Argentina, 1985, de Santiago Mitre

DIGNIDAD Y JUSTICIA.

“El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que no pueda ocultar la basura de la memoria”.

Eduardo Galeano

Las cuatro películas que he visto de Santiago Mitre (Buenos Aires, Argentina, 1980), giran en torno a la política, al hecho político. Sus personajes están enmarcados en ambientes donde la política decide sus actos y pensamientos, aunque el director argentino no solo se queda en ese marco, sino que va más allá, y usa la política como un pretexto para hablar de algo mucho más profundo, que no es otra cosa de la condición humana, toda su complejidad, contradicción y oscuridad, porque sus individuos, tengan el cargo que tengan a nivel político, están obligados a manejar sus aspectos personales, íntimos y menos públicos.

Mitre profundiza en las almas de sus personajes a partir de las situaciones morales que la política los lleva sin remedio, explorando todos sus actos y como no podría ser de otra manera, la gestión de esas consecuencias, que como suele ocurrir, nunca llegan a ser las más acertadas y las más comprensibles ante los ojos de los otros. Aunque, una cosa si tienen las almas de Mitre, nunca son personas que se dejen avasallar por las circunstancias y siguen remando a contracorriente, siguen creyendo en sus ideas y sobre todo, en su justicia. Con Argentina, 1985, el director Santiago Mitre se enfrenta por primera vez a un caso real, y a un persona como el fiscal Julio Strassera (1933-2015), convertido en el personaje de la película, porque a partir de él se construye todo el entramado. A partir de un guion del propio director y Mariano Llinás, toda una institución del cine más personal y profundo de Argentina, a través de El Pampero Cine, en su cuarto guion junto a Mitre, después de Paulina (2015), La cordillera (2017), y Pequeña flor (2022). La trama cuenta el caso real de Strassera, junto a su asistente Luis Moreno Ocampo y el equipo de jóvenes abogados, que se encargaron de la acusación en la causa contra los nueve mandos del ejército argentino, integrantes de la dictadura cívico-militar que entre el 1976 y 1983, que bajo las órdenes de Videla  sembró de detenciones, torturas, asesinatos y desaparecidos el país.

La película se desarrolla en dos tiempos. En la primera mitad, asistimos a la preparación del juicio, siguiendo las investigaciones y la recavación de información para preparar la acusación. En la segunda mitad, asistimos al juicio, en el que nos muestran las grabaciones reales, tanto de video como de audio que se registraron del juicio, que casa con la imagen de la película, más cuadrada que la estándar, un preciosista e intenso trabajo de Javier Julia, que ya había trabajado con Mitre en La cordillera y Pequeña flor, y qué decir del rítmico y magnífico trabajo de montaje de Andrés P. Estrada, que ha trabajado con gentes tan importantes como Pablo Trapero, Juan Schnitman, y estuvo en el equipo de La cordillera, en una película de ciento cuarenta minutos con un grandioso ritmo, en el que no cesan de suceder cosas, tanto físicas como emocionales. La excelente música de Pedro Osuna ayuda a sumergirnos en el contexto social, económico y cultural de aquella Argentina que quería hacer memoria en una democracia todavía con el olor a muerte y destrucción de la dictadura.

Un grandísimo reparto entre los que destaca un extraordinario Ricardo Darín, que se nos acaban los calificativos de este enorme actor, el bonaerense hace toda una amalgama de registros y detalles que son toda una lección de cómo interpretar y sobre todo, como capturar la esencia de un tipo que, muy a su pesar, tuvo que lidiar con el juicio más importante de la historia de Argentina, en uno de esos personajes con alma, sencillos y tremendamente cotidianos, como los que construía Frank Capra en sus maravillosas películas, gentes de aquí y ahora, de carne y hueso, que están muertos de miedo ante lo que les espera, enfrentarse al poder más oscuro y terrorífico, pero aún así, sacar valentía y ser dignos y hacer lo imposible por reparar las injusticias cometidas, y sobre todo, no rendirse jamás, a pesar del miedo, de las dudas y las amenazas a las que son sometidos por ese poder invisible y asesino. Bien acompañado por su peculiar Sancho Panza, el actor Peter Lanzani, al que habíamos visto en El clan, de Trapero, y El ángel, de Luis Ortega, se mete en la piel del asistente Luis Moreno Ocampo, un tipo sin experiencia que, a pesar de la oposición materna y familiar, con militares como parientes, se enfrenta a ellos y trabaja en lo que considera justo, necesario y digno.

En personajes más de reparto, nos encontramos con un actor que nos encanta, el veterano Norman Briski, que tuvo su idilio con el cine español, en películas de Saura y Gutiérrez Aragón, cuando estalló la dictadura y se exilio por estas tierras. En un personaje entrañable, de frágil salud, mentor de Strassera, con conversaciones de esas que encogen el alma y sirven para que el personaje que hace Darín tenga una voz de la experiencia, una especie de padre y amigo a la vez. Y, también encontramos la presencia de Laura Paredes, una actriz fetiche de “Los Pampero”, en un rol de superviviente de la dictadura. Mitre ha construido una película fabulosa, que tiene de todo, alma y cuerpo, que habla de política, de memoria, de dignidad y de justicia, de unos pocos hombres y mujeres que se enfrentaron a los asesinos militares de su país, y lo hicieron con las armas que tenían, libertad, democracia, reparación y verdad, palabras que deberían ser una realidad, y que suelen costar tanto que se materialicen en las sociedades actuales en las que vivimos. La película no necesita florituras ni aspavientos narrativos ni demás, para convencer al espectador y llevarlo de su mano, porque todo lo cuenta tiene una parte conmovedora y sensible, sin ser sensiblera ni condescendiente, y sumerge al espectador en este viaje de la dignidad y la justicia para los que ya no están y para los que se han quedado, para construir una sociedad un poco mejor cada día, aunque, como vemos en la película, haya que seguir luchando y luchando, y sobre todo, desenterrando muertos y darles la voz que otros le negaron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del Doctor Grinberg, de Ida Cuéllar

JACOBO GRINBERG. CASO ABIERTO.

