Éter, de Krzysztof Zanussi

EL ALMA OSCURA.  

“Los dioses vigilan a los creadores. Sospechan de los científicos y artistas arrogantes, rebeldes por antonomasia, que desafían al poder divino cuando se obsesionan con el acto más radical de cualquier creación, hacer nacer la vida.”

Jordi Balló y Xavier Pérez, La semilla inmortal

En un momento de la película, el doctor protagonista asevera lo siguiente: “Según algunos filósofos la ciencia conseguirá todo aquello que no ha conseguido la religión”. Un hombre de ciencia, de pensamiento, un hombre que encuentra en la materia de su estudio, la razón de su existencia, quizás un científico que traspasa los límites humanos para experimentar con todo aquello que va más allá de la conciencia y el razonamiento. El nuevo trabajo de Krzysztof Zanussi (Varsovia, Polonia, 1939) explora de forma convincente y honesta los límites de la ciencia, la deshumanización de ciertos experimentos que en nombre del progreso acaban traspasando todos los códigos morales y éticos, y sobre todo, las consecuencias irreparables que tienen esos trabajos.

Zanussi lleva medio siglo dirigiendo películas profundamente psicológicas, en las que debate de forma inteligente y sincera los temas que atañen a la humanidad y el pensamiento, en el que sus personajes se enfrentan a la disyuntiva de las ideas enfrentadas a la pasión, en el que la materia filosófica siempre está presente como motor de sus relatos donde se discute sobre los valores éticos, morales y religiosos. En Éter, nos sitúa en algún lugar de Siberia en la Rusia de los zares, en el imperio austro-húngaro, a principios del siglo XX, en ese ambiente de preguerra que ya se cocía en todos los ámbitos. Allí, en ese lugar, un doctor que, vuelve a tener una oportunidad, después de librarse in extremis de la horca, esta vez en un destacamento militar, el lugar y el momento perfecto para sus creaciones. El objeto de estudio del doctor es el éter, una sustancia que elimina el dolor y la voluntad del paciente, con el fin de conseguir soldados más fuertes y resistentes.

El veterano cineasta se apoya en el mito de Fausto, de Goethe, un relato que transgrede llevándolo a su atmósfera, donde ansiada vida eterna pasa a ser el control y el poder absoluto para llevar a cabo los experimentos, donde Zanussi construye con rigor y fuerza una película absorbente y fascinante, un magnífico fresco histórico en el que la ciencia pretendía ocupar el lugar de la religión, donde para algunos la ciencia se convirtió en el nuevo Dios todopoderoso que lo permitía todo, como llevar a cabo experimentos con seres humanos sin calibrar los riesgos que comportaban dichos experimentos. Un doctor que transgrede todos los riesgos y a espaldas del ejército cruza el umbral de lo permitido para adentrarse en terreros muy oscuros y siniestros, en un camino parecido al de su colega en Frankenstein o el moderno Prometeo la famosa novela de Mary Shelley, en el científico que emula a Dios en crear vida de un cuerpo inerte, sin prever las terribles consecuencias que provocará en su creación, en ese monstruo, sin ética ni moral, que vagará provocando el caos y la violencia.

Un relato magnético y terrorífico que mezcla la cotidianidad del doctor y sus experimentos con la vida castrense, en la que Zanussi se vuelve a acompañar de sus cómplices habituales, como el cinematógrafo Piotr Niemyjski,  a través de una luz artificial, condensada, extraña, con ese hálito de fantasía romántica, que nos recuerda sobremanera a la del Fausto, de Sokurov, o Milena Freidler en la edición, con esa calculada precisión y sobriedad en los cortes, o Joanna Macha en el arte, en su peculiar y detallista ambientación y en el espacio, como esa caja de cristal, convertida en el centro de los experimentos del doctor siniestro. Zanussi nos asfixia y angustia en las dos horas que dura el metraje, en las idas y venidas del doctor, en ese ambiente malsano que va creando alrededor de su figura y en ese oscuro sendero en el que se va introduciendo, creando su propio universo de maldad y transgresión, midiendo sin ningún atisbo de empatía a sus cobayas humanas como su ayudante, o las enfermas mentales con las que va tratando.

Otro de los grandes elementos de la cinta, son el brillante y ajustadísimo reparto encabezado por Jacek Poniedzialek, en la piel del siniestro y oscuro doctor, que no encontrará obstáculos ni límites morales para materializar sus experimentos y cruzará la línea que separa la ciencia del delito, hipnotizado como un espectro sometido a su ciencia, con ese delantal negro y de piel, una especie de creador como aquel que asolaba a sus huéspedes en La isla de las almas perdidas, bien acompañado por Adrzej Chypra como el comandante-jefe que representa a ese ejército, arma de un estado en descomposición y corrupto que está a las puertas de una gran guerra, y el resto del elenco que brilla con luz propia, con sus rostros y detalles. El cineasta polaco nos muestra el drama humano y social, a través de un fantástico gótico y de terror, aunando la cotidianidad con esos monstruos que nos acechan, en una película que nos habla de ciencia, de psicología, filosofía, religión, humanidad, y sobre todo, de vida y muerte, de la razón enfrentada a la pasión, de la complejidad del ser humano, de la naturaleza oscura de los hombres y la materia, de los límites científicos que vuelven a estar de actualidad con algunos experimentos que trasgreden las leyes naturales de la actualidad. Zanussi quiere que los espectadores reflexionen con sus potentísimas imágenes y la ambigüedad de sus personajes, en ese contexto histórico donde la ciencia, en manos de doctores siniestros como el que muestra la película, se convierte en un arma muy poderosa para someter a los seres humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Perros de presa, de Martin Panek

MALDITAS BESTIAS.

