Mula, de Clint Eastwood

UN TIPO DURO Y SOLITARIO.

En 1992, Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930) interpretó y dirigió Sin Perdón, un western sombrío y crepuscular sobre la venganza y la dignidad de los perdedores, homenajeando al género que encumbró su carrera como actor, un género casi en extinción, además, el Sr. Eastwood dedicaba la película a dos de sus mentores cinematográficos: a Sergio Leone, que lo sacó del anonimato con la famosa trilogía del dólar, Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, y a Don Siegel, que lo devolvió a Hollywood en los años 60 con La jungla humana, Dos mulas y una mujer, Harry el sucio o Fuga de Alcatraz, títulos que lo convirtieron en un actor de renombre capacitado para interpretar a tipos duros, solitarios y con ideas sobre la justicia y la violencia muy peculiares que chocaban con las formas legales. Fueron Leone y Siegel que empujaron a Eastwood a colocarse tras las cámaras allá por 1971 en Escalofrío en la noche, una aventura en la que el director californiano ha construido una carrera sólida y magnífica que abarca los casi 40 títulos, tan importante como su carrera de actor, tareas que ha compaginado con astucia y energía, interpretando a tipos muy solitarios, tipos inadaptados, tipos con sus propias reglas y moral, quizás demasiado austeros y alejados de todos y todo, eso sí, pero nunca exentos de empatía y generosidad frente a los más débiles.

El cineasta estadounidense encontró en el western crepuscular, ese que hizo tan grande gente como Peckinpah, Hellman o Ford, en sus películas con John Wayne en Centauros del desierto, el hombre que mató a Liberty Balance o La legión invencible, o el Gregroy Peck de Yo vigilo el camino, un personaje que se asemeja al que ha construido Eastwood tantos años en tantas películas, como en sus westerns de Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido o la citada Sin Perdón, donde encarnaba a tipos, algunos sin nombre, sin vida, cansados de todos y de todo, y con sed de venganza, justicieros contra la maldad, la injustica y la insolidaridad, que llegaban a un lugar ajeno, hacían su trabajo y marchaban como si se tratara de un fantasma. Incluso en sus dramas más íntimos y urbanos, el western ha seguido siguiendo el marco espiritual o emocional de sus personajes, tipos retirados del mundanal ruido, con sus pequeñas existencias que se ven alborotadas por el enemigo o la injusticia externa imposibles de tolerar para la buena convivencia.

El William Munny de Sin Perdón sentó unas bases formales y argumentales que ha seguido manteniendo el cine de Eastwood, al que todos esos polis retirados, periodistas cansados, cantantes de country venidos a menos, o empleados en las acaballas luchaban sin cesar en su idea más justa y diferente a la del resto, no sin meterse en más de un lío por su obstinación y carácter, enfrentado a todos, todo, incluso a él mismo. Un sosías del tal Munny, podría ser Walt Kowalski el veterano de la Guerra de Corea que interpreta en Gran Torino (2008) enviudado y con vida alejada de su familia y peleado con todos, interviene en la injusticia de aquellos que atentan contra una inmigración asiática en esa América odiosa con lo diferente que marcó Busch bajo su mandato. Earl Stone el protagonista de Mula, la vuelta a la interpretación de Eastwood desde Gran Torino, no estaría muy lejos de la senda de Munny y Kowalski, aunque este octogenario y dedicado al negocio de la floricultura, se muestra más rancio, árido y solitario, alguien que ha antepuesto su trabajo y el reconocimiento al de su familia, que ahora lo rechaza y lo aparta.

El guión de Nick Schenk, el mismo autor que Gran Torino, está inspirado en un artículo del New York Times Magazine titulado Una mula de la droga de 90 años en los cárteles de Sinaloa escrito por Sam Dolnick. Un relato que nos habla de Stone, un octogenario que su negocio de flores venido a menos por la competencia online, está amenazado de desahucio, con ese panorama y en la ruina, encuentra por casualidad un trabajo que consiste en llevar paquetes de un lugar a otro con su vieja camioneta, así, sin más, los portes irán aumentando, los paquetes cada vez serán más grandes, y podrá salvar su negocio, acercarse a su familia vía nieta, y ayudar a sus amigos y conocidos, convertido algo así como un “Robin Hood”. Aunque todo se enturbiará cuando descubre que esos paquetes son cocaína y se ha convertido en una “mula” de uno de los cárteles más importantes de México. A través de un montaje (obra de Joel Cox, con el que Eastwood lleva casi 40 años trabajando) con la música de Arturo Sandoval, protegido del gran Dizzy Gillespie, con esa música de jazz, country y demás baladas que acompañan con amor esta road movie.

