La historia de Souleymane, de Boris Lojkine

MOI UN NOIR. 

“No sé por qué vine a Francia”. 

Desde el primer instante La historia de Souleymane, de Boris Lojkine (París, Francia, 1969), nos sitúa en el fragor de la batalla diaria de su protagonista, un guineano que pedalea por las densas calles de París llevando envíos de un lugar a otro. Su realidad es invisible en todos los sentidos. Pedalea y trabaja para otro que a cambio de un dinero le cede su imagen, es decir, su visibilidad, porque el joven vive y trabaja sin papeles. En tres días tiene la entrevista para regularizar su situación, que intenta aprenderse su relato de refugiado político a través de la experiencia de otro a cambio de dinero, of course. Una realidad impostada, una no realidad que Souleymane sobrevive en plena agitación, donde lo físico impera sobre todo lo demás, de aquí para allá, sin movimiento. Las únicas pausas llegan de noche, cuando el inmigrante debe buscar un lugar donde dormir. Cada día, cada noche es una forma de subsistir en una urbe donde los que hay como él, intentan aguantar aunque no resulta para nada fácil. La vida de este joven es una más de todas esas vidas que nos cruzamos a diario en nuestras ciudades, vidas no vidas. 

La relación con África en el cine de Lojkine es muy importante, ya que sus anteriores trabajos versaban sobre ese continente y sus consecuencias. En su ópera prima Hope (2014), se centraba en la odisea de una nigeriana y un camerunés que deambulaban por el norte de África intentando llegar a Europa. En Camille (2019), la cosa iba sobre una fotógrafa idealista en la República Centroafricana donde se topa con una realidad muy distinta. Después de transitar por el territorio africano, ya sea desde la posición africana y europea, ahora se centra en la mirada africana en Europa, y más concretamente en París, y lo hace con un guion coescrito junto a Delphine Agut, desde la intimidad y la realidad de un inmigrante más, escuchando su respiración y agitación constantes, sin caer en el sentimentalismo ni la condescendencia, sino creando un retrato veraz, honesto y humano, situando su cámara a la altura de sus ojos, en un formato que cierra el plano y por ende, el espacio, el 1,66:1 ayuda a seguir sin pestañear los tres días intensos y difíciles en la existencia de Souleymane con su bicicleta, el único tesoro físico que tiene, y su ilusión o no de quedarse en la France, como espeta en algún instante, más casi como un lamento que una necesidad de su error al viajar a  Europa. 

A partir de una cinematografía de verdad, es decir, sin florituras y demás adornos que intenten crear una ilusión falsa y panfletaria, donde prima lo crudo sin ser tremendista, que firma Tristan Galand, que tiene en su haber varios documentales y trabajos con la cineasta Pauline Beugnies. La ausencia de música extradiegética que se suple con temas que añaden esa sensación de fisicidad y a contrareloj que tiene toda la película, en la que el sonido resulta crucial para el devenir de la película en la que aparecen tres cabezas visibles conocidos del director ya que estuvieron en Camille, como son Marc Olivier-Brullé, Pierre Bariaud y Charlotte Butrak construyendo una banda sonora brutal y compleja capturando todos los sonidos y ruidos de la cotidianidad del joven guineano. En el montaje encontramos a otro cómplice del director parisino como Xavier Sirven, del que también lo conocemos por su trabajo en Padre y soldado (2022), de Mathieu Valdepied con un estelar Omar Sy como protagonista. Una edición muy certera y sólida en sus 93 minutos de metraje en la que todo ocurre a partir de una agitación muy asfixiante, donde todo va a gran velocidad, muy deprisa, sin descanso, a partir de cortes abruptos y planos secuencias en modo laberíntico sorteando objetos y personas. 

En el campo artístico también va en consonancia con la idea de veracidad y realidad que busca la película, por eso la elección de Abou Sangaré para dar vida a Souleymane como ya hiciese Boris Lojkine en la citada Hope, donde sus protagonistas también eran intérpretes naturales. Una interpretación magnífica para alguien que había trabajado como mecánico, en una composición brutal, sin concesiones y compleja en la que aporta una mirada, un gesto y unos silencios sinceros y nada impostados. Una gran elección por parte del director ya que es capital en la historia, porque la vemos y oímos a través de él. Le acompaña Nina Meurisse como agente de la Ofpra, que vuelve al universo Lojkine ya que fue la fotógrafa idealista de Camille, participando en una de las secuencias clave en la trama. Otros actores naturales acompañan al protagonista, también sin ninguna experiencia anterior como los Alpha Oumar Sow, Emmanuel Yovaine, Younoussa Diallo y Gishlain Mahan, entre muchos otros, reclutados en un casting laborioso que vienen, como el caso de Sangaré a través de asociaciones de guineanos y otros colectivos. 

No se pierdan una película como La historia de Souleymane, porque verán sin adornos ni mensajes buenísimos una realidad muy invisible y muy real que transita por las calles y barrios de París, y de otra cualquier urbe europea, donde no hay buenos ni malos, sino una realidad donde los inmigrantes más antiguos se aprovechan de la situación de los recién llegados, que da una visión real y triste de la condición humana, tan interesada y aprovechada, y con poca humanidad, al igual que las leyes de Francia, donde tratan a los inmigrantes como invasores más como personas que han dejado sus nulos futuros naturales para lanzarse a un viaje peligroso y que los que llegan se enfrentan a la ilegalidad, a las prisas y a la invisibilidad y a ser tratados como delincuentes. En fin, nos encanta conocer nuevas culturas pero no verlas en la puerta de casa. Nos quedaremos con el nombre de Boris Lojkine que, después de ver su tercer largometraje como director, el primero que ve servidor, me han quedado ganas de ver sus otros trabajos, porque en este sabe adentrarse en una realidad que duele, en una triste realidad que nos vapulea las conciencias, que está ahí y que no queremos verla, queremos seguir con nuestras vidas, con nuestras cosas y sobre todo, disfrutando de nuestros privilegios sin importarnos cuáles son sus orígenes, porque no nos gustaría saberlo o simplemente, hacemos por ignorarlo como hacemos con personas como Souleymane. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sálvese quien pueda, de Alexe Poukine

EN LA PIEL DEL OTRO.  

“Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron”. 

Hipócrates

Si recuerdan cómo empezaba Todo sobre mi madre (1999), de Almodóvar, con unos doctores realizando un taller de formación con psicólogos en los que se trabaja la empatía y sobre todo, el momento de dar información delicada y difícil. Una situación parecida como la que se vive en la película Sálvese quien pueda (“Sauve qui peut”, en el original), de Alexe Poukine, originaria de Francia e instalada en Bruselas (Bélgica), la historia se centra en los cursos de formación para sanitarios, empezando por una simulación en la que un doctor debe informar a un paciente de su enfermedad, un cáncer que no tiene cura, después estamos con unos estudiantes de medicina, y cómo se recaba la información necesaria para el trato, estudio y posterior diagnóstico de los pacientes, y finalmente, enfermeras y diferentes oficios de la sanidad participan en los diferentes aspectos de su trabajo, los pros y contras y atacan a un sistema demasiado colapsado y privado que prima los beneficios en pos de una salud pública, con más tiempo y atención para cada paciente.