“Los horrores que es capaz de concebir una mente son siempre mucho peores que la realidad.”

Paula Hawkins

El arranque de la película está cargado de fuerza y concisión narrativa, situándonos en el fondo de la cuestión de forma muy expresiva y cercana, en la que observamos la última noche del campo de concentración de Gross Rosen, donde en planos generales con la cámara en travelling, somos testigos de ejecuciones de presos y entramos en uno de los barracones siguiendo a un par de oficiales nazis que han entrado a inspeccionar el lugar. De repente, un niño al que se sumaron otros, comienzan a tirarse a tierra y levantarse al grito de “Runter” y “Auf” (Abajo/arriba) mientras los nazis se ríen a carcajadas. Corte a la mañana siguiente, en el mismo escenario envueltos en la niebla, unos soldados soviéticos entran en el campo, mientras van encontrándose multitud de cadáveres y se topan con los niños de la noche anterior, quizás de los pocos supervivientes.

El director Martin Panek (Wroclaw, Breslavia, Polonia, 1975) estudiante en las escuelas de Kieslowski y Wajda, debutó en el largometraje con Daas (2011) con la historia de Jakub Frank, un místico del siglo XVIII que tuvo gran fama pero también sembró dudas de su supuesta divinidad. Ahora, nos sitúa en un relato intimista y sencillo, en el que aborda en el convulso verano de 1945, apostando por una mirada diferente y poco transitada por el cine,  el destino de ocho niños liberados de un campo de concentración nazi, que van a parar a un antiguo orfanato abandonado, junto a una adulta también superviviente como ellos. Esa aparente calma se verá sacudida por la escasez de comida y agua, y sobre todo, por la muerte violenta de la adulta por unos perros salvajes del campo que se dedicaban a atacar a los presos. Los ocho niños se ven rodeados por estos perros lobos que deambulan por el bosque y los acechan, además los conflictos internos no tardan en aparecer, en que el enigmático y silencioso Wladek se muestra apartado al resto, situación que violentará a Kraut, más visceral y nervioso, donde Hanka, la mayor del grupo y una especie de hermana de todos, intentará mediar para mantener la paz den el grupo.

Panek se mueve en el relato de iniciación de unos niños que deberán enfrentarse a otro horror, o mejor dicho, seguirán enfrentándose a un horror que parece seguirles irremediablemente, en el que aparte de los perros, existen visitantes igual de salvajes que los canes, o aquellos nazis que se ocultan del ejército rojo. Aunque la película también ahonda en otros marcos, como el thriller psicológico por la situación incómoda que se manifiesta entre Hanka, Kraut y Wladek, una especie de trío que se acerca y aleja, construido a partir de las miradas, sus gestos y acciones, donde las relaciones internas entre unos y otros llevarán su convivencia a pender de un hilo muy fino, y por último, la película también se funde con el cine de terror más puro, donde unos niños se ven atrapados en una casa escondiéndose del terrible enemigo de fuera con la forma de unos perros hambrientos. El director polaco consigue una atmósfera inquietante y oscura, a pesar de que casi toda la película estamos de día, con la sutil y aterradora luz del cinematógrafo Dominik Danilczyk, que sabe atrapar con extremada fuerza todo lo que se cuece en esa casa y en ese bosque, elementos indispensables que nos retrotraen a las fábulas tradicionales.

La parte más importante y fuerte del relato descansa en la interpretación de los ocho niños destacando la sensibilidad y dureza de una magnífica Sonia Mietielica dando vida a Hanka, bien acompañada por el expresivo y callado Wladek, el personaje más oscuro de todos ellos, extraordinario el joven Kamil Polnisiak, Nicolas Przygoda interpreta a Kraut, el alma inquieta y rebelde de este grupo heterogéneo, y los otros niños que con sus camisas y pantalones de rayas, desarrapados y hambrientos, rezuman naturalidad y cercanía, los cuales deberán convivir y sobre todo, enfrentarse a la terrible amenaza de fuera. Panek ha logrado un cuento de hadas terrible y muy oscuro, una especie de Hansel y Gretel, donde el horror no se localiza en el interior de esa casa fantasmal y abandonada, sino en el exterior, con esos perros de la muerte que se convierten en la sombra alargada que no termina de extinguirse de los nazis, en una atmósfera que tiene ese aspecto crudo y fantástico de películas como The Innocents o Picnic en Hanging Rock, donde los niños se ven envueltos en un misterio que nos atrapa y nos envuelve en un aura de terrorífica cotidianidad, donde resulta imposible escabullirse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Krzysztof Piesiewicz

Encuentro con Krzysztof Piesiewicz, guionista del cineasta Krzysztof Kieslowski, con motivo del ciclo “Krzysztof Kieslowski: No oblidaràs!” que le dedica la Filmoteca de Catalunya, con la participación de Esteve Riambau, director Filmoteca, en Barcelona, el jueves 4 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Krzysztof Piesiewicz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Joana Bardzinska, por su gran labor como intérprete,  y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Mug, de Malgorzata Szumowska

CUANDO ERES DIFERENTE.

