Perros de presa, de Martin Panek

MALDITAS BESTIAS.

“Los horrores que es capaz de concebir una mente son siempre mucho peores que la realidad.”

Paula Hawkins

El arranque de la película está cargado de fuerza y concisión narrativa, situándonos en el fondo de la cuestión de forma muy expresiva y cercana, en la que observamos la última noche del campo de concentración de Gross Rosen, donde en planos generales con la cámara en travelling, somos testigos de ejecuciones de presos y entramos en uno de los barracones siguiendo a un par de oficiales nazis que han entrado a inspeccionar el lugar. De repente, un niño al que se sumaron otros, comienzan a tirarse a tierra y levantarse al grito de “Runter” y “Auf” (Abajo/arriba) mientras los nazis se ríen a carcajadas. Corte a la mañana siguiente, en el mismo escenario envueltos en la niebla, unos soldados soviéticos entran en el campo, mientras van encontrándose multitud de cadáveres y se topan con los niños de la noche anterior, quizás de los pocos supervivientes.

El director Martin Panek (Wroclaw, Breslavia, Polonia, 1975) estudiante en las escuelas de Kieslowski y Wajda, debutó en el largometraje con Daas (2011) con la historia de Jakub Frank, un místico del siglo XVIII que tuvo gran fama pero también sembró dudas de su supuesta divinidad. Ahora, nos sitúa en un relato intimista y sencillo, en el que aborda en el convulso verano de 1945, apostando por una mirada diferente y poco transitada por el cine,  el destino de ocho niños liberados de un campo de concentración nazi, que van a parar a un antiguo orfanato abandonado, junto a una adulta también superviviente como ellos. Esa aparente calma se verá sacudida por la escasez de comida y agua, y sobre todo, por la muerte violenta de la adulta por unos perros salvajes del campo que se dedicaban a atacar a los presos. Los ocho niños se ven rodeados por estos perros lobos que deambulan por el bosque y los acechan, además los conflictos internos no tardan en aparecer, en que el enigmático y silencioso Wladek se muestra apartado al resto, situación que violentará a Kraut, más visceral y nervioso, donde Hanka, la mayor del grupo y una especie de hermana de todos, intentará mediar para mantener la paz den el grupo.

Panek se mueve en el relato de iniciación de unos niños que deberán enfrentarse a otro horror, o mejor dicho, seguirán enfrentándose a un horror que parece seguirles irremediablemente, en el que aparte de los perros, existen visitantes igual de salvajes que los canes, o aquellos nazis que se ocultan del ejército rojo. Aunque la película también ahonda en otros marcos, como el thriller psicológico por la situación incómoda que se manifiesta entre Hanka, Kraut y Wladek, una especie de trío que se acerca y aleja, construido a partir de las miradas, sus gestos y acciones, donde las relaciones internas entre unos y otros llevarán su convivencia a pender de un hilo muy fino, y por último, la película también se funde con el cine de terror más puro, donde unos niños se ven atrapados en una casa escondiéndose del terrible enemigo de fuera con la forma de unos perros hambrientos. El director polaco consigue una atmósfera inquietante y oscura, a pesar de que casi toda la película estamos de día, con la sutil y aterradora luz del cinematógrafo Dominik Danilczyk, que sabe atrapar con extremada fuerza todo lo que se cuece en esa casa y en ese bosque, elementos indispensables que nos retrotraen a las fábulas tradicionales.

La parte más importante y fuerte del relato descansa en la interpretación de los ocho niños destacando la sensibilidad y dureza de una magnífica Sonia Mietielica dando vida a Hanka, bien acompañada por el expresivo y callado Wladek, el personaje más oscuro de todos ellos, extraordinario el joven Kamil Polnisiak, Nicolas Przygoda interpreta a Kraut, el alma inquieta y rebelde de este grupo heterogéneo, y los otros niños que con sus camisas y pantalones de rayas, desarrapados y hambrientos, rezuman naturalidad y cercanía, los cuales deberán convivir y sobre todo, enfrentarse a la terrible amenaza de fuera. Panek ha logrado un cuento de hadas terrible y muy oscuro, una especie de Hansel y Gretel, donde el horror no se localiza en el interior de esa casa fantasmal y abandonada, sino en el exterior, con esos perros de la muerte que se convierten en la sombra alargada que no termina de extinguirse de los nazis, en una atmósfera que tiene ese aspecto crudo y fantástico de películas como The Innocents o Picnic en Hanging Rock, donde los niños se ven envueltos en un misterio que nos atrapa y nos envuelve en un aura de terrorífica cotidianidad, donde resulta imposible escabullirse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia, director de la película “El Hoyo”. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Galder Gaztelu-Urrutia, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Iván Massagué

