Los testigos de Putin, de Vitaly Mansky

EL ASCENSO DE LA BESTIA.

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.”

Lord Acton

La política, en muchas ocasiones, desgraciadamente, pierde su valor como elemento estatal primordial para organizar las sociedades, convirtiéndose en meros espejos de todas las maldades de ciertos gobernantes que se creen por encima de todo, y manejan las estructuras del estado para gobernar según sus intereses personales y congraciados con los poderes económicos del país, utilizando la política para someter al pueblo. Podríamos enumerar muchos casos de personas surgidas de la nada,  que crecieron de forma rauda y veloz en el universo político, y en poco tiempo, se fueron erigiendo como únicos salvadores de la patria- Pero… ¿Quiénes son realmente estas personas? ¿De qué lugares vienen? ¿Cómo han conseguido ser líderes en tan poco tiempo cuando hace nada nadie los conocía? Muchas de estas cuestiones son las que se plantean en Los testigos de Putin, del cineasta Vitaly Mansky (Leópolis, Ucrania, 1963) creador reconocido internacionalmente con amplísima trayectoria en el campo documental, por el que lleva transitando hace más de tres décadas.

Mansky compone una película sincera, audaz y profunda, tanto por su forma como por su interesantísimo contenido, porque rescata material de archivo de hace 20 años, partiendo de aquella noche de fin de año de 1999, cuando Yeltsin, el presidente ruso que finiquitó la Unión Soviética, anunció su dimisión y presentó a toda la nación a Vladimir Putin, por aquel entonces un desconocido abogado de San Petersburgo de 47 años, alguien que tres meses después, barrería en las elecciones convirtiéndose en el segundo mandatario de la Federación Rusa después de la URSS. La película recupera las filmaciones de Mansky que este hizo durante la campaña y la noche electoral, contratado por el equipo de Putin para tal efecto, consiguiendo una intimidad personal con Putin y todo su séquito, también observamos imágenes de su primer año en el gobierno, todos los cambios efectuados, y la amalgama de declaraciones, en los que Putin deja de lado la cara amable del político joven defensor de la democracia, desmarcándose del pasado soviético, para convertirse en un defensor a ultranza de ese pasado, y sobre todo, perpetuándose en el poder, ejerciendo mano dura contra todos aquellos críticos de su gobierno, empezando por sus colabores más estrechos, aquellos que le apoyaron y auparon la noche electoral de marzo del 2000, todos aquellos que ahora pertenecen a la oposición o simplemente han sido borrados del mapa.

El cineasta ucraniano no utiliza sus imágenes de modo partidista ni nada parecido, las muestra lo más cercanas y claras posibles, deteniéndose en todos aquellos aspectos humanos de Putin, reflexionando sobre aquel hombre que parecía regio y leal con la democracia, a aquel otro que resucitaba los valores nacionalistas de la Unión Soviética y aquel pasado imperial que tantos querían olvidar, situándose como una especie de líder autoritario, donde él es el estado y la población pasan a ser sus aduladores y enfervorecidos compatriotas que avalan sí o sí todas sus propuestas e ideas. El relato directo y magnífico interpela directamente a los espectadores, siguiendo a Putin en aquellos instantes tan cruciales de su carrera política, viendo su cara más humana con la visita a su antigua maestra, una mujer que aleccionó esa imagen impertérrita y fría del líder ruso, sino que también aparecen Yelstin, que aupó a Putin como su sucesor y le dejó vía libre en el gobierno, al que lo escuchamos viéndose orgulloso de Putin en un principio y luego, despidiéndose con un tono más crítico y sobre todo, apesadumbrado por su error, y también, aparece Gorbachov, el último líder soviético, votando en las elecciones y debatiendo con antiguos camaradas de partido.

Quizás la política y su forma estructural convierta a las personas en aquello que odian ser, o simplemente, muchas de esas personas utilizan la política para ocultar todas sus debilidades y de paso enriquecerse, o más allá, usan la política como un mero escaparate para ser quiénes nunca se atrevieron a ser, o en un mero instrumento de propagando o de interés económico. Putin es el nuevo dictador de la política, como antes lo fueron muchos, que llegaron como corderos y se convirtieron en lobos, y no sólo contentos con eso, fueron más allá, como en el caso de Putin, que veinte años más tarde de las imágenes de la película, continua al frente de Rusia, convertido ya en una especie de mesías de su nación, en alguien que quiere recuperar el esplendor perdido a base de desenterrar los errores del pasado. Mansky no solo ha creado un documento valioso de aquel Putin primerizo y su ascenso meteórico, sino que además, ha construido una pieza magnífica sobre la política y sus mecanismos, sobre el interior de los dirigentes y todo aquello que les rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Araña, de Andrés Wood

AYER, HOY Y SIEMPRE.

“Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica. Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo”

Bertolt Brecht

Después de una puesta de largo como Historias del fútbol (1997) en que Mario Benedetti era uno de sus guionistas y un par de series más, el nombre de Andrés Wood (Santiago de Chile, 1965) empezó a sonar con fuerza en el panorama internacional con La fiebre del loco (2001) donde relataba la codicia y locura, parecida a la del oro, que se desataba con “El Loco”, un molusco muy preciado. Con Machuca (2004) contaba la historia de un par de niños de distinta clase social en el convulso Chile de 1973. En La buena vida (2008) se centraba en la vorágine urbana actual a través de cuatro personajes en busca de realizar su sueño. En Violeta se va a los cielos (2011) reconstruye de forma apasionada y compleja la vida de la cantante Violeta Parra.

Wood después de unos años dedicados al medio televisivo, vuelve a la gran pantalla con un relato de reminiscencias históricas, mirando al pasado de su país en una película compleja y durísima como Araña, en un guión que firman el propio director y Guillermo Calderón, guionista de Pablo Larraín en El Club y Neruda, que ya habían colaborado en el libreto de Violeta se va los cielos, con el asesoramiento de Eliseo Altunaga, un colaborador de Wood en el pasado. La película nos sitúa en dos tiempos diferentes pero desgraciadamente muy parecidos. Por un lado, el Chile de principios de los setenta en el seno de “Patria y Libertad”, un grupo de extrema derecha violento y asesino que dinamitaba el gobierno de Allende, en el que conoceremos a tres de sus jóvenes intrigantes, Inés, atractiva y peligrosa, su marido Justo, pusilánime y segundón, y Gerardo, antiguo militar y apasionado por la causa, que mantiene una relación apasionada en secreto con Inés. Y por el otro lado, el Chile actual, donde veremos que ha sido de la vida de esta terna fascista de aquellos años, donde Inés se ha convertido en una profesional reputada, que sigue casada con Justo, un pobre diablo alcohólico y neurótico, y Gerardo, al que han perdido la pista, pero que volverá a sus vidas, ya que sigue empeñado en resucitar la causa y seguir instaurando un mundo de violencia y terror.

Wood, con la maestría que nos tiene acostumbrados, va de un tiempo a otro con una naturalidad y una precisión extraordinarias, a través de un montaje enérgico y magnífico obra de Andrea Chignoli, una cómplice del cine del director chileno, y su penetrante y sobria luz obra de otro de sus cómplices más queridos, veinte de trabajo juntos, el cinematógrafo Miguel Ioann Littín Menz. El universo de Wood marco un ritmo bestial en sus narraciones, yendo de un espacio a otro y de un punto de vista a otro con una precisión maravillosa, encajando las diferentes piezas de manera excelente y deteniéndose en esos detalles que hacen de la película contado un inmenso puzle donde sus piezas que a priori parecen inconexas encontrando su perfecto encaje de manera sencilla, sobria y natural para los espectadores. El realizador chileno mira a su país y su historia de manera compleja y sincera, narrándonos los claroscuros y los secretos que se ocultan en la historia, desenterrando todo aquello que tiene una relevancia en la actualidad, como si el tiempo solo fuese un marco donde los conflictos solo se mutan y cambian de forma y apariencia.

Araña tiene ese aroma de thriller político de primera altura, donde consigue retrotraernos al cine de Costa Gavras, en su calculada precisión, complejidad y escenificación, situándonos a los espectadores en el abismo constantemente, interpelándonos de todas las maneras posibles para que seamos unos testigos activos y sobre todo, conozcamos la historia para entender de manera clara la actualidad que nos rodea. Otro de los elementos que destaca en el cine de Wood son sus repartos, concisos y extraordinarios, consiguiendo eso que es tan difícil en el cine como filmar a personas y no a personajes, donde el director chileno aprueba con grandísima nota, intérpretes que combinan unos gestos medidos y unas miradas penetrantes,  en un elenco encabezado por Mercedes Morán haciendo de Inés adulta, y María Valverde en los setenta, como ocurre con Gerardo, en la actualidad lo hace Marcelo Alonso, visto en El club o Princesita, y Pedro Fontaine en los setenta, y el personaje de Justo, ahora en la piel de Felipe Armas, y en los setenta Gabriel Urzúa.