Uno de mis críticos de referencia y guía cinematográfico cuando era un chaval, el desaparecido Ángel Fernández-Santos, defendía con audacia que los primeros minutos de una película eran cruciales para su posterior desarrollo. Pues bien, siguiendo la tesis del reputado cronista, Mug, la séptima película de Malgorzata Szumowska (Cracovia, Polonia, 1973) arranca de una forma peculiar y corrosiva, un inicio que no nos dejará indiferentes, en el que observamos un grupo de personas ateridas de frío mientras esperan delante de un hipermercado. Cuando se abren las puertas, se quitan su ropa y se quedan en ropa interior, y acto seguido, se lanzan como animales enrabietados a la caza del último modelo de televisión, enzarzándose en peleas, empujones y demás gestos violentos para arrebatar a su “contrincante” tan preciado objeto. Entre todo ese barullo, una mujer extremadamente delgada y poco agraciada, se pasea entre ellos, como si aquello no fuese con ella, observando el tumulto, siendo testigo invisible, ya que nadie se ha percatado de su presencia, como un ser sin existencia, alguien que no encaja ante esa maraña de posesos, desatados y salvajes. Esos primeros datos que nos da Szumowska resultan precisos y llenos de profundidad para guiarnos entre las diferentes tensiones emocionales que describe la película.

La cineasta polaca se ha erigido en sus trabajos como una observadora profunda y crítica con las relaciones humanas, retratando personas o grupos encerrados, que tienen poco o nada de contacto con el exterior o con los demás, seres que construyen relaciones muy complejas y difíciles con el resto, mostrándose hieráticos e introvertidos, donde una distensión emocional los cambiará emocionalmente y los trasladará por lugares en los que deberán redefinirse hacia los demás, y sobre todo, a sí mismos. En Mug, nos sitúa en una zona rural del sur de Polonia, donde las tradiciones ancestrales se mantienen como si el tiempo se hubiese congelado, donde la familia, la religión y el clan tienen una importancia capital entre los distintos individuos, en que humano, animales y naturaleza conviven a partir de extremos, donde la belleza y el horror se fusionan, se mezclan, y son el pan de cada día. Conoceremos a Jacek, un veinteañero que trabaja en la granja de su familia, ayuda a construir la estatua de Cristo más grande el mundo, y le encanta amar a su novia Dagmara, pasear con su perro y escuchar música heavy a todo trapo.

Jacek sueña con dejar el pueblo e inmigrar, escapar de allí, reencontrarse a sí mismo, y experimentar otros lugares, personas y demás. Todo, empezando por su familia miran a Jacek como el bicho raro, como la oveja descarriada, el diferente del pueblo. La vida de Jacek y su entorno más íntimo cambiará cuando tiene un accidente en la obra y despertará con el rostro desfigurado. La rareza del principio, ahora se convertirá en el rechazo por su nueva imagen, por ese rostro diferente, tanto de su familia como de los habitantes del pueblo, que lo ven como un pecador, alguien que rechaza los postulados de Dios y vive con otra identidad. La única persona que lo aceptará será su hermana mayor. Szumowska nos cuenta una fábula moderna, un cuento sobre la diferencia, tanto física como emocional, un retrato profundo y crítico sobre la Polonia rural, sobre sus prejuicios, tradiciones, contradicciones, ambientes y espacios, un mundo indómito, bello y cruel, un lugar frío y complejo que puede ser muy acogedor, y a la vez, muy aterrador, donde lo diferente y extraño se rechaza, lo que no encaja se aísla, como si fuese la peste, donde los que hacen y piensan diferente son aquellos que no son aceptados, que se ven de otra manera.

Jacek sufre todas esas miradas de rechazo, incomprensión e inquisidoras, empezando por su novia, presionada por su familia, que no quieren a Jacek, o su propia familia, que lo ven diferente, como si su nuevo rostro, también hubiese cambiado su personalidad, como si lo físico fuese lo más importante, lo que prevalece en la personalidad de alguien. La directora polaca crea una atmósfera inquietante y muy íntima, siguiendo la tragedia social que vive Jacek, sin caer en el sentimentalismo ni la condescendía, sino mirando a cada uno de sus personajes y sus posiciones a la altura de los ojos, donde contribuye la forma que filma la película, a partir de enfocar una parte del plano y dejando desenfocado el resto, obra de su cinematógrafo habitual Michal Englert, coguionista de la cinta, en una idea de extrañeza y rareza que ayuda a sumergirnos en el alma de Jacek y cómo va respondiendo emocionalmente a todo aquello que bulle en el exterior.

Jacek se siente rechazado, le hacen sentir diferente, un extraño en su familia y en su pueblo, un fantasma, un invisible, como aquella mujer en el hipermercado en los primeros minutos, siendo rebautizado como un ser maligno, una especie de monstruo, como dejará evidente la secuencia del exorcismo, que empieza de modo terrorífico para acabar de forma cómica y mordaz. Szumowska ha construida una cinta muy personal y compleja sobre la Polonia rural, tan encerrada en sí misma, tan anclada en el pasado, en sus tradiciones y costumbres, en liza con esa otra Polonia diferente, que encarna el persona de Jacek, una nueva mirada que quiere romper con el pasado y emprender un futuro alejado de todo aquello, siguiendo las necesidades emocionales que hierven en el interior, y dejándose llevar por todo aquello que sienten, experimentando nuevas gentes, mundos y sensaciones.

Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS.