Entrevista a Iván Messagué, actor de la película “El Hoyo”, de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Messagué, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a David Desola

Entrevista a David Desola, coguionista de la película “El Hoyo”, de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Desola, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Sombra, de Zhang Yimou

TRONO DE SANGRE.

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

(Extracto de Macbeth, de William Shakespeare)

El universo cinematográfico de Zhang Yimou (Xi’an, China, 1951) arrancó en 1987 con Sorgo Rojo, que sorprendió y maravilló a propios y extraños en la Berlinale, donde se alzó con el primer premio. Luego, vinieron Ju Dou, La linterna roja, Qiu Ju o ¡Vivir!, todas ellas protagonizadas por Gong Li, ambientadas en la China rural de primeros siglo XX, donde se exploraba la situación de la mujer frente al patriarcado existente. Después de esa primer etapa que acabó en 1995 con La joya de Shanghai, el cine de Yimou se adentró a mirar a la China actual de 1997 con Keep Cool, aunque su interés por lo rural y sus problemas le devolvió a su espacio en Ni uno menos (1999). Con El camino a casa, del mismo año, protagonizada por Zhang Ziyi, con la que repetirá en varias películas, abre una nueva senda en su carrera, en la que se sumergirá en el “Wuxia”, el género de las artes marciales más popular en China y en otros países asiáticos, desarrollado en un contexto histórico, el feudalismo, con escenas de acción voladoras y muy estilizadas, melodramas intensos y románticos donde prevalecen la amistad, la lealtad y la traición. Con Hero (2002) entra por la puerta grande en el “Wuxia”, le seguirán La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006) donde volvía a trabajar con Gong Li, así como en Regreso a casa (2014) donde repasaba los estragos del comunismo en los disidentes.

En los últimos años, la filmografía de Yimou se ha dispersado atacando todo tipo de géneros como la comedia, el amor romántico o las superproducciones con vocación internacional y stars de Hollywood. Ahora, Yimou vuelve al “Wuxia”, pero desde otra perspectiva diferente a sus anteriores incursiones en el género. Primero de todo, se ha inspirado libremente en la epopeya histórica de los Tres Reinos: La épica, de Jingzhou, la que reinterpreta y reimagina el relato, en el que se inventa una lucha eterna y salvaje entre diferentes reinos en continuo estado de guerra, centrándose en uno de los reinos, el “Jang”, el desterrado, el expulsado que vive con ansías de venganza, de recuperar el trono de “Jing”, y así dominarlo todo, encabezado por un rey déspota, cruel y salvaje, que tiene menospreciado a su comandante jefe y a la esposa de éste (como quedará reflejado en la secuencia que abre la película con ese instante de la música con la cítara). Aunque, existe un misterio, el comandante que se relaciona con el rey no es el real, solo es una “sombra” (a la que alude el título) un doble en el que se oculta el verdadero comandante, enfermo y vilipendiado que se encuentra escondido en una gruta secreta en palacio, donde entrena a su “sombra” para recuperar el trono que le corresponde.

