Estaba en casa, pero…, de Angela Schanelec

RECONSTRUIRSE EN EL VACÍO. 

“Esconde tus ideas para que la gente las encuentre. Lo más importante será lo más oculto”

Robert Bresson

Cuando uno descubre una cineasta como Angela Schanelec (Aalen, Alemania, 1962), inédita en nuestras pantallas, que tuvo como profesor a Harun Farocki, y compañeros de promoción como Christian Petzold o Thomas Arslan, se da cuenta que encuentras múltiples pieles en su aparente cotidianidad, donde nada es lo que parece, que todo tiene un porqué, aunque no resulte evidente. Una filmografía llena de espacios ocultos y elementos que la película irá descifrando o no, donde la experiencia de visionar una de sus películas confiere una relación muy personal e íntima con sus planos, en la que cada uno de los espectadores va ocupando sus espacios y reflexionando a través de sus imágenes, imágenes que no les dejarán indiferentes, imágenes bien urdidas y con una naturaleza propia y personalísima, que funcionan de forma magnífica por sí solas, como espacios independientes, pero a su vez, conforman un bloque sólido. Un cine muy profundo y reflexivo, que huye de la causa y efecto, para adentrarse en otros campos más propios del alma, en esos lugares profundos en los que se cuecen inevitablemente nuestras experiencias, tanto físicas como emocionales, y la respuesta que damos y nos damos.

La búsqueda de la identidad y la condición efímera de la existencia, serían los elementos más importantes por los que se mueve el cine de Schanelec, como su sensible e íntima apertura en Estaba en casa, pero…, cuando en un ambiente rural, en una casa abandonada, se encuentran un asno (quizás haciendo  referencia al burro de Au hasard Balthazar, de Bresson), un perro y el cadáver de un conejo, que hemos visto segundos antes huyendo del perro, quizás los restos de “Los músicos de Bremen”, tres animales mayores, dejados y consumidos en esas cuatro paredes, unas imágenes a las que volveremos a al cierre de la película, donde encontraremos, de nuevo, a los tres animales, igual que al principio, como si el tiempo ya no fuese con ellos. Inmediatamente después, la directora alemana nos sitúa en una ciudad con su característico follaje de un otoño berlinés, donde un niño de 13 años, ausente de su casa durante una semana, vuelve al hogar, un hogar donde ha ocurrido algo, donde no vemos la presencia del padre, que más tarde, descubriremos que ha fallecido, un hogar, donde una madre y sus dos hijos pequeños, deberán lidiar con la ausencia, el duelo, con el vacío que provoca esa pérdida irreparable del que ya no está.

La directora alemana huye de la trama convencional, para sumergirnos en un sinfín de viñetas humanas, pasajes, trozos de vida, donde la forma sobria y asfixiante, acompañada de un elaboradísimo montaje, obra de la propia directora, al igual que el guión, deja paso a escenas cotidianas donde se desatan las emociones de toda índole, en las que presenciamos instantes mundanos, como la compra de una bicicleta por parte de la madre (con su singular humor, que parece una secuencia más propia del absurdo de Jacques Tati), o ese hermosísimo pasaje de la madre acostada en el suelo, mientras oímos Let’s Dance, de Bowie, o el airado reproche de la madre a uno de los profesores de su hijo (que parece más bien una descarga de emociones que de una llamada a la atención), una explosión de ira de la madre al ver que su hija ha ensuciado la cocina (donde sus hijos claman cariño, mientras la madre los rechaza, incluso echándolos de casa), o un baño en la piscina, que parece más bien un instante de desplomo emocional que otra cosa (que tiene ese aroma al universo Haneke, donde parece que algo está a punto de estallar, en que la calma se torna densa, incluso violenta), o las conversaciones, entre cotidianas y surrealistas de la pareja de enamorados profesores, donde ella se niega a tener hijos, mientras él, no logra entender, o ese soberbio paseo por el museo, donde cada pintura se revela con los personajes, o la representación atropellada y espontánea de los jóvenes alumnos de Hamlet, de Shakespeare.

Secuencias despojadas de un todo que es la película, magníficamente filmadas, con unos encuadres bellísimos y naturalistas, extraídos de esa cotidianidad transparente y corpórea, en los que el espacio acaba siendo una losa pesadísima para los personajes, con esa luz natural, inquietante, fría y distante, obra del cinematógrafo Ivan Marković, donde la directora alemana no busca la empatía frontal, instantánea, sino una búsqueda tranquila y escrutadora, que irá apareciendo, sin prisas, dejándose llevar por las emociones que se van despertando en las diferentes secuencias, para llegar a conmovernos con su impecable sutileza y desgarro. La cámara de Schanelec no se mueve, se mantiene quieta, solo hay movimiento como ocurría en el cine clásico, cuando el personaje se desplaza, que ocurre en pocos momentos, o el desplazamiento de vehículos, pero siempre, deslizándose frente a nosotros, para capturar esa naturalidad y sobre todo, la verdad de lo que está sucediendo frente a nosotros, que tanto busca la directora, para de esa manera ahondar en la incertidumbre perpetua en la que están instalados los personajes, en ese alambre existencial, donde su propia vulnerabilidad aflora las emociones más contradictorias y terribles contra ellos y contra los que les rodean, en ese caótico enjambre de emociones enfrentadas y rotas que manejan sus vidas.

La fascinante y reveladora interpretación de la actriz Maren Eggert que da vida a Astrid, una madre perdida, rota y vacía, que debe reconstruirse y reconstruir su familia y sus hijos, volver al amor, sin su hombre y padre de sus hijos, una interpretación sujetada en acciones, con poquísimos diálogos, ya que la incomunicación, o la incapacidad para expresar lo que sentimos, otro de los elementos que jalonan el universo de Schanelec, uno de los grandes males en las sociedades occidentales, como el de la competición psicótica por el tiempo, que ha provocado el efecto contrario, dejándonos sin tiempo para compartir nuestros infiernos con los demás, y extendiendo aún más el individualismo acérrimo, como también reflejaba Antonioni en sus fábulas sobre la frustración, la pérdida y el vacío existencial.  La maternidad, su reconstrucción, su sentido y su necesidad, también es otro de los elementos que marca la película, la querida y la no querida, y cómo se afronta en las diferentes perspectivas que abarca el relato. Estaba en casa, pero… no es una película sencilla, pero tampoco extremadamente compleja, existen sus lugares comunes y reconocibles, pero el espectador debe ser paciente y estar expectante, porque la emoción aparecerá y será reveladora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Temblores, de Jayro Bustamante

REPRIMIR LO DIFERENTE.

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Aldous Huxley

Del director Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, 1977), conocíamos Ixcanul (2015), su opera prima, en la que retrataba la vida de María, una joven maya cakchiquel, de 17 años, obligada a casarse en un matrimonio concertado, aunque la modernidad, de la que tanto escapaba, le brindará una solución de compromiso. Ixcanul recibió buena acogida en los prestigiosos festivales de Berlín y San Sebastián, y era la primera película de un tríptico del director, para retratar la desigualdad y el odio en la sociedad guatemalteca, basándose en tres insultos: indio, homosexual y comunista. Temblores es la segunda película de este peculiar e interesante proyecto, en el que nos ponen en liza en la existencia de Pablo, un hombre de 40 años, casado y padre de dos hijos pequeños, y un trabajo envidiado como asesor financiero, que pertenece a una familia tradicional y adinerada.

