El pacto, de Bille August

LA ESCRITORA Y EL JOVEN POETA.

“Te conoceré no por tu rostro, sino por la máscara que llevas”

Karen Blixen

La película se abre de forma elegante, seductora y oscura, con esa inquietante imagen de Karen Blixen mirándose en un espejo. ¿Quién es realmente la genial escritora? La imagen de alguien que observa en el espejo el paso del tiempo y su vejez, o quizás, es esa otra imagen reflejada en el espejo, una imagen que guarda una alma rota, desesperada y muy oscura. Un maravilloso juego con los espejos que nos iremos encontrando a lo largo de toda la trama. El pacto, que se basa en las memorias del poeta danés Torkild Bjornvig, en las que detalla minuciosamente su tumultuosa y manipuladora relación con la escritora danesa Karen Blixen, nombre real del pseudónimo más conocido de Isak Dinesen, con el que firmó la famosa Memorias de África, entre otras. La película aborda ese período que va del año 1948 a 1955, cuando el joven poeta fue apadrinado por la madura escritora, conduciéndolo por el lado oscurísimo de la condición humana, a partir de acciones y consejos muy discutibles, todos para convertirlo en un gran escritor y poeta.

El cineasta Bille August (Brede, Dinamarca, 1948), lanzado al panorama internacional con Pelle el conquistador (1987), durísimo drama sobre la inmigración sueca de finales del XIX, le siguieron Las mejores intenciones (1992), con guión del grandísimo Bergman, un extraordinario drama familiar, que le valió los grandes reconocimientos del año, de ahí a las producciones internacionales como La casa de los espíritus, Los miserables, entre otras, que compagina con las producciones más íntimas en su Dinamarca natal, con producciones tan notables como Marie Kroyer (2012), y Corazón silencioso (2014), estupendo alegato a favor de la forma de decidir el final de la vida. Con el mismo guionista de esta última, Christian Torpe, se ha puesto manos a la obra para dirigir una obra íntima y muy inquietante, entre dos seres antagónicos, donde se juega a la seducción, tanto a seducir como ser seducido, y a las malas artes que entran en escena como la manipulación, la mentira y la lucha imperiosa por querer ser necesitado.

Una película excelente en su ejecución, tanto en su forma como en su fondo, con una extraordinaria cinematografía del chileno Manuel Alberto Claro, que ha trabajado en muchas de las últimas películas de Lars von Trier, el gran trabajo de edición que firman un viejo conocido del director, Janus Billeskov Jansen, que lleva con él desde Pelle el conquistador, junto a Anne Osterud, que han trabajado juntos en las películas de Thomas Vinterberg, el gran trabajo de diseño de producción de Jette Lehmann, que repite con August, y ha colaborado con von Trier, el exquisito diseño de todo el vestuario de Anne-Dorthe Eskildsen, y la formidable música de Frédéric Vercheval, que sabe conjugar toda esa trama inquietante que cubre toda la película, con todo el entramado de miradas y silencios que llenan toda la acción, con el  Piano Sonata No. 20 in A Major, D. 959 de Franz Schubert, convertido en leit motiv de toda la trama. Todos los detalles de la película brillan por su elegancia y sensibilidad, todos compuestos para materializar una obra que nunca se pierde, y acoge muy bien y con tacto cada uno de los ciento quince minutos del metraje, llevándonos de la mano por una relación que gusta y repele a partes iguales, que parece brillar y en otras ocasiones, se llena de infiernos, esos espacios de los que uno sabe como entra, pero nunca cuando va a salir, y sobre todo, en qué estado.

La casa familiar en Rungstedlund se convierte en el centro de todo, donde todo se cuece, y donde todo sucede, donde la veterana escritora puede manipular a su antojo al joven poeta, que sin medir concienzudamente las consecuencias se lanza al abismo que le brindan en bandeja. Uno de los elementos que más cuida de sus obras el cineasta danés es la interpretación, porque en El pacto, nunca vemos ninguna composición desajustada o falta de credibilidad, al contrario, todos los intérpretes brillan con sensibilidad, creando todo ese universo de silencios, miradas y relaciones, unas más oscuras que otras, y todas que les dejarán una huella imborrable, quizás demasiada. Empecemos por los de reparto, con esas dos mujeres de la vida del joven poeta. Por un lado, su mujer Grete, que hace Nanna Skaarup Voss, madre de su pequeño hijo, una humilde y tranquila bibliotecaria, que se verá absorbida por los acontecimientos, y deberá luchar por su vida y su hogar. En el otro lado, tenemos a Benedicte Jensen, que interpreta Asta Kamma August, la mujer del adinerado, amiga de la escritora, que establece una relación demasiado íntima con Torkild, que los llevará a cuestionarse demasiadas cosas que creían inquebrantables, como la naturaleza de amar y el significado del amor.

