A estación violenta, de Anxos Fazáns

BELLOS Y MALDITOS.  

La película se abre con la espalda de Claudia. Nos encontramos en una playa al amanecer, Claudia se mueve ensimismada, dejándose llevar por ese momento, que intuimos agradable y feliz. De repente, cuatro amigos entran en el encuadre, al mismo tiempo que la música apacible, deja paso a un guitarreo. El grupo avanza hasta la playa, desvistiéndose y bañándose entre risas y júbilo, alejados de todo, disfrutando de ese instante, que con el tiempo les parecerá imposible, como si perteneciese a un sueño lejano, como si lo hubiese soñado otro. Una apertura con un significado muy especial al desarrollo de la misma, ya que ese momento que acabamos de presenciar nos habla de tiempo, de amistad, de un tiempo pasado, un tiempo que ya jamás volverá, un tiempo al que sus personajes, en cierta manera, han quedado atrapados, absortos en esa melancolía profunda, sin posibilidad de mirar más allá, como si el futuro de sus vidas hubiese quedado detenido en aquel tiempo, en ese instante de la juventud, en ese tiempo fugaz, donde el mañana no existía y todo se movía a ritmo frenético, sin descanso. La cineasta Anxos Fazáns (Pontevedra, 1992) después de varios trabajos como script, varios cortometrajes, y su trabajo en el equipo de dirección de Las altas presiones (2013) de Ángel Santos, uno de los coguionistas de la película, junto al productor Daniel Froiz, Xacobe Casas, y la propia directora, un relato libremente inspirado en la novela homónima del pontevedrés  Manuel Jabois.

Fazáns nos habla de un reencuentro, o también, podríamos decir de un (des) encuentro entre Manuel, un escritor que ya no escribe, alguien que deambula, como un fantasma, por las calles de su juventud, se mueve por un espacio que ya no reconoce, que le resulta extraño, que ya ha dejado de pertenecer, y se topará con su pasado, con sus amigos de antes, con Claudia, una ex yonqui, y David, su novio y músico. A partir de ese instante, los tres se juntaran, compartir una casa en la playa, y saldrán de fiesta, escucharán música y se moverán juntos, como si fuese un tiempo de recuerdo, un verano para sentir aquello que ya no sienten, un verano de solitud interior, de estados de ánimo tristes, vacíos, anulados, como si aquel tiempo los hubiera consumido para el resto de su vida. Hablarán poco, quizás las palabras ya no salen, o no saben que decirse, porque se les acabaron las ideas, o cualquier cosa que digan les parece de más, o les puede llevar a situaciones incómodas, situaciones para que las que no están preparados, y a recordar momentos a los que no quieren volver, porque el pasado pesa, hace daño, porque ahora, ese tiempo es diferente, oscuro y muy terrible.

Fazáns maneja su película con valentía y aplomo, mueve a sus tres personajes, o lo que queda de ellos, vagando como almas espectrales a la espera de algo o alguien, que saben de antemano que no reencontrarán o se fue para no volver jamás, estructurando esta película sobre el tiempo, sobre lo que fuimos y ya nos seremos, a través de la música, una score de bandas gallegas (incluso la propia directora se pare un tema) en la que escuchamos rock urbano, o el tema de “El huerfanito” (cantada por una increíble Nerea Barros) canción que va como anillo a estos tres huérfanos y náufragos de su propia vida, almas en tránsito a no se sabe a qué limbo o qué dimensión. El trío protagonista encabeza por una inconmensurable Nerea Barros (que ya habíamos tomado medida de su talento como esa mujer rota, sevillana y rural de los setenta que hacía en La isla mínima) se convierte en esa Claudia dolorida, ausente y triste, que se nos muestra cansada y abatida, como buscando un refugio imposible de hallar, en una búsqueda fraudulenta por encontrar algo de paz en su vida, le acompaña Alberto Rolán como Manuel, el viajero sin viaje, el sonámbulo perdido y sin ilusión, el escritor que recuerda que escribía, el vivo-muerto, con ese pelo alborotado, esa barba salvaje y esos polvos de auxilio, y completando el trío tenemos a Xosé Barato, otra alma en pena, otro más, otro que se mueve por inercia, sin apenas ilusión, alejado de lo que fue, de aquel joven que se iba a comer el mundo, aquel joven del que ya no se acuerda nadie, ni él mismo, y la inquietante y oscura presencia del siempre magistral Antonio Durán “Morris” como Dante (una especie de “Madre superiora”, el personaje que interpretaba Peter Mullan en Trainspotting).

El formato 16 mm impone esa intimidad en el interior de los personajes, junto a esa luz rota y dormida, de ese tiempo detenido, sin tiempo y sin vida, obra del cinematógrafo Alberte Branco (autor de la luz de Las altas presiones y Os fenómenos) y su duración, apenas 73 minutos, condensan ese tiempo de espera o de nada, ese tiempo que se va o ya se ha acabado, donde el pasado pesa y daña, el futuro no llegará, y el presente se ha transformado en un día eterno sin más, en una jornada interminable, donde las cosas suceden de forma invisible, casi imperceptible, como si sus vidas, aquellas que antaño estaban llenas de vida, juventud, pero también, de desfase y muchas drogas, como si nada existiera, ni ellos mismos siquiera, hubiese consumido sus almas, las hubiera vaciado, y ahora sólo tienen esos restos del naufragio, restos sin más, cuerpos desnudos y llenos de cicatrices físicas e interiores, que se alimentan de tristeza y dolor, en una marejada ingobernable de recuerdos, de sonrisas tristes, de melancolía, de amigos que se quedaron en el camino, y momentos, sólo momentos amontonados sin capacidad para descifrarlos, para retenerlos de alguna manera, para revivirlos.

Kékszakállú, de Gastón Solnicki

LOS ESPACIOS INCIERTOS.

La película se abre con unos niños lanzándose a una piscina desde un trampolín de piedra, el movimiento es constante, mientras unos se lanzan, otros salen de la piscina y vuelven a subir los escalones para continuar con su actividad repetitiva, como si se tratase de una mecanización rutinaria que no tiene fin. Se puede apreciar un cartel que reza la siguiente frase: “Los hijos son responsabilidad de los padres”, premisa en la cual pivota todo el entramado, tanto formal como argumental del filme. El director Gastón Solnicki (Buenos Aires, Argentina, 1978) después de dos largos documentales, como Süden (2008) centrado en la figura del compositor Maurice Kagel (1931-2008) y Papirosen (2011) donde daba buena cuenta de su propia familia en la segunda mitad del siglo XX, y la dirección de uno de los episodios de la película colectiva Sucesos invertidos (2014), en el que se abordaba la importancia del archivo como patrimonio fílmico y humanista. Ahora, en su tercer largometraje, se inspira en la única ópera de Béla Bartok, El castillo de Barba Azul, y denomina a su película Kékszakállú (en húngaro: Barba Azul) para retratar a un grupo de adolescentes en un tiempo bisagra, ese tiempo incierto entre la infancia y la vida adulta, en el que estos chicos provenientes de clases acomodadas se sienten desprotegidos, llenos de incertidumbres y perdidos, que los lleva a angustiarse porque desconocen qué hacer, estudiar o qué camino emprender en sus vidas, unas vidas que hasta ahora se han movido en espacios de confort y una aparente tranquilidad en los que no les faltaba de nada.

Solnicki nos conduce por espacios lujosos y de veraneo que, en principio son construidos y diseñados para el ocio y el placer, pero en la película actúan de otra forma, causando incomodidad, extrañeza y terror, donde todo parece obedecer a una automatización de los deseos, sueños y demás. Los cinematógrafos Diego Poleri (autor de Las acacias o Encarnación, entre muchas otras) y Fernando Lockett (habitual del director Matías Piñeiro) son los encargados de impregnar la película de esa extrañeza continua, a través de planos fijos, colores pálidos, neutros, sin vida, y encuadres largos, en los que los espacios se convierten en personajes que parecen engullir e invisibilizar a los personajes, que en su mayoría son mujeres, chicas jóvenes que se mueven o simplemente existen en espacios, tanto domésticos, hoteles, piscinas o industriales, en los que no sienten cómodos y mucho menos tranquilos, atrapados en esas incertidumbres propios de una edad en la que deben decidir por sí mismos la vida que quieren o simplemente encontrar su espacio.

Solnicki filma  una tragicomedia  breve (apenas 72 minutos) interesante y reflexiva, en espacios desde la distancia, provocando la mirada voyeur de los espectadores, que son interpelados, no sólo para mirar las vacías existencias de los personajes, sino también, para ser retratados en esos espejos deformantes en los que verse reflejado y trazar esa línea invisible de empatía extraña y rara que se establece entre lo que estamos viendo y las vidas de los personajes, acompañados por la música de Bartok en algunos tramos, y sin subrayar con muchos diálogos su idea, situándonos en una incomodidad permanente, penetrando por unos paisajes que nunca veremos en su totalidad, sólo por partes, fragmentados, como los momentos vitales que atraviesan las chicas de la película, en una especie de rompecabezas que en cierta manera se recompondrá descubriéndonos unos espacios que aunque sigan pareciendo extraños adquieren algo de significado y claridad para las intenciones de los personajes.

El cineasta argentino se mueve casi en la abstracción, como ocurría en el cine de Antonioni, una de las fuentes de inspiración de la película, donde los personajes se movían casi por inercia en espacios que les eran vacíos, inhumanos y oscuros, a partir de una cotidianidad que aplasta y duele, en unas chicas que acaban pareciendo espectros de ellas mismas o de sus propias vidas, en unos planos que filman sus cuerpos, recortando sus figuras que en ocasiones parecen como estatuas o piedras inmóviles en suspenso, en el que todo ese ambiente parece llenarles de dudas, conflictos e incertidumbres. El buen trabajo de las actrices que manejan con soltura y convicción unos personajes que se mueven dentro de un extraño estatismo y oscuridad personal que, no acaban de encontrar en los espacios esa comodidad que antes si tenían, o simplemente antes, bajo la protección paternal ni se percataban de esa aura que les protegía, ahora, deberán emprender su camino y encontrar esos espacios vitales que todo ser humano necesita para conocerse a sí mismo y sentirse cómodo en su devenir vital

Entrevista a Juan Sebastián Mesa

Entrevista a Juan Sebastián Mesa, director de “Los nadie”. El encuentro tuvo lugar el viernes 10 de noviembre de 2017 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan sebastián Mesa,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Xavi García Puerto de El Sur Films, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

Los nadie, de Juan Sebastián Mesa

NECESIDAD DE ESCAPAR.

 “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”

Eduardo Galeano

“El mechas” se despierta y se pega una ducha, mientras escuchamos una atronadora canción punk core. Su madre le recrimina el volumen de la música. El chaval sale de casa y su colega Camilo le espera con la mota en marcha. Sigue la música, y la moto con los dos chavales en su lomo, recorre las calles laberínticas de uno de esos barrios periféricos posado en las alturas, donde se puede divisar la urbe de Medellín. Se detienen junto a un semáforo concurrido de autos y comienzan a realizar malabares con sus bolos con la esperanza de sacar unos pesos y sentir que su dura realidad tiene algo de sentido, y sobre todo, soñar con algún día salir de esa cotidianidad exasperante y volar a algún otro lugar. La primera película de Juan Sebastián Mesa (Medellín, Colombia, 1989) es la crónica de un par de días de cinco jóvenes periféricos de Medellín, ahogados por esa durísima realidad de violencia, hostilidad y marginalidad, donde la miseria, tanto moral como física se huele en cada callejón y en cada “hogar”.

Unos chavales que han encontrado en la cultura urbana y la música sus vías de escape ante esa ciudad gris, en blanco y negro, donde los colores han pasado de largo, donde la vida parece haber cambiado de barrio, y a ellos, los ha dejado así, sin más. Seguimos la peripecia del Pipa, Camilo, Ana, Manu y “El mechas” que, en esas dos jornadas planean su viaje, un viaje que los alejará de esa realidad que rechazan, y del lugar que los vio nacer, y descubrir otros lugares, otras vidas y sobre todo, otras realidades que sean menos opresivos que las que viven a diario y sueñan con dejar. Mesa filma su intimidad, su jerga y sus caracteres de un modo intimista y muy personal, consigue hacernos penetrar en sus miradas, sus existencias, en sus formas de ganarse la vida, con sus maneras de expresión artística, en un forma de lucha y resistencia frente a la opresión del trabajo remunerado que tanto sus padres como la sociedad capitalista obliga a realizar como único modo de subsistencia, aunque sólo sea una excusa para seguir produciendo miseria en el mundo.

También hay tiempo para el amor, aunque este sea frugal, poco consistente y frágil, pero la camaraderia que existe enre ellos es brutal y cercana, unos jóvenes que sienten esa necesidad de escapar, de huir, de sentir otros lugares y dejar esa ciudad donde encuentran hostilidades, una opresión que no les deja respirar, un espacio demasiado mugriento, que los invisibiliza y los aparta del rebaño ya que proponen otras formas de vida, más libres y humanas, aunque más inciertas, pero menos o nada convencionales. Una película viva, que rezuma efervescencia juvenil, esa vida que se expande libremente, con sus juegos malabares que les ayudan a ganarse la vida, los grafitis y la música que les permiten materializar sus reflexiones y de esta manera transmitirlos a todo aquel que quiera escucharles, conociendo a unos chavales llenos de vida, de cultura y arte, interpretados por Luis Felipe Alzate, Alejandro Pérez Zeferino, María Angélica Puerta, María Camila Castrillón y Esteban Alcaraz, debutantes que demuestran con su naturalidad y sencillez el buen hacer de esta película honesta y libre, llena de fuerza y energía que, recuerda a la mirada de los jóvenes de Pasolini, o aquellas películas de jóvenes airados del “Free Cinema”, y también, a mucho cine independiente americano filmado con ínfimos recursos, pero consiguiendo grandes logros, tanto formales como argumentales.

Mesa tomó como inspiración su propia experiencia y la pluma de Galeano en “Los nadies”, en una película filmada en 10 días y una noche, con una financiación mínima, en un magnífico blanco y negro (que acrecienta la idea de atemporalidad y la captura de esa realidad instantánea y movible) aunque esa falta de recursos no fue impedimento para realizar una película que destapa una realidad muy diferente de Colombia, muy alejada de los estereotipos que nos venden sobre la violencia y el narcotráfico, porque si existe esa realidad oscura y durísima, pero también, hay otras realidades y otras miradas como la que nos retrata Mesa, a través de un forma realista y muy cercana, nos ofrece una ficción-documento sobre la realidad que él vivió en esos barrios laberínticos y deshumanizados de Medellín, donde la vida transcurre sin nunca trascendencia, sólo transcurre, donde las cosas van pasando, así sin más, entre precariedad, violencia y muertes, aunque también existen jóvenes que plantean una vida diferente, alejada de lo establecido, como medio para llevar a cabo sus sueños artísticos y sus ansías de conocer el mundo, porque todo no empieza ni acaba en las duras calles de Medellín.

