Entrevista a Natalia Cabral y Oriol Estrada

Entrevista a Natalia Cabral y Oriol Estrada, directores de la película “Miriam miente”, en el Soho House en Barcelona, el viernes 16 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Natalia Cabral y Oriol Estrada, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, y Sandra Comas de Paco Poch Cinema, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Miriam miente, de Natalia Cabral y Oriol Estrada

LA NIÑA QUE NADIE ESCUCHABA.  

En un instante de la película, en el que Miriam, la protagonista adolescente de 14 años, viaja en coche junto a su padre. Éste, al ver a su hija distraída y algo melancólica, le pregunta la siguiente cuestión: ¿Qué es lo quieres tú? A lo que la niña le mira sin saber qué responder. Una pregunta que puede resultar cotidiana, pero que no suele hacerse, y aún más, nadie de su entorno familiar ha preguntado a Miriam que es lo que ella quiere para su fiesta de 15 años, y para su existencia. Una cuestión interesante y definitoria en la que se asienta la primera película de ficción de los dos directores. Natalia Cabral (Santo Domingo, República Dominicana, 1981) y Oriol Estrada (Capellades, 1983) después de un par de documentales domésticos y cotidianos que fueron Tú y yo (2014) y El sitio de los sitios (2016) que fueron bien recibidos en los festivales internacionales. El tándem de cineastas miran su película a través de la mirada de su anti heroína, una chica tímida y reservada, de piel negra, en un verano con mucho tiempo para hacer, y sobre todo, para pensar, imbuida en los preparativos de su fiesta de los 15 años, muy popular en el país centroamericano, llevada en volandas por los caprichos pequeño burgueses de su madre y abuela, en los que tiene que ensayar la coreografía, elegir un vestido y sentirse la reina de la fiesta, una fiesta, por cierto, muy aristócrata, pero también, muy kitsch.

Aunque, el puntapié emocional se fractura cuando Miriam conoce a un chico por internet al que todavía no ha visto su aspecto, pero que todo se va de las manos, cuando la niña, por miedo al rechazo de su entorno acaudalado y bien pensante, se inventa que el joven pertenece a la burguesía francesa y es hijo del cónsul. Mentira que la atormentará y la acompañará en todo el metraje, colocándola en situaciones difíciles, en las que Miriam se recogerá a sí misma, llena de inseguridades, y sintiéndose fuera una sociedad que sólo acepta a los suyos y rechaza todo lo diferente, y aún más, aquellos de posición económica inferior. Los cineastas ponen el dedo en la llaga al hablar sin tapujos y con absoluta sinceridad, desde la intimidad y la desnudez emocional, de temas candentes del país, como el racismo latente que existe, y el rechazo brutal a la piel oscura, sinónimo de pobreza, y en mitad de todo ese berenjenal social, heredado desde tiempos inmemoriales, nos encontramos con Miriam, con sus sentimientos y emociones enfrentadas a aquello que dirige su vida y espera de ella lo mejor, un novio blanquito, con dinero y educado. Todo lo contrario de lo que ella siente.

Miriam, desde su intimidad y carácter introvertido, no sólo debe luchar contra sus sentimientos complejos, sino también, contra una imposición burguesa de dividir a las personas por su piel y cuenta corriente, una manera de enjuiciar y mantener un sistema clasista que no sólo hace daño a los que lo sufren, sino que también, condenan al ostracismo a aquellos como Miriam que sienten lo contrario, que abogan por una fraternidad y amor entre los seres humanos, porque los sentimientos se pueden silenciar, pero por mucho que se escondan, siguen estando ahí, siguen latiendo fuertemente cuando nos encontramos con el ser amado. Cabral y Estrada tienen en la elección de Dulce Rodríguez, el mejor aliado para contarnos esta fábula contemporánea sobre los miedos e inseguridades de una sociedad anclada en el pasado, con miedo a avanzar, en el que el suave y bello rostro de la protagonista se erige en el vehículo perfecto para adentrarnos en la falsedad e hipocresía que sufre la protagonista por mandato materno, una sociedad de apariencias, que mantiene formas estúpidas ideas que no les ayuda para enfrentarse a matrimonios rotos y relaciones interesadas.

