Entrevista a Laura Sisteró

Entrevista a Laura Sisteró, directora de la película «Tolyatti Adrift», en su vivienda en Barcelona, el viernes 28 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Sisteró, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tolyatti Adrift, de Laura Sisteró

LOS JÓVENES DE TOLYATTI.

“La juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu”.

Mateo Alemán

La ciudad de Tolyatti, situada en la parte sudeste del país de Rusia, a orillas del Volga, creció enormemente en la extinta Unión Soviética a razón de su empresa automovilística AvtoVAZ, la compañía que inundó de modelos Lada todo el país y parte del extranjero, convirtiéndose en la imagen próspero de la industria soviética. En la actualidad, con la desaparición del gigante soviético y la competitividad capitalista, la ciudad se ha convertido en un espejismo de lo que fue, erigiéndose en una de las ciudades más pobres del país, donde los jóvenes están perdidos, deambulando en una especie de limbo-bucle y sin ninguna perspectiva de vida. Tolyatti Adrift (que podríamos traducir como “Tolyatti a la deriva”), no sumerge en esa realidad asfixiante que viven cientos de jóvenes rusos en la ciudad mencionada, y sobre todo, en su afición, en el que compran viejos coches Lada, los tunean, y los hacen derrapar, en un espacio de rebeldía, de resistencia y de felicidad, aunque sea solo por un breve espacio de tiempo.

La directora Laura Sisteró (Barcelona, 1986), pasó por la Emav, y luego fue a la Escac a estudiar documental, y conoció la realidad actual de Tolyatti a través de un artículo y se marchó a conocer in situ esa realidad. La cámara se posa en tres vidas, las de los jóvenes Slava, Misha y Lera, y sus respectivas circunstancias, uno de ellos quiere librarse del servicio militar obligatorio, el otro, siendo el alumno con mejores calificaciones, se ve abocado a un futuro incierto, y finalmente, la chica, que trabaja muchas horas como cocinera y sueña con tener un Lada y ser una más de este movimiento joven y rebelde. Durante un año, como esas vidas en continuo bucle, asistimos de forma íntima y profunda, a ser testigos de esas existencias detenidas, difíciles y llenas de incertidumbre, en una dualidad constante entre el pasado glorioso soviético y la miseria actual, entre los mayores y los jóvenes, entre lo de fuera y dentro, entre no saber qué hacer ni adónde ir, una especie de reflejo-doble donde los Lada y sus derrapes adquieren toda la fuerza y libertad para unos jóvenes que parecen zombies anclados en una realidad muy sucia y muerta, que deambulan sin rumbo esperando que suceda alguna cosa.

La directora catalana se ha rodeado de un excelente equipo como el cinematógrafo Artur-Pol Camprubí, debutante en estas lides y alma de la película, con esa luz, casi siempre nocturna, entre sombras y abstracta en ocasiones, que recuerda al cine de terror, y una cotidianidad dura, que duele. El trío de montaje con la magnífica Ariadna Ribas, Alissa Doubrovitskaia, que ha trabajado en los equipos de películas como La vida de Adèle, e Yves Saint Laurent, y la propia directora, que consiguen sumergirnos con precisión y sensibilidad a esa irrealidad tan real en unos setenta minutos breves de metraje. El gran trabajo de sonido que firman un grande como Jordi Ribas, que conocemos de sus películas con Albert Serra, Gerard Tàrrega Amorós, que ha trabajado con Mar Coll, Neus Ballús y Elena Trapé, etc… E Iban R. Gabarró, que ha firmado películas con Miguel Ángel Blanca. Y el fantástico equipo de producción con Boogaloo Films con Bernat Manzano y Miguel Ángel Blanca, y la francesa Les Films d’Ici, con la que vuelven a coproducir después de la experiencia del documental Hayati (2018), de Sofi Escudé y Liliana Torres.

Sisteró ha construido una película que va más allá de la propia realidad que retrata, porque en muchos instantes nos olvidamos del documento y nos adentramos en terreno de ficción, donde entran el cine de género, como Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven (2013), que imaginó unos vampiros vagando por esa fantasmal Detroit, también epicentro de la industria automóvil antaño, ahora una lugar reducido a cenizas y sombras. La película retrata una realidad fragmentada, una realidad espectral, una realidad que no tiene futuro, adentrándose en una juventud perdida y desorientada, sin rumbo ni nada qué hacer, solo con sus Lada, con ese mundo del motor, de sus piezas y los derrapes, mirando a una realidad durísima peor sin tremendismo, una mirada que se asemeja a las del citado Miguel Ángel Blanca en sus magníficas Quiero lo eterno (2017) y Magaluf Ghost Town (2021), sendas aproximaciones a la primera juventud, a ese limbo que parece irreal, donde unos jóvenes andan de aquí para allá, sin saber, sin hacer y sobre todo, sin sentir. Aplaudimos la opera prima de Laura Sisteró y nos alegramos no solamente que nos descubra la realidad de una ciudad como Tolyatt de la Rusia de Putin, y también, esa otra Rusia, más cotidiana y cercana, que alberga muchas vidas y almas como los jóvenes que aquí se retratan y otros que están también ahí, que difieren muchísimo de esa realidad tan superficial que continuamente nos venden desde los medios y el poder que los financia que, a la postre, no dejan de ser el mismo mecanismo de falsedad y sometimiento a su “verdad”, cuando vemos que la realidad siempre es diversa, complejísima y llena de subterfugios y demás zonas muy profundas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No te quiero, de Lena Lanskih

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”

Erich Fromm

Resulta capital para el desarrollo de una película la forma en que se abre la historia. En No te quiero, la opera prima de Lena Lanskih (Tyumen, Rusia, 1990), resulta totalmente esclarecedor su arranque para ponernos en situación y sobre todo, para interesarnos y seguir conociendo la no vida de la protagonista. A saber. Es de noche en una de esas pequeñas localidades en la región de los Urales de Rusia. Vika, una niña de catorce años, con su bebé en brazos, se mete en un coche y planea vender a su criatura. Pero, en el último instante, se arrepiente y se va corriendo. Conoceremos la no vida de Vika, en un entorno muy hostil, en una familia que no desea a ese bebé, y tampoco asumir los motivos por los que está entre ellos. Vika, expulsada del colegio, intenta seguir con el baile, y planear una huida con el chico que quiere.

Vika con una maternidad que le viene grande e impuesta, parece un fantasma, como aquellos dos vampiros que se movían por Detroit en la excelente Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jarmusch. La vemos deambular, de aquí para allá, sin saber para qué y si todo eso tiene algo detrás, roba en el súper, su comportamiento es muy extraño. Vive en un ambiente asfixiante y muy doloroso, se quiere quitar a su hija de en medio, unos días y otros, se lo piensa. Su alrededor es triste y feo, una ciudad con calles y plazas decadentes, llenas de lodo, y mucha mugre y desconcierto por todos los lados. En su casa, que comparte con su madre, las cosas pintan igual, todo es decrépito y muy desolador, y el trabajo de recolección de frutos del bosque y luego venderlos en el mercado, tampoco es que sea una panacea. Vika se siente sola, como en un laberinto del que desea salir con todas sus fuerzas y cuando encuentra la salida, esta se cierra y vuelta a empezar.

El guion conciso y directo que escribe la propia directora junto a Ekaterina Perfilova, lleno de matices, de personajes complejos y solitarios, no explica más de lo que necesita, y resuelve con astucia toda la complejidad y la tristeza de esa vida en esa ciudad. El excelente trabajo de cinematografía de Mikhael Weizenfeld, que ya trabajó en la película corta Type 8 (2018), de Lanskih, convierte la cámara en una segunda piel de la protagonista y ese no mundo por el que se desplaza, recordando a los mismos encuadres que vimos en Rosetta  (1999), de los Dardenne, con la que Vika guarda muchas similitudes, y sus ambientes duros, gélidos y de difíciles o nulas relaciones familiares, más propias del cine de terror, donde encontraríamos el universo de Andrey Zvyagintsev, sobre todo en su película Sin amor, en su dureza y su forma de retratar la complejidad social en la Rusia actual, como también hacía Kantemir Balagov en Demasiado cerca. Un elaborado y ágil montaje que firman Alexander Pak y la directora, que condensa con inteligencia los ciento diez minutos de la película, que nos agarra desde el primer minuto y no nos suelta hasta su magnífico desenlace.

La insistencia y el grandísimo trabajo de la directora Lena Lanskin y un talento que ya había dejado patente en sus películas cortas, ayudaron a que su primer largometraje haya sido producido por dos de los nombres más importantes de la cinematografía rusa de ayer y ahora como los de Serguéi Selyanov, con más de ciento sesenta producciones en su filmografía, con nombres tan importantes como los de Sergei Dvortsevoy y Sergey Bodrov, entre muchos otros, y el de Natalia Drozd, una de las productoras más activas dedicada a levantar producciones de jóvenes valores. Aunque la película de Lena Lanskih no sería lo que es sin la inmensa aportación de la debutante cinematográfica Anastasia Strukova que se mete en la piel de una deslumbrante Vika, con esa mirada que traspasa la pantalla, con esos ojos fijos y tristes y rabiosos cuando se mira al espejo, o mira a los demás, a todos esos que las desprecian por su maternidad, sin saber porque se ha producido.