Simon Bennebjerg, al que vimos en el reparto de The Guilty (2018), es el joven poeta Bjornvig, un tipo que cambiará y mucho a lo largo de la película, alguien que no sabe en qué jardín se está metiendo, un espacio que parece maravilloso, pero en él que descubrirá sus infiernos, y eso le hará tambalear y de qué manera, su hasta entonces apacible y aburrida vida. Y finalmente, la soberbia composición de Birthe Neumann (una gran actriz danesa que ha brillado en teatro y en cine con von Trier y Vinterberg), entre otros, que se enfunda en la piel arrugada y carácter maligno de Karen Blixen, mostrándonos un rostro o una máscara que desconocíamos en absoluto, muy alejada de esa otra imagen de la mujer que vivió en África, que tuvo que vender su propiedad y soportar el dolor de perder por accidente a su gran amor Denys Finch Hatton, y regresar a su tierra Dinamarca y convertirse en una celebridad y una mentora para jóvenes intelectuales como Torkild. Un buen ejercicio es ver Karen, la película minimalista, evocadora y magnífica, que hizo el año pasado María Pérez Sanz de los años africanos de la escritora, y El pacto, de August, para ver dos rostros muy distintos de una mujer que fue muchas cosas: una extraordinaria escritora, una aventurera, una valiente, y también, una pérfida manipuladora, cuando el dolor, tanto físico como emocional, llenó sus últimos días. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Blandine Lenoir y Agnès Jaoui

Entrevista a Blandine Lenoir y Agnès Jaoui, directora y actriz de «50 primaveras». El encuentro tuvo lugar el viernes 14 de julio de 2017 en la terraza del Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Blandine Lenoir y Agnès Jaoui,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

50 primaveras, de Blandine Lenoir

LA VIDA EMPIEZA HOY.

Aurore Tabort acaba de cumplir los 50 tacos, divorciada y madraza, vive con su hija pequeña que se larga del nido familiar porque se ha enamorado de un disc-jockey, además su hija mayor le dice que está embarazada, y para más inri, dimite de su trabajo como camarera por desavenencias con el imbécil de su nuevo jefe. Ante esa sucesión de diversos frentes en su existencia, y no queda ahí la cosa, porque está empezando a sufrir la menopausia, es decir, sofocos, mareos, malestar y otros cambios que sufren las mujeres maduras a cierta edad. Y en ese estado, en ese período de transición, Aurore, por casualidad, se encuentra a su amor de juventud, aquel que abandonó para casarse con su mejor amigo. Así, de esta manera, en un momento de cambios profundos, sitúa la directora Blandine Lenoir su película, mujer de amplia trayectoria, tanto como actriz, que trabajó en un par de películas de Gaspar Noé, y como directora, autora de diez cortos, antes de de debutar en el largo con Zouzou (2012) también ambientada en la familia, y con un caso parecido a la que nos ocupa, en ésta, un padre sesentón informa a sus tres hijas y nieta que se había enamorado de un hombre, el cisma que provocaba en el seno era de órdago, como la situación que vive Aurore.

Agnès Jaoui, maravillosa actriz y directora, que junto a Jean-Pierre Bacri ha dirigido excelentes comedias sobre amigos como Para todos los gustos (2000) o Como una imagen (2004), entre otras, encarna a la heroína cotidiana de esta tragicomedia de Lenoir, que captura con sinceridad y mucha honestidad, los avatares de las mujeres maduras, su posición en la vida, sus alegrías y también sus tristezas, mezclando con sabiduría tanto los momentos cómicos, que los hay, como aquellos que nos arrancan alguna lágrima, pero no lo hace desde la condescendencia, ni mucho menos, sino desde las emociones, desde el respeto hacía sus personajes, porque el microcosmos de Aurore, donde las mujeres muestran una solidadridad entre ellas sin límites, además de sus dos hijas, lo componen una amiga fiel, sus nuevas jefas que son un grupo de abuelas con gran vitalidad, el padre de sus hijas, un tontolaba de mucho cuidado, algún amante que le llena algo, y sobre todo, el primer amor, ahora convertido en atractivo cincuentón, que ella, Aurore, parece negarse a una segunda oportunidad, a creerse que su vida es cuidar a los demás, y no cuidarse a ella misma, como si su vida ya no necesitase emociones sentimentales, como si ya se hubieran extinguido, pero quizás las cosas no son así, y Aurore todavía tiene mucha vida por delante, y puede sentir esas cosas que hace tiempo ya no siente, esas cosas que no solamente le hacen sentir bien a uno, sino que le dan nuevas experiencias vitales.

Una película cercana y emocionante, que tan bien saben construir la cinematografía francesa, con vocación popular, pero que saben hacernos reflexionar, y conmovernos con muy poco, con una cotidianidad de aquí y ahora, capturando la vida de esas ciudades provincianas, alejadas de las grandes ciudades, con su vida de cada día, sin aparentemente sobresaltos. Lenoir ha construido un relato sincero, atrevido, y profundamente bello, donde su cámara se mueve entre sus personajes de forma cálida, penetrando en su cotidianidad,  que pone el foco en las mujeres maduras, en sus problemas y sentimientos, sus conflictos internos y aquellos que experimentan mientras su vida está cambiando, en la que su cuerpo está sufriendo cambios que les afectarán y les hará plantearse su existencia de un modo completamente diferente, y ahí, la interpretación de Agnès Jaoui, es una auténtica delicia, porque sabe componer un personaje frágil y fuerte, a la vez, intenso y delicada, con sus dudas y su humanidad, haciéndonos sentir participes de toda su complejidad y entiendo todo los conflictos, tanto internos como exteriores, que está experimentando en su vida. Una vida que no termina ahí, sino que empieza a partir de ese momento, experimentando nuevas situaciones.