El mundo conservador y evangélico, que se viene abajo cuando Pablo le comunica a su familia que se ha enamorado de Francisco y se va a vivir con él. Momento que queda magníficamente bien reflejado con la secuencia que abre la película, con esa lluvia torrencial, en el interior de la casa familiar, todos derrumbados, y Pablo, encerrado en su habitación, solo y apesadumbrado, y tanto sus padres, hermanos como cuñados, intentan levantarle el ánimo juzgando su homosexualidad. De repente, el primero de los varios temblores sísmicos que veremos durante la película, metáfora sobre el cisma, muy a pesar de Pablo, que ha originado su decisión en el seno de esas familias tradicionalistas, intolerantes y profundamente religiosas, que no entienden otra vida que la de la sumisión a Dios, y una familia heterosexual. Bustamente encierra a su protagonista, optando por los primeros planos, los movimientos rápidos de cámara, el claroscuro en la iluminación, y esos espacios cerrados y opresivos en los que somete a su protagonista, como el minúsculo apartamento, en comparación con la colosal casona familiar, o los lugares de la terapia de conversión, donde los planos se cierran y vemos partes de un todo, como las partes desmembradas de un conjunto, materialización de la rotura y herida emocional que sufre Pablo, sometido, no solo a la intolerancia y el rechazo de su familia, sino al aislamiento en su trabajo o el alejamiento impuesto para que no se acerque a sus hijos.

El director guatemalteco, como hiciera en su debut, se rodea de su equipo habitual: Luis Armando Arteaga, en la cinematografía, el mexicano Pascual Reyes en la música, y César Díaz en el montaje, director de la reciente Nuestras madres (2019) -profundizando en esa Guatemala en busca de sus desaparecidos-, y la nueva mirada al proyecto con el argentino Santiago Otheguy, que firmaba el inmenso trabajo en Monos, del colombiano Alejandro Landes, y como director de La León (2007), una cinta que también tocaba el tema de la homosexualidad. Todos acompañantes de este viaje al alma humana, a nuestros lugares más profundos, y como nuestros deseos e ilusiones chocan contra la intolerancia y la persecución de una sociedad que, todavía mantiene valores del medievo, donde la religión, ya desde el estado, se ha convertido en el amo y señor de la legislación en materia de relaciones políticas, sociales y personales de la población, una religión que exalta valores y actitudes de corrección moral, basados en la familia tradicional y heterosexual, y en la religión, en este caso evangélica, donde todo está hecho por y para Dios, donde lo diferente y las actitudes modernas, se persiguen y se exterminan.

Bustamante pertenece a una industria todavía muy incipiente, que se está formando y empieza a ver sus frutos en los certámenes internacionales, por eso ha optado por una forma de trabajo muy artesanal con los intérpretes,  contando con un plantel de debutantes, buscando la piel y las emociones, que han trabajo un año y medio con los personajes, entre los que destaca la inmensa labor de Juan Pablo Olyslayer como Pablo, ejerciendo esa opresión y angustia que vive su personaje, encerrado por un entorno intolerante, bien acompañado por Mauricio Armas Zebadúa como Francisco, su amante, el gran trabajo de Diane Bathen como Isa, la esposa despechada que reaccionará como un animal salvaje y herido dispuesta a todo, y finalmente, la impresionante Sabrina de la Hoz como Clara, la mujer del pastor, y maestra de ceremonias en la conversión, una especie de cruce entre lo maléfico y lo íntimo, con ese aire de soberbia y fanatismo. Temblores se erige como un ejemplo de grandísimo cine, social y político, el cine que muestra sin juzgar, hablando de temas candentes que existen en países latinoamericanos, con el aumento de partidos de ultraderecha que quieren imponer un modelo conservador y de persecución contra aquellos que no lo acepten.

La película pone sobre la mesa conflictos que, incluso existen en países occidentales, como pudieran ser España o Francia, donde las practicas radicales religiosas como las terapias para curar la homosexualidad, tratada como una enfermedad, se vienen haciendo con el beneplácito de autoridades, donde las diferentes secuencias que vemos en la película, nos informan de unas prácticas deshumanizadas y salvajes, más propias de regímenes dictatoriales, que atentan directamente contra la libertad individual, y a la anulación sistemática de los deseos personales y la negación de nuestra verdadera identidad, y sobre todo, la perdida de nuestra verdadera personalidad, abocándolo a una existencia de orden establecido, a un matrimonio forzado y a un amor, completamente vacío y triste. Como explica el director, el miedo usado como represión, en una sociedad donde todo está supeditado a la apariencia social y a seguir con la tradición del matrimonio e hijos para continuar con la estirpe tradicionalista, conservadora y heterosexual, y todo aquello que se sale de esos cánones establecidos por la iglesia, se persiguen y se aniquila sin contemplaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Honeyland, de Ljubomir Stefanov y Tamara Kotevska

LA MUJER DE LA MIEL.

“Debemos mantener un equilibrio entre nuestras necesidades y las necesidades del prójimo”.

Andrew Matthews

Una mujer de unos cincuenta años largos, camina decidida a través de un prado rodeado de montañas escarpadas. Sube una de ellas, y se enfila hasta un camino al borde de un precipicio, se detiene y tras destapar una roca, descubre un panal de abejas, extrae la mitad, y vuelve a cubrirlo con la roca, como si de un tesoro se tratase. Ese detalle, aunque parezca insignificante, es crucial para la vida de Hatidze Muratova, una mujer turca que vive en una aldea remota y abandonada, junto a su madre anciana y enferma. Un detalle que equilibra toda su existencia, dedicada a la apicultura, a la fabricación de una miel rica y única, que después vende en los mercados de Skopje (Macedonia del Norte). Ella coge lo que necesita y deja el resto a las abejas, para de esa manera seguir manteniendo la producción y sobre todo, no desequilibrar a las abejas, las productoras de esa miel convertida en riqueza. Pero, todo ese equilibrio entre necesidades humanas, y naturaleza, se rompe con la llegada al pueblo de una familia nómada turca, encabezada por el patriarca Hussein, su mujer y sus siete hijos pequeños, cargados con su ganado y sus grandes necesidades. En un primer momento, la armonía parece reinar entre Hatidze y los recién llegados, hay una cooperación y fraternidad, pero pronto todo se resquebraja, cuando Hussein ve en la miel una forma de ganar mucho dinero, rompiendo así el equilibrio, cuando aumenta su producción, que afectará a las colmenas de Hatidze, que le ha instado a mantener ese equilibrio de mitad y mitad.

Ljubomir Sefanov (Skopje, 1975) es un cineasta que lleva dos décadas haciendo películas sobre medio ambiente y desarrollo humano, haciendo hincapié en los problemas que derivan las malas praxis de producción y sostenibilidad. Junto a lTamara Kotevska (Prilep, Macedonia del Norte, 1993), ya rodaron el mediometraje Lake of Apples (2017), en la que se centraban en el lago Prespa, uno de los lagos más antiguos de agua dulce, que alberga más de 2000 especies de plantas y animales, pero la pesca desmesurada ha provocado desequilibrios, y un par de científicos investigas sus causas y buscan soluciones para mantener ese equilibrio natural. Ahora, el tándem de directores vuelve a la naturaleza, trasladándonos a una remota y perdida aldea en mitad de las montañas de los Balcanes, mostrando la existencia sencilla y frágil de una señora que vive para sus abejas y la miel, consiguiendo un producto artesanal de gran valor alimentario, que tendrá que luchar contra las ansias de dinero de Hussein, alguien de fuera, alguien inconsciente del peligro que significa aumentar la producción de miel y dejar a las abejas sin el rico manjar.

Los directores macedonios capturan la naturalidad y la humanidad que desprende un personaje como Hatidze, a través de una armoniosa y limpieza visual, que no solo enriquece la imagen, sino que desprenden vida y verdad, gracias al inmenso trabajo de los cinematógrafos Fejmi Daut y Samir Ljuma, con unos impecables encuadres que consiguen mostrarnos toda esa belleza pictórica que desprenden la tierra, la luz y los extensos parajes solitarios y hermosos de la región donde reside la mujer de la miel, una mujer en perpetuo movimiento, en continuo caminar realizando acciones, ya sean laborales, domésticas, comerciales, cuidadoras y fraternas, como esos momentos conmovedores con su madre anciana, la fraternidad y alegría que muestra con los vecinos y sus hijos, con canciones y cuentos, animando a la chavalería, y en otro contexto, más solitario, cuando ella se recoge en su hogar con sus pensamientos, escuchamos sus propias reflexiones sobre la vida, la juventud perdida, el presente continuo y ese futuro incierto, en el que Hatidze no sabe si podrá mantener su estilo de vida.

Stefanov y Kotevska recogen el intenso aroma de la vida y trabajo tradicional que hacía en sus películas Raymond Depardon, en la mejor tradición del cine de los orígenes, como construían Flaherty o Grierson, en que la cámara documenta lo que está ocurriendo, sin subrayar ni mediar, solo estando y capturando la vida, la verdad que destila, convirtiéndose en un testigo que da fe a lo que allí sucede, observando a sus personas y elementos, interfiriendo lo mínimo posible, manteniendo ese equilibrio entre humanos y naturaleza, básico para la sostenibilidad de todos. Una película sobre la vida, el amor propio y ajeno, sobre lo humano y lo divino, en la que la mirada de Rossellini o Kiarostami, en su humanismo más íntimo y personal. Un relato sobre el trabajo como medio de vida, no como fin, y también, sobre las necesidades básicas, tanto de unos como de otros, y las dificultades que se originan cuando alguien, motivado por sus deseos desmesurados de codicia y avaricia, no asume los peligros de una actitud incorrecta, y genera un conflicto de consecuencias impredecibles. Hatidze no es un personaje más, es alguien sencillo y humilde, de pocas palabras, de firme disposición y recta en su trabajo, cogiendo aquello que necesita y dejando aquello para seguir consiguiendo miel, y a la postre, mantener su forma de vida, respetando su trabajo, el equilibrio de las abejas, y manteniéndose firme en sus convicciones y en su manera de relacionarse con la naturaleza y todos aquellos elementos que la componen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los europeos, de Víctor García León

¡QUÉ LEJOS QUEDA EUROPA!.

«La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia».

Rafael Azcona

El final de El verdugo (1963), de Berlanga (si permítanme hablar del final, a estas alturas ya deberían conocerla), en la Rafael Azcona era coautor del guión, asistimos a un hecho insólito, cuando el protagonista, después de llevar a cabo su oficio de verdugo, se sube al barco que le llevará de vuelta a Madrid, y la cámara se desplaza un poco hacia la izquierda, y nos tropezamos con un grupo de turistas extranjeros, a bordo de un yate a punto de zarpar, disfrutando del sol y la vida de Mallorca. El mensaje de Berlanga-Azcona no dejaba lugar a dudas, mientras, unos, los españoles, padecían la losa del franquismo, otros, los europeos, disfrutaban de la vida, y por ende, de la libertad. Seis décadas después de su publicación, Los europeos, la novela de Azcona por fin ve la luz. Y lo hace en una adaptación escrita por Bernardo Sánchez, vinculado en muchas ocasiones al universo Azconiano en el teatro, ya que adaptó El verdugo, o en el cine, como coguionista de Los muertos no se tocan, nene (2011), que dirigió José Luis García Sánchez, y la guionista Marta Libertad Castillo, con trayectoria televisiva.

El director escogido ha sido Víctor García León (Madrid, 1976), del que habíamos visto las interesantes Más pena que gloria (2001), que nos contaba las vicisitudes de un adolescente romántico, y Vete de mí (2006), en la que un padre actor recibía la visita inesperada de su hijo inmaduro, ambas coescritas con Jonás Trueba. Años después volvimos a reencontrarnos con su cine con Selfie (2017), donde a través de un fake seguía las andanzas de un hijo de político corrupto. La acción arranca a finales de los cincuenta, cuando Antonio, el hijo del patrón, resultón, vividor y pícaro, con ese bigotito, se lleva unas semanas a Miguel, delineante y empleado de su padre, apático, bobalicón y temeroso, a descubrir Ibiza, por aquel entonces una especie de paraíso terrenal, un espejismo de la liberación, donde los españolitos de a pie, jugaban a ser otros, a sentirse diferentes, a ver la vida de otro color, olvidándose, aunque fuera por un breve período de tiempo, de esa vida anodina, triste, represiva, nacional católica y en blanco y negro. Los dos treintañeros tienen un objetivo claro, playa, sol, juergas nocturnas y sobre todo, ligar con extranjeras.

Todo parece ir sobre ruedas, las fiestas se suceden, hay algún que otro escarceo amoroso, Antonio, con sus extranjeras, como no, y Miguel, con alguna que otra valenciana, pero nada del otro jueves, hasta que aparece Odette, una bellísima y liberal francesa, que lo cambiará todo para el apagado delineante. Si bien, la película se divide en dos partes bien diferenciadas, en la primera, asistimos a la liberación de los dos jóvenes, o podríamos decir más exactamente, a ese oasis de isla perdida, apartada del mundo, donde todo parece posible, incluso lo imposible, donde ellos, por un instante, se sienten europeos, como esa tribu de colores y pieles claras, con las que se tropiezan y confraternizan por las noches. Pero, en la segunda mitad de la película, el tono cambia, y la fiesta, da lugar primero al amor, a un romanticismo ataviado de verano, de días sin fin, noches locas y tiempo detenido, como si fuese a ser así para siempre, como ocurría en Un verano con Mónica, de Bergman, y de repente, estalla la realidad, como también sucedía en la película del genio sueco, y el sol se esconde en el horizonte, el fresco empieza a asomar, la gente empieza a vaciar las playas, y el verano toca a su fin, y hay que volver a casa. En la película, esa vuelta a la realidad se torna en embarazo no deseado y hay todo cambia. En la España de los cincuenta, un embarazo no deseado complicaba mucho las cosas, y además fruto de un amor de verano, tan fugaz como los días de vacaciones, aunque hay está Antonio que mueve sus hilos y genera una situación para las partes condenadas.