“No existe una realidad independiente o ajena a nosotros, somos nosotros quienes la elaboramos”

Jacobo Grinberg

Cualquier tipo de búsqueda genera una profunda investigación, no solo ya los pormenores de la desaparición, sino los hechos que lo propiciaron, y aún más, la vida anterior del personaje en cuestión. Quizás esta última parte, más misteriosa aún más si cabe, porque la vida que conocemos, en cierto modo, la pública y la oculta, entraña el misterio en sí, porque de esa vida conocida o no, se encuentran las claves que ocasionaron dicha desaparición. En el caso de Jacobo Grinberg (Ciudad de México 1946), toda su existencia, la que conocemos o no, se truncó aquel lejano 8 de diciembre de 1994, cuando contaba con solo 47 años. Pero, he aquí la cuestión. ¿Cuáles fueron las circunstancias de la desaparición de Grinberg? ¿Cómo se produjo? ¿Quién o quiénes estaban interesados en él? E infinitas preguntas más. Todas esas cuestiones son las que se plantea el cineasta Ida Cuéllar durante los siete años de investigación sobre el caso, que vive a caballo entre Barcelona y Ciudad de México, astrólogo y estudioso del Tarot, y en sus obras un explorador de la imaginación y la consciencia, no solo nos explica la vida y el trabajo de Grinberg, sino también, intenta esclarecer las circunstancias de su extraña desaparición.

El secreto del Doctor Grinberg se decanta por el thriller de investigación, con el aroma de los mejores títulos del cine de género estadounidense setentero, abriendo varias líneas, llevándonos por muchos lugares del ancho planeta. En la primera, nos sitúa en las pesquisas del comandante Padilla, el jefe de policía a cargo de la investigación del caso, otra línea son las entrevistas del propio Cuéllar con familiares, amigos y colegas de profesión de Grinberg, en el que traza esa vida pública y oculta del personaje, y aún más, se hace una reflexión del trabajo de Grinberg, que destacó enormemente como neurofisiólogo y psicólogo, dedicándose a estudiar el chamanismo mexicano, la conciencia, disciplinas orientales, meditación y telepatía, llegando a ser mundialmente conocido. La película huye, inteligentemente, de las certezas, y elabora un trabajo exhaustivo, lleno de tensión, brillante y místico sobre la figura del investigador de la conciencia, y sobre todo, no enlazándolo ni nada que se le parezca, sino construyendo un retrato inolvidable sobre todo aquello que somos, y todo aquello que podríamos ser.

La película también actúa como un trabajo fascinante y revelador sobre Grinberg y todo aquello que fue: su viaje a Israel, que lo cambió para siempre, la aparición en su vida de personas como la curandera Pachita, sus relaciones con el poder, la amistad con el antropólogo y brujo Carlos Castaneda, su viaje al New York contracultural, y Teresa Mendoza, la mujer que compartía su vida cuando desapareció, la CIA estadounidense, y demás asuntos que se mezclan en la ardua investigación. Cuéllar lanza innumerables preguntas sin respuestas, investiga y elabora algunas hipótesis, algunas que quizás son ciertas, y otras, pura fantasía o no, nunca se decanta por ninguna de ellas, solo investiga y llega a ciertos lugares y personas, pero nunca nada definitivo, en cierta manera, no está muy lejos de Zodiac (2007), de David Fincher, la investigación de dos polis sobre uno de los mayores asesinos en serie de EE.UU., o de JFK (1991) y JFK: Caso revisado (2021), las películas de Oliver Stone sobre el magnicidio de Kennedy, ni tampoco de las películas-documentales-investigación de Isaki Lacuesta como Cravan vs. Cravan (2002) y Los pasos dobles (2011), sobre las misteriosas figuras del poeta Arthur Cravan y del pintor François Augiéras, respectivamente.

La opera prima de Ida Cuéllar destaca por su precisión y estupenda narrativa y forma, porque todo está elaborado con cuidado y detalle, nada se deja al azar ni mucho menos a la mera inventiva, porque la película consigue un trabajo riguroso, donde todo es honesto y cercano, se muestra lo más clara posible en sus investigaciones y en su incansable búsqueda, una búsqueda fascinante, hipnótica y llena de misterios que, a día de hoy, continúan ocultos, al igual que Jacobo Grinberg, un personaje que la película descubre y sobre todo, reivindica como estudioso de la mente y la conciencia, y nos habla de sus más de medio centenar de libros en los que plasmaba el resultado de sus novedosas y sorprendentes investigaciones. Nunca sabremos que ocurrió con Grinberg, o quizás algún día sí, lo que si sabemos seguro es que su trabajo y obra están ahí para ser descubiertas por cualquier persona que quiera saber, quiera conocer, y adentrarse en un mundo más allá de lo conocido, un universo fascinante y lleno de sueños, donde los sueños ya no son una mera ilusión, sino toda una búsqueda diferente, que tiene que ver con otras leyes, leyes que se escapan de lo racional y lo físico, y pertenecen a otras dimensiones, materias y estados, un universo en el que quizás Grinberg se encuentra ahora mismo, o tal vez, no, quizás alguna vez lo sepamos, y Grinberg también. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un escándalo de estado, de Thierry de Peretti

LA GUERRA SUCIA DEL ESTADO.

“El ejecutivo del Estado no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía”

Karl Marx

Si hay una película por antonomasia sobre el thriller de investigación sobre las miserias del estado esa no es otra que Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, en el que profundizan sobre las pesquisas de los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein en el llamado “Caso Watergate”, que provocó la dimisión al presidente Nixon en el verano de 1974. La acción de Un escándalo de estado arranca sin más, con la noticia de la incautación de siete toneladas de cannabis en París. Ese día, Hubert Antoine, antiguo topo de la policía se pone en contacto con Stéphane Vilner, periodista del diario de “Libération”, y le explica que conoce todos los detalles de una trama de tráfico de drogas del estado, liderada por el alto cargo policial Jacques Billar. La película ya deja clara su camino, cuando en su inicio anuncia en dos frases que la película se basa en hechos reales pero inventados, dejando al espectador en la función de desenmascarar los propios hechos, en un interesante y enigmático juego basado en dilucidar si esos hechos relatados  sean reales o no, según su criterio e información.

El director Thierry de Peretti (Ajaccio, Córcega, Francia, 1970), del que conocíamos su faceta como actor en grandes películas como Saint-Laurent, de Bonello y Los que me quieran cogerán el tren, de Chéreau, entre otras, dirige su tercer largometraje como director, después de las interesantes Les apaches (2013) y A Violent Life (2017), donde indaga en las formas de violencia hacia los inmigrantes argelinos en Francia. En Un escándalo de estado, también se sitúa en las formas de violencia, pero en este caso va mucho más allá, porque se mete con las formas criminales del estado, una historia extraída del libro “L’infiltré”, de Hubert Anoine y Emmanuel Fasten, del que ha construido un guion junto a Jeanne Aptekman, en el que deja de lado los estereotipos del género, tan trillados últimamente, para profundizar en la relación entre el infiltrado y el periodista y en las investigaciones llevadas por ambos, o lo que es lo mismo, entre el que tiene información y el que debe corroborar toda esa información.