Y así están las cosas, donde todos y cada uno de los plebeyos rinden pleitesía al rey y también, conspiran en secreto para destronarlo, y así, mantener la paz con el reino rival. Yimou vuelve a contar con Zhao Xiaoding, su cinematógrafo más estrecho, para situarnos en un entorno rural, montañoso, rodeado de un río incesante y caudaloso, en un ambiente frío y húmedo, con esa lluvia fina que no dejará de caer durante toda la película, en una atmósfera de inquietante espera, donde todo puedo explotar en cualquier instante, rodeados por un entorno lúgubre y muy oscuro, con esas grandes telas que adornan el palacio, pintadas con lavado de tinta, en blanco y negro, como los ropajes holgados que llevan los personajes, con motivos iguales que las telas mencionadas, con ese aroma apagado y muy oscuro como el alma de los personajes,  o esas armaduras recias y negras, con máscaras monstruosas, dando una idea precisa y profunda del talante de la película, de aquello que nos cuentan, de aquel que se oculta en otro, de la verdadera dimensión psicológica de los personajes, que en realidad muestran un rostro que no es el que sienten, el que los demás ven, porque el real, se muestra oculto, en la oscuridad, esperando su momento, esperando su oportunidad.

Yimou se mira en el espejo del universo de Shakespeare y Kurosawa, para mostrar un mundo pérfido, un reino descompuesto, trágico y lleno de juegos de poder político, donde todo es irreal, donde las luchas se eternizan, donde hay tantos grupos irreconciliables, donde todos sobreviven en un estado de permanente disputa, donde los problemas se amontonan y las soluciones crean más conflictos, donde la ambición es bestial y sangrienta, en que la tragedia llega de manera inevitable, donde nadie ni nada puede huir del fatalismo inherente que les ha condenado en su maldita sed de poder, en su ambición sin límites, en su maldad eterna. Y qué decir, de las magníficas secuencias de acción, detalladas y estudiadas al milímetro, en las que mezclan lo humano con la épica, eso sí, una épica diferente a la esperada, sin romanticismo ni antorchas, sino con humo negro y mucha sangre, que brota de manera veloz, esas fuentes sanguinolentas que impregnan los planos sombríos, como ocurría en las obras de Kurosawa, marcando con premura y muerte cada rincón del espacio.

Las estupendas secuencias simultámeas que van intercalando con minuciosidad y espectaculidad formalista y plasticidad de los diferentes momentos de la guerra final, con el clásico duelo a muerte en una tarima de madera construida entre las montañas que separan el río, con el símbolo del bien y el mal dibujado, uno con una lanza ancestral y otro con un paraguas de hierro que se abre y se cierra según convenga, los mismos paraguas que sirven para la entrada del ejército en el pueblo deslizándose como una exhalación. Secuencias donde la grandiosa belleza plástica propia del universo de Yimou, se mezcla con los duelos a muerte entre unos y otros, sin ningún respiro, donde todo se sucede a un ritmo vertiginoso, en que la belleza se mezcla con el horror de la muerte. Yimou ha conseguido anudar con clase y maestría la belleza de su cine tradicional, aquel que miraba con detalle los problemas humanos con el cine de acción, con esas batallas donde todos los personajes se citarán con la muerte, con su destino, con ellos mismos, en una película muy entretenida, medieval, profunda y humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a John McPhail

Entrevista a John McPhail, director de la película “Ana y el apocalipsis”, en el Soho House en Barcelona, el lunes 10 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a John McPhail, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Xènia Puiggrós de Segarra Films, por su inestimable labor como traductora, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Ana y el apocalipsis, de John McPhail

CANTAR AL FIN DEL MUNDO.

Lo primero que llama la atención de Ana y el apocalipsis, es su propuesta, por su desvergüenza y disparate, en apariencia, porque si nos lanzamos a la aventura de descubrirla, nos encontramos con una película realmente interesante y muy divertida, en la que mezclan diversos géneros, peor lo hacen dándoles la vuelta, y sobre todo, atizándolos con fuerza, destrozando tantas costuras se encuentran por el camino, y desempolvando esos estilos cinematográficos que algunos siguen anquilosados en propuestas de antaño, como si el público fuese el mismo que hace medio siglo. La película nace de Zombie Musical, un corto muy galardonado dirigido por Ryan McHenry, que hace labores de guionista junto a Alan McDonald, en un film dirigido por John McPhail, que aquí realiza su segundo largo después de Where do we go from here? (2015) una comedia romántica producida entre amigos y muy pocos medios. El director natural de Glasgow (Escocia) se lanza a una película que en su primera mitad nos sumerge en una comedia adolescente de instituto, donde nos presentan los diversos conflictos de Ana, una chica que sueña con escapar de su “Little Haven” de siempre y explorar nuevos mundos, razones que no contempla un padre demasiado protector, y su entorno, John, su mejor amigo y secretamente enamorado de ella, Steph, que se siente un patito feo, por su forma y pensamiento, Nick, el ex de Ana, que no tiene nada claros sus sentimientos, y finalmente, el Sr. Savage, el ogro de turno y próximo director del instituto.

Mientras nos van contando los pormenores de unos y otros, nos van amenizando con canciones y bailes, en los que sacuden con fuerza a la Navidad, como comedero propicio para vender solidaridad a fuerza de tarjeta de crédito, a las comedias “teenagers”, made in EE.UU., a artistillas de pacotilla envueltos en el aura del merchandising feroz y capitalista, que nos venden hasta en la sopa, y a esos musicales tan “Disneys”, donde todo gira en torno a un romanticismo de pacotilla y descaradamente simplista y bobo, y a tantos estereotipos e ínfulas de ese cine Hollywoodiense que tristemente invade el mundo y produce tantos millones y admiradores por doquier. Nada y nadie se libra de la crítica y la sacudida a base canciones y bailes que se mofan e imitan ciertos géneros de baile de estas películas. McPhail se ríe de todo ello y de tantas películas absurdas y superficiales, dejando claro que sus canciones y números musicales nos informarán sobre sus personajes, su entorno, sus relaciones, y todavía tendrán tiempo para disparar a todo quisqui, y sobre todo, al cine Hollywood.

En la segunda mitad, el director escocés nos mete en faena, los zombies empiezan a aparecer, y la película se convierte en una de terror serie z, completamente desatado y delirante, donde hay tiempo para el drama, la comedia, y el musical, en el que en todo momento se genera ese ambiente festivo y disparatado, como la secuencia que abre este segundo segmento, cuando Ana y John bailan y cantan totalmente despreocupados, cuando a su alrededor se ha desatado el caos y el fin del mundo, con zombies asesinando y alimentándose de sus víctimas. El conflicto es sencillo y nada engorroso, unos personajes han quedado aislados unos de otros, y la película consiste en el ansiado encuentro, ya que unos se encuentran encerrados por miedo y castigo del Sr. Savage sin poder salir a la calle. La cinta se mueve en esos parámetros, llevándonos en volandas por distintas situaciones, con ese sentido cómico y crítico, porque como es sabido, las buenas películas de zombies, esconden una dura reflexión sobre la condición humana y sus hábitos en la sociedad.

En esta, el apocalipsis despierta la parte oscura de algunos de los habitantes de la pequeña localidad, como el Sr. Savage, miserable profesor que trata a sus alumnos como enemigos e inferiores, y otros alumnos que menos precian el peligro real que les acecha, y así, algunos otros, superar miedos o aceptar sus sentimientos,  donde tendrán que aceptar al otro, el compañerismo y la cooperación para salir con vida de semejante entuerto. Un reparto ajustado y sobrio, lleno de brío y fuerza, encabezados por Ella Hunt dando vida a la anti heroína Ana, bien acompañada por Mlacolm Cumming, Sarah Swire y Ben Wiggins, sin olvidar al pérfido Sr. Savage o al padre de Ana, entre otros, para dar vida a este grupo heterogéneo de habitantes que se verán enfrentados entre sí, en algunas ocasiones, y en otras, a ellos mismos, o a especímenes inesperados o esperados, en este enjambre donde la blanca y pura Navidad se ha convertido en zona de zombies, de muertos vivientes, de papa Noel sangrientos y asesinos, donde las luces y el colorido típico de la fiesta, se torna oscuro, demente y sangriento, quizás su verdadero rostro, ese que las grandes compañías utilizan para generar compras y compras porque todo vale para ser mejor persona, y si gastas, aún más.