García León vuelve a contar con colaboradores conocidos, en la cinematografía a Eva Díaz, que ya estuvo en Selfie, y con Buster Franco, el montador que trabajó con él en las dos temporadas de Vota Juan, bien acompañado de esa música que inunda Ibiza, los temas modernos, que decían en Viridiana, de Buñuel, bailando toda la noche junto al mar, soñando con un mundo distópico, un universo irreal y tan diferente a esa realidad sucia, oscura y represiva que existía en la España franquista. El genio y el corrosivo humor de Azcona baña toda el relato, mostrando la España negra y franquista, a través de las acciones de dos ejemplares característicos, con su costumbrismo que arrastran, comportándose como lo que son, dos almas en pena, más tristes que la figura de Don Quijote, bajo la mirada inteligente de Acona, con esa innegable capacidad de tratar los elementos más cotidianos, a través de ese humor negro, de ser capaz de reírse de todos, y sobre todo, de uno mismo, de la inteligencia de pasar de la comedia al drama en una sola frase, con diálogos maravilloso que, no solo explican las emociones de los personajes, sino ese pesar y vacío, aunque estén en ese paraíso real y soñado a la vez, transmitiendo con sabiduría ese sentir tan nuestro que, por aquel entonces, nos convertíamos en una especie de extraterrestre cuando salíamos del país tradicionalista que nos había tocado vivir, pasmados y asombrados por las reliquias extranjeras, envidioso de unas vidas tan modernas y sobre todo, que a nuestros ojos, parecían tan libres.

Juan Diego Botto (que ya estuvo en Vete de mí), es Antonio, el hijo de papá, el perfecto anfitrión y maestro de ceremonias de estos “Días de viejo color”, como la película de Olea. A su lado, Raúl Arévalo, que borda el papel de Miguel, ese chico de provincias, que vive en una miserable habitación, y que hunde sus sueños en un trabajito y una vida apocada, encuentra en Odette, fantástica la actriz Stéphane Caillard, dando el contrapunto de vida, amor y libertad, que tanto ansían los españolitos protagonistas, y luego, un grupito de secundarios que dan ese toque profundo a las diferentes existencias que pululan por esa Ibiza, como Boris Ruiz, ese taxista juerguista, que después nos sorprende en el segundo tramo del relato, o Carolina Lapausa como Vicen, esa valenciana, perdida e infeliz, que otro verano más deambula por la felicidad sin saber distinguirla. Los europeos es una película inteligente, audaz y rítmica, un grandioso homenaje a la pluma y el universo de Azcona, porque para muchas cosas, seguimos siendo los Antonio y Miguel de la película, atrapados en un complejo de inferioridad frente a Europa, a la que seguimos viendo como otra cosa, tan diferente a nosotros y a lo que vivimos, como si no nos creyéramos lo que somos verdaderamente, y todavía, estuviésemos buscándonos en islas perdidas en la que soñar un poquito con bellas sirenas de nombres impronunciables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Abou Leila, de Amin Sidi-Boumédiène

NUESTROS INFIERNOS.  

“Es un error esencial considerar la violencia como una fuerza”.

Thomas Carlyle

El impactante y revelador plano detalle que abre la película, en el que vemos como se martillea una pistola y, de inmediato, un señor sale de su casa, y su asesino se dirige a él. Son las primeras horas de cualquier día, allá por la Argelia de 1994, en plena guerra civil. A partir de esa secuencia, ejemplo del estado violento y anímico, y de las terribles circunstancias que devoraban el país, se articula toda la primera película de Amin Sidi-Boumédiène (Argelia, 1982), porque las consecuencias trágicas de ese instante, nos acompañarán el resto del metraje, eso sí, el contenido de esa información, vital para comprender el aspecto psicológico de los personajes, se irá desvelando a medida que avance el relato, porque la intención del director argelino no es solo hablar de la violencia más física y evidente que a simple vista queda patente, sino también, y sobre todo, sumergirnos en los aspectos emocionales que provoca en las personas, asistiendo a las terribles consecuencias interiores que van desembocando en el alma de los protagonistas. S y Lotfi, dos amigos de la infancia, policías, pero en campos completamente distintos. S, es guardia de tráfico, mientras Lotfi, es un especialista en antiterrorismo, aunque el destino, siempre incierto y caprichoso, ha querido juntarlos, y han emprendido un viaje hacia el sur, hacia el desierto para capturar al terrorista Abou Leila, aunque quizás, es solo una excusa para huir del polvorín del norte del país, convertido en un lugar sangriento y desbocado.

La exquisita y sobria luz del cinematógrafo japonés Kanamé Onoyama, colaborador del director en sus cortometrajes, nos sumerge de forma extraordinaria a esta especie de descenso a los infiernos, a nuestros infiernos, a esos lugares de nuestra alma oscuros, sin tregua, compartiendo esos monstruos que anidan en los dos policías, sobre todo, en el caso de S, donde el mal se hace más evidente y aflora con más fuerza. En el caso de Lotfi, todo resulta menos físico, aunque también debe arrastrar las consecuencias de una vida rodeada de violencia. Sidi-Boumédiène nos traslada al desierto, a ese espacio vacío, metáfora de la Argelia de entonces, un país que esta vaciándose, quedando sin gentes, sin recuerdos, una especie de mundo plagado de almas en pena, sin consuelo y vagando sin descanso. Un espacio donde realidad y sueño se mezclan, fusionándose en uno solo, en que lo físico y lo emocional se cambian, se fusionan o simplemente, deambulan por el alma de los dos protagonistas, donde lo real y lo onírico contaminan toda esa atmósfera sucia y oscura que se traslada a lo físico, aunque también, hay espacio para lo surrealista, en este viaje a lo emocional, a esa parte más negra del alma, a esos lugares donde no queremos estar, en este viaje por el abismo y las profundidades del alma, con ecos de western metafísico, donde el paisaje acaba siendo un monstruo engullidor que aplasta sin remisión a los personajes, donde el aire es densísimo, en que la atmósfera acaba devorando y condicionando las actitudes y aptitudes de los protagonistas.

