Entrevista a Miquel Fernández y Alberto Evangelio

Entrevista a Miquel Fernández y Alberto Evangelio, actor y director de la película «Visitante», en los Cines Boliche en Barcelona, el martes 8 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miquel Fernández y Alberto Evangelio, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a María Sard y Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Visitante, de Alberto Evangelio

DESDE EL OTRO LADO.

“No siempre somos lo que parecemos, y casi nunca somos lo que soñamos”

Peter Beagle

¿Qué ocurriría si pudiéramos ver nuestra vida desde otra perspectiva? ¿Realmente seríamos capaces de vernos, es decir, de vernos de verdad? Hacer el esfuerzo de conocernos de forma sincera, e interpretando todo aquello que somos o no, todo aquello que hemos dejado de ser, todo aquello que algún día fuimos, y jamás seremos. Una situación parecida vive Marga, la protagonista de Visitante, la opera prima de Alberto Evangelio (Benidorm, Alicante, 1982), en la que tendrá la oportunidad de pasar al otro lado, de ver su vida, y su otra vida, aquella que vive en paralelo, gracias a una misteriosa caja que cayó del cielo la tarde del 13 de septiembre de 1997 cuando ella y su hermana Diana, tuvieron una experiencia imposible de olvidar, un suceso que les cambió sus vidas, aunque no lo supieran. Evangelio se ha pasado una década dirigiendo películas cortas enmarcadas en el género de ciencia-ficción y terror, dos elementos que están muy presentes en su primera película. La cuestión es bien sencilla, Marga, en plena separación de su marido, el enigmático Daniel, médico que trata a su padre enfermo, deja la ciudad y se instala en la casa familiar apartada. Allí, se enamorará de Carlos, un antiguo compañero de universidad, y descubrirá sucesos muy extraños en la casa, y demasiados misterios sin resolver.

El director valenciano nos sitúa en un único espacio, esa casa que oculta muchos secretos, y maneja con soltura y detalle todos los elementos para conseguir una atmósfera cotidiana y tremendamente inquietante, con pocos ingredientes, basándose en la interpretación de sus actores y actrices, y una muy estudiada y verosímil técnica, con un equipo cómplice que le ha acompañado en varios de sus trabajos, como la música de Carlos M. Jara y Guiller Oliver en la cinematografía, que conocíamos por películas como El lodo y Asamblea. En Visitante realiza un trabajo excepcional, consiguiendo esa luz atrayente y cercana, que explica mucho y acoge a unos personajes muy complejos y oscuros, que guardan muchas cosas para sí mismos, y el estupendo trabajo de Luis de la Madrid en la edición, que firma junto al propio director, todo un especialista en la materia ya que tiene en su filmografía ya que tiene nombres como los de Balagueró, Guillermo del Toro y Paco Plaza, entre otros.

La trama arranca de forma muy convencional, con una película de intruso, es decir, donde una mujer se siente amenazada por alguien que ronda la mencionada casa. Aunque, la cosa no queda ahí, y la acción empieza a penetrar más en el fondo de la cuestión, dejando el exterior en segundo plano y centrándose en esos espacios de la casa que guardan demasiadas cosas del pasado, en una historia que en un primer tiempo siguen una línea gradual, para en la segunda mitad, desestructurar la madeja y haciendo continuos saltos en el tiempo, el espacio y en la otra realidad, con la inteligente incursión del video doméstico que nos traslada al pasado, creando ese rompecabezas en el que la protagonista irá conociendo todos los detalles del embrollo, y sabiendo las armas con las que cuenta en lo que está aconteciendo, y sobre todo, todo lo que le está ocurriendo en su interior. Un gran plantel que ayuda a hacer creíble todo lo que va sucediendo, encabezada por una fantástica Iria del Río en el rol de la perdida Marga, dando vida a una mujer muy perdida que encontrará algo que la llevará a lo más profundo de su alma y la enfrentará a sus miedos más invisibles. Una actriz que ya nos deslumbró en El increíble finde menguante (2019), de Jon Mikel Caballero, una película en la que Visitante se miraría en el espejo.

Del Río está muy bien acompañada por el siempre brillante Miquel Fernández como Daniel, un tipo con varias caras o no, que resultará muy sorprendente, Jan Cornet, que sigue pegado al thriller después de las interesantes Rocambola y El desentierro, esta última también ambientada en la costa levantina, y Sandra Cervera, conocida de la serie Diumenge Paella, en la que coincidió con Evangelio, en el papel de Diana, una mujer que vive en el otro lado. Teniendo en cuenta de que Visitante  es un debut, la película resulta interesante, muy inquietante y despacha sus cien minutos de forma loable y sin grandes efectismos, confiando en la historia que cuenta, en la casa como espacio de terror y llenos de misterios y un buen cuarteto de protagonistas, bien secundados por tres intérpretes valencianos con experiencia como Pep Ricart, Inma Sancho y Carles Sanjaume, curtidos en muchas series y películas. Una película con ese aroma de la mítica serie de La dimensión desconocida, y las películas de Corman, donde la cotidianidad y lo más doméstico, siempre eran objeto de cosas y objetos misteriosos que irrumpían en la vida anodina de sus personajes, convirtiéndolos en otra cosa, y siendo hipnotizados por otros lados y otros universos, que están entre nosotros y no los vemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Espíritu sagrado, de Chema García Ibarra

TODO SUCEDIÓ EN UN BARRIO DE ELCHE…

“Yo no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo”.

Benito Pérez Galdós

Todavía se recuerda el impacto que ocasionó Uranes (2013), la opera prima de Chema García Ibarra (Elche, Alicante, 1980), en la sección “Un impulso colectivo”, comisariada por Carlos Losilla, del  D’A Film Festival de Barcelona. Una peculiar historia, filmada con actores no profesionales, familiares y amigos del propio director, que iba sobre una invasión extraterrestre cotidiana, cruzada con una cruenta historia familiar. Luego, vinieron otros trabajos más cortos del cineasta ilicitano, como El ataque de los robots de Nebulosa-5 (2008), y Misterio (2013), siempre con el mismo espíritu transgresor, naturalista y rompedor, donde mezclaba con muchísimo acierto y brillantez la ciencia ficción con la comedia costumbrista y cotidiana. Con La disco resplandece (2016), una película de 16 minutos, su cine cambiará de tercio, filmada en 16mm por el cinematógrafo Ion de Sosa (que recordamos por sus estupendos largometrajes True Love y Sueñan los androides), la cinta se centraba en una noche cualquiera de un grupo de jóvenes y una fiesta que recordaba a aquella otra, ahora llena de polvo y edificios abandonados. El binomio repetiría con Leyenda dorada (2019), en la codirección, rodada nuevamente en 16mm, en un relato que volvía a jugar con el naturalismo y la ciencia ficción.

