Los europeos, de Víctor García León

¡QUÉ LEJOS QUEDA EUROPA!.

“La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia”.

Rafael Azcona

El final de El verdugo (1963), de Berlanga (si permítanme hablar del final, a estas alturas ya deberían conocerla), en la Rafael Azcona era coautor del guión, asistimos a un hecho insólito, cuando el protagonista, después de llevar a cabo su oficio de verdugo, se sube al barco que le llevará de vuelta a Madrid, y la cámara se desplaza un poco hacia la izquierda, y nos tropezamos con un grupo de turistas extranjeros, a bordo de un yate a punto de zarpar, disfrutando del sol y la vida de Mallorca. El mensaje de Berlanga-Azcona no dejaba lugar a dudas, mientras, unos, los españoles, padecían la losa del franquismo, otros, los europeos, disfrutaban de la vida, y por ende, de la libertad. Seis décadas después de su publicación, Los europeos, la novela de Azcona por fin ve la luz. Y lo hace en una adaptación escrita por Bernardo Sánchez, vinculado en muchas ocasiones al universo Azconiano en el teatro, ya que adaptó El verdugo, o en el cine, como coguionista de Los muertos no se tocan, nene (2011), que dirigió José Luis García Sánchez, y la guionista Marta Libertad Castillo, con trayectoria televisiva.

El director escogido ha sido Víctor García León (Madrid, 1976), del que habíamos visto las interesantes Más pena que gloria (2001), que nos contaba las vicisitudes de un adolescente romántico, y Vete de mí (2006), en la que un padre actor recibía la visita inesperada de su hijo inmaduro, ambas coescritas con Jonás Trueba. Años después volvimos a reencontrarnos con su cine con Selfie (2017), donde a través de un fake seguía las andanzas de un hijo de político corrupto. La acción arranca a finales de los cincuenta, cuando Antonio, el hijo del patrón, resultón, vividor y pícaro, con ese bigotito, se lleva unas semanas a Miguel, delineante y empleado de su padre, apático, bobalicón y temeroso, a descubrir Ibiza, por aquel entonces una especie de paraíso terrenal, un espejismo de la liberación, donde los españolitos de a pie, jugaban a ser otros, a sentirse diferentes, a ver la vida de otro color, olvidándose, aunque fuera por un breve período de tiempo, de esa vida anodina, triste, represiva, nacional católica y en blanco y negro. Los dos treintañeros tienen un objetivo claro, playa, sol, juergas nocturnas y sobre todo, ligar con extranjeras.

Todo parece ir sobre ruedas, las fiestas se suceden, hay algún que otro escarceo amoroso, Antonio, con sus extranjeras, como no, y Miguel, con alguna que otra valenciana, pero nada del otro jueves, hasta que aparece Odette, una bellísima y liberal francesa, que lo cambiará todo para el apagado delineante. Si bien, la película se divide en dos partes bien diferenciadas, en la primera, asistimos a la liberación de los dos jóvenes, o podríamos decir más exactamente, a ese oasis de isla perdida, apartada del mundo, donde todo parece posible, incluso lo imposible, donde ellos, por un instante, se sienten europeos, como esa tribu de colores y pieles claras, con las que se tropiezan y confraternizan por las noches. Pero, en la segunda mitad de la película, el tono cambia, y la fiesta, da lugar primero al amor, a un romanticismo ataviado de verano, de días sin fin, noches locas y tiempo detenido, como si fuese a ser así para siempre, como ocurría en Un verano con Mónica, de Bergman, y de repente, estalla la realidad, como también sucedía en la película del genio sueco, y el sol se esconde en el horizonte, el fresco empieza a asomar, la gente empieza a vaciar las playas, y el verano toca a su fin, y hay que volver a casa. En la película, esa vuelta a la realidad se torna en embarazo no deseado y hay todo cambia. En la España de los cincuenta, un embarazo no deseado complicaba mucho las cosas, y además fruto de un amor de verano, tan fugaz como los días de vacaciones, aunque hay está Antonio que mueve sus hilos y genera una situación para las partes condenadas.

García León vuelve a contar con colaboradores conocidos, en la cinematografía a Eva Díaz, que ya estuvo en Selfie, y con Buster Franco, el montador que trabajó con él en las dos temporadas de Vota Juan, bien acompañado de esa música que inunda Ibiza, los temas modernos, que decían en Viridiana, de Buñuel, bailando toda la noche junto al mar, soñando con un mundo distópico, un universo irreal y tan diferente a esa realidad sucia, oscura y represiva que existía en la España franquista. El genio y el corrosivo humor de Azcona baña toda el relato, mostrando la España negra y franquista, a través de las acciones de dos ejemplares característicos, con su costumbrismo que arrastran, comportándose como lo que son, dos almas en pena, más tristes que la figura de Don Quijote, bajo la mirada inteligente de Acona, con esa innegable capacidad de tratar los elementos más cotidianos, a través de ese humor negro, de ser capaz de reírse de todos, y sobre todo, de uno mismo, de la inteligencia de pasar de la comedia al drama en una sola frase, con diálogos maravilloso que, no solo explican las emociones de los personajes, sino ese pesar y vacío, aunque estén en ese paraíso real y soñado a la vez, transmitiendo con sabiduría ese sentir tan nuestro que, por aquel entonces, nos convertíamos en una especie de extraterrestre cuando salíamos del país tradicionalista que nos había tocado vivir, pasmados y asombrados por las reliquias extranjeras, envidioso de unas vidas tan modernas y sobre todo, que a nuestros ojos, parecían tan libres.

Juan Diego Botto (que ya estuvo en Vete de mí), es Antonio, el hijo de papá, el perfecto anfitrión y maestro de ceremonias de estos “Días de viejo color”, como la película de Olea. A su lado, Raúl Arévalo, que borda el papel de Miguel, ese chico de provincias, que vive en una miserable habitación, y que hunde sus sueños en un trabajito y una vida apocada, encuentra en Odette, fantástica la actriz Stéphane Caillard, dando el contrapunto de vida, amor y libertad, que tanto ansían los españolitos protagonistas, y luego, un grupito de secundarios que dan ese toque profundo a las diferentes existencias que pululan por esa Ibiza, como Boris Ruiz, ese taxista juerguista, que después nos sorprende en el segundo tramo del relato, o Carolina Lapausa como Vicen, esa valenciana, perdida e infeliz, que otro verano más deambula por la felicidad sin saber distinguirla. Los europeos es una película inteligente, audaz y rítmica, un grandioso homenaje a la pluma y el universo de Azcona, porque para muchas cosas, seguimos siendo los Antonio y Miguel de la película, atrapados en un complejo de inferioridad frente a Europa, a la que seguimos viendo como otra cosa, tan diferente a nosotros y a lo que vivimos, como si no nos creyéramos lo que somos verdaderamente, y todavía, estuviésemos buscándonos en islas perdidas en la que soñar un poquito con bellas sirenas de nombres impronunciables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Joana Biarnés, una entre tots, de Òscar Moreno y Jordi Rovira

image002LA FOTÓGRAFA QUE DISPARA CON EL CORAZÓN.

Joana Biarnés (1935, Terrassa) nunca tuvo vocación de fotógrafa. Siendo niña ayudó a su padre en el laboratorio familiar. De hecho, quería ser telefonista, pero después de probar, y escuchar los sabios consejos de su padre, desistió, y probó en la pintura. Su primer dibujo fue un desastre, y el maestro convenció a su progenitor que su hija buscase otro oficio. Mientras ayudaba a su padre, descubrió la fotografía artística junto a otros colegas, que compaginaba registrando los eventos deportivos de su ciudad a los que su padre no podía acudir. Fue en ese instante, cuando Joana comenzó a apreciar el arte fotográfico y decidió ser periodista, se licenció y empezó a hacerse un espacio en su profesión.

El trabajo de Òscar Moreno (que viene del medio televisivo en el que ha trabajado haciendo reportajes) y Jordi Rovira (periodista de carácter social con reportajes sobre países en guerra y hambrunas) realiza un retrato intimo y cercano de la figura de Joan Biarnés, la primera fotoperiodista que hubo en este país. Con la ayuda de sus innumerables fotografías, archivo de prensa, alguna imagen audiovisual rescatada, y los diversos testimonios, entre los que se incluyen los de ella, y su marido y algunos amigos íntimos de su vida, los directores nos convocan a un recorrido personal y profesional por la mirada de esta mujer avanzada a su tiempo. La película arranca en 1935 con su nacimiento, y los años de hambre y antesala de guerra civil, recorre sus primeros años, el descubrimiento de la fotografía, el paso por la universidad y su reportaje del matadero, y luego su gran reportaje de calado emocional que fue el de las riadas de su ciudad Terrassa en 1962. Su traslado a Madrid para trabajar en el diario Pueblo, el cambio que supuso conocer al hombre de su vida, el reportaje a The Beatles, metiéndose en el lavabo del avión para sacarles fotos, y luego colarse en la suite del hotel de Barcelona para conseguir “La foto”, porque, según dice Joana, siempre puedes tirar muchas fotos, pero necesitas “La foto”, esa imagen que sabe captar ese momento fugaz e inolvidable que se instalará en la memoria.

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Su paso por el cine como foto fija, la cantidad de amigos, artistas y todo tipo de figuras relevantes del toreo, la artistocracia… de los entretenidos años 60, y su amistad con Raphael, al que siguió por todo el mundo. Los baños nudistas de los hippies en los 70, montó con unos colegas su propia agencia, artistas de Hollywood que nos visitaban, todos aquellos que pasaban por el ojo de Joana quedaban seducidos por esta mujer fascinante, moderna e independiente, de espíritu libre y combativo, que supo nadar a contracorriente en un mundo dominado por hombres y prejuicios, siempre con la memoria de su padre por delante, con una gran capacidad emocional y valentía que le permitieron derribar muros y fronteras que existían en su época. A principios de los 80, cuando el mundo del fotoperiodismo se había instalado en la mediocridad y la superficialidad extrema, Joana decidió dejarlo, no iba a convertirse en una paparazzi, y abrió una nueva etapa en su vida, dedicándose a la restauración abriendo un local en Ibiza junto a su marido. Un cuarto de siglo después, unos seguidores de su arte la han devuelto al ruedo y Joana ha vuelto a coger la cámara para hacer lo mejor sabe hacer. Moreno y Rovira han hecho una película de justicia, didáctica, valiente y honesta. Un documento que rescata del olvido una figura esencial, injustamente olvidada, una mujer y su trabajo que nos sirven para entender cómo funcionaba el periodismo de aquellos años. Una película que registra un tiempo perdido, mágico, romántico, de juventud, de libertad interior, de ser uno mismo, y sobre todo, de sentir que el mundo era un lugar al que podía mirarse de frente, con orgullo, sin miedo a nada ni nadie.