Encuentro con David Arratibel

Encuentro con David Arratibel, director de “Converso”, junto a Carlos Losilla, en el marco del D’A Film Festival. El acto tuvo lugar el jueves 4 de mayo de 2017 en Sala Raval del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Arratibel, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Eva Calleja de Prismaideas y Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Converso, de David Arratibel

MI FAMILIA CATÓLICA Y YO.

“Madre, qué lejos estoy de todo”

Kaspar Hauser

En su primera película Oírse (2013) David Arratibel (Pamplona, 1974) investigaba la cotidianidad de personas con problemas de audición, mostrándonos los incesantes zumbidos que padecen esos enfermos. Ahora, y también dentro del formato documental-ensayo, vuelve a sumergirse, pero esta vez, hacia dentro, hacia su interior, mirando a su familia, convertida al catolicismo, en la que el cine utilizado como terapia, en una herramienta de aproximación y localizar aquellos sentimientos comunes y compartidos, emprender un diálogo con aquello desconocido (como ocurría en su primer trabajo) aquello que nos violenta, y aquello que nos convierte en el otro, cuando todos los demás integrantes familiares han encontrado otro camino, el de Dios, que nosotros no logramos entender, y menos sentir.

Arratibel construye una película modesta y sincera, en el que nos muestra el dispositivo cinematográfico de forma natural, en el que él, tanto como persona integrante de esa familia a la que retrata, y cómo cineasta, se adentran en ese mundo completamente extraño con el que tienen que convivir, y se adentra en ese espacio extranjero a través de la palabra, a través de encuentros-diálogos, donde parte desde ese primer instante primigenio donde cada uno de sus familiares va explicando su primera vez, ese instante de revelación espiritual donde descubrieron la existencia de Dios, donde lo físico y emocional se conjugaron en lo sobrenatural, experimentando una serie de sentimientos que les han transformado la vida. Arratibel dialoga con toda su familia, desde la cercanía y la proximidad, tendiendo ese puente afectivo, creando espacios de intimidad, arrancado esta aventura-investigación con su cuñado Raúl, organista y el primero que anduvo el camino de la fe católica, el primero que se convirtió, para luego dar paso a su hermana María, quizás con la persona que más enfrentamientos y contradicciones tuvo, luego, entra en escena su madre, para finalizar con Paula, la hermana pequeña, su ojito derecho, todos ellos hablan de ese instante revelador de Dios, experiencia imposible de explicar con palabras, pero motor para abrir un diálogo honesto y de frente junto a David, que los escucha desde la extrañeza, evocando aquel pasado de silencios y distancia, encontrando aquellos lugares comunes de diálogo, respetando las diferentes posiciones, entre la fe y el más absoluto agnosticismo.

Un retrato familiar contundente e inspirador, también terapéutico y demoledor sobre todo aquello que somos, nuestras creencias, y como nos enfrentamos a nosotros mismos y a los demás, cómo rompe nuestro entorno, y las eternas dificultades para hablarlo entre nosotros, poniendo sobre la mesa todo aquello que nos inquieta de los demás, aquello que nos separa, y sólo a través del diálogo y las mirada podamos vencer ese miedo que nos detiene para preguntar lo que queremos mirándonos de cara y ofreciendo lo que somos. El cineasta navarro toma como referencia El desencanto, de Jaime Chávarri, quizás el documental más terrorífico y oscuro sobre una familia burguesa que representaba todo aquello de la apariencia franquista, y tras la muerte paterna, se encendía la mecha donde se exteriorizaban todos los infiernos particulares. Arratibel también viaja sobre esos márgenes y demonios familiares, todo aquello que nos inquieta y preferimos callarnos, no darles la voz que se merecen, y esta película materializa todos esos momentos, todos los instantes que nos mantuvimos en silencio para no confrontar nuestras opiniones por miedo a encender el conflicto que nos mataba en nuestro interior.

Una película que además de terapia psicológica para su director y todos los omponenetes de la familia, nos muestra la materialización de muchas conversaciones pendientes, como la imposibilidad de hablar con el padre ausente o la distancia con la tía, o incluso, la incapacidad de filmar el Espíritu Santo. Diálogos y encuentros que por fin se manifiestan con la excusa de contar la conversión al catolicismo de la familia, en la que nos cuenta algo que parece del pasado, donde la religión estaba tan presente en la sociedad, pero que también sucede en este mundo moderno tan vacío, donde la fe sufre una crisis existencial. El realizador navarro nos acerca un mundo desconocido para él, desde la emoción y la palabra, sin necesidad de explicaciones y disyuntivas filosóficas, desde el diálogo amable, cordial y sincero, desde la desnudez de nuestros sentimientos más profundos, sin pudor a mostrar lo que nos distancia d elos demás, y de todos aquellos temas que nos unen y compartimos, aunque tengamos creencias y opiniones totalmente diferentes.


<p><a href=”https://vimeo.com/205906753″>CONVERSO [Trailer]</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmotive”>filmotive</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Carla Simón

Entrevista a Carla Simón, directora de “Estiu 1993”. El encuentro tuvo lugar el jueves 6 de julio de 2017 en el hall de los Bosque Multicines en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Entrevista a Valérie Delpierre

Entrevista a Valérie Delpierre, productora de “Verano 1993”, de Carla Simón. El encuentro tuvo lugar jueves 29 de junio de 2017 en la oficina de la productora Inicia Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Delpierre,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Montse Pedrós de Inicia Films, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Verano 1993, de Carla Simón

LA NIÑA QUE NO PODÍA LLORAR

Érase una vez, en un pasado no muy lejano, una niña que se llamaba Frida. Frida tenía 6 años y vivía en la ciudad con su madre y abuelos. Un día, su madre murió, pero Frida no podía llorar, no le salían las lágrimas. Entonces, se fue a vivir con sus tíos y su prima Anna a un pueblo rodeado de montañas. A partir de esta premisa, la película se abre de manera concisa y elocuente, situándonos en la noche de San Juan, donde niños y mayores disfrutan de los petardos y la música. Frida, a la que vemos de espaldas, en mitad de la noche, observa a su alrededor, un niño se le acerca y le suelta: ¿Y tú, perquè no plores? Frida no contesta. A raíz de esta dicotomía, subyace toda la propuesta de la opera prima de Carla Simón (Barcelona, 1986) en la que nos invita a recordar su infancia, a volver a aquel verano de 1993, cuando su vida cambió, su vida dio un giro de 180 grados para recomenzar de nuevo, con otra familia, sus tíos Marga y Esteve, y su primita Anna, y en otro ambiente, una masía en mitad del bosque, y con los recuerdos de su vida hasta ese instante. Simón ya había explorado la memoria de su familia en sus anteriores trabajos, en Lipstick (2013) filmada en inglés, abordaba el vacío que dejaba el fallecimiento de la abuela en el entorno familiar, en Las pequeñas cosas (2014) la relación difícil entre una madre e hija, y finalmente, en Llacunes (2016) ejercicio que, a través de un tratamiento experimental, donde construía un dialogo con la memoria de su madre.

La directora catalana se sumerge en su propia vida para contarnos ese tiempo de tránsito, ese tiempo de duelo, en el que Frida deberá enfrentarse a ella misma y al entorno que la rodea, a mezclarse con ese paisaje hostil, y a la memoria de su madre, y el lugar y la familia que deja en la ciudad. Simón mezcla con sabiduría las emociones complejas y extrañas que va experimentando la niña con la época estival, en la que se suceden los diferentes juegos, los baños en el río, los disfraces, la bicicleta, las visitas a la piscina, la diversión en la plaza corriendo y trotando, perderse por el bosque, visitar la huerta y coger coles en vez de lechugas, arreglar la bicicleta, bailar al son del ritmo de moda, disfrutar dels “gegants i capgrossos” y bailar en la verbena de “Festa Major” etc… La experiencia de la vida durante la infancia en verano, en la que la alegría y la diversión forman parte de nuestro mundo, confundido con la tristeza por el dolor, en el que la ausencia y la pérdida van apareciendo en forma de actitudes extrañas que va manifestando Frida, en mostrarse hostil con ciertas cosas, imponer su criterio y engañar a su prima pequeña Anna, y sobre todo, sentirse que no pertenece a ese mundo, un mundo que se le ha impuesto, al que quiere abandonar, volver al piso que compartía con su madre, regresar con la que considera su familia de verdad, que le regalaron la hilera de muñecas que custodia celosamente en el quicio de la ventana, o el intento de fuga en mitad de la noche, o  los instantes que reza frente al altar en un hueco en el bosque, por indicaciones de su abuela (como cuando Wayne le hablaba a la tumba de su mujer en La legión invencible).

Simón logra una película bellísima, logrando capturar la vida en su esencia, con sus pros y contras, acercándose a la infancia quebrada, desde la delicadeza, mostrándose sensible a lo que nos cuenta, sin nunca caer en la excesiva dramatización, apenas hay música añadida, la que escuchamos forma parte del ambiente, como esa música de saxo que entra en los encuadres de forma suave. Simón nos cuenta un drama, donde la muerte tiene una gran presencia, la ausencia de la madre, sí, pero lo hace desde la vida, desde la alegría de vivir, en una cinta luminosa, divertida, pero también oscura, en el que Frida a veces se muestra cariñosa y alegre, y en otras, ausente, como en otro lugar, ensimismada en otro tiempo. Los tíos, Marga y Esteve (magníficos Bruna Cusi y David Verdaguer, demostrando con creces que tenemos intérpretes de gran altura para rato) intentan aportar calor y hogar a Frida, ellos también tienen que adaptarse a la nueva vida, a las emociones contradictorias y extrañas de la niña, a su duelo, a su incapacidad de llorar, a extraño comportamiento, a no entender que el mundo, y sobre todo, la vida nos tiene reservadas situaciones que nunca entenderemos, y más cuando somos niños.