Para su segundo largo, Espíritu sagrado, que sigue la vitola de títulos llenos de ironía y estupendos. García Ibarra sigue investigando todo aquello que ya estaba en sus anteriores trabajos. El formato de 16mm, en el que Ion de Sosa vuelve a operar, que consigue esa cercanía que traspasa y ese grano tan característico del celuloide, que ayuda a penetrar de forma espacial en el interior de los personajes, de sus casas y sus vidas, la economía de planos y encuadres, casi siempre quietos, en un laborioso trabajo de forma, marca de la casa en toda su filmografía, que hace aún más evidente toda esa idea de ver la película desde una mirada directa, sin juzgar, y sobre todo, a la misma altura de los protagonistas. El ejemplar trabajo de arte de Leonor Díaz Esteve, que consigue adaptar todos los objetos tan característicos de las viviendas ochenteras a la actualidad, jugando con lo de ayer y lo de ahora, el inmenso trabajo de montaje de Ana Pfaff, en otra brillante ejecución de planificación y tempo, donde todo funciona de manera perfecta.

La ciencia ficción vuelve a estar presente, ahora en calidad del grupo Ovni-Alicante, una serie de individuos de vidas y caracteres dispares, aficionados al mundo de los extraterrestres, y sin olvidar, ese costumbrismo tan de aquí, anclado en un barrio de la zona norte de Elche, donde lo doméstico, lo cotidiano y lo transparente se dan la mano. La inclusión de actores no profesionales, que dan a la película toda esa verosimilitud, esa concentración y esa profundidad, de forma muy clara y concisa, sin necesidad de grandes aspavientos argumentales ni nada que se le parezca, porque el director alicantino construye una película sencilla y muy íntima, donde todo lo que ocurre está contado desde la verdad, como si de un documental se tratase, sin serlo, con esa ficción mínima que hace posible que todo lo que se cuenta, y el cómo, adquiera todo su férreo armado y su brillante naturalismo, donde todo es posible, hasta lo más inverosímil y extraño, porque dentro de esa cercanía, en la que vemos a personas como nosotros, la película y su trama se van introduciendo de forma natural, en el que todo convive y se mezcla poderosamente, lo cotidiano con lo inquietante, donde cada individuo, cada espacio y cada objeto adquiere características misteriosas y reveladoras.

García Ibarra bebe del cine de Corman, de aquella ciencia ficción de los cincuenta y sesenta, donde lo humano trascendía a la técnica, donde siempre se profundizaba en lo emocional, a partir de un hecho sobrenatural, también, encontramos huellas del costumbrismo y la tradición española, el de Valle-Inclán, Larra, Baroja, Galdós, Azcona-Berlanga, el universo de Mariano Ozores, o esa rareza y estupenda El astronauta, de Javier Aguirre, y demás, donde la convivencia entre la tradición choca con lo moderno, y donde el más allá convive de forma pacífica con la cotidianidad diaria. Un reparto que brilla desde lo íntimo y lo cercano, donde hay pocos diálogos y donde todo se explica más porque lo que hacen que por lo que dicen. Tenemos a Nacho Fernández, el hilo conductor de la historia, que da vida a José Manuel, que regenta un bar de barrio, que habla nada, y escucha poco, y es el nuevo director del Ovni-Alicante, después del fallecimiento de Julio, que vive con su madre, a la que da vida Rocío Ibáñez, una médium retirada ahora enferma de alzheimer , que cuida de su sobrina, a la que interpreta Llum Arques, gemela de una niña desaparecida, que tiene desesperada a su hermana, que hace Joanna Valverde, y otros personajes como esa señora chismosa que todo lo sabe y habla por los codos, o los variopintos componentes de la asociación extraterrestre, como una chica que no para de hacer cursillos subvencionados, un joven garrulo, y demás individuos que creen más en el espacio exterior que en sus vidas diarias.

García Ibarra ha construido una película magnífica y especial, toda una rareza muy bienvenida, donde mezcla y fusiona de forma brillante cosas tan alejadas como la ciencia ficción, muy terrenal y de andar por casa con lo cotidiano, lo sobrenatural con lo más cercano, con ese tono de humor negro, donde nunca encontramos esa mirada condescendiente hacia los personajes, sino una idea de retratar a los diferentes individuos desde su humanidad y complejidad, de frente, contando unas vidas sencillas y asquerosamente cotidianas, como las de todos nosotros, eso sí, con sus peculiaridades, rarezas y extrañezas, que también, todos las tenemos, algunas más extravagantes que otras. En Espíritu sagrado se fusionan lo  fantástico y lo doméstico, de forma excéntrico, cutre, feo, naif y artesanal, siempre desde lo íntimo, despojándolo de todo oropel y efectismo, aquí está entre nosotros, conviviendo como una cosa más, donde los personajes lo acogen, lo tratan de forma sencilla y completamente natural, donde cada personaje parece esconder y esconderse, donde cada cosa que ocurre se llena de incertidumbre, inquietud y diferente, donde todo parece ser de otro mundo, pero en este. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Colapso, de Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto

CUANDO TODO SE ACABE.

“Nadie quiere ofreceros nada que pueda correr el riesgo de no gustaros. Así se mata la innovación, la originalidad, la creatividad, la rebelión. Todo el resto es una consecuencia de lo anterior. Nuestras existencias clonadas… Nuestro sonámbulo embobamiento… El aislamiento de las personas… La fealdad universal anestesiada… No, no se trata de una reunión cualquiera. Es el fin del mundo en marcha. No se puede obedecer y transformar el mundo al mismo tiempo. Un día, en las escuelas se estudiará de qué modo la democracia se autodestruyó”

Frédéric Beigbeder

Acabada la Segunda Guerra Mundial empezó otra guerra, la Guerra Fría, una guerra no declarada oficialmente que mantenían la URSS contra EE.UU. por el dominio del orden social, económico y político. Cualquier país en guerra era motivo de disputa entre las dos grandes potencias, la carrera espacial o la guerra nuclear. Toda esa locura apocalíptica fue retratada por el cine en películas como El enigma de otro mundo (1951), Ultimátum a la tierra (1951), La guerra de los mundos (1953), La humanidad en peligro (1954), La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), películas que no solo retratan un período paranoico, sino que a día de hoy, estas películas siguen describiéndonos como especie humana y dan buena cuenta de nuestro comportamiento ante el horror del fin.