La trama se instala en París, y en algunos lugares epicentro de la droga como Marbella y Marsella, en el vamos viendo a todos los actores implicados en la guerra sucia del estado contra la droga o a favor de la droga, según se mire. Estamos ante un caso como los GAL en España contra la guerra contra ETA, o cualquier otro caso en que el estado ha dejado de ser un estado de derecho, democrático y transparente para sumirse en una organización fuera de la ley en el que hacer y deshacer a su antojo. De Peretti deja claras las miserias de la política y los gobernantes para someter e inducir a la policía a hacer y deshacer en temas de droga, para así conseguir sus beneficios y réditos de cara a sus influencias económicas y políticas bajo mano. La excelente cinematografía de una súper clase como Claire Mathon, que repite con De Peretti después de A Violet Life, de la ya habíamos disfrutado con sus grandes trabajos con Céline Sciamma y en El desconocido del lago, de Alain Guiraude y en Spencer, de Pablo Larraín, en el que consigue es luz tenue e intimista en que refuerza esa cotidianidad y la fuerza de los rostros y los cuerpos en una película muy física y verbal.

El extraordinario trabajo de montaje que firman conjuntamente Marion Monnier, la editora de Mia Hansen-Love, que ya estuvo en A Violen Life, y Lila Desiles, para construir una película compleja, con multitud de saltos hacia adelante y hacia atrás, muy bien estructurada y concisa en su información para un metraje de un par de horas, en el que no falta ni sobra nada y mantiene la tensión en todo momento. Una película de estas características necesita un par de intérpretes muy buenos, capaces de llevar una trama de investigación que no es nada fácil, y el director corso los encuentra en Roschdy Zem, que tiene en su filmografía directores/as tan grandes como Techiné, Garrell, Beauvois y Zlotowski, entre otros, metiéndose en la piel de Hubert Antoine, el topo de la policía, un ser muy ambiguo y extremadamente complejo, como esa aparición en el arranque saliendo de la oscuridad, un tipo del que dudaremos mucho, pero también, confiaremos en su testimonio tan esclarecedor e impactante. Una especie de Dr. Jekill y Mr. Hide, que parece muy cercano y en otras, muy alejado, uno de esos personajes increíbles que quedan almacenados en la memoria.

Frente a Zem, un actor enorme como Pio Marmaï, al que hemos visto hace poco en El acontecimiento, de Audrey Diwan, y en películas de Kaplisch, metido  en la piel de Stéphane Vilner, el periodista capaz de todo, el intrépido y sagaz reportero que recuerda a aquellos de las películas clásicas americanas, como por ejemplo, el Walter Burns de Luna nueva, capaz de todo para conseguir la información que sabe que será la hostia, en una muy difícil papeleta en su relación con un confidente del que duda, pero no tiene otra cosa, y cree que lo puede ayudar para desenmascarar la terrible corruptela que existe en el seno de la lucha contra la droga del estado francés. Les acompañan en breves presencias, el siempre ejemplar Vincent Lindon como el jefe de policía investigado, Valeria Bruni.Tedeschi, como una fiscal responsable, y Tristán Ulloa, entre otros. Un escándalo de estado habla de Francia y sus terribles tejemanejes, pero se puede extrapolar a cualquier estado occidental, que se vanaglorian de derecho, justicia, democracia y libertad, y optan por lo contrario cuando se les antoja, en fin, un sindiós de gobernantes y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

JFK: Caso revisado, de Oliver Stone

STONE VUELVE A KENNEDY.

“¿Qué clase de paz buscamos? Yo hablo de la paz verdadera, la clase de paz que vuelve a la vida en la tierra digna de ser vivida, la clase que permite a los hombres y a las naciones crecer, esperar y construir una vida mejor para sus hijos”

John F. Kennedy

La película JFK: Caso abierto, de Oliver Stone (New York, EE.UU., 1946), se estrenó en España el viernes 13 de febrero de 1992, el día de mi 18º cumpleaños. Yo fui a verla cuatro días después junto a dos amigos al desparecido cine Euterpe de Sabadell, ya desparecido. Imposible de olvidar todas las sensaciones e inquietudes que me produjo la película. Apenas conocía el caso del asesinato de Kennedy. La película resultó toda una elaboradísima investigación, a través de imágenes de archivo y ficción, de todo lo que sucedió aquel mediodía en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, cuando el 35º Presidentes de los Estados Unidos fue asesinado. Las tres horas de la película eran fascinantes, con un ritmo frenético, de aquí para allá, capturando todos los individuos, organizaciones y demás objetos implicados. Todo se trataba desde la minuciosidad y el detalle más exhaustivo. La cinta volaba ante mis ojos, deslumbrado por la lección de historia y política del Sr. Stone, en que el cine iba muchísimo más allá, y volvía a sus orígenes, o a uno de sus propósitos, documentar la historia, observar los acontecimientos y registrarlos para las generaciones venideras.

Hay dos momentos que recuerdo con una nitidez asombrosa. El extraordinario momento del encuentro de Garrison (el personaje que interpretaba magistralmente Kevin Costner), con el Señor X (que hacía Donald Sutherland), donde le destapa todas las operaciones secretas de la CIA para aniquilar gobiernos democráticos con golpes de estado, y demás actividades para seguir con la guerra, y sobre todo, todas las oposiciones a tales operaciones de Kennedy, y aún más, todos los enemigos interiores en el ámbito militar estadounidense, que se iba creando el presidente ante su oposición en seguir con este tipo de operaciones secretas. Una secuencia que siempre ha vuelto a mi cabeza para explicar el triste funcionamiento del mundo en el que vivimos. Y el otro momento imborrable de la película, cuando Garrison muestra la película de Abraham Zapruder, en el que vemos el asesinato del presidente y todos sus detalles. Una de las pocas veces que el cine era testigo y lo documentaba de semejante suceso.

Han pasado más de treinta años de aquella película, y casi medio siglo del asesinato del presidente, y todavía hay demasiados secretos ocultos de lo que sucedió aquel día de 1963 y sobre todo, de quiénes fueron los responsables. Stone ha vuelto a Kennedy, ha vuelto a la investigación de su asesinato. Stone vuelve a hablarnos de Kennedy en JFK: Caso revisado («JFK Revisited: Through the Looking Glass, en el original), ¿Por qué lo hace? Porque Kennedy es su obsesión y el presidente que quería un mundo diferente. Si en la primera, la de 1991, se basaba en sendos libros del citado Jim Garrison y Jim Marrs, en un excelente guion que firmaba él mismo y Zachary Sklar. Ahora, vuelve al libro homónimo de James DiEugenio, que ha dedicado varios años de su vida a investigar el magnicidio, también autor del guion, y como no podía ser de otra manera hace referencia a JKF: Caso abierto (1991), que ayudó a desclasificar documentación del suceso, y vuelve al lugar de los hechos. Vemos a Stone pasear por la actual plaza Dealy en Dallas donde todo empezó o mejor dicho, donde todo acabó para Kennedy. El mismo director se entrevista con otros investigadores que se han propuesto esclarecer todo lo que envuelve al relato. Cada uno de los investigadores va informándonos de las falsedades y mentiras del relato construido por el gobierno, a través de la Comisión Warren y la culpación de Lee Harvey Oswald, que fue asesinado por Jack Ruby, dos días después del asesinato de Kennedy, y en una comisaría.

No encontramos nuevamente con un extraordinario minucioso tratamiento de búsqueda de imágenes de archivo hasta ahora inéditas, a través de sus magníficos y documentados ciento dieciocho minutos, en los que a través de testigos e investigaciones se tiran por tierra toda la versión oficial, se vuelve a profundizar con numerosos datos, documentación y objetos para esclarecer aún más si cabe todo lo que envolvió a Kennedy, desde su elección y su mandato que arrancó en enero de 1961 y acabó aquel mediodía en Dallas. Se repasa cada detalle escrupulosamente, nada se deja al azar, frente a nosotros vamos mirando atónitos toda la documentación que se nos va revelando, los testimonios que la han estudiado e investigado a fondo todo el caso. En JFK: Caso revisado, no hay ficción o quizás, todo lo que envuelve a Kennedy es una ficción, porque estaba el presidente con sus actividades para desarmar el país y quitar el poder a la Cia y los servicios secretos, y sobre todo, su misión para hacer del mundo un lugar más pacífico y seguro, no solo para Estados Unidos, sino para el resto del mundo. En definitiva, para virar la política internacional y nacional del país y dejar de ser el sheriff del mundo para construir un mundo muy diferente. Frente a esa idea estaban “los otros”, la CIA, los servicios secretos, los militares y los fabricantes de armas que no estaban dispuestos a obedecer los planes de Kennedy y urdieron un golpe de estado contra su presidente y usaron a Oswald como cabeza de turco, como él mismo denuncia cuando fue detenido.

Stone se ha consagrado como cineasta gracias a sus películas-denuncia como hizo en Salvador (1986), sobre las guerras en Centroámerica y la participación estadounidense, Platton (1986) y Nacido el cuatro de julio (1989) sobre la guerra del Vietnam donde estuvo como combatiente, y la crítica sobre el trato a los veteranos, y en El cielo y la tierra (1993), las dificultades de un estadounidense casado con una vietnamita, en Nixon (1995), sobre la corrupción política, y muchos documentales sobre figuras políticas como Fidel  Castro, Hugo Chávez y otros dirigentes americanos, Putin y demás cintas, tanto para cine como televisión, donde investiga y retrata la política en todo su detalle, la manipulación que existe por parte de los medios, y sobre todo, construyendo visiones personales y profundas de toda la sociedad estadounidense de los sesenta y los líderes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos de este siglo. Stone vuelve a codearse de algunos de los técnicos que le acompañaron en su primer JFK, y algunos otros de su filmografía, como el cinematógrafo Robert Richardson,  Donald Sutherland en la narración, junto a Whoopi Goldberg, el músico Jeff Deal, que ya estuvo en su trabajo sobre Putin, el editor Brian Berdan, que ya estuvo en Asesinatos natos y Nixon, que junto a Kurt Mattila y Richard B. Molina firman el detallista e inteligente montaje de la película, nada sencillo porque mezcla con audacia e inteligencia entrevistas a testimonios y abundante material de archivo, donde todo es analizado con profundidad, dando forma y fondo a todos los datos, por insignificantes que sean, realizando una exhaustiva investigación sobre el asesinato de Kennedy, y todo lo que ha ocurrido respecto al caso hasta nuestros días.

JFK: Caso revisado aporta nueva información no solo sobre el asesinato de Kennedy, todo lo que lo produjo y la conspiración que hubo detrás de él, y los posteriores asesinatos de Malcolm X en 1965, Bobby Kennedy y Martin Luther King en 1968, y todo ese período tan convulso y sangriento de los sesenta en EE.UU. con problemas raciales y demás,  sino que lanza todo un detallado estudio sobre el funcionamiento de la política internacional de este mundo, y más concretamente, de los Estados Unidos, porque Stone, que empieza y acaba con un par de discursos de Kennedy, donde se puede conocer las intenciones del presidente de acabar con una forma de hacer violenta hasta entonces y el cambio que quería cambiar a su país y por ende al mundo. Stone lo tiene claro, con Kennedy se acabó la esperanza de un mundo mejor, porque él tenía el poder para hacerlo, o no, porque con su asesinato finalizó el mundo que soñaba él y otros, porque con su muerte y la de otros líderes pacifistas y dialogantes en Estados Unidos, el mundo siguió a lo suyo, la CIA también, y ahora estamos así, con un mundo militarizado, más de sesenta conflictos en funcionamiento en la actualidad, y después de la guerra de Ucrania, con más deseos de los países enriquecidos de seguir armándose para seguir dominando a los empobrecidos y sometiéndolos a sus reglas del juego. Stone explica que tiene más material sobre el asesinato de Kennedy, así que JFK: Caso revisado, es otro capítulo en su lucha contra todos y todo, para esclarecer el asesinato que lo cambió todo, o mejor dicho, el asesinato que se produjo para que no cambiará nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Arica, de Lars Edman y William Johansson

MALDITOS DESECHOS.

“La economía es un sistema digestivo que devora minerales, ríos, especies y personas y defeca residuos peligrosos que envenenan la tierra, el aire o el agua”.

