El invierno, de Emiliano Torres

EL DESIERTO BLANCO.

“El futuro es una promesa tan lejana como el horizonte”.

En algún lugar de la Patagonia Argentina se levanta una hacienda dedicada a pastorear ovejas con la ayuda de caballos, regentada por el viejo Evans. Como cada otoño, un grupo de jornaleros llegan para cuidar y esquilar al rebaño. Entre ellos, se encuentra Jara, un joven del noroeste que viene a sustituir al anciano que el patrón ha decidió jubilar. A partir de esta premisa argumental, sencilla y humilde, Emilano Torres (Buenos Aires, 1971) – asistente de dirección durante años con directores como Daniel Burman, con el que coescribió algunas películas, Marco Bechis o Miguel Courtois, entre otros -, nos embarca en una travesía por este lugar inhóspito, árido y difícil, en el que el hombre tendrá que sobrevivir no sólo a esos elementos naturales hostiles de lo más profundo y crudo invierno, sino a la condición humana, aún más si cabe más compleja e indescifrable. Torres compone una película silenciosa, apenas sus personajes esbozan algún diálogo, o hablan de manera escueta, sus criaturas hacen, se mueven, viven y trabajan con las ovejas y los caballos, apenas se relacionan con los demás y se muestran extremadamente reservados y callados, sabemos poco de sus vidas anteriores o actuales, sólo lo que hacen cotidianamente en la hacienda.

El cineasta bonaerense construye un western casi metafísico, en el que en su primera mitad hay más movimiento de personas y acciones físicas, donde se teje la relación de miradas y gestos que se construye entre los dos protagonistas, el viejo capataz y el joven que viene a sustituirle, entre esa vida que se va contra esa vida que viene. Torres cimenta su película a partir de dos elementos, tanto el natural, la fisicidad y el ambiente hostil de la Patagonia invernal, con sus tremendas heladas y aislamiento, conduce a sus personajes a situaciones límite y difíciles de llevar, y por otro lado, el elemento humano, la conducta de estos seres que se muestran solitarios, bastantes perdidos y muertos de miedo, ante un mundo que parece pasar por encima de todo aquello que se rebela contra el paso del tiempo y las necesidades deshumanizadas de un capitalismo que arrasa con todo. Una cinta de factura bellísima, en la que su fotografía capta a la perfección el abrumador y amenazados paisaje que acaba envolviendo y anulando a los personajes, vencidos a los elementos, tanto físicos como psíquicos, en un guión construido a fuego lento, donde el conflicto va creciendo lentamente, sin prisas pero sin pausa, en el que todo parece de una inmovilidad terrible, casi de película de terror, pero que en el fondo, nos está llevando hacía esos lugares profundos y oscuros del alma humana en el que a veces caemos sin ningún atisbo de retorno.

El magnífico trabajo de los dos intérpretes, el veterano Alejandro Sieveking (toda una vida dedicada a la dramaturgia y dirección teatral, y que tuvo a Víctor Jara entre sus colaboradores) y el joven Cristian Salguero (visto en Paulina, de Santiago Mitre, siendo uno de los violadores) componen unos personajes creíbles, cotidianos y llenos de brumas y soledades, como aquellos vaqueros silenciosos que hablan más de lo que esconden, y se muestran cautos ante cualquier relación, y ocultan, ya no sólo su pasado, sino también sus planes futuros. Unos hombres de los que sabemos muy poco, por no decir nada, aunque a medida que avanza el metraje iremos descubriendo su pasado, algo de ellos, para entender su forma de hacer en el tiempo en el que se sitúa la trama. Torres ha construido una película honesta y sincera, en el que su ritmo no decae y va in crescendo, augurando ese duelo que estallará inevitablemente, como ocurre en los mejores westerns, aquellos que durante toda la película vamos asistiendo a ese final, a esa pelea que llevará a los dos almas antagónicas a dirimir sus diferencias, tanto emocionales como territoriales, porque como suelen ocurrir en estas historias, sólo puede quedar uno, aquel, no más fuerte, sino aquel que mejor se adapta al entorno hostil por el que tiene que moverse y sobrevivir diariamente.


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50 primaveras, de Blandine Lenoir

LA VIDA EMPIEZA HOY.

Aurore Tabort acaba de cumplir los 50 tacos, divorciada y madraza, vive con su hija pequeña que se larga del nido familiar porque se ha enamorado de un disc-jockey, además su hija mayor le dice que está embarazada, y para más inri, dimite de su trabajo como camarera por desavenencias con el imbécil de su nuevo jefe. Ante esa sucesión de diversos frentes en su existencia, y no queda ahí la cosa, porque está empezando a sufrir la menopausia, es decir, sofocos, mareos, malestar y otros cambios que sufren las mujeres maduras a cierta edad. Y en ese estado, en ese período de transición, Aurore, por casualidad, se encuentra a su amor de juventud, aquel que abandonó para casarse con su mejor amigo. Así, de esta manera, en un momento de cambios profundos, sitúa la directora Blandine Lenoir su película, mujer de amplia trayectoria, tanto como actriz, que trabajó en un par de películas de Gaspar Noé, y como directora, autora de diez cortos, antes de de debutar en el largo con Zouzou (2012) también ambientada en la familia, y con un caso parecido a la que nos ocupa, en ésta, un padre sesentón informa a sus tres hijas y nieta que se había enamorado de un hombre, el cisma que provocaba en el seno era de órdago, como la situación que vive Aurore.

Agnès Jaoui, maravillosa actriz y directora, que junto a Jean-Pierre Bacri ha dirigido excelentes comedias sobre amigos como Para todos los gustos (2000) o Como una imagen (2004), entre otras, encarna a la heroína cotidiana de esta tragicomedia de Lenoir, que captura con sinceridad y mucha honestidad, los avatares de las mujeres maduras, su posición en la vida, sus alegrías y también sus tristezas, mezclando con sabiduría tanto los momentos cómicos, que los hay, como aquellos que nos arrancan alguna lágrima, pero no lo hace desde la condescendencia, ni mucho menos, sino desde las emociones, desde el respeto hacía sus personajes, porque el microcosmos de Aurore, donde las mujeres muestran una solidadridad entre ellas sin límites, además de sus dos hijas, lo componen una amiga fiel, sus nuevas jefas que son un grupo de abuelas con gran vitalidad, el padre de sus hijas, un tontolaba de mucho cuidado, algún amante que le llena algo, y sobre todo, el primer amor, ahora convertido en atractivo cincuentón, que ella, Aurore, parece negarse a una segunda oportunidad, a creerse que su vida es cuidar a los demás, y no cuidarse a ella misma, como si su vida ya no necesitase emociones sentimentales, como si ya se hubieran extinguido, pero quizás las cosas no son así, y Aurore todavía tiene mucha vida por delante, y puede sentir esas cosas que hace tiempo ya no siente, esas cosas que no solamente le hacen sentir bien a uno, sino que le dan nuevas experiencias vitales.

Una película cercana y emocionante, que tan bien saben construir la cinematografía francesa, con vocación popular, pero que saben hacernos reflexionar, y conmovernos con muy poco, con una cotidianidad de aquí y ahora, capturando la vida de esas ciudades provincianas, alejadas de las grandes ciudades, con su vida de cada día, sin aparentemente sobresaltos. Lenoir ha construido un relato sincero, atrevido, y profundamente bello, donde su cámara se mueve entre sus personajes de forma cálida, penetrando en su cotidianidad,  que pone el foco en las mujeres maduras, en sus problemas y sentimientos, sus conflictos internos y aquellos que experimentan mientras su vida está cambiando, en la que su cuerpo está sufriendo cambios que les afectarán y les hará plantearse su existencia de un modo completamente diferente, y ahí, la interpretación de Agnès Jaoui, es una auténtica delicia, porque sabe componer un personaje frágil y fuerte, a la vez, intenso y delicada, con sus dudas y su humanidad, haciéndonos sentir participes de toda su complejidad y entiendo todo los conflictos, tanto internos como exteriores, que está experimentando en su vida. Una vida que no termina ahí, sino que empieza a partir de ese momento, experimentando nuevas situaciones.

IKARIE XB 1, de Jindrich Polák

EL VIAJE HACIA LO OTRO.

La Tierra no existe.

 ¡La Tierra nunca ha existido!

Una nave de considerables dimensiones cruza delante de nosotros en mitad del silencio espacial. A continuación, en el interior de la nave, un hombre, angustiado y desesperado,  grita que la Tierra no existe. Una voz intenta tranquilizarlo, pero es inútil, el hombre, sigue caminando sin rumbo fijo por los largos pasillos sin final. Este es el arranque de Ikarie XB 1, de Jindrich Polák, insólita, avanzada y magnífica aventura espacial que no tuvo el reconocimiento que se merecía en el momento de su estreno, pero sí lo consiguió a nivel internacional, convirtiéndose en una película de culto y piedra angular para otros cineastas. La película nacida en plena guerra fría, nació como estandarte socialista de la carrera espacial, una carrera presidida por el bloque soviético que, en octubre de 1957 ya había lanzado su primer cohete que puso su primer satélite en órbita, el mismo mes, la nave Sptunik 2 enviaba al espacio la perra Laika, y en abril de 1961, Yuri Gagarin se convertía en el primer hombre puesto en órbita. Logros científicos y espaciales que quisieron ver reflejados en el cine, herramienta de propaganda ejemplar como así la vaticinó el fundador del socialismo Lenin, y para tal empresa no se escatimaron recursos, tanto técnicos como artísticos.

La película dirigida por Jindrich Polák (Praga, 1925) que ya había sido ayudante de Krakatit (1948, Otakar Vávra), película checa de ciencia ficción de gran éxito, y autor de películas de aventuras espaciales, como desarrolló a lo largo de su carrera, y basada libremente en la novela La puerta de Magallanes, de Stanislaw Lem (maestro en el género que posteriormente fue adaptado por otros grandes directores como Wajda o Tarkovski) nos cuenta una historia sencilla: en la segunda mitad del siglo XXII, la nave Ikarie XB 1 tripulada por 40 científicos, tanto hombres como mujeres, viaja hacia lo desconocido, más allá del sistema solar, hacia la constelación Alfa Centauri, con  el objetivo de encontrar vida en otros planetas. El primer tercio de la película, asistimos a la vida cotidiana en el interior de la nave, las relaciones humanas, intimas y personales de los diferentes tripulantes, en el que vemos como se alimentan, sus ejercicios y baños, sus fiestas y todo aquello que anhela cada uno de ellos, lo que han dejado en la Tierra, y demás circunstancias. El relato cambia de rumbo, cuando inesperadamente, encuentran una nave que parece abandonada, una pequeña expedición la inspecciona, y será a partir de ese instante, en que las cosas cambiarán y todo se volverá oscuro y la trama girará en torno a un descubrimiento que les llevará a plantearse su destino, el viaje en sí mismo, y las razones filosóficas de su propio ser y su entorno.

Polak realiza una película magistral y apabullante, en el que se mezclan géneros, desde la ciencia ficción, el thriller, la intriga política o el drama romántico, a partir de elementos cotidianos, y una trama in crescendo, donde la información se va dosificando para conseguir el ritmo necesario, además de una estética socialista, en un inmenso trabajo de producción innovador y fascinante (no obstante fue la película del régimen, siendo la de mayor producción triplicando su presupuesto) donde los interminables pasillos de la nave, las maquetas de las naves, y los trajes espaciales, ayudan a contribuir la necesaria atmósfera terrorífica que lentamente se va adueñando de la película. Un blanco y negro de fuerte contrastes ingieren al relato ese ambiente muy moderno, claustrofóbico, a la vez de cotidiano, en la que los espacios abiertos se mezclan con los cerrados de la nave, y la mise en scene, nos cautiva a través de planos generales y medios, para ir centrándose en los rostros desencajados y aturdidos de los tripulantes a medida que avanzan hacia lo profundo y lo oscuro. Una película de ciencia ficción que se desmarca en el género, pero no en su profundidad psicológica y artística, en relación a  las producciones checoslovacas de la época, en plena Ola Nueva, magníficas producciones de corte cotidiano, centradas en lo social, político, y cultural, dirigidas por grandes nombres como Menzel, Forman, Chytilova o Némec.

Podríamos encontrar sus antecesoras en la película soviética de Aelita, de Yakov Protazanov, de 1924, con una estética parecida, en la que se abordaba el conflicto de la joven reina de Marte que lanzaba una llamada de socorro a la Tierra, y Planeta prohibido, de Fred M. Wilcox, de 1956, producción estadounidense, basada libremente en La tempestad, de Shakespeare, donde una tripulación llegaba a un planeta donde se encontraban a un expatriado rebelde, y en la que aparecía un robot independiente que tendrá un relevancia en la trama como ocurre en esta, aunque eso sí, de diferentes atmósferas y profundidad psicológica de los personajes. Elementos que tendrán una continuidad en el cine del género que se hará posteriormente, sirviendo de inspiración a autores tan relevantes como Kubrick en su 2001, Una odisea en el espacio, Schaffner en El planeta de los simios, y otros que abordaran el género desde un prisma más filosófico y político.  Ikarie XB 1 es una película asombrosa, paradigma de una nueva forma de abordar el cine de ciencia ficción, trabajando las atmósferas, como hacían en el cine de terror, la maquetación de las naves y los trajes de los tripulantes, y sobre todo, un minucioso trabajo en la psicología de los personajes, a través de las relaciones humanas entre ellos, haciendo especial hincapié en sus conflictos interiores, además, de añadir un contexto político, social y cultural a todo aquello que está sucediendo, teniendo su reflejo en la sociedad del momento.

Brava, de Roser Aguilar

LA MUJER HERIDA.

Un década de espera ha transcurrido para que podamos ver un el segundo largo de la directora Roser Aguilar (Barcelona, 1971) después de la buenas sensaciones que dejó su debut, Lo mejor de mí, donde retrataba a una mujer que por amor debía de tomar una decisión compleja que le hacia descubrir cosas ocultas en su interior, reconocimiento premiada en Locarno con una gran interpretación de Marian Álvarez. Entre medias, Aguilar se ha dedicado a la docencia, a preparar proyectos que finalmente no vieron la luz y a filmar un par de cortos, Clara no lo esperaba (2009) en la que hablaba sobre una enfermedad reumática, y Ahora o puedo (2011), donde se ponía en la piel de los problemas a los que se enfrentaba una actriz que retomaba su profesión después de ser madre. Ahora, nos llega Brava, que continua en los márgenes de las obsesiones e intereses narrativos de las anteriores, situándonos en un retrato femenino actual, donde Janine, una empleada de banco que aparentemente vive feliz con su pareja, se ve envuelta en un viaje emocional catártico y de no retorno, provocado tras sufrir un asalto sexual en el metro, y presenciar la violación de una joven en el mismo lugar  y no intervenir por miedo.

La película nos muestra a una mujer herida, rota y perdida, que en primera instancia huye, se aleja de la ciudad para encontrar la paz rodeada de un ambiente rural junto a su padre viudo. Allí, frente a un espacio vacío al que le cuesta reconocerse y adpatarse, conoce a Pierre, un francés también huido, con una herida profunda como la suya, también sumido en una batalla interior que le impide encontrar la paz. Aguilar, apoyada en la estupenda fotografía de Diego Dussuel (habitual de Isaki Lacuesta), en la que remarca el espacio, vacío y silencioso, carente de vida o tiempo, en el que la naturaleza no parece una buena aliada cuando se padece dolor, y sobre todo, ese miedo a la propia vida, a uno mismo, a no saber encontrar aquello que nos equilibraba, aquello que pensábamos que nos ayudaba, y nos damos cuenta que no es así, que el control era puramente ficticio, una ilusión, algo a lo que nos agarramos para simplemente sobrevivir. Aguilar filma el deterioro emocional de su personaje, de modo sencillo y pausado, llevándola por lugares en los que se siente una extraña, junto a personas a las que no sabe dirigirse para contarles que le pasa, o sintiéndose atraída por cosas oscuras que creía que no existían en su interior.

Janine nos recuerda a Giuliana, la joven interpretada por Mónica Vitti que, después de sufrir un accidente, arrastraba secuelas psicológicas que le impedían volver a ser quién era, bajo la incisiva mirada de Antonioni en El desierto rojo, o a la madre que hacía Gena Rowlands en Una mujer bajo la influencia, de Cassavetes, que debido a su inestabilidad emocional le impedía llevar una vida “normal”. Retratos de mujeres duros, sin concesiones, donde la narración avanza a través de las acciones emocionales que sufre el personaje, llevando al espectador a cuestionarse su posición moral hacia una mujer que huye, que no quiere enfrentarse a lo que le sucede, que el dolor, la culpa y sobre todo, el miedo, guían y dominan su existencia, como les ocurre a las mujeres que estructuran buena parte de las películas de Haneke, existencias envueltas en espacios del alma turbios y oscuros que no las dejan abandonar esa infelicidad que parece empujarlas al abismo. Aguilar no cuestiona a su personaje, lo mira de frente, siguiendo su periplo autodestructivo, mirándola con respeto y honestidad, capturando su deterioro mental y su peculiar descenso a sus infiernos particulares, a esos que por mucho que pidamos ayuda a los demás, sólo saldremos por nosotros mismos, entendiéndonos y comprendiendo lo que nos ha ocurrido, no castigándonos ni creyendo que todo estaba bajo control. Una película que nos recuerda en cierta manera a la premisa narrativa que se exploraba en Elisa, vida mía, de Carlos Saura, donde una hija pasaba un tiempo junto a su padre en una casa en medio de un páramo para hablar, entenderse y mirar al pasado familiar sin miedo.

Brava retrata una sociedad malsana, destruida y podrida, en la que el individualismo se ha apoderado de las vidas de cada uno de nosotros, anteponiendo nuestro afán personal al bien común, a sentirse impune emocionalmente hablando a todas las injusticias y dolor que ocurren a nuestro alrededor, a lo que vemos diariamente, o eso creemos parecer ver, porque en lo interno, no todo parece funcionar y lo que se ha roto, no se puede arreglar sin más, lleva un tiempo, y pide adentrarse en un mundo desconocido, frágil y perverso, en ocasiones. Aguilar, formada en la Escac, ha construido un retrato femenino de grandes hechuras que la relaciona a otras compañeras de escuela como Mar Coll con Tots volem el millor per a ella, y Nely Reguera con María (y los demás), terna a la que podríamos sumar a Sergi Pérez, también graduado en la Escac, que en El camí més llarg per tornar a casa, no hacía un retrato femenino, sino masculino, pero con la misma intensidad de viaje  a lo más profundo del alma sobre el dolor, la culpa y el miedo.

Otra de las facetas que dan brillo a la película es su trío protagonista, tres actuaciones de grandes vuelos apoyadas en las miradas, sielncios y unos gestos mínimos, con el aplomo de un veterano como Emilio Gutiérrez Caba como padre, un viudo que también arrastra su dolor, el carisma de Bruno Todeschini (visto en La propera pell, de Isaki Lacuesta e Isa Campo) y el protagonismo de una brillante Laia Marull, desarrollando una interpretación llena de matices, detallista y emocionante, que nos recuerda una actriz de temperamente, de mirada rasgada y alma rota. La directora catalana que ya demostró su buen hacer en su opera prima, nos vuelve a demostrar su inmensa valía con una historia compleja, de construcción medida y capacidad de sugestión, que nos conduce por paisajes rurales, de calles desiertas de noche, de habitaciones incómodas, de caminos que no llevan a ninguna parte y (des)encuentros salvajes y dolorosos que sacan lo más oscuro y perverso de nuestra alma.

El pastor, de Jonathan Cenzual burley

LA TIERRA NO SE VENDE. 

«¡Oid Ahora ricos!

Llorad y aullad por las miserías que os vendrán.

Santiago 5:1-6

Anselmo es un pastor de 55 años que vive en la casa donde nació a las afueras del pueblo, en medio de una meseta de vasta tierra, con la única compañía de su perro Pillo y sus ovejas. Su vida es humilde y sencilla, vive sin televisión, ni agua corriente ni luz. Su única distracción después del trabajo son algún chato de vino en el bar del pueblo y devorar los libros que coge de la biblioteca municipal. Un día, aparecen dos tipos que en nombre de una constructora que quiere comprar sus tierras para construir una urbanización y un centro comercial. Anselmo se niega, no quiere vender, a pesar del montante de dinero que ofrecen para convencerle. La tercera película de Jonathan Cenzual Burley (Salamanca, 1980) vuelve a los mismos escenarios de la Salamanca rural que poblaban su  debut, El alma de las moscas (2009) en la que dos hermanos de camino al funeral del padre que no conocieron se encontraban con personajes pintorescos y perdidos por las tierras de Castilla, y El año y la viña, realizada cuatro más tarde, en la que presentaba una parábola en la que un brigadista de la guerra civil acababa en la Salamanca del 2012. Las dos películas tratan temas sobre la condición humana siempre acompañadas de un sentido del humor absurdo e irreverente.

Ahora, con El pastor, Cenzual Burley cambia de rumbo, abandona el humor para adentrarse en terrenos más propios donde la sobriedad y la desdramatización cimentan su discurso, planteándonos una historia de trama sencilla, en la que hay pocos diálogos y el conflicto reside en su exhaustiva planificación formal, en la que los espacios y los silencios de la Castilla profunda se convierten en uno de los elementos que sustentan el entramado de la película, apoyados en unos intérpretes desconocidos que brillan con aplomo y sinceridad aportando verdad y naturalidad a sus personajes, entre los que destaca el trabajo de Miguel Martín dando vida al pastor solitario. La cinta, con reminiscencias a las historias oscuras y de profunda carga psicológica de Delibes, en las que plantea eficazmente el eterno conflicto entre el hombre de campo y su tierra, enfrentado al hombre de ciudad, con sus billetes y sus ambiciones. El cineasta salmantino hace de su modestia su mayor virtud, acotando su relato con pocos personajes, y pocos espacios, huyendo de los lugares manidos en este tipo de historias, sin caer en el sentimentalismo ni mucho menos en la condescendencia de otros títulos, en la que no hay ni buenos ni malos, sino personas que se mueven según sus intereses, dejando tiempo y espacio para conocer el trasfondo real de cada uno de ellos, conociendo sus situaciones personales y aquello, en algunos casos oscuro y terrible, que les hace imponer ciertas actitudes con el afán de tener y poseer todo aquello que se les niega, provocando que tomen medidas ilegales para conseguir todo aquello que se proponen.

La película y su planteamiento, nos recuerda a El prado, de Jim Sheridan, de 1990, en la que un anciano irlandés y campesino, magistralmente interpretado por Richard Harris, se veía en la tesitura de defender sus tierras que habían entrado en subasta pública, porque en El pastor, nuestro hombre no tiene que defenderse de los elementos naturales como el frío, la falta de alimento o el deterioro de su oficio (como si ocurría en El somni, de Christophe Farnarier, donde documentaba el último viaje trashumante de un pastor y sus ovejas por el Pirineo catalán), no, aquí el adversario es mucho peor, es la codicia deshumanizada de un hombre que en su afán de poder y materialismo quiere imponerse ante la voluntad del hombre tranquilo, de campo, arraigado a su tierra, a un lugar, de pocas palabras, y de existencia silenciosa y profunda. Cenzul Burley, vida y alma del proyecto, y auténtico hombre orquesta, emulando a los piones, ya que asume los roles de dirección, coproducción, guión, montaje y fotografía,  construye una película que sigue la tradición literaria española, el ya citado Delibes o Aldecoa, como la cinematográfica, con el drama rural de profundidad psicológica como La caza, Furtivos, El corazón del bosque, Tasio, etc… forman parte, no sólo de nuestro imaginario popular, sino que entronca con nuestras raíces rurales en las que los conflictos se suceden entre aquellos que desean por las buenas o las malas lo que el hombre de campo tiene y no cesarán en su empeño, haciendo todo aquello que éste en su mano para poseerlo, cueste lo que cueste. Una película de ritmo pausado, marcando sus tiempos y manteniendo el conflicto a fuego lento, in crescendo, en el que todos los personajes acabarán en su propia encrucijada, llevando al límite sus intereses, no por el bien de todos, sino en el suyo propio.


<p><a href=»https://vimeo.com/217159572″>EL PASTOR TRAILER</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Estados Unidos del Amor, de Tomasz Wasilewski

LAS MUJERES Y SUS SOLEDADES.

Ágata es una mujer atractiva que trabaja en sus labores y vive con su marido y su hija en una aparente felicidad, o al menos eso es lo que parece frente a los demás, aunque ella se siente sola y vacía, y no sabe el motivo, porque su marido la quiere y tiene sus comodidades. Se siente fuertemente atraída por el sacerdote del barrio, aunque sabe de antemano que es un deseo oculto que no podrá materializarse. En cambio, Iza trabaja como directora de la escuela, vive sola y mantiene una relación secreta con el padre viudo de una de sus alumnas, pero tampoco, al igual que Ágata, se siente bien, su relación está estancada y ya no le satisface, aunque se siente atrapada en un amor destructivo. Su hermana, Marzena, profesora de baile que fue miss, y ahora desea ser actriz, también vive sola, alejada de su marido que emigró por trabajo a Alemania Occidental. Su vida sentimental navega entre la frustración y el dolor, igual que sus amigas, navegan sin rumbo y sin alma. Y la última de esta terna es Renata, que se acaba de jubilar como profesora de ruso, enclaustrada en su apartamento, intenta encontrar su espacio y establece una especie de relación de amistad con Marzena, aunque poco satisfactoria, sus vidas van por caminos demasiados opuestos.

Cuatro mujeres, cuatro almas que se mueven por la Polonia de principios de los 90, aquella Polonia en tránsito, que dejaba la sociedad comunista y se adentraba en los albores del capitalismo, tiempos de cambio, de transición, de tiempo suspendido, como el barrio a las afueras donde viven, con bloques militares y espacios vacíos y fríos, reflejo del invierno que las azota. Un lugar gélido y demasiado cotidiano, reducido a la no vida, alineado, desesperado y doloroso, en el que los hombres trabajan en la fábrica estatal, todos haciendo lo mismo (herencia soviética) y ellas, las mujeres, casi todas, viven encerradas en sus casas, ocupadas en sus quehaceres domésticos y el cuidado de sus hijos, en los que las únicas distracciones sociales se remiten a los sermones del cura, encontrarse con las vecinas tomando café o en los ultramarinos haciendo la compra diaria, y nada más, con el aliciente, por decirlo de alguna manera, de un videoclub que despacha películas estadounidenses comerciales en VHS, posters de Whitney Houston, y así pasan los días y la vida.  La tercera película de Tomasz Wasilewski (Torun, Polonia, 1980) vuelve a construir un retrato femenino de grandes hechuras, serio, descarnado y profundo, como sus dos anteriores trabajos: W sypialni (En una habitación), filmado en 2012, centrado en el encuentro de un hombre y una mujer, y Plynacewiezowce (Rascacielos flotantes), del 2013, donde se centraba en un triángulo amoroso, historias de fuertes sentimientos y emociones complejas.

En Estados unidos del amor nos sitúan en una sociedad claustrofóbica y aislada, como si estuviese ubicada en el fin del mundo, de intimidades que no se comparten, de alegrías frías, y besos que no se dan, o polvos que se hacen por rutina, y emociones congeladas, a las que por mucho que se empeñen sus personajes no encuentran ese calor necesario que les haga más llevadera una existencia deudora de una sociedad demasiado anclada en las formas y y las apariencias, donde las emociones parecen no tener su espacio. Wasilewski filma a sus criaturas muy próximas de nosotros, pegadas a ellas, recogiendo sus miradas y alientos, las sigue a través de largos planos secuencias mientras transitan por sus no vidas, por sus ilusiones frustradas y sentimientos hambrientos que no les hacen sentir bien, mostrando una desnudez y sexualidad íntima y naturalista que contribuye a plasmar ese ambiente malsano instalado en sus acotadas y sumisas vidas, que desean una atisbo de libertad, aunque sea minúsculo.  Una película formalista y muy estilizada que contribuye a indagar en ese agobio y terror doméstico en el que se enfrentan estas heroínas domésticas que batallan como pueden con sus sentimientos, que ni ellas ni los demás logran entender. Mención especial para el trabajo de las cuatro actrices polacas Julia Kijowska, Dorota Kolack, Magdalena Cielecka y Marta Nieradkiewicz, que saben infundir el humanismo y estados de ánimo de sus personajes de soledades infinitas y vacios llenos de amargura.

La prodigiosa luz mortecina y apagada, fuertemente contrastada de Oleg Mutu, el cinematógrafo rumano colaborador de directores de prestigioso de la Nueva Ola del cine rumano como Cristi Puiu o Cristian Mungiu, realiza un trabajo soberbio, construyendo una fotografía que recuerda a la creada para Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, la magistral película de Roy Andersson, en la que también nos hablaban de seres solitarios e infelices, aunque con un tono jocoso y surrealista. Wasilewski ha construido una película concisa y sobria, sin ningún alarde dramático, todo sucede como si nada, a fuego lento, remarcando los momentos y situaciones que se van generando, siguiendo la tradición formalista y narrativa de la Escuela de Lodz y los Wajda, Zanussi, Skolimowski, Munk, etc…, sumergiéndonos en los conflictos de cada mujer, en un dispositivo argumental que nos explica las cuatro historias una tras otra, aunque todas se desarrollan en el mismo espacio y en el mismo tiempo, consiguiendo esa atmósfera de fuertes emociones, pero soterradas, no explicadas ni materializadas, sólo guardadas en su interior, como una coraza que quiere romperse, enfrentado al deseo de cambio y libertad, pero en esa lucha encarnizada, parece imponerse la solitud y la angustia de que los tiempos que iban a venir, soñados y tan esperados, todavía tendrán que esperar, o simplemente, nunca llegarán a ser como los imaginamos.

El maravilloso reino de Papa Alaev, de Tal Barda y Noam Pinchas

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO.

“Lo más importante en la familia es la familia. Sin la familia unida no hay orquesta.”

The times they are a-Changin’ (Los tiempos están cambiando) cantaba Bob Dylan en aquellos convulsos años sesenta, canción que no sólo describía una época de tiempos revolucionarios, sino que también, dejaba constancia del espíritu que recorría en unos jóvenes airados que soñaban con una sociedad diferente, más humana y mejor. Aunque hayan pasado más de medio siglo, la canción-himno de Dylan, sigue tan vigente como en sus orígenes, como un grito de rebeldía contra lo establecido, lo conservador y el poder. Algo parecido ocurre con Allo “Papa” Alaev, el virtuoso músico de Tayikistán (antigua república soviética), y su entorno familiar. El patriarca octogenario, aunque ya retirado, sigue practicando el “ordeno y mando”, dictatorial e instransigente, con esa mano firme general rechoncho, cargado de medallas, en la que ordena cualquier circunstancia que tenga que ver en su casa, donde viven todos juntos, como que se come y cuando, y quién toca y que instrumento, eliminando de raíz cualquier idea o cambio. Unas ordenes que su hijo Ariel ha seguido a rajatabla desde que tiene uso de razón, pero que su hija, Ada, se rebeló en su momento, saliendo del clan familiar, y trabajando por su cuenta, decisión que el padre jamás le perdonó y le prohíbe ser una más de la orquesta familiar. Aunque el reino del patriarca se verá amenazado cuando los nietos quieren ganarse su espacio en el seno del grupo musical, aportando sus ideas y con la necesidad de cambiar ciertos aspectos de las actuaciones y su repertorio. Aunque “Papa” Alaev se niega, creyendo inamovible la familia unida, aunque quizás ha llegado el momento de cambiar, como los tiempos, que nos advertía Dylan, o sucumbir a esa ráfaga de juventud que viene con fuerza y energía para cambiar las cosas y hacerlas a su manera.

El tándem de directores israelís Tal Barda (1983) autora de A heartbeat away (2015) en la que exploraba la terrible experiencia de un cardiólogo y pediatra en mitad de Tanzania, y Noam Pinchas (1974), co-productor de The good son (2013), de Shirley Berkovitz, donde podríamos encontrar un germen del conflicto de esta película, ya que hablaban de un joven que, con el objetivo de conseguir su sueño, debía enfrentarse al conservadurismo familiar. Barda y Pinchas sitúan su película en la actualidad, y en Tel Aviv (Israel) donde la familia emigró a mediados de los noventa después de la caída de la URSS. También, mediante material de archivo, nos informan del éxito y legado musical de “Papa” Alaev y la construcción de su clan familiar a través de la música, como durante tantos taños han sido “nosotros”, como tanto le gusta remarcar al anciano músico, y lo hacen de manera sencilla, mediante fotografías e imágenes de vídeo, donde vemos la educación patriarcal y conservadora de aquellos hijos y nietos por el bien de la música y la familia unida. La película se mueve a través de las luces y las sombras que se han instalado en la familia de un tiempo hasta aquí, en la que vemos, por un lado, la alegría y diversión de la familia mientras toca frente a miles de personas, donde los ritmos bukhareses, desbordan la fiesta y el movimiento en una música festiva, alegre, vital y pasional.

Y después, nos muestran el otro lado del espejo, cuando filman a Ada y a los nietos, en las que expresan sus ideas que chocan contra el mandato patriarcal (ideas que les llevan, unos a volver a tocar el instrumento que el padre le negó, otros, la religión, o a formar un grupo alejdo de la familia) también escuchamos a las mujeres de la casa, relegadas a las tareas domésticas, y anuladas, en las que además, se les prohíbe la participación en las giras del grupo. Un hervidero difícil de mantener, porque los tiempos ya son otros, los tiempos piden nuevas miradas, nuevos retos, y más comprensión e igualdad, entre unos y otros, sin ningún tipo de discriminación, eso sí, agradeciendo el legado musical del viejo patriarca, pero desarrollándolas en otros ámbitos, muy distintos a las ideas del abuelo. Una película sobre la música tradicional, sobre la pasión de un sueño, sobre la familia unida, pero no a cualquier precio, porque la película, de un modo honesto y profundo, nos habla de las diferentes posiciones que coexisten en el seno familiar, que distan mucho de la aparente normalidad que pretende conseguir el patriarca, porque los tiempos como bien describía Dylan siugen su curso y ya son otros: Vamos, madres y padres de toda la tierra, y no critiquéis lo que no podéis entender. Vuestros hijos e hijas están más allá de vuestro dominio. Vuestro viejo camino está envejeciendo rápidamente. Por favor, salid del nuevo si no podéis echar una mano, porque los tiempos están cambiando.

Verano 1993, de Carla Simón

LA NIÑA QUE NO PODÍA LLORAR

Érase una vez, en un pasado no muy lejano, una niña que se llamaba Frida. Frida tenía 6 años y vivía en la ciudad con su madre y abuelos. Un día, su madre murió, pero Frida no podía llorar, no le salían las lágrimas. Entonces, se fue a vivir con sus tíos y su prima Anna a un pueblo rodeado de montañas. A partir de esta premisa, la película se abre de manera concisa y elocuente, situándonos en la noche de San Juan, donde niños y mayores disfrutan de los petardos y la música. Frida, a la que vemos de espaldas, en mitad de la noche, observa a su alrededor, un niño se le acerca y le suelta: ¿Y tú, perquè no plores? Frida no contesta. A raíz de esta dicotomía, subyace toda la propuesta de la opera prima de Carla Simón (Barcelona, 1986) en la que nos invita a recordar su infancia, a volver a aquel verano de 1993, cuando su vida cambió, su vida dio un giro de 180 grados para recomenzar de nuevo, con otra familia, sus tíos Marga y Esteve, y su primita Anna, y en otro ambiente, una masía en mitad del bosque, y con los recuerdos de su vida hasta ese instante. Simón ya había explorado la memoria de su familia en sus anteriores trabajos, en Lipstick (2013) filmada en inglés, abordaba el vacío que dejaba el fallecimiento de la abuela en el entorno familiar, en Las pequeñas cosas (2014) la relación difícil entre una madre e hija, y finalmente, en Llacunes (2016) ejercicio que, a través de un tratamiento experimental, donde construía un dialogo con la memoria de su madre.

La directora catalana se sumerge en su propia vida para contarnos ese tiempo de tránsito, ese tiempo de duelo, en el que Frida deberá enfrentarse a ella misma y al entorno que la rodea, a mezclarse con ese paisaje hostil, y a la memoria de su madre, y el lugar y la familia que deja en la ciudad. Simón mezcla con sabiduría las emociones complejas y extrañas que va experimentando la niña con la época estival, en la que se suceden los diferentes juegos, los baños en el río, los disfraces, la bicicleta, las visitas a la piscina, la diversión en la plaza corriendo y trotando, perderse por el bosque, visitar la huerta y coger coles en vez de lechugas, arreglar la bicicleta, bailar al son del ritmo de moda, disfrutar dels “gegants i capgrossos” y bailar en la verbena de “Festa Major” etc… La experiencia de la vida durante la infancia en verano, en la que la alegría y la diversión forman parte de nuestro mundo, confundido con la tristeza por el dolor, en el que la ausencia y la pérdida van apareciendo en forma de actitudes extrañas que va manifestando Frida, en mostrarse hostil con ciertas cosas, imponer su criterio y engañar a su prima pequeña Anna, y sobre todo, sentirse que no pertenece a ese mundo, un mundo que se le ha impuesto, al que quiere abandonar, volver al piso que compartía con su madre, regresar con la que considera su familia de verdad, que le regalaron la hilera de muñecas que custodia celosamente en el quicio de la ventana, o el intento de fuga en mitad de la noche, o  los instantes que reza frente al altar en un hueco en el bosque, por indicaciones de su abuela (como cuando Wayne le hablaba a la tumba de su mujer en La legión invencible).

Simón logra una película bellísima, logrando capturar la vida en su esencia, con sus pros y contras, acercándose a la infancia quebrada, desde la delicadeza, mostrándose sensible a lo que nos cuenta, sin nunca caer en la excesiva dramatización, apenas hay música añadida, la que escuchamos forma parte del ambiente, como esa música de saxo que entra en los encuadres de forma suave. Simón nos cuenta un drama, donde la muerte tiene una gran presencia, la ausencia de la madre, sí, pero lo hace desde la vida, desde la alegría de vivir, en una cinta luminosa, divertida, pero también oscura, en el que Frida a veces se muestra cariñosa y alegre, y en otras, ausente, como en otro lugar, ensimismada en otro tiempo. Los tíos, Marga y Esteve (magníficos Bruna Cusi y David Verdaguer, demostrando con creces que tenemos intérpretes de gran altura para rato) intentan aportar calor y hogar a Frida, ellos también tienen que adaptarse a la nueva vida, a las emociones contradictorias y extrañas de la niña, a su duelo, a su incapacidad de llorar, a extraño comportamiento, a no entender que el mundo, y sobre todo, la vida nos tiene reservadas situaciones que nunca entenderemos, y más cuando somos niños.

Simón ha parido un cuento enorme, de concisión narrativa y argumental, en el que todo se cuenta a fuego lento, en el que su encuadre, de espíritu libre, se sustenta en la mirada de Frida, en su mirada triste y alegre, en esa complejidad emocional que atraviesa a la niña, y a todos los que le rodean, a su nueva familia, y a la otra que ha dejado, con la que quiere volverse, detener el transcurso de la vida, y sentir que nada ha cambiado, que todo puede volver a ser como antes, deseos insatisfechos de una niña demasiado pequeña que todavía no comprende ciertas cosas y que siempre pregunta por el estado del piso de la ciudad a su tía. Simón nos invoca a otros niños y niñas huérfanos, desamparados y perdidos como los Edmund Kohler, Antoine Doinel, la Paulette (de Juegos prohibidos, con la que guarda cierto paralelismo en muchos aspectos), la Dorothy de El Mago de Oz o la Alicia que se veía sorprendida en el país de las maravillas, o el François de La infancia desnuda, al que le costaba adaptarse a los ambientes familiares, o aquellos rubios que nutrían la memoria de Albertina Carri, o ciertos ambientes y vacíos que experimentan los del cine de Lucrecia Martel.

La cinta de Simón recuerda a aquel cine español de inicio de los setenta en el que autores como Saura o Erice recordaron su infancia, aquella fracturada por la guerra, como el Luis de La prima Angélica, o las Ana, tanto de El espíritu de la colmena, como de Cría Cuervos, niñas que se veían sometidas a la ausencia y la pérdida de un mundo infantil que dejaba paso a un tiempo de incertidumbre, de extrañeza, donde los sueños se convertían en pesadillas, y los monstruos hacían acto de presencia. Y no sólo en planteamientos narrativos, sino en métodos de producción, muy propios de la factoría Querejeta, como rodear a la debutante Simón con profesionales reconocidos como Santiago Racaj, en labores de cinematografía (en un trabajo excelso de naturalismo y detallista, que recoge los instantes fugaces de la vida) o Eva Valiño en el sonido, sin olvidarnos de la interesante labor de Ana Pfaff en montaje. Una fábula intimista y pedagógica, en el que las niñas Laia Artigas como Frida y Paula Robles como Anna, dos niñas en estado de gracia, trasnmitiendo esa naturalidad y vida que traspasa la pantalla, que nos ayudan a vivir esta historia real como parte de nosotros. Un cuento de verano sencillo y honesto, sobre todo lo que fuimos, sobre la pérdida y el dolor de cuando somos niños, cuando el mundo es un lugar inmenso por descubrir y descubrirnos, cuando todo está por hacer e inventar, cuando la vida nos coloca en lugares que no deseamos, cuando las cosas se rompen, y debemos pegar los trozos, volver a hacer, volver a nacer, enfrentarnos con nuestro pequeño mundo e inmenso a la vez, en ese tiempo de juegos, imaginación y diversión,  pero también, de pérdida, oscuridad, dolor, ausencia, en una celebración de la vida, de su alegría y tristeza, de lo que amamos y odiamos, de  lo que reímos y lloramos.

Colossal, de Nacho Vigalondo

LOS MONSTRUOS QUE NOS AMENAZAN.

El cineasta Nacho Vigalondo (Cabezón de la sal, 1977) irrumpió en el año 2005 con 7:35 de la mañana, una pieza de 8 minutos que mezclaba con acierto el thriller de psicópatas con el musical, en un trabajo que le valió una nominación a los Oscar. Y esa mezcla de géneros en apariencia antagónicos y difíciles de casar, se han convertido en sus señas de identidad en su cine. En su debut, en el 2007, con Los cronocrímenes, suerte de ciencia ficción, con viajes en el tiempo y mundos paralelos incluidos, introducía en el relato lo romántico, en el que el amor se convertía en un estimulo emocionante para sus personajes. En su segundo largo, Extraterrestre (2011), lo romántico, pues se centraba en una pareja que no se conocía, pero amanecían en la misma cama, y se enfrentaban a una invasión extraterrestre, los alienígenas aparecían en su cine de forma doméstica, vistos desde la televisión, invisibles y amenazantes, en una situación localizada en pocos espacios y cinco personajes, y finalmente, Open Windows (2014), donde las nuevas tecnologías y lo romántico, se fundían en un viaje psicodélico entre el mundo virtual que se apoderaba de una realidad cambiante y perturbadora.

Ahora, nos presenta Colossal, en la que Vigalondo sigue mezclando géneros, y lo hace desde la cotidianidad, desde lo doméstico, en el que unos personajes, más perdidos que nunca, se ven enfrentados a algo que los traspasa y sobre todo, no saben qué hacer, y menos cómo reaccionar. La cinta se centra en Gloria (estupenda Anne Hathaway) de vida estancada, sin trabajo y sin futuro, a la que acaba de abandonar su novio, y ella, para renacer de sus cenizas, vuelve a su hogar, lejos de New York. Allí, en el lugar que la vio crecer, se reencuentra con una casa vacía, sin trabajo y con un compañero de colegio, Oscar (Jason Sudeikis, magnífico antagonista) que le dará trabajo y apoyo emocional. Lo que aparentemente se decanta por la historia romántica con hechuras de cine independiente, con vidas perdidas y ambientes de pueblo, de la mano de Vigalondo dará una vuelta de tuerca, en un ejercicio de funambulista sin red, en una película que conectará mundos en las antípodas, como son las películas indies de tipo social con aires de romanticismo, en el que la estructura parece ajustarse a lo tradicional, con las películas de monstruos Kaiju japonesas, donde una amenaza estratosférica resurge del pasado para destrozar a todo bicho viviente.

El director cántabro casa de manera sencilla y potente estos elementos de difícil comunión, y lo hace de forma contundente, a través de la televisión y las redes sociales, primero, como ocurría en Extraterrestre (con la que tiene bastantes puntos de enlace) para luego entrar en la acción, porque esos ataques del monstruo en la lejana Seúl, acaban teniendo repercusión en las vidas de Gloria y Oscar. Las largas noches de borrachera con amigos acaban siendo el quid de la cuestión de esta cinta de tensión psicológica in crescendo, donde Vigalondo rompe las barreras de los géneros, como tanto le gusta hacer en su cine, para adentrarse en el interior de sus criaturas, en ese subconsciente que nos atrapa de forma vertiginosa y saca lo mejor o peor de cada uno, todo aquello que guardamos y nos duele, aquello que no queremos que los demás no vean en nosotros, y que al fin y al cabo, nos define como personas, y nos hace enfrentarnos a nuestros miedos y monstruos interiores. La película de Vigalondo más ambiciosa, tanto a nivel de producción como de planteamientos artísticos, con días de rodaje en Toronto y Seúl, se mueve a ritmo de crucero, en la que sus personajes no se paran a pensar, donde no cejan de actuar y moverse, sumergiéndose en un mundo cada vez más profundo y oscuro.

Gloria, su protagonista, que volvía a sus orígenes para reencontrarse a sí misma y encauzar su vida, tendrá su oportunidad de reconducir su existencia, haciendo algo necesario, y no sólo para salvarse a ella, sino para salvar a la humanidad, quizás esta gran misión a la que se ve condenada es de órdago, Gloria sabrá sacar su energía y fuerza femeninas para imponerse en un mundo enteramente masculino (aunque las mujeres en el cine de Vigalondo se tenían su espacio importante, es aquí, como novedad en sus películas,  donde adquieren dimensiones francamente importantes y protagonistas absolutas). Nos encontramos ante una película sumamente interesante, novedosa y peculiar, de gran factura técnica, realizada con nervio y fuerza, llevándonos a un tour de force entre dos almas perdidas, destrozadas y débiles, en un momento de tránsito o estancamiento personal, pero que tendrán su oportunidad de demostrar de que son capaces, y sacar todo aquello que los destroza y mata, después de eso sí, una noche larga bebiendo y contando batallitas vividas por ahí, de la infancia y no tanto.

La película de nuestra vida, de Enrique Baró Ubach

LA MEMORIA DE MIS VERANOS.

“Cada generación se pregunta extrañada: ¿quién soy? ¿Y qué fueron mis antepasados? Sería mejor que se preguntara: ¿Dónde estoy yo?; y que supusiera que sus antepasados no fueron de otro modo, sino que simplemente vivieron en otro tiempo”.

[Robert Musil, “El hombre sin atributos”]

La película arranca con unas imágenes domésticas filmadas en súper 8, unas imágenes que nos acompañarán durante todo su metraje, en estas, vemos una familia con niños pequeños que juegan a introducirse en una casa de plástico en medio de un patio, cuando todos se han introducido en su interior, cierran la puerta. Mientras escuchamos la voz de una mujer mayor que explica como ocupan la casa que vendieron cuando los propietarios actuales no están, y cuando estos vuelven, huyen para no sentir la vergüenza que les digan que esa casa ya no es la suya. De esta forma, sencilla, naturalista e íntima, se inicia la primera película de Enrique Baró Ubach (Barcelona, 1976) fotógrafo de escena de profesión, pero cineasta empedernido de vocación, en la que nos habla de su familia, de su infancia, de aquellos momentos biográficos ligados a un espacio, a esa casa de Begues, en un recorrido que abarca unos sesenta años, en la que pasaron momentos de su vida, de su tiempo, en una cinta que huye de cualquier tipo de nostalgia sentimental para adentrarse en el terreno de la memoria y sobre todo, en el de la imaginación, mezclada entre los recuerdos de unos años que quedaron atrás, y la conexión con aquellos objetos que nos acompañaron durante nuestra vida.

Ya desde su dispositivo cinematográfico, la empresa de Baró Ubach nos seduce desde su enorme peculiaridad situándonos en una jornada, solamente un día para contarnos todos los veranos que vivió en ese lugar, y lo hace de una forma cotidiana y muy especial, desde la elección de sus personajes, tres etapas de la vida de alguien, queremos suponer, un abuelo (interpretado por su el propio padre del director, Teodoro Baró Rey), un hombre (al que da vida Francesc Garrido Ballester), y finalmente, el joven, al que interpreta Nao Albert Roig. Tres momentos en la vida de alguien, tres instantes precisos que confluirán en ese día que Baró Ubach nos invita a vivir con ellos, dividida en cuatro episodios: “Los últimos días de Pompeya, Las horas del verano, El nadador y La canción de nuestra vida es una canción de Joe Crepúsculo”. Los tiempos se mezclan, aunque podemos intuir que estamos recorriendo finales de los setenta y principios de los ochenta (la infancia del realizador) la imaginación, también, la realidad y la ficción no se definen, todos estos estados y elementos confluyen en un espacio único, mítico, que forma parte de los sueños, de esos momentos irrepetibles y fascinantes en la vida de alguien.

Baró Ubach juega con el espacio, el interior de la casa, y el patio, sin olvidarnos de la piscina, y los relaciona con sus personajes, escenificando la memoria, en un tiempo sin tiempo, en un presente que no tiene fecha, pero en el que todo puede suceder en ese instante, vemos como recogen la mesa y friegan los platos, rescatan sus bicicletas, tienden la ropa de una lavadora rota, juegan al futbol y simulan ser jugadores ochenteros, se bañan en la piscina improvisando juegos, y toman el vermú y gazpacho, después se zampan la barbacoa, hacen la siesta, imitan a los héroes de sus películas del oeste, miran un álbum de recortes centenario de un antepasado, y reencuentran los álbumes de cromos, las revistas de cine, y demás objetos que los trasladan a lo que fueron, a lo que ya no serán, a lo que han dejado de ser, en que se  mezclan todas estas imágenes con otras que pertenecen al mundo de sus sueños, de su infancia, cuando fantaseaba con tres nadadoras que escenificaban cuadros y planos que le fascinaron, o un especialista que cae como hacían sus héroes en las películas que vivía, o aquellas grabaciones que hacía junto a su padre. Momentos de una vida, momentos ligados a la memoria de esa casa, de ese espacio, en el que todo parece inerte, como si el tiempo lo hubiera borrado, donde sólo la memoria personal e íntima le hiciera cobrar vida aunque sólo sea por unas horas, por un tiempo limitado, pero a la vez mítico y fascinante.

Baró Ubach ha cimentado una película con ecos a Un domingo en el campo, de Tavernier, o Las horas del verano, de Assayas, dos vehículos familiares donde las relaciones componen un lúcido análisis sobre la familia y su memoria, y son esos dos aspectos en los que la película edifica toda su fuerza expresiva y argumental. Una memoria, no sólo familiar, sino también de él mismo, algo como un álbum familiar audiovisual en el que se mezclan sus recuerdos, de forma desordenada, como retazos de un rompecabezas, que invita a componer por parte de los espectadores, y sobre todo, a reflexionar sobre el paso del tiempo, la utilidad y el funcionamiento de la memoria personal de cada uno de nosotros, como un pretexto y un viaje a volver a ese lugar mítico de nuestra vida, a aquella infancia que sólo las filmaciones mudas, los objetos que volvemos a recuperar y las personas de nuestro entorno, nos conducen a recordarla, no como fue, sino como nosotros la imaginamos.


<p><a href=»https://vimeo.com/211448081″>Trailer La pel&iacute;cula de nuestra vida</a> from <a href=»https://vimeo.com/margenescine»>M&aacute;rgenes</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>