En la actualidad, hay corrientes y pensamientos alternativos a nuestra forma de sociedad, un consumo devorador que está acabando con todos los recuerdos habidos y por haber de nuestro planeta. La colapsología es uno de esos movimientos que prevé el colapso de nuestra sociedad debido a la conjunción de diversos factores medioambientales, sanitarios, energéticos, políticos y económicos. Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto son tres amigos que se conocieron estudiando en la Escuela Internacional de Cine y TV de París (EICAR) y crearon Les Parasites, un colectivo de guerrilla, compromiso y militante que, hacen cortos y películas que han tenido un éxito arrollador en Francia a través de su canal de Youtube. Su primer trabajo televisivo es El Colpaso, una serie de 8 episodios de unos 20 minutos de duración cada uno, donde retratan a través de ocho espacios diferentes: un supermercado, una gasolinera, un aeródromo, una aldea, una central térmica, una residencia de ancianos, una isla y un plató de televisión.

Ocho lugares muy diferentes entre sí, ocho instantes, que retratan ocho situaciones en tiempo real, y a través de enérgicos e intensos planos secuencias, en la que el fuera de campo funciona de manera extraordinaria, porque asistimos a secuencias muy corales donde la acción se desarrolla en varios puntos a la vez y con graves consecuencias, si exceptuamos un episodio que nos pone en la situación de una mujer sola en un barco, todas las demás intervienen varios personajes, y en todas ellas escenifican las situaciones que se vivirían si la económica colapsase y todo se derrumbará en cuestión de días. Cada episodio nos habla de las consecuencias de ese desplome social, económico y político marcando el tiempo, en que van aumentando los días en esa situación de apocalipsis. Cada segmento está desarrollado en un in crescendo a nivel humano, a partir de una situación social y humana que va derivando en una tensión psicológica de órdago, donde el comportamiento humano actúa de modo salvaje y violento, en una idea de “sálvese quien pueda”, donde salen a relucir los instintos más oscuros de la condición humana.

Cada episodio está protagonizado por diferentes intérpretes, algunos se les cita o vuelven a salir más adelante en otras situaciones que se van encontrando, un plantel que vive situaciones límite, en las que deberán luchar por sus vidas, y luchar por el alimento, el combustible o los suyos, un gran reparto que encabeza Lubna Azabal, Philippe Rebbot, Audrey Fleurot, Samir Guesmi, Thibaut de Montalembert, Bellamine Abdelmalek, Michaël Abiteboul y Marie Bouvet, entre otros. Los tres creadores y directores han logrado un relato de una fuerza dramática y humana sobrecogedora y extraordinaria, donde cuentan situaciones febriles, angustiosas y terribles, donde el tiempo va a contrarreloj, un tiempo que se agota, que va contra ellos, contra esa idea de seguir manteniendo lo que ya está derrotado y arrasado, donde emergen personas, pocas, que se niegan a la evidencia y resisten como pueden, aunque sea sus últimos días, donde como no podía ser de otra manera, hasta en el fin del mundo, hay clases y los privilegiados siguen teniendo los mejores recursos y posibilidades de subsistir.

Una serie que recoge el aroma de interesantes y profundos thrillers de las últimas décadas como 28 días después, Hijos de los hombres o Snowpiercer, ente otras, que al igual que hace El colapso, reivindica que aunque llegase el fin del mundo, la especie humana se comportaría como ha sido educada, unos, se agruparían, y otros, la mayoría, actuaría como un animal salvaje y violento. La serie se mueve dentro de un marco de entretener, pero dentro de una mirada crítica hacia nuestro alrededor, lanzando muchos mensajes para reflexionar y meditar sobre el mundo en que vivimos, donde nos lleva toda esta locura existencial hacia ninguna parte y alejándonos de nuestra idiosincrasia por querer almacenar posesiones materiales y sobre todo, por seguir trabajando por una economía devastadora y finita. Los tres cineastas saben situarnos en el fondo de la cuestión, la actitud humana de supervivencia, y la idea de que en situaciones de peligro o miedo, el humano siempre actúa de forma egoísta, competitivo y cruel, un reflejo de la sociedad actual en la que vivimos, una sociedad que quizás ya ha colapsado en un nivel humano y empático, y funcionamos como máquinas robotizadas que obedecemos nuestras existencias creyéndonos que las dirigen nuestras voluntades. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Under the Skin, de Jonathan Glazer

LA MUJER QUE CAYÓ A LA TIERRA.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”

George Orwell

Tanto el monstruo de Frankenstein, que tuvo su representación moderna en la figura del replicante Nexus 6 de Blade Runner, mostraban más humanidad que los seres humanos propiamente dichos, sus formas de ver su alrededor, sus reflexiones sobre lo efímero de la existencia y sobre todo, la futilidad de nuestras vidas, quedaban reflejado en ambos relatos, y en el caso del replicante, en el recordado y maravilloso discurso final de la película. Under the Skin, tercer trabajo de Jonathan Glazer (Londres, Reino Unido, 1965), recoge muchos de los pensamientos de observar al extraño, al que viene del espacio, para mirar al otro, en este caso a la humanidad, con todo lo que eso conlleva, observar al humano mediante un ser del espacio, un ser de otro planeta. Tarea compleja que requiere un planteamiento sobrio e intenso como planteaba el director británico, aunque sigue su línea narrativa que ya había dejado patente en sus obras anteriores, desde sus inteligentes anuncios, sus elaboradas piezas, tanto de ficción como videos musicales para nombres tan ilustres como Massive Attack, Blur, Radiohead o Jamiroquai, y sus dos largometrajes, en Sexy Beast (2000), imponía el noir para hablarnos de pasados turbios y redención, en Birth (2004), convocaba una extraña fábula sobre la reencarnación y en las creencias de lo invisible.

En Under the Skin, basada en la novela homónima de Michel Faber, a partir de un guión escrito por Walter Campbell y el propio Glazer, se reúne con sus colaboradores más cómplices como Dan Landin en la cinematografía, Paul Watts en el montaje y Mica Levy con una música brutal y extraordinariamente sensorial y corpórea (autor que compuso la magnífica banda sonora de la reciente Monos, de Alejandro Lanes, entre otras). Glazer sigue a una mujer que acaba de aterrizar en la tierra, en la piel de una sólida, cálida y sugerente Scarlett Johansson, que a bordo de una furgoneta va encandilando a hombres solitarios y confiados para alimentar a una especie de reina-madre que los va engullendo. La mujer va experimentando el mundo, sus habitantes y todos los elementos que lo componen, moviéndose por la Escocia urbana y rural, relacionándose con hombres y descubriendo sus vidas, hábitos y traumas. El director londinense compone un hermosísimo cuento, social, inquietante y por momentos, terrorífico, sobre la humanidad y nuestro comportamiento, mirados desde la profundidad, mostrando actitudes humanas o propias del ser humano, que poco o nada tienen que ver con la humanidad, el reflejo y la empatía con el otro, aunque ellos, los humanos, desconozcan que se trate de un ser venido de otro planeta.

El relato está bañado de una sobriedad y quietud deslumbrantes, con esa luz tenue y lúgubre, en muchos momentos, nocturnas o nubladas, que imponen esa idea de oscuridad que existe en el interior y comportamiento de los personajes. La mujer los observa e interactúa con ellos, cada vez sumergiéndose más en esa experimentación que la va atrayendo como un imán, descubriendo sus actitudes y comportamientos de los humanos hacia ella, y experimentando con el amor y el sexo, poniéndolos a prueba y sobre todo, poniéndose a prueba ella, en la que constantemente el relato nos interpela  a nosotros, a nuestras reacciones y reflexiones a través de las imágenes de la película. Si hay una película con la guarda asombroso paralelismo Under the Skin es con la película El hombre que cayó en la tierra (1976), de Nicolas Roeg, protagonizada por David Bowie, quizás el extraterrestre más humano en apariencia, aunque el tono de ambas difiera considerable, pero en el fondo, se imponen una misma mirada crítica y desoladora del comportamiento de los humanos hacia el otro, el diferente, el extraño, al que consideran invasor y violento, solo por el mero hecho de no ser como ellos.

Glazer ha contado con la maravillosa presencia de Scarlett Johansson en quizás el personaje más importante de su carrera hasta la fecha, componiendo a través de la sobriedad y la intuición un rol enigmático y complejo, lleno de matices, que va de la oscuridad a la luz, o podríamos decir, que a su modo va experimentando de un modo emocional su relación con el otro y las consecuencias que eso conlleva. Una penetrante y magnífica fábula que se erige como un imponente relato absorbente, enigmático y magnético, que nos sumerge en su universo particular, extraño y oscuro, una obra dentro de muchas otras, porque por momentos estamos enfrascados en una obra de cinecia-ficción con resonancias psicológicas y filosóficas, una de terror clásica, con el estilo de las películas de serie B de los treinta, cuarenta o cincuenta, y en otros, asistimos a una especie de experimento social, para estudiar los comportamientos humanos, sus deseos, miedos e inseguridades, y en otras, en un thriller con psicópata incluido, quizás la propuesta de Glazer es todas esas historias, y otras que no somos capaces de ver, o tal vez intuimos y sabemos que existen en los pliegues de todo aquello que anida en nuestro interior y apenas se deja ver, lo que ocultamos y guardamos celosos en lo más profundo de nuestra alma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Human Lost, de Fuminori Kizaki

MORIR PARA VIVIR.

“De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos”

Corintios 15:21

La novela Indigno de ser humano, de Osamu Dazai (1909-1948) considerada una de las mejores obras desde su publicación en 1948, durante la terrible posguerra japonesa, nos remite, en un tono desolador y decrépito, el vacío del ser humano, la sociedad decadente y la occidentalización de Japón. Una obra de tales características ya había tenido varias adaptaciones en forma de anime, serie o película. Ahora, nos llega una nueva versión de la mano del guionista Tow Ubukata (uno de los escritores de la serie de Ghost in the Shell) y del director Fuminori Kizaki (Fukuoka, Japón, 1969), autor de series tan importantes como X-Men. Human Lost, el título elegido para la película, nos remite a los “Lost”, una transformación en monstruo que sufren los humanos cuando se desconectan de la red S.H.E.L.L., una red que junto a las nano máquinas han conseguido que el Japón del 2036 sea un mundo donde las personas alcanzan los 120 años tranquilamente, alejados de enfermedades y llenos de felicidad. Eso sí, esos avances científicos solo está reservado para las clases pudientes que pueden pagar los altísimos costes. A pocas semanas del aniversario que celebra tales hallazgos, surge la figura de Yôzô Oba, un ser deprimido que habita en una de las zonas más empobrecidas de la ciudad de Tokio.

Oba, junto a su amigo Takeichi, planean atacar la zona llamada “Inside” para acabar con las injusticias sociales de la red S.H.E.L.L., guiados por la mano de Masao Horiki, uno de los creadores de la red, pero ahora enemigo acérrimo de un sistema que quiere poseer. La operación no sale según lo previsto, y Oba pierde a su amigo, situación que lo lleva a experimentar una tristeza que lo lleva al suicidio, pero vuelve a la vida con una fuerza descomunal que utilizará para vengar a su amigo. También, surge la figura de Yoshiko Hiiragi, una superdotada, al igual que Oba, que trabaja para la red. Human Lost es una película de ciencia-ficción que toca el tema filosófico, y aboga por mostrar un mundo contaminado, caótico, y desolador, donde las clases dominantes siguen aumentado sus privilegios en todos los sentidos, a costa de una población adormecida, empobrecida y vacía, que sigue compitiendo unos contra otras por no se sabe muy quién para qué.

Quizás la película abandona demasiado pronto el discurso profundo para abrazar la acción como mejor arma, donde las batallas entre unos y otros se suceden, eso sí, creando unas inmejorables y apabullantes coreografías visuales, llenas de colorido, sonido y acrobacias a cual más imposible. La película tiene todos los ingredientes para convertirse en una nueva muestra de la ciencia-ficción profunda, oscura y magnífica animación japonesa, en sus retratos de esos futuros distópicos llenos de amargura y violencia como nos contaron la imprescindible Akira (1988), de Katsuhiro Otomo, auténtica revelación en este tipo de cine, o Ghost in the Shell (1995), de Mamoru Oshii. Dos obras imprescindibles para dejarse llevar por esos Tokios, en una estamos en 2019, y en otra, en 2029, donde tanto los Kaneda como la cyborg, se convierten en una especie de “elegidos”, únicos en su especie, como en el caso de Oba o Yoshiko, capaces de revertir un mundo que se cae en pedazos y huele a autodestrucción.

Human Lost, sin llegar a tener la excelencia de las citadas, se convierte en un fascinante y brutal compendio de imaginación visual extraordinaria y fascinante, con momentos donde describe con exactitud los objetivos de cada personaje, sus historias pasadas y esos futuros que perciben cada uno, en un macabro y laberíntico juego de identidades, transformaciones, tristezas y soledades, como la historia de amor amarga e imposible entre los protagonistas, o el instante, donde Oba debe caminar hacia su destino inevitable. Por el contrario, adolece de esos momentos de guión apresurado y extraño, donde nos perdemos con tantos datos técnicos y recovecos del relato. No obstante, Human Lost  es una película que hará las delicias de los amantes del género, que podrán comprobar cómo la maquinaria industrial del cine de animación japonesa sigue jugando en otra liga, con un altísimo nivel técnico y artístico, y porque no, a los menos amantes, a aquellos que quieren pasar un buen rato con su lenguaje visual y sus personajes atormentados y oscuros, una legión de ángeles caídos que no encuentran su lugar en el mundo,  y de paso, llevarse alguna reflexión sobre ese mundo distópico tan parecido al nuestro.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bacurau, de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles

EN UN FUTURO NO MUY LEJANO…

«Toda forma de desprecio, si interviene en la política, prepara o instaura el fascismo»

Albert Camus

“Si te vas, vete en paz”, reza en el cartel que anuncia la proximidad de 17 km de Bacurau, un pueblo aislado al oeste de Pernambuco, en un futuro no muy lejano, en un futuro en el que hay escasez de agua, de medicinas, de comida, y en el que las comunidades viven aisladas del resto, un futuro muy negro que se está instalando en ese Brasil cada vez más autoritario y fascista. Kleber Mendonça Filho (Recibe, Brasil 1968) plantea un cine social y humanista, íntimamente ligado a las personas, sus relaciones y conflictos, como hizo en Sonidos de barrio (2012) y Doña Clara (2016), ambas filmadas en Pernambuco, en las que recorría un vecindario con problemas de seguridad y una señora con conflictos con una constructora que quiere echarla de su vivienda. En Bacurau (nombre ficticio que bien podría ser uno de tantos pueblos perdidos y aislados de Brasil o de cualquier lugar del mundo) Mendonça Filho se alía con su director de arte Juliano Dornelles (Recibe, Brasil, 1980) para dirigir conjuntamente una película social, que mezcla el género como la aventura, el western o la ciencia-ficción, de forma natural y sin tapujos, manejando la crítica social y política de forma contundente y bien armada, presentándonos a la comunidad rural de Bacurau, con sus más y menos, que se verán inmersos en una amenaza del exterior, un invasor extranjero, invisible y sanguinario.

Pedro Sotero en la cinematografía, Eduardo Serrano en el montaje, Nicolas Hallet en el sonido, y Thales Junqueira en arte, vuelven a colaborar con Mendonça Filho y Dornelles, para tejer un relato intenso y bien elaborado, en que el género se alía con la crítica social y política, para hablarnos de la oscura deriva que está teniendo el Brasil actual con Bolsonaro en el poder, implantando una política autoritaria y fascista en el que la mayoría de la población se utiliza para bienes elitistas, como borrarlos del mapa o dejarles sin suministro eléctrico, o incluso yendo más allá, como ocurre en la película, exterminándolos. Aunque los invasores, de nacionalidad estadounidense, se topan y de qué manera, con un pueblo unido, un pueblo que tiene a Lunga, su ángel de la guarda, un fuera de la ley, una ley injusta que apoya al poderoso frente a los débiles. Con Lunga, el pueblo se arma y se defiende con uñas y dientes, todos a una.

El tándem de cineastas brasileños optan por el formato “Panavision”, para darles ese tono crudo y cercano a su relato, que recuerda a aquellos westerns y bélicos que tanto afloraron en las décadas de los setenta y ochenta, en que la mirada de Peckinpah, dejaría claras las referencias de la película, por su atmósfera seca y dura, esa hostilidad frente al poderoso, como quedará patente con el político que los quiere comprar, y los invasores. También, encontramos el aroma del cine de John Sayles y sus Hombres armados, cierto cine político y social que reivindicó la lucha unida y armada del pueblo frente al forastero, o la ciencia-ficción de serie B estadounidense, que tanto nos habla de amenazas exteriores en forma de enemigo de la guerra fría. La película maneja bien su tempo cinematográfico, mostrando la cotidianidad del pueblo, sus dificultades sociales, y las relaciones tejidas y que se van tejiendo, para luego, mostrarnos el otro lado, la de los invasores, esos extranjeros que hablan en inglés, y su plan para exterminar ese pueblo, que podría ser otro cualquiera, su aislamiento y su aparentemente indefensión, lo hace apetitoso para las ansías de sangre de este grupo paramilitar, malvado y sediento.

Un reparto bien conjuntado y heterogéneo con intérpretes veteranos de la altura de Sonia Braga, que vuelve a repetir después de la experiencia de Doña Clara, en un personaje de doctora algo peculiar, la serenidad y la potencia de Udo Kier, como jefe del grupo invasor, Bárbara Colen como doctora y amante de Thomas Aquino, un tipo con gatillo fácil y uno de los líderes de la comunidad, y Silvero Pereira como Lunga, el brazo armado y proscrito que es un especie de líder del pueblo, Karine Teles y Antonio Saboia, como dos motoristas sospechosos, entre muchos otros que componen la pequeña aldea de Bacurau. La película de Mendonça Filho y Dornelles se siente de forma profunda y espectacular, donde no cesan de ocurrir hechos cada vez más oscuros en un in crescendo magnífico, donde los habitantes del pueblo, en apariencia tranquilos y apacibles, se tornarán alimañas difíciles de cazar cuando se ven invadidos y sobre todo, hostilizados por esa manada extranjera que viene a arrebatarles la vida y todo lo que son. Bien, la película brasileña podría tratarse de una alegoría sobre la situación en el Brasil actual, pero más lejos de la realidad, quizás, ese futuro no muy lejano con el que se abre el relato, sea aquí y ahora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

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Vivarium, de Lorcan Finnegan

VIDAS EN SERIE.  

“En la civilización del capitalismo salvaje, el derecho de propiedad es más importante que el derecho a la vida.”

Eduardo Galeano

En los años 50, la industria estadounidense produjo películas de ciencia-ficción, que no eran más que un reflejo de la sociedad norteamericana, la llamada “American way of life”, aquel estilo de vida que se hizo fuerte y esencial después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Las películas alertaban contra el enemigo soviético en forma de invasión alienígena, muchos recordarán grandes hits como La invasión de los ladrones de cuerpos, El enigma de otro mundo, Ultimátum a la tierra, La guerra de los mundos o Vinieron del espacio, entre otros, films que alcanzaron un enorme éxito popular, y sobre todo, alimentaron el temor a la amenaza comunista, alentado por el malvado comité de actividades antiamericanas del susodicho McCarthy. En la actualidad, el enemigo del capitalismo no es otro que el propio capitalismo, su codicia, su salvajismo y la sociedad de mercado han provocado tremendas desigualdades e injusticias, derivando en el cataclismo que significó la crisis del 2008, donde la economía se vino abajo y creó una catástrofe que la mayoría de  la población sigue arrastrando.

El cineasta Lorcan Finnegan (Dublín, Irlanda, 1979) centra en Vivarium (del latín, “lugar de vida”, es un área para guardar y criar animales o plantas para observación, o investigación, simulando una pequeña escala una porción del ecosistema de una particular especie, con controles para condiciones ambientales) todas las barbaridades del capitalismo en forma de una joven pareja que busca un hogar y acaban en una especie de universo artificial, confinados, donde no hay salida, donde deberán pasar sus días eternos, educar un ser extraño en forma de hijo, y existir en un bucle eterno. Finnegan ya había demostrado sus inclinaciones al género de terror y ciencia-ficción en sus anteriores trabajos -siempre con la complicidad de su guionista y compatriota Garret Shanley- en Foxes (2012) pieza corta donde también una pareja joven quedaba confinada en una cabaña en el bosque amenazada por zorros, y en su opera prima Without Name (2016) un supervisor de terrenos descubría un secreto oscuro en el bosque.

En Vivarium, aparte del terror doméstico, inquietante y oscuro, plantea una distopía demasiado real y cercana, quizás a la vuelta de la esquina, o incluso, viviendo ya en ella, en la que a través de una pareja joven y enamorada, se sumerge en varios elementos. Por un lado, tenemos la deshumanización de la pareja, envuelta en una rutina malvada y agotadora, sin vías de escape, nutriendo sin más, con alimentados insípidos, y por el otro, el salvaje capitalismo y las vidas en serie que propone, obligados a habitar una casa enfermiza, oscuramente perfecta, al igual que esa urbanización (ya las urbanizaciones son terroríficas de por sí) igual, del mismo color y formas, con ese cielo falso y una vida típicamente capitalista, vacía y muy enferma. El director irlandés vuelve a contar con dos de sus cómplices como MacGregor, en la fotografía, como ya hiciese en Foxes, y con Tony Cranston, en el montaje, donde ya contó en su primera película.

La cinta plantea una intensa y brillante alegoría sobre la oscuridad y el aislamiento que provoca un estilo de vida del “yo”, donde prevalece el individuo, el materialismo y su esfuerzo, sacrificio y trabajo en pos a una vida “exitosa, perfecta y llena de sol y alegría”, que obvia el fracaso, la tristeza y la oscuridad que encierra esa vida artificial y vacía. Finnegan resuelve hábilmente su propuesta, en un relato in crescendo, donde va aniquilando a sus criaturas, lentamente, sin prisas, abocándolos a una rutinaria existencia, donde trabajar, alimentarse y respirar lo es todo, una existencia en que la oscura se va cerniéndose sobre sus ilusiones y esperanzas de salir de ese paraíso artificial y terrorífico, y encima, la aparición de ese niño monstruoso y malvado -una especie de reencarnación de Damien, el niño de La profecía– dinamitando así la paternidad o maternidad, la familia como aspecto indisoluble al estilo de vida capitalista y occidental.

Vivarium  nos  interpela directamente a los espectadores, como las buenas películas que plantean mundos irreales pero tan reflejados en el nuestro, esos mundos tan cercanos, con seres malvados que nos rodean, con aspecto de buenas personas, quizás de tan cerca que no los vemos, que no somos capaces de mirarlos con detenimiento y conocerlos en profundidad, y plantearnos la vida como una sucesión de decisiones que demos tomar antes que otros las tomen por nosotros, fabulándonos con sus urbanizaciones tranquilas y de ambiente familiar, casas preciosas con jardín y piscina, y nuestro hijo jugando despreocupado en el porche, y mostrando esa sonrisa desmesurada y artificial. Jesse Eisenberg y Imogen Poots interpretan a la pareja protagonista, unos jóvenes que desconocen en que especie de agujero existencial se están metiendo, muy a su pesar, imbuidos por esa vida material y familiar que parece van encaminados, personajes que bien podrían pertenecer a algún capítulo de la serie cincuentera The Twilight Zone, llamada por estos lares como La dimensión desconocida, quizás uno de los seriales más importantes e inspiradores para todos aquellos cineastas que les gusta desenvolverse en el género de terror, fantasía y ciencia-ficción, para hablar de los grandes males y enemigos que nos acechan en la sociedad capitalista, y no vienen convertidos en amenazas exteriores, sino que nos rodean y nos dan los buenos días, entre nosotros, o incluso, en nuestro interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Ad Astra, de James Gray

LAS TINIEBLAS DEL ESPACIO.

“Es imposible transmitir la impresión que la vida produce en una época determinada de la propia existencia; lo que constituye su verdad, su significado, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos… solos.”

Joseph Conrad

Lo primero que nos llama poderosamente la atención cuando uno se acerca a revisar la filmografía de James Gray (New York, EE.UU., 1969) es su peculiar mirada al relato humano que hace de sus personajes, siempre revestido por el policial, directa o indirectamente, situado emocionalmente en la familia, seno principal de los conflictos más profundos y complejos. En ese marco, el cine de Gray nos seduce con una exquisitez tanto narrativa como formal, echando mano de pocos personajes, eso sí de múltiples capas y puntos de vista, contado como si fuese un relato romántico, de aquellos bien contados, con un fascinante aspecto respecto a localidades y lugares envueltos en la bruma y en lo sombrío. Unos encuadres estudiados minuciosamente y llenos de detalles a nivel pictórico, en la que sus historias, íntimas y personales, nos sacuden emocionalmente, llevándonos por marcos llenos de desesperanza y sordidez, guiados por unas almas en continua batalla consigo mismas, y sobre todo, seres a la deriva, a la espera de un destino que les tienda una mano muy necesitada.

De los siete títulos que ha dirigido Gray nos centramos en sus dos últimos antes de centrarnos en Ad Astra, que son El sueño de Ellis y Z, la ciudad perdida. Dos trabajos que nos hablan de dos viajes íntimos y personales protagonizados por una Ewa, una inmigrante polaca que debe empezar a vivir en la desconocida Nueva York de 1921, y Percy Fawcett, un explorador británico enfrentado a lo desconocido de la selva amazónica. Sendas aventuras llenas de peligro e inquietud en el que tanto Ewa como Percy saborearan lo amable y lo amargo, donde sus respectivos periplos les servirán para conocerse mejor y sobre todo, conocer todo aquello que les rodea. Igual odisea vive el astronauta Roy McBride que es convocado por la Spacecom (una de esas empresas que utiliza la ciencia para enriquecerse) para una difícil misión, viajar hasta lo más lejano de la Tierra para reencontrarse a su padre Clifford, el astronauta más laureada de la historia, una especie oráculo espacial que ha visto cosas que no creeríais, que lleva más de tres décadas perdido más allá de las estrellas, a un lugar donde jamás nadie ha conseguido llegar. Roy es un tipo tranquilo, introvertido, con un autocontrol que lo hace excepcional, solitario, y alejado del único amor que ha tenido en su vida, y emprende un viaje para encontrar a un padre que hace décadas que no ve y con el que tuvo una relación fría y distante.

Gray nos muestra los preparativos científicos del viaje, en un futuro cercano, donde los viajes a la luna son habituales, donde la luna se ha convertido en una especie de espejo terrestre, donde unos la estudian y otros, sobreviven como en la Tierra, en el que el veterano coronel Pruitt estupendo Donald Sutherland (antiguo compañero de batallas de Clifford, quizás un guiño a Space Cowboys, de Eastwood) advertirá a Roy sobre el carácter rudo y reservado de su padre, un brillante Tommy Lee Jones. También, viajaremos a Neptuno, donde la base científica explora el planeta y saca sus conclusiones en el más estricto secreto, en la que la responsable, convincente Ruth Negga, tiene sus propios métodos muy alejados de la oficialidad de la misión.  A partir de ese instante, continuaremos solos con Roy, siguiendo su deambular diario por la nave, escuchando sus reflexiones e impresiones sobre aquello que está viviendo, sobre aquello que ha dejado atrás y también, sobre aquello que se encontrará, ese padre espectral envuelto en el más absoluto de los misterios, y lo que ha dejado, esa mujer que le sigue robando sus pensamientos.

El cineasta neoyorquino nos muestra un espacio descomunal, vacío, infinito, misterioso y fantasmal, con esa preciosista y bella cinematografía de Hoyte Van Hoytema (responsable de Interstellar, otro de esos monumentos que ha dado la ciencia-ficción en los últimos años)  siguiendo las odiseas protagonizadas por los astronautas de 2001: Una odisea en el espacio, el naturalista valiente de Naves misteriosas o el científico perdido de Solaris. Todos ellos hombres solos ante la inmensidad del espacio, de lo desconocido, de aquello que nadie había visto antes como mencionaba Nexus 6 en Bladde Runner. Ad Astra, que recoge el nombre de la denominación planetaria de la mitología griega, nos sumerge en un viaje hacia lo infinito, o quizás podríamos decir hasta lo conocido, siguiendo la misma estructura narrativa que El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en la que Roy va en busca de su padre, emulando a aquellos antecesores como Juan enviado por el partido para terminar con la vida de “Andarín” en plena posguerra española en El corazón del bosque, o el capitán Willard en su viaje para terminar con el Coronel Kurtz en plena guerra del Vietnam en Apocalypse Now, tres objetivos de hombres condecorados y envidiados que en algún instante han perdido el rumbo y han hecho la guerra o la misión, según el caso, suyas, creyéndose por encima de ellos mismos, unas especies de semidios con la razón y la aventura de su lado.

Los hipnotizantes movimientos de las naves, los lugares que atravesamos y todo ese entorno salvaje y lúgubre que envuelve a la película, juntamente con esos fascinantes primeros planos de un Brad Pitt inmenso y magnífico, convierten a la película de gray en un clásico instantáneo, un poderoso y espectacular viaje de ciencia-ficción que engrosa ya los títulos más esciales del género, con su esencia humanista y su detalle preciso de todo aquello que muestra y lo que no, convertido en un relato grandioso sobre lo humano enfrentado al espacio o mejor dicho, a sí mismo, a su capacidad científica y tecnológica en pos a la colonización del universo o todo lo que alcance, a un viaje al cosmos, a las tinieblas de un espacio incómodo y vasto, donde el ser humano se vuelve pequeño, indefenso y perdido, donde la ansiedad de aventura puede acabar con cualquiera, quizás por mucho que lo neguemos, existen límites en el que por mucho que nos empecinemos nos devolverán a nuestra realidad, a lo que realmente somos, con nuestras capacidades, torpezas, avances, miedos e inseguridades, al fin y al cabo, a nuestro ser y a nuestra soledad como individuos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

High Life, de Claire Denis

VIAJE AL FIN DEL UNIVERSO.

Las primeras imágenes de la película, además de fascinantes e inquietantes, definen sustancialmente el alma de la cinta que vamos a ver. En la inmensidad del espacio, vemos a un astronauta reparando una avería, casi suspendido en el aire, mientras soluciona el contratiempo. Se comunica con un bebé, al que vemos y escuchamos, que se encuentra en el interior de la nave. A continuación, entra en la nave y lo vemos quitarse muy despacio su traje. Inmediatamente, llega hasta un jardín-huerto botánico en el que empieza a tocar con detalle todo tipo de frutas, verduras y flores. Parece que sólo está con el bebé, quizás haya viajado sin nadie más, quizás el resto de la tripulación ha perecido, lo desconocemos. Se levanta, y con el gesto cansado, acude a la habitación donde se reúne con el bebé. No se tropieza con nadie más, parece que es el único viajero de la nave. Estas primeras imágenes, casi en silencio, más propias del gesto y el movimiento, nos acompañarán el resto del metraje, en un elemento, el del cuerpo y el gesto, muy definibles en el cine de Denis.