No te quiero (“Unwanted”, en el original), aparte de ser un excelente debut, es un relato descarnado y sin concesiones, que se aleja del sentimentalismo y cosas que se le asemejen, para elaborar una historia crudísima, directa y sin estridencias, con el aspecto de una película de terror social, como la define su directora, pero va mucho más allá, y el género solo le sirve para mover al personaje y sobre todo, mostrar sus espacios y la locura que la sigue sin soltarla en ningún momento. La película también se puede ver como una radiografía brutal, certera y magnífica de la Rusia actual, de toda esa decadencia, tristeza y desolación, tanto física como emocional, a través de una familia que odia y se odia, que no se quieren y son incapaces para amar y amarse, una herencia maligna que se hereda de padres a hijos, y donde Bika, sumergida en un mar de dudas, hace lo imposible para no ahogarse, para seguir a flote, aunque sea en un trozo de madera que por momentos parece hundirse irremediablemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Compartimento nº 6, de Juho Kuosmanen

LOS VIAJES EN TREN…

“Voyage, voyage” / plus loin que nuit et le jour / (voyage, voyage) / dans l’espace inouï de l’amour / Voyage, voyage / sur l’eau sacrée d’un fleuve indien / (voyage, voyage) / et jamais me reviens”

Letra de la canción  “Voyage, voyage”, de Desireless

Los que viajamos en tren, ya sea en cercanías o larga distancia, podríamos contar las mil y una que nos han pasado en esos viajes. Viajes con un destino fijado, viajes con billete de ida y vuelta, viajes donde muchas veces era más intenso el propio viaje que el destino final. Recuerdo especialmente uno de ellos, uno que sin saberlo entonces, iba a cambiarme la vida en todos los sentidos. Un viaje en cercanías, un viaje en el que conocí a alguien, a alguien muy diferente a mí, a alguien que formaría un tiempo parte de mi vida. Un tiempo que me iba a cambiar para siempre, y todo empezó en un viaje en tren. Una experiencia similar es la que les ocurre a Laura y Ljoha, los dos protagonistas de Compartimento nº 6, la segunda película de Juho Kuosmanen (Kokkola, Finlandia, 1979), después de la interesantísima El día más feliz en la vida de Olli Mäki (2016), donde retrataba el año 1962 en un melancólico blanco y negro, la vida de un boxeador vulnerable, atrapado a sus circunstancias y muy enamorado.

El director finés ha escrito un guion junto a Livia Ulman y Andris Feldmans, basado en la novela homónima de Rosa Liksom, en el que vuelve a los ambientes cotidianos que poblaban su primer trabajo, a esos personajes perdidos, atrapados en su existencias anodinas, en una especie de huida no se sabe dónde, metidos o encerrados en un minúsculo compartimento que deberán compartir dos personajes opuestos, o quizás no lo son tanto, porque, entre otras cosas, ambos viajan desde Moscú en el transiberiano con destino al puerto ártico de Murmansk en la Siberia. Ella, finlandesa, huye de una relación insatisfecha, y desea ver unos petroglifos, unas pinturas rupestres. Él, ruso, viaja para trabajar en la mina. La película nos abre una ventana para conocer a estos dos individuos, en una relación distante y llena de altibajos, porque deben compartir cuando no quieren, pero a medida que avance el viaje los iremos conociendo más profundamente, les iremos viendo sus virtudes y defectos, sus inquietudes, sus ilusiones, y demás oscuridades y alegrías.

La trama se sitúa en un tiempo indeterminado de los años noventa, cuando todavía las nuevas tecnologías no habían convertido la sociedad en un mero espejo artificial donde la individualidad prima sobre el otro, y la película aboga por eso mismo. Por mirar al otro, aceptarlo por muy diferente que aparentemente sea de nosotros, por ofrecerlos la oportunidad y la experiencia de entablar un diálogo, y quizás una conexión, nunca se sabe, y la empatía, ese valor tan desuso en los tiempos de ahora, donde cada uno se obceca en ser él, sin importarle el resto, y sobre todo, lo que sienten los demás. Estamos hablando de un viaje de más de 1900 kilómetros, de sur a norte, que recorre toda la parte oeste de Rusia, que en los años noventa aúna duraba mucho más que ahora, con sus días y noches, sus paradas nocturnas, el vagón comedor, y los parones para echar un cigarro o estirar las piernas. Unos viajes que se convertían en una auténtica odisea. Un viaje que requería mucho tiempo para llevarlos a cabo. El tiempo, sumamente importante en la película, porque nos obliga a mirar a los personajes, a estar con ellos y a compartir. Todo lo contrario que en la actualidad, donde el tiempo se ha convertido en un enemigo implacable, un elemento que hemos perdido en la actualidad, donde todo se hace con prisas y no hay tiempo para nada.

La excelente cinematografía, naturalista e íntima, donde sentimos el frío y la cercanía de los personas, los objetos y sus sonidos, que firma J-P Passi, como lo hizo en la primera película de Kuosmanen, y el inmenso trabajo de montaje de Jussi Rautamieni, que también estuvo en la opera prima del director finés, que encaja con oficio e inteligencia los ciento siete minutos de la película, dotándola de ritmo y tensión, en apenas un par de espacios reducidos del tren. La maravillosa pareja protagonista de la película, tan ajenos y tan cercanos, que son el alma mater de una historia en la que buena parte de su metraje ocurre en un compartimento muy estrecho, donde se respira casi al unísono, y todo está demasiado cerca. Seidi Haarla, muy popular en Finlandia, por trabajos en la televisión en series como Force of Habit, da vida a Laura, la aspirante arqueóloga, que todavía no sabe que hará después de los petroglifos, porque quiere alargarlo todo lo posible por miedo a no saber dónde ir después. Una mujer que se encuentra de viaje, porque detenerse es reflexionar y mirarse hacia dentro y descubrir que las cosas no andan bien y hay que cambiarlas, y ese miedo todavía no tiene fuerzas para afrontarlo. Frente a ella, el actor ruso Yuriy Borisov, que hemos visto en Elena (2011), de Andrey Zvyagintsev, entre otras muchas películas rusas, interpreta al arrogante y vulgar Ljoha, un tipo que viaja para incorporarse a la industria minera, alguien que oculta muchas buenas cosas en su interior, pero va de duro y distante con Laura, pero entre los dos, y los kilómetros de viaje y tren, todo irá cambiando.

