La red avispa, de Olivier Assayas

LA GUERRA FRÍA.

“Durante la guerra fría, vivimos en tiempos codificados cuando no era fácil y había tonos de gris y de la ambigüedad”

John le Carré

Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, empezó otra guerra, la “Guerra Fría”, un conflicto lidiado en todo el mundo, una guerra que enfrentaba a la URSS y a los EE.UU., las dos grandes potencias, tanto económicamente como militarmente, por el control mundial, un enfrentamiento encubierto y no declarado entre espías que se investigaba unos a otros, una guerra que duró casi medio siglo. A principios de los noventa, con la caída de la Unión Soviética, muchos pensaron que todos los países al amparo soviético, como Cuba, también caerían, pero las cosas se encaminaron por otros derroteros. El director Olivier Assayas (París, 1955), con más de tres décadas en el cine, un cine que se mueve entre los conflictos sentimentales y familiares entre  grupos de personas de diferente índole que les une algo en común como la amistad o los lazos sanguíneos, en los que ha conseguido certeros títulos como Finales de agosto, principios de septiembre (1998), Las horas del verano (2008), Después de mayo (2012) o Dobles vidas (2018), entre otras, y el thriller sofisticado y profundo como Demonlover (2002) o Boarding Gate (2007).

También, se ha adentrado en el thriller político con Carlos (2010) miniserie dedicada a Ilich Ramírez Sánchez, uno de los terroristas, mercenarios y espías más importantes de la “Guerra Fría”, activo del 1973 hasta bien entrada la década de los noventa cuando fue capturado. Edgar Ramírez, el actor que interpretaba a “Chacal”, vuelve a ponerse bajo las órdenes de Assayas, que basándose en la novela The Last Soldiers of the Cold War, de Fernando Morais, para contarnos un entramado político que abarca todos los años noventa, entre Cuba, Miami y Centro América. Ramírez da vida a René González, un piloto cubano, casado y con una hija pequeña, que deserta rumbo a EE.UU. Allí, se pondrá en contra con los cubanos anticastristas que con la excusa de salvar a balseros, tienen una red donde trafican con droga y dinamitan el estado cubano. Conoceremos a otros como González, que han optado por el mismo camino, como Gerardo Hernández (interpretado por Gael García Bernal), o Juan Pablo Roque (Wagner Moura), aunque en realidad todos ellos juegan a un doble juego en el que es muy difícil descifrar quién trabaja con quién, y quienes ayudan a Cuba o la dinamitan con sus operaciones secretas.

Assayas consigue un buen thriller político, en el que se mezclan con astucia y seriedad el conflicto patrio con el personal, donde la familia juega un papel fundamental, como en el caso del personaje de Ramírez, con su esposa Olga Salvanueva (interpretada por Penélope Cruz) castrista convencida, o Ana Margarita Martínez (que hace Ana de Armas) la cubana enamorada de EE.UU., que tiene que lidiar con la ambigüedad de su marido, el personaje que interpreta Moura. O un personaje como José Basulto (al que da vida Leonardo Sbaraglia), una especie de reclutador de anticastristas en Miami, con todo lo que parece y no es. Quizás puedan liar algo las idas y venidas de la película, en la que a modo de pequeños episodios van mostrándonos las diferentes capas que oculta la película, muy al estilo de Scorsese, y la verdadera naturaleza de cada uno de los personajes y todo aquello que muestra y también, lo que oculta al resto. La red avispa  tiene ese aroma intrínseco de grandes títulos del género como El ministerio del miedo, El espía que surgió del frío, Nuestro hombre en la Habana, o muchos de los trabajos de Costa-Gavras, un especialista en el género político, y las más recientes como Syriana o El topo, donde nada es lo que parece y todos parecen engañarse unos a otros, donde el espectador debe estar muy atento para ir descifrando las pistas y secretos que se irán desvelando.

El cineasta francés maneja con pulso firme y nervio las tramas que rodean el relato, los diferentes espacios donde se juega, capturando esa atmósfera crucial para una cinta de estas características, para crear esa ambigüedad ya no solo en las miradas, gestos y movimientos de los personajes, sino en los lugares donde se desarrollan la trama compleja y humana. Assayas ha formado un grupo de intérpretes bien conjuntados que saben captar las esencias que encierran cada personaje. Además, entre los intérpretes encontramos nacionalidades sud y centroamericanas, incluso española, que mantienen los diferentes idiomas de la película, desde el castellano, inglés o ruso, dotando a la obra de una verosimilitud magnífica, ofreciendo esa veracidad esencial que tanto necesita una película de estas características. Cine de personajes, donde los espías son cercanos y llenos de miedos, inseguridades y de contradicciones, que a veces actúan por instinto, emocionalmente y otras, siguen a pies juntillas las órdenes aunque no se muestren muy de acuerdo, el eterno conflicto entre patria o familia, entre lo que uno piensa y lo que siente o debe de hacer, esa dicotomía que con inteligencia explica la película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar

LOS FANTASMAS DEL CINEASTA.

“Sin el cine, mi vida no tiene sentido”

La primera vez que Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949) habló de un director de cine en sus películas fue en La ley del deseo (1987) con Pablo Quintero, un heroinómano profundamente enamorado de un joven, aunque la vida le colocaba en la tesitura de soportar los arrebatos de Antonio. Le siguieron tres años después Máximo Espejo en ¡Átame!, un veterano realizador encoñado de su actriz, luego vino Enrique Goded en La mala educación (2004) que vivía un sonado romance con su actor protagonista en aquellos años 80, y finalmente, Mateo Blanco en Los abrazos rotos (2009) que después de muchos años, recordaba el único amor de verdad que perdió en la persona de su actriz fetiche. Ahora, nos llega Salvador Mallo, sesentón, cansado y triste, muy diferente a los anteriores retratados, porque este no filma, no encuentra el motivo, el deseo de ponerse tras las cámaras, y además, sufre terribles dolores que aún hacen más difícil su oscura existencia. Aunque, como sucede en el cine de Almodóvar el pasado vuelve a llamar a sus puertas, y la Filmoteca Española restaura una de sus películas, Sabor, rodada 32 años atrás, para organizar un pase con público. Este hecho le pone en el camino de Alberto Crespo, el actor protagonista, una visita muy incómoda y difícil, ya que no se hablan desde entonces. Las visitas y los encuentros entre ambos se ampliarán, y Mallo, debido a sus terribles males, se aficionará al caballo como remedio.

La vida siempre caprichosa y maléfica en el cine del manchego, y caleidoscopia (como los maravillosos títulos de crédito inciales) nos llevará al pasado y el presente de manera desestructurada, personal e íntima,  provocando que el director se suma en sus recuerdos infantiles, cuando creció en aquella España de los 60, en las cuevas de Paterna, escenas que le volverán a su cabeza, entre duermevela y un pasado con muchas cuentas que ajustar, en ese espacio tan blanco, con esas sábanas secadas al sol, ese viento atronador y el tiempo infantil en que Salvador destacaba con la escritura y la lectura, y la relación con su madre Jacinta. Y ahí no queda la cosa, Salvador se reencontrará con su primer amor, Federico, aquel que le devolverá a los primeros años 80 en Madrid, cuando la juventud y la vida andaban con energía y valentía. La película número 21 de Pedro Almodóvar es un ejercicio de introspección, de recogimiento personal, que navega entre la autoficción y los recuerdos, reconocemos al director en la piel de Salvador Mallo pero con indudables diferencias, vemos en Mallo todos aquellos miedos que acechan a Almodóvar, todo aquello que la proximidad de la vejez devuelve a lo más primigenio en forma de deseos, como la infancia, las primeras experiencias, aquel cine con olor a pis, las tardes infinitas en el pueblo, el primer deseo que sintió en su piel, la relación con su madre, los primeros años en Madrid, el cine como forma de vida, los amantes que se fueron, los que no llegaron, y los soñados, y las películas, los relatos en su interior, los deseos que anidan en sus personajes, que antes anidaron en él, en que Sabor, la película de ficción sería una aproximación de La ley del deseo, la primera película que produjo El Deseo, aquella que lo cambió todo, quizás la primera película autobiográfica plena en el cine del manchego.

La aparición de Alberto Crespo, esos personajes del pasado tan almodovarianos, que habla de un monólogo de Cocteau, el mismo autor de La voz humana, que se representaba en La ley del deseo, y sirvió de inspiración para la siguiente película Mujeres al borde un ataque de nervios. Un deseo evocado en el que la película nos habla de las difíciles relaciones entre director y actor, entre aquello que se sueña y aquello convertido en realidad, las diferentes formas de creación en el proceso creativo. Luego, la infancia de Almodóvar, aquí transformada en las cuevas de Paterna, casi como prisiones subterráneas en aquella España gris, católica y triste, sumergidas a la vida, como la maravillosa secuencia de arranque de la película, cuando vemos a Mallo sumergido completamente en una piscina y la cámara avanza a su (re)encuentro, casi como una búsqueda, como una aproximación a alguien sumido en sus recuerdos, sus fantasmas y sus vidas. Una época que Almodóvar la presenta evocando sus recuerdos cinéfilos enmarcándola en el neorrealismo italiano, con su costumbrismo y la vida tan cotidiana y sencilla, con una madre que evoca a Anna Magnani del cine de Visconti o Pasolini, figuras indiscutibles para el cine del manchego que ha recordado en sus películas como Volver, y en la vejez, con sus ajustes entre madre e hijo, entre todo aquello pasado, todo aquello dicho y lo no dicho.

Y la relación con las madres de su cine, que cambiará a partir del fallecimiento de la suya, Francisca Caballero en 1999, relaciones materno-filial sentidas y vividas, muy presentes en su cine desde los inicios, aunque antes las madres almodovarianas eran seres castrantes, imposibles y de caracteres agrios, como recordamos a la Helga Liné de La ley del deseo, la Lucía de Mujeres al borde de un ataque de nervios o la madre del Juez Domínguez en Tacones lejanos. A partir de esa fecha, 1999, y con Todo sobre mi madre, las madres de sus películas adquieren otro rol, la madre protectora, sentida y capaz de cualquier cosa para salir adelante, como la Manuela de la citada película, la Raimunda de Volver o la Julieta. Todas ellas seres bondadosos, con sus defectos y virtudes, pero seres dispuestos a todo por sus hijas, aunque a veces la vida se empeñe en joderlas pero bien. Y finalmente, la visita de Federico, ese amor de Salvador Mallo, quizás el primer y único, el más verdadero, una visita corta pero muy intensa, de esas que dejan una huella imborrable en el alma, las que el tiempo no consigue borrar, aquellas que nos aman y fustigan de por vida, porque amores hay muchos, pero sólo uno que nos rompe el alma y la vida.

Almodóvar vuelve a contar con muchos de sus técnicos-fetiche que han estado acompañándolo en estos casi 40 años de vida haciendo cine como José Luis Alcaine en la luz, con esos colores mediterráneos del pasado evocando su infancia, y el contraste de los colores vivos como el rojo, el color del cine de Almodóvar, con los más apagados, para mostrar el exterior e interior del personaje de Salvador Mallo, o la novedad de Teresa Font, en tareas de montaje, después del fallecimiento de José Salcedo, presente en casi todas sus películas, el arte de Antxón Gómez, otro de sus fieles colaboradores, y con Alberto Iglesias en la música, siempre tan delicada y suave para contarnos las almas que se esconden en el personaje protagonista, o la inclusión del tema “Soy como tú me quieres”, de Mina, que escucharemos en varios instantes, que Almodóvar logra introducirlo en su cine y su relato como si este hubiera sido compuesta para tal efecto.

