La ventana abierta, de Ana Graciani

UNA CASA FRENTE AL MAR. 

“El mal existe, pero no sin el bien, como la sombra existe, pero no sin la luz”

Alfred de Musset

Las leyendas y dichos populares siempre han alimentado que la maldad venía transformada en monstruos de grandes dimensiones, seres malvados que nos acechaban y nos dominaban. Las posteriores investigaciones y la literatura convirtió todo ese imaginario en obras donde el monstruo era una mera máscara en la que se reflejaban todos los males de nuestra especie. La maldad está ahí, muy cerca de nosotros, incluso en nuestro interior. La ventana abierta, la ópera prima cinematográfica de Ana Graciani (Albacete, 1972), es un cuento sobre la maldad contado de forma austera y sencilla, en casi un único escenario, el de una casa frente al mar, ubicada en la costa andaluza, cerca del estrecho, acechada por el agobiante viento de Levante, en la que hay dos personajes principales: Rubén, un tipo acomodado que llega para volver a ver a su relación online Merche, y se encuentra con una casa con un único habitante, Vera, la hija pequeña de Merche. Entre los dos se establecerá un interesante diálogo donde parece ser que las cosas no son como son. 

Graciani que tiene una gran experiencia en teatro donde ha escrito y dirigido una veintena de obras, y guiones para documentales y ficciones, amén de haber dirigido un telefilme La boda (2019), se basa en un texto teatral, para construir una película de suspense, de corte psicológico, donde los espectadores somos Rubén, es decir, alguien forastero que llega a un pueblo, y más concretamente a esa casa, y toda la alegría que trae se va tornando de un tono muy oscuro cuando Vera le va contando una historia que nada tiene que ver con lo que le contó Merche en sus charlas online. Con ese aire hitchcockiano, la trama va avanzando linealmente con interesantes flashbacks donde una información se contradice con la otra. La trama opta por no decantarse con una verdad y expone los dos caminos, así el juego de la verdad, la mentira y lo real y lo falso entra en escena, y es el espectador quien deberá discernir quién dice la verdad y quién no. Un juego muy malévolo y a la vez, intrigante, que la película sabe llevar con acierto y mucha inteligencia, haciendo de su modestia su mejor carta, porque no se va por la tangente ni se inventa triquiñuelas para sorprender al espectador. En cambio, con algún desliz de guion, eso sí, nos cuenta una historia acotada en un día y su noche, llena de sorpresas bien escritas y mejor contadas. 

Una buena cinematografía que firma Alejandro Espadero, con más de 30 títulos en su filmografía, entre los que destacan las andaluzas Jaulas, El plan, Tin & Tina y Solos en la noche, entre otras. Aquí su planificación se basa en planos cortos y medios, en los que los personajes se ven engullidos tanto por la casa, que es un personaje vital en la trama, como por el escenario, con ese viento molesto y constante, al igual que el mar que van alimentando de ruidos y sonido cada estancia del lugar. La música de la extraordinaria compositora Paloma Peñarrubia, que ha trabajado con Samu Fuentes, la pareja Alvarado-Barquero, y en películas tan sugerentes como excelentes como Destello bravío y Secaderos. Una música que no ejerce de asustadiza, como muchas producciones que confunden la tensión y el suspense con el susto sorpresivo, sino que construye ese mal rollo latente donde todo está raro y a punto de suceder algo, no sabemos qué. El estupendo montaje de una crack como Ana Álvarez-Ossorio, con más de medio centenar de títulos, siendo una habitual del cine de Paco León y Fernando Colomo, y el debut de Paz Vega como directora en Rita, entre otras. Sus 83 minutos de metraje, con una duración exacta, sin añadir nada más, consigue captar nuestra atención e interés con pocos elementos pero sí con inteligencia. 

Un excelente reparto encabezado por el siempre estimulante Unax Ugalde como Rubén, el forastero recién llegado a ese microcosmos, que llega con una información y todo se va derrumbando porque recibe otra. La interpretación ayuda a mantener esa incertidumbre y ese caos en el que vive atrapado entre dos situaciones. Le acompañan la sorprendente Adriana Camarena, la hija adolescente de Merche, que vimos en Hermana muerte (2023), de Paco Plaza, que actúa como una convincente antagonista. La ausente/presente Merche es interpretada por Mara Guil, vista en El intercambio, El buen patrón y Alegría, entre otras. Alberto Löpez, popular por su dúo de “Los Compadres”, en un personaje más oscuro. Con la producción de Olmo Figueredo a través de La Claqueta, estamos ante un cuento de terror psicológico bien construido, que usa muy bien sus armas, es decir, un escenario ideal, frente al mar, y en invierno que le da una atmósfera diferente y alejada a lo convencional, creando ese aroma de sombras y fantasmas, y un reparto que refleja toda esa inquietud o esa calma tensa en el que todo puede ocurrir, en este cruce de terror clásico, donde lo sugerente se apropia de la trama, y un western de forastero que nada sabe del lugar y duda de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En el camino, de David Pablos

DOS VIAJAN JUNTOS. 

“Todos los espacios íntimos son los que se relacionan con la sensualidad, con la vida, con un orden mucho más cósmico”

Laura Esquivel 

Las anteriores películas de ficción de David Pablos (Tijuana, México, 1983), van sobre un viaje de dos hermanas en busca de su madre desaparecida en La vida después (2013), en Las elegidas (2015), se metía de lleno en el mundo sórdido de la prostitución y el tráfico de mujeres, y en El baile de los 41 (2020), rescatba un suceso real que sucedió a principios del siglo XX cuando la policía de forma ilegal entró en una vivienda y descubrió a una veintena de hombres vestidos de mujer. En su cuarto trabajo de ficción, amén del par de documentales que arrancaron su filmografía, se adentra en el mundo salvaje y peligroso de los camioneros del norte de México, y añade la mirada a la comunidad LGBTQ+, en una historia que va de Veneno, un joven vagabundo que se acuesta con camioneros ávidos de sexo y compañía. Veneno conoce a Muñeco, un rudo y solitario camionero, tan quebrado como el muchacho, con el que compartirá viaje e intimidades, y no a lomos de sendos caballos sino subidos en un camión que lleva mercancías de aquí para allá, initerumpidamente. 

El director mexicano nos sitúa en un entorno muy hostil, de una cierta masculinidad dura y de apariencias, en un viaje continuo que no parece acabarse nunca. Una travesía sin fin y sin destino aparente, en el que las diferentes etapas nos hablan casi en tono documental de una forma de vivir y de idiosincrasia en que los camioneros viven y sufren una vida dura, llena de peligros y conflictos. Además, el relato incorpora el western y el noir, un thriller seco, de polvo y arena, de carreteras solitarias, y lugares malolientes y aislados donde encontrar un poco de cariño y calor. El tercer vértice de la película es la mirada a la comunidad homosexual en un entorno en el que parece ser lo contrario, aunque las apariencias engañan, y los duros camioneros y molidos por la vida tienen su parte oculta que solo conocen ellos y su camión. Pablos habla de soledad, de masculinidad normativa y su contrario, de la complejidad humana y todo lo que rodea a dos seres quebrados por la vida y en situación de fuga o de viaje muy lejano en el que nada ni nadie les espera. Una travesía a los confines de la psicología humana y a esos no lugares, que parecen islas con pocos habitantes y los que hay parecen seres tan rotos que están como olvidados, como que nadie los reclama y si alguna vez lo hicieron ahora ya no. 

La cinematografía la firma Ximena Amann, con una filmografía que abarca más de 20 títulos, al lado de directores como Alejandro Zuno y Astrid Rondero, en sus segunda colaboración con Pablos después de la serie La cabeza de Joaquín Murrieta (2023). Una luz llena de encuadres y planos muy cercanos y asfixiantes que ayuda a traspasar a los protagonistas, y a dotar de fuerza y mirada cercana a esa intimidad privada y hacia adentro por la que navega la historia, capturando todo ese submundo y agreste por el que transita el relato. La música de Andrea Balency-Béarn, tercera película con Pablos, después de El baile de los 41 y la mencionada serie, con unas composiciones que se camuflan con el áspero y sucio territorio, amén de temas tan populares como “Los caminos de la vida” y “Ojitos mentirosos”, en unos espacios donde abundan esos bares de carretera en el que pasa y se ve de todo, con esos temas propios del western crepuscular muy propio de finales de los cincuenta y sesenta cuando los cineastas miraron de frente alejándose de la épica y del mito. El montaje lo firman el dúo Jonathan Pellicer, con más de 27 títulos en su carrera, y Paulina del Paso, que ha trabajado con Tatiana Huezo, entre otros. Una edición modélica y sin fisuras, sobria y concisa, en el que nada está por estar, en un metraje que se va a los 93 minutos. 

Destaca la presencia de Diego Luna como coproductor, en una película protagonizada por un dúo rompedor y magnífico como el debutante Víctor Prieto dando vida al joven buscavidas Veneno, todo un acierto la estupenda interpretación del actor primerizo. Le acompaña Osvaldo Sánchez, que parece sacado directamente de una película de Peckinpah, que interpreta al rudo y quebrado Muñeco, un actor con más de 100 producciones teatrales y 25 películas a sus espaldas. Y luego toda una retahíla de intérpretes, magníficos y cercanos que transmiten toda esa furia, dureza, rabia y pérdida por una tierra seca, dura y salvaje. La película En el camino me ha descubierto un cineasta extraordinario como David Pablos, que no conocía hasta la fecha, porque su film es un viaje por ese maldito norte mexicano donde dos pobres y perdidas almas encuentran un consuelo y un cariño que no esperaban, en una atmósfera de película de terror donde las amenazas son de carne y hueso, porque estamos ante un ambiente en que la vida pende de un hilo, y cada paso se mide y mucho, porque a parte de carretera, algunos tequilas, un poco de guiso, y algunas rayas de cocaína, y unos pocos polvos con alguna mujerzuela, la vida vale bien poco o quizás, vale algo pero todavía no saben el qué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Isabel Rocatti

Entrevista a Isabel Rocatti, intérprete de la película «Cowgirl», de Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens, en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 19 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isabel Rocatti, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cowgirl, de Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens

LA VAQUERA Y SUS CIRCUNSTANCIAS.     

“Cada momento es un nuevo comienzo”.

T. S. Elliot

Es muy raro ver en el cine actual historias sencillas y cotidianas. Historias que nos hablen de personas maduras tan cercanas como las que podamos ser nosotros. Historias que se ambientan en espacios alejados del mundanal ruido, donde la vida tiene otro tiempo, quizás, un tiempo más de verdad y sincero. Como la película Cowgirl, el segundo trabajo del tándem valenciano Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens, protagonizada por Empar, un mujer de sesenta años que viven en un pueblo rodeado de montañas en la provincia de Castellón con su inseparable Tona, una vaca que quiere embarazar para seguir con su vida y su trabajo. La oportunidad, porque esta película va de eso, de aprovechar las circunstancias para seguir hacia adelante, la tiene Bernat, el vaquero más caudaloso del lugar. La cosa se complica con una idea mercantilista del alcalde ambicioso de turno, además, de la llegada de Riqui, un joven que oculta muchas cosas. Estamos ante una trama sobre personajes que son personas de carne y hueso, y a los que les suceden cosas sencillas pero altamente emocionales y dificultosas.

Después de Coses a fer abans de morir (2020), el dúo creativo Pintado y Llorens dejan la juventud y la despedida de un gran amigo, para adentrarse en el otoño crepuscular de unos personajes como Empar y Bernat que registra el magnífico guion de Rafa Albert coescrito junto a los directores, en esta curiosa mezcla de western y drama social y rural, en el que todo fluye sin necesidad de aspavientos ni grandes sucesos, todo gira en torno a tres personajes y la vaca. Una mujer madura en pleno duelo y necesitada de un nuevo ternero para su existencia, para seguir creyendo y no vencerse ante las hostias de la vida. Un maduro de larga estancia en las Américas que regresa al pueblo, a sus raíces y quizás, a tantas cosas que dejó para irse o huir. Y finalmente, el joven Riqui, un náufrago que desea echar alguna raíz y dejar tanta negrura que ha habido en su vida. Los directores no hacen gala de condescendencia ni nada que se le parezca, porque andan por otros lares, los de construir personajes que transmiten verdad, que se alegran y se entristecen, que patalean y que intentan vivir a pesar de los pesares, porque estamos ante una cinta que no se aleja de lo humano, sino que lo observa, se acerca de forma honesta y sobre todo, lo refleja de la forma más profunda y sensible.  

Un equipo técnico sobresaliente empezando por la excelente música de Clara Peya, que ya descubrimos su gran talento en documentales como EnFemme, y con cineastas como Laura Jou y Javier Ruiz Caldera, y más recientemente en Un altre home, de David Moragas. La música de Palafrugell construye una soundtrack llena de poesía, cercanía y ambiental, que se difumina con los quehaceres diarios y los diversos conflictos que van brotando en la trama. La transparente y precisa cinematografía que firma uno de los codirectores Miguel Llorens, con una amplia carrera como cinematógrafo al lado de grandes nombres como Marc Recha, con el que hizo sus dos de sus primeras películas El cielo sube y L’arbre de les cireres, amén de Pau Durà y Pedro Pérez-Rosado, entre otros. La luz se muestra natural y nada embellecedora, sino capturando los grises que desprende cada encuadre. El gran trabajo de montaje de Alfons Suárez, que trabajó en la miniserie Mítics 70 (2024), del mencionado Llorens, que consigue dotar de equilibrio y elegancia a una trama que se va a los 109 minutos de metraje, en el que nunca tenemos la sensación de cansancio y mucho menos de derivas innecesarias, sino de un ritmo latente dentro de un entramado de miradas, gestos y silencios.

Un gran reparto encabezado por la excelente Isabel Rocatti que, después de medio siglo dedicada a la interpretación le llega el primer protagonismo con Empar, una mujer a la que la gran actriz le da misterio, grandeza y resistencia. Le acompañan un estupendo Pep Munné, otro de los rostros más conocidos de nuestro panorama, ahora metido en la piel de Bernat, el Mitchum de The Lusty Men, el tipo que retorna a sus raíces, a su anterior vida, a sí mismo. El tercero en discordia es Carlos Cuevas, un joven actor que hace del fugitivo que se hace amigo de un personaje en concreto. Después tenemos una retahíla de buenos actores valencianos como el eficiente veterinario Joaquín Climent, el pelotazo alcalde Carles Sanjaime, el impertinente ovejero Àngel Fígols, que ya estaba en Coses a fer abans de morir, entre otros. La película Cowgirl, de Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens tiene esa autenticidad de una historia bien contada, con sencillez, alejada de moderneces del momento, y mostrando unos personajes de verdad, de esos que hablan y callan sus cosas, las de antes y las de ahora, y siguen como pueden en un lugar vaciado pero sigue resistiendo los embates del mal llamado progreso y la especulación emocional y física en la que existimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ángel Santos Touza

Entrevista a Ángel Santos Touza, director de la película «Así llegó la noche», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el jueves 26 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ángel Santos Touza, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Andrea Villa Feijóo de Comunicación de la película, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los miserables. El origen, de Éric Besnard

UN HOMBRE LLAMADO JEAN VALJEAN. 

“No hay malas hierbas ni hombres malos, sólo hay malos cultivadores”.

Frase de “Los miserables”, de Víctor Hugo 

Existen alrededor de medio centenar de adaptaciones al cine de la clásica novela “Los miserables”, de Victor Hugo publicada en 1862. Encontramos cine mudo, sonoro, series de televisión y musicales. Aunque la nueva película de Éric Besnard (París, Francia, 1964), no es una adaptación total de la citada novela, sino de sus primeras 150 páginas ambientadas en la Francia de 1815 en la que nos habla de la vida de Jean Valjean, recién salido de presidio después de una condena de 19 años. El individuo vaga sin rumbo, cansado y señalado por todos. Sólo encuentra consuelo en la casa, que antes fue corral, del obispo Myriel, un hombre concienciado que dejó la riqueza de su posición para compartirla con los más necesitados y miserables. A pesar de los recelos de Magloire, la sirvienta no ve con buenos ojos la presencia del ex reo, que contrasta con la aceptación de Baptistine, la hermana viuda que no encuentra conflicto alguno con Jean. Un encuentro y una noche que cambiará sus vidas, aunque los personajes todavía lo desconocen. 

De los diez títulos como director hasta la fecha de Besnard, de los últimos cuatro, tres están situados entre finales del XVIII, en la que situaba Delicioso (2021), sobre la creación del primer restaurante. Un siglo después encontramos La primera escuela (2024), que retrata la apertura de una pequeña escuela rural y laica, y ahora, nos vamos al mencionada 1815, en el primer tercio del XIX, donde se desarrolla esta historia sobre la bondad, en que lo humano tiene una presencia capital en la historia, porque nos habla de la circunstancias vitales que llevan a las personas actuar de una forma u otra. En el acertado guion del propio director no se juzga ningún comportamiento, sino que se muestran unos hechos, unas circunstancias y sobre todo, la parte invisible de cada ser humano, aquello que no se ve pero que dicta las conductas y las decisiones que tomamos. El director francés, como ya había hecho en las citadas, opta por un planteamiento sencillo y muy íntimo, a través de unos encuadres concisos y llenos de detalles, en que la cámara se acerca enormemente a los personajes, observando sus miradas, gestos y silencios. La magnífica estructura de western con la llegada del forastero a un lugar desconocido,  apartado por todos y que encuentra refugio en el representante de Dios que ha dejado la hipocresía para convertirse en un hombre que ayuda al necesitado, con esa atmósfera y tono tan característico del cine de Fritz Lang en EE.UU., donde también profundiza sobre los temas de la moral y la estigmatización.

Como sucedía en las anteriores películas de Besnard, el apartado histórico y técnico está cuidado hasta el más mínimo detalle, construyendo todo un universo con pequeños detalles y desde la intimidad del hogar y de un pequeño lugar. El cineasta parisino se ha vuelto a rodear de técnicos cómplices como el cinematógrafo Laurent Dailland, que ya estuvo en La primera escuela, planteando unos planos que aboga por lo físico, por lo tangible, en un gran trabajo de sonido, en el que cada cosa que vemos y escuchamos tiene la autenticidad que necesita una película de tales características. La música de Christophe Julien, seis películas con el director, que sin ser invasiva, consigue puntualizar y marcar todo aquello que lo necesita, dejando el adecuado espacio para que los espectadores podamos ver y sentir cada cosa que sucede, en una trama que se cuenta con paciencia y despojada de artificios. El montaje de Lydia Boukhrief, tercera colaboración con el realizador después de Delicioso y La primera escuela, en otra película con menos metraje, 98 minutos, que están contados de forma tranquila y reposada, sin prisas, generando esa ambivalencia instalada en el personaje de Valjean, que ayuda a conseguir esa idea de inquietud y serenidad por la que se sitúa la noche en cuestión. 

Como ocurre con el equipo técnico, en el apartado artístico, el director también ha contado con sus “cómplices habituales” entre los que destaca la presencia de Grégory Gadebois, protagonista de sus últimas cuatro películas, metiéndose en la piel del desafortunado Jean Valjean. Un actor con un temple brutal, capaz de ser lo que requiere el desdichado personaje, que parece sacado de alguna película de Peckinpah, diendo alguno de aquellos tipos estigmatizados por una sociedad que no piensa y juzga muy a la ligera, llevada por las mentirosas apariencias. Le acompañan Bernard Campan metido en el rostro y el gesto del peculiar obispo Myriel, un actor con muchas comedias en su filmografía aquí destacado en un rol de gesto silencioso, poca palabra y mirada que traspasa, acompañada de una actitud que deja a cuadros a Valjean, con una bondad y una confianza que no ha conocido el expresidiario. Las dos mujeres de la función son Isabelle Carré, la hermana del obispo, que ya estuvo en Delicioso, convertida en una mujer enamorada de las hierbas y su recogimiento, frente al personaje que hace Alexandra Lamy, la criada malhumorada que no se fía del recién llegado, muy a las antípodas de la maestra sensible que hizo en La primera escuela.

Seguramente los muchísimos lectores de “Los miserables”, estarán expectantes para ver esta adaptación, que como menciona su título español Los miserables. El origen (en el original, Jean Valjean), la película escarba el comienzo de todo, o quizás sería más conveniente aclarar que su comienzo se remonta mucho antes, como se explica en certeros y adecuados flashbacks, cuando el joven Valjean se ve envuelto en una miseria atroz y decide robar un trozo de pan y así, la impecable e insensible mal llamada justicia, le destroza la vida y lo condena a 19 años de prisión. La película arranca con esa salida, con la “libertad” de alguien condenado de antemano. Una película que antepone lo que somos como seres humanos y cómo castigamos los delitos, como la bondad, ese gesto de pura antipatía tan olvidado en los tiempos que vivimos, siga teniendo un significado, como se expone en la trama, en un hipotético enfrentamiento entre lo humano y lo irracional, o lo que es lo mismo, los que ayudan al otro, y los que se ayudan del otro para pisotear, escalar y convertirse en seres altivos y clasistas y amparados por una ley injusta y atroz que sólo dignifica lo humano a través de lo material y la posición social. Como pueden observar, la película no pasa de actualidad, porque los temas que tratan son sobre el alma humana, esa parte invisible de todos que, en demasiadas ocasiones, es muy negra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Historias del buen valle, de José Luis Guerin

LOS QUE HABITAN LA PERIFERIA. 

“Mis películas son una celebración de la realidad, de la vida, de mis amigos, de la vida cotidiana que pasa y mañana desaparece y no le prestamos atención cuando sucede”. 

Jonas Mekas

Ha pasado un cuarto de siglo desde que vimos En construcción, en la que José Luis Guerin (Barcelona, 1960), situaba su mirada-cámara en las entrañas del barrio Raval de Barcelona mientras sufría su mayor cambio urbanístico de su historia. A través de las historias más mínimas y cotidianas de sus gentes descubrimos el espacio humano más invisible, el que se instala en los márgenes, y sobre todo, el olvidado. Su película no sólo hablaba de una urbe en constante psicosis de construcción y cambio, sino en una forma de hacer y deshacer donde los ciudadanos importan poco o nada. A partir de un encargo del Macba bajo el título de “Una ciudad escondida bajo la niebla”, el cineasta barcelonés despachó una pieza en blanco y negro y muda, con música, filmada en super 8 sobre otro barrio, el de Vallbona, en el distrito de Nou Barris, seguramente el barrio más aislado, periférico y olvidado de la ciudad. Algunas imágenes de la pieza y varios testimonios nos dan la bienvenida a la película del título fordiano Historias del buen valle, donde el cineasta menciona su “Work in Progress”, una película en continuo movimiento, tanto físico como emocional. 

El cine es un arte de la subjetividad y la fragmentación, y Guerin sigue esas premisas desde el más absoluto respeto de aquello que tiene delante y primero, lo mira, más tarde, habla con sus habitantes, y posteriormente, lo filma desde la lejanía, acercándose desde el cuidado, desde la honestidad y sobre todo, sin pretender que olvidemos la mirada del cineasta, el forastero que llega para retratar un lugar y sobre todo, retratarse a sí mismo. A partir de la cinematografía de Alicia Almiñana construye una fragmentación totalmente cuidadosa y muy trabajada, en la que cada encuadre y plano obedece a una extensión del que observa, del que mira, de una curiosidad infinita, donde lo que importa no es lo que sucede, sino la carga de memoria que hay en cada mirada, gesto y palabra. Vemos un barrio a trozos, como una especie de caleidoscopio en que lo más local y cotidiano se confunde con aquello más complejo e inherente en cada uno de los habitantes que nos vamos encontrando. Una película que sabe recoger con paciencia y sin prisas, situándonos a los espectadores en una especie de tempo donde todo va mucho más tranquilo, un espacio apartado de todo y todos, rodeado de “enemigos” como las infinitas estructuras del mal llamado progreso que no cesa en su psicosis de construir carreteras y vías férreas que van consumiendo el espacio del barrio y aislando aún más, amén del canal-río que lo vertebra. 

Guerin sabe que el foco nunca está en la primera vista, sino que hay que observar con más profundidad para que aquello más oculto y difícil se revele, porque el tiempo presente del cine escarbe lo que sucede y cómo, ahí aparecen los más ancianos del lugar testimoniando el barrio de antes, sus costumbres y sus historias, venidos del sur del país, y los de ahora, venidos de muchos países como India, Marruecos, Ecuador, Portugal, Ucrania y demás, recogiendo su historia de inmigración, de refugio, de vida y de conflictos. Los habitantes-personajes hablan de frente, de todas las edades y procedencias, como le hablasen a un amigo, como atestiguan los tres años de proceso de filmación, y lo hacen emocionados amontonando recuerdos, vivencias y demás. La película capta con mucha naturalidad y transparencia todas las escenas que se van produciendo: las diferentes reuniones a la vera del bar mientras hablan de lo suyo, mientras cantan los gitanos y portugueses las rumbas y melodías que describen sus existencias, amores, sus frustraciones y tristezas. Las reuniones en el canal usado como baño municipal, donde la música, la alegría y las risas forman parte, así como las realidades de cada uno. Una arquitectura que se mueve entre lo urbano y lo rural, fragmentos de vida y verdad que se van intercalando con diferentes espacios del barrio y sus alrededores, con el omnipresente sonido del tren que lo circunda, y la excelente y concisa música de Anahit Simonian, que nos remite a lo más puro de la imagen.  

Una película que, entre otras muchas más cosas, viene a documentar un barrio que jamás había sido filmado, reflejo de su olvido por su condición de espacio para desheredados. Guerin rompe esa condición maldita a la que el barrio y sus habitantes han sido relegados, y cómo sucede en su cine, su cámara está para escucharlos y filmarlos para dejar su testimonio y dar validez y sobre todo, dotar la importancia que se merece como individuo en que el cine le devuelve la dignidad y la humanidad arrebatada. Uno de los personajes mayores del lugar, le menciona al cineasta: “Que la película sobre Vallbona podría ser un western”. Si que hay de eso en la cinta, y mucho más, porque la imágenes filmadas viajan por muchos lugares: la ficción, el documento, lo social, y lo humanista, donde los diferentes humanos y sociales van emergiendo de forma natural, sin pretender ni ajustar nada, tomándose el tiempo necesario para que los rostros y sus testimonios se sientan importantes y se expresen con transparencia a través de la cámara que los filma. La acumulación de personas, historias y vidas de antes y ahora están sumamente cuidadas y respetadas y funcionan con ese tempo cinematográfico donde la mirada y la palabra escenifican lo universal del relato, porque cada retrato es mucho más de lo que vemos, atrapando su esencia más profunda y sensible.  

Guerin construye un relato que se alimenta del cine en su más pura esencia y ornamento, en que el cine mudo, ya presente en su fantástico prólogo, va apareciendo remitiéndose a aquellos maestros como Flaherty, Renoir, Murnau y Grierson, y cómo no, sus anteriores trabajos, como esas fantasmagorías que construyen a los ausentes en relación con los presentes que ya estaba en la mítica Tren de sombras (1997), y esos encuadres que van delimitando las diferentes personas, espacios y edificios que ya vimos en Inisfree (1999) y Guest (2010) y sus celebradas piezas como Le Saphir de Saint-Louis (2015) y De una isla (2019), entre otros. Un prodigio y conciso montaje del propio Guerin, muy trabajado y elegante, que nada está al azar, como ese tramo final, donde el cine se eleva a cotas que muy pocos cineastas pueden conseguir, que nos hace viajar por cualquier tiempo, espacio, memoria, presente y demás, y cómo no, todos los presentes y fantasmas que habitan en cada espacio y en nuestro interior en los 122 minutos de metraje que nos devuelven el cine de verdad, aquel que mira, que observa, que filma y sobre todo, que cuenta y se cuenta con lo más mínimo, la materia física y sobre todo, invisible que está llena de emoción y de vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ciudad sin sueño, de Guillermo Galoe

EL CHAVAL DE LA CAÑADA. 

“No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros (…). 

“Ciudad sin sueño”, de Federico García Lorca

La primera imagen de Ciudad sin sueño, segunda película de Guillermo Galoe, coescrita junto a Víctor Alonso-Berbel, que dirigió el excelente documental Clase valiente: el poder de las palabras de 2016, arranca de modo vertiginoso: dos galgos corren a la caza de un conejo por una de las explanadas de la Cañada Real (el asentamiento ilegal más grande de toda Europa). A los veloces animales les siguen dos coches y sus ocupantes jalean a grito pelao. Entre ellos, la cámara se posa en el rostro de Toni, un chaval gitano de 15 años que viaja junto a su abuelo chatarrero. El sentimiento de libertad y la vida en volandas se mezcla con esa precariedad en la que viven, en un espacio sin luz, que empieza a desvanecerse en un tiempo a oscuras, lleno de sombras y de incierto futuro lejos del lugar. 

El director madrileño que dirigió Fragil equilibrio (2016), interesante documento donde daba buena cuenta de las contradicciones y vulnerabilidad de este mundo, ya sitúo su cortometraje Aunque es de noche (2023), en la mirada de Toni, con 13 años, y los suyos, en esa deriva de los últimos días en la Cañada ya que el ayuntamiento ha decidido derrumbar y cambiar su fisionomía humana (también es uno de los epicentros de droga). La historia retrata en modo ficcional, con el mejor aroma pasoliniano, al igual que sucedió en Entre dos aguas (2018), de Isaki Lacuesta, donde la realidad más inmediata se cuenta como ficción donde las personas se convierten en intérpretes. Hay muchas texturas en la película, quizás la más llamativa es su inmediatez, donde se instala la fisicidad como forma de trama, con el citado Toni, junto a su inseparable amigo Bilal, que van de aquí para allá, recorriendo los espacios de la Cañada, tan alejado de todo y todos, de ese mundo capitalista que compra todo al igual que lo tira a la basura y no valora nada. Galoe no juzga a sus personajes ni el lugar, los retrata con crudeza, con cercanía, casi pegada a ellos y ellas, con toda su complejidad, su alegría y tristeza. Sí que tiene la historia la idea de tiempo que desaparece, de un espacio que hay que dejar, del que estamos asistiendo a sus últimos tiempos. El western es el género que podría asemejarse más, aunque tamizado por lo social, y las ansías de vivir, experimentar y sentir de su protagonista. 

Galoe se ha rodeado de un gran equipo técnico como el cinematógrafo Rui Poças, toda una institución en la cine portugués, ya que ha trabajado en muchas películas de Miguel Gomes y Joâo Pedro Rodrigues, amén de Lucrecia Martel, Ira Sachs, Gastón Solnicki y en O Corno, de Jaione Camborda, entre otras. Una luz que juega en dos fronteras: la nocturna, donde las sombras, los intermedios y las oscuridades de neones, y esa otra, diurna, más seca, cruda y de tono grueso, fusionada con esos efectos coloridos que genera el dispositivo móvil. Una mezcla alucinada que describe con acierto los contrastes y peculiaridades del enigmático y extraño lugar. El gran trabajo de sonido directo Barto Alcaine, con más de 180 trabajos, que ya estuvo en el mencionado Frágil equilibrio, y las mezclas de Antonie Bertucci y Vincent Arnadi, contribuyen a lograr esa profunda e inquietante atmósfera de sonidos, diálogos y músicas que suena sin cesar. El extraordinario montaje de Victoria Lammers, cómplice del director que, en sus asombros 97 minutos, captura todo la realidad vital, emocional y espiritual de los personajes, con esa fusión entre lo físico y lo más quieto, en el mundo frágil y vulnerable por el que se mueven sus habitantes formado por familias gitanas y árabes. 

En una película como esta, que nace desde la observación y la idea que para filmar ese lugar y a sus gentes hay que apartarse del documental al uso y transformarlo en una trama de ficción que habla de su realidad y su posible salida del lugar, en una idea de ir y venir sin descanso en esa agitación constante que conforma el lugar y sus habitantes. El gran trabajo de casting de Elena Saura, que ya hizo lo propio en películas tan interesantes como El agua, Los destellos y Sirat, sacando el máximo rendimiento de actores naturales convertidos en intérpretes que transmiten naturalidad y transparencia, con esas miradas y gestos que traspasan la pantalla. Tenemos al fascinante Toni Fernández Gabarre, su fiel amigo, Bilal Sedraoui, a punto de dejar la Cañada por las playas de Marsella, Jesús Chule Fernández Silva, Felisa Romero, Pura Salazar, Francisca Jiménez, y la Libe, la niña de la mandamás del asentamiento, que tiene loquillo al Toni. El personaje de Toni, que nos recuerdan al Pio y Cosimo, los chavales gitanos que protagonizan A ciambra (2017), de Jonas Carpignano que, al igual que la película que nos ocupa, también usaba la ficción para describir una realidad humana y de verdad, muy compleja, vulnerable y agitada. 

La segunda obra de Guillermo Galoe, Ciudad sin sueño, título prestado del poema de Federico García Lorca, del que la inolvidable fusión del gran Enrique Morente & Lagartija Nick puso música y quejíos en esa pieza de orfebrería que fue el disco “Omega”. No es una película que se dignifique retratando un lugar como la Cañada Real, tan denostada como usada por su ilegalidad y el trapicheo existente, sino que su forma de acercarse a esa realidad cruda es un buen ejemplo de mirar al otro y sus cosas, sin pretender endulzarlos ni mucho menos señalarlos, sino mirarlos de verdad, con toda su profundidad e intimidad, con toda su alegría y tristeza, con todo lo que son y lo que no, escuchando sus conversaciones, sus sueños frustrados e insatisfechos, su idea de pertenencia y de desarraigo, sus ideas de clan familiar y enemigos y demás. La cámara desaparece convirtiéndose en un alma más del espacio, un lugar cambiante, errante y en continuo proceso de vacío. Vean la película porque seguro que será una cinta a la que hay que volver siempre, como ocurre con la mencionada Entre dos aguas, como ocurre con Por donde pasa el silencio (2024), de Sandra Romero, en que la ficción se convierte en el mejor aliado para mostrar una realidad muy enrevesada y complicada que está muy cerca y pocas veces no detenemos a observar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro

COVAS DO BARROSO NO SE RINDE.   

“La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada ser humano, pero no la de su codicia”. 

Mahatma Gandhi 

Si pensamos en cine portugués nos viene rápidamente la película Trás-Os-Montes (1976), de Margarita Cordeiro y António Reis, uno de los grandes monumentos no sólo de nuestro país vecino, sino del cine de los setenta porque, a través de una excelente docuficción observaban de manera profunda y reflexiva las tradiciones de esta parte situada al noreste del país, en un asombroso retrato de lo antiguo y lo moderno centrada en sus ritos religiosos. La película La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro (Lisboa, Portugal, 1990), se mira en la citada película para construir también una docuficción para retratar también el norte, no muy lejos de la mencionada, y más concretamente el pueblo Covas do Barroso, que vive amenazado por la llegada de la Savannah Resources, una compañía británica que quiere instaurar la minería del litio en sus montañas. Ante ese peligro, la población se reúne y lucha contra la industrialización del territorio que perjudica enormemente su agricultura y ganadería y el desastroso impacto en el paisaje. 

Carneiro ha cimentado una interesante filmografía, siempre en el campo documental y sus derivaciones como hizo en Bostofrio (2018), su debut en el que recorría las huellas de su abuelo a través de su pueblo, en Périphérique Nord (2022), hablo de los inmigrantes portugueses en Suiza a partir de su pasión por los automóviles. En la película que nos ocupa vuelve a lo rural, y a través de un magnífico híbrido entre el documental observacional, en el que construye una mirada tranquila y sobria en el que muestra la cotidianidad de sus habitantes, sus formas de trabajo, convivencia y amistad siempre con el entorno natural como guía espiritual de todos. Y luego, está la recreación que usa para contarnos el litigio entre el pueblo contra la compañía, y lo hace a partir de los propios habitantes que se interpretan a sí mismos y al “enemigo”, donde se abre una forma de cine dentro del cine, y lo mejor de todo, en que los propios afectados pueden reflexionar su vivencias, su presente y su futuro, con una atmósfera de western donde hay momentos cómicos. A través de un guion que firman el uruguayo Álex Piperno, director, entre otras, de Chico ventana también quisiera tener un submarino (2020), y el propio director, construido inteligentemente pasando por las estaciones de casi un año porque arranca en otoño, pasa por el invierno para terminar en primavera, en el que lo etnográfico, a lo Rouch y Depardon, con sus días, tradiciones e idiosincrasia se mezcla con la “invasión” de la empresa que altera la comunidad y los pone en guardia y lucha. 

Una película que recoge unas gentes y su territorio particular, tan natural como salvaje, y una forma de industria invasiva que destruye para romper las leyes ancestrales de la naturaleza no impone reglas, sólo que reivindica nuestra historia y nuestro futuro. Las reivindicativas y conmovedoras canciones de Carlos Libo estructuran la película, convirtiendo cada tema en un himno y clamor del pueblo unido que se reúne y actúa ante la industrialización masiva que no piensa en lo natural y mucho menos, en la vida. Escuchar temas como “Hora de lutar”, “A voz do povo” y “Brigada da foice”, entre otros generan ese sentimiento de unidad, pertinencia y ancestral, de los que están y los ausentes. La música diegética y sensible de Diego Placeres que trabajó en la mencionada Périphérique Nord, acompañan las brillantes imágenes en 35 mm que traspasan cada detalle, cada mirada y cada gesto, que firman el trío Rafael Pais, Duarte Domingos y Francisco Lobo, del que conocemos por su trabajo en El bosque de las almas perdidas (2017), de José Pedro Lopes. El montaje de unos inolvidables 77 minutos de metraje es certero y sensible firmado por el propio director, el citado Álex Piperno y la uruguaya Magdalena Schinca, que tiene en su filmografía compatriotas como Sergio de León y Marcos Vanina, entre otros. 

Una película de estas características necesita la ayuda y la complicidad de los habitantes de Covas do Barroso que han sido unos intérpretes por partida doble, siendo ellos mismos y mostrando sus vidas, trabajos y demás, y además, interpretando a “los otros”, el enemigo que amenazaba su tierra. Tenemos al mencionado músico Carlos Libo y Paulo Sanches, Daniel Loureiro, Aida Fernandes, Maria Loureiro, Lúcia Esteves, Nelson Gomes, Benjamin Goncalve. Todos ellos muestran una naturalidad y transparencia que hace del retrato una ensayo ficción de una forma de vida y hacer casi en extinción en muchos lugares de este planeta. No deberían dejar pasar La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro, porque además de descubrir unas vidas muy diferentes a las nuestras, tan sometidas a lo urbano, la industrialización en cadena y el vacío existencial, seguimos atentos a la unidad de una comunidad y su lucha en contraposición a unas ciudades donde el yo y el individualismo ha ganado la partida a la asociación y al otro, donde nos miramos a nosotros. La película es también un gran toque de atención para dejar de vernos tanto y mirar a nuestro alrededor, a lo que somos, a los otros y sobre todo, pararnos para no perder la identidad y nuestro camino, y miremos la actitud y la voluntad de los lugareños de Covas do Barroso, todo un lección de vida y humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La terra negra, de Alberto Morais

LAS GENTES DEL MOLINO. 

“Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante que ocupa el poder, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde”. 

Pier Paolo Pasolini 

El universo cinematográfico de Alberto Morais (Valladolid, 1976) lo componen relatos sobre lo humano y la resistencia en el que pululan “los otros”, desplazados e invisibles que hacen de su cotidianidad un coraje para seguir adelante a pesar de los pesares, a partir de una estructura en la que el itinerario establece la forma y el fondo.  En su primera obra Un lugar en el cine (2007), un alegórico documental que  seguía a Angelopoulos, Erice y Tonino Guerra en sus reflexiones sobre la experiencia cinematográfica, en Las olas (2011), un anciano hacía un largo viaje para volver a Argeles, donde estuvo preso después de la guerra, en Los chicos del puerto (2013), unos chavales recorrían de punta a punta Valencia con el propósito de hacer un último recado al abuelo de uno de ellos, y finalmente, en La madre (2016), un adolescente deambula en busca de cariño tropezando con la cruda realidad. 

Con La terra negra, el cineasta, valenciano de adopción, con un guion escrito por Samuel del Amor y él mismo, en el que continúa con los derrotados, pero virando un poco, en ésta ya no hay movimiento ni viaje, todo es mucho más interior, donde vuelve a lo rural como hiciese en La madre, instalándose en una película de corte clásico, estática y pausada, partiendo de una estructura del western más cercana a Peckinpah y Hellman, nos sitúa en un pueblo valenciano en la actualidad alrededor del trabajo de un molino regentado por dos hermanos, Ángel y María al que llega un forastero, Miquel, para trabajar y ser uno más. Inmediatamente, asaltan los recelos de los otros habitantes de la zona y amigos de Ángel, que ansían poder controlar el codiciado molino. Y no acaba ahí la cosa, porque Miquel tiene un poder que puede influenciar en la conducta de las personas. Como pueden imaginar, el conflicto se desata. Morais planta la cámara y nos cuenta una historia con reminiscencias a la tragedia griega, donde la bondad y lo humano y lo sagrado se enfrentan a lo oscuro, a la envidia y a la violencia, y lo hace con una película que se ve con mucho interés, donde todo avanza con reposo y calma, a partir de un tempo en el que prevalecen los personajes, sus relaciones y los abundantes silencios, miradas y gestos, generando una atmósfera muy oscura a través de lo más cotidiano. 

La excelente cinematografía de Roberto San Eugenio, al que conocemos por sus trabajos con el director Samuel Alarcón, construye una luz muy cercana y natural, porque lo que se busca es que lo doméstico adquiera esa misticidad que proviene del personaje de Miquel rodeado de un microcosmos donde impera una rabia violenta que emana en las raíces del odio y la maldad. El montaje de Julia Juániz, tercera película con Morais, después de las citadas Un lugar en el cine y La madre, donde vuelve a realizar un trabajo excelente, en que se impone un ritmo adecuado y abrumador, donde el enfrentamiento entre la luz y la oscuridad es constante, donde lo terrenal y lo divino se manifiestan como en el cine de Pasolini, claro referente que ya estaba en Un lugar en el cine, ya que Angelopulos viajaba hasta Ostia, la playa donde fue asesinado el insigne cineasta-poeta italiano. Juaniz, con más de 70 películas en su filmografía al lado de Carlos Saura, con el que hizo 10, amén de Erice y Mercedes Álvarez, entre otros, construye una magnífica película con unos intensos 100 minutos de metraje, con unos planos que no sólo explican lo que vemos sino todo aquello que permanece en el lugar pero todavía no sabemos ver.

Otro elemento fundamental en la película y en todas las obras de Morais son sus excelentes repartos. Aquí tenemos a una pareja extraordinaria como son Laia Marull, en su tercera película con el director, después de ser la bondadosa compañera de viaje del abuelo de La olas, siguió con la no madre ausente e inmadura de La madre, y ahora, le ha tocado en suerte a María, la que volvió al molinos después que la vida le zurrara bastante, sobrevive llena de amargura y silencio, la llegada de Miquel, interpretado por un grande como Sergi López, uno de los grandes actores del país y de Europa, que da ese toque de extrañeza, persona de vuelta de todo y humanidad que tanto falta en el pueblo maldito. El tercero en discordia es Ángel que hace un magistral Andrés Gertrudix, el hermano heredero, amigo de todos los “otros”, un tipo débil que no acaba de asumir el mando. Y luego están los codiciosos: tenemos a Abdelatif Hwidar, y los valencianos, la gran presencia de un poderosa actriz como Rosana Pastor, Álvaro Báguena, María Albiñana, que ya estaba en La madre, Toni Misó y Bruno Tamarit, que conforman “el pueblo” tan arraigado a la tierra que cualquier extrañeza y diferencia la enfrentan con miedo y usando la violencia grupal como recurso cobarde y enfermizo. 

Morais hace su película más poderosa y más llena de recovecos y pliegues que se erige como ejemplo de una sociedad que no acaba de romper con ese pasado de crueldad y violencia y no tiene la capacidad de resolver sus conflictos mediante la palabra y el amor. Quizás hay una parte de nuestra condición que se resiste a dejarnos y nos golpea con fuerza cuando el miedo al otro y a la pérdida de no sé qué valores ancestrales que nos someten a una realidad que ya no existe, porque los tiempos cambian y nuestras formas de ser parecen ancladas a realidades pasadas que nos envuelven en un aire de superioridad que se mezcla con miedo e irracionalismo. La terra negra es una película que expone todo esto, y lo hace con sencillez y honestidad, sin trampas ni estridencias argumentales, con mucha naturalidad en el que se fusionan lo humano con lo sagrado, lo más terrenal con lo místico, tiene aquello que tanto le gustaba a Bresson, donde los cuerpos lo dicen todo, sin recurrir al diálogo. Tiene ese aroma de la tragedia rural, donde todos están contra todos, donde el bien parece un leve resquicio de luz ante tanta podredumbre y un odio visceral que no razona, que no habla, que pega y mata. Sigamos alerta porque los monstruos siempre se disfrazan de todo menos de lo que son. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA