El final de Oak Street, de David Robert Mitchell

SUCEDIÓ EN LA SUBURBIA EN 1982…

“La mayor de las fuerzas no yace en los números, sino en la unidad”

Thomas Paine 

En el inabarcable panorama cinematógrafo cuesta encontrar un cine comercial con contenido. Un cine que entretiene y además, tenga un guión que huya de las tramas facilonas, los manidos arquetipos y sobre todo, el abuso indiscriminado de los efectos especiales sin ningún sentido, sólo para levantar de la butaca a los espectadores ansiosos por esos menesteres. Una película como El final de Oak Street, de David Robert Mitchell (Clawson, Michigan, EE. UU., 1974) es una de esas cintas con vocación comercial, en eso no miente en absoluto, porque es muy entretenida y física. Además, tiene un guión coherente, con sentido y que va más allá de unos cuántos efectos espectaculares, y contiene una trama sencilla pero muy inteligente y eficaz, porque mantiene una coherencia en todo lo que se cuenta y cómo se cuenta. La trama no es nada complicada. A saber: en uno de esos barrios residenciales: la suburbia (que fue objeto de una magnífica exposición en el CCCB), una noche de 1982 ocurren sucesos extraños que hacen que la mañana siguiente el barrio residencial se llena de dinosaurios peligrosos. 

De David Robert Mitchell hemos visto las dos muy gratificantes It Follows (2014), una muestra sólida de un cine de terror cercano y efectivo, y Lo que esconde Silver Lake (2018), una cinta sorprendente entre el thriller y el fantástico con el mejor aroma de David Lynch. Dos interesantes propuestas donde la suburbia ya estaba presente, en El final de Oak Street, la suburbia es el centro de todo, porque toda la acción se desarrolla en un barrio residencial. Un espacio convertido en una jungla salvaje llena de peligros convertidos en feroces y gigantes dinosaurios. Algunos pensarán en la idea de Jurassic Park (1993), de Spielberg, aunque tiene cosas en común, la cosa va hacia otro lado, estaría más cerca de otras del director de Ohio como Encuentros en la tercera fase (1977), y E.T. el extraterrestre (1982), porque la de Mitchell no se detiene sólo en la mera supervivencia, generando una película de aventuras al uso, sino una historia sobre la unidad de una familia, tal y como sucedía en 28 semanas después (2007), de Fresnadillo, situación que ayuda a profundizar más en las relaciones afectivas entre sus miembros, entre las diferentes tensiones y conflictos. No olvidemos que estamos frente a una película comercial que desea entretener, en ese terreno entra la cabeza de J.J. Abrams, uno de los productores, y películas como Super 8 (2011), del propio director, y su producción en Coverfield (2008), de Matt Reeves, ambas con orígenes parecidos a la que nos ocupa. 

El director estadounidense se ha rodeado de cómplices que ya habían trabajado en sus dos anteriores films como la cinematografía de Mike Gioulakis, amén de haber trabajado con Shyamalan en tres películas, ha estado en Nosotros, de Jordan Peele, y en Sasquatch Sunset, de los hermanos Zellner, entre otras. Una luz que va de la cotidianidad doméstica de la luz del arranque pasando por la noche tormentosa y la humedad de la jungla y las salvajes sacudidas de los animales. La música llena de tensión, aventura y fuerza corre a cargo de todo un especialista como Michael Giacchino, con más de 140 películas a sus espaldas, entre las que se cuentan 14 colaboraciones con el mencionado J. J. Abrams, amén de innumerables cintas de animación como Up e Inside Out, entre muchas otras, y un par con Bayona. El montaje lo firma John Axelrad, editor habitual del excelente cineasta James Gray, con el que ha trabajado en 5 de sus trabajos. Una edición que arranca de forma tranquila, con una fiesta en el jardín, donde quedan claras las relaciones de unos y otros componentes de la familia, clave en la trama, y luego, se va llenando de accidentes físicos y emocionales con la llegada de los dinosaurios, y entramos en una gran película de aventuras llena de acción, terror y supervivencia pura en sus interesantes 99 minutos de metraje.

El reparto lo encabezan dos star como mandan los cánones en este tipo de producciones, pero que huyen un poco de ese star system más a la galería que a los buenos trabajos de cine. Unos estupendos Anne Hathaway y Ewan McGregor que son los Platt, es decir, Denise y Greg que ya arrancan con sus distancias, y sus hijos, Maisy Stella, la hija adolescente que lee astronomía bajo las estrellas que hace de Audrey, y Christian Convery es Brian el pequeño de la familia y el vecino Mel que interpreta P.J. Pyrne, y aquí me detengo porque es contraproducente desvelar más datos. Se agradece y mucho el estreno de una película como El final de Oak Street, aunque ya teníamos referencias por los anteriores trabajos de su director, David Robert Mitchell, un cineasta con hechuras y sólidez dentro de una industria como la estadounidense tan competitiva y mercantilizada. El director construye una cinta que estaría cerca de Jurassic Park: El renacer, la última de la saga estrenada en el verano pasado. Un relato que mezcla muchas texturas porque empieza como un drama familiar para envolvernos en una cinta de terror y misterio para luego cruzarnos con la ciencia-ficción y el fantástico más íntimo y doméstico, muy del aroma de la mítica y excelente serie The Twilight Zone, para seguir con el cine de aventuras, lleno de acción y tensión, pero de la buena, la que genera ese mal rollo durante toda la película, y contándonos una historia con fuerza y sensibilidad, sin caer en lo manido y lo esperado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Colossal, de Nacho Vigalondo

LOS MONSTRUOS QUE NOS AMENAZAN.

El cineasta Nacho Vigalondo (Cabezón de la sal, 1977) irrumpió en el año 2005 con 7:35 de la mañana, una pieza de 8 minutos que mezclaba con acierto el thriller de psicópatas con el musical, en un trabajo que le valió una nominación a los Oscar. Y esa mezcla de géneros en apariencia antagónicos y difíciles de casar, se han convertido en sus señas de identidad en su cine. En su debut, en el 2007, con Los cronocrímenes, suerte de ciencia ficción, con viajes en el tiempo y mundos paralelos incluidos, introducía en el relato lo romántico, en el que el amor se convertía en un estimulo emocionante para sus personajes. En su segundo largo, Extraterrestre (2011), lo romántico, pues se centraba en una pareja que no se conocía, pero amanecían en la misma cama, y se enfrentaban a una invasión extraterrestre, los alienígenas aparecían en su cine de forma doméstica, vistos desde la televisión, invisibles y amenazantes, en una situación localizada en pocos espacios y cinco personajes, y finalmente, Open Windows (2014), donde las nuevas tecnologías y lo romántico, se fundían en un viaje psicodélico entre el mundo virtual que se apoderaba de una realidad cambiante y perturbadora.

Ahora, nos presenta Colossal, en la que Vigalondo sigue mezclando géneros, y lo hace desde la cotidianidad, desde lo doméstico, en el que unos personajes, más perdidos que nunca, se ven enfrentados a algo que los traspasa y sobre todo, no saben qué hacer, y menos cómo reaccionar. La cinta se centra en Gloria (estupenda Anne Hathaway) de vida estancada, sin trabajo y sin futuro, a la que acaba de abandonar su novio, y ella, para renacer de sus cenizas, vuelve a su hogar, lejos de New York. Allí, en el lugar que la vio crecer, se reencuentra con una casa vacía, sin trabajo y con un compañero de colegio, Oscar (Jason Sudeikis, magnífico antagonista) que le dará trabajo y apoyo emocional. Lo que aparentemente se decanta por la historia romántica con hechuras de cine independiente, con vidas perdidas y ambientes de pueblo, de la mano de Vigalondo dará una vuelta de tuerca, en un ejercicio de funambulista sin red, en una película que conectará mundos en las antípodas, como son las películas indies de tipo social con aires de romanticismo, en el que la estructura parece ajustarse a lo tradicional, con las películas de monstruos Kaiju japonesas, donde una amenaza estratosférica resurge del pasado para destrozar a todo bicho viviente.

El director cántabro casa de manera sencilla y potente estos elementos de difícil comunión, y lo hace de forma contundente, a través de la televisión y las redes sociales, primero, como ocurría en Extraterrestre (con la que tiene bastantes puntos de enlace) para luego entrar en la acción, porque esos ataques del monstruo en la lejana Seúl, acaban teniendo repercusión en las vidas de Gloria y Oscar. Las largas noches de borrachera con amigos acaban siendo el quid de la cuestión de esta cinta de tensión psicológica in crescendo, donde Vigalondo rompe las barreras de los géneros, como tanto le gusta hacer en su cine, para adentrarse en el interior de sus criaturas, en ese subconsciente que nos atrapa de forma vertiginosa y saca lo mejor o peor de cada uno, todo aquello que guardamos y nos duele, aquello que no queremos que los demás no vean en nosotros, y que al fin y al cabo, nos define como personas, y nos hace enfrentarnos a nuestros miedos y monstruos interiores. La película de Vigalondo más ambiciosa, tanto a nivel de producción como de planteamientos artísticos, con días de rodaje en Toronto y Seúl, se mueve a ritmo de crucero, en la que sus personajes no se paran a pensar, donde no cejan de actuar y moverse, sumergiéndose en un mundo cada vez más profundo y oscuro.

Gloria, su protagonista, que volvía a sus orígenes para reencontrarse a sí misma y encauzar su vida, tendrá su oportunidad de reconducir su existencia, haciendo algo necesario, y no sólo para salvarse a ella, sino para salvar a la humanidad, quizás esta gran misión a la que se ve condenada es de órdago, Gloria sabrá sacar su energía y fuerza femeninas para imponerse en un mundo enteramente masculino (aunque las mujeres en el cine de Vigalondo se tenían su espacio importante, es aquí, como novedad en sus películas,  donde adquieren dimensiones francamente importantes y protagonistas absolutas). Nos encontramos ante una película sumamente interesante, novedosa y peculiar, de gran factura técnica, realizada con nervio y fuerza, llevándonos a un tour de force entre dos almas perdidas, destrozadas y débiles, en un momento de tránsito o estancamiento personal, pero que tendrán su oportunidad de demostrar de que son capaces, y sacar todo aquello que los destroza y mata, después de eso sí, una noche larga bebiendo y contando batallitas vividas por ahí, de la infancia y no tanto.