Poukine debutó con Duerme, duerme en las piedras (2013), en la que mediante sus familiares reconstruyen la vida de su tío que murió como vagabundo. También, la conocíamos Lo que no te mata (“Sans frapper”, en el original) de 2019, que también pasó por El Documental del mes, en la que recogía el testimonio de una mujer violada a través de la teatralización de un grupo de mujeres que revivían la experiencia y contaba las terribles consecuencias del suceso. Un contundente documental en la que, sin florituras ni estridencias, se hablada de frente de la violación y los traumas que dejaban en la víctima, en un tono frío, directo y sensible. Usando el mismo aspecto formal, en la que prevalece la cotidianidad, el tono cercano e íntimo y nada impostado, y además, un continuo espacio de diálogo donde cada uno de los integrantes explica sus realidades y en grupo se comparten con la mediación de los profesionales de la psicología. Nos encontramos en Lausana (Suiza), en unos talleres de formación en la que a partir de simulaciones en los que se exponen todos los problemas a los que se enfrentan diariamente los sanitarios, ya sean de orden laboral, con los innumerables recortes y demás aspectos de su trabajo, la falta de herramientas y el poco tiempo para tratar a los pacientes, y los otros problemas, los que tienen que ver con el diálogo con los enfermos, a los que deben de informar de su enfermedad y demás cuestiones que resultan sumamente complejas. 

El tono de Sálvese quien pueda es de frente y sin cortapisas, aspecto que le añade una gran “verdad” en todo lo que se cuenta, con una cámara que capta todos los detalles que allí se producen, tomando la distancia adecuada y sin ser demasiado entrometida, convirtiéndose en un testigo privilegiado y observador que recoge todo aquello que vemos y lo que no, generando un espacio de libertad, sensibilidad y humanidad entre los participantes, con unos profesionales de la sanidad que participan en grupo realizando unos talleres no sólo de formación, sino también de establecer diálogos necesarios y sumamente importantes para hablar de su trabajo, de sus conflictos, y sobre todo, de sí mismos, de sus preocupaciones, miedos, trabas, complejidades y demás situaciones con las que deben convivir diariamente en sus centros de trabajo, donde se trabaja la empatía, la mirada, la caricia y la cercanía ya que deben vivir momentos altamente dificultosos en los que deben lidiar con problemas por la falta de inversión, de recursos y demás, con unas personas enfermas con las que, en muchas ocasiones, exigen un tratamiento y una cura en enfermedades que ya no lo tienen. 

Esta película debería ser de visión obligatoria no sólo como estímulo y ayuda a todos los profesionales de la sanidad, sino también a todo el mundo, porque si no trabajamos como sanitarios, en algún momento de nuestras vidas, vamos a ser pacientes y casi seguro, enfermos. Así que, todos y todas debemos aceptar las reglas del juego y ponernos en la piel del otro y establecer un espacio de empatía, intimidad y miradas que nos ayuden, a unos y otros, a querernos y abrazarnos, y a comprendernos los unos a los otros, y trazar esos puentes de ayuda y tiempo tan necesarios para lidiar con los asuntos tan complejos de la salud y sus procesos. Alexe Poukine sitúa su mirada-cámara en el foco del conflicto, pero no lanza respuestas milagrosas que quizás, muchos esperan con los brazos abiertos. La cosa no va por ahí, va mucho más allá, va de hablar y comunicarse, pero de verdad, tomándonos el tiempo necesario, escuchar en silencio al otro/a, y tender esos puentes necesarios para que unos trabajen con las mejores herramientas y otros, sean atendidos de la mejor forma, sin prisas y con la intimidad necesarias, con el fin de que todos/as vivan sus respectivos roles: los trabajados y los pacientes con la libertad y la sensibilidad acordes para experimentar sus difíciles caminos con amor y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Kayara, la guerrera del imperio Inca, de César Zelada y codirigida por Dirk Hampel

LA JOVEN REVOLUCIONARIA. 

“No puedes comprar la revolución. No puedes hacer la revolución. Sólo puedes ser la revolución. Está en tu espíritu o no está en ningún sitio”. 

Ursula K. Le Guin 

No es la primera vez que sabemos de Tunche Films de los hermanos Zelada, un estudio peruano de cine de animación, ya que está detrás de las producciones Anibo, el espíritu del Amazonas (2021), y la reciente Mariposas negras, de David Baute. Ahora, nos llega Kayara, la guerrera del imperio Inca, dirigida por César Zelada y codirigida por el irlandés Dirk Hampel, un especialista del cine animado con más de 20 títulos. Estamos ante un relato lleno de aventuras y de acción trepidante protagonizado por Kayara, que significa “flor del desierto”, en quechua, una joven que sueña con ser chasqui (Mensajero), como su padre. Aunque la cosa está difícil ya que ese honor está sólo reservado para los hombres. Kayara no se dará por vencida tan fácilmente y luchará contra las leyes machistas y los convencionalismos del Imperio Inca, ahora que gobierna Paullu, su amigo de la infancia.  

La historia se basa en el guión de Brian y Jason Cleveland, que también estuvieron en la citada Ainbo, y del propio director, en el que prima la fisicidad bien fusionada con las maniobras desde la oscuridad para asaltar el poder por parte del maléfico Villa Oma, uno de esos tipos cercanos al emperador que oculta sus propios intereses que están más cerca de comprar su poder con el oro de las regiones. Estamos ante una historia convencional, que podría resultar poco o nada atractiva, aunque la película consigue lo contrario, porque construye un relato complejo en muchos momentos, añadiendo la valentía y el coraje de la protagonista que debe de luchar contra los elementos y tradiciones ancestrales para ser tratada como una más. Kayara, con su inseparable cobaya como compañero fiel, es un personaje vital, firme y poderoso, una mujer que nos recuerda a tantas que desafiaron el poder y lo establecido para poder ser libres o al menos, ocupar esos puestos que siempre les negaron. La película no transita por el panfleto ni las proclamas como otras producciones, sino que se acerca a la complejidad del asunto y más aún cuando es una película de animación con vocación al gran público. Un personaje que nos recuerda a aquel que protagonizó Yentl (1983), en la película que dirigió ella misma, que desafiaba el poder que no permitía a las mujeres estudiar. 

Un equipo asombroso y muy imaginativo está detrás de cada plano y encuadre de Kayara, como la música del catalán Toni M. Mir, ya que la película es una coproducción entre Perú, Irlanda y España, un autor que conocemos por su trabajo con Ventura Durall, la excelente película El ciudadano ilustre (2016), de Mariano Cohn y Gastón Duprat, y los populares anuncios de la cerveza Estrella Damm, entre otros. Una música poderosa y brillante que ayuda a acompañar las peripecias de una rebelde e incansable Kayara, sin caer en esa melodía facilona y épica que hubiese ensombrecido las excelentes imágenes que llenan la película. La película se toma las evidentes licencias históricas que no dañan la historia que cuenta, al contrario, le da un dinamismo y credibilidad a los hechos que consigue ir hilando toda la maraña de manipulación en la sombra que hace el personaje de Villa Oma, uno de esos tipos que siempre andan junto al emperador esperando su momento para atacar el poder desde el sigilo, el silencio y las sombras. La introducción de la conspiración, el saqueo del oro en nombre del emperador y las traiciones junto a los españoles invasores ocurrieron de formas diferentes, pero la verdad es que ocurrieron.  