El magnífico trabajo con el sonido y la música hacen el resto, sumergiéndonos en ese universo donde fisicidad y emociones nos van llevando de un lugar a otro, de un estado mental a otro, y descubriéndonos las verdaderas identidades y aspectos emocionales de la pareja protagonista. Slimane Benouari da vida a S, el hombre que arrastra la pesadísima losa de la culpa y el dolor, condenado a esos pensamientos y monstruos que afloran en su viaje, donde también hay cabida para la tormentosa infancia que sufrió, frente a él, su especie de ángel de la guarda, en la piel de Lyes Salem que da vida a Lotfi, alguien que parece, solo lo parece, más entero y firme que S, aunque la procesión va por dentro, y los males violentos con los que tiene que lidiar a diario, también han hecho mella en su interior y, al igual que S, parece un espectro que, con la excusa de ayudar a su amigo del alma, ha huido de la locura violenta del norte, y quizás, solo pretende huir y desaparecer, o simplemente olvidarse de quién es y evaporarse con el paisaje.

Sidi-Boumédiène, que también firma el intenso y excelso montaje, ha debutado en el largometraje por la puerta grande, construyendo una película sublime y esencial, que inteligentemente huye del retrato de la violencia o las causas que la provocan, filmándola en off o sustituyéndola por animales, ni tampoco hace un profundo análisis político de la Argelia sumida en la guerra civil, todo eso funciona como telón de fondo, para adentrarse en aspectos más importantes y brutales como la interioridad de los personajes testigos de esa violencia incontrolada y psicótica que ha asumido al país en el caos y la demencia, como explican en varias ocasiones los personajes de la película: “Todos estamos locos. El país ha perdido totalmente la cabeza”. Un profundo y desolador retrato sobre las consecuencias emocionales de la violencia en un nivel personal e íntimo, no solo para entender la violencia como una especie de lucha encarnizada contra no se sabe quién o para qué, donde víctimas y verdugos acaban convirtiéndose en meras cobayas donde todos huyen y sufren, sino también, un ejercicio muy reflexivo y profundo sobre las nefastas consecuencias de la violencia, de vivir y sobrevivir en un ambiente lleno de odio, sangre y violencia, que parece no tener fin, y son hechos que solo son la punta de un iceberg que estallará sin remisión en el alma frágil de todos los implicados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Adán Aliaga

Entrevista a Adán Aliaga, director de la película «Fishbone», en las oficinas de la productora en Barcelona, el jueves 29 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Adán Aliaga, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Miguel Molina de Jaibo Films, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La boda de Rosa, de Icíar Bollaín

¡SÍ, ME QUIERO!.

“Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna”

Oscar Wilde

Mujeres jóvenes, decididas, valientes, alocadas, impetuosas, alegres, vitales, inquietas, curiosas, rotas, perdidas, poderosas, comprometidas, alocadas, brillantes, solteras, tristes, madres, hermanas, hijas, solas, sentidas, miedosas, divertidas, estupendas, cotidianas, acompañadas, compañeras, bellas, enamoradas, esposas, inseguras, novias, nerviosas, capaces, trabajadoras, despechadas, decididas, simplemente mujeres, mujeres todas ellas que pululan por el universo de Icíar Bollaín (Madrid, 1967). Mujeres como Niña y Trini, de Hola, ¿estás sola? (1995), que se lanzaban a la vida en busca de un lugar en el mundo, de su lugar. Las Patricia, Milady y Marirrosi de Flores de otro mundo (1999), que querían eso tan sencillo, y a la vez tan difícil, como querer y ser queridas. La Pilar de Te doy mis ojos (2003), una mujer maltratada que huía para empezar una nueva vida. Las Carmen, Inés y Eva de Mataharis (2007), detectives que debían conciliar el trabajo con la maternidad. La Laia de Katmandú, un espejo en el cielo (2011), una mujer que se trasladaba a la otra parte del mundo a ayudar a los demás. Las mujeres de En tierra extraña (2014), obligadas a emigrar en busca de un futuro mejor. La Alma de El olivo (2016), obstinada con recuperar y honrar la memoria familiar.

Si exceptuamos También la lluvia (2010), y Yuli (2018), centradas en figuras masculinas, y curiosamente, filmadas en el extranjero, el resto de las películas de Bolláin tratan conflictos femeninos, ya sean físicos u emocionales, en la que sus personajes comparten la edad con la directora en el momento que vieorn la luz. Una filmografía que podríamos ver como un caleidoscopio interesante y profundo de las inquietudes personales, profesionales y emocionales de Bollaín a lo largo de este cuarto de siglo de carrera, donde hay historias sobre mujeres para un público inquieto y reflexivo. Ahora, nos encontramos con Rosa, una mujer costurera de 45 años, con una vida entregada a las necesidades de los demás, a su familia, a la compañía de un padre viudo que no sabe estarse quieto, a la de Armando,  un hermano separado y con hijos, que su psicosis por el trabajo y la comida, no le dejan tiempo para nada más, y a las de Violeta, una adicta al trabajo, también, que ahoga su soledad y egoísmo en alcohol, y la inquietud por Lidia, una hija, recién madre de gemelos, que vive en Londres, demasiado sola. Y así pasan los días, semanas y años, con esa inquebrantable rutina y asfixiante vida de Rosa (como deja patente el magnífico prólogo con esa carrera en la que todos alientan a Rosa a seguir, aunque ya no pueda con su alma, y finalmente, cae rendida, sola y abatida).

La directora madrileña vuelve a escribir con Alicia Luna (que ya formaron dúo en la exitosa Te doy mis ojos), su película número diez, un relato de aquí y ahora, con esa urgencia e intermitencia que tienen las historias que están sucediendo en la cotidianidad más cercana, explicándonos las (des) venturas de una mujer agobiada y sin aliento, que existe por y para los demás, que está a punto de explotar. Rosa es un personaje de carne y hueso, como nosotros/as, como todas esas personas que nos cruzamos diariamente en nuestras vidas, pero también, es una hija de Bollaín, y eso quiere decir que no se va a rendir, que no se contentará con su existencia tan precaria, sino que algo hará, aunque sea una locura y este llena de impedimentos y obstáculos. Las criaturas de la cineasta madrileña no entienden de esas cosas, no se achican por los miedos e inseguridades, o los vientos de tormenta, ellas son mujeres de carácter, de pasos al frente, y Rosa lo da, y tanto que lo da, como un golpe en la mesa, decidida y firme en su decisión, dejando todo atrás, incluida familia, y empezando reconciliándose con sus raíces, su pueblo, y su pasado, con esa madre costurera como ella, y para celebrarlo, decide contraer matrimonio con ella misma.

La bomba que lanza remueve y de qué manera a su familia, que cada uno a su manera, responde con sus decisiones y sus historias haciendo caso omiso a Rosa, que deberá seguir remando para hacerse entender y sobre todo, que los demás escuchen y no piensen tanto en sí mismos, y piensen un poquito en Rosa, la que siempre está ahí. La película brilla con una luz mediterránea (se sitúa en localizaciones de Valencia, Benicàssim, entre otras), una luz libre e intimista obra de los cinematógrafos Sergi Gallardo (que ya hizo la de El olivo, otro relato con tintes mediterráneos), y Beatriz Sastre, que debuta en el largo de ficción, bien acompañados por otros miembros conocidos de Bollaín, como el montaje de Nacho Ruiz Capillas, lleno de energía, con ese aire naturalista y próximo que emana la película, el arte de Laia Colet, o el sonido de Eva Valiño. La narración fluye y enamora, tiene ese aire de tragicomedia que tanto le gusta a Bollaín, con ese aire de comedia alocado y drama personal, mezclados con astucia con humor y emoción, sin nunca caer en el sentimentalismo o el dramatismo, sino en esa fina, cuidada y equilibrada mirada donde todas las cosas están donde deben estar y en la distancia justa, esa distancia para poder conocer a los personajes, sus tragedias cotidianas, que nos hagan reír, llorar y en fin, emocionarnos.

