Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS.

“El dolor te recuerda que la alegría que sentías era real”

En Testigo de cargo, su director Billy Wilder nos pedía encarecidamente que ningún espectador desvelase la trama tan misteriosa y peculiar que encerraba su película. La misma demanda nos advertía un texto introductorio de Denis Villeneuve en su película Blade Runner 2049. La esperadísima continuación de Blade Runner, de Ridley Scott, una de las cintas que revolucionó el género de la ciencia-ficción a principios de los 80, con su mezcla con el noir, nos sumergía en una atmósfera agobiante, oscura y decadente donde Deckard, un agente policial tenía la misión de “retirar” a unos replicantes amotinados. Si bien es cierto, la apuesta de su director Ridley Scott necesitó su tiempo para convencer a propios y extraños y convertirse en la película de culto, admirada por millones, que es en la actualidad. Quizás su apuesta por lo diferente, lo osado, su estética tenebrosa, más propia del cine de terror, y un protagonista, solitario, con problemas de identidad profundos, sus reflexiones filosóficas, y convertido en un vil asesino, se toparon con un público ávido de una ciencia-ficción más dada al universo de Star Wars y no a cuestiones más complejas sobre el alma humana.

Aunque su fama de gran película, bien ganada, le haya perjudicado a la hora de afrontar una segunda entrega, y han tenido que pasar más de tres décadas, 35 años en concreto para que podamos descubrir que fue de Deckard y Rachael en su desesperada huida de enamorados perseguidos. Ridley Scott, ahora en funciones de producción, ha necesitado un guión de su agrado, que vuelve a recuperar la trama y personajes de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick, escrito por Hampton Fancher (autor de la primera) con la colaboración de Michael Green (guionista de Logan, entre otras) y un director a la altura como Denis Villeneuve (Gentilly, Canadá, 1967) para dar forma a esta segunda entrega, que mantuviese el espíritu de su predecesora, pero desviando su premisa argumental, no un calco, sino un film con personalidad propia.  La película se abre en el año 2049, treinta años después, donde conocemos a K (como el desdichado hombre de El proceso, de Kafka) un agente “Blade Runner” que tiene que retirar a un modelo antiguo de Nexus 8. Después del trabajo, se encuentra con una flor bajo un árbol, que destapará una caja enterrada que le abrirá un nuevo camino que empezará a desgranar con sus pesquisas.

A través de una atmósfera fascinante, entre la ciencia ficción decadente, el noir más inquietante, el romántico gótico y fou, y el terror más tenebroso, donde la oscuridad, la humedad y la opresión se han adueñado de la ciudad de Los Ángeles, en el que los problemas que anunciaba la primera entrega se han acuciado y nos encontramos en una no ciudad decadente y terrorífica donde existe un deterioro urbano, de ruina total, el cambio climático (no cesa de llover, en un ambiente frío, de nieve y mucho barro, acompañado de un aire denso lleno de partículas contaminantes) en el que la ingeniería genética se ha convertido en el pilar fundamental de la no sociedad, la existencia de una sobrepoblación asfixiante y caótica, adicta a todo tipo de sustancias, que viven en la oscuridad o en subterráneos, donde todo es falso y vacío como la comida, el sexo y demás, y una división social terrorífica y grandes estratos económicos, etc… Por otra parte, nos encontramos a la nueva compañía que juega a ser Dios, la Wallace Corporation que coge el relevo de la Tyrell, en su afán de crear replicantes perfectos que puedan engendrar otros seres, aunque su creador, el oscuro Niander, no ha encontrado la fórmula secreta.

Estamos ante una obra magnífica y maravillosa, donde el policía solitario y silencioso, de vida vacía y entregada a su trabajo, nos recuerda a Jeff Costello, el asesino interpretado por Delon en la estupenda El silencio de un hombre, de Jean-Pierre Melville, donde se recogía lo más clásico del cine noir junto al antihéroe del western, en una mezcla poderosa donde el hermético “retirador” acababa encontrándose con su inevitable destino. Aquí, el agente K deberá vencer a sí mismo y volver a sus orígenes, emprender su propio camino, aunque eso signifique ir en contra de las órdenes de su jefa, y además, tener que enfrentarse a las argucias de la Wallace Corporation que tiene otros planes. Villeneuve construye una película digna sucesora de Blade Runner, imaginando una trama que rescata con acierto la original y sumergiéndonos en un mundo distópico donde todo es artificial y sintético, en el que hay fembot de compañía virtuales que aman, acompañan y escuchan a tantos solitarios de este mundo, y también, otras fembot asesinas que trabajan a sueldo para intereses de compañías ávidas de poder y endiosadas, donde nos encontramos a viejos agentes escondidos y alejados de todo y todos, porque a veces para ser uno mismo, uno tiene que huir y esconderse, olvidándolo todo, incluso aquello que tanto amó.

El cineasta canadiense vuelve a penetrar en el alma humana creando un thriller filosófico intenso, donde la identidad es el armazón donde se sustenta toda su trama, envolviendo su película en un mundo ruinoso, oscuro, industrial, olvidado, que se cae a trozos, donde se mezcla la tecnología más desarrollada con las penurias más brutales, donde todo es extremo y nada parece tener fin, en un no mundo deshumanizado, repleto de fantasmas, de espectros que ya no saben discernir entre lo real y lo construido, donde humanos y replicantes sobreviven sin muy bien saber quiénes son y para qué de su existencia. Una película de una gran calidad técnica donde sobresalen la formidable fotografía de Roger Deakins (colaborador con Villeneuve en Prisioneros o Sicario), el asombroso trabajo en el diseño de producción de la mano de Dennis Gassner (colaborador de los coen, las últimas de Bon o Tim Burton, entre otros) y la elegancia y romántica música de Hans Zimemr, acompañado de un estupendo cast en el que Ryan Gosling ejecuta a la perfección el agente solitario, callado y huidizo. La aparición espectral de Harrison Ford haciendo de Deckard o lo que queda de él, una fría e inquietante Robin Wright como jefa de K, una simpática y hermosa Ana de Armas como Joi (la fembot de compañía de K) y su contrapunto Luv, una Nexus 9 asesina de la Wallace que capitanea su creador, un perverso y siniestro Jared Leto, y otra aparición estelar, Edward James Olmos volviendo a su Gaff o lo poco que sabemos de él.

Después de penetrar en el género de los thrillers potentes y bien contados, con personajes abrumados y sobrepasados por las circunstancias, Villeneuve vuelve a la ciencia ficción después de La llegada, un relato de gran factura técnica que escarbaba en las relaciones entre humanos y extraterrestre a través de la comunicación. Ahora, su cambio ha sido completamente radical, devolviéndonos un clásico que sigue en la retina de muchos, en el que recoge su espíritu construyendo un universo deudor, en el que no hay tiempo para el diálogo, ya no quedan palabras, todo se ha perdido, el tiempo de antes, donde todavía había tiempo para deleitarse con la música escuchando a Sinatra o Elvis, todo ese mundo ha dejado paso a unas máquinas que ya no funcionan bien y ya nadie sabe para qué sirven, en el que los recuerdos sólo sirven para seguir no viviendo los días, porque ya sabemos que nada nos pasará hacia adelante, que todas nuestras vidas se concentran en el pasado, en aquello que vivimos y amamos, sean experiencias reales o no.

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IKARIE XB 1, de Jindrich Polák

EL VIAJE HACIA LO OTRO.

La Tierra no existe.

 ¡La Tierra nunca ha existido!

Una nave de considerables dimensiones cruza delante de nosotros en mitad del silencio espacial. A continuación, en el interior de la nave, un hombre, angustiado y desesperado,  grita que la Tierra no existe. Una voz intenta tranquilizarlo, pero es inútil, el hombre, sigue caminando sin rumbo fijo por los largos pasillos sin final. Este es el arranque de Ikarie XB 1, de Jindrich Polák, insólita, avanzada y magnífica aventura espacial que no tuvo el reconocimiento que se merecía en el momento de su estreno, pero sí lo consiguió a nivel internacional, convirtiéndose en una película de culto y piedra angular para otros cineastas. La película nacida en plena guerra fría, nació como estandarte socialista de la carrera espacial, una carrera presidida por el bloque soviético que, en octubre de 1957 ya había lanzado su primer cohete que puso su primer satélite en órbita, el mismo mes, la nave Sptunik 2 enviaba al espacio la perra Laika, y en abril de 1961, Yuri Gagarin se convertía en el primer hombre puesto en órbita. Logros científicos y espaciales que quisieron ver reflejados en el cine, herramienta de propaganda ejemplar como así la vaticinó el fundador del socialismo Lenin, y para tal empresa no se escatimaron recursos, tanto técnicos como artísticos.

La película dirigida por Jindrich Polák (Praga, 1925) que ya había sido ayudante de Krakatit (1948, Otakar Vávra), película checa de ciencia ficción de gran éxito, y autor de películas de aventuras espaciales, como desarrolló a lo largo de su carrera, y basada libremente en la novela La puerta de Magallanes, de Stanislaw Lem (maestro en el género que posteriormente fue adaptado por otros grandes directores como Wajda o Tarkovski) nos cuenta una historia sencilla: en la segunda mitad del siglo XXII, la nave Ikarie XB 1 tripulada por 40 científicos, tanto hombres como mujeres, viaja hacia lo desconocido, más allá del sistema solar, hacia la constelación Alfa Centauri, con  el objetivo de encontrar vida en otros planetas. El primer tercio de la película, asistimos a la vida cotidiana en el interior de la nave, las relaciones humanas, intimas y personales de los diferentes tripulantes, en el que vemos como se alimentan, sus ejercicios y baños, sus fiestas y todo aquello que anhela cada uno de ellos, lo que han dejado en la Tierra, y demás circunstancias. El relato cambia de rumbo, cuando inesperadamente, encuentran una nave que parece abandonada, una pequeña expedición la inspecciona, y será a partir de ese instante, en que las cosas cambiarán y todo se volverá oscuro y la trama girará en torno a un descubrimiento que les llevará a plantearse su destino, el viaje en sí mismo, y las razones filosóficas de su propio ser y su entorno.

Polak realiza una película magistral y apabullante, en el que se mezclan géneros, desde la ciencia ficción, el thriller, la intriga política o el drama romántico, a partir de elementos cotidianos, y una trama in crescendo, donde la información se va dosificando para conseguir el ritmo necesario, además de una estética socialista, en un inmenso trabajo de producción innovador y fascinante (no obstante fue la película del régimen, siendo la de mayor producción triplicando su presupuesto) donde los interminables pasillos de la nave, las maquetas de las naves, y los trajes espaciales, ayudan a contribuir la necesaria atmósfera terrorífica que lentamente se va adueñando de la película. Un blanco y negro de fuerte contrastes ingieren al relato ese ambiente muy moderno, claustrofóbico, a la vez de cotidiano, en la que los espacios abiertos se mezclan con los cerrados de la nave, y la mise en scene, nos cautiva a través de planos generales y medios, para ir centrándose en los rostros desencajados y aturdidos de los tripulantes a medida que avanzan hacia lo profundo y lo oscuro. Una película de ciencia ficción que se desmarca en el género, pero no en su profundidad psicológica y artística, en relación a  las producciones checoslovacas de la época, en plena Ola Nueva, magníficas producciones de corte cotidiano, centradas en lo social, político, y cultural, dirigidas por grandes nombres como Menzel, Forman, Chytilova o Némec.

Podríamos encontrar sus antecesoras en la película soviética de Aelita, de Yakov Protazanov, de 1924, con una estética parecida, en la que se abordaba el conflicto de la joven reina de Marte que lanzaba una llamada de socorro a la Tierra, y Planeta prohibido, de Fred M. Wilcox, de 1956, producción estadounidense, basada libremente en La tempestad, de Shakespeare, donde una tripulación llegaba a un planeta donde se encontraban a un expatriado rebelde, y en la que aparecía un robot independiente que tendrá un relevancia en la trama como ocurre en esta, aunque eso sí, de diferentes atmósferas y profundidad psicológica de los personajes. Elementos que tendrán una continuidad en el cine del género que se hará posteriormente, sirviendo de inspiración a autores tan relevantes como Kubrick en su 2001, Una odisea en el espacio, Schaffner en El planeta de los simios, y otros que abordaran el género desde un prisma más filosófico y político.  Ikarie XB 1 es una película asombrosa, paradigma de una nueva forma de abordar el cine de ciencia ficción, trabajando las atmósferas, como hacían en el cine de terror, la maquetación de las naves y los trajes de los tripulantes, y sobre todo, un minucioso trabajo en la psicología de los personajes, a través de las relaciones humanas entre ellos, haciendo especial hincapié en sus conflictos interiores, además, de añadir un contexto político, social y cultural a todo aquello que está sucediendo, teniendo su reflejo en la sociedad del momento.

Entrevista a Miguel Llansó

Entrevista a Miguel Llansó, director de “Crumbs”. El encuentro tuvo lugar el viernes 29 de abril de 2016, en la terraza del Hotel Catalonia de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Llansó, por su tiempo, generosidad y cariño, al equipo de la distribuidora El Sur Films, por su paciencia, amabilidad y simpatía, al Zumzeig Cinema, por seguir apoyando este cine de resistencia y reflexión, y a Lorena Iglesias, actriz y amiga de Miguel Llansó, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Crumbs, de Miguel Llansó

CRUMBS_poster_ES_web¿SUEÑAN LOS DESECHOS HUMANOS?.

“No hubo necesidad de prolongar la guerra. Ya fuera por una mutación en la carga genética o un simple cambio en las costumbres, instinto y fe en la conservación de la especie se desvanecieron y la población mundial, que durante siglos se había multiplicado exponencialmente, comenzó a menguar y languidecer, como la llama moribunda de una vela, que no termina de apagarse. Mientras en el interés por la perpetuidad de todo lo humano pasaba a un segundo plano, la guerra dio sus últimos zarpazos. Los viejos perecieron y los jóvenes se hicieron viejos. La noticia del nacimiento esporádico de un niño, concebido por desidia o descuido, arrancaba en la gente una sonrisa altiva igual que se ríen de aquel que luce con orgullo un traje pasado de moda”. Lucius Walter de Mendoza (La historia escrita para nadie)

El arranque de la película resulta a la vez que aterrador, sumamente revelador. Nos encontramos en un paisaje devastado, silencioso, en el que sobresalen los edificios derruidos y abandonados, e infinidad de maquinaria y objetos oxidados e inutilizables, un panorama desolador, sin apenas vida, en un tiempo sin tiempo, sólo ocupado por algunos pocos que sueñan con salir de ahí y empezar en otro lugar. El director Miguel Llansó (1979, Madrid) que debido a un trabajo gubernamental ha residido en Etiopía, donde ha dirigido un par de cortometrajes, nos sumerge en su puesta de largo en la azarosa existencia de Candy (protagonizado por Daniel Tadesse, un actor enano con una malformación física, muy popular en Etiopía, que descubrió Llansó en un montaje de Bodas de sangre, de Lorca, y ya protagonizó uno de sus trabajos Chigger Ale (2013), en el que entraba vestido de Hitler en un taberna, provocando la estupefacción e indignación de la concurrencia. Aquí, da vida a un chatarrero cansado de recoger los deshechos de antiguos habitantes (las migajas -crumbs – a las que hace referencia el título de la película), que sobrevive junto a su amada, una joven talentosa que fabrica bonitas esculturas reciclando la chatarra. Los dos sueñan con abandonar el planeta y empezar en su tierra, con la idea de ser transportados por la nave que se encuentra suspendida frente a ellos, y que parece que ha iniciado algo de actividad en su interior.

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Llansó ha edificado una fábula (con ecos a El mago de Oz) en la que su antihéroe sueña con ser valiente y encontrarse a sí mismo, en la que una joven escucha voces que parecen venir de otro dimensión, y una serie de personajes espectrales como unos soldados sin rumbo que andan perdidos creyéndose en continua guerra, una bruja misteriosa con poderes sobrenaturales, como una especie de oráculo, un anciano codicioso que comercializa con los objetos que unos roban o encuentran, y finalmente, un papá Noel enjuto y cansado con otro significado y apariencia. El director madrileño ha construido un cuento postapocalíptico, ambientado en Etiopía, un mundo en suspenso, que se desplaza lentamente y con extrema dificultad, con grandes toques de surrealismo y esperpento (en los que podemos identificar a Buñuel o Lynch), una aventura en el alma de un territorio inhóspito, con un joven atípico, fuera de lo común, que tiene miedo de ese mundo sin alma, y de sí mismo, que emprende un viaje interior para encontrar su destino (muy del universo de Herzog). Una película breve (apenas 68 minutos), con actores y no actores, de exquisita belleza plástica, en algunos tramos de fuerte y sutil abstracción, filmada con tomas largas, y escasos diálogos, con personajes de fuerte carga emocional.

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Una aventura a pie, en la que se encuentra con otros seres, igual de perdidos, sin identidad ni lugar, que malviven en ese planeta, un paisaje fantasmal, sin vida, en la que los objetos han perdido su significado original y han adquirido nuevos valores de diversa naturaleza y condición: Michael Jordan lo han convertido en una especie de Dios al que se adora con santuario incluido, las Tortugas Ninja y otras figuritas de plástico, ahora son símbolos y emblemas de antiguos guerreros, Carrefour se ha erigido en artista total, las espadas de plástico son ahora armas de lucha, hay nazis de segunda generación que portan máscaras antigás, y los vinilos del rey del pop son reliquias ancestrales. Llansó ha fabricado un artefacto incendiario, cargado de humor negro, y desolador, sobre la fragilidad de la memoria, y el desarraigo, y la necesidad de pertenecer a algo o a alguien, en el que emerge una demoledora crítica al capitalismo, y a lo absurdo de la cultura pop, nacida a través de lo tangible y superficial, construida por los medios con el fin de transformarse en iconos-productos para que las masas sedientas de símbolos y guías, los consuman con extrema rapidez. Crumbs es otra sugerente muestra de la energía valiente y resistente que ya se respiraba en títulos como El futuro (2013), de Luis López Carrasco, Uranes (2013), de Chema García Ibarra y Sueñan los androides (2014), de Ion De Sosa, con las que comparte, no sólo la amistad y el trabajo que une a sus creadores, sino también la circunstancia de ser hijas de la crisis, cine hecho con medios reducidos que reflexionan sobre la coyuntura económica, enlazados por ese espíritu de producir películas que remuevan las raíces del género, en este caso la ciencia-ficción, a través de un cine inteligente, que rastrea fórmulas diferentes, y transita por caminos expresivos y formales de manera provocadora e irreverente, pariendo unas obras de profundo carácter personal y extremadamente sensibles.

 

 

Vulcania, de José Skaf

VulcaniaPosterTrailerMANTENED VIVO EL FUEGO.

En la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, la tiranía se imponía a través del placer, en cambio, en 1984, de George Orwell, la tiranía se basaba en el miedo, a través del omnipresente Gran Hermano, la figura que todo lo veía y conocía. Vulcania, (que le debe su nombre al mito de “La Eneida”, de Virgilio, en la que el Dios Vulcano y su fragua, dedicada a la fabricación del acero dan origen a la fiesta del fuego) la película del debutante José Skaf (con experiencia en el medio publicitario y televisivo), se vale del concepto del miedo, y construye, a través de una pequeña comunidad que vive en un pueblo rodeado de montañas, un lugar oscuro y gris, en el que sus habitantes, divididos en dos bandos separados e irreconciliables, viven, piensan y sienten por y para el trabajo en “La Fábrica”, en el que las máquinas de fundición de acero no se detienen nunca.

La trama gira en torno a la figura de Jonás, que después de perder a los suyos, entra a trabajar en la zona más peligrosa de la fábrica, situación que le reporta unos poderes magnéticos en los que es capaz de mover objetos. Conoce a Marta, del otro bando, rota también por el dolor, ya que sufrió la pérdida de lo que más quería, y entre los dos, se embarcan en una durísima investigación para conocer la verdad de ese lugar sin tiempo ni espacio, basado en las tradiciones arraigadas y el respeto a la memoria de los ancestros. Skaf ha construido una distopía honesta y sencilla, que bebe de las fuentes clásicas del género, pero alejada de los convencionalismos y lugares comunes. Posee un género indefinido, porque además de la ciencia-ficción, se descubre como un film noir, en el que también hay drama personal y social, y sobre todo, se hilvana a través de un relato sencillo, filmado con personalidad y sobriedad formal, no hay nada que cambie el tono a la contención impuesta por la naturaleza de la película. Los tonos tristes y grises que se respiran en esta fábula en la que un anti héroe deberá creer en sí mismo, para poder reconciliarse con su dolor y de esa manera, emprender su camino de redención para su pueblo y ese maldito lugar en el que todo nace y muere en la explotación laboral y la falta de cualquier tipo de oportunidades personales.

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Podríamos ver la película como una alegoría del momento actual, como por otra parte, siempre han sido la naturaleza de las distopías clásicas en las que se basa la película, relatos de género construidos a través de la ciencia-ficción, en los cuales han sabido describir profundamente los temores y la falta de libertades del ser humano bajo el yugo de las tiranías. Otro de sus grandes aciertos es la sobriedad del equipo artístico, un grupo encabezado por Miquel Fernández y Aura Garrido (la princesa triste) la pareja resistente que se levanta contra la tiranía, les acompaña Jose Sacristán (el encargado y la voz suprema que se impone en el lugar, uno de los grandes, que en los últimos años se ha convertido en la piedra angular del cine emergente español, los convincentes Ginés García Millán, como el ogro en la sombra, y Ana Wagener, la mantis religiosa retorcida, entre otros). Skaf ha edificado un relato esperanzador, en el que la libertad es un derecho que hay que trabajar diariamente, porque el miedo y el yugo más atroz para los seres humanos es creer que ser libre es tener todo lo que nos ofrecen los que mandan, y no pensar que ser libre pueden ser otras cosas, diferentes, de otra manera, y sobre todo, basadas en las necesidades reales humanas, y no ficticias.


<p><a href=”https://vimeo.com/141660039″>Tr&aacute;iler Vulcania</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

The Visit, de Michael Madsen

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¿Qué ocurriría en la Tierra si nos visitasen los extraterrestres? A partir de esta cuestión, planteada en infinidad de libros y películas, el artista conceptual y cineasta Michael Madsen, nos va detallando una serie de conceptos donde nos vamos formulando preguntas y distintas reflexiones que van desde el ámbito político, sociológico y humano. La película parte de la situación hipotética que se produciría, ante la llegada de una nave alienígena y cómo reaccionarían los gobiernos y cómo sería su gestión. Madsen se nutre de los mejores especialistas en las diferentes materias a su alcance, y mediante entrevistas o conversaciones entre ellos, y siempre interpelándonos a nosotros, nos hablan de las infinitas situaciones que podrían surgir. Toman la palabra biólogos, militares, políticos, ingenieros, físicos o sociólogos, unos y otros, exponen los protocolos a seguir y ennumeran problemas que se originarían en este encuentro entre humanos y aliens. Todo se desarrolla bajo la premisa de una simulación, cómo nos advierten en el arranque de la cinta, tiene la apariencia de una película de ciencia-ficción, aunque con la salvedad de que los personajes que aparecen en ella, en realidad sí que son profesionales, unos en activo, y otros no, estudiosos y profesionales de las materias que hablan, en la película, se interpretan a sí mismos, y sobre todo, guiados de modo fidedigno bajo la batuta de Madsen, fabulan y reflexionan a través de sus conocimientos en todo lo que ocurriría y como se desarrollarían los acontecimientos.

Madsen, que ya nos deslumbró con su anterior película, Into eternity, del año 2010, donde exploraba el destino de los residuos radiactivos de las centrales nucleares, y nos sumergía en el lugar donde se almacenaban, un enorme depósito estructurado a base de túneles subterráneos situado en Finlandia. El cineasta danés nos vuelve a sorprender e inquietar en una obra que es en sí misma una fascinante experiencia visual, tanto física como psícológica, estructurada con buen gusto, que nos emociona y también nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos, sobre lo que somos y adónde vamos. Temas como el miedo a lo desconocido, la invasión extraterrestre y ser masacrados (cómo ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad, que unos pueblos han aniquilado a otros), el poder de la información, la actitud de los gobiernos, y la naturaleza humana, y su interior oscuro y terrible. La cinta se nutre de escenarios naturales, como hacía la inolvidable ciencia-ficción de los 50, para adentrarnos en unos paisajes, urbanos y naturales, filmados a cámara lenta, que consigue llenar el espacio de un ambiente que tiene a la rareza e irrealidad. Madsen mezcla con sabiduría su alucinada y científica propuesta, mientras escuchamos a los expertos exponer sus diferentes visiones de los hechos que se desatarían, y la respuesta de los gobiernos y cómo afectaría a los ciudadanos. Por otro lado, desarrolla cómo uno de estos científicos penetraría en la nave extraterrestre, mientras va informando de todo lo que va viendo y sucediendo.

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El realizador danés dinamita nuestras convicciones morales, extrae nuestro manera de ser y comportamiento ante amenazas desconocidas, se plantea cuestiones que siguen transitando y estando muy en boga en la actualidad, situaciones que se escapan completamente de nuestro control y poder, que nos llenan de incertidumbre al no ser capaces de entender y sobre todo, nos ahogan de miedo, un miedo irracional que nos contamina y nos lleva al caos y la pérdida de todo lo que somos. Madsen provoca una respuesta en todos nosotros, su película cuestiona el funcionamiento del mundo y cómo los ciudadanos se manifiestan ante lo que no sabemos, donde surgen las emociones negativas. Una película que también nos habla de nuestra evolución como especie y hacía donde nos dirigimos (aquí el director le hace un guiño a Kubrick y su 2001, Una odisea en el espacio, la parte de su absorbente y magnífico baile espacial con la nave, mientras escuchamos a Strauss). También, en otro tramo, nos invade con el tema de Bowie, Space Oddity, que nos contaba la odisea del mayor Tom, su supervivencia encontrándose sólo en la inmensidad del espacio, mientras viaja en un cubículo sin conexión con la Tierra, canción que vio la luz en 1973, el mismo año que se envío al espacio la nave Voyager con información de lo bueno de la humanidad en su interior, eso sí, obviando nuestras partes oscuras, como las guerras y la destrucción. Una cinta estimulante que mezcla con eficacia la ciencia-ficción interesante y brillante como El planeta de los simios, Solaris, La amenaza de Andrómeda Blade Runner, entre otras, con el documental reflexivo y pedagógico, que nos cuestiona lo que somos y nuestras propias vidas ante amenazas desconocidas, que nos ponen a prueba, no sólo como individuos, sino también como especie que hace lo indecible, en ocasiones cosas terroríficas, para sobrevivir.

 

Ex_Machina, de Alex Garland

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En la novela Lágrimas en la lluvia (título que rinde homenaje a Blade Runner) de Rosa Montero, se pinta un futuro deshumanizado en el que conviven humanos y robots en (im) perfecta armonía, donde se aman y odian los unos a los otros. Tendencia similar reúne buena parte de la acción de Ex_Machina, que arranca con el personaje de Caleb, un joven informático que trabaja en una de las empresas de Internet más importantes del mundo,  y acaba de ganar un concurso que consiste en pasar una semana con Nathan, fundador y propietario de la compañía, en su lujosa mansión, perdida y aislada en una reserva natural. Allí, se encontrará inmerso en un mundo automatizado, sofisticado y controlado por fuertes medidas de seguridad, en el que se verá inmerso en un alucinado experimento: conocer y relacionarse con Ava, una “fembot” -cyborg con apariencia femenina-, en el que el joven protagonista tendrá que averiguar su “inteligencia artificial”, si la máquina/robot es capaz de pensar por sí misma. Alex Garland (Londres, 1970), guionista de Danny Boyle en títulos como 28 semanas después (2002) o Sunshine (2007), debuta tras las cámaras con esta fábula que homenajea a Frankenstein fabricando un excelente ejercicio de corte minimalista, en el que hace gala de una atmósfera inquietante y absorbente, en una trama repleta de trampas, máscaras, laberintos y pistas falsas, en un juego macabro e intrigante donde se desconoce a ciencia cierta quién es quién y que papel esta representando. El cineasta británico se basta de sólo tres personajes (el joven tímido y solitario de caza fácil, el gurú inteligente, elitista y con aires de prometeo, y una robot manipuladora y seductora con deseos de libertad) situados en un único escenario, un lugar por el que se mueven entre sombras y mentiras, en una cinta donde se mezcla de forma brillante la ciencia ficción, el terror y el triángulo amoroso. La cinta se aparta de las tribulaciones y pirotécnica de ciertas películas del género, para adentrarse en una trama centrada en la complejidad y los conflictos de la naturaleza humana y las relaciones que se desencadenan entre los distintos personajes, poniendo en tela de juicio las responsabilidades de crear seres y las situaciones que todo ello conlleva. Una obra que recupera el aroma de los clásicos, Metrópolis; 2001, una odisea en el espacio o la citada Blade Runner, y las películas de los años 70 que encumbraron la ciencia-ficción como THX 1138, La amenaza de Andrómeda, Solaris, Naves misteriosas, Almas de metal, El engendro mecánico o Alien… o  más recientes como Moon y Her… Cine del bueno, cine de género, pero cine reflexivo y profundamente filosófico, que ambienta sus guiones en las más avanzas tecnologías para entender el mundo que nos rodea y las cosas que nos ocurren, y forman parte de nuestras vidas.