Kuosmanen ha construido una película que habla de muchas cosas, de la vida, de quiénes somos y cómo vemos a los demás, de amor o no, que tiene a la canción “Voyage, Voyage”, de Desireless, que pegó muchísimo en toda Europa a finales de los ochenta y principios de la nueva década, que actúa como leti motiv de la película, donde miramos la vida pasar, desde la ventanilla del compartimento nº 6 de un tren que nos lleva a Murmansk, a ese espacio del ártico, donde hace un frío que pela en pleno invierno, donde Laura y Ljoha van a parar. Y recuerden, siempre es un buen momento hacer un viaje en tren. Así que, estacionen su vehículo, compren un billete, da igual el destino, y déjense llevar por el viaje, sin expectativas, disfrutando de cada instante, tanto de ustedes como de los otros, alrededor de desconocidos que quizás se conviertan en muy cercanos, eso sí, apaguen el móvil, como antes, cuando el dichoso aparatito no existía y dejaba libertad para mirar nuestro entorno, para mirarnos a los ojos, para hablar con el otro, porque nunca un viaje en tren los dejará indiferentes, y quizás, ese viaje les cambie la vida, igual que me ocurrió a mí… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los testigos de Putin, de Vitaly Mansky

EL ASCENSO DE LA BESTIA.

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.”

Lord Acton

La política, en muchas ocasiones, desgraciadamente, pierde su valor como elemento estatal primordial para organizar las sociedades, convirtiéndose en meros espejos de todas las maldades de ciertos gobernantes que se creen por encima de todo, y manejan las estructuras del estado para gobernar según sus intereses personales y congraciados con los poderes económicos del país, utilizando la política para someter al pueblo. Podríamos enumerar muchos casos de personas surgidas de la nada,  que crecieron de forma rauda y veloz en el universo político, y en poco tiempo, se fueron erigiendo como únicos salvadores de la patria- Pero… ¿Quiénes son realmente estas personas? ¿De qué lugares vienen? ¿Cómo han conseguido ser líderes en tan poco tiempo cuando hace nada nadie los conocía? Muchas de estas cuestiones son las que se plantean en Los testigos de Putin, del cineasta Vitaly Mansky (Leópolis, Ucrania, 1963) creador reconocido internacionalmente con amplísima trayectoria en el campo documental, por el que lleva transitando hace más de tres décadas.

Mansky compone una película sincera, audaz y profunda, tanto por su forma como por su interesantísimo contenido, porque rescata material de archivo de hace 20 años, partiendo de aquella noche de fin de año de 1999, cuando Yeltsin, el presidente ruso que finiquitó la Unión Soviética, anunció su dimisión y presentó a toda la nación a Vladimir Putin, por aquel entonces un desconocido abogado de San Petersburgo de 47 años, alguien que tres meses después, barrería en las elecciones convirtiéndose en el segundo mandatario de la Federación Rusa después de la URSS. La película recupera las filmaciones de Mansky que este hizo durante la campaña y la noche electoral, contratado por el equipo de Putin para tal efecto, consiguiendo una intimidad personal con Putin y todo su séquito, también observamos imágenes de su primer año en el gobierno, todos los cambios efectuados, y la amalgama de declaraciones, en los que Putin deja de lado la cara amable del político joven defensor de la democracia, desmarcándose del pasado soviético, para convertirse en un defensor a ultranza de ese pasado, y sobre todo, perpetuándose en el poder, ejerciendo mano dura contra todos aquellos críticos de su gobierno, empezando por sus colabores más estrechos, aquellos que le apoyaron y auparon la noche electoral de marzo del 2000, todos aquellos que ahora pertenecen a la oposición o simplemente han sido borrados del mapa.