Un día más con vida es inmensamente personal. No es sobre la guerra o sobre las partes en conflicto, sino sobre estar perdido, sobre lo desconocido, sobre la incertidumbre en la suerte de uno. A menudo vemos en situaciones en las que estamos seguros de que esa vez no vamos a escapar de las garras de la muerte. Y luego al siguiente día nos despertamos aliviados y decimos “Bueno, ha sido un día más con vida, y otro espera por delante”

Ryszard Kapúscinski

El 25 de abril de 1974, en Portugal estalló “La revolución de los claveles”, el levantamiento militar que acabó con la dictadura de Salazar, hecho que propicio la ausencia de poder en las colonias, lugares que se vieron envueltos en estadillos de violencia que provocaron guerras civiles por el control del país en cuestión. Uno de esos países fue Angola, que en 1975 era un hervidero de incesantes focos de guerra y violencia diseminados por diversas partes del país. Un país en el que luchaban el pueblo con ideas revolucionarias contra los poderes facticos que querían a toda costa mantenerse en el poder y seguir sometiendo al pueblo. O dicho de otro modo, las dos grandes potencias mundiales, la Unión Soviética apoyada al pueblo y EE. UU al poder. Angola, un país perdido en el sur de África, al que nadie parecía hacerle caso hasta el año 1975, amén de los portugueses, se convertía en el escenario elegido para dirimir la Guerra Fría. Y cómo no hay guerra, si alguien no la cuenta. Allí, se encontraba Ryszard Kapúscinski (1932-2007) enviado por una agencia polaca, reportero curtido en mil batallas Latinoamérica, Asia y África, que un año más tarde, en 1976, plasmó toda la experiencia vivida en su libro Un día más con vida.

La película arranca de forma brutal y enérgica, sumergiéndonos en el ambiente caótico que se vivía en aquel 1975 en Luanda, la capital de Angola, en un ir y venir de gentes, que se mueven con prisas de un lugar a otro, Kapúcinski lo observa todo desde el balcón de su hotel, como los portugueses abandonan el país, y todo se ha vuelto gris y sangriento de un día para otro. Aunque el reportero polaco es un hombre de acción, alguien que está allí para contar lo que sucede, para vivir en primera línea los acontecimientos, y acaba convenciendo a un colega angoleño, Artur Queiroz para que lo acompañe a conocer al Comandante Farrusco, un portugués que ha desertado y se ha puesto a combatir a favor de los más desfavorecidos. El cineasta español Raúl de la Fuente ya había dado cuenta de su mirada documental en su primera película con Nömadak Tx (2006) un recorrido musical por los espacios más recónditos y atávicos del planeta. Tres años más tarde, funda Kanaki Films con Amaia Rémirez y emprenden la producción del corto Minerita (2013) que cosecha grandes premios internacionales. Ahora, Rémirez , en labores de producción y coguionista, y la ayuda de Damian Nenow, el codirector polaco encargado del 3D de la película, firman su primera película de animación, basada en el libro de Kapúscinski, con 60 minutos de dibujos animados, y 20 minutos de acción real, donde entrevistan a los verdaderos protagonistas que se cruzó Kapúscinski en su aventura suicida por la devastada y caótica Angola.

De la Fuente y Nenow nos enfrascan en una road movie, en que el reportero intrépido querrá ir al lugar más caliente de la guerra, a ese encuentro con Farrusco, el viaje será muy peligroso y lleno de obstáculos, como la desconfianza de los rebeldes, como la joven Carlota, una chica de 19 años que ya es líder de un grupo importante. Siguiendo la línea de la novela de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que sirvió de base argumental para las películas el corazón del bosque, de Manuel Gutiérrez Aragón y Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, De la Fuente y Nenow nos llevan por una película de aventuras, brutal y terrorífica, en el que los momentos de paz y descanso son mínimos, con una extraordinaria imagen visual, llena de colorido y acción, donde la fisicidad de la película, se mezcla con gran acierto con la interioridad de Kapúscinski, creando imágenes psicodélicas y extravagantes, que ayudan a comprender el estado mental de confusión que se palpaba a cada centímetro de tierra.

La propuesta resulta interesante y conmovedora, sin necesidad de recurrir a ninguna artimaña sentimental o del estilo, sino cazando la sinceridad de los personajes, las acciones y la mezcla de puntos de vista en mitad del conflicto, junto a las entrevistas a los verdaderos protagonistas, la documentación gráfica que nos muestran y las imágenes reales de la Angola actual, ofrecen un poderoso abanico de miradas, reflexiones y argumentos que ayudan a mirar el conflicto de Angola, uno de los más longevos del mundo con 27 años de Guerra Civil, desde puntos de vista diferentes y antagónicos, para que nos podamos hacer una idea de la controversia que se vivió en aquellos meses, donde la información que se tenía era escasa y poco fiable. Acompañamos la aventura de Kapúscinski a su par, viendo el horror que él ve y siente, conociendo a tantas personas anónimas que hacen la guerra (como explicaba el Miralles de Soldados de Salamina, tantos y tantos jóvenes que mueren en estúpidas guerras y son olvidados, como le instará Carlota al reportero, que su nombre no se olvide y hable de ella).

Una película emparentada a otros grandes trabajos en la animación sobre el documento histórico, en su revisión y la capacidad de las imágenes animadas para construir universos complejos que mezclan físico e interior de los personajes, como ocurría en La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahada, sobre la supervivencia japonesa de la segunda guerra mundial, o en Cuando el viento sopla, de Jimmy T. Murakami, en la que nos relataban la vida de dos ancianos después de una explosión nuclear, en Persépolis, de Majane Satrapi, nos explicaba la odisea de crecer mujer en Irán, y Vals con Bashir, de Ari Folman, un retrato biográfico de la experiencia bélica en la primera guerra del Líbano. Documentos de animación, donde dejan evidente la capacidad del género para acercarse a realidades difíciles y controvertidas, donde queda plasmado el poder de la imaginación visual para describir el alma de aquellos personajes que viven situaciones angustiosas y horribles, desde miradas sobrias y poéticas.

Un día más con vida es una película poderosamente visual, que la acompaña un ritmo frenético, sin caer en la superficialidad y el aspaviento visual, que destila un magnífico empaque argumental, en el que nos muestran la guerra, tanto su contexto como sus protagonistas, desde infinidad de ángulos y posiciones personales diversas, en la que se habla con esmero y crudeza sobre tantos elementos e intereses que se manejan como política, violencia, sociedad y seres humanos, que nos devuelve la mirada a la guerra, desde la mirada de aquel que la vive para contarla al mundo como Kapúscinski, y el otro, aquel que coge las armas para vivir en un mundo mejor, para construir un país diferente, más humano y más de todos, luchando contra la tiranía y el opresor, amén de profundizar sobre el valor del periodismo, el poder de la información, y la decisión de tomar partido o no, porque a veces las circunstancias te obligan a posicionarte.

Cold War, de Pawel Pawlikowski

UNA CANCIÓN DE AMOR DESESPERADA.

“El amor es el amor y no se puede hacer nada”.

La primeras imágenes de la película nos remiten al cine documental, en el que su protagonista viaja a bordo de una camioneta por las zonas rurales de una Polonia de posguerra ruinosa y fría. Un viaje en el que se dedican a grabar las canciones populares de los campesinos, en que la cámara filma esa inmediatez y fisicidad de los lugareños, imágenes en las que Pawlikowski impone tantos años de experiencia en el documental. Luego, Wiktor, el protagonista del relato, junto a Irene, realizarán un casting donde buscan voces y bailarines entre los campesinos. En una de esas pruebas, quedará prendado de Zula, una enigmática rubia, de carácter y pasado oscuro. Entre los dos, sin que ellos mismos puedan remediarlo, nacerá una intensa y desesperada historia de amor, entre idas y venidas, que abarcará desde el año 1949 hasta el 1964. Pawel Pawlikowksi (Varsovia, Polonia, 1957) había instalado su filmografía en retratos de personajes de naturalezas y personalidades distintas en que las circunstancias los llevaban a relacionarse con todo lo que implica el choque entre dos mundos antagónicos.

Después de algunos títulos interesantes y dotados de personalidad, irrumpe con fuerza en el panorama internacional con Ida (2013) una película que lo devolvía a su país y a su idioma, en un exquisito y elaborado blanco y negro y el formato de 1: 1’33, nos contaba una sobria y amarga historia, con reminiscencias a Viridiana, de Buñuel, donde una novicia descubría su oscuro pasado familiar en la Polonia de los años sesenta. Cold War se sitúa una década anterior, en los cincuenta, y también adopta la plasticidad minuciosa y elegante del banco y negro y el formato cuadrado, para contarnos una historia dura y bella sobre dos amantes en un amor imposible en tiempos de desolación y grises. Viktor y Zula son la pareja de enamorados basados en los padres del director, a los que dedica la película, y en esos amores que se aman y se separan y vuelven a reunirse a lo largo de 15 años, unas veces por sus caracteres diferentes, otras, por las circunstancias políticas que les condicionan terriblemente, y en algunas, por caprichos del destino.

El cineasta polaco sitúa su trama en esa Europa de posguerra, con los dos bloques del este y oeste bien diferenciados, con esa Polonia militarizada y controladora, pasando por el París bohemio y divertido, aunque también, dificultoso para vivir, el Berlín oeste con su libertad, pero imbuido en el miedo, o la Yugoslavia socialista, donde nadie está a salvo de nadie. La película nos habla de una Europa herida y en reconstrucción, donde no hay lugares realmente buenos para vivir, donde todos tienen algo positivo y también, negativo, algunos más que otros. Las diferentes tonalidades de blanco y negro que opta la película describen con naturalidad y sobriedad las diferentes atmósferas que se respiran en uno y otro país, teniendo más contrastes entre la Polonia de tonos grisáceos con ese París libre y musical, donde parecen que las canciones suenan de otra manera. Pawlikowski nos cuenta los amores de Viktor y Zula mediante la música, rodeados de tantos temas que según sus diferentes estados de ánimo y la situación de su amor, nos lleva a sentir una cosa u otra, como por ejemplo el tema “Dos corazones”, de Mazowsze, que escucharemos un par de versiones del mismo tema, como canción popular interpretada por una campesina en Polonia, para luego más tarde escucharla como jazz en los labios de Zula en París. Desde el folklore  polaco hasta los ritmos modernos como el rock, el jazz y demás.

Una imagen pulcra, oscura o etérea, obra de Lukas Zal (que también hizo la de Ida) con esos encuadres majestuosos, donde como ocurría en Ida, casi todo se reduce al primer tercio de la imagen, dejando vacíos los dos tercios restantes, para evidenciar aún más la soledad y desesperación que sienten los protagonistas, como le ocurría a Anna, la joven novicia. El cineasta polaco condensa tantos años en 89 minutos que nos llevan de un espacio a otro, y a un país a otro, con cuidadísimas elipsis, donde es tant importante lo que vemos como aquello que se nos oculta, pasando por diferentes atmósferas y estados de ánimo, donde tanto Viktor como Zula se sienten continuamente amenazados por circunstancias tan adversas, donde el poder político era inmenso, donde la falta de libertad propia y ajena era el común denominador, en el que nada ni nadie se encontraba a salvo en un mundo con miedo, receloso y ruinoso, tanto físicamente como emocionalmente, donde unos y otros luchaban encarnizadamente por liderar los cambios del nuevo orden político, social, económico y cultural.