La valentía, la perseverancia y el poder de Kayara no está muy lejos de aquel que seguían otras maravillosas heroínas que protagonizaron grandes obras del Studio Ghibli como Nausicaa del valle del viento, La princesa Mononoke y El viaje de Chihiro que, luchando contra lo establecido, no sólo demostraron una valentía excepcional, sino un gran emblema para el resto de la comunidad, al igual que pasa con la joven guerrera inca. En este texto he mencionado varias ideas para empujar al público a ver la película, quizás, un espectador más habituado al cine de Disney, donde la estética predomina sobre las historias, que acaban siendo demasiado planas y previsibles. En Kayara, la guerrera del imperio Inca, no podemos decir que la historia no tenga convencionalidad, pero además, tiene gracia y talento para contarla, porque aquí la protagonista es una mujer, una mujer revolucionaria y eso la hace muy distinta a las películas de la factoría estadounidense, y la acerca más a otro cine de animación para todos los públicos pero más adulto, maduro y diferente. Así que no lo piensen demasiado, que ya saben como se las gasta el torbellino de estrenos de cada semana, que si no acuden presto, quizás desaparece de las carteleras y ustedes no se han percatado. El signo de los tiempos, en fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bienvenido a la montaña, de Riccardo Milani

TODOS A UNA. 

“Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”. 

George Orwell

Esta es la historia de Michele, un maestro cansado y amargado que lleva demasiado tiempo intentando enseñar en la jungla romana. Un día, le llega la gran noticia. Su traslado se ha hecho efectivo y coge el coche y se va al Instituto Cesidio Gentile, conocido como “Jurico”, en la pequeña localidad de Rupe con 378 habitantes, en el corazón de los Abruzos, en uno de esos pequeños pueblos rodeados de montañas y nieve. En ese recóndito y aislado lugar, Michele empezará de nuevo y a reencontrarse con el maestro que ya ha olvidado. Allí se encuentra con otra realidad, la adaptación no es fácil, y encima, el Instituto amenaza cierre por falta de nuevos alumnos. Agnese, la directora del centro le enseñará otra forma de vivir, de enseñar y de hacer comunidad. En Bienvenido a la montaña (“Un mondo a parte”, en el original), de Riccardo Milani (Roma, Italia, 1958) con una trayectoria que abarca los 12 largometrajes, unas cuántas series y algún que otro documental, se ha especializado en comedias divertidas que sacuden las convencionalidades en las que vivimos en un tono ligero y punzante, en la que ha tenido grandes éxitos como Mamá o Papá y Cómo pez fuera del agua, ambas de 2017, protagonizadas por el dúo Paola Cortellesi y Antonio Albanese, el Michele de la que nos ocupa.

La historia gira en torno en los valores perdidos por la urbe como el contacto con el otro, la naturaleza y su observación y preservación, así como el respeto de su fauna salvaje, la cooperación como mejor arma contra las adversidades, y sobre todo, la enseñanza como vehículo de comunidad y de aprender desde la base, desde los problemas cotidianos y no dejar de ser un profesor que enseña sino uno más que aprende, vive y lucha por los demás y por sí mismo. El tono ligero de la película ayuda a encontrar este interesante cruce que va desde la comedia y lo social, a partir de una posición donde prevalece lo humano a lo mercantil, sin lanzar proclamas ni nada por el estilo, sino construyendo relaciones humanas y conflictos cotidianos y reales que pasan en muchos lados en relación a las escuelas rurales por falta de habitantes en las zonas y por ende, de nuevos alumnos. Milani construye una historia pequeña pero que puede ocurrir en cualquier lugar, muy local y general a la vez, sin tiempo, mezclando con inteligencia los momentos divertidos, muy a lo Buster Keaton que padece el recién llegado y otras situaciones, más sociales que generan “el problema”.   

El director romano ha mantenido en la totalidad de su filmografía una constante fidelidad en relación a sus colaboradores como demuestran los nombres que componen el equipo de Bienvenido a la montaña, repleto de amigos y cómplices técnicos como el músico Piernicola Di Muro, con el que ha hecho dos series y Rodando hacia ti (2022). El cinematógrafo Saverio Guarna, con el que ha trabajado en 14 títulos entre películas y series, amén de una película con el gran Mario Monicelli. La pareja de montadores Patricia Ceresani con 12 y Francesco Renda con 8. Lo mismo pasa con el reparto encabezado por el mencionado Antonio Albanese, que da vida al “despertado” Michele, 6 títulos con Milani, amén de haber dirigido 5 películas, en una carrera al lado de grandes cineastas como los hermanos Taviani, Pupi Avati, Gianni Amelio, Woody Allen, entre otros. A su lado, Virginia Rafaele como Agnese, que debuta en el universo del director italiano, componiendo un personaje en constante lucha, contra sí misma, con su marido ausente y la escuela que tanto ama, una actriz vista en comedias al lado de directores como Veronesi, Brizzi y De Luigi, entre otros. Amén de la mayoría del elenco compuesto por lugareños de la zona, tanto de niños como adultos.

La película Bienvenido a la montaña, de Riccardo Milani podrá gustar más o menos a los espectadores que se acerquen a ella. Lo que sí tiene, y eso no podrá discutirlo nadie, es su honestidad y su voluntad de hablar de temas serios y reales, eso sí, sin ponerse trascendente, o no haciéndolo sin esperanza, sino con la idea que las cosas pueden cambiar, aunque sean desde un lugar tan apartado, casi invisible e inexistente para los problemas de las grandes urbes. Porque lo que nos cuenta una película como esta es que cuando pierdes tu identidad y el amor a un oficio como el de enseñar, quizás lo recuperas o al menos, lo ves desde otra prisma en un lugar perdido entre montañas que, en invierno se aísla por la nieve y en verano es inaguantable por el calor que hacer. Si, en ese inhóspito y difícil lugar, ya no sólo para vivir sino para ejercer tu profesión, las cosas que van más lentas se ven y sobre todo, se miran y se observan de otra forma, quizás la forma que necesitabas para volver a mirar y vivir todas esas cosas que ya no miras: como a ti mismo, a los demás y a tu entorno, un mundo a descubrir y sentir que te haga despertar y cambiar de sentido y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Faisaien Irla (La isla de los faisanes), de Asier Urbieta

LA FRONTERA QUE NOS SEPARA.  

“En la naturaleza no existen fronteras. No están más que en nuestra mente. Toda tierra es de todos, y toda cultura no es más que ideas que nos separan”. 