Wood encaja su relato en esos 105 minutos de vaivenes históricos y emocionales, con sus necesarias e inquietantes pausas, con esas estupendas secuencias donde el hijo de Inés y Justo se muestra acusador ante el pasado violento de sus padres, en el que Wood destaca esa generación que se ha aprovechado de innumerables privilegios gracias a ese paso oscuro de sus padres. Wood con un pulso firme y apabullante nos cuenta una historia de radiante actualidad, donde se mezclan vida, política, sociedad, amor, amistad, lealtad, en la que conoceremos al detalle todas las argucias violentas y asesinas de un grupo que funcionaba para derrocar a Allende y seguir disfrutando de sus poderes económicos con la patria y la bandera como excusas. Wood vuelve a deleitarnos con una historia excelente y brutal con ecos del pasado y de ahora, que nos habla del paso del tiempo, del amor y las actitudes violentas de muchos que harán lo imposible para perpetrar sus privilegios económicos y sociales cueste lo que cueste y se lleven quién se lleve. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/371422881″>Trailer ARA&Ntilde;A. Dirigida por Andres Wood.</a> from <a href=”https://vimeo.com/aterafilms”>ATERA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La caída del imperio americano, de Denys Arcand

EL FILÓSOFO, LA PROSTITUTA Y EL CEREBRO.

“Los signos del declive del imperio abundan, la población que desprecia sus propias instituciones, el descenso de la tasa de natalidad, el rechazo de los hombres a servir en el ejército, la deuda nacional incontrolable, la disminución constante de las horas laborales, la proliferación de funcionarios, la decadencia de las élites. Una vez esfumado el sueño marxista leninista, no queda ningún modelo de sociedad del que se puede decir, así nos gusta vivir. Y a nivel individual de no ser, un místico o un santo, es prácticamente imposible encontrar un ejemplo que nos sirva de modelo. Lo que estamos viviendo es un proceso de erosión general de toda la existencia” (Dominique en El declive del imperio americano)

La filmografía de Denys Arcand (Deschambault, Quebec, 1941) se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera arrancaría en 1962 con Seul ou avec d’autres y abarcaría hasta el año 1980, con títulos de carácter social en el que profundizaba en los problemas de los trabajadores, sus derechos, obligaciones  y contradicciones. A partir de la fecha citada y con la decepción originada por el resultado del referéndum sobre el Quebec, el cineasta canadiense abre una nueva vía en su cine en la que emprenderá la “etapa americana”, según sus palabras, ya que explorará los diferentes problemas emocionales, sociales, económicos y culturales de la clase burguesa.

En 1986 con El declive del imperio americano, cosecharía un enorme éxito de crítica y público, centrándose en las peripecias de un grupo de profesores universitarios y sus amigos envueltos en una jornada, que a través de exquisitos diálogos se evidencian las enormes diferencias entre hombres y mujeres en todos los ámbitos, y sobre todo, en el amor y en el sexo, convirtiéndose la película en todo un fenómeno social por su contundencia en criticar a tumba abierta la reinante hipocresía, superficialidad, banalidad y cinismo de una sociedad enferma, falsa, deshumanizada y carente de cualquier valor humano, y sobre todo, en caída libre, sin nada que hacer ante tanta mercantilización de todo. En el año 2003 con Las invasiones bárbaras, retomaría los mismos personajes y la casa en cuestión para acercarnos a los restos del naufragio de una generación a la deriva, perdida, vacía y torpe en todos los sentidos, a nivel laboral, social y humano, en una sociedad que escarbaba sin tapujos en su propia descomposición y compasión, como aquel que ya ni ríe de su propio egoísmo y banalidad, solo esperando su desaparición sin más, rodeado de un entorno lleno de espectros y casas podridas.

Siguió con La edad de la ignorancia (2007) y El reino de la belleza (2014) dos exploraciones más aún de esa sociedad capitalista vacía y muerta, en estado vegetativo donde todo vale y nada tiene el más mínimo sentido, en el que todo está en venta con el único fin de amasar dinero y comprarlo todo, un tiempo sin referentes ni modelos donde la supremacía del dinero se ha convertido en el sentido vital. En La caída del imperio americano, Arcand vuelve a ser el cineasta espejo de su tiempo y continúa disparando a diestro y siniestro atacando a todo el sistema capitalista, en el que los EE.UU. sería ese imperio americano invasor y malvado que destruye todo atisbo de humanidad del mundo, como hizo aquel otro imperio romano en su tiempo. El veterano cineasta sacude con vehemencia, pero también con humor, quizás nos invita a reírnos no para solucionar el acabose general, sino para llevar mejor esta tragedia en la que vivimos, o algo parecido. Viendo el arranque de la película, más propio del thriller setentero o alguna de Tarantino, donde en mitad de un atraco perpetrado por dos jóvenes delincuentes que están robando a quién se lo pide, ya que a su vez, quiere robar el dinero de las élites para los que trabaja, aparece un tercer atracador con la intención de robar a los primeros atracadores, y se origina un intenso tiroteo que acaba con la vida de dos atracadores y escapando un tercero. Y en esas, y aquí entraría la comedia de Tati o Lewis, aparece un repartidor y al ver dos mochilas repletas de millones de dinero, las introduce en su furgón y hace ver que no sabe nada.