Yayo Herrero

La función más importante y humana del cine no es entretener al personal, eso tiene su mérito, pero no trasciende. Lo principal del cine, y lo que ha conseguido que siga un medio capaz de mantenerse en el tiempo, no es otro que visibilizar lo oculto y dar voz a los silenciados. En definitiva, mirar todo aquello humano, todo lo que el armatoste económico no convierte en un mero producto que rentabilizar económicamente. Y no solo mostrarlo, sino sacándolo del olvido y profundizar en los hechos, en su pasado, y sobre todo, convertirlo en un película que muestre otras realidades, otras perspectivas, y sobre todo, que nos haga reflexionar. Los cineastas Lars Edman, nacido en Chile y adoptado en Suecia, en la ciudad de Boliden, y William Johansson, sueco de nacimiento, ya trabajaron juntos en Toxic Playground (2010), donde daban a conocer  con los afectados de las consecuencias de los vertidos tóxicos en Arica, una ciudad desértica y empobrecida del norte de Chile, por parte de la citada empresa minera sueca.

Una década más tarde, vuelven a Arica y siguen la investigación de los afectados y sus representantes legales y el transcurso de la demanda contra la empresa sueca. El propio Edman se convierte en el medio en el que nos informa de los hechos del pasado con excelente y cuidadoso material de archivo, que se remonta allá por el año 1984 en plena dictadura chilena, cuando Boliden dejó los residuos tóxicos con el beneplácito de las autoridades. El impacto que sufrieron los miles de niños que jugaban en esas montañas de tierra negra junto a sus casas. Muchos de ellos afectados de malformaciones, canceres y demás problemas graves de salud. La película viaja por el pasado, y se asienta en el presente y sigue minuciosamente el juicio celebrado en Suecia, en el que litigan los afectados ariqueños contra la empresa Boliden. Escuchamos muchos testimonios: los chilenos padres que lloran y cuidan de sus hijos, algunos fallecidos y otros, gravemente enfermos, los abogados y activistas que los ayudan, y la otra parte, la figura de uno de los expertos de Boliden, que participó en la película de Toxic Playground, y su cambiante actitud con el juicio en primera línea, y los abogados de la compañía sueca que intentan con todo su arsenal que la compañía quede libre de cargos.

La película tiene un gran ritmo, es honesta y transparente, con el aroma de los mejores títulos de investigación, sólido y veraz, se esfuerza en hablar con todas las partes y dejar las diferentes posiciones claras, en aportar mucha información, pero no a lo bestia y sin sentido, sino que desde puntos de vista diferentes y argumentadas, tomándose su tiempo y dejando que los espectadores la observemos con detenimiento y de forma reposada. La película se centra en este hecho, pero siempre va a más, porque Boliden no es una empresa más, sino que es una compañía que funciona dentro del engranaje capitalista de usar el mundo y aquellos empobrecidos que lo habitan, para uso y disfrute de los enriquecidos. Porque la película no habla solo de una terrible injusticia que se ha cometido durante quince años con los habitantes olvidados y empobrecidos de Arica, sino que también se centra en un mundo que no ha aprendido nada de su pasado colonizador, miserable y violento, sino que sigue ejerciéndolo bajo otras prácticas igual de devastadoras, pero en este caso, silenciadas por el periodismo de masas, que no solo no informa de lo importante, sino que cuando lo hace, lo ejecuta sabiendo quién paga y manda, y todo acaba convirtiéndose en un mero espectáculo de desinformación y servidor pusilánime del estado.

Arica es una película honesta y sensible, que mira de frente a los habitantes de Arica, que les da un espacio para poder hablar, llorar y sentirse acompañados, y les hace importantes explicando su pasado y su presente. La película provoca dolor, indignación y miedo y desencanto ante el poder de los que mandan y ordenan, aunque como explica el activista que trabaja para el pueblo de Arica, ellos seguirán luchando por la dignidad y memoria de los que ya no están y de los que siguen en la lucha, aunque haya mínimas posibilidades de conseguir nada, porque aunque la lucha no signifique ganar o tener ni siquiera alguna posibilidad de salir victorioso, la lucha es necesaria para seguir levantándose cada día, y seguir manteniéndose en pie a pesar de tanta injusticia, tanta mentira y tanto dolor, porque solo se pierde si se abandona la lucha, y los ariqueños nunca abandonarán porque aparte de las carencias económicas y demás que tienen en sus vidas, su dignidad ni se compra ni se vende, se consigue luchando cada día y haciéndole frente a los problemas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El espía honesto, de Franziska Stünkel

EL HOMBRE QUE NO QUERÍA SER DE LA STASI.

“La conciencia es el mejor libro moral que tenemos”.

Blaise Pascal

La segunda película de Franziska Stünkel (Göttingen, Alemania, 1973), es un potentísimo drama político con el tono sobrio y frío que tienen los thrillers psicológicos construidos con mano firme y de una solidez sobrecogedora. La trama nos sitúa en el Berlín oeste de 1981, en la piel de Franz Walter, un prominente científico que sus capacidades lo llevan a trabar para el Ministerio de Seguridad del Estado de la RDA, más conocida como la Stasi, en el departamento de Deportes. La cuestión es espiar y devolver lo antes posible a un par de futbolistas que han desertado a la Alemania Federal. Todo cambia cuando las actividades empiezan a tornarse de un color muy negro y se pasa al chantaje, la extorsión, las mentiras y la persecución sistemática, situaciones que afectarán psicológicamente a Franz, que le harán cuestionarse su moral. Stünkel fue alumna de Mogens Rukov (1943-2015), guionista danés e ideólogo del Movimiento “Dogma”, y compagina su trabajo de fotógrafa con el de cineasta, en el que había debutado con la película Vineta (2008), que indagaba en las consecuencias nefastas de los empleos ejecutivos actuales.

Con El espía honesto (del original “Hanschuss”, traducido como “A quemarropa”), se adentrada en la piel, el cuerpo y la mente de Franz Walter, inspirado en la vida real de Werner Teske. Un tipo que cree que tiene un gran trabajo, en el que se le valora y puede escalar posiciones y ser muy reconocido a nivel oficial. Pero, todo se tuerce cuando lo trasladan en misión oficial a Alemania Occidental. Allí, las acciones que realiza atentan contra su conciencia y empieza una espiral de lucha interna agobiante en que Walter está encerrado en un bucle donde sus compañeros se convierten en sus enemigos y su único deseo es abandonar y desertar. La película no está muy lejos de la forma y el fondo de películas de espías recientes como La vida de los otros (2006, Florian Henckel von Donnersmarck), El topo (211, Tomas Alfredson), El oficial y el espía (2019, Roman Polanski), La mujer del espía (2020, Kiyoshi Kurosawa), y El espía inglés (2021, Dominc Cooke), donde se huye de las acciones espectaculares, de los escenarios comunes y los tics habituales de estas películas, para construir una película de verdad, con una autenticidad que encoge el alma.