Simón ha parido un cuento enorme, de concisión narrativa y argumental, en el que todo se cuenta a fuego lento, en el que su encuadre, de espíritu libre, se sustenta en la mirada de Frida, en su mirada triste y alegre, en esa complejidad emocional que atraviesa a la niña, y a todos los que le rodean, a su nueva familia, y a la otra que ha dejado, con la que quiere volverse, detener el transcurso de la vida, y sentir que nada ha cambiado, que todo puede volver a ser como antes, deseos insatisfechos de una niña demasiado pequeña que todavía no comprende ciertas cosas y que siempre pregunta por el estado del piso de la ciudad a su tía. Simón nos invoca a otros niños y niñas huérfanos, desamparados y perdidos como los Edmund Kohler, Antoine Doinel, la Paulette (de Juegos prohibidos, con la que guarda cierto paralelismo en muchos aspectos), la Dorothy de El Mago de Oz o la Alicia que se veía sorprendida en el país de las maravillas, o el François de La infancia desnuda, al que le costaba adaptarse a los ambientes familiares, o aquellos rubios que nutrían la memoria de Albertina Carri, o ciertos ambientes y vacíos que experimentan los del cine de Lucrecia Martel.

La cinta de Simón recuerda a aquel cine español de inicio de los setenta en el que autores como Saura o Erice recordaron su infancia, aquella fracturada por la guerra, como el Luis de La prima Angélica, o las Ana, tanto de El espíritu de la colmena, como de Cría Cuervos, niñas que se veían sometidas a la ausencia y la pérdida de un mundo infantil que dejaba paso a un tiempo de incertidumbre, de extrañeza, donde los sueños se convertían en pesadillas, y los monstruos hacían acto de presencia. Y no sólo en planteamientos narrativos, sino en métodos de producción, muy propios de la factoría Querejeta, como rodear a la debutante Simón con profesionales reconocidos como Santiago Racaj, en labores de cinematografía (en un trabajo excelso de naturalismo y detallista, que recoge los instantes fugaces de la vida) o Eva Valiño en el sonido, sin olvidarnos de la interesante labor de Ana Pfaff en montaje. Una fábula intimista y pedagógica, en el que las niñas Laia Artigas como Frida y Paula Robles como Anna, dos niñas en estado de gracia, trasnmitiendo esa naturalidad y vida que traspasa la pantalla, que nos ayudan a vivir esta historia real como parte de nosotros. Un cuento de verano sencillo y honesto, sobre todo lo que fuimos, sobre la pérdida y el dolor de cuando somos niños, cuando el mundo es un lugar inmenso por descubrir y descubrirnos, cuando todo está por hacer e inventar, cuando la vida nos coloca en lugares que no deseamos, cuando las cosas se rompen, y debemos pegar los trozos, volver a hacer, volver a nacer, enfrentarnos con nuestro pequeño mundo e inmenso a la vez, en ese tiempo de juegos, imaginación y diversión,  pero también, de pérdida, oscuridad, dolor, ausencia, en una celebración de la vida, de su alegría y tristeza, de lo que amamos y odiamos, de  lo que reímos y lloramos.

D’A 2017: LA PRIMAVERA RADIANTE DEL CINE.

El pasado domingo 7 de mayo, cerró sus puertas la VII Edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. Después de 10 intensos días de cine, presentaciones, mesas redondas, y demás actividades relacionadas con el mundo cinematográfico. La retrospectiva de este año estuvo dedicada al cineasta mexicano Amat Escalante, las secciones, como vienen siendo habitual, se dividieron en Direccions, Talents y Transicions, y se recuperó la sección de Un impulso colectivo, comisariada por Carlos Losilla, y por primera vez, hubo una sección para los cortometraje. También, se volvió a abrir el certamen a otras sedes fuera del epicentro Barcelona, continuando la propuesta iniciada el año anterior. La noche del sábado, en el Teatre CCCB, antes de la película de clausura, se entregaron los galardones: El Premio Talents recayó en People That are not me, de Hadas Ben Aroya. El Premio de la Crítica fue a parar a El futuro perfecto, de Nele Wholatz, jurado que también hizo una mención a La película de nuestra vida, de Enrique Baró, y finalmente, el Premio del Público se lo llevó The Woman who left, de Lav Diaz. Premios que dieron carpetazo a un sinfín de actividades para todos los paladares, en un festival que después de 7 años, viene dedicándose al cine resistente, diferente, reflexivo y contundente, consolidándose en una ciudad en la que existe un público interesado por este cine, y ha hecho de esta cita, a comienzos de primavera, una concentración del cine que ha dejado huella en festivales prestigiosos de todo el mundo.

Mi aventura en el D’A arrancó con la película LE PARC, de Damien Manivel. Segundo título del cineasta francés que se inicia con una pareja adolescente que se citan en un parque, mientras juegan al amor, hablan de sus cosas, incluso de filosofía, y se adentran en el interior de sus partes más íntimas mientras avanza el día. Manivel, a través de un formato 1:33, nos cuenta dos películas, en la primera, asistimos a una comedia romántica al estilo de Rohmer o Garrel, en el que el amor iniciático parece apoderarse de los chicos, en la segunda mitad, la película cambia de registro, sumiéndonos en un juego kafkiano de resonancias oscuras, dentro del tono minimalista de la primera mitad. Un juego sobre el amor, los sentimientos, y su reflejo en el espejo, una mirada hacia lo oscuro de nuestro ser y sobre todo, de todas las realidades y personalidades que se apoderan de nosotros y en cierta manera, nos definen frente a los demás. Siguiendo en la sección de TALENTS, seguí con A LOS NIÑOS LA BELLEZA, de Rocío Caliri y Melina Marcow. Una propuesta muy singular, que no deja indiferente, procedente de Argentina, pero muy alejada de las películas que se cuecen por allí, aquí no hay problemas sobre juventud y miserias del país, sus dos directoras, afrontan su segundo largo, situándonos en la Dinamarca de principios del siglo XX, en una mansión solitaria y apartada en medio del campo, donde una familia bienintencionada, sufre una tragedia, un recién nacido nace con una malformación y la madre perece en el parto. A partir de ese suceso, el dolor, la amargura y el silencio se apoderan de tan siniestro lugar. Las directoras utilizando el formato 1:33, nos invitan a un tono sutil y distanciado, sin caer en trampas melodramáticas, sino que cuecen su relato a ritmo pausado, componiendo una forma intensa y calculada, de luz etérea, y planos cerrados, que acaban asfixiando y agobiando a todos los personajes, unos seres que se mueven entre mentiras, cinismo y perversiones.

También me acerqué a THE BEACH HOUSE, de Roy Dib. El cineasta debutante procedente del Líbano, nos invita a una velada que acontecerá en una casa de costa con el mediterráneo bramando al lado. Dos hermanas y dos amigos de la más joven, comen, se drogan y hablan sobre sus realidades y las del país: la emigración hacia otros países, la sexualidad, el conflicto árabe-palestino, en un ambiente distendido pero que poco a poco, se encamina hacia el interior de cada uno de ellos, en el que dejarán caer sus respectivas máscaras, y se expondrán al otro, a través de sus sentimientos e inquietudes, en un presente difícil y un futuro igual de oscuro. Un relato con rasgos sociales, pero con una atmósfera inquietante, en el que las relaciones humanas se apoderan de una cinta con tono teatral y ambiguo. L’INDOMPTÉE, de Caroline Deruas. Primer largo de la ayudante de cineastas como Váleria Bruni Tedeschi o Philippe Garrel, con el que ha escrito sus últimas películas. Deruas se basa en una experiencia real para contarnos la experiencia de dos artistas en la majestuosa Villa Medici de Roma (Sede de la Academia Francesa). Seguimos a una escritora que no logra escribir y además tiene como pareja a un escritor maduro y consagrando, y por otro lado, a una pintora, de energía y pasión descontroladas, pero incapaz de encontrar el amor y además, asaltada por los fantasmas del lugar. Deruas reflexiona sobre la creación artística y el amor, en una película de tormentos, neuras y poses artísticas, en las que unos sujetos pasean su (in)capacidad para enfrentarse a sus miedos y alegrías, en un viaje hacía lo más profundo en este inquietante, sobrio y descarnado retrato femenino en el mundo artístico.

KÉKSZAKÀLLÚ, de Gastón Solnicki. Otra muestra del irreverente y fascinante cine argentino actual, en una obra en la que Solnicki, en su tercera película, adopta el título de “Barba Azul”, la única ópera de Béla Bartók, en el que retrata el complejo paso de la adolescencia a la edad adulta, a través de una serie de chicas, que se mueven entre la desidia, el desencanto y la opresión de una vida que no les atrae, les aburre y encima, les obliga a hacer cosas que no les agrada en absoluto. A través de un juego enigmático entre los diferentes espacios y el entorno, y sus cuerpos moviéndose en ellos. E director argentino nos somete a una película de silencios incómodos, de largas tomas, y la distancia prudente e inquieta, con esperas sin sentido, en el que se cuelan las miradas de Antonioni sobre la burguesía, y la inoperancia de éstos para construir sus vidas o encontrar algo que les atraiga y distraiga, en una lucha enfermiza para no aceptar el destino paterno y emprender una huida constante. Para cerrar esta sección, también vi PEOPLE THAT ARE NOT ME, de Hadas Ben Aroya. Primera película de la joven directora israelí, que ella misma produce, escribe, dirige y protagoniza, en un retrato sobre la vida de una joven que intenta superar una ruptura sentimental, a través de una incesante búsqueda de hombres con la necesidad de estar con alguien, pero a la vez seguir manteniendo su independencia. Un estilo directo y naturalista, en el que seguimos a la protagonista por las calles, las habitaciones de su casa, la discoteca y sus incursiones en internet, mostrándonos una intimidad en la que el sexo y los cuerpos se muestran de forma explícita y sin rodeos, capturando las pulsiones y los sentimientos más profundos. Una cinta de arrolladora energía que se erige tanto como un retrato de la juventud veinteañera israelí, sus condiciones de vida y esos lugares de provincia, que no distan mucho de nuestro entorno más próximo.

De la sección de Direcciones, disfruté de lo lindo con DÍAS DE COLOR NARANJA, de Pablo Llorca. Nuevo trabajo de uno de los cineastas más prolíficos del país, en el que a través de un tono naturalista y una forma libre y adaptable, se adentra en una road movie a través de los países mediterráneos, con insistencia en Italia y Croacia, para contarnos una historia de amor en un contexto de crisis y decadencia europea. Llorca construye una película libre, minimalista y artesanal, en el que viajamos en tren, autobús y bicicleta, por las diferentes regiones que la pareja de enamorados va visitando, en la que asistimos al inicio del enamoramiento, a la amistad, y la de compartir entre unos jóvenes que se encuentran de casualidad y continúan viajando y conociéndose, en una Europa que deambula sin sentido sin encontrar su lugar. Una película divertida, romántica y sencilla, que nos atrapa desde lo más íntimo y profundo, retratando no sólo una juventud en medio del caos, sino también la memoria de unos que ya no se reconocen en el continente tan cambiante y lúgubre. Cerré la sesión con BITTER MONEY de Wang Bing. El documentalista chino sigue mostrando las vergüenzas y miserias de su mastodonte nación. Ahora, vuelve a las ciudades-fábrica que asolan las regiones industriales de China, para contarnos, a través de un tono directo e implacable, las terribles y durísimas condiciones laborales de unas personas que dejan sus entornos rurales para sobrevivir o simplemente existir-trabajar en una fábricas colmenas donde se trabaja-esclaviza de sol a sol para mal ganarse la vida. Bing huye de todo aquello que manipule su discurso, deja que las personajes, sus rostros y sus cuerpos inunden su dramaturgia, creando un mundo oscuro, tenebroso, casi terrorífico, por el que se mueven estos individuos que desean volver a su tierra y dejar ese mundo o mejor dicho, submundo, que sólo funciona para enriquecer a unos poquísimos, a través de las empresas extranjeras que facilitan esa mano de obra barata y miserable.

Finalmente, de la sección Un impulso colectivo, que volvía al festival, tuvo la oportunidad de ver CONVERSO, de David Arratibel. Un documento terapia en el que el cineasta español sigue a los cuatro miembros de su familia que se han convertido a la religión católica, y lo hace desde la intimidad de las conversaciones, donde todos explican sus razones, su fe y la llamada de Dios. Arratibel no sólo nos habla sobre la fe, la religión, sino que también, nos habla de la familia y las relaciones que se producen entre todos sus integrantes, y lo hace desde lo más sencillo y directo, hablando y conversando de manera natural y directa con ellos, en un viaje hacia lo más profundo de cada uno, en el que exponen sus creencias, sus inquietudes y su vida, lo más íntimo, lo que no se suele explicar. Arratibel se sirve del cine para explicarnos aquello que lo ha distanciado, lo que no se han dicho, todo lo que se han guardado. Una película sobre la familia, sobre la memoria, y la religión, pero ante todo, un interesante y valiente documento sobre nuestra propia identidad y ser. Seguí con LA MALDITA PRIMAVERA, de Marc Ferrer. Después de su descubrimiento el año pasado en el festival con Nos parecía importante, Marc Ferrer vuelve con una película protagonizada por el grupo de pop “Papa Topo”, en una comedia alocada, divertidísima y desenfrenada, que recuerda a Waters, Lester, y la comedia madrileña de finales de los setenta y primeros de los ochenta con Colomo, Almodóvar y demás. Ferrer construye una película que mezcla géneros, desde la comedia sentimental, la ciencia-ficción y el retrato de una generación en permanentemente búsqueda de un amor que no acaba de llegar, o si lo hace, es de una manera poco satisfactoria y decepcionante. Una película de risas, canciones y devaneos sentimentales, en el que es un canto al amor al cine amateur, al cine hecho con pasión, aventura y extraordinario sentido del ritmo, logrando mezclar con sabiduría situaciones divertidas con otras más profundas y sinceras.

COMO LA ESPUMA, de Roberto Pérez Toledo. Tercera película de Pérez Toledo que nos sitúa en un solo día, en una jornada, en el que un chico monta una fiesta en la casa que comparte con un amigo, para levantarle el ánimo a éste (ya que ha quedado minusválido después de un accidente) y su principal reclamo será que se organizará una orgía. Una comedia alocada y disparatada, que  se convierte en una fiesta sobre la vida, el amor y el sexo desenfrenado, en el que a través de unos diálogos inteligentes, y unas situaciones cómicas y complejas, nos seduce y nos convierte en un personaje más, metiéndonos de lleno en un retrato sobre la juventud, sus inquietudes y reflexiones a través de la vida en pareja, las relaciones humanas y las aventuras sentimentales. El cineasta se desenvuelve con energía y logra una comedia adulta con ecos a Blake Edwards, en una cinta coral en el que todos ellos vivirán no sólo sexo y aventura, sino también, una mirada seria y adulta a sus inquietudes e ideas sobre la vida y el amor. Una película que puso el broche de oro a un festival que se ha convertido en una cita imprescindible y muy necesaria en la ciudad de Barcelona, erigiéndose en uno de los festivales más interesantes y audaces en el actual panorama, que como viene siendo habitual, en la gala de clausura, se anunciaron las fechas de la próxima edición que se celebrará del 26 de abril al 6 de mayo del 2018. Larga vida al D’A y sobre todo, al cine que viaja a lugares inexplorados con miradas interesantes y reflexivas, que nos ayuden a entender a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, o si no lo conseguimos, que por lo menos, lo intentemos.