El palacio ideal, de Nils Tavernier

EL SUEÑO DE UN HOMBRE SENCILLO.

“Hijo de campesino, campesino, quiero vivir y morir para demostrar que en mi categoría también hay hombres de genio y energía. Durante veintinueve años fui cartero rural”

Joseph Ferdinand Cheval

Erase una vez un cartero llamado Cheval, un hombre poco hablador, ensimismado en su mundo, en la naturaleza y los animales que se tropezaba en su andar continuo por los bosques y caminos de la región de Drôme, en el sudeste de Francia, a finales del XIX. Un hombre que rehuía de los humanos y se sentía más cómodo y comunicativo en la naturaleza, donde encontró su inspiración, como los grandes artistas, como ese maravilloso momento que tropieza con una roca, que luego saca de la tierra y se la lleva a su casa, donde la recorre con la palma de la mano, sintiendo la estructura y la forma de la citada roca. La película nos muestra a  alguien golpeado por la vida, que lo dejó viudo y sin su único hijo. Pero, él siguió con su ruta diaria y su amor por el medio ambiente. Un día, conoció a Philomène, una viuda hermosa y se casaron. Nació Alice, que se convirtió en la ternura y el sentimiento de Cheval, que empezó a construir “El Palacio Ideal” para su hija, recogiendo piedras y tomando inspiración en pasajes bíblicos y en palacios hindús. Una obra que, a pesar de las continuas dificultades, logró acabarla después de 33 años.

Nils Tavernier (París, Francia, 1965), hijo del insigne director Bertrand Tavernier, ha construido una carrera como actor en películas de su progenitor como Beatrice o Ley 627, y otros geniales directores como Chabrol y Forman. También ha dirigido documentales de corte social y cultural, junto al guionista Laurent Bertoni. Su debut en la ficción se produce con la cinta Con todas nuestras fuerzas (2013), protagonizada por Jacques Gamblin, que recogía la hazaña de un tetrapléjico, ayudado por su padre, en su cometido de correr la durísima prueba de “Iron Man”, le siguió el thriller con al miniserie En algún lugar del valle, sobre una niña desaparecida. Ahora, llega el turno de la historia real del cartero Joseph Ferdinand Cheval, la  L’incroyable histoire du facteur Cheval, en su título original, contando nuevamente con Bertoni, a la que se une Fanny Desmares, para contarnos un relato romántico, al estilo de El cartero y Pablo Neruda (1994, de Michael Radford, contándonos la pericia de un hombre seco e introvertido, alguien de pocas palabras, alguien en su universo naturalista, que ante los golpes y la dureza de la vida, empieza a crear desde cero un monumento para su hija, un lugar especial como legado para su primogénita.

La acción de la película arranca en 1873 y se desplaza hasta 1924, cuando falleció Cheval, donde conoceremos su entorno, pequeño y rural, en la aldea de Hauterives, donde el cartero alzó su obra, utilizando materiales como piedras, que iba encontrando en su andar como cartero. La película de Tavernier es lineal, ligera y emocionante, sigue un ritmo pausado y romántico, explicándonos los avatares tristes y alegres de la vida de Cheval y su familia, una vida dura y llena de desgracias, que el cartero, con la ayuda de su inseparable Philomène, sigue adelante con su trabajo como cartero y su construcción. La sobria y maravillosa luz obra del cinematógrafo Vincent Gallot, con esos tonos ocres y la intensidad de las velas y la luz del fuego, convierten la cinematografía de la película en uno de sus grandes hallazgos, al igual que la excelente partitura musical que firman los hermanos Baptiste y Pierre Colleu, que saben imprimir el carácter duro y romántico que tiene la existencia del peculiar cartero. Y finalmente, la exquisita edición de la película, de Marion Monestier, que sabe manejar el ritmo y la cadencia en un metraje de los 105 minutos para abordar un relato que abarca más de medio siglo.

Tavernier se rodea de un reparto brillante, en el que destaca la inmensa labor de Jacques Gamblin, con el que repite, en un personaje que le va como anillo al dedo, con una espectacular caracterización, que le llevaba una hora y media cada día antes de empezar a rodar, en uno de esos personajes “Bigger than Life”, al que la sabiduría, el porte y esa forma de caminar y sobre todo, su mirar profundo e inquieto de un grandísimo Gamblin, en uno de sus grandes composiciones, interpretando a un individuo invisible, criticado por las gentes de su pueblo, un ser inadaptado que encontró en su entorno natural, la inspiración ideal para levantar su sueño, un sueño sencillo y humilde, que destapó a uno de los grandes visionarios y creadores del arte naïf, declarada como monumento histórico en 1969 por André Malraux, entonces Ministro de Cultura. A su lado, Laetitia Casta como Philomène, la mujer, esposa fiel y compañera, firme ante los golpes de la vida, y una compañía esencial en la existencia de Cheval, y la actriz Lily Rose Debos, que habíamos visto en Gracias a Dios, de Ozon, da vida a la pequeña Alice con 12 años, creando esa fusión íntima y muy profunda entre padre e hija, y finalmente, la aportación de Bernard Le Coq, un actor dotado de una gran humanidad y elegancia, convertido en una especie de mentor de Cheval en su trabajo.

El palacio ideal se revela como una película conmovedora y honesta, que no sorprende por su narrativa, que resulta clásica, convencional y sin sorpresas, pero aporta una mirada interesante y llena de patices en la psicología de los personajes, donde si destaca, mostrando el lado íntimo, personal y profundo de una serie de personas que vivían en las zonas rurales de aquella Francia de finales del XIX y principios del XX, gentes del campo, alejados de las ciudades y sus formas de vida, centrándose en la existencia de alguien corriente, de un ser sencillo, de alguien que era uno más, de un tipo que no caía simpático, quizás porque en su interior, anidaban esas ideas tan diferentes y especiales, tan especiales que se alejan de su cotidianidad. Un relato lleno de amor y tragedia que desvela la parte extraordinaria de la gente común, la gente de campo, que aparentemente, no parece guardar esos secretos, pero que, de tanto en tanto, surgen personas como Cheval, llenas de luz, trabajo, entusiasmo y sabiduría que, hacen de su sencillez su mejor virtud, alguien sin preparación como arquitecto, que consiguió, solo con sus manos, un gran puñado de piedras, unas cuantas herramientas, imaginación, tiempo y paciencia, una de las obras más significativas del llamado arte marginal de principios del siglo XX en Francia, admirado por Breton y Picasso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

You Go to My Head, de Dimitri de Clercq

UNA MUJER SIN PASADO.

“La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados”

Jean Paul

En mitad del desierto del Sahara, una pareja ha sufrido un terrible accidente del que solo ha sobrevivido Dafne, una treintañera atractiva rubia platino que comienza a caminar sin rumbo, adentrándose en el silencio y la desolación del vasto océano de arena, hasta que cae inconsciente. Jake, un arquitecto en la sesentena, obsesionado en los fines naturales del desierto aplicados a su profesión, encuentra a Dafne y la lleva a un médico. Cuando la mujer despierta, Jake le explica que es su mujer, y se la lleva a una lujosa villa, alejada de todos y todo. Dimitri de Clercq (Bélgica, 1967) empezó en el cine produciendo a cineastas tan importantes como Mathieu Kassovitz, Alain Robbe-Grillet o Raúl Ruiz. Su fascinación por el desierto y los lugares desolados le llevó a producir Earth and Ashes (2005), de AtiqRahimi, y Son of Babylon (2009), de Mohamed Al-Daradji. Con You Go to My Head debuta en el largometraje como director de Clercq, construyendo un fascinante thriller psicológico, situado en un lugar mágico y oscuro, a través de esa casa en mitad del desierto, en ese espacio vacío, ausente y perdido, como una especie de oasis artificial.

El cineasta belga nos cuenta un relato sencillo e íntimo, a través de dos personajes, la amnésica Dafne que ha perdido la memoria, y por lo tanto, no sabe quién es, y deberá reconstruir su vida y su propia identidad, y Jake, como ese reflejo en el espejo roto de Dafne, alguien solitario que miente para retener a Dafne, convenciéndola y sobre todo actuando como si fuesen marido y mujer. La cinta se construye a través de una inquietante y penetrante atmósfera en este macabro juego de identidades, recuerdos y espacios físicos y emocionales, en que esa casa de diseño en mitad del desierto, actúa como el lugar propicio donde la soledad y el vacío están jugando un papel importante. De Clercq maneja un guión, escrito por Pierre Bourdy, Rosemary Ricchio y él mismo, de forma sencilla y admirable, en un ejercicio de terror psicológico partido en dos mitades bien diferenciadas.