La película se desarrolla exclusivamente en interiores, y sin música añadida, cosa que le da un aspecto muy cercano y real, donde abundan las situaciones de gran calado emocional, en la que destaca una grandísima ambientación, cuidada al más mínimo detalles, utilizando decoradores reales como los del Ministerio de Seguridad del estado (Stasi), y la prisión de Hohenschönhausen, entre otros, acompañados de unos personajes de carne y hueso, y sobre todo, una profundidad en las cuestiones psicológicas que ayudan a entender en las derivas emocionales que se hallaban sus protagonistas. La excelente, fría y apagada luz que firma el cinematógrafo Nikolai von Graevenitz, que ha trabajado mucho en el documental, ayuda a introducirnos en esa atmósfera pérfida y asfixiante en el que se encuentra Walter. El ágil y reposado montaje de Andrea Mertens condensa con eficacia sus ciento quince minutos de metraje que, en ningún momento, pierden un ápice de interés, y la trama coge un in crescendo absolutamente impresionante, donde sufrimos enormemente junto al personaje principal.

Un policíaco sobre la conciencia moral, como los de antes, como los que hacían los Lang, Hawks, Hitchcock o Walsh, entre otros, necesitaba irremediablemente un reparto a la altura de sus imágenes y complejidad, y se ha conseguido con un trío de estupendos intérpretes como Dirk hartmann, un actor con amplia experiencia en el cine alemán, en la piel de Devid Striesow, el supervisor de Walter, con Luise Heyer, que ha trabajado con gente como Christian Petzold, interpreta a Corina, la mujer del protagonista, una mujer en la sombra que a medida que avance el metraje irá revelándose cada vez más. Y finalmente, la extraordinaria interpretación de Lars Eidinger, un actor de primer nivel que tiene en su filmografía a grandes nombres del cine europeo como Maren Ade, Olivier Assayas, Claire Denis y el citado Henckel von Donnersmarck, se mete en la piel del desdichado Franz Walter, un tipo que se mete en una encrucijada entre ser fiel a sí mismo o a su país, en seguir siendo un miserable a favor de su patria o un desertor, entre un asesino o un hombre honesto. Stünkel ha construido una película magnífica, llena de lugares oscuros, que indaga de forma magistral y profunda sobre las consecuencias psicológicas de un hombre bueno, de alguien que quiso detenerse y virar hacia otro lugar, de alguien que se reveló contra lo establecido, de alguien que se levantó contra su país, y sobre todo, a favor de lo que creía humano, en una película tristemente actual con la proliferación de sistemas autoritarios en muchos países, enarbolados de la bandera de la libertad y demás patrañas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Black Box, de Yann Gozlan

UN HOMBRE SOLO.

“Si los hechos no encajan en la teoría, cambie los hechos”.

Albert Einstein

Mucho se habla de la importancia de escuchar al otro, no para contestarle, sino para algo mucho más esencial, para poder entenderlo y sobre todo, para comunicarse. El trabajo de Mathieu Vasseur se basa principalmente en la escucha, escuchar los diálogos y sonidos que graban las cajas negras de los aviones después de producirse un accidente. No es una tarea fácil, es una actividad que requiere muchísima concentración, escuchar con detenimiento cualquier sonido, y aún más, después de este arduo proceso, sacar conclusiones y elaborar un detalladísimo informe que esclarecerá las causas que han llevado al avión a accidentarse. Vasseur trabaja para la agencia BEA, el organismo que se encarga de la seguridad de la aviación civil. Pero, en este mundo oculto y de difícil acceso como la aeronáutica, hay muchos intereses, demasiados intereses económicos que torpedean el trabajo de la BEA y la finísima línea que separa la dignidad de la corrupción es muy delgada, en muchas ocasiones, transparente.

El cuarto trabajo de Yann Gozlan (Aubervilliers, París, 1977), del que habíamos la interesante El hombre perfecto (2015), también con el protagonismo de Pierre Niney, en la piel de un impostor, de alguien que se hace pasar como escritor con el trabajo de otro. El director francés escribe un guion junto a Simon Moutaïrou (con el que ya hizo Burn Out), y Nicolas Bouret-Leurad, envolviéndonos en un fascinante y oscurísimo thriller de investigación, que protagoniza un tipo joven, brillante y obstinado en conocer la verdad de los hechos que llevó al vuelo de Dubái-París a estrellarse contra los Alpes. Toda la investigación parece llevar a un atentado terrorista, pero Vasseur encuentra anomalías y sospechas muy fuertes, además, la desaparición repentina de su jefe, aún alimenta las dudas. La película se centra en Vasseur, en su investigación, en su soledad, y sobre todo, en su inquebrantable obstinación que le llevará a cruzar todas las líneas habidas y por haber en su afán de saber la verdad. En frente, tiene a su esposa, Noémie, que trabaja para una empresa nacional que da los certificados de seguridad a los aviones, a la que se enfrentará irremediablemente, que está a un paso de marcharse a la gran empresa de fabricación de aviones, dueña de avión siniestrado. También, está Renaud, el cerebrito de la empresa de seguridad de aviación civil, y aún hay más, el jefazo de Vasseur, Monsieur Rénier, bregado en mil batallas que no se fía de la intuición y las pesquisas de su subordinado.

Un formidable trabajo técnico en el que destaca la absorbente y fría cinematografía de Pierre Cottereau, y el estupendo y ágil montaje de Valentin Féron, que ayuda a que sus dos hora y diez pasen de forma vertiginosa, llena de tensión y nos ate a la butaca sin poder perdernos un ápice de lo que pasa en la pantalla. Mathieu Vasseur nos recuerda mucho a Will Kane, el sheriff que interpretaba Gary Cooper en la inolvidable Solo ante el peligro (1952), de Fred Zinnemann, y a Harry Caul, el investigador que escuchaba conversaciones ajenas en la magnífica La conversación (1974), de F. F. Coppola. Dos tipos, al igual que Vasseur, metidos en un fregao de mil pares de demonios, que necesitarán toda la ayuda posible, su inteligencia y muchas dosis de fortuna, para salir aireados del entuerto que se han metido, y porque hay mucha pasta de por medio, y gente que no quiere que las cosas cambien, gentes que quieren seguir ganando cantidades ingentes de dinero a costa de unas cuantas vidas.