Claire Denis (París, 1946) una cineasta que lleva más de tres lustros retratando mundos oscuros y tenebrosos, en que aquellos más desfavorecidos, marginados e inadaptados pueblan sus películas, donde unos pocos personajes se mueven bajo un aura de fatalismo, movidos por un deseo irrefrenable hacia el otro, un deseo de poseer al otro, cueste lo que cueste, donde ha explorado temas como el colonialismo, inmigración, marginalidad, amor y sobre todo, la imposibilidad de ser uno mismo y reconocer a los demás, una lucha casi imposible, un motor que lleva a sus personajes a encerrarse en sí mismos, y a tropezarse con muros difíciles de derribar, superados por las circunstancias. En High Life, título número 13 de sus cintas de ficción, aborda el género, como ya hizo en Trouble Every Day (2001) con una fascinante y compleja cinta de amor fou entre vampiros. Aunque el acercamiento al género que hace Denis no se parece a ningún otro, la cineasta huye de los propios convencionalismos del género para crear un universo extraño, complejo y existencialista, en que la ciencia-ficción se reinventa para ir más allá, se intuyen rasgos, pero sólo es un vehículo para acercarse a otros menesteres de la condición humana, porque si hay algo que define enormemente el universo cinematográfico de Denis es la cuestión de lo humano, todo aquello que nos define como humanos, todo aquello que ocultamos en el alma, todo lo que, en ocasiones, no sólo ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos, aquello que nos empuja a nuestros destinos y circunstancias.

La película nos sitúa en un presente donde Monte, el astronauta solitario convive con un bebé, aunque mediante flashbacks, ya que la narración, como suele ser habitual en el cine de Denis es no lineal, con constantes saltos en el tiempo, vamos descubriendo el resto de la tripulación que arrancó en este viaje de desechos, ya que todos pertenecen a reos condenados a muerte y participan en esta misión científica casi obligados, donde la doctora Dibs, una especie de Dios, malvada y siniestra, les extrae esperma a los hombres para introducírselo a las mujeres para investigar la reproducción en mitad de la nada, en mitad del espacio. Denis nos cuenta su película a través de Monte, un ser callado y reservado, que ha optado por la castidad, y huir de esa máquina llamada “Fuckbox”, donde la tripulación da rienda suelta a su onanismo, ya que las relación sexuales con los demás tripulantes están prohibidas, en mayor parte porque la ciencia es dueña de su esperma.

Denis opta por una narración no lineal para descubrirnos con detalles y gestos todo el ambiente que se palpa en el interior de la nave, las relaciones terroríficas que allí se cuecen, donde la mentira y la animadversión entre unos y otros es patente, en que nos encontramos en una tensión latente, una especie de calma que está a punto de estallar. Denis crea una atmósfera absorbente y magnífica, una de sus características principales, en el que con leves detalles explica todo lo que allí acontece, donde podemos oler todo ese aroma malsano y terrorífico que recorren todos los espacios de la nave. La directora francesa está más cerca de la ciencia-ficción humanista, donde se detalla con precisión y sobriedad todos los males que acechan a las sociedades actuales, como la abundante soledad de unos y otros, el sexo como vía de escape, o la falta de amor sincero y profundo, donde Denis opta por el deseo no correspondido como motor en su película, en el que los diferentes miembros de la misión se mueven casi como animales enjaulados, llevados por esa libido latente en cada uno de sus gestos y movimientos.

Denis construye una película de personajes, de seres difíciles y algunos imposibles, de los que poco o nada conocemos de sus pasados antes de la condena a muerte, que los vemos como almas a la deriva, fantasmas en mitad del espacio infinito, como especímenes que han vuelto a lo más primario, al origen de todo, donde el jardín-huerto parece lo único que verdaderamente se mantiene en su ser, como una llama viva de todo aquello a la tierra, a lo que pertenecen, y el medio para seguir subsistiendo. Denis no esconde sus referentes, aún más, le ayuda a plantearse los conflictos humanos de manera más compleja e interesante, en el que vemos películas como Ikarie XB-1, de Jindrich Polák, la epopeya espacial checoslovaca de 1963, que nos hablaba de cómo un virus extraño azotaba la tranquilidad de una tripulación aparentemente en paz, o 2001, Una odisea en el espacio, donde Kubrick planteaba una lucha entre hombre y máquina en una película que se ha convertido en un referente para todos, o los viajes inquietantes y misteriosos del alma humana de Solaris o Stalker, ambas de Tarkovski, donde nos introducción en caminos laberinticos del ser y el estar, o las películas humanistas tipo Naves misteriosas, que asolaron la ciencia-ficción de los 60 y 70.

Denis ha contado con un gran reparto en el que destaca la interpretación de Pattinson, enorme y cálido, que ya demostró con Cronenberg de lo que era capaz, bien acompaño por una Binoche, que repite con la directora después de la experiencia de Un sol interior, en plan doctora-Dr. Frankenstein que juega a ser Dios contaminando a todos y en pos de la ciencia, con ese brutal momento en la máquina sexual masturbándose, donde su espalda y sus nalgas están filmadas de manera elegante y sexual, y Mia Goth, con esa mirada angelical y fría, que ya nos alumbró en Nynphomaniac o Suspiria, una especie de rebelde con causa y llena de odio y rencor, y el resto del reparto, que brilla y seduce a partes iguales. Denis ha construido una película reposada, brutal y fascinante,  con la intentante luz de Yorick Le Saux (colaborador de Guadagnino, Assayas o Jarmusch) y con su editor habitual Guy Lecorne, y su músico por excelencia Suart Staples de «Tindersticks», en el que nos sumerge en un viaje a los confines del universo, como esos viajes al estilo de Jarmusch en Dead Man Sólo los amantes sobreviven, entre otras, sumergidos en el interior de una nave, que más parece un cajón de difuntos, donde la comunidad existente no se aguanta en la que todos parecen querer salir de allí a escape, como si la amenaza de terror y bajos instintos estuviera a punto de convertirlos en cenizas.