El cineasta ucraniano no utiliza sus imágenes de modo partidista ni nada parecido, las muestra lo más cercanas y claras posibles, deteniéndose en todos aquellos aspectos humanos de Putin, reflexionando sobre aquel hombre que parecía regio y leal con la democracia, a aquel otro que resucitaba los valores nacionalistas de la Unión Soviética y aquel pasado imperial que tantos querían olvidar, situándose como una especie de líder autoritario, donde él es el estado y la población pasan a ser sus aduladores y enfervorecidos compatriotas que avalan sí o sí todas sus propuestas e ideas. El relato directo y magnífico interpela directamente a los espectadores, siguiendo a Putin en aquellos instantes tan cruciales de su carrera política, viendo su cara más humana con la visita a su antigua maestra, una mujer que aleccionó esa imagen impertérrita y fría del líder ruso, sino que también aparecen Yelstin, que aupó a Putin como su sucesor y le dejó vía libre en el gobierno, al que lo escuchamos viéndose orgulloso de Putin en un principio y luego, despidiéndose con un tono más crítico y sobre todo, apesadumbrado por su error, y también, aparece Gorbachov, el último líder soviético, votando en las elecciones y debatiendo con antiguos camaradas de partido.

Quizás la política y su forma estructural convierta a las personas en aquello que odian ser, o simplemente, muchas de esas personas utilizan la política para ocultar todas sus debilidades y de paso enriquecerse, o más allá, usan la política como un mero escaparate para ser quiénes nunca se atrevieron a ser, o en un mero instrumento de propagando o de interés económico. Putin es el nuevo dictador de la política, como antes lo fueron muchos, que llegaron como corderos y se convirtieron en lobos, y no sólo contentos con eso, fueron más allá, como en el caso de Putin, que veinte años más tarde de las imágenes de la película, continua al frente de Rusia, convertido ya en una especie de mesías de su nación, en alguien que quiere recuperar el esplendor perdido a base de desenterrar los errores del pasado. Mansky no solo ha creado un documento valioso de aquel Putin primerizo y su ascenso meteórico, sino que además, ha construido una pieza magnífica sobre la política y sus mecanismos, sobre el interior de los dirigentes y todo aquello que les rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Un gran mujer, de Kantemir Balagov

EL ROSTRO DE UNA MUJER.

«No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma.»

Svetlana Alexievich

Hace un par de años Kantemir Balagov (Nálchik, Rusia, 1981) presentó su puesta de largo Demasiado cerca, con el apoyo de su mentor y tutor Aleksandr Sokúrov, un retrato profundo e intenso, filmado en su pueblo natal, sobre las dificultades entre tradición y modernidad en el seno de una familia judía en el contexto de la guerra de Chechenia. Una mirada descarnada y abrupta de esa Rusia apartada e invisible a través del rostro de Iliana (magnífica la composición de la debutante Darya Zhovner) una mujer atrapada en un ambiente durísima y sin expectativas. En su segunda película con el título original de Dylda, traducido como “larguirucha”, se inspira ligeramente en la novela La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Aleksiévich (1985) para retratarnos el horror después del horror, situándose en Leningrado en 1945, en el primer otoño después de la guerra, en un hospital o lo que queda de él, rodeado de una ciudad en ruinas, tanto física como moralmente, una ciudad habitada por desechos humanos, gentes que intentan sobrevivir después del horror de la guerra, sin más futuro que la cotidianidad de sus existencias.

El cineasta ruso se centra en Iya, la larguirucha del título, una joven con estrés postraumático que trabaja como enfermera en el hospital, y de Marsha, una joven soldado que arrastra la descomposición de una pérdida irreparable. Las dos mujeres sobreviven como pueden, intentándose ayudar o compartir ese dolor pegado al alma, ese dolor que te acompañará siempre. Siguiendo la forma de esa cámara inquieta y brutal que seguía sin pestañear a sus personajes en Demasiado cerca, en Una gran mujer, Balagov continúa con esa forma que inquieta y ensombrece a sus criaturas, como ocurre en el cine de los Dardenne o de László Nemes, en que su El hijo de Saúl, sobre el horror, y Atardecer, sobre la descomposición de un universo, a través del rostro de una mujer joven que se siente atrapada en algo que no entiende, tendrían mucho que ver con la forma y la narrativa empleada por Bagalov, en su manera de mover su cámara por ese hospital como un personaje más, observando la vida o lo que queda de ella, siendo testigo de ese espacio del horror donde observamos mutilados de todo tipo, tanto físicos como emocionales, con ese doctor que hace lo que puede.

Balagov imprime esa atmósfera asfixiante, tétrica y sin tiempo, con la inmensa labor de esa luz obra de la camarógrafa Ksenia Sereda, como ese inmenso plano secuencia del tranvía, bien acompañada por esa paleta de colores entre el rojo, el verde y el dorado, creando unos encuadres cromáticos que no atisban ningún tipo de resquicios de luz ni nada que se le parezca sino todo lo contrario, ayudan a imponer ese aislamiento y horror con el que viven cada uno de los personajes su tragedia personal, que recuerda al universo atmosférico que imponía en su cine Kieslowski. El director ruso habla de la crudeza y el horror de una forma natural y sin cortapisas, de frente y sin ataduras, centrándose en el interior de sus personajes a través de esas miradas y rostros encogidos, aislados y castigados, sin moralizarlos, filmándolos en ese paisaje deshumanizado, en ese entorno miserable y de despojos, asumiendo una gran capacidad para mostrar una posguerra cruenta y vacía, que será larga y penosa, en una ciudad que comienza a despertar de todo, arrancando de nuevo, eso sí, arrastrando todo aquello que duele, que mata, compartiendo a los ausentes, a los que ya no están, y a los que están, pero ya no son lo que eran, sobrevivir después del horror en el horror como le ocurría al niño Edmund Kohler y los habitantes del Berlín devastado en la grandiosa Alemania, año cero, de Rossellini.

Balagov aboga por el alma de sus personajes, con las dos magníficas interpretaciones de Viktoria Miroshnichenko dando vida a la rubia larguirucha, y Vasilia Perelýguina como Masha, dos actrices imponentes que casi sin diálogos transmiten todo esas emociones contradictorias que arrastran sus personajes. La película nos expllica la miseria y el horror de la guerra, y el indescriptible dolor después de la guerra, a través de dos mujeres, una que no ha soportado el horror de la guerra y se ha encerrado en el silencio y en cualquier atisbo de vida, y la otra, que como la primera, ha sido mujer de consuelo de los soldados en el frente, que si aguantó, pero también perdió, e intenta sobrevivir a través de todo lo contrario que la primera, a través de la vida concibiendo un nuevo ser, dos formas de afrontar la guerra, de intentar cicatrizar heridas, dos maneras de enfrentarse a la vida o lo que queda de ella, de asumir la pérdida y el dolor como pueden, sin más herramientas que lo que se van encontrando diariamente, porque el futuro ya no existe, el pasado vivido se ha impuesto como una amenaza constante a la vida, a ese presente durísimo y horrible.

Balagov critica duramente a esa idea imperante en la Rusia actual donde el nacionalismo más atroz y abanderado impone esa idea de reconstrucción de la memoria a través de la heroicidad y la tenacidad de tantos hombres que liberaron a su país del invasor nazi, dejando de lado a las mujeres,  y sobre todo, no explicando la guerra y la posguerra a través de la dureza de tantos horrores, sino quedándose con esa falsa idea de patria y héroes, como escenifica esa sensacional secuencia en casa de la madre del chico enamorado de Masha que enfrenta a la Rusia elitista y arribista conta el pueblo mísero. Cine que casa ala perfección con el de Andréi Zviáguintsev, autor de obras tan memorables como Elena (2011), Leviatán (2014) y Sin amor (2017), no obstante comparten el mismo productor Alexander Rodnyansky, y la premisa de hacer un cine crítico con el poder y los discursos ultranacionalistas empeñados por todos los medios en embellecer la historia, en contarla de manera superficial, sin entran en los detalles más horribles, olvidándose de los dolores personales y al tragedia que tantos tuvieron que vivir y sobre todo, sobrevivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Samal Yeslyamova

Entrevista a Samal Yeslyamova, actriz de la película «Ayka», de Sergey Dvortsevoy, en el marco del Asian Film Festival Barcelona. El encuentro tuvo lugar el martes 29 de octubre de 2019 en el Hotel Actual en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Samal Yeslyamova, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a Ulpan Iskakova del Consulado de la República de Kazajstán, por su gran labor como intérprete, a Menene Gras, directora del Asian FF BCN, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Marta Prus

Entrevista a Marta Prus, directora de la película «Over The Limit». El encuentro tuvo lugar el viernes 7 de septiembre de 2018 en el Hotel Evenia Rosselló en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Prus, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mercè Amat, por su fantástica labor como traductora, y a Ot Burgaya y Salima Jirari de El Documental del Mes, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Over The Limit, de Marta Prus

DOLOR Y GLORIA.  

“¡No eres un ser humano, eres un atleta!”

La película arranca con la mirada concentrada y seria de Margarita Mamun, una atleta de élite rusa en la disciplina de gimnasia rítmica, una mirada desprovista de cualquier expresión, una mirada fija y ausente de emoción, encerrada en su único objetivo: ser campeón olímpica. A su lado, Amina Zaripova, ex campeona mundial y su entrenadora personal, y más allá, no muy lejos de las dos, con ojo avizor, a cual mirada impertérrita de general, algo así como un “Gran Hermano”, Irina Viner, la famosa presidenta de la Federación Rusa de Gimnasia Rítmica, fabricante de grandes campeonas rusas. Durante un año, seremos testigos de los durísimos entrenamientos a los que someten a Rita, a un nivel altísimo de exigencia tanto a nivel mental como físico, como si se tratara de un soldado en régimen de acuartelamiento, una exigencia deportiva heredada de los métodos soviéticos, donde los deportistas son tratados como máquinas de trabajo, en la que no hay tiempo para las emociones, en el que cada movimiento debe ser perfecto e impecable, para conseguir ser la mejor en los diferentes campeonatos en los que participará. Rita será sometida a toda clase de insultos y desprecios por parte de Irina y Amina, situaciones que la joven atleta de 20 años aguanta estoicamente y firme, enfrascada en su objetivo.

 La puesta de largo de Marta Prus (Varsovia, Polonia, 1987) después de un tiempo de aprendizaje en el campo documental, se sitúa en el centro de la Gimnasia Rítmica, disciplina que experimentó durante 7 años en la selección de Polonia, y nos habla desde la intimidad, desde el pilar de todo, en esos espacios de entrenamientos donde se labra todo, donde se construye todo, donde se cometen errores tras otros, donde se pulen los diferentes ejercicios, donde se trabaja sin descanso para llegar a esa perfección endiablada que las llevará a los altares de los laureados. Prus enmarca su película en unos exiguos 74 minutos, donde nos habla de los entresijos de la preparación de un deportista de élite, que no trabaja para su gloria, sino la gloria de su país, de toda una nación que la mira, la observa y la juzga, cualquier error por mínimo que sea. Apenas vemos los mínimos momentos de descanso de que disfruta Rita, con las llamadas que se realiza con su novio (otro deportista de élite) y las leves visitas en casa de sus padres, donde vemos a la deportista más relajada, pero sin dejar de lado su objetivo primordial.

Prus filma con precisión y observación todos los momentos que se producen frente a su cámara, a través de una cercanía que emociona, con los mínimos detalles, sin aspavientos ni sensiblerías, tomando el pulso a cada momento, y teniendo la valentía de filmar el lado oscuro de los entrenamientos y los métodos terroríficos a los que someten a los deportistas, siendo paciente y capturando todas esas miradas y gestos que se reparten entre las entrenadoras y Rita, que asume su condición de subordinado, como un soldado obediente y callado que tiene que emplearse a nivel mental y físico de manera brutal para contentar no sólo a sus jefes, sino a su país, porque la imagen de la nación está expuesta en cada uno de sus movimientos y ejercicios. La película mantiene un ritmo pausado, pero a la que no dejan de ocurrir situaciones, cada vez más in crescendo, donde todo parece que vaya a estallar en cualquier momento, pero Rita se mantiene al igual que una estatua de piedra, tragándose todo lo que le echan, incluso cuando su padre cae gravemente enfermo, y la gimnasta sigue trabajando con la misma exigencia que se le requiere.

La cineasta polaca ha construido un retrato intimo y profundo sobre las emociones soterradas de tantos atletas rusos o soviéticos sometidos a los estrictos entrenamientos, donde no hay tiempo de respirar y sí para seguir entrenando día y noche hasta que los ejercicios provoquen la admiración de los jueces por su perfección y calidad. Una mirada hacia el deporte y los métodos que se emplean para alcanzar la gloria, una gloria solo destinada a los más fuertes, física como mentalmente, unos pocos privilegiados que deben solventar las durísimas pruebas a las que serán sometidos por sus exigentes entrenadores y preparadores, porque no todos somos capaces de enfrentarnos a nuestros propios límites e inseguridades, por mucho que nuestra pasión sea el único camino que hayamos elegido y Margarita Mamun, que esta ante su último gran competición, sabe muy bien que quizás todo no valga por un sueño, aunque ella está preparada para asumir este camino de sangre, sudor y lágrimas a la que le someten los durísimos entrenamientos de la Federación Rusa de Gimnasia Rítmica, a la que sólo le vale ganar para demostrar al mundo que sus métodos son los más eficientes.

Lou Andreas-Salomé, de Cordula Kablitz-Post

UN ESPÍRITU LIBRE E INDOMABLE.

“¡Atrévete, atrévete a todo!  ¡No tengas necesidad de nada! ¿No intentes adecuar tu vida a otros modelos, ni quieras ser tú un modelo para nadie?

Piensa que la vida no te va a regalar nada. Si quieres tener una vida, aprende a robarla. ¡Atrévete, atrévete a todo! Sé en la vida lo que tú eres, ocurra lo que ocurra.

¡No defiendas ningún principio, sino algo mucho más maravilloso,

algo que está dentro de nosotros mismos y nos quema como el fuego de la vida!”.

Lou Andreas-Salomé

La película se abre con una visita, un intelectual llamado Ernst Pfeiffer, fascinado por la figura de Lou Andreas-Salomé (1861-1933) llega a la vieja mansión en Göttingen, en Alemania. Corre el año 1929, la mujer vive retirada en el campo. Aunque se muestra esquiva al principio, Andreas- Salomé accede a verse con él, que le ayudará a ordenar su documentación y a escribir sus memorias. Entonces, la película nos traslada a la Rusia zarista decadente, del último tercio del XIX, cuando una adolescente Lou ya daba muestras de su carácter indomable a través de su cuestionamiento moral y religioso de la sociedad burguesa, adormecida y obediente de la moral correcta. Desde su más ferviente oposición a contraer matrimonio y su deseo de estudiar en Zurich (que era la única universidad de toda Europa que aceptaba alumnas).

La cineasta Cordula Kablitz-Post (Aquisgrán, Alemania, 1964) formada en lengua y literatura alemana, al tiempo que en teatro, y fogueada en la televisión, en la que ha realizado trabajos sobre figuras de la cultura alemanas como Nina Hagen y Helmut Berger, debuta en el largometraje con un biopic que sigue la vida y milagros de la singular filósofa, novelista y psicoanalista, aunque no lo hace de forma academicista, sino de otra forma, a través de aquello que ardía en el interior de esta mujer, sus ansías de libertad, que le llevó a cuestionarse todo y a todos, rechazando en un principio el amor, y siguiendo unas convicciones libres y modernas para la época, que primero chocaran con la férrea oposición familiar y luego con las convecciones morales de una sociedad machista y encerrada en las viejas costumbres extremadamente conservadora, donde el destino de la mujer eran el matrimonio y la maternidad. Lou Andreas-Salomé rompe con todo eso, a pesar de los intentos de su entorno.

La cineasta alemana rescata una de las grandes figuras de finales del XIX y principios del XX, colocando el foco de su película en su heroína, primero lo hace en su adolescencia, con la convincente y natural interpretación de Liv Lisa Fries, después con la extraordinaria y sutil composición de Katharina Lorenz que la interpreta desde la veintena hasta la cincuentena, y finalmente, la veterana Nicole Heesters cuando contaba con 72 años, ya retirada en su refugio. La película está a contada a modo de flashback, cuando la anciana le relata los años vividos, sus ansias de libertad, los conflictos, tanto internos como sociales que tuvo que hacer frente, su rechazo al amor, y luego, los amores consumados o frustrados que la llevaron a experimentar su vida de otra manera, con otro aroma y saboreándola en toda su plenitud y profundidad. Sus escritos, ensayos, pensamientos e ideas que la llevaron a hacer amigos como Paul Rée y Friedrich Nietzsche, que formaron un trío inseparable que discutía sobre la necesidad y deseos humanos, miedos,  inseguridades y (des) ilusiones que bullían en lo más complejo y profundo del alma humana (momento que la película recuerda a Julies y Jim, de Truffaut, uno de los tríos románticos y sexuales más famosos de la historia del cine) o el amor romántico, espiritual y sexual que tuvo con un jovenzuelo Rainer Maria Rilke, o el matrimonio de conveniencia para defenderse de las acusaciones de inmoralidad, y finalmente, su encuentro con Freud en la primera década del siglo XX, que la cambió por completo.

Estamos ante una película que cuenta con una excelente factura técnica y artística, con ese aroma de las grandes producciones de mitad del siglo pasado, pero sin olvidar la complejidad y el alma de sus personajes, completamente unos rara avis de la época, describiendo con delicada sutileza, sensibilidad y energía aquellos ambientes bohemios y creativos, como el  Berlín vanguardista de artistas y pensadores donde la bohemia enriquecía a cada uno de ellos, alejados de la burguesía rancia y conservadora, en un cinta retrato-personaje que se sumerge en el alma de su protagonista, describiéndola con aplomo y sencillez, sin juzgarla, dejando que su propia mirada, inquieta, inteligente y audaz, sea la que hable por ella misma, en la que la película se contagia del espíritu del personaje convirtiéndose en un retrato vibrante, emocionante y genial, en la que toca diversos y complejos temas de aquella Europa decadente del XIX, y principio del XX, que estaba a punto de abrir un nuevo siglo que la cambiará por completo, desde los estudios de las nuevas ciencias del alma, como el psicoanálisis, o las amenazas fascistas que explotarán en el segundo tercio del siglo para cambiarlo todo. Kablitz-Post no sólo ha construido una película sobre una mujer maravillosa y genial, muy adelantada a su tiempo, sino que descubrirá para muchos a una de las primeras feministas que puso las primeras piedras en las que cuestionaba al hombre como figura central de todo, para emprender un viaje emocional y físico, en el que cuestionaba esas formas conservadoras que obligaban a la mujer a seguir los patrones impuestos por los hombres, y alentaba para que las mujeres tuviesen su propia vida predicando con su ejemplo, luchando para que la mujer fuese una persona, no un instrumento más de la masculinidad.

Una de las grandes precursoras del feminismo, del amor libre y la vida como camino de experimentación, conocimiento, reflexión y sobre todo, lo que fue el signo de su existencia, la libertad por encima de todo y todos, como un camino para la realización personal, los cuestionamientos sociales y demás ideas o pensamientos que anteponían las formas y conductas sociales al espíritu libre de cualquier persona que quisiera ser ella misma y descubrir la vida en todas sus facetas, reflexiones muy modernas que dejó escritas en su extensa bibliografía que los nazis intentaron quemar después de su muerte, aunque no lo consiguieron. Lou Andreas-Salomé es una de las figuras más importantes para entender los grandes cambios sociales y de ideas que explotarán en Europa antes y sobre todo, después de la Segunda Guerra,  Mundial, en el que las convenciones conservadoras que imponían la iglesia y la burguesía comenzarán a ser debatidas y protestadas por almas libres, independientes e inteligentes como la figura de Lou Andreas-Salomé, una mujer decidida, luchadora, feminista y sobre toda, un referente para todas aquellas personas inquietas, curiosas, reflexivas y de pensamiento crítico.