Ya hemos hablado de la presencia de Pierre Niney en la piel del joven investigador enfrentado a todos y a él mismo, un actor brillantísimo que da fuerza y vulnerabilidad a un personaje lleno de miedos e inseguridades, pero capaz de todo a pesar de todos y todo, le acompañan una estupenda Lou de Laàge en la piel de Noémie, una mujer demasiado ambiciosa que se olvidará de lo que vale la pena, Sébastien Pouderoux es Renaud, uno de esos tipos que ha conseguido fama y dinero con su negocio, pero quizás a costa de cruzar límites morales que nunca debió traspasar, y finalmente, el gran André Dussollier, que interpreta a Philippe Rénier, uno de esos responsables que confía, pero necesita seguridad. Gozlan ha construido una película llena de tensión, miedo y oscuridad, donde se destaparán actividades muy oscuras que hacen y deshacen en pos de acumular ganancias, aunque siempre hay tipos con voluntad férrea como Mathieu Vasseur, que no miran para otro lado, que no se callan, que siguen en la pelea, aunque sea a costa de quedarse solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Chris el suizo, de Anja Kofmel

DESENTERRANDO LA MEMORIA.  

“Algunos periodistas no aceptaban su papel allí como observadores. Se involucraban mucho en los hechos”

Heidi Rinke, periodista

La muerte de su primo Chris Würtenberg, de 27 años de edad, en enero de 1992 cerca de Vukovar (Croacia) dejó sin referentes a Anja Kofmel (Lugano, Suiza, 1982) que contaba apenas 9 años. Con la desaparición de Chris moría su amigo del alma, su primo favorito, su hermano mayor. La muerte de Chris fue el tema de Chrigi, un cortometraje de animación que fue trabajo de final de carrera. Veinticinco años después, Anja, ya convertida en una cineasta, vuelve a los escenarios de la guerra de los Balcanes (1991-1995) para rastrear las huellas de su primo, aquel joven suizo que dejó su pacifico país para documentar la guerra como reportero. Kofmel se reúne con aquellos que conocieron a Chris, su hermano y sus padres, otros reporteros que compartieron vivencias en la guerra, incluso va más allá, encontrándose frente a un mercenario de guerra que compartió fatigas con Chris, y con el ex terrorista Carlos “El Chacal”. Todos esos encuentros van formando un caleidoscopio humano muy complejo sobre la personalidad de Chris, alguien que en cierto momento, dejó el periodismo para enrolarse en el PIV (Primer Pelotón de Voluntarios Internacionales) un grupo paramilitar fundado por Eduardo Rózsa-Flores, otro periodista, para combatir al ejército serbo-croata apoyado por el Ejército Popular de Yugoslavia.

Kofmel traza un periplo complicado en el que recopila toda la información disponible, volviendo a los lugares donde estuvo su primo, rastreándola incluso debajo de las piedras, recogiendo todos los testimonios de aquellos que trataron a Chris, encontrando las razones de cómo alguien dejó su oficio de narrar los hechos para pasar a la acción y enrolarse en un grupo militar que tenía fama de sanguinario y devastador. La cineasta suiza sigue el curso de los acontecimientos a través del diario de Chris, donde aparecen hechos concretos, lugares y personajes, también vemos imágenes de archivo que van ofreciendo luz a tantas tinieblas, y como otros documentales, nos acordamos de Vals con Vashir o Persépolis, entre otros, ilustra a través de dibujos y animación aquellos instantes y situaciones que surgen a través de la documentación y la imaginación, con una animación espectacular, donde resalta un poderoso blanco y negro, extraordinariamente imaginativo y visual, moviéndose a través de lo onírico, lo abstracto, y construyendo la relación personal entre Chris y Anja.

La película tiene ritmo y energía, combina de manera sobresaliente todos los datos en liza, con esa estructura imaginativa donde la investigación adquiere un in crescendo apabullante, donde no hay tregua, todo sigue un curso emocionante a través de los testimonios, documentos e información. Un documento necesario y valiente que ahonda en la estupidez de las guerras, los innumerables intereses de los estados occidentales, y todos esos grupos paramilitares que utilizan las guerras para hacer sus guerras personales e interesadas, provocando el caos, la violencia y el sinsentido en un país y sus gentes. Kofmel recopila muchísima información, pero no la suficiente para encontrar los responsables del asesinato de su primo Chris, alguien lanza acusaciones pero en el fondo meras hipótesis, aunque quizás el significado de la película de Kofmel va muchísimo más allá, en el sentido en que no solo confecciona un riguroso y documentado thriller de investigación, sino que convoca a todos los actores que concurren en una guerra como los periodistas y paramilitares, y consigue extraerles toda la maraña de intereses, tanto personales como gubernamentales, que concurren en una contienda, donde todos tienen sus motivos para estar ahí. Unos, recopilando información para mostrar al mundo todo lo que allí se cuece, y otros, aprovechando la guerra para dinamitar el estado que sea necesario.

La película deja muchos enigmas sin resolver, pero también aclare otros muchos, dirigiendo sus acusaciones a todos los gobiernos implicados en la guerra de los Balcanes, esos gobiernos que primero provocan la guerra, luego la mantienen, y finalmente, acaban con ella y se hacen los “responsables de la paz”, reconstruyendo y ayudando al país, para seguir embolsándose mucho dinero a costa de los demás. Una película incómoda por todo lo que cuenta y cómo lo cuenta, desde una perspectiva sencilla y directa, intentando esgrimir todo lo vivido y experimentado por un joven aventurero, intrépido y muy idealista que encontró su camino en la guerra como reportero, pero también, en un momento que desconocemos, cruzó unas líneas que no tenían marcha atrás, porque quizás su efervescente juventud le animó para ser testigo directo de la guerra desde una perspectiva más intensa y profunda, porque Chris “el suizo”, como le llamaban sus colegas, quiso ir más allá, quizás su arrojo y carácter lo llevo demasiado lejos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El oficial y el espía, de Roman Polanski

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD.

“Ahora, el antisemitismo. Él es el culpable. Ya dije de qué modo esa terrible campaña, que nos hace retroceder miles de años, indigna mis ansias de fraternidad, mi afán de tolerancia y de emancipación humana”

Émile Zola

El arranque de la película resulta contundente y demoledor, convirtiéndose en un claro ejemplo de apertura en el cine de los últimos años. La cámara recoge en una mañana gélida y gris del 5 de enero de 1895 a una legión de soldados perfectamente uniformados y en formación, el silencio es sepulcral. De repente, la cámara se detiene en el capitán Alfred Dreyfus, cariacontecido y compungido, acusado de traición es degradado y humillado en público. A lo lejos, agolpados en las vallas, una muchedumbre increpa y abuchea a Dreyfus sin ningún escrúpulo, avasallándolo con improperios e insultos. Nadie hace nada, todos los allí congregados asisten en silencio, atónitos al lamentable espectáculo. Nadie alza la voz frente al condenado, vejado, humillado y ridiculizado. Dreyfus era judío y se enfrentó a acusaciones falsas por su origen en una época en que el antisemitismo era el pan de cada día, a los que se les acusaba de falta de patriotismo frente a sus intereses personales, actitud que años después desencadenó en la Alemania nazi.