Pawlikowski se ha rodeado de buena parte de sus colaboradores habituales, muchos de ellos ya estuvieron en Ida, como el mencionado cinematógrafo, los diseñadores de producción Katarzyna Sobanska y Marcel Slawinski, la productora Ewa Puszczynska, y algunos de sus intérpretes como Joanna Kulig que ya estaba en Ida, y ahora da vida a la desdichada y cambiante Zula, bien acompañada por Tomas Kot como Viktor, y a su lado, Agata Kuleska que hace de Irene, y en Ida interpretó a la malvada y déspota tía de la protagonista, y la presencia del director francés Cédric Khan dando vida a otro cineasta parisino, y Jeanne Balibar en un breve pero interesante rol. Cold War, contundente y revelador título para una película de garra y fuerza, tanto plástica como argumentalmente hablando, en la que encontramos a uno de los cineastas europeos más interesantes del momento, con una gran personalidad como autor, que describe con aplomo y detalle de cirujano esos años oscuros de posguerra donde Polonia y sus ciudadanos debían resurgir de pozos muy oscuros para moverse y respirar en un país ruinoso que imponía un orden estricto y férreo, que dejaba a sus habitantes vacíos y encarcelados en vida.

Entrevista a Marta Prus

Entrevista a Marta Prus, directora de la película “Over The Limit”. El encuentro tuvo lugar el viernes 7 de septiembre de 2018 en el Hotel Evenia Rosselló en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Prus, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mercè Amat, por su fantástica labor como traductora, y a Ot Burgaya y Salima Jirari de El Documental del Mes, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Over The Limit, de Marta Prus

DOLOR Y GLORIA.  

“¡No eres un ser humano, eres un atleta!”

La película arranca con la mirada concentrada y seria de Margarita Mamun, una atleta de élite rusa en la disciplina de gimnasia rítmica, una mirada desprovista de cualquier expresión, una mirada fija y ausente de emoción, encerrada en su único objetivo: ser campeón olímpica. A su lado, Amina Zaripova, ex campeona mundial y su entrenadora personal, y más allá, no muy lejos de las dos, con ojo avizor, a cual mirada impertérrita de general, algo así como un “Gran Hermano”, Irina Viner, la famosa presidenta de la Federación Rusa de Gimnasia Rítmica, fabricante de grandes campeonas rusas. Durante un año, seremos testigos de los durísimos entrenamientos a los que someten a Rita, a un nivel altísimo de exigencia tanto a nivel mental como físico, como si se tratara de un soldado en régimen de acuartelamiento, una exigencia deportiva heredada de los métodos soviéticos, donde los deportistas son tratados como máquinas de trabajo, en la que no hay tiempo para las emociones, en el que cada movimiento debe ser perfecto e impecable, para conseguir ser la mejor en los diferentes campeonatos en los que participará. Rita será sometida a toda clase de insultos y desprecios por parte de Irina y Amina, situaciones que la joven atleta de 20 años aguanta estoicamente y firme, enfrascada en su objetivo.

 La puesta de largo de Marta Prus (Varsovia, Polonia, 1987) después de un tiempo de aprendizaje en el campo documental, se sitúa en el centro de la Gimnasia Rítmica, disciplina que experimentó durante 7 años en la selección de Polonia, y nos habla desde la intimidad, desde el pilar de todo, en esos espacios de entrenamientos donde se labra todo, donde se construye todo, donde se cometen errores tras otros, donde se pulen los diferentes ejercicios, donde se trabaja sin descanso para llegar a esa perfección endiablada que las llevará a los altares de los laureados. Prus enmarca su película en unos exiguos 74 minutos, donde nos habla de los entresijos de la preparación de un deportista de élite, que no trabaja para su gloria, sino la gloria de su país, de toda una nación que la mira, la observa y la juzga, cualquier error por mínimo que sea. Apenas vemos los mínimos momentos de descanso de que disfruta Rita, con las llamadas que se realiza con su novio (otro deportista de élite) y las leves visitas en casa de sus padres, donde vemos a la deportista más relajada, pero sin dejar de lado su objetivo primordial.

Prus filma con precisión y observación todos los momentos que se producen frente a su cámara, a través de una cercanía que emociona, con los mínimos detalles, sin aspavientos ni sensiblerías, tomando el pulso a cada momento, y teniendo la valentía de filmar el lado oscuro de los entrenamientos y los métodos terroríficos a los que someten a los deportistas, siendo paciente y capturando todas esas miradas y gestos que se reparten entre las entrenadoras y Rita, que asume su condición de subordinado, como un soldado obediente y callado que tiene que emplearse a nivel mental y físico de manera brutal para contentar no sólo a sus jefes, sino a su país, porque la imagen de la nación está expuesta en cada uno de sus movimientos y ejercicios. La película mantiene un ritmo pausado, pero a la que no dejan de ocurrir situaciones, cada vez más in crescendo, donde todo parece que vaya a estallar en cualquier momento, pero Rita se mantiene al igual que una estatua de piedra, tragándose todo lo que le echan, incluso cuando su padre cae gravemente enfermo, y la gimnasta sigue trabajando con la misma exigencia que se le requiere.

La cineasta polaca ha construido un retrato intimo y profundo sobre las emociones soterradas de tantos atletas rusos o soviéticos sometidos a los estrictos entrenamientos, donde no hay tiempo de respirar y sí para seguir entrenando día y noche hasta que los ejercicios provoquen la admiración de los jueces por su perfección y calidad. Una mirada hacia el deporte y los métodos que se emplean para alcanzar la gloria, una gloria solo destinada a los más fuertes, física como mentalmente, unos pocos privilegiados que deben solventar las durísimas pruebas a las que serán sometidos por sus exigentes entrenadores y preparadores, porque no todos somos capaces de enfrentarnos a nuestros propios límites e inseguridades, por mucho que nuestra pasión sea el único camino que hayamos elegido y Margarita Mamun, que esta ante su último gran competición, sabe muy bien que quizás todo no valga por un sueño, aunque ella está preparada para asumir este camino de sangre, sudor y lágrimas a la que le someten los durísimos entrenamientos de la Federación Rusa de Gimnasia Rítmica, a la que sólo le vale ganar para demostrar al mundo que sus métodos son los más eficientes.

Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL ARTISTA.

“No podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros”

Vincent Van Gogh

Nos encontramos en Francia, en el verano de 1891, cuando el cartero Joseph Roulin encarga a su hijo Armand que le llevé a Theo Van Gogh una carta escrita por su hermano Vincent, fallecido un año antes. A partir de esta premisa, seguimos a Armand, primero por París y luego por Auvers-sur.Oise, localidad cercana a París, donde el pintor pasó sus últimos días, y en la que se va a ir encontrando con personas que conocieron a Van Gogh y de esta manera, reconstruir los pasajes más interesantes de su vida y sobre todo, sus últimos días y las extrañas circunstancias que acabaron con su vida, al igual que otros autores de la grandeza de Minnelli, Kurosawa o PIalat ya habían reflejado el mundo visual de luz y colores del genio holandés, a través de grandes películas que exploraban su mundo. Aunque este nuevo trabajo es diferente, pero no por lo que cuenta, sino el cómo lo cuenta, porque quizás la trama detectivesca que sigue a Armand resulte más interesante o no, aquí el mayor atractivo de la película reside en su construcción, porque es la primera película de la historia pintada al óleo, en la que 125 artistas de todo el mundo han pintado 65000 ilustraciones que posteriormente se han animado con la ayuda de intérpretes reales, en la que podemos ver 94 fotogramas muy cercanos a los originales del pintor, y unos 31, donde hay una representación parcial de sus pinturas. Una técnica artesanal, de prodigio visual, extraordinariamente elaborada que consigue seducirnos de inmediato, y sobre todo, introducirnos en el mundo plástico de extraordinaria belleza del arte de Van Gogh.

Los artífices de semejante propuesta son la polaca Dorota Kobiela que debuta como directora después de un puñado de cortometrajes animados reconocidos internacionalmente, y también, el británico Hugh Welchman, que también hace su debut en la dirección, después de una larga trayectoria en el mundo de la producción animada de éxito mundial. Dos cineastas que ya habían colaborado en otros trabajos, y ahora emprenden su primer largometraje juntos, y se enfrascan en un viaje emocional a la vida y el arte de Vincent Van Gogh (Zundert, Países Bajos, 1853 – Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) uno de los estandartes de la pintura moderna que empezó a pintar a los 28 años y en sus escasos diez años de trabajo dejó unos 900 cuadros y 1600 dibujos, y un prolífico material epistolar que alcanza las 800 cartas, de las que escribió unas 650 a su hermano Theo. A partir del contenido de estas premisas, Kobiela y Welchman construyen algunos de los momentos más significativos de la vida del pintor, un hombre atormentado por sus problemas mentales que tuvo que lidiar con sus grandes dificultades por encajar en un mundo que rechazaba su arte.

A través de Armand, seguimos su periplo por aquellos barrios bohemios de París, a través de su vendedor de materiales para la pintura, o de todos aquellos personajes que se relacionaron en aquellos últimos días de su vida, en Auvers-sur-Oise, pequeña localidad francesa, cercana a París, donde el pintor encontró esa luz necesaria para construir su arte, a través de la recreación vanguardista que imprimía en sus pinturas, ilustrando campos, campesinos, y las personas que conocía e inmortalizaba en sus cuadros, como el Dr. Gachet, amigo de su hermano que lo acogió, y la hija de éste, Marguerite Gachet, a la que llegó a pintar en tres ocasiones, o Adeline Ravoux, la hija del dueño de la posada Ravoux, donde el pintor se alojaba y fue encontrado muerto, una muerte que algunos creen que fue un suicidio y otros, que fue asesinado por un joven maleante de la zona. Misterios sin resolver que la película utiliza de excusa para contarnos esos últimos días de Van Gogh, su arte, sus amistades, sus tormentos, y la soledad que le perseguía sin descanso, y la falta de interés que tenía su obra en la época, todo lo contrario que en el actualidad, convertido en uno de los mayores pintores de la historia, y uno de los máximos exponentes de la pintura moderna.

Kobiela y Welchman nos invitan a maravillarnos con la especial delicadeza y sensibilidad que destilan cada uno de sus fotogramas, convirtiendo su película en un joya visual sin precedentes, en un extraordinario viaje a los sentidos que recoge con sinceridad y honestidad el espíritu del arte de Van Gogh, a través de su pintura, de su maravillosa luz, colores y detalle en las formas y el rostro de sus retratados, y conociendo aún más si cabe, las relaciones que tuvo en su vida, y más concretamente, en sus últimos días, en el que la película construye un calidoscopio, tanto audiovisual, por su magnífica técnica que recuerda a los grandes de la animación que han creado trabajos vanguardistas, revolucionarios, sensibles y conmovedores, como Lotte Reiniger, Jan Svankmajer o Hayao Miyazaki, por citar a algunos (donde la animación ha alcanzado espectaculares maravillas visuales a través de la sencillez del dibujo y una formalidad que nada tiene que envidiar al cine real) y argumental, a través de los testimonios de todos aquellos que lo conocieron y trataron, creando un Van Gogh diferente y extraño según la persona y la relación que tuvo con él, desde los ya citados, como el barquero que lo veía de tanto en tanto, o la ama de llaves que lo trataba de loco, todos ellos, en su medida, nos descubren o no a una persona y artista que la película describe a través de muchas personas, sin saber con exactitud cómo era, y muchísimo menos, las circunstancias oscuras que envuelven su fallecimiento.

Spoor (El rastro), de Agnieskza Holland

ANIMALES SALVAJES.

Nos encontramos en un pueblo de montaña en la frontera checo-polaca, en pleno invierno, en una casa alejada del pueblo vive Duszejko, una ex ingeniera, astróloga y vegetariana que roza la setentena. La mujer vive en consonancia con la naturaleza y su pasional amor hacia los animales que protege ante las temporadas de caza. Un día, sus dos perros desaparecen y nadie los ha visto. A partir de ese instante, Duszejko, ya cansada de denunciar las atrocidades en las cacerías, iniciará una cruzada contra aquellos que atentan contra lo que ella más quiere. Una aventura en la que tratará con su vecino de su misma edad Matoga, un tipo solitario y callado, Buena nueva, una jovencita desarraigada que acaba de putita en las manos de un sinvergüenza sin escrúpulos, Dyzio, un informático que trabaja para la policía que oculta sus ataques epilépticos, y finalmente, Boros, un señor que estudia el comportamiento de los insectos. Un grupo aparentemente alejado pero que la trama los irá acercando y los llevará a trabajar por ese bien común en el que todos acaban creyendo.

La nueva película de Agnieszka Holland (Varsovia, 1948) basada en la novela elogiada por crítica y publico “Sobre los huesos de los muertos”, de Olga Todarczuk, que actúa como coguionista junto a la directora, se detiene en las injusticias contra los animales, representada en la figura de esta señora que, aunque resulte excéntrica y bastante loca, hará lo imposible para luchar y protestar contra esos atentados a los más indefensos. En el otro lado, sus enemigos no son otros que las élites del pueblo, el gobernador, el jefe de policía, el sacerdote y el empresario de turno, todos ellos corruptos, gentuza que aprovecha su posición para vivir a costa de los demás, sin ningún miramiento ni compasión. Holland que aquí tiene la colaboración de su hija Kasia Adamik en labores de dirección, ha construido una filmografía honesta y sin fisuras, desde sus comienzos allá por 1978 con Provincial actors, muy aplaudida internacionalmente, y su consagración con Europa, Europa (1991), que trataba la odisea de dos judíos con el telón de fondo de la Segunda Guerra mundial, y también su labor como guionista con Krzystof Kieslowski en su trilogía Tres colores (1993) acercándose a géneros más clásicos como Washington square (1997) adaptación de “La heredera”, o Copying Beethoven (2006) o volviendo al tema judío con In Darkness (2011), y trabajar en el medio televisión dirigiendo episodios en algunas de las series más reputados de los últimos años como The Wire, Treme o House of Cards, entre otras.

Una carrera sincera, a contracorriente, que ha sabido manejar los distintos géneros y apuestas artísticas, dentro de unas temáticas donde se exploraba la vida de los más débiles, aquellos que huyen, o los que se esconden. En Spoor nos sumerge en un relato que podríamos decir que mezcla géneros, porque podemos advertir el thriller psicológico de ambiente rural, el drama social, las historias de amor sencillas y el documento antropológico, en el que además de mostrarnos la vida cotidiana de estos lugareños, saca a la luz esa lucha eterna y ancestral entre la naturaleza contra la codicia humana, entre aquello inmutable frente a esa apisonadora del capitalismo que, a través de la fuerza y la imposición aniquila todo aquello que tiene a su merced, sin importarle la destrucción de la fauna salvaje y la mutilación del entorno natural. La película se apoya en Duszejko, esa señora que se pone de pie como voz de los animales asesinados, que pueda parecer extravagante y ruidosa, incluso que ha perdido la razón y un montón de cosas más, pero, en su vida se ha propuesto acabar con esas cacerías terribles, que aunque no lo consiga, al menos, luchará hasta la extenuación para que ese salvajismo afecte lo menos posible a sus queridos animales.

Holland acota su película en un año, donde asistimos a las diferentes temporadas de caza (en las que se dispara contra ciervos, corzos, jabalíes…) donde se van acumulando los cadáveres de esos “hombres de bien” que van apareciendo asesinados en mitad del bosque, siempre con las sospechas del ataque de animales que, parecen vengarse de tantas atrocidades cometidas contra ellos. Una película de ritmo cadente, en el que las diferentes relaciones entre los personajes nos va sumiendo en esa atmósfera oscura y densa, donde parece que unos mandan y otros obedecen, romper esa injusticia social será el propósito de la misión de Duszejko (fantástica composición de la actriz Agnieszka Mandat, que tiene en su filmografía nombres tan importantes del cine polaco como Andrzej Vajda) en una película que ha significado una esfuerzo de producción de varios países europeos como Polonia, Alemania, R. Checa, Suecia y la R. Eslovaca, en la que aborda de un modo realista, nada complaciente y certero esas inquinas rurales que persisten entre unos y otros, entre quiénes se creen con el derecho de poseer todo lo que está a su alcance, y entre los otros, aquellos que respetan el medio en el que viven y se han posicionada junto a los más deprimidos, marginados e invisibles, aquellos que no encajan en esta sociedad clasista y deshumanizada, donde los aparentemente más civilizados, acaban siendo los más hipócritas y salvajes, y se mueven sobre dos piernas y empuñan armas. 


<p><a href=”https://vimeo.com/237575857″>Trailer SPOOR (EL RASTRO) – vose</a> from <a href=”https://vimeo.com/festivalfilms”>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>