The Fourth Kingdom, de Adán Aliaga y Àlex Lora

EL REFUGIO DE LOS DESHEREDADOS.

En un momento de la película, escuchamos la voz de un inmigrante sudamericano que nos explica que él ha visto a los extraterrestres, una extraña luz que le invadió, y piensa que quizás cayeron todos a la vez a la tierra y hablan diferentes idiomas, y entonces, resuelve diciendo que es nuestro deber entenderse. Una interesante reflexión que viene de alguien que trabaja en “Sure We can” , un gran centro de reciclaje de botellas y latas de vidrio y plásticos en pleno corazón del barrio de Brooklyn en Nueva York, donde infinidad de desplazadas por el sistema han encontrado, no solamente un espacio donde pueden trabajar en el mundo del reciclaje, canjeando sus desechos por dinero, sino también, y esto es lo importante, una esperanza en su vida y compañía, en un gigantesco espacio donde comparten trabajo, soledad y conversaciones. The fourth kindgom es una película de 14 minutos, donde sus directores Adán Aliaga (San Vicent del Raspeig, Alicante, 1969) y Àlex Lora (Barcelona, 1979) construyen una película de observación, capturando desde la intimidad y el respeto que se merecen todas las personas que trabajan en el centro del reciclaje, porque sus miradas recorren cada espacio de ese lugar, sus gentes y su funcionamiento, y cómo se acumulan los desechos formando montañas y estructuras donde las bolsas y cajas con residuos se almacenan, y también, como se convierten en compuesto que vuelve a utilizarse para realizar plásticos o latas, y así el recorrido vuelve a empezar, en un sinfín continuo que nunca se detiene.

Aliaga que debutó con La casa de mi abuela (2006) que obtuvo un gran reconocimiento internacional, a la que siguieron trabajos interesantes como Estigmas (2010) la película colectiva Kanimambo (2012) o El arca de Noe (2014), donde se ha distinguido por mostrar realidades diferentes y ajenas desde un punto de visto reflexivo y emocionante, firma por primera vez la dirección con Alex Lora, residente en Nueva York, con una filmografía en la que hay más de 20 cortos dirigidos, entre ellos Thy father’s chair (2015) en el que se detenía en la excentricidad de dos hermanos judíos ortodoxos que debían de limpiar su casa almacenada con innumerables desechos. Aliaga y Lora describen ese universo de reciclaje atrapando sus sonidos, el paisaje humano y las conversaciones de estos, y lo hacen sin inmiscuirse en el transcurso de lo que allí va sucediendo, filmando desde la observación, desde ese lugar en el que se muestra sin intervenir, sin juzgar, donde consiguen atraparnos e interesarnos por todo lo que allí vemos, y lo hacen desde un dispositivo sencillo y honesto, en el que la vida sucede.

Los diferentes personajes que se mueven por el centro, nos van revelando sus sueños, sus pasados, sus reflexiones y quiénes son, los René, Pierre, Walter, Eugene y Ana, sólo son algunos de los muchos desfavorecidos que emprendieron el sueño americano pero que se tropezaron de bruces con una realidad difícil y en ocasiones, excesivamente cruel para los más débiles. Ahora, en su presente, emprenden una vida digna y con futuro, recogiendo los desechos por la ciudad (que muy acertadamente, los directores no nos mostrarán, centrándose en exclusividad en el paisaje del centro de reciclaje) y llevándolos a ese lugar, que intercambiarán por unos cuantos dólares que les servirá para seguir tirando, y ver su vida con un poco de más luz. Aliaga y Lora nos rescatan un lugar que a simple vista se ha convertido en el refugio de los desheredados, de aquellos que no tienen nada, de aquellos que el sistema implacable y destructivo ha eliminado, los ha invisibilizado y sobre todo, estigmatizado, dejándolos desahuciados, sin nada que tener ni adónde ir. En el centro de reciclaje encuentra un espacio humanista, donde volver a ser personas, construir su identidad, y sentir que aunque sea difícil, siempre hay un camino para seguir con una vida digna.

Una película que en sus escasos 14 minutos condensa la terrible paradoja de la sociedad capitalista (lo que unos desechan sirve para que otros vivan) nos habla sobre la dignidad humana, las esperanzas y sueños también reciclados y reconvertidos en válvulas de aprovechamiento y vuelta a empezar, una especie de espacio donde reciclarse como persona, al igual que los desechos, y encarar la vida con más optimismo. También, nos habla sobre la explotación de los objetos y recursos del sistema capitalista, feroz y salvaje en su estructura, que continuamente compra y desecha, y vuelta a comprar y desechar, en un torbellino de locura y sinsentido, que aumenta considerablemente día tras día la distancia entre las clases pudientes y los más desfavorecidos, dejándoles casi sin recursos laborales para poder vivir. Aliaga y Lora arrojan luz a este colectivo de desheredados, a este grupo humano que ha encontrado en los residuos y desechos una forma de trabajo para construir una vida digna, con esperanza y en compañía, porque como explica uno de los protagonistas ahora las cosas han adquirido otro color, ahora la vida parece diferente, y se ve con ganas de vivirla.


<p><a href=”https://vimeo.com/243676359″>The Fourth Kingdom Trailer Español</a> from <a href=”https://vimeo.com/jaibofilms”>Jaibo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Encuentro con Carla Simón y Elena Martín

Encuentro con Carla Simón y Elena Martín, directoras de “Estiu 1993” y “Julia Ist”, respectivamente, con motivo de la mesa “Diàleg entre Cineastes. Filmar des de les emocions autobiográfiques. Com sostenir la idea d’una pel.lícula”, organizada y moderada por Gonzalo de Lucas. El acto tuvo lugar el martes 13 de junio de 2017 en la Sala Mompou de la SGAE en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón y Elena Martín, por su tiempo, conocimiento, cariño y generosidad, y a Gonzalo de Lucas, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

La Chana, de Lucija Stojevic

EL ALMA DE LA BAILAORA.

“Nací para bailar. Por las noches me quedaba despierta con la cabeza debajo de la almohada, repitiendo los ritmos en mi cabeza hasta que se convirtieran en una parte de mí. ”

TACA, TACA, TACA, TACA, TACATACATACATACATA, TACATA. La Chana baila sobre el escenario, se encuentra en éxtasis, poseída por el compás, en perfecta comunión entre su alma y los movimientos que ejecuta, llevados por un ritmo vertiginoso, a una velocidad endiablada, un ritmo que impone la bailaora que les cuesta seguir a los guitarristas. Sus pies se mueven con una profunda agitación, van de un lado a otro sin pausa, ejecutando todos los movimientos a velocidad de crucero, no sigue ningún guión, tampoco ningún ensayo previo, todo se sustenta en la improvisación y en su arte, una pasión nacida desde las entrañas, en trance entre alma y cuerpo, realizando perfectas combinaciones rítmicas alejadas de lo tradicional, dando un golpe a la mesa a lo inamovible a  través de la innovación, la expresión y la fuerza que la acompañan. La Chana hechiza al respetable público, todos hipnotizados con sus movimientos, en una alianza que traspasa el alma, entre la bailaora, el flamenco y el público que guarda un silencio sepulcral en la sala, sólo escuchamos el intenso zapateado y taconeo de la llamada emperatriz del flamenco.

La puesta de largo de Lucija Stojevic, que cuenta con un gran trabajo de montaje de Domi Parra (habitual de Isa Campo e Isaki Lacuesta) nos cuenta la vida, obra, milagros y soledades de Antonia Santiago Amador, de nombre artístico “La Chana”, una de las más grandes bailaoras del flamenco, y lo hace desde el aquí, en plena actualidad, cuando la bailaora con 67 años, se prepara para volver a bailar en un teatro. Encontramos a una artista veterana, que la artritis y los dolores de espalda han limitado su cuerpo, pero que debido a esa fuerza innata de incansable luchadora, sigue zapateando, aunque ahora sentada, pero con la misma fuerza que la encumbró en los 60, 70 y 80, cuando todos eran testigos de su arte, incluso el mismísimo actor Peter Sellers, con el que trabajó en la película The Bobo (1967) y quiso llevársela a Hollywood, pero la Chana no fue, la Chana era la reina del escenario, la artista inigualable que destrozaba conceptos arcaicos y se lanzaba a un endiablado movimiento a gran velocidad que rompía convenciones y tabús de los más puristas del baile, aunque detrás de la artista, se encontraba la ama de casa, la mujer maltratada por su marido, que la acompañaba a la guitarra, una violencia que se mantuvo durante 18 años, en la sociedad patriarcal de la época, y además, su condición de mujer y gitana.

Stojevic penetra en su hogar, en sus trajes, en sus zapatos, mostrándonos su interior y exterior, sus recuerdos y objetos, traspasando la intimidad del personaje público para desnudarnos a la persona, a esa mujer de infancia difícil que, encontró en el baile la mejor manera de expresarse ante el mundo y sobre todo, de rebelarse ante el ambiente machista de su entorno. Una carrera intermitente debido a estos problemas no consiguieron amilanar la fuerza de su alma ni tampoco la extraordinaria creatividad que poseía, convenciendo a los más tradicionalistas con su maravilloso baile, que escapa de cualquier convencionalismo y etiqueta en el mundo del flamenco. Una gran innovadora, una revolucionaria del flamenco, autodidacta, que memorizaba casi sin querer los movimientos que escuchaba por la radio cuando era una niña, una grande o incluso la más grande como la han llamado aquellos que más saben.

La directora nacida en Zagreb, filma a Antonia mientras recuerda a la Chana, donde la persona pública e íntima traspasa la imagen para condensarse en una sólo, de la que escuchamos un testimonio sincero, amable, que nace desde lo más profundo de su corazón, hablándonos casi en susurros de su arte, su baile, su improvisación, de la importancia del compás, de sus cierres después de un torbellino de zapateo, de todo lo que la hizo convertirse en la más grande, en aquellos tiempos negros de la España franquista, pero también, hay tiempo para el dolor, los años oscuros de maltrato, las ausencias en contra de su voluntad de los escenarios, las penas, el aislamiento, y las soledades que tantos años le acompañaron, y nos lo cuenta sin máscaras, a tumba abierta, sin adornos ni edulcorante, cómo ocurrió y cómo lo recuerda, con alegría y tristeza, con dolor y rabia, pero también, con humildad y honestidad, de cara, sin esconderse, echando pa’lante con una hija y sin nada.

Stojevic no sólo ha creado un viaje íntimo de una artista que baila con el alma, sino que ha construido una película que va más allá del documento, penetra en sus profundidades, revelándonos su vida y testimonio, en un encuentro emocionante sólo posible en el cine, en el alma de la película, cuando la artista y la mujer, o lo que es lo mismo, La Chana y Antonia Santiago Amador se encuentran y dialogan una con la otra, sin rencores, sin reproches, sólo con una mirada intensa y catártica, en la que se crea un lazo irrompible, convirtiéndolas en la mujer que era su dueña en el escenario, donde todos la seguían (como una especie de flautista de hamelín del baile) y aquella que sufría la violencia doméstica, y tuvo que mantenerse en pie, a pesar de todas las cornás que le dio la vida, porque su poderosa fuerza que la hizo triunfar en el escenario con su arte, también le ayudó para vencer esos frentes que aparecieron en su vida, plantándose con casi setenta años y con ganas de seguir zapateando.


<p><a href=”https://vimeo.com/237379069″>TRAILER LA CHANA ESP 2017</a> from <a href=”https://vimeo.com/user1287458″>Noon Films SL</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Carla Simón

Entrevista a Carla Simón, directora de “Estiu 1993”. El encuentro tuvo lugar el jueves 6 de julio de 2017 en el hall de los Bosque Multicines en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Entrevista a Valérie Delpierre

Entrevista a Valérie Delpierre, productora de “Verano 1993”, de Carla Simón. El encuentro tuvo lugar jueves 29 de junio de 2017 en la oficina de la productora Inicia Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Delpierre,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Montse Pedrós de Inicia Films, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Verano 1993, de Carla Simón

LA NIÑA QUE NO PODÍA LLORAR

Érase una vez, en un pasado no muy lejano, una niña que se llamaba Frida. Frida tenía 6 años y vivía en la ciudad con su madre y abuelos. Un día, su madre murió, pero Frida no podía llorar, no le salían las lágrimas. Entonces, se fue a vivir con sus tíos y su prima Anna a un pueblo rodeado de montañas. A partir de esta premisa, la película se abre de manera concisa y elocuente, situándonos en la noche de San Juan, donde niños y mayores disfrutan de los petardos y la música. Frida, a la que vemos de espaldas, en mitad de la noche, observa a su alrededor, un niño se le acerca y le suelta: ¿Y tú, perquè no plores? Frida no contesta. A raíz de esta dicotomía, subyace toda la propuesta de la opera prima de Carla Simón (Barcelona, 1986) en la que nos invita a recordar su infancia, a volver a aquel verano de 1993, cuando su vida cambió, su vida dio un giro de 180 grados para recomenzar de nuevo, con otra familia, sus tíos Marga y Esteve, y su primita Anna, y en otro ambiente, una masía en mitad del bosque, y con los recuerdos de su vida hasta ese instante. Simón ya había explorado la memoria de su familia en sus anteriores trabajos, en Lipstick (2013) filmada en inglés, abordaba el vacío que dejaba el fallecimiento de la abuela en el entorno familiar, en Las pequeñas cosas (2014) la relación difícil entre una madre e hija, y finalmente, en Llacunes (2016) ejercicio que, a través de un tratamiento experimental, donde construía un dialogo con la memoria de su madre.

La directora catalana se sumerge en su propia vida para contarnos ese tiempo de tránsito, ese tiempo de duelo, en el que Frida deberá enfrentarse a ella misma y al entorno que la rodea, a mezclarse con ese paisaje hostil, y a la memoria de su madre, y el lugar y la familia que deja en la ciudad. Simón mezcla con sabiduría las emociones complejas y extrañas que va experimentando la niña con la época estival, en la que se suceden los diferentes juegos, los baños en el río, los disfraces, la bicicleta, las visitas a la piscina, la diversión en la plaza corriendo y trotando, perderse por el bosque, visitar la huerta y coger coles en vez de lechugas, arreglar la bicicleta, bailar al son del ritmo de moda, disfrutar dels “gegants i capgrossos” y bailar en la verbena de “Festa Major” etc… La experiencia de la vida durante la infancia en verano, en la que la alegría y la diversión forman parte de nuestro mundo, confundido con la tristeza por el dolor, en el que la ausencia y la pérdida van apareciendo en forma de actitudes extrañas que va manifestando Frida, en mostrarse hostil con ciertas cosas, imponer su criterio y engañar a su prima pequeña Anna, y sobre todo, sentirse que no pertenece a ese mundo, un mundo que se le ha impuesto, al que quiere abandonar, volver al piso que compartía con su madre, regresar con la que considera su familia de verdad, que le regalaron la hilera de muñecas que custodia celosamente en el quicio de la ventana, o el intento de fuga en mitad de la noche, o  los instantes que reza frente al altar en un hueco en el bosque, por indicaciones de su abuela (como cuando Wayne le hablaba a la tumba de su mujer en La legión invencible).

Simón logra una película bellísima, logrando capturar la vida en su esencia, con sus pros y contras, acercándose a la infancia quebrada, desde la delicadeza, mostrándose sensible a lo que nos cuenta, sin nunca caer en la excesiva dramatización, apenas hay música añadida, la que escuchamos forma parte del ambiente, como esa música de saxo que entra en los encuadres de forma suave. Simón nos cuenta un drama, donde la muerte tiene una gran presencia, la ausencia de la madre, sí, pero lo hace desde la vida, desde la alegría de vivir, en una cinta luminosa, divertida, pero también oscura, en el que Frida a veces se muestra cariñosa y alegre, y en otras, ausente, como en otro lugar, ensimismada en otro tiempo. Los tíos, Marga y Esteve (magníficos Bruna Cusi y David Verdaguer, demostrando con creces que tenemos intérpretes de gran altura para rato) intentan aportar calor y hogar a Frida, ellos también tienen que adaptarse a la nueva vida, a las emociones contradictorias y extrañas de la niña, a su duelo, a su incapacidad de llorar, a extraño comportamiento, a no entender que el mundo, y sobre todo, la vida nos tiene reservadas situaciones que nunca entenderemos, y más cuando somos niños.

Simón ha parido un cuento enorme, de concisión narrativa y argumental, en el que todo se cuenta a fuego lento, en el que su encuadre, de espíritu libre, se sustenta en la mirada de Frida, en su mirada triste y alegre, en esa complejidad emocional que atraviesa a la niña, y a todos los que le rodean, a su nueva familia, y a la otra que ha dejado, con la que quiere volverse, detener el transcurso de la vida, y sentir que nada ha cambiado, que todo puede volver a ser como antes, deseos insatisfechos de una niña demasiado pequeña que todavía no comprende ciertas cosas y que siempre pregunta por el estado del piso de la ciudad a su tía. Simón nos invoca a otros niños y niñas huérfanos, desamparados y perdidos como los Edmund Kohler, Antoine Doinel, la Paulette (de Juegos prohibidos, con la que guarda cierto paralelismo en muchos aspectos), la Dorothy de El Mago de Oz o la Alicia que se veía sorprendida en el país de las maravillas, o el François de La infancia desnuda, al que le costaba adaptarse a los ambientes familiares, o aquellos rubios que nutrían la memoria de Albertina Carri, o ciertos ambientes y vacíos que experimentan los del cine de Lucrecia Martel.

La cinta de Simón recuerda a aquel cine español de inicio de los setenta en el que autores como Saura o Erice recordaron su infancia, aquella fracturada por la guerra, como el Luis de La prima Angélica, o las Ana, tanto de El espíritu de la colmena, como de Cría Cuervos, niñas que se veían sometidas a la ausencia y la pérdida de un mundo infantil que dejaba paso a un tiempo de incertidumbre, de extrañeza, donde los sueños se convertían en pesadillas, y los monstruos hacían acto de presencia. Y no sólo en planteamientos narrativos, sino en métodos de producción, muy propios de la factoría Querejeta, como rodear a la debutante Simón con profesionales reconocidos como Santiago Racaj, en labores de cinematografía (en un trabajo excelso de naturalismo y detallista, que recoge los instantes fugaces de la vida) o Eva Valiño en el sonido, sin olvidarnos de la interesante labor de Ana Pfaff en montaje. Una fábula intimista y pedagógica, en el que las niñas Laia Artigas como Frida y Paula Robles como Anna, dos niñas en estado de gracia, trasnmitiendo esa naturalidad y vida que traspasa la pantalla, que nos ayudan a vivir esta historia real como parte de nosotros. Un cuento de verano sencillo y honesto, sobre todo lo que fuimos, sobre la pérdida y el dolor de cuando somos niños, cuando el mundo es un lugar inmenso por descubrir y descubrirnos, cuando todo está por hacer e inventar, cuando la vida nos coloca en lugares que no deseamos, cuando las cosas se rompen, y debemos pegar los trozos, volver a hacer, volver a nacer, enfrentarnos con nuestro pequeño mundo e inmenso a la vez, en ese tiempo de juegos, imaginación y diversión,  pero también, de pérdida, oscuridad, dolor, ausencia, en una celebración de la vida, de su alegría y tristeza, de lo que amamos y odiamos, de  lo que reímos y lloramos.

Entrevista a Carles Torras

Entrevista a Carles Torras, director de “Callback”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de enero de 2017 en la sala Nunes de la Acadèmia de Cinema Català en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Torras, por su tiempo, generosidad, y cariño, y a Sonia Uria y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, amistad y cariño, que también tuvieron el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.