En el apartado actoral más de lo mismo, intérpretes que han estado en el cine de Almodóvar desde sus inicios, como Antonio Banderas, en 7 de sus películas, dando vida con aplomo y sobriedad al director alter ego de Almodóvar o algo más, un director crepuscular, que nos recuerda al vaquero cansado y dolorido, que sólo quiere sentarse sin más, rodeado de sus libros, de sus autores, recordando su pasado, y sin dolor, y si es posible, mirar la vida, sin nostalgia y rodeado de paz, un director en crisis que recuerda a Guido Anselmi, aquel en Fellini 8 ½, que arrastraba sus vivencias, sus recuerdos y su forma de mirar la vida y sobre todo, el cine, o el director Ferrand de La noche americana, que en mitad de un rodaje caótico le asaltaban las dudas y el valor de su trabajo, el de Opening Night, que acarreaba sus dudas además de lidiar con una actriz alcohólica y perdida, y finalmente, el José Sirgado de Arrebato, que curiosamente interpretaba Eusebio Poncela, que era el director de La ley del deseo, perdido en su crisis y obsesionado con el súper 8.

Con una Penélope Cruz en estado de gracia, fantástica como la madre del protagonista en su infancia, un personaje que recuerda a la Raimunda de Volver  y a tantas madres sacrificadas y currantas con los suyos, y Julieta Serrano en la vejez, haciendo por tercera vez de hijo de Banderas, una mujer delicada peor con carácter, que repasa con azote los actos y no actos de su hijo, y ese Asier Etxeandia, un personaje adicto a la heroína y actor sin actuar, que muestra a un tipo roto y olvidado, y Leonardo Sbaraglia dando vida a Federido, el amor del pasado, el que jamás ha podido olvidar Salvador, protagonizando ese (re)encuentro, uno de los momentos más intensos y bonitos de la película. Almodóvar vuelve a su cine por la puerta grande, en un ejercicio de autoficción brillante y esplendoroso, siguiendo las vicisitudes de alguien con dolor físico y emocional, un ser frágil, perdido, espectral, que evocará sus recuerdos, los buenos y no tan buenos, sus vidas, su cine, sus amores, su madre, su infancia y todo aquello que lo ha llevado hasta justo ese instante, en que su vida parece terminarse, incapaz de encontrar aquel primer instante en que todo cambió, en que su vida adquirió un sentido pleno y gozoso, en que su vida encontró su camino, el más profundo y sentido, aquel que buscaba y no encontraba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA   

Todos lo saben, de Asghar Farhadi

LA DESAPARICIÓN DE IRENE.

Siempre resulta estimulante volver a ver una película de Asghar Farhadi (Khomeini Shahr, Irán, 1972) por la fuerza de sus imágenes, enmarcadas en la más pura cotidianidad, describiendo con firmeza esos ambientes secos y fríos por los que se mueven sus personajes, donde en una aparente tranquilidad, o eso parece, irrumpe algo violento en forma de suceso que trastocará las vidas de sus protagonistas, abriendo la caja de Pandora, y llevándolos hacia el abismo, en unos relatos que arrancan como melodramas intensos, cerca de la mirada neorrealista para derivar en thrillers ásperos, duros y muy oscuros. Todos lo saben es una película que nace a través de dos elementos que ya habíamos visto en sus anteriores películas, la desaparición de un personaje que destapará viejas rencillas ya formaba parte de la estructura de A propósito de Elly (2009) la película que sacó a Farhadi de Irán y lo llevó al escaparate internacional con su premio en la Berlinale al mejor director, un relato con ecos de la novela El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, donde unos días de asueto de un grupo de amigos se convertían en unos días de pesadilla y revelaciones muy inesperadas, y por otra parte, El pasado (2013) la película de Farhadi que filmó en Francia, donde encontramos el elemento del pasado, espacio que desembocará a inesperados descubrimientos que tensará aún más si cabe la relación turbia que viven los personajes.

Dos elementos, la desaparición y el pasado, estructuran la octava película del cineasta iraní, aunque si bien es cierto, que el pasado forma parte de una manera más visible o menos en los relatos de Farhadi. En los primeros minutos de la película, Farhadi nos habla de un reencuentro, Laura, la hermana mediana, que vive en Argentina, llega al pueblo  para la boda de Ana (un espacio de la España profunda, donde se vive de las viñas, de las habladurías, y de la falta de trabajo) con sus dos hijos, Irene, la adolescente rebelde y un niño de seis años. Allí, se reencontrará con su familia, Mariana, la hermana mayor, y su marido, Fernando, y Rocío, la hija de ambos, que regentan una pequeña pensión, y por otro lado, Ana, la pequeña que se casará con Joan, y el patriarca de la familia, Antonio, que ahora se ha convertido casi en un inválido. También, encontraremos a Paco y su mujer Bea, Paco es el dueño de las viñas, e hijo de los antiguos guardas cuando las viñas eran de Antonio.

Presentados los personajes y sus relaciones, todos asisten a la boda, durante la celebración, y sin que nadie se percate, Irene desaparece y todos se ponen a buscarla. También, aparecerá otro elemento de tensión en el relato, Alejandro, el padre de Irene y marido de Laura, al que iremos descubriendo su pasado y cómo afecta al devenir de los acontecimientos. A partir de ese instante, con todos los actores de la contienda, Farhadi nos envuelve en un durísimo y oscuro melodrama familiar en el que las viejas rencillas del pasado aflorarán de manera brusca y rasgada que ira quebrando las relaciones entre unos personajes enmadejados que hablan poco y esconden muchísimo más, donde unos y otros, se moverán casi en tinieblas a pesar de la luz cegadora que desprende la película. El cineasta iraní construye un enérgico e intenso thriller donde nadie parece conocer las intenciones del otro, en un retrato sobre la culpa y sobre todo, la mentira, en el que unos personajes muy de aquí, donde cada uno de ellos se mueve bajo presión y movido por unos intereses personales y muy oscuros.

La película recoge el aroma de los dramas castellanos, donde las tierras, la familia y el pasado se entrecruzan creando atmósferas irrespirables y siniestras, donde la violencia campa a sus anchas y todo se puede quebrar en cualquier momento. En algunos momentos, el retrato deriva en los secos dramas rurales carpetovetónicos y trágicos que tanto afloran en la literatura y cine españoles, donde los hechos violentos derivan siempre de tensiones ancestrales entre los vecinos y los más allegados, donde la problemática del territorio y las viejas rencillas dirigen los ánimos oscuros y vengadores de sus lugareños. Farhadi ha recogido con mano maestra toda esa atmósfera y violencia latente, con esa luz brillante y maligna que atraviesa sin  respiro toda la película, con esa mirada contundente y acogedora de José Luis Alcaine, uno de los más grandes cinematógrafos de nuestro país (habitual de Almodóvar, con la que la película mantiene algún rasgo) o el sobrio y preciso montaje de Hayedeh Safiyari (habitual del director desde Fireworks Wednesday (2006) a excepeción de El pasado) y la música de otro grande como Alberto Iglesias, que en ciertos instantes, sirve para crear ese ambiente malsano que desata la desaparición de la chica.

Farhadi mueve a sus personajes, tanto a nivel físico como emocional, sin caer en la caricatura o la superficialidad, creando la tensión justa, sin necesidad de aspavientos sentimentales, sólo los pertinentes y adecuados, dejando a cada personaje su espacio y su rol dentro del relato, como la aparición del policía retirado, que aún echa más leña al fuego, ya que advierte con esa solemnidad y locuacidad de José Angel Egido, maravilloso en su rol, que las enemigos no andan muy lejos de la casa. El director iraní cuenta con un reparto de altura, con una Penélope Cruz haciendo de esa mujer y madre que sufre y padece la ausencia de su hija (con ecos del que hizo en Volver) con esos intensos y durísimos momentos con Paco, el personaje que hace Javier Bardem, con esa mezcla de crudeza y pasión que lo han convertido en uno de los actores más importantes del panorama cinematográfico, y ese Ricardo Darín, católico a ultranza que desafía el clan familiar e inseguro y desbordado ante los acontecimientos.

Unos principales bien acompañados por esa retahíla de secundarios que juegan un papel fundamental, como ese Fernando que hace Eduard Fernández, pasado de kilos y auspiciado por las deudas, con su mujer Mariana que también hace una estupenda Elvira Mínguez, o esa Bárbara Lennie como la mujer de Paco, que hace esa voz de la conciencia que Paco se niega a escuchar, o Inma Cuesta y Roger Casamajor transmitiendo esa paz que tanto se necesita ante tanto ruido emocional, sin olvidarnos de Ramón Barea, con su fuerza y torpeza, del que ya le quedan pocos tiros que pegar, y los interesantes Sara Sálamo con un personaje oscuro, y la agradable presencia de Carla Campra como Irene llevándose el protagonismo en los primeros minutos. Farhadi ha salido airoso en su nueva aventura internacional después de filmar en Francia y en francés, ahora le ha tocado el turno al idioma del Quijote, situándonos en uno de esos pueblos interiores toledanos, donde las cosas parecen una cosa y en realidad son otra, dejándonos ver hasta qué punto las mentiras forman parte de nuestra cultura y nuestra manera de pensar y hacer, en un oscurísimo melodrama familiar donde todos sus personajes obedecen a sus instintos y pasiones más ancestrales mamadas desde que eran niños, donde las cosas se resolvían en familia, pese a quién pese y caiga quien caiga.

Loving Pablo, de Fernando León de Aranoa

EL HOMBRE AL QUE AMÉ.

La enorme proliferación en los últimos tiempos de novelas, películas y series de toda índole, tanto de ficción como documental, sobre la figura de Pablo Escobar Gaviria, el narcotráfico más famoso del siglo XX, no ayuda en absoluto a acercarse a un nuevo trabajo que vuelve a hablarnos de Pablo Escobar, aunque en este caso, lo haga desde la figura de Virgina Vallejo, famosa periodista colombiana, mediante la adaptación de su novela Amando a Pablo, Odiando a Escobar, donde relata la década que va desde 1981 cuando conoció a Escobar hasta 1993 cuando lo vendió a la DEA (Departamento de Justicia de los EE.UU.). La empresa no resulta nada sencilla, ya que los espectadores tienen una acumulación de información endiablada, aunque sea como ocurre en muchos casos, una información muy diferente a la realidad. Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) es el encargado en llevar a la gran pantalla la novela de Vallejo, y lo hace desde el acercamiento de alguien que se relacionaba con las altas esferas colombianas entre platós de televisión, papel couché, y demás lugares de la élite del país, en un viaje intenso y malvado que la llevará hasta la jungla, a la hacienda de Escobar, los basureros de Medellín, y las partes más oscuras y terroríficas del universo del narcotráfico.

El cineasta madrileño construye sus filmes a través de un conflicto generalmente sencillo y directo, su interés siempre radica en sus personajes, en describirlos desde todos los puntos de vista posibles, desde su complejidad y sin juzgarlos, desde el señor que alquilaba a unos para que hicieran de su familia, o aquellos chavales que se aburrían en verano por no tener un chavo, o los parados que pasaban los días sin anda que hacer, o las prostitutas que deambulan de un lugar a otro sobrellevando los días, o aquella inmigrante que mentía para seguir sobreviviendo, o los cooperantes que andaban de aquí para allá intentando ayudar o lamiéndose sus heridas, todos ellos personajes que iremos descubriendo relacionados con el entrono físico y moral que les ha tocado vivir en suerte, seres que no avanzan en sus existencias, que parecen que continuamente están dando vueltas en círculo, en unas historias que los llevan a conflictos que una vez resueltos los dejará peos parados. Después de A Perfect Day (2015) que se basaba en la novela Dejarse llover, de Paula Farias, León de Aranoa vuelve a inspirarse en otro libro para diseñar su nuevo trabajo, en una película con vocación internacional, filmada en muchos de las localizaciones reales donde transcurrió la acción que se representa, que nos lleva por una década siniestra y brutal donde vemos a un Escobar convertido en un narco a gran escala, que llevaba aviones cargados de heroína y los hacía aterrizar en autopistas de Miami, pero también, siendo elegido congresista, y sus reuniones con el estado colombiano que lo llevaron a declararle la guerra que se llevó por delante a miles de personas.

Vemos a un Escobar desde el prisma de Virginia, su amorosa y terrible love story, la misma que nos va contando en off la historia, acercándonos a una figura controvertida y extremadamente compleja, que era todo un padrazo y esposo, construía casas para los más necesitados, pero por el contrario, era un ser despiadado, rodeado de furcias, que nunca le temblaba el pulso en el momento de asesinar a alguien, y de implantar un infierno de terror en Colombia, y en todo aquel que le osaba ponerse en su contra. León de Aranoa filma con energía y brillantez todos los acontecimientos de la película, que no son pocos, y logra construir un thriller vibrante e intenso, donde no hay respiro, y las balas vuelan sin control, esperando tropezar con alguien que Escobar había decidido que se la merecía, en una cinta con ese aroma desgarrado y cruel del cine de los setenta, donde los miserables iban de un lado a otro, en el que delincuentes, políticos, asesinos, y gentuza de toda estofa se acaban relacionando en un universo sucio y sangriento. Un gran equipo técnico de reconocido prestigio capitaneados por Alex Catalán en la fotografía, Nacho Ruiz Capillas en el montaje y Alain Bainée en el arte, logran construir una película que nos a aquellos tiempos de alegrías y tristezas, de besos y hostias, de risas y llantos, y sobre todo, de un mundo de luces y sombras que la cámara de León de Aranoa filma con brío, dano mucha caña a sus 125 minutos de metraje, describiéndonos con sumo detalle esa atmósfera pegajosa y decadente de las zonas rurales donde entrenaban los chavales que hacían de sicarios para Escobar y los lugares por donde se movía Escobar, como esa estupenda secuencia en mitad de la jungla con el ataque de helicópteros, o aquella en que Virgina Vallejo está cambiando oro, o esos ambientes sofisticados de restaurantes, parlamento y demás, los ambientes se mezclan con naturalidad, pasando de una suciedad a otra, de un ambiente a otro, donde Escobar y su ambiente se relacionaban y mezclaban con execrable cotidianidad.

Un buen reparto donde deberíamos abrir un apartado especial para la increíble transformación, no sólo física de Javier Bardem, que da miedo en su caracterización, sino también en lo emocional, con sus gestos y miradas, y ese acento spanglish, que dotan de una de las mejores composiciones del legendario narcotráfico, sino la mejor, un Bardem que juega en otra liga, que es capaz de enfundarse en cualquier character, con una elegancia y valentía que está al alcance de muy pocos, como lo hiciese en la primera colaboración con León de Aranoa, aquel Santa de Los lunes al sol, o el Ramón de Mar Adentro, personajes que llevan a Bardem a adquirir la verdadera personalidad del personaje en cuestión, convirtiéndolo en otra cosa, dotándolo de todos los matices y detalles que lo convierten en interpretaciones sublimes y profundas. Le acompaña con serenidad y aplomo Penélope Cruz (que no es nada fácil dar la réplica a Bardem) dando vida a Virgina Vallejo, la mujer que amó a la bestia, y también, lo odio, porque nunca a medias tintas, y más con personajes como Escobar.

El tercero en discordia, el agente de la DEA, Sam Shepard al que da vida Peter Sarsgaard en un trabajo serio y eficiente, sin olvidarnos de toda la retahíla de secundarios, entre los que destaca Óscar Jaenada como uno de los narcos de Medellín que trabajo codo con codo con Escobar, y un gran grupo de interpretes colombianos que dan vida a su grupo y demás personajes que intervinieron de manera directa o indirecta en la vida del narco. León de Aranoa ha construido un thriller con estupenda realización, aplomo y fuerza, que nos lleva por aquellos ochenta convulsos, terroríficos y miserables de la Colombia de Escobar, una película que se desmarca de tantas series y películas norteamericanas que también han abordado la figura del narcotráfico más célebre de la historia, pero no desde el prisma espectacular y tópico, centrándose en los acontecimientos más públicos y tremendistas, sino dándole la vuelta a todo eso, desde otra mirada, la más intimista, cercana y humana, desde la mirada de una mujer que lo amó y también, lo odio, y en cierta manera, nunca pudo olvidar.