Otra elegante muestra de los problemas de la adolescencia, pero tratada con delicadeza y sensibilidad, sin caer en estereotipos o demagogia, retratando las inquietudes y miedos adolescentes, y de una sociedad falsa y clasista, con mirada crítica y cercana, como lo hacía Pialat en La infancia desnuda o los Dardenne en El niño de la bicicleta, o lo más recientes, también venidos de la parte sudamericana, y envueltos en la mirada femenina de sus protagonistas como Miriam miente, como el caso de Juana a las 12, de Martín Shanly o Mate-me por favor, de Anita Rocha de Silveira, muestras de la buena salud del cine americano, donde se retrata la adolescencia femenina desde puntos de vista diferentes y complejos, en los que sus personajes sufren los cambios propios de este estado, y además, sufren los avatares e imposiciones de una sociedad políticamente correcta y bienintencionado, que sólo admite a los suyos, a los que piensan y sienten como ellos, y da libertad siempre dentro de un cercado que existe aunque a veces, no seamos capaces de verlo.

Cabral y Estrada han construido una película cargada de aristas emocionales, donde no hay trampa ni cartón, en el que hay una exploración determinante sobre los problemas sociales en la República Dominicana, y sus países colindantes, desde un prisma observacional y certero, convirtiéndose en un retrato sincero y amargo sobre la adolescencia, sobre esos eternos veranos, que sólo parecen eternos, donde hay tiempo para perderlo con tu amiga del alma, la Jennifer de turno, díscola y diferente a la protagonista, chapoteando en la piscina de la casa rica, o perdiendo tiempo en el espejo actuando a ser mayor o caminando sin rumbo esperando a ser adulto, y convertirse en alguien más falso, en una vida llena de mentiras, superficialidad y llena de oropel hortera, como esa canción que tanto Miriam y Jennifer ensayan, y deberán bailar delante de tantos en esa fiesta que a sus familias les encanta, y a ellas, bueno, la protagonizan sin que nadie les haya preguntado su opinión, o lo que sienten.

Lucky, de John Carroll Lynch

EL ÚLTIMO SUSPIRO.

Muchos lo recordarán como aquel mecánico de la Nostromo del que un alien asesino le salía del estómago en la famosa secuencia de  Alien, de Ridley Scott. Aunque si hay un personaje que ha marcado la filmografía de Harry Dean Stanton (1926-2017) no es otro que Travis, que interpretó en París, Texas, de Wim Wenders, con esa sobriedad y magnetismo que tanto le caracterizaba. Un tipo silencioso y perdido que vagaba sin rumbo por el desierto de Arizona con la inolvidable música de Ry Cooder. Aunque la carrera del insigne actor arrancó a finales de los 50, aunque fue en la década de los sesenta que empezó a intervenir en películas de alto rango como La conquista del oeste, La leyenda del indomable… Fue en la década de los setenta y de la mano de grandes nombres del cine más arriesgado e independiente que empezó a cosechar su gran aura convirtiéndose en habitual de Sam Peckinpah, John Millius, Monte Hellman y David Lynch, con el que trabajó en Corazón salvaje, la serie Twin Peaks o Una historia verdadera, entre otras. En total unos 250 títulos entre los que también habría que destacar algunas películas de Coppola y Scorsese.

En Lucky interpreta su última balada, el último instante de una carrera inolvidable, interpretando a un anciano de 90 años de gran vitalidad, sencillez, de costumbres y aficionado a los concursos televisivos. Aunque, una mañana se cae en casa y acude al médico que le explica que está bien. Pero algo cambia en él, y comienza a sentirse mal consigo mismo y sobre todo con los demás. Su entorno más cercano sufrirá esa desidia y malestar, el camarero negro que le atiende cada mañana en su cafetería preferida, la dependienta latina que le vende su cartón de leche, su amigo del traje blanco (interpretado por David Lynch) que ha perdido su galápago, y aquellos transeúntes con los que se tropieza por la calle. En ese momento, Lucky se descubrirá a sí mismo y emprenderá un viaje emocional que le hará redescubrir su interior que consideraba perdido. El artífice de todo esto es John Carrol Lynch (Boulder, Colorado, EE.UU., 1963) intérprete en más de 50 films, entre los que destaca el Norm de Fargo, de Los Hermanos Coen, aquel hombretón que hacía fotos a pájaros y estaba casado con Frances McDormand, aunque también ha aparecido en títulos de Eastwood, Scorsese o Fincher, en Lucky debuta en la dirección de largometrajes con una película-tributo a Harry Dean Stanton, a una estirpe de intérpretes que ha desarrollado una carrera alejada de los focos y las alfombras rojas, y se han dedicado a hacer de su oficio una manera de vivir, de ser y de estar en un negocio muy dado al espectáculo y los nombres y no las buenas historias que acaricien el alma de los espectadores.

Su Lucky es un tipo de vuelta de todo, de movimientos lentos y firmes, de carácter serio y amigable, de rutinas sencillas y solitarias, que vive en uno de esos pueblos del oeste de cuatro casas, en mitad del desierto, rodeado de cactus y caminos sin caminantes que apenas levantan polvo, espacios de extraña quietud, que a simple vista parecen deshabitados, donde la tranquilidad es un desafío, y en los que las gentes que lo habitan son seres que vienen de muchas vidas, de muchas historias y de muchos palos y alguna alegría, algo así como un reposo bien merecido después de una vida de cabalgar contra el viento, como si ser diferente, rebelde y luchador incansable por las nobles causas, estuviera marcado a fuego en sus entrañas, a ritmo de los temas tan vivos, humanos y oscuros que canta Johnny Cash. Con ese aroma de amargura y honestidad que también construía Peckinpah en sus películas, a través de pistoleros fuera de lugar, extraños de sí mismos y valientes solitarios que luchaban por ellos mismos en una sociedad que nos quiere iguales, callados y obedientes.

En una película-homenaje que nunca sabremos donde termina el actor y empieza la persona y viceversa, donde admiramos y caminamos al lado de Harry Dean Stanton como su sombra, como ese aliento, que sabemos que es el último, pero todavía poderoso y singular, en su peculiar viaje hacia adentro, hacia sus entrañas, hacia ese espíritu imperecedero del que ha vivido acorde con sus principios, porque nunca tuvo o supo de otros.  Ya habíamos visto a la persona en el excelente documental Partly Fiction, de Sophie Huber, donde penetraba en las entrañas del actor a través de un personaje parecido a Lucky, donde lo escuchábamos cantar (como ese momentazo que se marca en Lucky con el tema “Volver”) tocar la armónica y la guitarra o encontrarse con amigos que se han cruzado en su vida como Lynch, Wenders, Shepard, Kristofferson o Debbi Harry, donde hablaban del pasado, del presente y del futuro, de cine, de música y de todo aquello vivido y vivirán, en ese tono de viejos vaqueros que siguen en pie resistiendo a pesar del tiempo, las ausencias y los años.

Carrol Lynch construye una película extraordinaria, sobre la vida y la vejez, donde hay drama íntimo y también, comedia negra, cargada de lirismo y llena de tiempo, que nos hace viajar no sólo a ese Lucky y su conflicto interior, sino también al actor, a todas sus películas, a sus personajes como Travis, a través de ese caminar lento y firme, a ese caminar que nos lleva de un lugar a otro, a emprender una vida diferente cada día, a mirarse al espejo y sentirse nuevo cada día, a cantar a los cuatro vientos que estamos vivos, que deseamos estar con los nuestros, tomando copas, o recordando la guerra (como ese momento con Tom Skerrit, su compañero en Alien, donde parece más que un encuentro de amigos que hace mucho que no se veían) en un retrato con alma sobre los viejos vaqueros que continúan en pie a pesar de todo y todos, donde se recoge el mejor aliento de los grandes westerns, no los épicos y patriotas, sino aquellos que se detenían en los olvidados, en los que no les sale nada bien, porque no se dejan llevar, porque luchan para ser ellos mismos, y que acaban cansados, pero no vencidos, apurando whisky en uno de esos bares rodeado de amigos, contando amores frustrados, leyendas borradas por el polvo del camino, aquellos días cuando todo parecía que iba a ser distinto, y todo aquello que soñaron y vivieron, aunque ahora quede tan lejano e irreal, porque aunque la vida es muy puta, siempre quedará un vaso de whisky para aquellos que no dejarán domar.

Entrevista a Mario Casas y Samu Fuentes

Entrevista a Mario casas y Samu Fuentes, actor y director de “Bajo la piel de lobo”. El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en el Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Mario casas y Samu Fuentes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Quimet Pla

Entrevista a Quimet Pla, actor en “Bajo la piel de lobo”, de Samu Fuentes. El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en el Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Quimet Pla, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Ruth Díaz

Entrevista a Ruth Díaz, actriz en “Bajo la piel de lobo”, de Samu Fuentes. El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en el Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Ruth Díaz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Marc Recha

Entrevista a Marc Recha, directora de “La vida lliure”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 21 de febrero de 2018 en la Plaça de la Revolució en el Barrio de Gràcia en en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Marc Recha, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Àlex Tovar de prensa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.