Abou Leila, de Amin Sidi-Boumédiène

NUESTROS INFIERNOS.  

“Es un error esencial considerar la violencia como una fuerza”.

Thomas Carlyle

El impactante y revelador plano detalle que abre la película, en el que vemos como se martillea una pistola y, de inmediato, un señor sale de su casa, y su asesino se dirige a él. Son las primeras horas de cualquier día, allá por la Argelia de 1994, en plena guerra civil. A partir de esa secuencia, ejemplo del estado violento y anímico, y de las terribles circunstancias que devoraban el país, se articula toda la primera película de Amin Sidi-Boumédiène (Argelia, 1982), porque las consecuencias trágicas de ese instante, nos acompañarán el resto del metraje, eso sí, el contenido de esa información, vital para comprender el aspecto psicológico de los personajes, se irá desvelando a medida que avance el relato, porque la intención del director argelino no es solo hablar de la violencia más física y evidente que a simple vista queda patente, sino también, y sobre todo, sumergirnos en los aspectos emocionales que provoca en las personas, asistiendo a las terribles consecuencias interiores que van desembocando en el alma de los protagonistas. S y Lotfi, dos amigos de la infancia, policías, pero en campos completamente distintos. S, es guardia de tráfico, mientras Lotfi, es un especialista en antiterrorismo, aunque el destino, siempre incierto y caprichoso, ha querido juntarlos, y han emprendido un viaje hacia el sur, hacia el desierto para capturar al terrorista Abou Leila, aunque quizás, es solo una excusa para huir del polvorín del norte del país, convertido en un lugar sangriento y desbocado.

La exquisita y sobria luz del cinematógrafo japonés Kanamé Onoyama, colaborador del director en sus cortometrajes, nos sumerge de forma extraordinaria a esta especie de descenso a los infiernos, a nuestros infiernos, a esos lugares de nuestra alma oscuros, sin tregua, compartiendo esos monstruos que anidan en los dos policías, sobre todo, en el caso de S, donde el mal se hace más evidente y aflora con más fuerza. En el caso de Lotfi, todo resulta menos físico, aunque también debe arrastrar las consecuencias de una vida rodeada de violencia. Sidi-Boumédiène nos traslada al desierto, a ese espacio vacío, metáfora de la Argelia de entonces, un país que esta vaciándose, quedando sin gentes, sin recuerdos, una especie de mundo plagado de almas en pena, sin consuelo y vagando sin descanso. Un espacio donde realidad y sueño se mezclan, fusionándose en uno solo, en que lo físico y lo emocional se cambian, se fusionan o simplemente, deambulan por el alma de los dos protagonistas, donde lo real y lo onírico contaminan toda esa atmósfera sucia y oscura que se traslada a lo físico, aunque también, hay espacio para lo surrealista, en este viaje a lo emocional, a esa parte más negra del alma, a esos lugares donde no queremos estar, en este viaje por el abismo y las profundidades del alma, con ecos de western metafísico, donde el paisaje acaba siendo un monstruo engullidor que aplasta sin remisión a los personajes, donde el aire es densísimo, en que la atmósfera acaba devorando y condicionando las actitudes y aptitudes de los protagonistas.

El magnífico trabajo con el sonido y la música hacen el resto, sumergiéndonos en ese universo donde fisicidad y emociones nos van llevando de un lugar a otro, de un estado mental a otro, y descubriéndonos las verdaderas identidades y aspectos emocionales de la pareja protagonista. Slimane Benouari da vida a S, el hombre que arrastra la pesadísima losa de la culpa y el dolor, condenado a esos pensamientos y monstruos que afloran en su viaje, donde también hay cabida para la tormentosa infancia que sufrió, frente a él, su especie de ángel de la guarda, en la piel de Lyes Salem que da vida a Lotfi, alguien que parece, solo lo parece, más entero y firme que S, aunque la procesión va por dentro, y los males violentos con los que tiene que lidiar a diario, también han hecho mella en su interior y, al igual que S, parece un espectro que, con la excusa de ayudar a su amigo del alma, ha huido de la locura violenta del norte, y quizás, solo pretende huir y desaparecer, o simplemente olvidarse de quién es y evaporarse con el paisaje.