Una planificación que recuerda a los grandes westerns que tanto ha amado Eastwood, ahora ha cambiado los caballos por las rancheras, pero siguen habiendo tipos duros, difíciles, mal encarados, ambientes depresivos, solitarios y de pocos amigos, y situaciones donde más de un destino se cruzan, tanto dentro como fuera de la ley. Por un lado, tenemos la peripecia de Stone, con sus más y sus menos, sus complicados relaciones con su familia, la enfermedad de su mujer incluida, y el acercamiento a través de la nieta, y esos “regalos” de los que todos desconocen la procedencia del dinero, el ambiente del cártel, que Stone conocerá y lo harán sentir uno más de todo el tinglado montado, y finalmente, la ley, los agentes de la DEA, que andan ojo avizor para capturar a los narcos del cártel, incluido Stone, al que todos desconocen su identidad y su “trabajo”.

Eastwood sabe construir clásicos al instante, dotar a sus narraciones de una fuerza extraordinaria, construir dramas fuertes y valientes, con la certeza que no dejarán indiferentes, donde dispara a todo lo que se mueve, como esas secuencias que crítica la idea de Trump contra el extranjero, sabiendo sacar humor y sinceridad en lo que toca, o el narrador clásico a la hora de cruzar todas las tramas de la película, que no son pocas, convertido en un maestro del ritmo y el drama in crescendo, rodeado de un equipo de producción que lo lleva acompañando hace décadas, y un reparto ajustado, sincero y lleno de naturalidad, empezando por él mismo, en que esas miradas que son marca de la casa, y esos movimientos del que sabe transitar por ambientes hostiles y difíciles, bien acompañado, como suele ser habitual, por interpretes de la talla de Bradley Cooper (con el que ya había trabajado en El francotirador) Laurence Fishburne (otro que repite después de Mystic River) como también Michael Peña (que ya estuvo en Million Dollar Baby) que interpretan a los agentes de la DEA, o los nuevos fichajes de Dianne Wiest, como la ex mujer, que lo adora y lo odia a la vez, Alison Eastwood como la hija que no lo puede ni ver, y la eficacia de un Andy García como Laton, jefe del cártel, extraordinario con esa voz rota que podría salir de alguna de gánsteres de Scorsese.

Una película magnífica y sobria, un drama íntimo, sobrio e intenso, sin estridencias ni sentimentalismos, lleno de garra y fuerza, una película que nos arranca lo mejor y lo peor de la humanidad, dirigida por uno de los grandes del cine y también, de la vida, donde nos habla de forma pausada y susurrándonos, sobre los avatares de la vida, las segundas oportunidades, sobre aquello que somos y lo que no, lo que amamos y lo que renunciamos, sobre tipos “loosers”, perdedores de la vida y de los sueños malgastados, que tanto les gustaban a cineastas como Fuller o Ray, enfrascados en existencias duras y solitarias, dentro de esa América blanca e insolidaria, que trata a los diferentes, a los raros y a los que no siguen el camino trazado como mala bestias, peor que ganado, aunque ellos, cabezones y fuertes, siguen dando caña, pese a quién pese y pase lo que pase, porque tenemos una vida para bien y para mal, y hay que vivirla según nuestra conciencia, guste o no al resto.

El Reino, de Rodrigo Sorogoyen

LAS MISERIAS DE LOS PODEROSOS.

En El Padrino, Coppola y su guionista, Mario Puzo, tuvieron en cuenta un detalle muy importante para su película, un detalle  que consistía en que su minuciosa y magnífica descripción sobre el clan familiar de oscuras actividades y métodos, ningún personaje debía pronunciar nunca dos términos, las palabras mafia y gánster. Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) y su guionista, Isabel Peña, también se propusieron un elemento muy importante para su película, en ningún momento se hablaría del nombre del partido político, ni de su ubicación geográfica, y sobre todo, todos los nombres serían ficticios. Pero al igual que pasaba en la monumental película de Coppola, no hace falta decirlo, porque todos los espectadores sabemos de quién o quienes se está hablando. El cuarto largometraje de Sorogoyen, el tercero en solitario, es un magnífico y punzante thriller político, que sigue la pesadilla de Manuel López Vidal, uno de esos vicesecretarios autonómicos de un gran partido nacional que vive a cuerpo de rey junto a sus “colegas” de formación, una vida de lujo y derroches dentro de una estructura fraudulenta que se basa en el blanqueo de capitales, recalificaciones de terrenos, intercambio de favores a los empresarios de turno y viajecitos a Madrid para seguir maniobrando toda esta trama de mentiras, corrupción y malversación. Aunque, todo este mundo de las maravillas se zanja de pronto, cuando la policía detiene a uno de ellos, a Paco, íntimo amigo de Manuel, todo el grupo se pone nervioso, empiezan las carreras por los pasillos, los sudores fríos, y los tejemanejes entre los diferentes integrantes del partido para manejar el escándalo, llamadas a Madrid, visitas de soslayo a los “colegas”, y demás, movimientos entre unos y otros para salvar el pellejo.

Sorogoyen que ya demostró en su anterior película Que Dios nos perdone (también escrita con Peña, con la que ha elaborado sus tres películas en solitario) su habilidad para describir con gran acierto los momentos de tensión y adrenalina de un par de polis a la caza de un asesino en el Madrid del 15-M lleno de gente y angustioso calor. Ahora, sigue el cogote de Manuel, el chico elegido para suceder al Presidente autonómico, pegando su cámara como su sombra en su espiral de supervivencia política y vital, en el que la música electrónica nos acompaña sacudiéndonos por todas esas calles, pasillos de oficinas y demás espacios, donde el perseguido se mueve sin aliento, sufriendo como nunca, intentando tejer una mano amiga, cuando todos le han dado la espalda, discutiéndose a gritos con aquellos que hasta ayer eran sus amigos del alma en el partido, con todos esos que se han aprovechado de sus negocios oscuros y negros.

Sorogoyen impone un ritmo frenético, no hay tregua ni descanso, la adrenalina de Manuel va a mil por hora, a punto de estallar, en esta pesadilla sobre la soledad de un tipo que quiere salvar el culo cuando todos le han dado la espalda, cuando nadie quiere caer, en ese momento en que los que creías tus “hermanos” dejan de serlo y ni nadie ni el partido te ayudan en salir del atolladero, por imagen, por votos y por soberbia. El retrato de las miserias de los que se creen amos de todo aquello que les rodea es punzante, admirable y enérgico, no se salva ni Dios, todos tienen mucho que callar y aún más que ocultar, a ellos mismos, al partido y la opinión pública. El cineasta madrileño consigue imbuirnos en este torbellino de miseria y corrupción, llevándonos a una velocidad de crucero por todo ese mundillo de mentirosos, de documentos comprometedores, de miradas juzgadoras, de micrófonos ocultos, de desinformación, y sobre todo, de no saber en quién confiar, con momentos que recuerdan al mejor Scorsese de Uno de los nuestros o Casino, en los que sus personajes se mueven en un estado de velocidad malsana, moviéndose a toda mecha de un sitio a otro, y desconfiando de todos, incluso de ellos mismos, en la mejor tradición del thriller americano de los 70, con los Pollack, Pakula y Lumet retratando las miserias de los poderosos, de esos que se creen impunes y benefactores, cuando las cosas van viento en popa y a toda vela, y malvados, muy malvados, cuando las cosas se tuercen y los jefes y los periodistas piden cabezas y las quieren ya.

Aunque muchos otros recordarán otro de los espejos de El Reino,  la serie Crematorio (2011) de Jorge Sánchez-Cabezudo, donde se describía un empresario valenciano, interpretado por Pepe Sancho, y sus sucios tejemanejes para amasar una indecente e ilegal fortuna. El Reino es un una película que se maneja en esos ambientes ocultos, esos lugares donde se esconden los materiales comprometidos (como esa casa de Andorra, no podía ser otro lugar, donde se guardan tantos documentos que hablan de tantos y sin tapujos) esas atmósferas llenas de mierda y basura, donde ya nadie está a salvo, como esa secuencia del balcón, llena de fuerza y brutalidad, donde se ponen las cartas sobre la mesa, donde todo vale y cada uno quiere salvar su pellejo. Sorogoyen cuenta con un guión de órdago, retratando todas esas miserias, de unos y otros, donde nadie se salva, donde todos siguen a los suyo, donde unos caen y otros se salvan y continúan ayudando al país mientras se llenan sus bolsillos.

Mención aparte tiene su buen plantel de intérpretes encabezados por Antonio de la Torre (que ya estuvo en Que Dios nos perdone) ahora perfecto en ese traje en un cambio drástico a lo D. Jekyll y Mr. Hyde, que pasa de ser el chico ideal al apestado del que todos huyen, con su capacidad para tratar ante tamaño asunto, moviéndose con ese estado de nervios a punto de estallar, metiéndose en esa espiral de mierda y violencia que parece no tener fin, a su lado, Mónica López interpretando a su esposa, apoyo incondicional pero que irá teniendo las dudas comprensibles de todo y todos, Josep María Pou como el Presidente autonómico, elefante de la política y sereno, sabiendo que unos caerán y todo seguirá igual, o esa periodista que hace Bárbara Lennie, que ataca sin piedad a los políticos corruptos aún sabiendo que ella sigue siendo parte del sistema podrido, y una buena retahíla de intérpretes como Nacho Fresneda, Ana Wagener como la Presidenta del partido en Madrid (“La Ceballos”, que todos recordarán como aquella que parecía conocerlo todo y se reía de todos) Luis Zahera y Andrés Lima, entre otros, todos asumen su papel en una película llena de entresijos y laberintos sin salida, en el que Sorogoyen se destapa como un grandísimo realizador, en el que todas sus piezas acaban encajando con eficiencia y fuerza, hablándonos de frente sobre muchos métodos que rigen en la política de este país, y que desgraciadamente, continuarán por los restos de los restos, con el beneplácito de unas leyes que más que condenarlos, parecen alabarlos, y dejando que todo siga igual, a pesar de todo, haciéndonos creer que la política funciona de esa manera, como si cumplir la ley y ayudar a las necesidades de los ciudadanos fuese una cosa de la que se habla, pero nunca se hace nada.


<p><a href=”https://vimeo.com/281609209″>TR&Aacute;ILER EL REINO</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El hombre que mató a Don Quijote, de Terry Gilliam

LAS AVENTURAS DE UN INGENIOSO HIDALGO.

“Llevamos tanto tiempo con esto que la simple idea de poder terminar de rodar esta película ‘clandestina’ es casi surrealista. Cualquier persona sensata se habría rendido hace años, pero a veces los soñadores cabezotas ganan al final. ¡Así que gracias a todos los fantasiosos, a los paganos y creyentes que se unieron a mí para hacer de este sueño de casi toda una vida una realidad!”

Terry Gilliam

La película se abre con un texto significativo sobre la historia de la película, en el que el propio director nos explica brevemente que después de 20 años, haciendo y deshaciendo la película, por fin se puede mostrar. Porque la historia de este proyecto arrancó allá por 1998, en el año 2000 empezó el rodaje con Jean Rochefort como Quijote y Johnny Depp como partenaire, después de problemas y contratiempos de toda índole, el rodaje se detuvo a las dos semanas, buena cuenta de todo lo ocurrido podemos encontrarlo en el documental Lost in La Mancha (2000). Hubo otro intento serio de hacer la película con John Hurt como Quijote, pero al poco la grave enfermedad que sufría el actor paró todo el rodaje. Finalmente, en el año de 2017, la película empezó su rodaje y todo llegó a buen puerto.

La película es una obsesión personal de Terry Gilliam (Mineápolis, Minnesota, EE.UU., 1940) un tipo curioso y peculiar que fue uno de los miembros de los Monty Python, el grupo cómico, satírico y burlón sobre la idiosincrasia británica, en el que Guilliam codirigió algunas de sus películas como Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores o Los héroes del tiempo, después de la disolución del grupo, Guilliam debutará en solitario con Brazil (1985) distopía sobre un futuro deshumanizado, cruel y vacío, convertido en uno de los títulos más prestigiosos de su filmografía, le siguieron Las aventuras del Barón Münchhausen, El rey pescador o Doce monos, películas que aumentaron su prestigio como cineasta, luego llegaron otros filmes muy desiguales como Miedo y asco en Las Vegas, El secreto de los hermanos Grimm, Tideland, El imaginario del Dr. Parnassus y The Zero Theorem. Cine que mezcla de forma abusiva, la acumulación de personajes envueltos en situaciones rocambolescas que parecen no tener fin ni mesura, en la que sus fábulas a medio camino entre el circo, el clown, la farsa, el metalenguaje y demás, unas veces irrita sobremanera y otras enloquece sin encontrar una medida justa. El hombre que mató a Don Quijote tiene desmesura y locura, como no podía ser de otra manera, tiene excesos narrativos y secuencias que funcionan unas mejor que otras, donde ese límite entre lo contenido y lo acumulativo, no siempre casa con la mejor de las posibilidades.

Gilliam inventa y reinventa su lectura del universo cervantino, al que no siempre se ha sabido capturar en la gran pantalla, los trabajos de Manuel Gutiérrez Aragón, tanto en formato de serie televisivo o cine, se fraguan más en lo clásico, siguiendo las andaduras del ingenioso hidalgo y su fiel y salvador escudero. Quizás, la visión de Welles con su Don Quijote inacabado, que finalmente acabó su ayudante Jesús Franco, tiene esa relectura del clásico, convirtiendo a los dos protagonistas en auténticos símbolos de lo antaño, de lo que perdura, aunque el mundo se haya transformado, haciéndolos emprender sus andanzas en la España franquista del momento, visitando ciudades en fiestas. Guilliam no sumerge en una aventura que mezcla múltiples formas y texturas, en la que Toby, un cineasta perdido está rodando un spot protagonizado por Don Quijote y Sancho Panza, cuando hastiado y nervioso, coge una moto y se presenta en un pueblo perdido de La Mancha, donde años atrás filmó su versión del Quijote en plan cine independiente. Allí, se reencontrará a Javier, un zapatero que dio vida a su Quijote, aunque el tal Javier ha perdido el oremus y vive creyéndose su personaje (algo parecido le sucedió a Bela Lugosi con Drácula o a Jonny Weissmüller con Tarzán) y si quererlo ni pretenderlo, los dos asumen sus roles y empiezan a encontrarse en situaciones de todo tipo, más aún cuando Toby se reencontrará con Angélica, la joven que interpretó a Dulcinea en su película de la que está secretamente enamorado.

Gilliam vuelve a contar con Tony Grisoni, uno de sus cómplices, en tareas de escritura, y no sumerge en la mente distorsionada de Javier/Quijote, en el que la realidad deja de tener sentido para abrir otra dimensión, donde lo que vemos es una mezcla entre realidad y ficción, entre tiempos de antaño y actuales, entre conflictos y sueños, aunque en algún momento los excesos de Guilliam se imponen en la película, y parece llevarnos hacia la acumulación y la desmesura, en cambio, en otros, en su mayoría donde la película es un fascinante juego de metacine, en el que todo es posible, donde la trama se convierte en una auténtica aventura de Don Quijote y Sancho Panza, en el que nos encontramos diversos personajes, que nos trasladan al siglo XVI y a los tiempos actuales, donde una puerta o un camino te transporta a otra dimensión, a otro estado de ánimo, donde te esperan granjeros o inmigrantes sin papeles, donde taberneros se convierten en caballeros feroces que se baten en duelo, o donde un baño en un río o un lago deviene la aparición de ese amor secreto y añorado.

Una película donde podemos toparnos con un castillo en el que hay los enemigos más acérrimos pasan a ser mafiosos rusos que se divierten riéndose del débil, de aquel que en su locura o su imaginación, o las dos cosas a la vez, no sabe distinguir la realidad ni a él mismo, o quizás, reinterpreta la realidad que rechaza a su manera, dejándose llevar por su interior o sus sueños. A través de la luz, inspirada en las pinturas de Goya, que van desde la luminosidad de los exteriores, atrapados en ruinas o ríos, a la oscuridad y la suciedad de los interiores, con sus momentos abstractos o surrealistas, en el que las pinturas de Doré (que ilustró en el siglo XIX la obra de El Quijote) en el que la leyenda y las novelas de caballería adquieren todo su imaginario y esplendor, en el que el inmenso trabajo de Benjamín Fernández en el arte, contribuye a crear esos microcosmos oscuros, apabullantes y misteriosos donde conviven reinos y lugares a cuál más suntuoso o ruinoso, y la espectacular y maravillosa de Roque Baños.

Gilliam rescata al perdido Jonathan Pryce de Brazil para que sea su Don Quijote, con su locura, su rechazo a las convenciones modernas, su amor por las formas de la caballería, y su posición adversa a un mundo desorientado y vacío. Le acompaña Adam Driver en un imposible Sancho, como ese cineasta sin camino, añorando el pasado e incapaz de tomar las riendas de su vida, que se mueve en la película como un extraño en tierra extraña, entre batacazo y golpe, la presencia maravillosa de Joana Ribeiro como Angélica, que se mueve entre la dureza de ser esclava del señor oligarca o ese amor recuperado, entre medias de una vida fracasada como actriz, o las inquietantes y divertidas presencias Óscar Jaenada como Gitano, Sergi López y Rossy de Palma como matrimonio de granjeros o no, y Jordi Mollá, como amo y señor del castillo, algo así como una caricatura de Putin o algo peor. Por fin podemos ver la interpretación de Gilliam sobre Don Quijote, en la que hay más ideas bien contadas y resueltas que no, en una película que no deja indiferente, que entras o no, que consigue atraparte o en cambio, te deja fuera, invitándote a ese universo paralelo o no, a ese mundo en el que cabe de todo, diversión, comicidad, drama, tragedia, donde se mezclan tiempos, personajes, mitología, leyendas, mitos y mucha aventura.