Si en la primera, la pareja se mantiene en la casa, con esas habitaciones demasiado perfectas, sin vida, con esos pasillos interminables y el blanco inundado por el sol, causando un efecto extraño, como si fuesen otros, generando esa macabra juego de mentiras, sombras extrañas y personalidades inventadas, creyendo ser otro en todo momento, quizás esa vida que nunca llegó pero que se ansiaba en el interior. O ese jardín, que genera cercanía y rechazo, o esa piscina con las escaleras, que recuerda a la Casa Malaparte en la isla de Capri, donde Godard rodó El desprecio. En la segunda mitad, la pareja sale de la casa y en el land rover se dirigen a conocer otros ambientes, las playas salvajes de fuerte oleaje, los frondosos y tupidos bosques rodeados de monos, las rocas y montañas bermellones o esos hoteles cálidos de color marrón que pululan a través de las regiones desérticas. Lugares que acercará a la extraña pareja y además, despertará recuerdos en Dafne, convirtiéndola en alguien que ya nos e siente tan sola y vacía.

De Clerq juega con astucia y brillantez sus cartas, sabiendo que la sencillez y cercanía de su relato ayuda a mantener el baile de máscaras a los que nos invita la película constantemente, a través de esos silencios que ahogan, esas miradas que dicen y callan tanto, o esos movimientos casi fantasmales de Dafne recorriendo una casa que se supone que recuerda. O las interesantes y breves apariciones de otros personajes, como el conserje de la casa o el joven empleado del hotel, que alimentan aún más si cabe el misterio que se cierne sobre la existencia de Dafne/Kitty y su memoria. La película recoge el aroma de las películas situadas en el desierto y en el vacío de la  desolación como Zabriskie Point o El reportero, de Antonioni, en que el genio italiano manejaba como nadie esa sensación de extrañeza y fantasmagórica de sus personajes, o las atmósferas terroríficas de David Lynch, donde sus criaturas acaban sumergiéndose en universos paralelos llenos de verdades, mentiras y ficciones que no saben manejar, o en ese mundo inquietante que planteaba una película como La ardilla roja, de Julio Medem, en que la amnesia de una joven accidentada servía para resucitar a un música ahogada en la tragedia, o incluso en Un hombre sin pasado, en la que Kaurismäki abogaba por la reconstrucción memorística de un amnésico rodeado de los desheredados que viven con casi nada.

De Clercq ha creado una película, sencilla, pequeña y acertada, que se mira con atención y descubrimiento, que lentamente nos va penetrando en el alma y va focalizándonos en una historia pesadillesca y oscura, para luego, situarnos en un relato de amour fou, en la conviven la soledad, el vacío y la manipulación del otro, en la que destaca la brillante y estimulante pareja protagonista con Delfine Bafort (que había trabajado en Promises Written in Water, de Vincent Gallo, entre otras) como la rubia platino amnésica y auténtico objeto de deseo del solitario Jake, interpretado por el actor serbio Svetozar Cvetkovic, veterano intérprete que tiene en su currículum nombres tan ilustres como Dusan Makavejev o Goran Paskaljevic, entre muchísimos otros. Una pareja que mantiene la inquietud, la desolación y la extrañeza que tiene esta fábula moderna, absorbiéndonos despacio como esa brisa del desierto,  ese sol abrasador, la envolvente voz de Chet Baker cantando el tema que da título a la cinta, o ese baño placentero y purificador, podríamos decir, en la piscina donde solo se baña ella, como si fuese una reliquia única en ese palacio vacío del desierto, donde mora el maduro solo a la espera de su oportunidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Maria Mauti

Entrevista a Maria Mauti, directora de la película “L’Amatore”, en su vivienda en Barcelona, el jueves 22 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Mauti, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Aymar del Amo de Zucre Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia, y a Ciro Frank Schiappa (Cinematógrafo de la película) por la imagen que encabeza esta publicación.