Sidi-Boumédiène, que también firma el intenso y excelso montaje, ha debutado en el largometraje por la puerta grande, construyendo una película sublime y esencial, que inteligentemente huye del retrato de la violencia o las causas que la provocan, filmándola en off o sustituyéndola por animales, ni tampoco hace un profundo análisis político de la Argelia sumida en la guerra civil, todo eso funciona como telón de fondo, para adentrarse en aspectos más importantes y brutales como la interioridad de los personajes testigos de esa violencia incontrolada y psicótica que ha asumido al país en el caos y la demencia, como explican en varias ocasiones los personajes de la película: “Todos estamos locos. El país ha perdido totalmente la cabeza”. Un profundo y desolador retrato sobre las consecuencias emocionales de la violencia en un nivel personal e íntimo, no solo para entender la violencia como una especie de lucha encarnizada contra no se sabe quién o para qué, donde víctimas y verdugos acaban convirtiéndose en meras cobayas donde todos huyen y sufren, sino también, un ejercicio muy reflexivo y profundo sobre las nefastas consecuencias de la violencia, de vivir y sobrevivir en un ambiente lleno de odio, sangre y violencia, que parece no tener fin, y son hechos que solo son la punta de un iceberg que estallará sin remisión en el alma frágil de todos los implicados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Papicha, de Mounia Meddour

UN ESPÍRITU REBELDE.

“Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en esta vida”

Henrik Johan Ibsen

En sus primeros instantes, Papicha, la opera prima de Mounia Meddour (Moscú, Rusia, 1978) deja claros su forma y fondo, cuando arranca en mitad de la noche, filmando de forma inquieta la huida de dos jóvenes universitarias, Nedjma y Wassila, que salen a hurtadillas de la residencia donde viven. Cogen un taxi que les espera y las lleva a una discoteca en plena ebullición, donde en sus lavabos venderán la ropa que diseña y fabrica Nedjma. Estamos en la Argelia de 1997, el peor año de la escalada de violencia que arrancó a principios de la década de los noventa, cuando grupos extremistas religiosos se enfrentaron al gobierno, sembrando el terror en la sociedad con secuestros y asesinatos, la llamada “Década negra”. En ese contexto de conservadurismo atroz y horror, la película cuenta la realidad de Nedjam, a la que todos llaman “Papicha” (palabra típicamente argelina que significa “mujer divertida, bonita, liberada”) una joven universitaria que sueña con ser diseñadora de moda.

La cineasta argelina plasma buena parte de sus experiencias personales para hablarnos de un grupo de jóvenes rebeldes, combativas y resistentes en un país azotado por la violencia extrema, en el que reina el caos y la intolerancia a lo diferente, que persigue a todo aquel o aquella que protesta y crítica los abusos y la violencia que se hace en nombre de Dios. La cámara de Léo Levéfre (debutante en la ficción con Papicha, con amplia experiencia como cámara en las películas de Loach) consigue de forma intuitiva y transparente penetrar en el alma de Papicha y sus amigas, escrutando todas sus ilusiones y esperanzas a pesar del contexto tan hostil en el que viven, desde la mencionada Papicha, la citada Wassila que es una romántica empedernida, Samira, que sueña con exiliarse a Canadá o Mehdi, que desea respirar un poco más ante su inminente boda de conveniencia. Una luz tenue y llena de claroscuros que le viene como anillo al dedo a este relato de luces y sombras, que sigue a una joven que quiere romper las normas establecidas o el menos luchar contra ellas.

El montaje nervioso e incisivo de Damien Keyeux (estrecho cómplice del cineasta Nabyl Ayouch, un cineasta marroquí que crítica con dureza la falta de libertad en su país) se convierte en un elemento primordial, ya que se inserta con astucia y energía a ese rompecabezas troceado que demanda la historia de la película. Una fábula febril y combativa que no descansa en un solo instante, llevándonos de forma concisa e incisiva por todos los lugares en los que se desarrolla la película, en que cada vez la amenaza se cierne sobre Papicha y sus amigas, ya que la violencia extrema de los integristas va acercándose a ellas, como el elemento de los carteles que ordenan vestir el velo negro islámico radical a las mujeres, ejemplificando todo lo que va sucediendo, si en un principio aparece en las calles, pronto en las paredes de la residencia, hasta entrar en la habitación de Papicha y las demás, violentando e invadiendo sus espacios de libertad, donde sueñan, cantan, se visten y vibran, donde son ellas mismas sin ningún tipo de condena y mandato religioso. Meddour capta los detalles de la vida cotidiana de forma especial e íntima, recogiendo todo ese espíritu de documento de aquellos instantes que respira la película, bien enlazados con la ficción que explica la narración.

La joven Papicha tiene garra y fuerza, no se detiene ante las adversidades y la tragedia, su espíritu rebelde y resistente contagia a las demás y todas ellas se rebelan con el desfile de moda que quieren hacer, convertido en una acción política y de protesta contra la injusticia en la que están viviendo, enfrentando el “haik”, la pieza de tela de colores vivos que las mujeres se enrollan sobre el cuerpo, contra el “nicab”, el velo negro islámico importado del golfo, que escenifica la violencia, y el extremismo que quieren implantar los sectores más radicales de la sociedad. Aunque quizás el elemento que eleva la película, a parte de su estupendo y ágil guión firmado por Fadette Drouard y la propia directora, no sea otro que la maravillosa y naturalista composición de la joven intérprete Lyna Khoudri, que al igual que la cineasta vivió en sus carnes el exilio de Argelia, actriz de carácter y muy cercana, que ya había despuntado en la película Les bienheureux, de Sofia Djama. En Papicha se convierte en el alma de la función, en la guía y el motor que necesita la película para explicarnos los deseos y las ilusiones más íntimas de una mujer que no desea abandonar su país para estar bien, sino que quiere quedarse y construir su espacio de felicidad a pesar de todo, una elección que conmueve por su carácter rebelde y sobre todo, por sus ansías de cambiar las normas y luchar contra la injusticia.

Al lado de la magnífica Lyna Khoudri, destacan sus compañeras de rebelión que despuntan igual que ella, aportando naturalidad, energía y transparencia,  como Shirine Boutella como Wassila, la amiga inseparable y compañera de fatigas, muy diferente a Papicha, ya que cree en el amor como acto romántico y lleno de ilusión, aceptando la imposición masculina, bien acompañadas por Hilda Douaouda como Samira y Yasin Houicha en el rol de Mehdi, todas ellas reclutadas a través de las redes sociales. Papicha es una película humanista y certera en su discurso, con ese aroma que recogían las películas iraníes de Kiarostami o Panahi, o las más contemporáneas Bar Bahar, de Maysaloun Hamoud, La bicicleta verde, de Haifaa Al-Mansour o El pan de la guerra, de Nora Twomey, entre muchas otras historias que han querido mostrar la lucha cotidiana y resistente de muchas mujeres árabes que se plantan ante el patriarcado y el extremismo religioso, que imponen su forma de vivir a través de una violencia atroz y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Narimane Mari

Entrevista a Narimane Mari, directora de “Loubia Hamra”. El encuentro tuvo lugar el jueves 22 de octubre de 2015, en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Narimane Mari, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Yolanda Vinyals de Zumzeig Distribución, por su simpatía, paciencia y amabilidad, (y autora de la fotografía que ilustra la publicación),  y al equipo del Cine Zumzeig de Barcelona, con su director Esteban Bernatas (aquí en labores de traductor) al frente, por su grandísimo trabajo y ofrecernos la presencia de los directores presentando sus películas, y por su combativa y resistente programación que nos descubre un cine reflexivo y a contracorriente.

Loubia Hamra, de Narimane Mari

1444392127-a7f57ade1e58aab865d544b0f7446127VIAJE A LAS ENTRAÑAS DE LA MEMORIA

La película se inicia como un documental etnográfico, donde observamos a unos niños jugando en la playa a plena luz del día, se bañan y disputan entre ellos entre risas y alboroto, imágenes que nos evocan la pintura de Sorolla, el maestro apasionado de la luz mediterránea y de capturar su esencia. Estos niños disfrutan de una gozosa libertad, han vivido en un país libre y propio, muy diferente al que vivieron sus abuelos, aquella Argelia sometida al yugo francés, el país colonizado que manaba una libertad que le era denegada y mutilada. De repente, uno de los niños, llega con una cesta con plátanos, todos cogen y los engullen, pero uno, que no ha cogido, alza su voz y se queja de las malditas alubias rojas (traducción literal del título), y salen corriendo para robar comida, chocolate y pollo son las predilecciones. Narimane Mari (Argelia, 1969), directora nacida en Argelia pero afincada en Francia, nos propone en su puesta de largo, un viaje hacía la memoria, una huida al pasado, donde empezó todo, delimitada a una jornada, que cerrará al alba nuevamente en el mar, con los bellísimos versos de Artaud. El origen del proyecto se remonta a los fastos para celebrar el quincuagésimo aniversario de la guerra por la independencia, la guerra que liberó el país, una guerra cruenta, llena de dolor y muerte, como todas, entre Francia y el frente de Liberación Nacional.

Mari reclutó a sus jóvenes protagonistas invitándoles a jugar, y es en ese sentido donde radica la naturaleza de la historia, unos niños se adentran en la profundidad de la noche, para convertirse en otros, para sumergirse en un sueño revelador, que los llevará medio siglo atrás, y los enfrentará a los fantasmas de la guerra, esos espectros que vagan sin rumbo, sin consuelo, sin destino, que todavía siguen muy presentes en la memoria de aquellos que sufrieron la colonización y la guerra que se desató. Mari ha ideado, apoyada en una imaginación desbordante, una película humanista, una obra de grandísima altura, un juego que nos enfrenta a nuestros miedos y emociones, creando una atmósfera experimental llena de simbología, que nos conduce hacía el interior de nuestra alma, en una aventura orgánica, en una alucinación hipnótica y mágica que nos lleva hacía lugares nunca visitados, y con personas jamás encontradas. Su película es un canto a la libertad, al deseo irrefrenable de soñar, de seguir soñando, a pesar de las circunstancias adversas a las que nos enfrentemos, una obra que aboga por la felicidad y la anarquía de ser niño. Mari no ancla su narrativa a ningún género, están todos y ninguno, se podría ver como un documento sobre la forma de vida de los niños argelinos contemporáneos, también como un drama social, donde convergen situaciones cotidianas de extrema dureza, y más allá, como un film de terror puro y clásico, aquellos que los niños se adentraban en el bosque de noche expuestos al acecho de los lobos e infinidad de peligros, pero no hay nada de eso, Mari ha fabricado un soberbio retrato sobre las heridas y las huellas de la guerra, sobre los ausentes, los que ya no están, los que fueron borrados y silenciados, una mirada a todos esos espectros que siguen sin descanso.

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En su primer tramo el diálogo parece ser el centro de la acción, pero a partir del segundo acto, las imágenes y la música se apoderan del relato, invitando al espectador a un juego de cuerpos en movimiento, a dibujar formas y figuras construidas en la imaginación, y a un magnífico despliegue de escenarios y paisajes que sólo existen en el interior de los que no dejan de soñar. La fuerza de la propuesta radica en unas imágenes poderosísimas de gran belleza, que mezcla de forma ingeniosa y atrevida colores vivos como el rojo, el amarillo o el azul, con los contrastes de las sombras y la oscuridad de la noche, y la música electrónica (gran protagonista de la función), creando una simbiosis poderosa y sobrecogedora, elementos que nos empujan hacía un estado más propio del alma que, de la razón (queda evidente en la asombrosa y brutal secuencia de la danza de la muerte proyectada en la pared, a modo de figuras chinas creadas por los cuerpos gravitando y alucinados en un ritual funerario invocando a las almas perdidas de la liberación, imágenes fragmentadas y deformadas que nos trasladan al Guernica de Picasso). La película abraza la poesía y el minimalismo, centrándose en lo más insignificante, en el instante de lo que está sucediendo, sin importar nada más. La cámara es participativa, acepción que señalaba Jean Rouch, donde todo forma parte, nada queda fuera, capturar la experiencia, Rouch lo llamaba el cine-trance, sus películas Les maîtres fous (1955), y Mo, un noir (1958), funcionarían como espejos reivindicadores para acercarse a esta fábula resistente e indomable, sin olvidarnos de otra referencia igual de visible, Cero en conducta, de Jean Vigo, en su forma, criterio y espíritu, y el sentido de rebelión de unos niños en contra de la institución que los maneja a su antojo, privándoles de libertad y sobre todo, de ser ellos mismos.

<p><a href=”https://vimeo.com/139361524″>TRAILER LOUBIA HAMRA (ALUBIAS ROJAS)</a> from <a href=”https://vimeo.com/user32718115″>CENTRALE ELECTRIQUE</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>