El mayor escándalo judicial de Francia había tenido anteriormente largometrajes en inglés, pero nunca en francés como ahora, dirigido por Roman Polanski (París, Francia, 1933) que desde que debutase en el cine en 1962 con El cuchillo en el agua en su Polonia natal, ha construido una filmografía alimentada por dramas personales e históricos, comedias que rompían moldes establecidos, o thrillers angustiosos, apasionantes y muy oscuros, como el que ahora nos ocupa El oficial y el espía (con su rompedor y brutal título original de J’accuse) acuñado por el escritor Émile Zola en su famosa carta dirigida al Presidente de la República publicada en el diario L’Aurore en 1897. Polanski acude a la novela “D:”, de Robert Harris, y junto a él, como ya sucedió con la película El escritor (2010) también firmada por Harris, escriben un guión en el que dejan de lado la figura de Dreyfus, que fue destinado a reclusión a la Isla del Diablo en plena Guayana francesa, para centrarse en el coronel Georges Picquart, el nuevo oficial al cargo de la unidad militar de contra-inteligencia que investiga los casos de espionaje del ejército.

Nos encontramos a finales del siglo XIX, época de grandes avances sociales, económicos y culturales con la aparición de nuevas tecnologías como el automóvil, el teléfono o las cámaras Kodak, y los movimientos liberales, aunque había cosas inamovibles como el ejército que gozaba de un poder ilimitado, un poder por encima de la verdad y la justicia. En ese contexto se desarrolla la investigación de Picquart, que descubre las pruebas falsas que incriminaron a Dreyfus y pondrá sus pesquisas en conocimiento de su superior el Comandante Henry, que le insta a olvidarse del tema y a no mancillar el honor del ejército con el error de haber condenado a un inocente. Pero Picquart, como suelen tener los personajes obstinados y libres de Polanski, seguirá empecinado en que se haga justicia y el caso vea la luz, y consigue llevar a juicio otra vez el caso. Con la ayuda del citado Zola que publicará la famosa carta en el diario, por la cual será fuertemente sancionado.

El director polaco construye un emocionante e intenso thriller histórico de grandes vuelos y un guión espléndido, lleno de momentos extraordinarios, como la conversación de Picquart y su superior Henry, donde queda claro que el ejército está por encima de todo y todos, aunque haya condenado a un inocente, porque el ejército no comete errores. Semejante actitud de ese poder sobrehumano, en el caso del ejército de entonces, que podría extrapolarse al poder de ahora, capaz de mentir y crear pruebas falsas para encerrar a inocentes o a aquellos que les molestan por su condición o actitud. Polanski plantea un relato subjetivo, a través de la mirada del omnipresente Picqart, alguien capaz de enfrentarse al poder porque todavía lucha por un ejército limpio y transparente, quizás su idealismo pueda sorprendernos, pero personas como estas hacen del mundo un lugar un poco más habitable para todos, porque creen en el ser humano por encima de unas instituciones corruptas y llenas de polvo y suciedad, donde no se investiga para esclarecer los hechos y conseguir la verdad, si no para buscar culpables que molesten, como queda patente en las oficinas de contra-inteligencia el primer día de Picquart, más parecido a un antro de perdición que a un espacio del estado, donde los informadores juegan a las cartas y el portero es un pobre diablo que está durmiendo siempre.

La estupenda e íntima luz de Pawel Edelman, con Polanski desde El pianista (2002) consigue atraparnos en esa atmósfera enrarecida donde le espionaje estaba a la orden del día, y la excelente partitura de Alexandre Desplat, capturando el romanticismo y la negrura tan propia de la época como de la trama. La película recorre un gran montaje obra de Hervé de Luze, con Polanski desde Piratas (1986), con un ritmo endiablado y enérgico sus 132 minutos de puro y brutal thriller al mejor estilo de Hitchcock y sus falsos culpables que tanto le interesaban plasmar en sus universos de poder, mentiras y demás. La maravillosa y contenida interpretación de Jean Dujardin dando vida al perspicaz y paciente Picquart, al mejor estilo de un Sherlock Holmes del ejército, consigue atraparnos con sus sutilezas, gestos y miradas, bien acompañado por Emmanuelle Seigner como su amante, a su vez esposa de un político poderoso, con Louis Garrel como el denostado capitán Afred Dreyfus, calvo y envejecido, con esa magnífica secuencia donde se ven los dos hombres en hermandad sin conocerse, donde se miran y entienden la naturaleza oscura y corrupta del ejército al cual pertenecen. Y las agradables presencias de un intérprete Polanski como Mathieu Amalric o Vincent Pérez, dos caras diferentes de la moneda en litigio.

El cineasta polaco traduce con habilidad y sentido un guión extraordinario, dando con la nota perfecta para conducirnos por un relato de misterio, de verdad y justicia, donde sus personajes son firmes y humanos, contradictorios y llenos de errores, unos los llevan con honor y otros con humanidad. El relato está lleno de sombras y personajes tortuosos y enigmáticos, como la atmosfera por donde se mueve la película, consiguiendo una grandísima ambientación llena de detalles, creando esa red de miedo, incluso paranoia con toda la investigación, a la que le pondrán un millón de obstáculos para no permitir la verdad, y sobre todo, no mancillar el honor del ejército por el error consumado. El relato nos habla del poder, y sobre todo, de sus mecanismos, ya sean del siglo XIX o de ahora mismo, donde la verdad y la justicia no son los elementos principales, sino palabras que pertenecen a la teoría, a lo establecido, a los discursos de los grandes acontecimientos, pero en la práctica, esa verdad siempre resulta incómoda, ajena al orden interno del ejército y un enemigo al que hay que expulsar y enterrar, por eso Picquart se convierte en un enemigo, en alguien que se desterrará, alguien que se querrá quitar de en medio, pero en este caso, quizás la verdad acabará resultando un enemigo imposible de batir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Xavier Artigas

Entrevista a Xavier Artigas, codirector de la película «Idrissa. Crónica de una muerte cualquiera». El encuentro tuvo lugar el jueves 7 de noviembre de 2019 en el domicilio del director en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xavier Artigas, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.