Anthony de Mello

El impresionante plano secuencia cenital que abre Faisaien Irla (La isla de los faisanes, en castellano), de Asier Urbieta (Errenteria, Guipúzcoa, 1979), que sigue el curso del río Bidasoa, en el que vemos los límites de la frontera hasta llegar a la citada Isla de los Faisanes, el condominio más pequeño del mundo que se reparten la soberanía España y Francia cada seis meses. Después de semejante obertura, la película se instala en la peculiar idiosincrasia del lugar y más concretamente, en la pareja que forman Leida y Sambou, de padres africanos, y el suceso que les situará en mitad de una frontera cuando ella salva a un inmigrante de las aguas del río, mientras él se queda paralizada mirando la escena. Ante ese hecho y las reacciones tan diferentes de cada uno, y aún más, cuando Leida decide emprender una investigación para conocer la suerte del otro. A medias del cine social, el thriller de investigación y sobre todo, la de una forma de transitar por los dos países de los autóctonos en total libertad, y la de los inmigrantes, siempre huidos y ocultados. 

La puesta de largo de Urbieta, después de los cortometrajes Pim, Pam, Pum (2008), y False Flag (2016), y la miniserie Alsasu (2020), es un cinta con hechuras y sólida, que retrata un lugar poco conocido y sobre todo, los sucesos que allí ocurren, y lo hace desde el prisma de un cine social de “verdad”, es decir, que no recurre a las estridencias argumentales ni a la algarabía formal, sino que construye con brillantez y sobriedad un relato humano, que toca temas morales y además, lo hace desde la honestidad y la seriedad, adoptando una mirada observadora donde encontramos complejidad y confusión por parte de los diferentes personajes que optan por vías antagónicas. Un guion que firman el propio director junto a Andoni de Carlos, que ya trabajó con Urbieta en anteriores trabajos, amén de Handia (2017), de los Moriarti, consigue esas dosis de cine policíaco desde la cotidianidad protagonizada por individuos que pasaban por allí y tienen la necesidad de saber más, de hacer algo ante tremebundo drama y no mirar a otro lado. En ese sentido, la película sabe explorar las diferentes visiones que residen en la zona, y no cae en la condescendencia ni en la típica historia facilona y bien intencionada, aquí hay miedo y humanidad en cada gesto y cada mirada. 

Un gran trabajo técnico ayuda a transmitir toda la absorbente atmósfera que respira la historia empezando por la extraordinaria cinematografía de Pau Castejón, del que hemos visto buenos trabajos como Todo parecía perfecto, de Alejo Levis, Hogar, de los hermanos Pastor, la serie Apagón, y la reciente Desmontando un elefante, de Aitor Echevarría, en un ejercicio que traspasa la pantalla transmitiéndonos toda la inquietud y temor que viven los inmigrantes y la desesperanza que hay entre los vascos. La música de Rüdiger y Elena Setién construyen esa desazón entre tanta zona oscura y sombría que recorre toda la película, así como el magnífico trabajo de montaje de Maialen Sarasua, una grande con películas con Samu Fuentes, Estibaliz Urresola, y con los mencionados Moriarti ha hecho sus últimos trabajos, la serie Cristóbal Balenciaga y la reciente Marco, con un gran dominio del tempo cinematográfico con sus 98 minutos de metraje en una narración in crescendo que nos va llevando con gran intensidad y terror, por ese paisaje físico y emocional que atraviesan los personajes, tan cercanos como llenos de miedo por lo que están experimentando. Destacar el trabajo como ayudante de dirección de Telmo Esnal, director de las comedias Aupa, Etxebeste! y su secuela, de la película colectiva Kalebegiak y la fantástica Dantza

En una película de estas características es capital la parte interpretativa donde brilla la pareja protagonista que forman Jone Laspiur de la que volvemos a ver un gran trabajo como ya hiciese en Akelarre, Ane, Negu hurbilak, en una composición que traspasa la pantalla dotando a su Leida de gran humanidad y complejidad y sus ganas de cambiar el mundo aunque sea más despacio de lo que imaginaba. Le acompaña Sambou Diaby, con poca experiencia que aquí hace un personaje brutal, que no actúa en el momento citado y debe hacer entender a su pareja su postura, en la que transmite toda esa confusión que tiene a partir de ese instante. Ibrahima Kone hace de Nassim, el africano huido que salva Leida de morir ahogado.  Tenemos a dos grandes como Itziar Ortuño, que hace un personaje de una asociación que ayuda a los inmigrantes, y Josean Bengoetxea, haciendo de padre de Leida, siempre tan bien los dos. Y otros intérpretes como Aia Kruse, Ximun Fuchs, Jon Olivares y Rodonny Perriere, entre otros, que consiguen dar profundidad a la historia mostrando todas las realidades, culturas y relaciones que se van estableciendo en la frontera humana y en las otras, más emociones y prejuiciosas. 

Celebramos que Arcadia Motion Pictures siga apostando por cineastas como Asier Urbieta y produzcan su ópera prima, porque estamos ante un narrador muy interesante que sabe manejar el paisaje fronterizo generando esas otras fronteras y límites que nos vamos construyendo los seres humanos, tejiendo esos espacios de seguridad y de peligro. Nos alegramos que se estrene una historia social, hablando de inmigración desde una mirada poco transitada por el cine como es la del río Bidasoa, y lo haga con el aroma de las películas de Fritz Lang, que también maneja las fronteras físicas y emocionales y la complejidad que se producían en esos lugares inventados y legalizados. El célebre personaje que hacía Orson Welles en la inolvidable Touch of Evil (1958), el tal Quinlan, un policía amargado y cansado que soltaba aquella sentencia tan real como triste: “Las fronteras son los lugares donde van a parar el estiércol de los países”. Una frase que podría casar muy bien con Faisaien Irla, porque aunque parezca que la frontera no existe para unos, para otros, los más necesitados y derrotados si que sigue y muy vigente, quizás no se puede hacer nada ante tanta injusticia, aunque quizás sí, aunque para ello tengamos que armarnos de valor y muchísima paciencia como le sucede a Leida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Lo carga el diablo, de Guillermo Polo

UN CADÁVER EN EL MALETERO. 

“Sólo se vive una vez, pero si lo haces bien, una vez puede ser suficiente”. 

Mae West

Erase una vez… un tipo llamado Tristán, un escritor frustrado que sobrevive escribiendo frasecillas en sobres de azúcar. Un día, recibe el encargo de llevar el cadáver de su hermano mayor Simón de Avilés hasta Benidorm donde será enterrado bajo un árbol. Empujado por el montante económico, Tristán decide aceptar. Quizás sea la última oportunidad de vivir una experiencia verdadera y salir de esa vida rutinaria y aburrida en la que lleva instalado demasiado tiempo. A los hermanos y cineastas valencianos Javier y Guillermo Polo los conocimos a través de El misterio del Pink Flamengo (2020), dirigida por Javier y en la cinematografía Guillermo, una extraña mezcla de comedia y aventura protagonizada por un tipo obsesionado con los flamencos que le llevará a un alucinante viaje por Estados Unidos. Ahora, nos llega la ópera prima de Guillermo, a partir de un guion firmado por Guillermo Guerrero, Mr. Perfume y Vicente Peñarrocha, del que conocemos como director de películas como Fuera del cuerpo (2004) y Arritmia (2007), y series como Sin tetas no hay paraíso y La fuga, entre otras. 

Estamos frente a un interesante cruce de comedia negra con ecos de “indie” estadounidense a lo Hellman, Peckinpah y demás, donde los vaqueros y caballos han sido sustituidos por tipos igual de perdidos y coches ochenteros, con el mejor aroma de las comedias populares negrísimas que asolaron el cine español de entonces, en un relato por el que pululan muchos perdedores o pobres tipos sin suerte o quizás, gentes corrientes metidos en empresas demasiado grandes para ellos. La estructura sigue una road movie, arrancando en Avilés pasando por Soria, Teruel, Calpe hasta el destino final en Benidorm. Pero, la cosa no termina ahí, porque a Tristán lo sigue una asesina a sueldo acompañada por su padre senil, amén de la viajera Álex, una joven que huye o simplemente anda tan perdida y desesperada como el protagonista. También, podemos verla como una crónica social muy de aquí, con una familia rota o demasiado separada, seres en los márgenes de la ley, que hacen y deshacen o quizás hacen lo que pueden dentro de lo poco que saben. La historia entretenida y cercana en la que a esta pareja accidental les pasa de todo, y donde se enfrentan a todo aquello desconocido, peligroso y diferente.  

La cinematografía de Pablo García Gallego que trabajó en La viajante (2020), de Miguel Ángel Mejías, consigue esa textura gruesa muy del 16mm y esa inmediatez que tiene toda la historia, construyendo un luz cambiante donde el día y la noche ayudan a ir cimentando emocionalmente a los personajes. La música de Pablo Croissier ejerce un espejo-reflejo de lo que vemos en la pantalla, acompañada de unos grandes temas entre los que destacan las bandas Dover, Pony Bravo, Yo diablo, The Paragons, Camela, Los Rockets y Hogar, entre muchos otros. El montaje lo firman el trío Ernesto Arnal, del que vimos En temporada baja (2022), de David Marqués, Óscar Santamaría, que tiene cortos con David Pantaleón, y Vicente Ibáñez, con más de dos décadas en el campo cinematográfico, en películas como Agua con sal, El amor no es lo que era, ¿Me esperarás?, entre otras, que consiguen una película dinámica, muy física, y con sus partes emocionales, espontánea y libre, con esas dosis de drama cotidiano, comedia negra muy loca y psicótica, tanto en lo físico como en lo emocional, con sus rítmicos 103 minutos de metraje, con referencias a Ola de crímenes, ola de risas (1985), de San Raime, y escrita por los hermanos Coen, y otras famosas de los dos hermanos como Arizona Baby y El gran Lebowski, entre otras.  

Su extraordinario reparto encabezado por un desatado Pablo Molinero como protagonista, bien acompañado por Mero González como Álex, y un siempre fabuloso Isak Férriz como “hermano”, una estupenda Antonia San Juan como “asesina”, y Manuel de Blas como su padre senil, Emilio Buale y Luifer Rodríguez como polis enfadados, y la desaparecida Itziar Castro, siempre tan fantástica, y las presencias de Pino Montesdeoca, Manolo Kabezabolo y Eloi Yebra como punkis. si quieren pasar un buen rato no dejen de ver Lo carga el diablo, de Guillermo Polo, porque disfrutarán de lo más nuestro y cañi con ese aire de road movie negra y buenas dosis del cine gamberro estadounidense, pero no de la risa floja y chistes por doquier, sino de todo lo contrario, aquel que se distingue por retratar a personajes de fuera, aquellos que la vida los asume a una existencia anodina y aburrida, pero ellos se empeñan en lo contrario que, aunque les vaya de aquella manera, siguen intentándolo, a pesar de ellos y de su alrededor, todavía mantienen algo vivo que les empuja a creer algo en ellos, no mucho, pero les hace levantarse cada vez que la vida se empeña en lo contrario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Muy lejos, de Gerard Oms

FRENTE AL ESPEJO. 

“La vida no se trata de encontrarse a uno mismo, sino de crearse a uno mismo”. 

George Bernard Shaw

Estamos a finales del 2008 cuando Sergio viaja a Utrecht (Holanda), junto a unos compañeros para ver el partido de su equipo el Español contra el equipo local correspondiente a la Uefa. Después del partido y con la excusa de haberse dejado el pasaporte, Sergio decide quedarse a partir de un gesto espontáneo, visceral y sin ser muy consciente de su decisión, aunque lo único que tiene claro es que no quiere volver a Barcelona. Desde ese momento, el joven barcelonés debe buscar un lugar donde dormir, un trabajo para subsistir y hacerse con una ciudad muy fría, lluviosa y donde todos son extraños. Así arranca Muy lejos, el interesante y en parte autobiográfico debut del catalán Gerard Oms, autor de dos cortometrajes como director, actor y formador de intérpretes en películas como La mitad de Ana, Upon Entry, Los renglones torcidos de Dios y Sis Dies corrents, y actores como Mario Casas que da vida a Sergio, su protagonista que, en plena crisis laboral, y sin pensarlo, decide empezar de cero en una ciudad tan alejada y tan fría de él, donde él no conoce nada ni a nadie.  

A partir de un guion del propio director, el relato se centra en la mirada de Sergio, con una cámara pegada a él, siendo una parte de su cuerpo más, donde iremos descubriendo su nueva realidad. Una película social y por ende, política, sin caer en la condescendencia ni en sentimentalismos de turno, aquí todo es real, o mejor dicho, tiene la verdad que no escamotea, sino la que te mira a los ojos, la que te enfrenta con los problemas de alguien en una ciudad que le es totalmente desconocida y hostil, siendo un extranjero más como el joven marroquí que se convierte en un compañero de fatigas, de ese otro mundo o mejor dicho, submundo, donde las sombras de los ilegales se pierden en callejones oscuros y vidas mal vividas en un gris sótano. Se agradece y mucho la mirada de Oms a lo social, un espacio poco transitado por el cine actual y mucho menos el que se hace por estos lares, y además, su forma de adentrarse en ese mundo, haciéndolo desde lo humano, lo más cercano y lo cotidiano, dotando a su película de transparencia, donde podemos sentirnos uno más rodeado de la urbe ajena y tan diferente, en que la los encuadres van mostrando fragmentado el entorno que enriquece la película y la visión al unísono con el protagonista. 

Como ya he comentado la magnífica cinematografía de Edu Canet, que ya trabajó con el director en el corto Has estado, hace tiempo (2022), y en el debut como director de Mario Casas en Mi soledad tiene alas (2023), con esos planos tan naturales y cercanos que van creando esa idea de verdad que tiene toda la película, siguiendo el mismo andar de Sergio, con el que vamos conociendo la ciudad y las personas que se va cruzando, siempre desde un modo de frente en la misma altura de cada plano. La música de Silvia Pérez Cruz, no sólo da ese calor tan necesario en una trama tan dura, sino que va abriendo esos pequeños resquicios que van en ritmo del viaje de descubrimiento que tiene el protagonista. El montaje lo firma la cinesa Neus Ballús, que ha trabajado con Oms, en un profundo y sensible ejercicio que ayuda a ver la realidad sin cortapisas de una inmigración que intenta mantenerse a flote en un país tan europeo y occidental como tremendamente hostil con el diferente, como dejan claro en una secuencia muy descriptiva, sin caer en el relamido retrato de buenos y malos, sino en una película que explica una realidad que podría ser cualquier país de la mal llamada Unión Europea, que alardea de valores humanos pero que explota sin ningún tipo de escrúpulos a los de afuera, aprovechándose de su situación. Cosas de la hipocresía que la película retrata con firmeza. 

En el campo interpretativo tenemos a un gran Mario Casas que desde su interpretación en la excelente Grupo 7 (2012), de Alberto Rodríguez, y a medida que ha ido cumpliendo años ha ido dejando aquel sanbenito de joven galán para convertirse en un actor magnífico como ha demostrado en películas como Ismael, de Marcelo Piñeiro, Toro, de Kike Maíllo, Bajo la piel de lobo, de Samu Fuentes, el practicante, de Carles Torres y No matarás, de David Victori, entre otras. Su Sergio es un personaje duro y vulnerable, perdido y corajudo, sensible y con coraza que irá quitándose a medida que vaya viviendo en su “exilio”. Le acompañan el siempre convincente David Verdaguer, en uno de esos personajes amargados de su estancia en la ciudad holandesa, enfadado con todos y sobre todo, con él mismo, que es una especie de antítesis del personaje de Casas. llyass El Ouahdani interpreta al compañero de “curro” del protagonista, transmitiendo naturalidad y esa vida oculta por su condición de ilegal, como ya hizo en la interesante Suro, de Mikel Gurrea. También encontramos las presencias de Raúl Prieto, Nausicaa Bonnin y Daniel Medrán, entre otros intérpretes autóctonos que dan ese alcance que tiene la historia. 

Celebro y aplaudo una película como Muy lejos, y disfrutamos de la llegada a la dirección de largometrajes de alguien como Gerard Oms, en una película producida por el citado Carles Torras, porque su sencilla y cercana película tiene muchos frentes abiertos. Por un lado, tenemos a Sergio, un tipo desplazado que emprende su propia aventura, la de mirarse frente al espejo al que todavía no ha sido capaz de mirarse, y hacer un viaje emocional en una ciudad extraña donde descubrirá muchas cosas que hasta ahora no se atrevía a descubrir. Después está la mirada al trabajo, con un corte social que nada tiene que envidiar en absoluto a los tótems del cine europeo como Loach Leigh, Dardenne, Frears, etc… Porque tiene una mirada cruda y sensible hacia el tema del empleo, el ilegal, y el de la inmigración, sin ser positivista ni nada que se le acerca, sino a través de una mirada reflexiva, profunda y de verdad, con sus momentos de humor, sensibilidad y cercanía, como demuestra la heterogeneidad de idiomas, se escuchan hasta cinco, o más, y la diversidad y complejidad de cada personaje, contando sus circunstancias, y sus deseos, anhelos e ilusiones, en una historia que retrata a Sergio que es en realidad muchos que, en un momento de sus vidas, deciden irse y descubrirse de una vez por todas, en un lugar extranjero y desde cero. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sorda, de Eva Libertad

LA MADRE SORDA. 

“La sordera es más que un diagnóstico médico; es un fenómeno cultural en que se unen inseparablemente, pautas y problemas sociales, emotivos y lingüísticos”.

Hilde Schlesinger y Kathryn Meadow 

Primero fue un cortometraje de 18 minutos de título Sorda, codirigido por Eva Libertad (Molina de Segura, Murcia, 1978) y Nuria Muñoz, con la que codirigió tres trabajos en total, y protagonizado por Miriam Garlo, hermana de Eva, y filmado en 2021, que pasó por más de 110 festivales y cosechó más de 60 premios, donde se exponían las dificultades de una joven sorda que quería ser madre en un mundo hecho para oyentes. Cuatro años después, nos llega el largometraje que conserva el mismo título y profundiza en todos los desafíos y muros a los que debe enfrentarse Ángela, una sorda que es madre junto a su pareja oyente Héctor. Alejándose totalmente del victimismo y la condescendencia, Libertad que dirige en solitario, traza un sensible e íntimo relato en el que no quiere abanderar ninguna causa, sino, de un modo relajado y tranquilo exponer las diferencias y los conflictos que surgen en cualquier pareja que acaban de ser padres, y además, con el añadido que la madre es sorda y debe lidiar con una sociedad por y para los oyentes.

En el primer tramo de la película vemos una vida compartida y acompañada entre Ángela y Héctor, en la que reina la armonía, la comprensión y la mirada cómplice y el amor entre los dos. Se producen las visitas de los padres de ella, tan temerosos por su hija, y aún más, cuando descubren que será madre. La complicidad de Ángela con los demás sordos/as donde todo es comunicación, comprensión y alegría y luego, están los amigos de él, donde Ángela puede ser una más con sus pequeñas dificultades. La segunda parte, cuando son padres, la historia vira a los conflictos que van surgiendo donde ella se siente desplazada y busca refugio en los demás sordos. La película explica con detalle y sobriedad todos los pequeños conflictos que se van produciendo, y lo hace con total claridad y transparencia, donde observamos los muros cotidianos, esos que se van creando casi sin darnos cuenta, donde lo que vemos “normal” es completamente dificultoso para alguien que es sordo. Pero, la directora murciana se destapa en su ópera prima con una valentía e inteligencia que hace que su película encuentre en las diferencias su mejor virtud, porque las acoge y no da soluciones, sino que las describe minuciosamente y expone los hechos que luego deberán ser lidiados por los personajes, tan cercanos como de verdad. 

La luz cálida y mediterránea que desprende toda la película, a pesar de los nubarrones emocionales que van cayendo sobre la relación de los principales protagonistas, ayuda a tener ese tiempo de reflexión que propone la película, en un gran trabajo de la cinematógrafa Gina Ferrer, de la que conocemos sus trabajos con Juan Miguel del Castillo, Estibaliz Urresola, Pau Calpe y la reciente Bodegón con fantasmas, de Enrique Buleo, entre otras. La interesante y profunda música de una especialista en la materia como Aranzázu Calleja, que tiene en su haber a cineastas como Borja Cobeaga, Galder Gaztelu-Urrutia, Alauda Ruiz de Azúa y los Moriarti, dando esos toques leves de negrura en el interior de los personajes, sin poner el acento, con tremenda sutileza. El montaje de una grande como Marta Velasco, habitual de los Trueba, los Javis, Agustín Díaz Yanes y algunos más que, con sus 99 minutos de metraje el tempo va in crescendo, de forma reposada, sin aspavientos ni prisas, con sencillez y cercanía para entender todos los conflictos tanto internos como externos, manejando con sabiduría todos los instantes sin caer en ningún momento en el victimismo o cosas por el estilo. 

La maravillosa pareja protagonista es capital en Sorda, porque tenemos a Miriam Garlo y Álvaro Cervantes, que saben transmitir toda la ternura, compañía y amor de una pareja que han vencido las diferencias y viven con cariño e intimidad. La llegada de su hija los trasbalsa como sucedería con cualquier pareja en la que los dos fueran oyentes. Sus dificultades nacen con las relaciones sociales de un mundo oyente que tiene poca empatía con los sordos y ahí es donde la película coge un vuelo magnífico porque saca a relucir todas las diferencias, conflictos y muros tanto de la pareja como de su entorno, y la posición de la película es extraordinaria porque no se deja de las consignas, banderas y demás estupideces, y saca toda su humanidad para hablarnos de temas tan candentes y cuestiones que desafían el amor de la pareja y su propia paternidad y maternidad. Los dos intérpretes están sublimes, porque lo hacen todo muy fácil, a pesar de la complejidad que va adquiriendo la historia con las distancias que se van generando. Los estupendos Elena Irureta y Joaquín Notario son los padres de Ángela que, saben transmitir todos los miedos que tienen acerca de su hijo, y por ende, mucha de la visión de los oyentes hacía los sordos. 

Lo que deja claro una película como Sorda es que todos deberíamos aprender el lenguaje de signos, y no por ayudar a los sordos, que sí, sino también para ayudarnos a nosotros, para no olvidarnos de los que viven de otra forma, y sobre todo, para empatizar con todos ellos. Una lengua que debería ser obligatoria para todos en la enseñanza pública, porque nos ayudaría a entender nuestra sociedad, todas sus diferencias, diversidades y problemas. Hemos de agradecer a Eva Libertad que haya hecho una película como ésta, una película que aborda los conflictos desde una complejidad diferente y nada complaciente, sino todo lo contrario, explorando los recovecos y los espacios que se originan en la relación que vemos en la cinta. Hay algunas películas que habían tratado las tremendas dificultades de los sordos como El milagro de Ana Sullivan (1962), de Arthur Penn o Hijos de un dios menor (1986), de Randa Haines, entre muchas otras, pero hasta ahora nadie había tratado esos primeros meses de una madre sorda y las complicaciones que surgen para una madre que hace lo imposible por aceptar y adaptarse y en cambio, la sociedad, tan ensimismada en mirarse a sí misma y nada afuera, y se muestra incapaz incapaz de mirar y empatizar con el otro, y en este caso, con las personas sordas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Caigan las rosas blancas!, de Albertina Carri

VIAJE A NINGÚN LUGAR.   

“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo”. 

Alejandra Pizarnik 

El universo de Albertina Carri (Buenos Aires, Argentina, 1973), está construido en base a la constante exploración de las herramientas de lo cinematográfico, es decir, cada trabajo de la cineasta bonaerense nace de dos vías. En la primera, cuenta un relato o algo que se le parezca a esa definición, y en el segundo, somos testigos del proceso de ese no relato, donde la película continuamente muestra sus herramientas al natural, en que el descarte se convierte en materia fílmica y viceversa, en un continuo juego donde la película va cambiando, va yendo hacia lugares desconocidos que la hacen viva, de su tiempo y la convierten en un poderoso viaje lleno de cuestiones y nada convencional. De sus siete largometrajes, el puñado de cortometrajes y serie podemos decir que la mirada de la directora de la fascinante Los rubios (2003) ha navegado por todo tipo de mares: el documental, el archivo, la ficción, en que cada obra suya tiene de todo y se nutre de todo para crear un mundo único, profundo, inteligente y lleno de poesía y política, porque su cine es bello y trágico a la vez. 

En ¡Caigan las rosas blancas!, que podría encajar como díptico junto a Las hijas del fuego (2018), donde exploraba las posibilidades de la representación del porno a partir de un viaje en el que varias mujeres practican sexo poliamoroso y explicito en un hermoso canto feminista sobre la necesidad de compartir en libertad y en paz. En su nueva película, a partir de un guion que firman Agustín Godoy, la propia Carri y Carolina Alamino, la actriz que hace de Viole, la protagonista, en la que cuenta a través de Viole, la directora que, después del éxito de la anterior, es contratada para hacer un porno mainstream que la lleva a una crisis y acaba por renunciar, yéndose con tres amigas que trabajan en la película lanzándose a un viaje sin causa ni efecto. La película nos lleva por una travesía en el que continuamente va mutando en géneros y texturas, con el aroma de La flor (2018), de Mariano Llinás, a modo de episodios en los que transita por la road movie, la comedia disparatada y negra, el musical, el documental, el metacine, el melodrama, la de aventuras, el terror y el thriller y el fantástico, en la que volvamos a encontrarnos con las formas de representación y las diferentes miradas a estructuras, formatos y texturas, en que el video doméstico y el Súper 8 entran en escena, en una película en continua ebullición, a punto de explotar, como sucedía con Las hijas del fuego, donde la experimentación estaba cruzada con lo que se cuenta, en este caso, la crisis tanto profesional como existencial de Viole, la directora que ha perdido la ilusión del cine y de vivir. 

La magnífica cinematografía que firman el dúo Sol Lopatin (que ya estuvo en La rabia (2008), amén de Dúo, de Meritxell Colell y en películas de Daniela Goggi), y la brasileña Wilssa Esser, que ha trabajado con Anna Muylaert, y en la reciente Levante, de Lilah Halla, que contribuye a dar ese aroma de inmediatez que tiene toda la película, de una naturalidad asombrosa y una forma de contar que todo está pensado pero sin parecerlo, como si fuese todo espontáneo. La música de la española Paloma Peñarrubia, que tiene en su filmografía a cineastas como Samu Fuentes, Juan Schnitman y Rocío Mesa, entre otras, ayuda a fusionar el frenético y caótico viaje junto a lo poético y lírico que anidan en el alma de todo lo que sucede. El montaje de lautaro Colace, que ya trabajó con Carri en la serie 23 pares (2012), y cuatreros (2016),  con sus 122 minutos de metraje, que avanzan a muchas velocidades, con ese aire de western crepuscular a lo Monte Hellman, en que el viaje es una mera excusa para contar y contarnos las diferentes crisis tanto de la cineasta como de sus acompañantes, en una travesía que parece enroscarse y sin salida, en ese estado de soledad, pérdida y sin reconocerse a uno mismo, como sucedía en películas como Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel.  

El magnífico cuarteto protagonista empezando por la mencionada Carolina Alamino, siguiendo por Mijal Katzowicz, Rocío Zuviría y María Eugenia Marcet, que ya deslumbró en Las hijas del fuego, donde daban rienda suelta a sus pasiones y deseos sexuales en un desenfreno alucinante y contestatario. Ahora, también viven un viaje de aúpa donde les ocurre de todo, que recorre lo más rural de la Argentina hasta llevarlas hasta un lugar que mejor no desvelar para disfrute del espectador/a. Las cuatro actrices se atreven con todo, transmitiendo una naturalidad que traspasa la pantalla y nos devuelve a ese cine sin tanta impostura ni artificio. Les acompañan dos grandes como Laura Paredes, una actriz muy “pampera” que era una de las protagonistas de la citada La flor, aquí transformándose en un rol muy alejado de ella pero dándolo todo, una presencia tan brillante como la de Érica Rivas en Las hijas del fuego, en dos personajes en las antípodas. Destacada la presencia de la española Luisa Gavasa, en un rol que es mejor no desvelar, porque adquiere una importancia capital en la trama ya que es uno de esos personajes que no dejan indiferente, y sobre todo, nos habla de la raíz primigenia del cine, ya verán. 

