Entrevista a Pere Marzo

Entrevista a Pere Marzo, director de la película “Goodbye Ringo”, en los Colibri Studio en Barcelona, el miércoles 13 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pere Marzo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Francina Verdés, miembro del equipo, por las gestiones realizadas y su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Mula, de Clint Eastwood

UN TIPO DURO Y SOLITARIO.

En 1992, Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930) interpretó y dirigió Sin Perdón, un western sombrío y crepuscular sobre la venganza y la dignidad de los perdedores, homenajeando al género que encumbró su carrera como actor, un género casi en extinción, además, el Sr. Eastwood dedicaba la película a dos de sus mentores cinematográficos: a Sergio Leone, que lo sacó del anonimato con la famosa trilogía del dólar, Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, y a Don Siegel, que lo devolvió a Hollywood en los años 60 con La jungla humana, Dos mulas y una mujer, Harry el sucio o Fuga de Alcatraz, títulos que lo convirtieron en un actor de renombre capacitado para interpretar a tipos duros, solitarios y con ideas sobre la justicia y la violencia muy peculiares que chocaban con las formas legales. Fueron Leone y Siegel que empujaron a Eastwood a colocarse tras las cámaras allá por 1971 en Escalofrío en la noche, una aventura en la que el director californiano ha construido una carrera sólida y magnífica que abarca los casi 40 títulos, tan importante como su carrera de actor, tareas que ha compaginado con astucia y energía, interpretando a tipos muy solitarios, tipos inadaptados, tipos con sus propias reglas y moral, quizás demasiado austeros y alejados de todos y todo, eso sí, pero nunca exentos de empatía y generosidad frente a los más débiles.

El cineasta estadounidense encontró en el western crepuscular, ese que hizo tan grande gente como Peckinpah, Hellman o Ford, en sus películas con John Wayne en Centauros del desierto, el hombre que mató a Liberty Balance o La legión invencible, o el Gregroy Peck de Yo vigilo el camino, un personaje que se asemeja al que ha construido Eastwood tantos años en tantas películas, como en sus westerns de Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido o la citada Sin Perdón, donde encarnaba a tipos, algunos sin nombre, sin vida, cansados de todos y de todo, y con sed de venganza, justicieros contra la maldad, la injustica y la insolidaridad, que llegaban a un lugar ajeno, hacían su trabajo y marchaban como si se tratara de un fantasma. Incluso en sus dramas más íntimos y urbanos, el western ha seguido siguiendo el marco espiritual o emocional de sus personajes, tipos retirados del mundanal ruido, con sus pequeñas existencias que se ven alborotadas por el enemigo o la injusticia externa imposibles de tolerar para la buena convivencia.

El William Munny de Sin Perdón sentó unas bases formales y argumentales que ha seguido manteniendo el cine de Eastwood, al que todos esos polis retirados, periodistas cansados, cantantes de country venidos a menos, o empleados en las acaballas luchaban sin cesar en su idea más justa y diferente a la del resto, no sin meterse en más de un lío por su obstinación y carácter, enfrentado a todos, todo, incluso a él mismo. Un sosías del tal Munny, podría ser Walt Kowalski el veterano de la Guerra de Corea que interpreta en Gran Torino (2008) enviudado y con vida alejada de su familia y peleado con todos, interviene en la injusticia de aquellos que atentan contra una inmigración asiática en esa América odiosa con lo diferente que marcó Busch bajo su mandato. Earl Stone el protagonista de Mula, la vuelta a la interpretación de Eastwood desde Gran Torino, no estaría muy lejos de la senda de Munny y Kowalski, aunque este octogenario y dedicado al negocio de la floricultura, se muestra más rancio, árido y solitario, alguien que ha antepuesto su trabajo y el reconocimiento al de su familia, que ahora lo rechaza y lo aparta.

El guión de Nick Schenk, el mismo autor que Gran Torino, está inspirado en un artículo del New York Times Magazine titulado Una mula de la droga de 90 años en los cárteles de Sinaloa escrito por Sam Dolnick. Un relato que nos habla de Stone, un octogenario que su negocio de flores venido a menos por la competencia online, está amenazado de desahucio, con ese panorama y en la ruina, encuentra por casualidad un trabajo que consiste en llevar paquetes de un lugar a otro con su vieja camioneta, así, sin más, los portes irán aumentando, los paquetes cada vez serán más grandes, y podrá salvar su negocio, acercarse a su familia vía nieta, y ayudar a sus amigos y conocidos, convertido algo así como un “Robin Hood”. Aunque todo se enturbiará cuando descubre que esos paquetes son cocaína y se ha convertido en una “mula” de uno de los cárteles más importantes de México. A través de un montaje (obra de Joel Cox, con el que Eastwood lleva casi 40 años trabajando) con la música de Arturo Sandoval, protegido del gran Dizzy Gillespie, con esa música de jazz, country y demás baladas que acompañan con amor esta road movie.

Una planificación que recuerda a los grandes westerns que tanto ha amado Eastwood, ahora ha cambiado los caballos por las rancheras, pero siguen habiendo tipos duros, difíciles, mal encarados, ambientes depresivos, solitarios y de pocos amigos, y situaciones donde más de un destino se cruzan, tanto dentro como fuera de la ley. Por un lado, tenemos la peripecia de Stone, con sus más y sus menos, sus complicados relaciones con su familia, la enfermedad de su mujer incluida, y el acercamiento a través de la nieta, y esos “regalos” de los que todos desconocen la procedencia del dinero, el ambiente del cártel, que Stone conocerá y lo harán sentir uno más de todo el tinglado montado, y finalmente, la ley, los agentes de la DEA, que andan ojo avizor para capturar a los narcos del cártel, incluido Stone, al que todos desconocen su identidad y su “trabajo”.

Eastwood sabe construir clásicos al instante, dotar a sus narraciones de una fuerza extraordinaria, construir dramas fuertes y valientes, con la certeza que no dejarán indiferentes, donde dispara a todo lo que se mueve, como esas secuencias que crítica la idea de Trump contra el extranjero, sabiendo sacar humor y sinceridad en lo que toca, o el narrador clásico a la hora de cruzar todas las tramas de la película, que no son pocas, convertido en un maestro del ritmo y el drama in crescendo, rodeado de un equipo de producción que lo lleva acompañando hace décadas, y un reparto ajustado, sincero y lleno de naturalidad, empezando por él mismo, en que esas miradas que son marca de la casa, y esos movimientos del que sabe transitar por ambientes hostiles y difíciles, bien acompañado, como suele ser habitual, por interpretes de la talla de Bradley Cooper (con el que ya había trabajado en El francotirador) Laurence Fishburne (otro que repite después de Mystic River) como también Michael Peña (que ya estuvo en Million Dollar Baby) que interpretan a los agentes de la DEA, o los nuevos fichajes de Dianne Wiest, como la ex mujer, que lo adora y lo odia a la vez, Alison Eastwood como la hija que no lo puede ni ver, y la eficacia de un Andy García como Laton, jefe del cártel, extraordinario con esa voz rota que podría salir de alguna de gánsteres de Scorsese.

Una película magnífica y sobria, un drama íntimo, sobrio e intenso, sin estridencias ni sentimentalismos, lleno de garra y fuerza, una película que nos arranca lo mejor y lo peor de la humanidad, dirigida por uno de los grandes del cine y también, de la vida, donde nos habla de forma pausada y susurrándonos, sobre los avatares de la vida, las segundas oportunidades, sobre aquello que somos y lo que no, lo que amamos y lo que renunciamos, sobre tipos “loosers”, perdedores de la vida y de los sueños malgastados, que tanto les gustaban a cineastas como Fuller o Ray, enfrascados en existencias duras y solitarias, dentro de esa América blanca e insolidaria, que trata a los diferentes, a los raros y a los que no siguen el camino trazado como mala bestias, peor que ganado, aunque ellos, cabezones y fuertes, siguen dando caña, pese a quién pese y pase lo que pase, porque tenemos una vida para bien y para mal, y hay que vivirla según nuestra conciencia, guste o no al resto.

María, reina de Escocia, de Josie Rourke

ENTRE DOS REINAS.

“Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes”

De Macbeth, de William Shakespeare.

La película arranca de una forma austera y concisa, en la que vemos a María Estuardo, de espaldas, mientras es conducida al patíbulo para su ejecución. El ambiente es tenso, sepulcral y ceremonioso. Mientras, nos enlazan con imágenes de Isabel I, su rival y pariente lejana, medio hermana como se hacían llamar, dirigiéndose, también de espaldas, hacia su trono de Inglaterra. Dos secuencias que se irán alternando hasta ver los rostros de frente de las dos soberanas. Una, María, en su ocaso, y la otra, Isabel, en su esplendor. Dos caras de la misma moneda, dos formas de enfrentarse a su destino, y sobre todo, dos imágenes enfrentadas que nos acompañarán a lo largo del metraje. La cinta nos sitúa en el año 1561, cuando María Estuardo, legítima heredera al trono de Escocia, vuelve a su tierra después de enviudar de su esposo Francisco II Rey de Francia, con la intención de acceder a su trono y reclamar el de Inglaterra, que ahora posee Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena. A las dos mujeres les une el parentesco que María es nieta de la hermana de Enrique VIII, y por lo tanto, también puede reclamar el ansiado trono de Inglaterra, también soberano del Reino de Escocia. La llegada a la playa de María y su sequito, nos recuerda a la llegada de Antonius Block, el caballero cruzado de El séptimo sello, de Bergman, arribando exhaustos a las playas de su tierra y besando la arena mojada, después de años de ausencia.

Los productores de la película Eric Fellner y Debra Hay Ward, que ya habían llevado a la gran pantalla la vida de Isabel I en dos sendas películas, Elizabeth (1998) y su secuela del 2007, ambas protagonizadas por Cate Blanchett, tenían la idea de llevar la vida de María Estuardo al cine, biografía que encontraron en el libro María Estudardo, la reina mártir, de John Guy, especialista en la materia, y en la figura de Josie Rourke (Salford, Reino Unido, 1976) con una grandísima carrera en el teatro británico, la directora que debuta para llevar la vida de María Estuardo, y su enfrentamiento con Isabel I, y no sólo ella, sino todos sus súbditos, nobles y caballeros que conspiraban contra ella, con el apoyo incondicional de Inglaterra, que deseaba eliminar la presencia de alguien que reclama lo suyo y ponía en peligro el imperio británico. La película posa su mirada en María y todos aquellos que la siguen, en mayor o menor armonía, nos habla de una mujer de carácter, fuerte y valiente, que no sólo tiene que gobernar un país invadido por un imperio, sino que ha de hacer frente a todas las rebeliones y traiciones a las que se verá envuelta.

La cinta tiene un espectacular diseño de producción, en el que sobresalen su ambientación de la época, tanto en el vestuario, las caracterizaciones y demás elementos que nos devuelven a esos espacios convulsos del siglo XVI, con una cinematografía obra de John Mathieson (colaborador entre otros de Ridley Scott) ejemplar en sus encuadres y el provecho que saca, tanto de los interiores, con esos planos al estilo de Campanadas de medianoche, donde los grandes espacios sombríos y llenos de sombras de Escocia, contrastan con los palacios luminosos y ampulosos de Inglaterra, así como la belleza de los paisajes de esa Escocia indómita y salvaje. El guión de Beau Willimon (autor de la aclamada serie House of Cards) nos lleva a esa Escocia católica, dividida entre los partidarios protestantes de Inglaterra y aquellos que siguen a María, distensiones que nos llevarán por esos lugares oscuros de la película, con esas dos batallas, en las que Rourke opta por lo natural, sin dejarse llevar por lo espectacular o esteticista, o la forma en que nos desvelan los entresijos de la corte, con esos juegos sexuales en los que la homosexualidad estaba a la orden del día, o las escenas de cama entre María y Lord Darnley, filmadas desde un erotismo brutal y creando una simbiosis íntima entre los cuerpos.

La película se cuenta de forma agradable y sencilla, incidiendo en todos los temas que rodeaba la vida desdichada de María Estuardo, con sus amores fallidos, su convulso reinado, esos nobles movidos por la codicia que no dudaban en conspirar contra ella, y encima, con la presencia de Isabel I desde Inglaterra, que ayudaba a los nobles protestantes escoceses a dar rienda a sus deseos de grandeza y altivez, con esos pelucones y maquillajes, más propios de la caricatura y el esperpento, que recuerda a las pinturas negras de Goya, con colores fastuosos y brillantes, con esos ángulos de cámara con contrapicados para mostrar todo lo que sentía y deseaba. Un reparto en el que sobresalen las figuras de Saorsie Ronan, en otra muestra de su aura interpretativa capaz de enfundarse en una reina del siglo XVI, y dotarla de fuerza y carácter, sin un ápice de doblez, otorgando a su personaje sensibilidad y sensualidad. En frente, una Margot Robbie, muy afeada y malévola, que muestra a una reina solitaria, con mucho sexo y nada de amor, obsesionado con su trono, su poder y grandeza, y adulada por todos esos nobles ingleses protestantes con esas ansias de fama y dinero. Y luego, un buen ramillete de intérpretes como Jack Lowden, Guy Pearce, Ian Hart, Joe Alwyn, etc… que consiguen esa crudeza y vileza que rodea a María.

Rourke debuta con una película de hechuras y llena de energía, con un ritmo trepidante y valiente, en la que sobresalen su sinceridad y honestidad, con una sobriedad y elegancia dignas de un cineasta de gran recorrido, un drama con tintes de thriller, con la estructura del western a la antigua usanza, con dos rivales irreconciliables, que lucharán con uñas y dientes, entre el que defiende lo suyo, lo que le pertenece ilegítimamente, y aquel que no desea compartir, movido por su codicia y temperamento, en la dificultad de mirar al otro,  que lucharán por lo suyo hasta el final, sin ningún tipo de titubeo y compasión, una más que otra, como demostrará la magnífica secuencia de su (des) encuentro, extraordinariamente filmada, con esas sábanas blancas que caen entre ellas, como una especie de laberinto, muestra inequívoca de sus diferencias antagónicas, casi como un face to face entre la bella y la bestia, entre la protestante inglesa y la católica escocesa, dos formas de ver el mundo, de enfrentarse a él, de sentir, y sobre todo, de mirar y construir.

Desenterrando Sad Hill, de Guillermo de Oliveira

EL SUEÑO DE UN PUÑADO DE CINÉFILOS.  

“El cine te da la oportunidad de estar en lugares imposibles. Eso es el cine, estar en un sitio donde jamás podrías estar en la vida real. Y de pronto, descubrir que eso existe, que eso forma parte de un terreno extraño y hacer esa especie de arqueología, de juego arqueológico, de encontrarlo. A mí me resulta fascinante, no me extraña que la gente vaya a desenterrar el cementerio de Sad Hill. O sea, es algo que me gustaría a mí también hacer, no. Parece como de pronto que nuestros sueños son reales y eso es una sensación fantástica”.

Álex de la Iglesia

Quizás muchos no lo llegarán a entender, pero aquellos que amamos el cine, que no sentimos fuertemente atraídos por alguna película, por aquellas escenas que nos atraparon, sus diálogos y sus personajes, nos hemos dejado llevar por la experiencia mística de reconocer algún lugar real de alguna película,  y sentir ese momento mágico cuando caminando nos hemos topado con ese lugar ya mítico en nuestras vidas, y hemos descubierto un escenario real donde se llevó a cabo algún rodaje, rescatando del olvido aquella imagen de la película, depositada en nuestra memoria cinéfila, y la hemos comparado con el escenario real, en una simbiosis perfecta entre nuestros sueños y la realidad que estábamos observando.

Algo así parecido sintieron un grupo de amigos cuando en octubre de 2015 acudieron a Santo domingo de Silos, en Burgos, más conocida por los cinéfilos como la localización real del cementerio de Sad Hill, lugar mítico cinéfilo de la secuencia final de la película El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone. Ese grupo de “chalaos” de la película emprendieron hacer realidad un sueño, desenterrar el cementerio sepultado por una amalgama de yerbajos y volver a darle vida 49 años después, y convertirlo de esa manera, en un lugar de peregrinaje para todos aquellos que quieran verlo en realidad, algo así como un lugar sagrado para todos los amantes de la película. La película Desenterrando Sad Hill, de Guillermo de Oliveira (Vigo, 1986) recoge todo ese proceso y habla con sus artífices, también dando voz a fans de la película de la talla de los cineastas Joe Dante y Álex de la Iglesia, o músicos como James Hetfield (vocalista de Metallica) y cómo no, algunos de los miembros del equipo de la mítica película como Clint Eastwood, Ennio Morricone, el mítico músico de los spaghetti western y de tantas obras, Eugenio Salvati, montador, Sergio Salvati, asistente de cámara, Carlo Leva, ayudante de arte, y otros expertos de la película como Sir Christopher Frayling, biógrafo de Sergio Leone.

La cinta viaja en el tiempo y nos explica algunos pormenores de la película, la última de la trilogía del dólar, rodada en 1966, en aquella España franquista gris y tradicional, después de Por un puñado de dólares (1964) y La muerte tenía un precio (1965), y las localizaciones que albergó aquel rodaje, desde la fuerte personalidad de Leone, los soldados de mili, más de un millar, que participaron de extras y ayudaron a la construcción de los decorados, desde el campo de concentración, el puente que estallará y el mítico de cementerio (que alberga 20 minutos de la película), recogiendo diferentes sucesos, anécdotas, testimonios de algunos de aquellos soldados, fotografías del rodaje, y demás documentación. No es sólo una película que habla sobre cine, sino también de la materialización de los sueños, de la memoria cinéfila y sobre todo, de la pasión de legiones de espectadores hacia el cine y alguna película en concreto, el cine como espacio de los sueños, como lo llamaban en la época clásica de Hollywood, aquella “Fábrica de sueños”, pero aquí, el sueño ha construido su propio camino real, resucitando del olvido un espacio real, algo tangible, un lugar sagrado, un lugar que pisaron Leone, Clint Eastwood, Eli Wallach o Lee Van Cleef, entre tantos nombres míticos de la película.

De Oliveira ha realizado su particular y sincero homenaje al cine, documentando a todos aquellos hombres y mujeres que siguen soñando la película una vez que está ha terminado de proyectarse, contándonos a través de pedazos de vida que forman parte de la reconstrucción del cementerio, de la experiencia de todos aquellos venidos de tantos sitios, incluso de Francia, con pala y azada al hombro, para trabajar quitando tierra, hierbas y maleza para devolver al lugar el espacio mítico y sagrado que tenía en la película, para resucitarlo, darle vida otra vez, con ese duelo final que ya forma parte, no sólo de la historia del cine, sino de tantos espectadores que la siguen recordando y explicando, porque lo que nos viene a decir la película que el cine y la vigencia de su memoria esta en mano de los espectadores, esos cinéfilos que aprovechan su tiempo para localizar y reconstruir el cementerio de Sad Hill, porque, al fin y al cabo, los sueños son más sueños cuando se convierten en realidad, cuando la película se convierte no sólo en un pedazo de historia desenterrada, sino en un lugar sagrado, donde todos y cada uno de sus admiradores, pueden encontrarse y sentir todo aquel aroma que sintieron el equipo de la película cuando pisaron aquel lugar, en el que el Tuco corría desesperado encontrar la tumba de Arch Stanton que guardaba el tesoro, o pisaban el empedrado mientras sonaban la maravillosa melodía de la mítica The Ecstasy of Gold.


<p><a href=”https://vimeo.com/290700694″>TRAILER DESENTERRANDO SAD HILL</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

The Rider, de Chloé Zhao

BUSCANDO TU CAMINO.

“Si este mundo es para los que ganan. ¿Qué queda para los que pierden? Alguien tiene que sujetar los caballos”. (Diálogo de la película Junior Bonner)

Brady Jandreau tiene 20 años y era una prometedora figura de los rodeos montando a caballos salvajes. Aunque, esos días de gloria han pasado a mejor vida. Ahora, Bady tiene que asumir su propia vida, ya que se recupera de un accidente sufrido en uno de los rodeos, que le ha provocado una durísima lesión cerebral que le ha afectado a otras partes de su cuerpo. Brady sólo sueña con seguir montando a sus caballos en los rodeos, pero tendrá que asumir su propia condición y en seguir con su vida a pesar de todo. La segunda película de Chloé Zhao (Pekín, China, 1982) se centra en una experiencia real, la del joven Brady y su entorno, la de esa América profunda que vive alejada del mundanal ruido, entre caballos salvajes, llanuras silenciosas y atardeceres solemnes, en el que todas las vidas están relacionadas con los caballos y los torneos de rodeos, donde los sueños, las esperanzas y los miedos se mezclan en una tradición ancestral que nace en los primeros colones de esas tierras rojizas y duras.

Durante la filmación de su primera película Songs My Brothers Taught me (2015) filmada en la reserva india Pine Ridge, en Dakota del Sur, Zhao conoció a los sioux Oglala Lakota (que se traduciría como los vaqueros indios) que viven y trabajan con caballos salvajes y sueñan con ser figuras del rodeo. Uno de esos chicos es Brady Jandreau y después de conocer los pormenores de su grave accidente y su habilidad para la doma de caballos, la directora enfocó su siguiente trabajo en contar su experiencia y su nueva vida. La directora chica-estadounidense nos habla de loosers (perdedores) pero no lo hace desde un prisma vacuo o superficial, sino desde las entrañas (como bien muestra su crudeza en el arranque cuando Brady, frente a un espejo, nos muestra sus heridas) y también, desde lo poético, filmando a su personaje y su entorno desde la intimidad, desde esos silencios que abruman esa tierra difícil de trabajar y de vivir.

Una película sobre la amistad y el compañerismo, como esos momentos donde Brady y sus colegas recuerdan sus hazañas, esas que no todos podrán vivir alguna vez y otros volverán a sentir (mientras un atardecer rojizo los va oscureciendo) filmando esa luz que los baña oscureciendo unos rostros de sueños rotos y esperanzas en el aire (obra del cinematógrafo Joshua James Richards, que vuelve a colaborar con Zhao) a través de ese tiempo detenido   que es ahora la vida de Brady (con esas visitas a su amigo Lane, que un accidente en el rodeo lo ha dejado en estado vegetativo) cuando los dos jóvenes sueñan con esos tiempos donde la luz brillaba con fuerza y el público los adoraba, ahora ya no hay nada de eso, ahora la vida sigue, pero pro otros caminos, unos caminos que deberán a hacer suyos, y sobre todo, adaptarse a que la vida ya es otra cosa. Zhao nos habla de sinceridad, adoptando un realismo que en ocasiones mata de lo sincero y terrible que llega a ser, donde no ha medias tintas, en un mundo feroz y salvaje, en el que humanos y bestias se relacionan de manera extrema, donde el amor y el odio se funden y confunden creando relaciones de fuerte cariño, pero también, de extrema crueldad, donde los animales son sacrificados si se hieren, pero los humanos siguen viviendo aunque estén heridos y no puedan seguir trabajando para su sueño.

Brady aunque le cueste aceptar su nueva vida y siga pretendiendo volver a los rodeos, a pesar de la negativa de su padre y hermana, una hermana que padece el síndrome de Asperger, pero tiene esos momentos emocionales con ese hermano al que adora, y la ausencia de su madre fallecida (con esa visita a su tumba, momento que recuerda al cine de Ford, donde los tipos duros también añoraban a los ausentes que les llevaban a otros tiempos con más luz). La narrativa de Zhao recoge ese aroma de los grandes títulos del western de perdedores, en el que el cine de Peckinpah estaría a la cabeza, con Junior Bonner, título emblemático ambientado en el mundo del rodeo, donde un tipo errante vuelve a su hogar, pero se encontrará una familia dividida y un tiempo que ya no le pertenece, como le ocurría a Jeff Mc Cloud (que interpretaba Robert Mitchum) que un accidente en el rodeo lo incapacita y vuelve a casa, y tiene que afrontar su nueva vida como entrenador de aspirantes al rodeo, en la estupenda The Lusty Men, de Nicholas Ray, o Unforgiven, de Clint Eastwood, buena parte de su cine, en el que retrata a esos hombres a vueltas de todo, donde su tiempo, cuando todo parecía brillar, se terminó y ahora tienen que afrontar el reto de vivir sin más, con otras ilusiones y sueños.

Zhao ha construido una película sencilla y honesta, donde a través de un documento anclado a la realidad, más propio del cine documental, ha creado un relato grandioso sobre los vaqueros actuales, su modo de vida y que se cuece en sus entrañas, que sigue la estela de los grandes western crepusculares, donde veíamos las aristas y sueños rotos de tantos aspirantes a la gloria que por algún motivo, quedaron en el camino, y ahora deben volver a levantarse y encontrar su camino y lugar en el mundo, esos tipos invisibles, sobre todo aquello que quedó truncado, roto en sí mismos, en un fidelísimo y sobrio film sobre esa América que nunca sale en los informativos, a no ser que sea por algún caso violento o cosas parecidas, esa América que vive en el campo, trabajando sus sueños a golpe de rabia y miseria, donde nunca hay tiempo de revolverse, porque la esperanza y los sueños se sujetan por hilos muy finos y frágiles, donde cualquier brizna de viento y mala suerte, puede acabar con ellos de un plumazo.

La novia del desierto, de Cecilia Atán y Valeria Pivato

LAS PIEDRAS EN EL CAMINO.

“Solo nos encontraremos a nosotros mismos cruzando el desierto”.

Erase una vez una mujer que atendía al nombre de Teresa Godoy, que pasaba del medio siglo. Un día, en la casa donde servía hacía más de 30 años, le comunicaron que la vendían y su destino sería otra casa, a más de 1000 kilómetros. Teresa, muy a pesar suyo, cogió el autobús y se dirigió a su nuevo hogar. En un lugar del camino, el transporte se averió, y tuvo que pararse en un pueblito, conocido como el de la tierra de la milagrosa “Santa Correa”, donde según se cuenta una señora pereció cruzando el desierto y su bebé se alimentó del pecho de la fallecida. En ese lugar, donde tantos acuden a pedirle a la santa, Teresa se olvida su bolsa de equipaje, sus únicas pertenencias, más concretamente en la camioneta de un vendedor ambulante al que todos conocen por “El Gringo”. Y ahí, justo en ese instante, donde Teresa, sola y desamparada, comienza su verdadero viaje, un viaje con destino a sí misma, un viaje que la llevará a conocer lo más profundo de su ser.

La puesta de largo de Cecilia Atán (Buenos Aires, Argentina, 1978) y Valeria Pivato (Buenos Aires, 1973) fogueadas en equipos de dirección de cineastas de tanto prestigio como Pablo Trapero, Juan José Campanella, Christopher Hampton o Juan Solanas, entre otros, donde aprendieron el oficio de contar historias y a resolver mil y un problemas. Las cineastas argentinas nos cuentan su película a través de saltos en el tiempo, en concreto, dos tiempos, el presente, donde Teresa se ve parada en el pueblito de la Santa, y luego, los últimos días en la casa de los señores, dos lugares donde se describe el interior de Teresa, la casa de Buenos Aires, donde Teresa domina cada espacio, donde ha hecho su vida y donde se siente una más, su espacio de seguridad, en cambio, el desierto y ese pueblito, se convierten en ese espacio de incertidumbre, de soledad, de perdida, de no saber qué ocurrirá, de sentirse sola y sin saber adónde ir. El olvido de su bolso, que la llevará a conocer al Gringo, ese vendedor ambulante curtido en mil guerras, simpático y bonachón, que le despertará de su letargo vital y de sus miedos, y la llevará a un autoconocimiento inesperado, como algo caído del cielo, algo bienvenido que le abrirá puertas que jamás hubiera conocido de haber continuado en la casa de Buenos Aires.

Atán y Pivato nos cuentan esta fábula de seres solitarios a fuego lento, describiendo cada detalle, sin prisas, saboreando cada haz de luz, cada espacio, por mínimo y sencillo que sea, recuperando el sabor del western, con sus pueblos apartados, sus gentes sencillas, donde una puesta de sol o un atardecer se convierten en instantes sin tiempo ni lugar, donde dos almas solitarias se encuentran en mitad de la nada, por casualidad, sin haberlo previsto ni preparado, como suceden las mejores cosas de la vida, sin nada y sin tiempo, sólo con la actitud de caminar y dejarse llevar por sus pasos. Contemplar el horizonte subidos a una pequeña colina, departir con unos amigos mientras se cena entre risas y recuerdos en mitad de un cielo estrellado, deambular en el auto caravana por carreteras sin más compañía que ellos mismos, o dejarse caer por casas sencillas donde habitan algún amigo que nos muestra la vida corrida o aquellos instantes donde éramos otros.

La magnífica luz de Sergio Armstrong (habitual del cine de Pablo Larraín) que baña con colores cálidos e íntimos esta pequeña odisea de Teresa y su compañero accidental Gringo, dos almas en mitad del camino, dos seres en la madurez a vueltas de todo, dos criaturas con su batalla de por medio, dos caminantes en un camino por descubrir, por emprender, por transitar, porque cualquier día puede ser ese día, ese momento donde todo empieza a ser diferentes sin saber porqué motivo, donde las cosas cotidianas adquieren un nuevo empuje, una nueva utilidad, donde parece que todo aquello que alcanza tu mirada, que ayer era un lugar más, hoy día se convierte en un lugar maravilloso, lleno de todo aquello que tanto ansiabas sin saberlo, de todo tu mundo a tu alcance, deteniéndose en las cosas más sencillas y humildes, capturando lo más insignificante, donde una mirada te cambia la vida, donde un beso, y no un beso cualquiera, te lleva a esos lugares imposibles de describir, donde sólo hay espacio para sentir y dejarse llevar por el camino.

Las dos cineastas bonaerenses han construido una película maravillosa, sutil y cautivadora, llena de imágenes y momentos cotidianos convertidos en pura magia, en puro amor, donde nos invitan a descubrir dos seres de acá y allá, intensamente interpretados por Paulina García (la inolvidable Gloria, de Sebastián Lelio, una mujer que rompía con todo y empezaba a respirar) con esa composición a través de sus silencios y su movimiento corporal, algo así como una oruga que lentamente se irá convirtiendo en mariposa, y a su lado, “El Gringo”, interpretado por Claudio Rissi (con una extensa carrera de más de 30 títulos con directores del talento de Aristarain, Piñeyro o el desaparecido Bielinsky, entre otros) como ese vendedor sin patria y lugar, entrañable, sincero y parlanchín. Dos almas sin destino, con todo por caminar, porque nunca es tarde para empezar a hacerlo, en esta intimista y fascinante primera película, que en sus 78 minutos, las cineastas Atán y Pivato nos envuelven en sus paisajes desérticos, bonitos y duros, en un viaje hacia el interior, en un entorno de místico, de santas y milagros, envueltos en una delicada y suave historia de amor en la madurez, porque como dice el poeta: “Todo está por verse, todo está por caminar y todo por sentir”.

Sweet Country, de Warwick Thornton

EL DESIERTO ROJO.

Tierra difícil, tierra agreste, dura y sucia. Tierra roja, de sol abrasador, de roca clavada en el alma, de vidas duras, de vidas llenas de polvo, de vidas asfixiantes, de vidas en la cuerda floja, y así un día tras otro, esperando que el amo quiera, a su merced, a su antojo, y desprovistos de las tierras, de su vida. El cuarto trabajo de Warwick Thorton (Alice Springs, Australia, 1970) vuelve a centrarse en los aborígenes, en los suyos, en aquellos indígenas que por orden de la Corona Británica fueron despojados de sus tierras ancestrales, vestidos con ropas blancas, y dispuestos a trabajar gratis para sus dueños. Thorton sitúa su película en la década de los 20, más concretamente en el año 1929, y en la tierra donde creció, Alice Springs, en el interior de Australia, en el norte, y plantea un retrato que mucho tiene que ver con su debut, Sanson & Delilah (2009) y sus posteriores trabajos, las películas colectivas The Turning (2013) y Words with Gods (2014) donde explica los orígenes y las existencias de aborígenes. En Sweet Country, en la que ya desde su título, totalmente irónico por el devenir de los hechos que se sucederán en la película, nos presenta a Sam, un aborigen que vive junto a su mujer Lizzie y su sobrina, en la casa de Fred Smith, un predicador que trata a Sam con total respeto y educación, como uno más.

En ese ambiente tan seco y complicado, no todos los blancos adoptan la misma posición. Hay otro, Mick Kennedy, que trata a sus trabajadores aborígenes como bestias, y en especial al joven Philomac, al que maltrata y veja por cualquier nimiedad. Y más allá, otro de los granjeros, Harry Marck, un desquiciado veterano de la primera guerra mundial, aún va más allá, y utiliza a los aborígenes cometiendo delitos muy graves hacia ellos. Thornton, con la ayuda de su coguionista David Tranter, aborígenes los dos que crecieron en el mismo entorno, no hacen una película de buenos y malos, sino de un estado de ánimo de aquel momento, en el que unos tuvieron todos los derechos, y otros, no. Y no construyen una trama compleja, para nada, nos hablan de un caso en concreto, en el que Philomac desaparece y en esa búsqueda que emprenden acaban en el rancho del predicador donde se desata la tragedia. Todo sucede como otro día cualquiera.

El cineasta australiano compone un western duro y seco, muy crudo en algunos momentos, con tipos barbudos, que fuman sin parar y beben whisky, en el que el calor abrasa y quema sin piedad, en el que las reglas del juego han cambiado para los aborígenes, ya que sin ser esclavos son tratos como tal, casi sin nada, sin derechos, y con una existencia extrema y pobre. Los personajes de la película se mueven por instinto, casi como bestias salvajes, donde hay poco que perder o nada, en el que unos ordenan y los otros, con la cabeza cabizbaja, obedecen asumiendo su condición miserable. Encontramos elementos característicos del western clásico: la frontera, la confiscación de tierras, la subordinación y conquista de un pueblo, los problemas territoriales, y un paisaje bello y cruel a la vez, excelentemente cinematografiado por Thornton que también es un consumado cinematógrafo, extrayendo la belleza y la oscuridad que encierran esas tierras casi solitarias. Sam se defiende ante los ataques de Harry, aunque en este nuevo contexto social, parece que Sam debe soportar las maldades de Harry sin más, aunque no lo hace y se defiende. Aunque esto le obligará a huir junto a su mujer bajo el desierto rojo.

Thornton nos explica dos películas en una, en la primera mitad, la película muestra las duras condiciones de los aborígenes y demás, y luego, cuando sucede el conflicto con Harry, la película se convierte en una road movie por el desierto, donde el sargento Fletcher se lanza con la compañía de unos cuantos, a dar zaga al huido Sam. En una trama sencilla, sujetada a una estructura clásica, donde los personajes y sus conflictos se erigen como el centro de la trama, en el que tantos unos como otros se posicionan, según su conciencia y contexto social, por uno o por otro, en una aventura de tonos épicos, pero cerca de la mirada de Monte Hellman, y muy alejadas de esos relatos donde ensalzan al protagonista o sus hazañas. Aquí, la cosa va por otro lado, construyendo una trama honesta en la que se habla de la identidad de uno mismo, de quién eres cuando te lo han arrebatado todo, de cuál es tu camino, y hacía donde se encaminará tu vida, rodeados por un entorno muy duro, tanto físicamente como emocionalmente, en el que todo lo que habías conocido ha dejado de existir, y ahora, aunque no lo aceptes, debes vivir de otra manera que no es la tuya.

Un brillante reparto encabezado por los veteranos Brian Brown como el sargento, y Sam Neill como el predicador, bien acompañados por los rudos y malolientes (que más parecen una pareja de hermanos bandidos que granjeros) Thomas M. Wright y Ewen Leslie, como los malcarados Mick Kennedy y Harry March, respectivamente. Matt Day como el Juez Taylor. Y las grandes sorpresas de la película, los intérpretes aborígenes debutantes en la película, empezando por Hamilton Morris que da vida a Sam, su mujer Lizzie encarnada por Natassia Gorey-Furber, Gibson John como Archie y finalmente, los gemelos Tremayne y Trevon Dolan que hacen de Philomac. Unos intérpretes que componen personajes sobrios, solitarios, que hablan poco y miran mucho, que se mueven por unos ranchos donde la existencia duele, donde el aire a veces es tan denso que es insoportable, donde la tierra roja enmudece y entierra a todos, donde la belleza y la tragedia se mezclan en demasiadas ocasiones, donde cada día parece ser el último.