A partir de ahí, todo se retuerce aún más si cabe, porque el repartidor se trata de Pierre-Paul Daoust, un tipo joven amante de literatura y doctor en filosofía que reparte para ganarse la vida dignamente, y ante tal cantidad de pasta, decide contratar la compañía de Aspasia, una prostituta de lujo que en realidad se llama Camille, de la que se encariñará y mucho, y también, contactará con Sylvain Bigras, un reputado estafador que acaba de salir de la cárcel para sacar el dinero del país sin que la policía que le pisa los talones los detenga, mientras los gánsteres agudizan el ingenio para ajustarse las cuentas. Contado así parece una comedia rocambolesca como aquellas que hacían en Italia en los cincuenta y sesenta, pero Arcand con su ingenio demostrable, nos atrapa con su aparente sencillez y ligereza, aunque toda su apariencia oculta una crítica feroz y amarga a la estructura económica que mueve el mundo capitalista, una fábula socio política en que todos se mueven por dinero, por el poder y la belleza del dinero, por el “vil metal” que le llamaba Don Lope, el protagonista de Tristana, primero con la pluma de Pérez Galdós y luego con la cámara de Buñuel, ese material tan preciado convertido en nuestros tiempos en principio y fin de todo, donde el ser deshumanizado da su vida y todo lo que tiene por conseguir algunos fajos de ese bien actual, para unos pocos, la vida, y para la gran mayoría, la fuente incesante de tragedias y desgracias infinitas.

Arcand nos presenta tres individuos entre el vacío, la frustración y el no sentir personal, enfrascados en este berenjenal, tres almas que en apariencia no se meterían en un embolao de tamañas características, pero las circunstancias les han puesto delante una indecente cantidad de dinero que los podría retirar de por vida, pero eso sí, con cabeza, con mucha cabeza. El realizador canadiense enmarca su cuento moral en la actualidad, en la estrategia que siguen estos tres “robin hoods” de nuestro tiempo para salirse con la suya, moviéndose con pies de plomo, y centrando su plan en minuciosos movimientos para no alertar ni a los polis ni a los dueños del parné. Los seguiremos por todo tipo de ambientes, desde almacenes donde dejar mercancía comprometida, parques turísticos que pasan desapercibidos, comedores sociales donde echar una mano, apartamentos de lujo que antaño fueron ideas de hogar no consumadas, almacenes sin uso desde la calle peor en funcionamiento desde dentro, y oficinas lujosas donde los magnates del “Money” mueven la pasta con un par de ordenadores y un teléfono, y nos cruzaremos con tipos de toda clase social como los tres susodichos protagonistas, socios por necesidad, polis frustrados con aires de grandeza y con sentido moral y legal, matones duros, caras visibles de los poderes que mueven los hilos, muy podridos y salvajes, sin techo que no tienen nada y sueñan con una sonrisa amable, y banqueros y movedores de dinero, jefes e intermediarios que conocen la ley y toda su incongruencia, estupidez e inutilidad, leyes que hacen ilegal lo banal, aquello que se mueve en lo más cotidiano, y por el contrario partida, protegen las grandes cifras y los dueños de estas.

La película se maneja entre extremos, desde sus espacios como sus personajes, todos parecen interpretar su rol, representar un mundo ajeno al real, o quizás, ya no hay mundos reales o al menos no como los había hace miles de años, y ahora, todos, exclusivamente todos, interpretamos un personaje, alguien muy ajeno a nosotros, porque nuestra identidad se ha esfumado o ya no la recordamos, porque el dinero y la su consecución se ha convertido en la realidad de nuestras vidas, en lo único real de nuestras existencias vacías y sin sentido. Arcand nos habla de drama real, de comedia al estilo Estudios Ealing, donde unos cualquiera, un frustrado filósofo más perdido y agobiado que todo, ahogado en su propia existencia acaba fornicando y luego relacionándose con una joven prostituta igual de perdida que rechaza constantes propuestas de matrimonio de viejos decrépitos que engañan a sus esposas siliconadas, y ex convictos cerebritos del dinero (magnífico en su personaje el intérprete Rémy Girard, actor fetiche de Arcand que ya era el salido sin escrúpulos de El declive del imperio americano, y el enfermo de cáncer amargado de Las invasiones bárbaras) que saben manejarse entre aquellos poderosos en la sombra sedientos de pasta, y aquellos otros mindundis que se dejan llevar por inesperados golpes de suerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Assumpta Serna

Entrevista a Assumpta Serna, actriz de “Bernarda”, de Emilio Ruiz Barrachina. El encuentro tuvo lugar el miércoles 24 de octubre de 2018 en el hall del Hotel Omm en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Assumpta Serna, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Àlex Tovar de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Clara Roquet

Entrevista a Clara Roquet, directora de “El adiós”. El encuentro tuvo lugar el viernes 8 de enero de 2016, en el Parc de la Ciutadella de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Clara Roquet, por su tiempo, generosidad y cariño, a la gente de Lastor Media, por su paciencia, amabilidad y simpatía, y a una joven desconocida que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Macbeth, de Justin Kurzel

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La obra de Macbeth, escrita a principios del S. XVII por William Shakespeare, es una de las tragedias más admiradas y representadas del universo del bardo de Stratford. Ahora, una nueva aproximación al general escocés, de la mano de Justin Kurzel (1974, Gawler, Australia), que ya deslumbró con su debut Snowtown (2011), un relato basado en hechos reales, donde describía como una familia sangrienta provocaba el terror en la comunidad donde residían. Kurzel tiene muy presente las grandes adaptaciones sobre Macbeth, las dirigidas con gran maestría por Welles, Kurosawa y Polanski, pero no se limita a copiarlas, sólo las mira como referencia, muy acertado por su parte, le sirven como fuente de inspiración para arrancar de ahí, pero adentrarse en una mirada diferente, complementaria eso sí, pero desde otro punto de vista.

Arrancar la película con el entierro del retoño de los Macbeth, en una secuencia magistral, obedece a una rigurosidad que no sólo afectará al resto de la película, sino que nos someterá, desde el primer instante, a esa brutal descripción del mundo que les rodea, un entorno en continúa guerra, la muerte y la pérdida que provocan un dolor infinito, una sangría de cuerpos putrefactos, y un paisaje con olor a amargura y tristeza. El universo de Shakespeare es un género en sí mismo, no hay nada por azar o descuido, ni mucho menos, todo ocupa su espacio y todo encaja a la perfección, aunque su entendimiento sea muy complejo. El cineasta australiano captura de forma magnífica ese universo, lo traslada a ese mundo en guerra infinita, lo desarrolla en espacios naturales, en su mayoría, y lo cuece con aires expresionistas y fantasmagóricos. Las batallas, siempre desde el punto de vista de los protagonistas, nos devuelven a la memoria las que filmó Branagh en Enrique V, o Konitsev en El rey Lear. Hay también un rigor y un gusto narrativo en la imagen y en los encuadres, muy a lo Welles en Campanadas de medianoche o en las adaptaciones de Laurence Olivier. Kurzel ha parido una película rigurosa y sobria, donde el matrimonio formado por Macbeth y Lady Macbeth deja a su paso un reguero de sangre y crueldad para conseguir su premio, una historia de amour fou, donde todo vale y el fin justifica los medios.

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Como en su anterior película, la psicología de los personajes, escenificada en los miedos internos y la locura que se va a apoderando de esa pareja enfermiza, representa un valor inmenso en la trama, donde todo parece tener un destino implacable y cruel, y nada ni nadie puede pararlo, todo está escrito, como profetizan las brujas que se aparecen a Macbeth. Un ejemplar grupo de interpretes hace el resto de la función, secundarios de lujo curtidos en mil batallas como David Thewlis o Paddy Considine, entre otros, se acoplan de forma contundente con la brutal y maravillosa pareja protagonista formada por Marion Cotillard y Michael Fassbender, dos seres que sus ansías de poder y codicia ha contaminado sus almas, llevándoles por un camino de sangre y destrucción, donde no tendrán escapatoria ni paz posible, condenados a vagar por el infierno como pago por sus múltiples fechorías y maldades ocasionadas a las gentes y la tierra de Escocia.

Entrevista a Alvaro Longoria

Entrevista a Alvaro Longoria, director de “The propaganda game”. El encuentro tuvo lugar el sábado 31 de octubre de 2015 en el hall de los Cines Girona de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alvaro Longoria, por su tiempo, simpatía y generosidad, y a Lara y Aina (autora de la fotografía que ilustra la publicación) de Betta Pictures, por su paciencia, amabilidad y cariño.