Resulta muy agradable encontrarse con el cine de Albertina Carri y cada nuevo trabajo es una gran alegría para el cine y para su constante mutación, para preguntarse constantemente por qué se hacen películas y porqué se hacen como se hacen, y muchas más cuestiones que hacen del cine una herramienta en constante movimiento y evolución, donde siguen habiendo caminos y lugares por explorar, por indagar y por investigar. ¡Caigan las rosas blancas! es una de esas películas tan originales e irreverentes cargada de belleza, de poesía, de política, de cine, de su tiempo y de cualquier tiempo, que se atreve con aguas de todo tipo, y pasa de sofisticaciones ni de estridencias que tanto se llevan, para crear su propio mundo, tan cercano como extraño, tan natural como diferente, por donde pasa la vida, el erotismo, el sexo, las dudas, las crisis, las de allí y las de allá, en que el espectador sigue muy atento a todo lo que ocurre y cómo ocurre, porque en el cine de Carri nada es esperado y en el fondo, si, porque ella, al igual que le ocurre a Viole, emprende un viaje hacia adelante sin olvidar los orígenes, la propia esencia del cine, lo más básico y artesanal, encontrando la pureza de las cosas, lo primigenio, aquello que con tanto pompa e inmediatez, olvidamos y perdemos y debemos recuperar para seguir viviendo y soñando el cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La niña de la cabra, de Ana Asensio

ELENA ENCUENTRA A SEREZADE. 

“(…) que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos, y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos”.

Fragmento de “Sé todos los cuentos”, de León Felipe 

Una de las películas más inolvidables que mejor ha abordado la gestión emocional de la muerte, la pérdida y el duelo durante la infancia es Cría cuervos… (1976), de Carlos Saura. La segunda película de Ana Asensio (Madrid, 1978), La niña de la cabra no está muy lejos del aroma de la cinta de Saura, porque también nos sitúa en Madrid, en un barrio de tantos en 1988 y bajo la atenta mirada de otra niña Elena, una niña que, en un mes hace la primera comunión y tiene un vínculo muy fuerte con su abuela. Al morir ésta, el universo de la niña se tambalea y es cuando aparece en su vida Serezade, una niña gitana que con su familia hace bailar a una cabra. Este encuentro será crucial para Elena que, perdida ante tanta cuestión y desaliento, se refugia en el mundo de Serezade, que ve como diferente y lleno de amor y colores. 

Después de la contundente y asfixiante Most Beautiful Island (2017), que Asensio dirigía y protagonizaba, en la que nos sumergía en un extraordinario thriller psicológico en la que una joven se veía abocada a realizar un trabajo de mucho riesgo donde se destapan las verdaderas miserias de New York. Ahora, la directora madrileña vuelve a su infancia, retorna para recuperar muchos recuerdos, sensaciones y emociones para situarnos en la mirada despierta de Elena, con un plano-Ozu, es decir, en que la cámara se sitúa a la altura de la protagonista, y por ende, el punto de vista del relato se vive desde la infancia, ese mundo bello y trágico a la vez, un universo donde somos príncipes y mendigos, llenos de preguntas, aislados del secretismo del mundo adulto, y en contrapartida, de la realidad en la que vivimos. Una etapa que, ante tanto misterio, nos inventamos la existencia, imaginando otros mundos y lugares y sobre todo, aventuramos una forma de relacionarnos con la vida, la muerte, la ausencia y el dolor, creando nuestra propia experiencia de forma libre, sin ataduras y siendo todo lo felices e infelices que conocemos. 

La parte técnica brilla en la película con la exquisita, íntima y luminosa luz de David Tudela, que ha trabajado en cortos, series y documentales, en un cercano trabajo con la luz que recuerda a los grandes trabajos de Alcaine, donde se recoge muy bien lo que eran el final de los ochenta, sin caer en el embellecimiento ni en el subrayado, amén de la mención del encuadre a la altura de sus “bajitas” protagonistas, que ayuda a introducirnos en ese universo paralelo que inventan. El sobrio montaje de un grande como Nacho Ruiz Capillas, con más de tres décadas de profesión y más de 120 títulos en su filmografía al lado de los grandes del cine español, compone un sutil retrato donde lo natural y lo “otro”, ya que no quiero desvelar ningún detalle de su trama, se magnetizan de forma enriquecedora. La música es otro de los elementos capital en la película de la realizadora madrileña porque ayuda a crear ese magnetismo que tiene la historia. Tenemos a la pareja de músicos rumanos Marius Leftarache y Ionut Radu que se alimenta con varios temas relacionados con la abuela, con el encuentro con Serezade y un temazo de la época que les sonará y mucho.  

Si la parte formal está a la altura de lo que se cuenta, el elenco actoral también se suma a la calidez, sensibilidad y transparencia con la que se interpreta cada personaje y cada situación. Tenemos a las dos niñas debutantes en la piel de Alessandra González como Elena y Juncal Fernández como Serezade que, no están muy lejos tampoco de Frida, que interpretaba Laia Artigas en la magnífica Estiu 93 (2017), de Carla simón, otro gran título sobre la pérdida en la infancia. Las niñas transmiten espontaneidad y calma ayudan a transmitir todos las alegrías y temores de ambos personajes, en su peculiar aventura de la invención y la fábula, en un hermosísimo cuento sobre la muerte en la infancia, en cómo dos niñas se encuentran, se relacionan y viven ese doloroso descubrimiento cuando no lo desconocen completamente. Los adultos, también importantes en la trama, son los padres de Elena, Lorena López y Javier Pereira que, escenifican con naturalidad muchos de los padres de entonces que vivían en un mundo totalmente paralelo a sus hijos, a los que ocultaban todo lo que consideraban oscuro. La abuela la hace una grande como Gloria Muñoz que añade ese vínculo tan cercano que tiene con su nieta. Y finalmente, la presencia de Enrique Villén como cura, con la religión como eje vertebrador de la vida para la pequeña Elena, ejemplificando esa función del bien y el mal, y de lo prohibido y lo que no, que aún confunde mucho más a la niña. 

No crean que La niña de la cabra es una película más con niñas y su descubrimiento al mundo de los adultos, con ese aire de azucarillo y blanqueo tan recurrente en el cine comercial estadounidense y de otras latitudes. Porque si piensan eso de esta película estarían desmereciéndola injustamente, ya que el segundo trabajo de Asensio es ante todo, una obra de una sensibilidad magnífica a un tema muy difícil, y tiene la delicadeza de indagar sin prisas y con el aroma de cuento urbano y no tan urbano a través de la atenta mirada de una niña de 8 años que, ante la falta de información conoce a una niña Serezade, tan diferente de ella, que le descubre otro mundo, otra forma de enfrentarse a las cosas y sobre todo, le arropa en una bonita e íntima amistad en que se tropezarán con muchos conflictos que resolverán a su manera, con una increíble imaginación y una naturalidad desbordante, sin importar el futuro, sólo su presente. Aún cambiando de registro, el cine de Asensio vuelve a demostrar que le van las historias mínimas e íntimas, y tiene especial elección en profundizar en esos temas que no queremos ver ni experimentar cómo la desesperación y la oscuridad en su ópera prima, y la muerte, la pérdida, el duelo y la ausencia, y la amistad en su segunda película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA