pasado que permanece escondido, una verdad que deberá buscarse a través del presente, enfrentándose al inevitable dolor y unas heridas ocultas que despertarán, en la que los personajes deberán combatirlas, y de esa manera, seguir hacia delante y construirse a uno mismo y el mundo que le rodea. Una obra audiovisual en continua búsqueda en su forma de representación, independientemente de los diferentes ámbitos en que haya sido creada (cine, teatro, instalaciones, etc…) que huye del género, de la convencionalidad imperante, impregnada por una realidad absorbente que contamina y da forma a cada una de sus imágenes. El documento y la ficción se mezclan y conviven de manera natural, sin la necesidad de ajustarse a ninguno de ellos, creando mundos propios y universales, en un magnífico equilibrio artístico que da lugar a obras muy personales, de naturaleza arrebatadora y tremendamente singulares dentro del panorama cinematográfico contemporáneo.

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Para descubrir las primeras huellas de La próxima piel hay que remontarse hasta el 2005, cuando el proyecto comenzó su andadura, ha tenido que transcurrir una década para que seamos testigos del corte final. Lacuesta y Campo (que firman su primera película juntos, aunque llevan toda su obra trabajando juntos, como el matrimonio artístico formado por los excelentes y personales Jean-Marie Straub y Danièle Huillet) nos proponen un viaje emocional y catártico, en una sublime mezcla entre el melodrama íntimo, familiar en este caso, y el thriller psicológico, contando con un guión de impecable estructura dramática (en la que la pareja artística lo firma junto a Fran Araújo, director de la notable El rayo), en la que conviven de manera natural tres idiomas diferentes (castellano, francés y catalán), grandísimo acierto de los autores. Un guión en el que nos presentan a Léo, un joven en los albores de la mayoría de edad, que después de 8 años desaparecido, vuelve a su casa, donde se reencontrará con Ana, su madre, su tío, Enric, y los demás componentes de este entorno familiar que oculta demasiadas cosas. Lacuesta y Campo plantean una película in crescendo, que se abre con la llegada del chaval, y la sospecha de su impostura, de la mentira que rodea toda su historia, en la que el tío, brabucón y hombre de montaña, es el principal objetor del intruso impostor, que ha llegado invadiendo su hogar y desenterrando viejas rencillas y terribles secretos que permanecen ocultos.

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Una película que se alimenta de su infernal paisaje, situado en las montañas aragonesas, un lugar fronterizo, de mucho frío y nieve, que además de congelar físicamente a los personajes, actúa como espejo emocional de éstos, y describe lo oculto, lo que no vemos, de todo cuanto allí está pasando. La película no da tregua, penetra en el alma de sus personajes de forma reposada, alimentando las dudas de la verdadera identidad del personaje, y cómo el resto lo defiende o lo acusa según la circunstancia. Léo, que en realidad es Gabriel o no, deberá recordar su pasado, quién era y como vivía, enfrentándose a sus monstruos, aquello que lo amenaza, a su verdad, para descubrir de donde viene y aquello que le ha producido tanto dolor. Una madre desvalida, rota y frágil, le acompañará en su búsqueda interior, almas vacías y a la deriva que comparten un pasado tenebroso que tendrán que lidiar para encarar su vida, y su futuro, de forma diferente y sobre todo, vencer y abandonar, definitavemente, ese pasado oscuro, oculto y doloroso.

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Una obra que recuerda al El regreso de Martin Guerre (1982, Daniel Vigne) en la que un soldado volvía a su pueblo después de tantos años y nadie lo reconocía y todos ponían en duda su identidad. También intuimos el aroma del  cine de los setenta, en la tradición de Peckinpah, el mejor Saura (Cría cuervos, Ana y los lobos, La prima Angélica, y otras tantas), de Borau (Furtivos, y con el nuevo siglo Leo) o Manuel Gutiérrez Aragón (Habla mudita, El corazón del bosque). Lacuesta y Campo vuelven a contar con un grupo de fieles colaboradores: Dussuel en la foto (creando una luz etérea, natural, de difícil definición, que no sólo atrapa ese ambiente hostil y agreste, sino que penetra en el alma de los personajes) Villavieja en el sonido (habitual de Guerín o Mercedes Álvarez) Roger Bellés en el arte, Domi Parra en montaje, y finalmente, Gerard Gil en la música (que consigue una banda sonora de múltiples aristas y contrariedades, con una partitura afilada, de aires tenebrosos y lúgubres, que azota ese ambiente malsano y agobiante que se respira en la trama). Amén del estupendo trabajo del gran reparto encabezado por la frescura y la visceralidad de Àlex Monner, (que tenía una breve aparición en Murieron por encima de sus posibilidades), creando un chaval de alma rota, que navega entre la sensación de no saber muy bien quién es y recordar un pasado que duele, amenazante y lleno de oscuridad,  junto a la fragilidad y la delicadeza de Emma Suárez, una madre en eterna espera, angustiada por lo que pasó y con pocas fuerzas para arrancar de nuevo, acompañados por un fantástico Sergi López, con ese carácter rudo y bruto de cazador rural, la presencia de Bruno Todeschini (conocido por sus trabajos con Cherèau o Haneke) como el educador del centro de menores, y la terna de jóvenes, que aportan la necesaria mirada externa a ese mundo adulto de secretos, mentiras y trampas emocionales.

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Lacuesta y Campo han construido una película grandiosa, (quizás la mejor de su filmografía) un cine potente, cine de armazón impecable, que profundiza en las heridas familiares, que realiza un minucioso retrato sobre la maternidad, y abre el debate sobre la identidad y estructura familiar, y sobre todo, es un prodigioso drama rural e íntimo, que nos atrapa desde el primer instante, subyugándonos y sumergiéndonos en este descenso al alma oscura y los secretos más profundos de sus personajes, con memorables secuencias, como la del baile entre madre e hijo, que define y de qué manera sus estados de ánimo, o la de los chavales en la caravana, con su indefinición moral y sexual por parte de Léo/Gabriel. Un film negrísimo, de factura sencilla y compleja, a la vez, que nos invita no sólo a reflexionar sobre la memoria y la identidad, sobre las relaciones familiares, sino también sobre la naturaleza de nuestras emociones, las fisuras del alma, y cómo estas, nos acaban definiendo, y llevando a lugares oscuros y muy profundos, de los que sólo nosotros seremos capaces de salir.


<p><a href=”https://vimeo.com/161670164″>Trailer &quot;La propera pell&quot; una pel&iacute;cula de Isaki Lacuesta e Isa Campo</a> from <a href=”https://vimeo.com/isakilacuesta”>ISAKI LACUESTA-LA TERMITA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>