La directora madrileña vuelve a contar con Candela Peña, que estuvo en su debut, y era una de las hermanas de Pilar en Te doy mis ojos, dando vida a Rosa, en un rol maravilloso y jugoso, en que la actriz catalana brilla con luz propia, con ese magnetismo natural que le caracteriza, expresando sin palabras, solo con gestos, toda la marabunta emocional que vive en la película, reafirmando sus emociones, luchando por ellas, y haciendo lo imposible para que todos los suyos sepan que hasta aquí hemos llegado, que su vida, la real, la que siempre había soñado, empieza hoy, que ya es muy tarde, y todos ellos, deberán sacarse las castañas del fuego, y no depender de su buena voluntad, como señal de esa nueva vida, el vestido rojo de vuelo, pasional y vital. A su lado, brillan también Sergi López, campechano, mandón y egoísta, ese hombre abnegado a su trabajo que le está llevando a la ruina, Nathalie Poza, la hermana que vive demasiado en su burbuja y deberá remover sus cosas para volver a la senda que más le conviene, Ramón Barea como el padre, ese hombre todavía perdido después de haber perdido a su mujer, que también, debe encontrar su forma de encauzar el dolor y la pérdida. Y finalmente, Paula Usero (que ya vimos en un breve papel en El olivo), da vida a Lidia, esa hija que ya lleva dando demasiados tumbos para su corta edad, que necesita entender a su madre Rosa, y sobre todo, entenderse a sí misma para saber que quiere y que necesita.

Bollaín ha querido volver a esas historias protagonizadas por mujeres perdidas y rotas que tanto le gustan, situándolas en esa tesitura donde sus existencias ya nada tienen que ver con lo que soñaron años atrás, cuando eran más jóvenes, cuando todo parecía posible, en una aventura de volverse a reencontrarse con ellas mismas, como si recuperase el personaje de Trini y lo buscara a ver que ha sido de su vida, o quizás, dentro de Rosa hay muchas Trinis, o tal vez, podríamos añadir, que dentro de nosotros hay demasiadas Rosas, que al igual que Rosa, deberíamos dar el paso y casarnos con nosotros mismos antes que con nadie. La cineasta recoge el aroma de todo ese cine español tragicómico donde se hablaba de emociones en el contexto social que nos ha tocado vivir, como las comedias madrileñas de los Colomo, Trueba o Almodóvar, con personajes femeninos fuertes y desgraciados, mirando los problemas bajo la mirada del observador crítico y paciente. Bollaín  ha construido un relato bellísimo y muy emocionante, lleno de ritmo, de vitalidad, de sentimientos, que va de aquí para allá, sin tregua, donde ocurren mil cosas,  dando visibilidad a todas esas emociones que necesitan salir y materializarse, una película sobre la vida, sobre todas esas vidas que no hacemos caso, todas esas vidas que se pierden por el camino, un camino demasiado encajonado y cuadriculado, un camino que es demasiado planeado, en el que solo obedecemos y agradamos a los demás, olvidándonos de lo más importante de nuestras vidas que no es otra cosa que nosotros mismos, lo que somos, lo que sentimos y hacia donde queremos ir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El glorioso caos de la vida, de Shannon Murphy

MILLA ESTÁ LOCAMENTE ENAMORADA.

¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?

Hellen Keller

Milla tiene 15 años y está enferma de cáncer. Pero, un día, mientras Milla espera el tren con dirección al colegio femenino, se tropieza con Moses, un pandillero que vende drogas, y se enamora perdidamente de él. Los padres de Milla, Henry, psiquiatra adicto a las pastillas, igual que su esposa, Anna, diagnosticada como enferma mental, no ven con buenos ojos la relación, aunque poco a poco, Moses acaba introduciéndose en el seno familiar. A simple vista, El glorioso caos de la vida, Babyteeth (“Dientes de leche”, en su título original) tiene el tono y el marco de ese cine independiente estadounidense capaz de hablar de cualquier tema que se proponga, por muy duro que éste sea, como hacia Van Sant en Restless (2011) donde también se retrataba la historia de amor de una enferma terminal y un chico que le encanta asistir a funerales. La directora australiana Shannon Murphy, debutante en el largometraje, después de despuntar con cortometrajes, se basa en una obra de Rita Kalnejais, autora del guión, y dota a su relato de un tono diferente a la película de Van Sant, sumergiéndonos en una comedia gamberra e irreverente, pero que conmueve y explica cosas, en la que nos introducimos en una familia completamente disfuncional, de la que conocemos sus pequeñas y grandes miserias cotidianas.

La llegada de Moses, que aparentemente parece el más inadaptado, se convertirá en una especie de testigo, como lo era el joven de Teorema, de Pasolini, de esa familia extraña, compleja y nada común. La película tiene la sabiduría y la sensibilidad para hablarnos de enfermedad y amor en la misma frase, de sacudirnos con un tema serio como el cáncer y su cotidianidad, y a la vez, transformarse en una comedia ácida y crítica, sacarnos una risa cuando todo indicaba que debíamos encogernos el corazón. Kalnejais ya alcanzó un notable éxito cuando la obra se representó en las tablas, con ese aire mordaz y negrísimo en la forma de tratar el drama de la enfermedad, bien adaptado en el cine, con esos rótulos que nos van avanzando el contenido de los diferentes y breves capítulos, así como sus gratificantes momentos musicales llenos de vida, amor y subidón, o las rupturas de la cuarta pared, ingeniosas y estupendas, que nos interpelan constantemente, así como la excelente y dinámica luz de la película, obra de un experimentado cinematógrafo como Andrew Commis, con esa cámara en mano que sabe capturar la alocada e inquieta cotidianidad de los Finley en su entorno y sus relaciones.

Una obra rompedora, acogedora y llena de luz, unas veces cómica y otras, amarga, protagonizada por Milla, una niña que despierta a la vida y de paso, ha de enfrentarse a la muerte, en esa especial y complicada dicotomía se mueve la historia, mezclando esos dos conceptos de forma admirable y conmovedora, como esa maravillosa cena cuando Moses acude por primera vez a la casa de los Finley, o ese arranque cuando nos presentan a los padres en terapia y se disponen a follar, y son interrumpidos por una llamada, o ese otro cuando Milla y Moses se conocen en la estación, y así casi toda la película, conjugando de forma extraordinaria esos momentos tan cotidianos con las diferentes realidades en la que están inmersos cada personaje, sin olvidarnos de los dos personajes más secundarios como Gidon, ese músico filósofo que enseña violín a Milla, o Toby, la vecina embarazada tan rara y tan parecida a los Finley, que podría ser una hermana o cuñada muy cercana.

Y qué decir del fantástico espacio donde está rodada la película, esa calle llena de casas con garaje, jardín y piscina en uno de los barrios residenciales de Sidney, un personaje más, como el interior de la casa de los Finley, con sus grandes cristaleras, su espacioso y frío comedor, o esa piscina que solo usa el invitado. Un reparto brillante y lleno de naturalidad en que fusionan la juventud de Eliza Scanlen como Milla (que hace poco vimos como una de las Mujercitas, de Greta Gerwig), maravillosa, tierna y sensible, un amor especial, en su rol como la desdichada y vitalista Milla. A su lado, otro joven como Toby Wallace interpretando a Moses, el golfillo que acaba siendo un Finley más, tanto para bien como para mal, y esos padres, con intérpretes experimentados como Essie Davis como la madre perdida, amorosa y como un cencerro, y ese padre, que hace Ben Mendelsohn, un psiquiatra que también necesitaría terapia y cuanto antes mejor. Emily Barclay como la vecina Toby, con su enorme panza de buena esperanza y sus excentricidades, y Gidon, que interpreta Eugene Gilfedder, el eterno enamorado de Anna Finley y amigo familiar metido en este caos.

El glorioso caos de la vida es una película que rompe con todo los tópicos sobre la enfermedad y las situaciones dolorosas que la rodean, teniendo la capacidad para colocarnos en una posición completamente distinta a esos dramas lacrimógenos de otras obras, capturándonos a través de la vida, el amor y la locura, y todas esas sensaciones que da la vida cuando empiezas a saborearla, a vivirla de verdad, aunque dure poco. Un fábula de aquí y ahora, sobre la vida o sobre todas esas cosas que sientes cuando vives, de la vida, de ese despertar en la adolescencia al amor, al sexo, a los cambios corporales y emocionales, a sentirse diferente y contrario a las normas e ideas paternas, introduciendo la enfermedad y el dolor a esos cambios que experimentamos, sumergiéndonos en la vida, tanto interior como exterior de Milla, una enamorada del chico menos indicado, pero que es el amor sino, un cúmulo de sensaciones indescriptibles, una forma de sentirse otro, de querer a alguien y no saber por qué, de saber que la vida quizás son ese tipo de sensaciones que no podemos explicar, porque en realidad no tenemos ni pajolera idea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Way Back, de Gavin O’Connor

SEGUIR EN PIE.

“El verdadero combate empieza cuando uno debe luchar contra una parte de sí mismo. Pero uno sólo se convierte en un hombre cuando supera estos combates”

André Malraux

Si hay una película-monumento para el mundo del baloncesto, esa no es otra que Hoosiers (1986), de David Anspaugh. Un film que rescata todos los valores humanistas sobre el deporte, situada en Indiana, la cuna del baloncesto estadounidense, de la que surgieron gente como Bobby Knight (que entrenó tres décadas), en el equipo de un instituto pequeño, que nunca ha conseguido nada relevante, con un pueblo en contra, y un buen manojo de perdedores como protagonistas, con un Gene Hackman maravilloso como el coach Norman Dale, obstinado, inquebrantable y tenaz, bien acompañado por una Barbara Hershey magnífica, y un Dennis Hooper, Shooter en la película, padre de uno de los jugadores, antiguo jugador, ahora entrenador asistente e intentando salir del alcoholismo. Shooter vendría a ser un equivalente de Jack Cunningham, el personaje que borda con honestidad y sobriedad un excelente Ben Affleck.

Affleck parece trasladar sus problemas con el alcohol de su vida real a la ficción, quizás a modo de terapia personal, detalle en que encontramos el primer elemento de admirar de la película, el segundo lo encontramos en su director, Gavin O’Connor (New York, EE.UU., 1963), guionista y director de cintas como Pride and Glory (2008), con Edward Norton y Colin Farrell, durísimo thriller sobre relaciones de policías y amigos, o Warrior (2011), donde a través del deporte, en este caso las artes marciales mixtas, encontrábamos a un joven intentando salir de su adicción al alcohol, o El contable (2016), donde actor-director se reunieron por primera vez, en una cinta donde confluían un padre protector, Ben Affleck, un niño con asperger, erudito en las matemáticas, y la mafia. El tercer detalle, quizás el más importante de la película, es su tono, y sobre todo, su cuerpo, su narrativa, que huye de las películas-típicas americanas de superación donde el personaje logra salir de su agujero particular, aquí no hay nada de eso, porque tanto O’Connor como Affleck (en su mejor interpretación desde Hollywoodland, donde daba vida al malogrado actor George Reeves, famoso por su rol de Superman en televisión), logran encauzar el drama íntimo de un hombro roto y herido por la tragedia de perder a su hijo de cáncer con 7 años, separarse de su esposa, Angela (una estupenda Janina Gavankar, que logra estar a la altura de la interpretación de Affleck), y sobrevivir después de todo.

La película se sitúa en una de esas pequeñas localidades de California, donde apenas ocurren grandes acontecimientos, donde la vida fluye y a veces, duele y de qué manera. Jack Cunnigham fue una estrella del baloncesto colegial, llegando a los playoffs por primera vez en su historia, pero ahora ya no queda nada de aquello, ni siquiera una mera sombra, apenas unos cuadros que recuerdan la hazaña,  se arrastra en un trabajo en la construcción y sus noches alcohólicas en el bar de siempre, donde cada día sale acompañado. La oferta de entrenador en su antiguo instituto, los Bishop, un centro católico, le viene en el peor momento de su vida, pero Jack se lanza, ya ha perdido demasiado, y ahora mismo, le arrebata la idea de darle un sentido más humano y real a su vida entrenando a un equipo que lleva meses sin ganar un partido. Jack parece florecer, y el equipo empieza a ganar, quizás, son los instantes que más deuda contrae con Hoosiers, siguiendo un patrón parecido, y también, iremos conociendo la raíz de su tragedia, con esos (des) encuentros con su ex mujer, que estructuran este drama íntimo y diferente.

La película se adentra en un terreno complejo como las emociones y las tragedias vividas y cómo lidiar con ellas, pero lo hace con solvencia y sinceridad,  huyendo de momentos plañideros y sin hondar en la tragedia de forma gratuita, sino conjugando todos sus elementos de forma serena y concisa toda la tragedia que encierra la vida de estas personas, sobre todo, de ese matrimonio, o lo que queda de él, moribundo y lleno de asperezas, con un pasado conjunto demasiado terrorífico, en el que Jack se escondió en su madriguera de compasión a través de la bebida. Los 108 minutos de la película pasan de forma suave y tranquila, incorporando esos puñetazos al alma que la trama nos va dando, sin aspavientos ni sentimentalismos, sino con la fortaleza que caracteriza la interpretación de sus personajes, y mezclándolo sabiamente con la trayectoria del equipo, que empieza a ganar partidos, y sobre todo, a creer en sus posibilidades, bajo el mando de un Jack humano, que como todos, se equivoca y acierta, que se cae y vuelve a levantarse, con ayuda, eso sí, pero con ganas de seguir en pie, de mejorar, de salir del pozo en el que está. The Way Back, algo así como el camino de vuelta, es un sólido y fascinante drama, que logra contarnos un relato honesto e intenso, lleno de derrotas, de heridas profundas, y sobre todo, de personas que luchan cada día por curarse, aunque a veces, utilicen caminos demasiado empedrados y difíciles para salir de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zombi Child, de Bertrand Bonello

DE ENTRE LOS MUERTOS.

“Escucha, mundo blanco, los gritos de los difuntos. Escucha mi voz zombi honrando a los muertos”

René Depestre

Los universos que construye en sus películas el cineasta Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), son particularmente especiales, porque podemos encontrar elementos físicos pegados a la realidad más cotidiana e inmediata, pero también, otro tipo de elementos, más irreales y fantásticos, productos de la emocionalidad de sus personajes, creando así unos universos particularmente fascinantes, hipnóticos e inquietantes, donde cualquier objeto o detalle se convierte en algo simbólico e importante, y va mucho más allá de la mera descripción, adentrándose en otros campos donde se puede hacer una relectura de la situación política, social, económica y cultural de nuestro tiempo. Desde su primera aproximación a las consecuencias del amor en su opera prima allá por 1998 en Quelque chose d’organique, pasando por sus reflexiones acerca de la vida y su oficio el cine en las interesantes Le pronographe (2001), o en De la guerre (2008), o en los conflictos de identidad y emocionales que sufría la trans de Tiresia (2003), o el mundo sucio, triste y desolador que padecían las prostitutas de L’Apollonide (2011), o los festivos y perversos años mozos del diseñador en Saint Laurent (2016), o su mirada transgresora y personal al terrorismo a través de Nocturama (2016).

El realizador francés siempre ha sentido el relato como una sucesión de personajes, espacios, elementos y objetos a los que hay que acoplar a su mirada personal y profunda, donde la imagen y su luz sean las que cuenten su historia, manteniendo una atmósfera extraña, perversa y cotidiana, por el que se mueven unos personajes complejos y perdidos, que deben encontrar, o al menos intentarlo, su forma de compartir ese mundo y a lo que le rodea. Zombi Child era inevitable en la filmografía de Bonello, porque con ella rompe muchas etapas de su carrera, empezando por su vuelta al cine de género, que tanto le fascina, la segunda, la forma de producción, una película sencilla, filmada en apenas cuatro semanas, sin utilizar apenas luz artificial, con intérpretes desconocidos, como la anterior Nocturama, y rodeado de un equipo mínimo, y rodando en la difícil Haití. Quiere Bonello devolver el “muerto viviente” a su estado natural, volviendo a sus raíces, a Haití, al vudú, a sus ancestros, y empieza desde el término, quitándole a la palabra la “e”, y dejando la inicial de zombi, luego, reelaborando un fascinante e intimista relato que arranca en el Tahití de 1962, donde los muertos son devueltos a la vida para esclavizarlos recogiendo caña, mezclado con el París actual, en el interior de un internado para niñas de la Legión de Honor, fundado por Napoleón allá por principios del XIX, cuando Haití se independizó.

Dos historias, dos relatos, contados en paralelo, que mucho tienen que ver, porque en el haitiano nos cuentan la peripecia real de un hombre convertido en zombi para el trabajo forzado, y su proceso de liberación. Mientras en el internado, conocemos a Mélissa, nieta del haitiano zombi, el legado de su ancestro y la relación de ésta con Fanny, su mejor amiga y la pequeña hermandad literaria y musical que comparten. Las dos miradas, el exterior, con las plantaciones de Haití, con el interno, del colegio francés, confluirán en una sola, cuando Fanny, despechada por amor, accederá a la magia negra o vudú, para desquitarse de lo que ella llama su posesión, algo parecido a lo que experimentaban los personajes de Olvídate de mí. Bonello mezcla de manera hipnótica y onírica las dos narraciones, fusionándolas en una sola, con continuos saltos en el tiempo de forma fluida y concisa, consiguiendo atraparnos con lo más cercano, devolviéndonos el universo ancestral y real del mundo, releyendo el género y olvidándose de la desmesura en la que lleva instalado las últimas décadas, llevándonos de la mano por este paisaje ensoñador, devastador y solitario, en el que podemos leer la situación social y política de la Francia, ya no solo actual, de su historia, como nos dejará claro el maravilloso instante con el historiador Patrick Boucheron, como profesor, explicando a sus alumnas la revolución francesa, el liberalismo del XIX, el engaño de la libertad camuflada en valores tradicionales y materiales.

La película incide en el quid de la cuestión de nuestra sociedad, y no es otra que, la posición en la que se cuenta el pasado, la de una historia ajena como la de Haití, también, hay espacio para reflexionar sobre las barbaridades del colonialismo, el respeto a la vida y cultura diferentes, los falsos valores tradicionales y patriotas en los que se asienta y promulga  un país como Francia, como dejan clara las secuencias del internado, en especial, la de la directora. Bonello reivindica el universo zombi desde otra perspectiva, más honesta, sencilla, íntima y bellísima, citando las palabras que escuchamos en la película sobre Balzac refiriéndose a su El padre Goriot: “Esto no es una obra de ficción ni una novela. Todo es verdad”. La misma verdad o realidad es el que busca el director francés, mostrándonos el fascinante universo zombi, sus peligros en manos de los explotadores o despechados de siempre, capturando la misma mirada sincera y poética que hacía Tourneur en la imperdible Yo anduve con un zombie, releyéndola como Romero hizo con sus zombies particulares, elevando el género de terror como hicieron los Ferrara, Jordan o Jarmusch con los vampiros.

La extraordinaria, sofisticada y abrumadora luz natural de un grande como Yves Cape (colaborador de gente tan importante como Carax, Dumont o Denis, entre otros), y el excelso y sobrio montaje de Anita Roth (responsable de la película 120 pulsaciones por minuto), y la música, que vuelve a correr, como en sus anteriores trabajos, a cargo del propio Bonello, contando con otro elemento primordial en la película, la extraordinaria pareja protagonista que dan vida a las adolescentes Fanny y Mélissa, con la calidez y la naturalidad de Louise Labéque y Wislanda Louimat, respectivamente, bien acompañadas del elenco haitiano, que consiguen formar unos roles auténticos, cercanos y fascinantes, envolviéndonos en el magnífico universo que plantea Bonello, con su particular mirada y profundidad en sus elementos, construyendo un hermosísimo cuento sobre zombis, mostrando de dónde venimos, dónde estamos y hacía no sé sabe dónde nos encaminamos, porque lo que deja evidente la película, es que el mundo suele olvidar demasiado pronto su pasado y constantemente lo traiciona, lo repite y lo falsea a su conveniencia actual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA